Entrevista a Jacques André

Con motivo del ataque a Charlie Hebdo en Enero de 2015 el psicoanalista francés aportaba unas reflexiones en una entrevista concedida al diario francés Libération.

Desgraciadamente estas líneas vuelven a estar hoy de plena actualidad por lo que hemos decidido traducir la entrevista realizada por Eric Loret y Natalie Levisalles.

Autor de obras sobre la violencia, la cárcel y el humor, el psicoanalista Jacques André examina el inmenso impulso colectivo que siguió a los ataques a Charlie Hebdo.

¿Qué puede decir un psicoanalista de lo que sucedió la semana pasada?

La posición del psicoanalista está tan mezclada con la del ciudadano… Por mi parte, nunca he vivido un momento como este, en el que la vida psíquica colectiva domine a tal punto. Y no sólo porque, en relación con la inmensidad de lo que está sucediendo, tratar la vida personal se vuelve casi incorrecto.

Podría hablar de lo que me está sucediendo a mí. Yo ya no me siento solamente hijo de una historia familiar, de una filiación parental, como todo el mundo, sino también hijo de una cultura, de una filosofía, de un espíritu, de una nación incluso. Yo que tengo horror al nacionalismo, pero es como si esta palabra tomara un sentido nuevo. También la palabra «pueblo», manejada por lo general indiscriminadamente, es como si este ser psíquico colectivo estuviera adquiriendo coherencia por primera vez.

Es necesario un suceso como este para darse cuenta que esta historia – y no sólo la historia de Francia, se trata de la historia de las ideas, de la democracia – está inscrita y transmitida. Algo que no hay prácticamente ninguna manera de identificar en otras circunstancias. Bueno, Charlie Hebdo, no es Voltaire pero, al mismo tiempo, pasando por el boulevard Voltaire, hay algo de la República a la Nación. Y es muy sorprendente descubrir hasta que punto estamos habitados por ello, sin que seamos conscientes.

¿En el inicio de toda esta historia está el humor. ¿Qué significa negar el humor, o no entenderlo?

No todo el mundo tiene acceso al humor. Aquí, la cuestión del Superyó es un tema importante. Porque, la idea es de Freud, hay una relación muy íntima entre el superyó – este poder de prohibición, de restricción, de obligación, que dice una cosa y su contrario, y que vuelve un poco loco a todo el mundo – y el humor, que permite liberarse, ponerlo a un lado. El ejemplo más conocido es el del condenado a muerte, que en la madrugada de un lunes está siendo llevado a la guillotina y dice: «Vaya, la semana comienza mal ». Evidentemente esto no modifica en nada su suerte. Sin embargo vemos, por otra parte, como ésta disposición de su mente modifica, sino el mundo, por lo menos la mirada que tenemos de él.

Lo mismo ocurre con Dios. Dios, es otro nombre para el superyó, ese poder que domina, que obliga a obedecer, que envía sus mandamientos. Es en relación a éste poder que debemos ser capaces de hacer ese paso a un lado. Podemos o no podemos. Tenemos la plasticidad o no. Nos sometemos o no. El humor es lo contrario a la sumisión. No es necesariamente revolucionario, no invierte nada. Pero si podemos reírnos de aquellos que nos mandan… hay ya una pequeña diferencia entre tomarlo por un Dios o verlo como un graciosillo.

¿Cuál es la naturaleza de ese impulso que condujo a millones de personas a salir a la calle? 

Claramente, hay mecanismos de identificación importantes. La identificación supone que todos nos volvemos iguales, y llegamos a ser uno porque nos referimos a algo común. Por eso la idea de nación es interesante aquí, es una nación de ideas y pensamiento, no una nación territorial. Hay identificaciones colectivas, y en el centro hay ideales, la libertad de expresión, es aquí privilegiada porque tal vez sea la forma más concreta de lo que significa libertad. O podemos decir lo que queremos y lo que vives o no podemos y cualquiera puede ser asesinado, es una diferencia bastante reconocible.

Además, en el momento que estamos viviendo, es evidente que la singularidad del individuo no es suficiente. Somos seres humanos sociales: suele ser banal, pero es mucho más profundo de lo que pensamos. Lo que un momento como este permite, es descubrir que somos parte de un ser psíquico colectivo. Tomo mi propio ejemplo: yo no puedo decir que me sienta francés cada día o que esa palabra me haga reír siempre, y sin embargo nunca me he sentido tan francés como desde el miércoles. No en el sentido territorial, sino en el sentido de heredero de Voltaire, heredero de la historia, este es el secreto de la democracia moderna, la historia de la revolución, de Montesquieu, Diderot… Descubrimos hasta que punto es un privilegio que en una sociedad pueda existir Charlie Hebdo. Pocos países podrían sostener un Charlie Hebdo…

En países como Estados Unidos, la mayoría de los medios han borrado los diseños de Charlie, aunque estaban muy afectados…

Los Estados Unidos se mueven por ideales como la libertad de expresión, pero en el tema de la religión no tienen la misma libertad que Francia. Hay una tendencia a olvidar que con la revolución francesa, no sólo fue enterrado el Antiguo Régimen, sino que también fue un movimiento muy importante de descristianización. En los cementerios había inscrito: “la muerte es el sueño eterno”. La revolución es un momento de pasión antirreligiosa que dice que, si Dios existe, la democracia no es posible.

¿Qué hace que la violencia llegue al asesinato?

Obviamente es muy difícil de entender, porque los hombres que hacen esto no tienen, por definición, la oportunidad de abrirse a la palabra, de ser escuchados. Por el contrario, para que el asesinato pueda ocurrir, es necesario tener un mentor en algún lugar. Más que un maestro, porque el maestro aún permite pensar.

Pero además tengo la sensación – no soy el único – que en este caso hay mucho de la violencia de la adolescencia. Pol Pot no era un adolescente pero dentro de los jemeres rojos, había muchos adolescentes. Entre los 15 y 18 años de edad, cuando tienes una pistola disparas. Los hombres que han cometido los asesinatos de la semana pasada tienen mucho de adolescentes sin acabar. Uno no siente en ninguna parte al hombre adulto. Hay una violencia adolescente que cortocircuita el pensamiento, hay cortocircuitos entre el “yo quiero” y “yo actúo”. Alimentados por un pensamiento mágico, porque no creo que esto fuera posible si no tuvieran la convicción delirante de que hay vida después de la muerte. Existe una omnipotencia del pensamiento, que es típica del pensamiento religioso, y que aquí toma su forma máxima. No hacen esto para morir, lo hacen por la gloria, el heroísmo, para vivir, en algún lugar tienen la creencia de que no mueren.

Sobre las Antillas, dijo: en las sociedades donde la vergüenza juega, más que culpa, un papel regulador, es a costa de un aumento del sentimiento de persecución. ¿Y aquí?

Hay sociedades que están reguladas por la persecución y otras más bien por culpabilidad: «no haré esto porque no quiero que piense que soy, etc. Esta es mi imagen y yo defiendo mi imagen». En la mayoría de las sociedades musulmanas, la regulación se hace más en base a la persecución, porque la persecución puede ser reguladora, no solamente es destructiva.

En la culpa hay siempre un «yo», «yo soy culpable». Mientras que la vergüenza es un sentimiento extremadamente social, tenemos vergüenza bajo la mirada del otro. Hay que tener una mirada social para avergonzarse. La culpa puede mantenerse en el interior. La vergüenza se juega entre uno mismo y el exterior. En la vergüenza se pierde la apariencia. Uno está desnudo mientras que creía estar vestido, algo se revela de repente y produce humillación. La vergüenza no golpea en el mismo lugar que la culpa. Lo opuesto a la vergüenza, es el orgullo. Lo contrario de la culpa, es la inocencia.

¿Cómo tratar este problema? La culpa, se trata desde hace tiempo y es relativamente transformable, elaborable. La vergüenza, o abruma y destruye a quien la siente, o empuja a reaccionar de forma extremadamente violenta, sobre todo pasando al acto.

Algunos de estos asesinos han pasado por prisión.

Puede que me equivoque, pero sin embargo tengo la impresión de que el paso por la cárcel es, para muchos de ellos, un momento de transformación radical. Los delincuentes, se convierten en creyentes fundamentalistas, potencialmente terroristas.

Varios de ellos, Merah (joven ciudadano francés que perpetró los tiroteos de Midi-Pyrénées de 2012.) y los de los últimos días, tienen un poco el mismo perfil: delincuentes comunes, autores de delitos ordinarios. Y luego llega el momento del ingreso en prisión, que tal vez no es sólo el momento en el que encuentran a quien se convertirá en su mentor. Sino que también salen del circuito de la delincuencia. Hay un efecto transformador en la cárcel, pero que no tiene un efecto tranquilizador o socializador, sino que los hace pasar al mundo del simbolismo religioso.

Desde fuera, uno tiene la impresión de que finalmente encuentran un sentido a sus vidas, encuentran un destino. Brutalmente descubren lo que les lleva a convertirse en soldados de Dios. Visto de lejos, se parece a un momento místico. La prisión no es un monasterio, pero después de todo, es un encierro entre hombres.

¿Y ahora?

Hay el sentimiento de que las fuerzas de destrucción son de tal potencia, de tal rabia, que terminarán finalmente por prevalecer. El inconsciente es un salvaje, la democracia nunca será la heredera del inconsciente. Siempre se hará en contra de él, en el inconsciente no hay igualdad ni fraternidad, si hay libertad, es una libertad absoluta y salvaje.

Y sin embargo, hay momentos como los del domingo (en referencia a las manifestaciones que se desarrollaron en todas las capitales el domingo posterior a aquellos ataques), un momento mundial. Ese momento iba en busca de algo extremadamente elaborado en comparación con el primitivismo de los asesinatos realizados. Ese movimiento del domingo no es para nada ilusorio. Pero es frágil.