La sexualidad ampliada

Presentación

El tema de este primer número de ALTER  es la sexualidad infantil,  teorizada de manera exhaustiva por primera vez en los Tres ensayos de teoría sexual[1]. Cien años después de la publicación del revolucionario texto freudiano, hemos intentado reunir algunos de los artículos que, a partir del trabajo de Jean Laplanche sobre este tema, nos ayudan a recordar y a esclarecer sus ideas principales, expuestas en la versión original de 1905 y, por momentos, disimuladas o extraviadas en las ediciones posteriores (Cf. el texto de J. Gutiérrez Terrazas).

¿Por qué escogimos el título «La sexualidad ampliada» para designar lo que en psicoanálisis conocemos como sexualidad infantil? Laplanche (Cf. «Pulsión e institnto») nos hace reparar en este calificativo, que Freud  utiliza para referirse a esa sexualidad pulsional descrita en los Tres ensayos: una sexualidad mucho más difícil de definir que la sexualidad instintiva, a la que veremos que se opone en casi todos los aspectos y que desborda por todos lados. Aunque Freud no distingue explícitamente entre «pulsión» e «instinto», está claro que lo que describe en 1905 como la «visión popular de la sexualidad» -visión que se dedicará a criticar en su texto fundamental sobre la sexualidad humana- corresponde muy bien a una descripción del instinto sexual. Pero además, para Laplanche es igualmente importante destacar que la sexualidad ampliada no se limita a la sexualidad fálica edípica. Existe una confusión, nos dice, entre la sexualidad infantil  y la “sexualidad fálica (genital) de los niños”. La sexualidad infantil no es la sexualidad de los niños; mucho menos la sexualidad genital de los niños. Por lo demás, tres años después de publicar el artículo que presentamos aquí, Laplanche[2] acuñará el neologismo «sexual» en francés –por oposición a «sexuel»- para referirse a esta “sexualidad ampliada”.

 La abundancia de textos psicoanalíticos que hacen corresponder la sexualidad infantil a una sexualidad vinculada al complejo de Edipo muestra que se trata de una confusión bastante extendida. Ahora bien, desde la perspectiva que aquí presentamos, se diría más bien que la  sexualidad  edípica es lo que viene a contener, a intentar ligar una sexualidad infantil, inicialmente pasiva y masoquista, que se constituye a partir del encuentro traumático del niño con la sexualidad inconsciente del adulto y que se sostiene en fantasmas orales y anales (Cf. el artículo de J. André). Cuando Freud comienza a perder de vista el aspecto atacante de la sexualidad infantil –a partir de la Introducción del narcisismo[3]– se ve llevado a cubrir ese vacío teórico postulando una “pulsión de muerte” (no sexual) que, por lo demás, no llega a sustentar adecuadamente cara a la ciencia biológica[4]. Desde entonces el aspecto más desorganizado, más desligado y, por lo tanto, más destructivo de la pulsión se desexualiza,  y ésa parece ser la comprensión que finalmente ha predominado en psicoanálisis.

En todo caso está claro que, desde el psicoanálisis, no se trata de oponer una sexualidad que sería propia de los niños a una sexualidad supuestamente propia de los adultos; más correcto sería decir que la oposición que nos interesa, para definir nuestro objeto de estudio, es aquélla entre una sexualidad pulsional humana (sexualidad ampliada) y una sexualidad instintiva animal (sexualidad restringida). Por supuesto que en el ser humano también encontramos un instinto sexual. Pero éste aparece recién en la pubertad, cuando el cuerpo, ya completamente marcado por la pulsión,  se prepara para la posibilidad de procrear; y sabemos que en la realidad no existe un comportamiento sexual humano que sea puramente instintivo, que no esté atravesado por la fantasía inconsciente. Ahora bien,  dentro de la sexualidad ampliada también debemos distinguir entre, por un lado, una sexualidad pulsional en su aspecto más atacante, desligado y caótico  y, por otro, una sexualidad que estaría de algún modo contenida y ligada por el yo y por las herramientas que para ello ofrece la cultura, por ejemplo el esquema edípico y el código socio-cultural sustentado en la oposición “fálico-castrado”. Sin embargo, es importante no perder de vista que el complejo de Edipo/castración –aún en los casos en que su “resolución” conduce a la heterosexualidad y al deseo de procreación- no es el destino natural de la sexualidad infantil. Se trata más bien de una solución cultural, producto de un trabajo de simbolización que de algún modo “imita” el orden natural de la sexualidad instintiva. No hay, pues, una continuidad natural entre –digamos- el pecho, las heces, el pene y el hijo. Ni la pulsión sexual –su objeto, fuente y meta- ni la erogenidad del cuerpo, que es su correlato, pueden considerarse innatos. Los estadios libidinales no corresponden a una secuencia madurativa que venga inscrita en los genes, como vienen inscritas las transformaciones de la pubertad.

Desde la perspectiva presentada en este número, la sexualidad infantil desconoce la diferencia de los sexos; su objeto no es “el objeto complementario del sexo opuesto” sino un objeto fantasmático que se constituye en cada historia individual. No tiene una fuente endógena innata (zonas erógenas preformadas) sino inicialmente una fuente exógena: la pulsión sexual  surge a partir de una primera intervención del otro -del adulto que se hace cargo del niño- y este origen  es lo que Laplanche llama «seducción originaria» (Cf. el texto de J. Lanuzière). Esta  situación de seducción originaria consiste en la relación asimétrica entre un adulto dotado de un inconsciente sexual y un niño que todavía no lo tiene constituido. Es sólo en un segundo tiempo, a partir de la introyección de ese primer objeto seductor -represión originaria- que el cuerpo se vuelve erógeno y se crea la fuente “endógena” de la pulsión, la misma que conocemos como fantasía inconsciente (Cf. el texto de C. Dejours). Por último, oponiéndose también desde el punto de vista económico a la sexualidad instintiva, que busca el alivio de la tensión y el retorno a un nivel energético óptimo (homeostasis / principio de constancia), la sexualidad pulsional, cuando no está contenida por el yo, busca el aumento de la excitación incluso hasta el agotamiento total de la energía (principio de cero), o sea la muerte psíquica, que bien puede acarrear la muerte biológica.

A diferencia de la sexualidad instintiva, la sexualidad ampliada no está programada para satisfacerse de manera adaptativa. Por eso tiene que contenerse, limitarse, desplazarse, transformarse, encontrar permanentemente su propio y particular destino (Cf. la entrevista a J. Laplanche). La sexualidad instintiva hace posible la procreación; la sexualidad ampliada, con suerte, la creación.

Deborah Golergant
Directora Editorial

 


Notas 

[1] O.C. v. VII, Amorrortu.

[2] «Le genre, le sexe, le sexual» (2003), en Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, PUF, 2007.

[3] O.C. v. XIV, Amorrortu.

[4] Esta es una de las tesis principales que Laplanche plantea en «Vida y muerte en psicoanálisis» (1970); Amorrortu, 1973,  y sobre la que continúa insistiendo a lo largo de su obra.