Conferencia de Hélène Tessier en Madrid

La psicoanalista canadiense Hélène Tessier visita la Asociación Psicoanalítica de Madrid (APM) y presenta la conferencia “Metapsicología y práctica psicoanalítica: los aportes de J. Laplanche”. Les ofrecemos  el texto completo de aquella conferencia, inédito en castellano y publicado originalmente con el título de “Métapsychologie, épistémologie et éthique de la clinique psychanalytique”, en Psicologia em estudo, Maringá, v.17, nº3., p.373-381, jul/sep, 2012

 

Metapsicología y práctica psicoanalítica: los aportes de J. Laplanche

Resumen

Este artículo trata de la diferencia entre  psicoterapia y  psicoanálisis. Analiza las metas respectivas de los dos métodos refiriéndose a la teoría de la seducción generalizada de Jean Laplanche, así como al proyecto de emancipación que esta teoría confiere al psicoanálisis. Pone de relieve la existencia de una relación muy estrecha entre la teoría y la práctica psicoanalíticas, lo que significa que la práctica implica siempre la elección de un modelo metapsicológico. Por lo demás, el artículo sostiene que los diferentes modelos no son equivalentes respecto a su concepción de la transformación,  objetivo absolutamente inherente a la práctica psicoanalítica.

En psicoanálisis existen vínculos estrechos entre teoría y práctica. La pluralidad de orientaciones psicoanalíticas y el eclecticismo con el que los psicoanalistas dan cuenta de su práctica plantean, además, la cuestión de la elección entre diferentes orientaciones teóricas. Wallerstein (1988), por ejemplo,  sostiene que el pluralismo presente en la teoría  no supone mayores problemas, pues los psicoanalistas se reconocerían fácilmente en una práctica clínica unificada. ¿La teoría no tendría influencia sobre la práctica? ¿Es ésa una afirmación exacta? ¿Es siquiera posible?

Por lo demás, las numerosas teorías psicoanalíticas ¿pueden coexistir aun cuando suponen definiciones incompatibles de los principales conceptos del psicoanálisis? Si ello es así, ¿qué revelaría esta coexistencia respecto a la pertinencia de la metapsicología? ¿El descrédito que hoy se apodera de ella estaría justificado? Me propongo examinar tres cuestiones:

-¿Existe una relación entre metapsicología, teoría psicoanalítica y práctica?

-Si se responde que sí, ¿debemos necesariamente efectuar una elección entre las diferentes orientaciones teóricas?

-Si fuera el caso, ¿sobre qué criterios puede basarse esta elección?

El vínculo entre teoría y práctica: una teoría de la transformación

Las relaciones entre la teoría y la práctica en psicoanálisis son, desde hace tiempo, una fuente de interrogaciones. Aunque los textos técnicos de Freud aportan indicaciones sobre el método analítico, no implican vínculos evidentes con sus escritos de metapsicología. Por lo demás,  esos textos técnicos fueron redactados antes que los escritos sobre la primera tópica y, por supuesto, antes de que se produzcan las diversas modificaciones metapsicológicas que vinieron a continuación. Así mismo, La interpretación de los sueños,  que constituye un texto importante sobre la técnica de la asociación libre, apareció demasiado pronto en la obra de Freud (1900). Esta cronología muestra que el descubrimiento del método psicoanalítico representa un paso decisivo en la elaboración metapsicológica,  idea que se ve confirmada en la definición que hace Freud del psicoanálisis: para él se trata, en primer lugar, de un procedimiento de investigación de procesos psíquicos difícilmente accesibles de otro modo.

Es bien sabido que el descubrimiento del psicoanálisis fue, ante todo, el descubrimiento de un método psicoterapéutico derivado del método catártico. Lo que sorprende en el psicoanálisis contemporáneo, especialmente en los relatos de casos clínicos, es que el método psicoanalítico parece perder su especificidad. Una tal tendencia corresponde también a un movimiento en la teoría: la teoría psicoanalítica se distingue cada vez menos de otras teorías psicológicas, lo que se constata especialmente en el caso de las teorías relacionales y en el rol que atribuyen a las teorías del apego. Por lo demás,  hoy es imposible evocar sin más precisión a la teoría psicoanalítica. La cantidad de orientaciones teóricas y las divergencias que comportan ya no nos permiten seguir creyendo que la teoría psicoanalítica remite a una realidad común. Más aún,  las teorías psicoanalíticas son casi siempre incompatibles y se apoyan en postulados epistemológicos que a menudo se oponen. Una tal situación contribuye a ahondar  la distancia entre teoría psicoanalítica y realidad práctica.

Las relaciones entre teoría y práctica constituyen el problema central del psicoanálisis: éste no es una disciplina teórica sino una teoría de la práctica. El psicoanálisis es indisociable de un objetivo de transformación. Cuando Freud (1937) agrupa al psicoanálisis, junto con la enseñanza y el gobierno, en la categoría de las tres tareas imposibles, pone concretamente en evidencia el carácter central del objetivo de cambio que define a esos campos de actividad.

Se me podría objetar de inmediato que la psicoterapia en general apunta al cambio,  y que esta característica no distingue en absoluto al psicoanálisis de otras formas de intervención terapéutica. Si es verdad que toda intervención psicoterapéutica apunta al cambio, puede decirse que el psicoanálisis apunta a una forma particular de transformación. Freud (1923) la describe como acceso a la libertad,  a una forma de libertad de elección: éste (el psicoanálisis) «no está destinado a imposibilitar las reacciones patológicas, sino a procurar al yo del enfermo la libertad de decidir en un sentido o en otro» (p. 51). De modo que según Freud, en condiciones favorables, la libertad -o un incremento de la libertad- constituye el resultado de la cura psicoanalítica. Llegamos, pues, a la conclusión de que el psicoanálisis ejercería una acción liberadora. La necesidad de una liberación supone,  como su corolario, la idea de una alienación previa.  La idea de una fuerza alienante que actúa en el alma adquirió, con Freud, la forma de un inconsciente dinámico y conflictual. A pesar de las diferentes modificaciones y de los extravíos  que encontramos  en su obra a propósito de la noción de inconsciente (Laplanche, 1993, 1999),  Freud se mantuvo fiel a la idea de inconsciente en tanto fuerza apremiante que el individuo vive como extraña, que hace que el yo no sea dueño de su propia casa,  la idea de que el hombre,  incluso estando dispuesto a seguir los mejores consejos y a mantener la mejor voluntad,  no necesariamente actúa en función de lo que cree desear. En sus relaciones con el inconsciente, la cura psicoanalítica no solo tendría un objetivo de transformación sino también un objetivo de emancipación. En efecto, se trata de aprehender esa racionalidad extraña al sujeto, esperando que así éste será más libre para basar su acción en elementos que ya no dependan de una coacción cuya fuente se le escapa.

Es aquí donde interviene la cuestión de la elección de una teoría metapsicológica. No es evidente que todas las teorías psicoanalíticas sean compatibles con la convicción de que el psicoanálisis implica, en su esencia, un objetivo de emancipación. Este objetivo de emancipación no se limita únicamente a la cura. La teoría psicoanalítica es también una concepción del alma humana. Para ser conciliable con la hipótesis de un proyecto de transformación, esta concepción debe describir un alma capaz de transformarse.  Así mismo,  para satisfacer las condiciones de posibilidad de emancipación, debe sostenerse en principios apropiados para salvaguardar la autonomía. En otros términos, por un lado,  no puede incluir una concepción normativa del desarrollo, de la normalidad, de la patología. Debe estar atenta a los peligros de la sugestión y a que las posiciones del  analista ocupen el lugar de las del analizando. Por otro lado, la idea misma de emancipación implica la convicción de que, al margen de toda consideración empírica, existe para el ser humano una forma de vida emancipada, ontológicamente superior al estado de alienación que caracteriza su situación presente. Así, la teoría metapsicológica debe responder a dos criterios de apariencia contradictoria: las condiciones de protección de una autonomía absolutamente singular, respetuosa de la historia individual de cada uno y, a la vez, el postulado de una forma de vida anímica esencialmente mejor, más libre, a la que cada uno tiene derecho a aspirar.

Estas consideraciones tal vez dan la impresión de ser extremadamente teóricas, pero en realidad son concretas y pueden servir como criterio de  análisis de las teorías que conocemos sobre la práctica psicoanalítica. Quisiera, pues, examinar los tres puntos siguientes:

-Las relaciones entre metapsicología y teoría de la práctica.

-Algunos aspectos de las teorías actuales sobre la práctica en psicoanálisis.

-Finalmente, la dimensión ética de las elecciones epistemológicas.

Las relaciones entre metapsicología y práctica psicoanalítica

Antes de continuar nuestra investigación debemos aclarar un punto sobre el que no existe acuerdo unánime entre los psicoanalistas y que él mismo reposa en una elección epistemológica. Se trata de las relaciones entre psicoanálisis y psicoterapia. El desarrollo que acabo de presentar sobre el objetivo de emancipación es,  en mi opinión, específico del psicoanálisis. Sin embargo, es necesario explicar en qué contexto.

¿Cuál es la diferencia entre psicoanálisis y psicoterapia? En este punto retomo la posición de Jean Laplanche (2007), para quien psicoanálisis y psicoterapia constituyen dos realidades a la vez distintas e interrelacionadas. Para Laplanche, el análisis en sentido estricto no puede concebirse por fuera de la situación y del método analíticos (volveremos a esto más adelante). El trabajo del análisis es analítico en el sentido etimológico del término,  es decir,  basado en la desligazón. Se distingue del trabajo de síntesis que caracteriza el trabajo psicoterapéutico. Por lo demás, como señala Laplanche, la cura psicoanalítica no  supone más que una pequeña parte de trabajo estrictamente analítico: las intervenciones psicoterapéuticas ocupan la mayor parte de un análisis, incluso en el caso puramente hipotético en que esa cura se desarrolle de manera rigurosamente clásica, si podemos decir que tal cosa existe. Lo dije antes pero es importante recordarlo  aquí: la distinción efectuada por Laplanche ya supone la referencia a un modelo  metapsicológico. Más adelante describiremos brevemente este modelo; por ahora volvamos a la distinción entre  psicoanálisis y psicoterapia, sin la cual la discusión sobre los vínculos entre teoría y práctica puede generar confusión. Según Laplanche, entonces, únicamente el acto psicoanalítico, en tanto trabajo de desligazón,  se dirige a los derivados de procesos inconscientes.

Los otros procedimientos psicoterapéuticos, tanto si se producen en el marco de un psicoanálisis como en el de una psicoterapia, ponen en juego al sujeto en tanto sujeto constituido. Desde esta perspectiva, la psicoterapia se distingue del psicoanálisis por el rol que juega en ella la síntesis, bajo el aspecto de una nueva puesta en forma narrativa, de construcciones y reconstrucciones, incluso de subjetivación. Estos últimos procedimientos competen a la función psicoterapéutica y, aunque los encontremos en psicoanálisis, no nos sirven para definirlo.

Insistamos, sin embargo, en el hecho de que la distinción entre psicoterapia y psicoanálisis no lleva a desacreditar  la psicoterapia. Laplanche señala, por el contrario, que la psicoterapia permite progresos importantes, especialmente en lo que respecta a la auto-historización,  y que en condiciones favorables produce mejoras significativas. La cuestión de las indicaciones de análisis también entra en juego: de ningún modo puede afirmarse que el trabajo de desligazón que supone el análisis sea siempre apropiado.  Establecer una distinción entre psicoanálisis y psicoterapia permite situar mejor la acción de cada uno en los planos tópico y metapsicológico.

Al establecer una diferencia entre psicoanálisis y psicoterapia podemos examinar de forma más precisa los vínculos entre teoría y práctica en psicoanálisis, puesto que hemos definido a qué se refiere el psicoanálisis en nuestra hipótesis de trabajo. Éste, según la definición estricta propuesta por Laplanche, se caracteriza por un trabajo de desligazón y se dirige a las manifestaciones o a los derivados del inconsciente, así como a los procesos defensivos. Esta posición implica, por un lado 1) una definición del inconsciente y, por otro lado, 2) una descripción de las condiciones metodológicas que permiten acceder a sus  derivados.

En cuanto a la definición del inconsciente, me limitaré a decir algunas palabras sobre la teoría de la seducción generalizada y sobre la hipótesis traductiva  de la represión.  Éstas implican consideraciones sobre los orígenes del inconsciente,  su naturaleza esencialmente sexual,  el carácter singular de sus contenidos y su modo de funcionamiento (Laplanche, 1993, 1997, 1999). Mencionaré solamente que la sexualidad a la que se refiere la teoría de la seducción generalizada, desde el punto de vista del inconsciente sexual, no es la sexualidad en el sentido corriente del término sino la sexualidad infantil, perversa y polimorfa, que invade el conjunto de las actividades humanas incluyendo las funciones de auto-conservación. Esta sexualidad es auto-erótica. Está siempre a la búsqueda de excitación y funciona según una lógica de descarga. Es por eso que las pulsiones  actúan como atacantes,  atacando al yo desde el interior. Se trata de un ataque contra los intentos de ligazón del yo. Las pulsiones sexuales cortan el afecto de sus representaciones. En su aspecto desligado, se dan a conocer en forma de angustia.

Las condiciones metodológicas requeridas para permitir una vía de acceso al inconsciente sexual son tributarias de su definición y de la génesis que se le atribuye. La teoría de la seducción generalizada sitúa el origen del inconsciente sexual del niño en el otro, es decir, en la sexualidad infantil del adulto que lo cuida. Laplanche piensa que, para entender las relaciones entre teoría y práctica en psicoanálisis, no hay que preguntarse cómo la teoría influye en la práctica sino  reconocer que,  en primer lugar,  la práctica hizo posible la teoría. La cura, en Freud,  ocupa una posición primordial por relación a la metapsicología: la invención de la práctica analítica corrió paralela a la teoría de la seducción (Laplanche, 1999).

En efecto, Laplanche considera que si la situación analítica es susceptible de modificar las fuerzas presentes en el conflicto psíquico, es porque reinstaura las condiciones de una situación antropológica fundamental y universal, en la que el niño se encuentra en presencia de un adulto que «no sabe todo lo que dice» (Laplanche, (1997), 1998, p. 184). De modo que las condiciones de posibilidad del trabajo analítico reposan,  por un lado, en una situación –la situación analítica- y por otro lado en un método -el método analítico.

1)La situación a la que nos referimos es una situación de asimetría radical. Según Laplanche, la asimetría analítica solo se justifica por la asimetría que caracteriza la posición originaria del niño. No se trata de una asimetría que provenga de su estado de desvalimiento o de dependencia total respecto del adulto en el plano de la autoconservación, la ternura y el apego. Se trata de la asimetría que resulta del hecho de que el niño, en el origen desprovisto de inconsciente, está en presencia de un adulto -o de un niño mayor- que, estando él sí dotado de un inconsciente, dirige al niño, desde esa posición, mensajes comprometidos por su inconsciente sexual. En la teoría de la seducción generalizada esta asimetría constituye  el motor de la represión originaria y de la formación del inconsciente sexual del niño. Recordemos que en esta teoría lo sexual se constituye, en el niño,  a partir de un material que ya es sexual,  a saber,  la sexualidad infantil del adulto que lo cuida.

2)En cuanto al método, éste implica un proceso de de-traducción/traducción, que es puesto en movimiento por la situación analítica. Ésta última se caracteriza, por un lado, por el rehusamiento (Versagung) del analista, por su atención flotante y por su acogida benévola y, por otro lado, por el método asociativo-disociativo y por el trabajo de de-traducción/traducción que pone en marcha. El método es indisociable de la situación: ésta permite que se mantenga el enigma del mensaje que provoca el intento de traducción. El rehusamiento (Versagung) al que nos referimos aquí va más allá de la neutralidad o del negarse a dar consejos. Es una prueba del respeto profundo del analista hacia su propio inconsciente, su propia alteridad interna y sus límites, lo que le impone desistir hasta donde sea posible de cualquier objetivo de dominio sobre el analizando.

El rehusamiento también implica la exigencia de mantenerse a distancia de la síntesis, para dejar en lo posible que  el yo del analizando  realice por sí mismo las nuevas traducciones  que  el proceso permite. Según Laplanche (2007), la distancia del analista frente a la actividad de síntesis constituye el verdadero «test de delimitación esencial entre psicoanálisis y psicoterapia» (p. 271).

La correspondencia que establece Laplanche (1997) entre la situación analítica y «lo que se encuentra en el origen de la existencia humana» (p. 228) revela dos de los postulados epistemológicos en los que se inscribe su teoría:

1)La teoría psicoanalítica es también una antropología: busca categorías universales «del ser humano y del devenir humano» (1997, p. 232).

2)El objeto del psicoanálisis existe independientemente del psicoanálisis, por  lo tanto el objeto es independiente del método. Sin embargo, el método sí está orientado por el objeto (Laplanche, 1997).

La concepción de la situación analítica como situación que instaura las condiciones que permiten la re-apertura de la situación antropológica fundamental, sella la continuidad entre la clínica psicoanalítica y las contribuciones del psicoanálisis como antropología. Esta continuidad permite dar cuenta del hecho de que la realidad que interesa al psicoanálisis existe y actúa en todos los campos de la actividad humana, incluyendo el de las relaciones de los psicoanalistas con la teoría psicoanalítica y con las instituciones psicoanalíticas.

Algunos aspectos de las teorías actuales sobre la práctica en psicoanálisis

Los vínculos que venimos de describir entre metapsicología y práctica psicoanalítica también esclarecen las relaciones entre metapsicología y psicoterapia. La teoría de Laplanche delimita de forma estricta el campo de investigación del psicoanálisis por la demarcación sexualidad/auto-conservación. Esta demarcación define, al mismo tiempo, el campo de acción de las psicoterapias analíticas y su rol en la práctica. También permite ver en qué condiciones el encuadre de la situación terapéutica favorece o no el acceso a los derivados del inconsciente. Por lo demás, propone un modelo que permite una mayor claridad en el  trabajo de psicoterapia, especialmente en las situaciones en las que ese modo de intervención se revela más adecuado.

Sin embargo, este marco teórico cuestiona el pluralismo que existe actualmente en la teoría psicoanalítica. A riesgo de adoptar una posición polémica, sostendré que, colocando al método psicoanalítico en un primer plano por relación a la elaboración de la metapsicología, la teoría de Laplanche cuestiona las relaciones  generalmente admitidas entre teoría y práctica en psicoanálisis.

Sobre este tema, dejaré de lado las interpretaciones relacionadas al psicoanálisis llamado clásico que, a pesar de un marco donde las intervenciones del analista pueden estar parsimoniosamente distribuidas, no deja de introducir un movimiento de síntesis que gravita alrededor de la filogénesis y de concepciones mito-simbólicas del inconsciente (por ejemplo el Edipo, la castración, los fantasmas originarios, la escena primitiva). Un tal movimiento es consecuencia de la introducción directa de la metapsicología en la interpretación de los contenidos del inconsciente. En efecto, utilizar a la metapsicología como clave interpretativa de contenidos conduce necesariamente a una ligazón. Además, esta utilización implica la introducción de un código de traducción. Laplanche (1999) a menudo ha denunciado las trampas que suponen, en el trabajo analítico, las teorías mito-simbólicas y filogenéticas del inconsciente. «¡Silencio a las asociaciones! ¡Yo,  la castración,  hablo!» (p.227) resume bien cómo el recurso a la teoría –teoría que no deja de ser criticable en el plano metapsicológico- puede actuar de forma intrusiva como un freno al trabajo específicamente analítico. «Cuando la simbólica habla, la asociación libre se calla» (p. 226 ).

Sin insistir más en los problemas ligados a la metapsicología clásica, ahora nos centraremos en las escuelas contemporáneas, especialmente en las corrientes  dominantes del psicoanálisis anglosajón actual, que, por lo mismo, representan las corrientes dominantes del psicoanálisis internacional. Esas corrientes resultan, bien de las escuelas de relaciones de objeto, bien de las orientaciones relacionales o intersubjetivistas, bien de una mezcla entre ambas. Adoptan diversas formas que no se excluyen entre sí. He aquí algunas: intersubjetividad, concepción narrativa del trabajo analítico que implica la co-construcción de una nueva realidad, concepción del trabajo analítico como adquisición de nuevos modos relacionales, integración de las teorías del apego en el corpus teórico del psicoanálisis, establecimiento de un puente entre psicoanálisis y neurociencias.

Me dirán que mi descripción incluye a la mayor parte de las teorías contemporáneas de la práctica analítica. Uno puede preguntarse, en efecto, si la mayor parte de los psicoanálisis no se asimila cada vez más a psicoterapias puras y simples. En la práctica es difícil conservar la distinción metapsicológica entre psicoanálisis y psicoterapia cuando los dos criterios expuestos -que, según Laplanche, constituyen las condiciones de posibilidad del trabajo analítico en sentido estricto- están en ella ausentes. Esta afirmación no supone una crítica de la efectividad de esas aproximaciones, ni de su propósito como prácticas psicoterapéuticas. Sin embargo, es necesario plantear este problema para evitar que la discusión sobre la necesidad de una elección metapsicológica en psicoanálisis sea totalmente inútil, lo que ocurriría si ésta no estuviese ligada a una práctica específica. Por lo demás, si se quisiera debatir sobre los vínculos entre teoría y práctica en psicoterapia  habría que referirse a categorías diferentes.

Para ilustrar el problema de las fronteras porosas entre trabajo analítico y trabajo psicoterapéutico en las escuelas relacionales contemporáneas, quisiera tomar dos ejemplos: el del uso de la intersubjetividad en psicoanálisis y el de la teoría epistemológica de Fonagy sobre los vínculos entre teoría y práctica.

 La noción de intersubjetividad en psicoanálisis

Las escuelas relacionales rechazan la idea y la realidad de una asimetría en la situación analítica. Definen la inter/subjetividad como la acción mutua de  subjetividades en presencia una de otra y como lo que, correlativamente, delimita el campo donde se desarrolla la subjetividad. Este modelo relacional de la constitución de la subjetividad, en el que el nosotros precede al yo, fue tomado de la fenomenología y no deja de plantear un problema en el plano filosófico. En efecto, si la subjetividad solo puede nacer de la intersubjetividad, ¿de dónde provienen los dos sujetos susceptibles de formar juntos la primera relación intersubjetiva?

Por lo demás, la posición de la escuela intersubjetivista también es problemática en psicoanálisis. La subjetividad no constituye un concepto psicoanalítico. Más bien, el psicoanálisis nació con el estallido de la noción de sujeto.  Surgió de la constatación de que el yo es, en gran parte, movido por fuerzas que le son extrañas. Los representantes de la corriente intersubjetivista no parecen interrogarse sobre este punto. Muestran poco interés por la localización tópica de la subjetividad y por la definición metapsicológica del sujeto al que ésta se referiría.  Su centro de atención no es la pulsión sino el afecto. Evocando el encuentro de dos subjetividades, sea al momento de la formación de la vida psíquica, sea como motor de cambio en la cura analítica, la corriente intersubjetivista se sitúa en un marco de referencia psicológico y no ya metapsicológico. Así, no es sorprendente que la instancia a la que la clínica anglosajona  se refiere la mayor parte del tiempo sea el self, que en términos freudianos corresponde al aspecto identificatorio y metafórico del yo.

En lo que respecta al método, las corrientes intersubjetivistas han dejado de lado la noción de asociación libre en beneficio de una técnica interpretativa fundada en la atribución de sentido y en la comunicación interpersonal. Estiman que el análisis debe servir para dar una significación a la experiencia vivida, significación que debe ser sentida como autentica tanto por el analista como por el analizando. En este contexto, la interpretación no necesariamente tiene que apoyarse en las asociaciones del paciente, sino que más bien se elabora a partir del sentido atribuido, en el marco de la relación,  a las reacciones afectivas de las dos partes en presencia y tal vez, sobre todo, a las del analista. Ella constituye desde entonces una actividad de comunicación interpersonal que proporciona una ocasión de contactos afectivos.

La importancia que las escuelas intersubjetivistas otorgan a la co-creación de una nueva experiencia subjetiva apoya la tesis de que el trabajo que favorecen es un trabajo psicoterapéutico. En efecto, éste se efectúa en el plano de la auto-historización y de la auto-construcción del sujeto, así como de la elaboración de una narratividad más rica. Debido a los medios metodológicos establecidos por estas escuelas, los fundamentos inconscientes de las conductas y de los pensamientos tienen pocas oportunidades de resurgir. Como lo señala Laplanche (2007), los resultados de este proceso no son desdeñables,  pero «para hablar en términos de traducción, se traduce a partir de una traducción ya existente, con poca referencia al texto original» (p. 272).

Por lo demás, la noción de subjetividad a la que se refieren las escuelas relacionales presenta varias características funcionalistas que la inscriben en el movimiento pragmatista de las filosofías de la mente. Tanto para esas escuelas como para las filosofías de la mente, la subjetividad se asimila a eso vivido de lo que se toma consciencia (el stream of consciousness de James). La consciencia se define entonces por su función, a saber, el conocimiento. Una tal posición muestra la equivalencia que plantean las escuelas relacionales entre la subjetividad en el marco de la cura y la subjetividad psicológica, especialmente en la relación que ésta mantiene con el conocimiento y la proyección. Como ya dijimos, al igual que las escuelas intersubjetivistas, se preocupan poco por la génesis de la intersubjetividad en tanto  fenómeno del alma. Le atribuyen sin reparos un origen que sale del campo específico del psicoanálisis, origen cuyo sustrato sería biológico o neurofisiológico. Es por ello que constituyen un terreno propicio para la integración, en psicoanálisis, de modelos pertenecientes a las teorías del apego, a las ciencias cognitivas y a las neurociencias (Tessier, 2005)[3].

La posición epistemológica de Fonagy

La afiliación con el pragmatismo que encontramos en las corrientes relacionales  e intersubjetivistas,  así como sus vínculos con las filosofías de la mente (philosophy of mind), nos llevan a examinar la posición expuesta por Fonagy (2003) en Some Complexities in the Relationship of Psychoanalytic Theory to Technique. Esta posición aborda de forma directa la cuestión que nos ocupa y, cosa interesante para nosotros, se apoya en fundamentos filosóficos opuestos a aquéllos con los que se relaciona la teoría de Laplanche.  Se trata también de una teoría que encontramos, en diversos grados, en varias concepciones contemporáneas de la práctica analítica, incluso en corrientes que no hacen referencia a la orientación de Fonagy (2003).

En efecto, Fonagy (2003) afirma explícitamente que el psicoanálisis debe entenderse en el marco del pragmatismo y, al hacerlo, lo reinterpreta en función de las filosofías de la mente. Señalaré algunos puntos que aparecen como particularmente elocuentes  a este respecto:

a)En el texto de Fonagy (2003), el psicoanálisis es concebido como una teoría de la mente (a theory of mind) y no una teoría del alma (Seel, soul). Los otros puntos, que expondré a continuación, permiten situar su concepción del inconsciente en el plano epistemológico.

b)Existen pruebas que validan las teorías que afirman que la mente incluye elementos inconscientes. En efecto, las neurociencias demuestran que la mayor parte del funcionamiento del cerebro es inconsciente (Mi comentario: En ese contexto, el término inconsciente solo puede referirse a un inconsciente descriptivo, a saber, a lo que está fuera de la consciencia o a aquello de lo que no tenemos consciencia (non awareness). Como lo escribe Fonagy (2003), hacer consciente lo inconsciente significa colmar las brechas (fill the gaps) que persisten en la forma en que el paciente comprende su vida).

c)La teoría psicoanalítica surge de conocimientos inconscientes, es decir intuitivos, y de metáforas científicas. La teoría psicoanalítica corresponde,  en realidad, a una psicología del sentido común, profundizada por la experiencia clínica.

d)El descubrimiento del psicoanálisis freudiano en realidad corresponde a los principios de la mentalización: por un lado, reconoció que la intencionalidad no estaba restringida a la consciencia y, por otro lado, que el aumento de la capacidad de pensar, para incluir los deseos, las emociones y las ideas de las que no somos conscientes, es terapéutica si se produce en el marco de una relación apego.

e)El dominio de la teoría psicoanalítica es, en primer lugar, la psicopatología. El psicoanálisis también permite esclarecer otros aspectos del comportamiento humano, como la literatura y las artes.

f)Las psicopatologías constituyen estados mentales –o, dicho en otros términos, deseos y creencias-  experimentados de manera inconsciente.

g)La práctica debe ser liberada de la teoría. La teoría solo tiene valor en la medida en que pueda servir para elaborar el sentido de un comportamiento en términos que sean comunicables al paciente.

Como él mismo reconoce explícitamente, Fonagy (2003) se sitúa en la tradición del pragmatismo norteamericano, tradición que se ubica en la fuente de la epistemología de la acción que preconiza en su descripción de la función de la teoría en psicoanálisis: «The North American tradition of pragmatism lies at the root of this postmodern action based epistemology» (Fonagy, 2003, p.37). La posición de Fonagy (2003) está históricamente ligada a la evolución y al cuestionamiento del conductismo, que excluía  las creencias, los deseos y la intencionalidad del análisis de los determinantes del comportamiento. Las filosofías de la mente (Dennet & Fodor, citado por Fisette & Poirier, 2002) rehabilitaron estos elementos en tanto elementos constitutivos de una teoría de la mente, teoría sobre la cual se apoyan las posiciones de Fonagy en psicoanálisis. Es por ello que el modelo del aprendizaje como factor de transformación terapéutica tiene para él un lugar central. Se trata particularmente del aprendizaje en la esfera afectiva, por la exposición a nuevos modos relacionales, experiencia que favorecería el desarrollo de una nueva red de creencias y representaciones que permitan al paciente dar cuenta más satisfactoriamente de su propio comportamiento y del  comportamiento de otros.

Laplanche (2007), por el contrario, se vincula a la tradición racionalista. Insiste en la realidad del inconsciente sexual en tanto parte constitutiva del alma, independientemente de la consciencia subjetiva que pueda adquirirse de ella. Para Laplanche el inconsciente no está constituido por deseos,  emociones  o  creencias de las que no podemos dar cuenta. Los contenidos del inconsciente poseen, más bien, la realidad de una cosa. Por sus características, escapan a las categorías humanas.  Son ajenos al sentido, así como a toda lógica de comunicación. Son irreductibles  a  una  psicología  de las necesidades  y  de la motivación.

Por lo demás, Laplanche insiste en afirmar el origen esencialmente humano de esos contenidos inconscientes convertidos en significantes designificados. Postula que se debe poder dar cuenta de ellos mediante la razón discursiva y desde una perspectiva histórica. Es por ello que la teoría de la seducción generalizada no abandona el campo epistemológico del psicoanálisis en su descripción del origen del inconsciente sexual. Dicho de otro modo, esta teoría se rehúsa a atribuir el origen del inconsciente a la biología, a la anatomía o a un uso mítico de éstas. Sitúa la frontera del psicoanálisis en la línea divisoria entre lo que compete al orden vital, a saber,  la  autoconservación, -que incluye el apego- y lo que inicia el proceso de humanización, a saber, la represión originaria y la formación del inconsciente sexual, que desde entonces invade el conjunto de actividades humanas.

Con esta posición Laplanche no quiere decir que las otras disciplinas, especialmente la biología, la neurofisiología, la psicología –incluyendo la observación de infantes- no tienen nada que aportar a la comprensión de la vida psíquica. Por el contrario,  su intención es delimitar mejor el campo epistemológico del psicoanálisis para obtener un mayor beneficio de las respectivas contribuciones  de  otras disciplinas.

A pesar de sus diferencias,  las posiciones de Laplanche y de Fonagy coinciden en un punto. Ambas sostienen que las teorías metapsicológicas no pueden servir para explicar o para organizar el contenido de las observaciones clínicas.  Sin embargo, sus razones son diferentes. Para Fonagy (2003) se trata de eliminar los aspectos de la teoría que no son útiles para la práctica y de utilizar la teoría psicológica como ayuda subjetiva para completar los esquemas narrativos del paciente. Para Laplanche (1999), la metapsicología sirve para dar cuenta del modo de acción del trabajo analítico. No obstante, la teoría debe mantenerse siempre a distancia de la cura para dejar libre curso a las asociaciones del analizando. Señalemos también que, en la teoría de Laplanche, lo único universal es la situación antropológica fundamental. Los contenidos del inconsciente, aún sin ser subjetivos –pues provienen del otro y actúan como una fuerza extraña al sujeto-, son singulares y dependientes de la represión individual. Así, la metapsicología de Laplanche no podría servir,  en la cura,  ni como código ni como ayuda de traducción.

Conclusión

Me gustaría concluir volviendo al tema de la necesidad de una elección entre las diferentes escuelas en psicoanálisis, vinculándolo a las consideraciones que enuncié antes sobre la meta de emancipación.

Marx escribió (1845/1994): «Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas maneras. Lo que importa es transformarlo» (p. 235). ¿Cómo la interpretación puede llevar a la transformación? Esta pregunta está en el centro de nuestro debate. Plantea, a su vez, un conjunto de interrogaciones: ¿Son válidas todas las formas de interpretar la realidad? ¿Todas las interpretaciones del mundo presentan la misma relación con la práctica? ¿Todas tienen un impacto en la práctica?

Sabemos que Marx pensaba que ciertas condiciones eran necesarias para que una teoría tenga un efecto transformador. La exigencia de una relación histórica y dialéctica con la realidad ocupa el primer lugar entre ellas. El reconocimiento de una realidad que no sólo resiste sino que también existe independientemente de nuestra consciencia, constituye un postulado central de la tradición racionalista. En psicoanálisis esta realidad se encarna  en el inconsciente.

La meta de emancipación del psicoanálisis me parece indisociable del reconocimiento del realismo del inconsciente y de su realidad, en tanto realidad que nos aliena. Se trata de reconocer la dimensión del alma que se nos presenta como una cosa interna, despojada de sus características humanas, que resiste al sentido y a la comunicación y que constituye, al menos en parte, el material y la causa de nuestros pensamientos y de nuestras acciones. La metapsicología  debería permitirnos comprender mediante qué exigencias metodológicas podemos acceder a esta realidad de modo que, en circunstancias favorables,  la relación entre las fuerzas en presencia pueda modificarse en el sentido de una mayor libertad. Un tal objetivo necesita que la teoría pueda también dar cuenta de la formación del inconsciente sexual y de su vínculo con el proceso de humanización, incluido aquél que mantiene con la formación del yo y de la reflexividad.

Como he repetido ya varias veces, una tal posición no desacredita el trabajo psicoterapéutico que forma parte integrante de la cura analítica, ni el de las terapias de inspiración analítica. El reconocimiento de la realidad del inconsciente sexual permite situar en el plano tópico el trabajo en curso en los momentos psicoterapéuticos del análisis o en la psicoterapia. También permite conservar una distancia necesaria frente a las teorías explicativas y normativas que, en esas situaciones,  pretendan sustituir demasiado rápidamente la síntesis propuesta por el analista a las modificaciones de auto-historización provenientes del analizando.

Una teoría metapsicológica no es un instrumento que sirva para interpretar y construir. Se trata de una herramienta que sirve para comprender y no para actuar (Laplanche, 2007). Las teorías en psicoanálisis no son equivalentes. Se basan en presupuestos filosóficos ligados a concepciones diferentes de la autonomía humana. Por lo tanto, las elecciones epistemológicas incluyen una dimensión ética, incluso moral. El subjetivismo en psicoanálisis, a pesar de su carácter aparentemente liberal, implica el peligro del empirismo que ya había sido descrito por Schiller (en Goethe – Schiller, 1994): el de sustraerse a la categoría del error  y,  por lo mismo,  escapar a la exigencia de verdad.

 Referencias

Fisette D. & Poirier P. (2002), Philosophie de l’esprit. Psychologie du sens commun et sciences de l’esprit. Paris, Vrin.

Fonagy P. (2003), «Some Complexities in the Relationship of Psychoanalytic Theory to Technique», Psychoanalytic Quarterly, 72: 13-42.

Fonagy P. (2006), «The failure of practice to inform theory and the role of implicit theory in bridging the transmission gap» (p. 69-86), en J. Canestri (ed.) Psychoanalysis from practice to theory. London: Whurr.

Freud S. (1900), La interpretación de los sueños, O.C. v. IV, Buenos Aires: Amorrortu

Freud S. (1923), El yo y el ello, O.C. v. XIX,  Buenos Aires: Amorrortu

Freud S. (1937), Análisis terminable e interminable, O.C. v. XXIII, Buenos Aires: Amorrortu

Goethe- Schiller (1994), Correspondance, 1794-1805. Trad. L. Herr, Paris: Gallimard

Laplanche (1993) El extravío biologizante de la sexualidad en Freud, Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Laplanche (1997) Le primat de l’autre en psychanalyse, Paris, Flammarion, Col. Champs.

Laplanche (1999) Entre seducción e inspiración: el hombre, Buenos Aires: Amorrortu, 2001.

Laplanche (2007) Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, Paris : PUF, col. Quadrige.

Marx K. (1845), Thèses sur Feurbach, thèse XI, en K. Marx, Philosophie (p. 232-235) Paris: Gallimard, col. Folio, 1994.

Tessier H. (2005), La psychanalyse américaine, Paris : PUF, col. Que sais-je ?

Wallerstein R. (1988), «One psychoanalysis or many ?», International Journal of psychoanalysis, 69:5-21.

 


[1] Publicado en Psicologia em estudo, Maringá, v.17, nº3., p.373-381, jul/sep, 2012 y en ALTER Revista de psicoanálisis, sección Noticias, (www.revistaalter.com). Trad: Deborah Golergant.

[2] Profesora titular de la Universidad de Saint-Paul, Otawa, Canadá. Directora del Centro de investigación sobre el conflicto (Universidad de Saint-Paul). Abogada y psicoanalista.

[3] Dos capítulos de este libro («La psicología del  yo» y «Las corrientes disidentes posteriores a la psicología del yo») se encuentran traducidos al español en ALTER Revista de psicoanálisis, nº6, enero/2010.

 

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