La conciencia moral

Presentación

Tal vez uno de los aportes más destacables de Laplanche a la teoría psicoanalítica haya sido su elaboración crítica respecto a la noción de superyo. Desde las Problemáticas I y II (1980)[1], pasando por Nuevos fundamentos para el psicoanálisis (1987)[2] hasta varios de sus artículos más recientes[3], la cuestión del superyo ha estado siempre muy presente en su reflexión. Uno de los puntos de partida de esta reflexión lo encontramos en un hecho de observación clínica, puesto en evidencia por Melanie Klein y que el propio Freud se ve obligado a aceptar: las exigencias y prohibiciones del superyó no son la interiorización de exigencias y prohibiciones externas. Muchas veces, por el contrario, el sentimiento de culpabilidad experimentado por el niño es inversamente proporcional a la severidad de los padres (Cf. el artículo de J. Laplanche).

El lector de este quinto número de ALTER notará que el superyó no es considerado como estando del lado de una ley racional interiorizada -a partir de prohibiciones parentales y/o sociales- cuya función sería poner freno a las pulsiones. Podría decirse que esta función está ubicada, desde la perspectiva que aquí presentamos, enteramente del lado del yo, de la contención y el amor del yo que se constituyen a partir del amor y la contención del otro (Cf. el texto de C. Dejours). El superyó se descubre más bien como una ley arbitraria, tiránica, cuyo aspecto pulsional (sádico) no debería pasarse por alto. Una ley imposible de cumplir por el hecho de ser contradictoria («ser y, a la vez, no ser como el padre»), o bien ya porque el inconsciente no distingue entre el pensamiento y el acto: la fantasía del crimen, de la que no es posible escapar, puede ser castigada por nuestro «juez interno» con igual severidad que el crimen efectivamente perpetrado.

El sentimiento de culpabilidad, que muchas veces resulta absolutamente paralizante, suele confundirse con el sentimiento de responsabilidad, cuando tal vez  podría decirse más bien que ambos se oponen (como lo muestra, por ejemplo, el sentimiento de culpa del melancólico, que paradójicamente consigue liberarlo de toda responsabilidad). Mientras el sentimiento de culpabilidad aparece como una manifestación del ataque de la angustia inherente a la pulsión sexual, el sentimiento de responsabilidad se asociaría con la posibilidad de una respuesta a ese ataque (Cf. los artículos de D. Scarfone). Ahora bien, el sentimiento de culpabilidad también puede entenderse como una de las formas más comunes y universales de ligar –a representaciones y afectos- la pulsión sexual de muerte y, en este sentido, podría decirse que no deja de ser una respuesta, aunque ciertamente patológica o insuficientemente lograda, al ataque  de la angustia (Cf. los artículos de J. Goldberg). Estos dos puntos de vista, que enfatizan aspectos distintos del problema, podrían, por lo mismo, servir para profundizar en su elaboración, con todas las preguntas que se abren sobre los varios y diferentes niveles de la simbolización, entendida como trabajo psíquico y como respuesta del yo al ataque pulsional (angustia).

El sadismo del superyó puede anular al yo casi completamente, llegando a ser entonces más cruel que el castigo de la ley penal (siempre que excluyamos la pena de muerte u otras perversiones deshumanizantes de su sentido). Es especialmente esta idea lo que lleva a Laplanche a posicionarse claramente del lado de la ley penal -por oposición a la opción de una «rehabilitación psiquiátrica»- frente al problema del comportamiento criminal. Con este propósito, se detiene por ejemplo en el análisis del fenómeno, ya puesto en evidencia por Freud[4] y luego por Winnicott[5], del «crimen por sentimiento de culpa»: para él se trata de la búsqueda -a través de un acto en lo real- de una representación y una ligazón para esa angustia innombrable que, por lo mismo, carece de límites. En este sentido, el acto criminal y su castigo regulado y limitado a través de instituciones sociales funcionaría como un freno, al menos parcial, al ataque pulsional (Cf. el artículo de J. Laplanche).

Desde la perspectiva presentada en este número, el superyó se entendería como el aspecto que adquiere el ataque pulsional cuando se manifiesta como una ley categórica, persecutoria, arbitraria y tiránica. Esta comprensión llevará eventualmente a Laplanche[6] a pensarlo como el producto de elementos inasimilables al momento de la constitución de la tópica: lejos de ser una instancia psíquica equiparable al yo y al inconsciente reprimido, lo que llamamos «superyó» puede ser pensado como un enclave psicótico formado a partir de mensajes enigmáticos intraducibles, inasimilables, cuyo lugar psíquico sería el inconsciente enclavado (no reprimido)[7].

Deborah Golergant
Directora Editorial


 

Notas

[1] La angustia y Castración. Simbolizaciones, Amorrortu, 1988.

[2] Amorrortu, 1989.

[3] Cf. por ejemplo, «Implantación, intromisión» en La prioridad del otro en psicoanálisis, Amorrortu, 1996 o «Tres acepciones de la palabra “inconsciente” en el marco de la teoría de la seducción generalizada» en Alter. Revista de psicoanálisis, nº4, 2009.

[4] «Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico» (1916), en O.C. v. XIV

[5] «El psicoanálisis y el sentimiento de culpa» (1958), Los procesos de maduración y el ambiente facilitador, Paidós, 1993.

[6] Cf. por ejemplo, Nuevos fundamentos para el psicoanálisis (1987), Amorrortu, 1989.

[7] Cf. «Tres acepciones de la palabra inconsciente en el marco de la teoría de la seducción generalizada» (2006), en  Alter, n°4, op. cit.