Trauma psíquico

Presentación

Según la teoría freudiana de la seducción, el trauma es ante todo una vivencia que, al haber excedido la capacidad de comprensión o de simbolización del niño, en un segundo momento –cuando ya tenga esa capacidad- lo dejará librado a un «cuerpo extraño interno», atacante desde el interior. Lo que ataca al yo desde el interior -manifestándose como angustia- es la pulsión sexual, y la vivencia que excede la capacidad de comprensión es la confrontación con la sexualidad del adulto: en esta teoría de Freud se trata, concretamente, del abuso sexual de un adulto perverso (seducción infantil).

Éste no es el único modelo del trauma que encontramos en Freud; textos como «Más allá del principio de placer» e «Inhibición, síntoma y angustia», entre otros, proponen modelos distintos. Sin embargo, a diferencia del que ofrece la teoría de la seducción, esos otros modelos no llegarán a permitirnos integrar satisfactoriamente los conceptos de trauma y pulsión, o de trauma y realidad psíquica (Cf. el texto de M. T. de Melo Carvalho y P. de Carvalho Ribeiro).

La teoría de la seducción traumática, que Freud propuso para explicar la psicopatología, ha sido reelaborada por Laplanche con el objetivo de explicar la constitución del orden pulsional y del aparato psíquico de todo ser humano. Para ello es necesario pensar la sexualidad del adulto, impuesta al niño, como algo más amplio que el atentado sexual manifiestamente perverso. Se trata de considerar, en la relación adulto/niño, la intervención de la sexualidad infantil del adulto, que Freud describe como universal en Tres ensayos de teoría sexual.

Laplanche no dejará de insistir en que la sexualidad infantil del adulto interviene necesariamente en la relación de apego[1], sin que el niño venga al mundo preparado para responder a ella. Así, aunque en el animal se trata de una relación simétrica cría/adulto, en el ser humano se caracteriza, además, por una asimetría en el plano sexual: el adulto tiene constituido el inconsciente (y la pulsión sexual) mientras que el niño debe llegar a constituirlo. En este sentido, o en este plano de la relación, el niño siempre es pasivo por relación al adulto y se encuentra expuesto al traumatismo (Cf. el artículo de J. Laplanche).

La inevitable intervención del inconsciente del adulto en la relación de apego se manifiesta en diversos comportamientos sintomáticos y/o defensivos durante la crianza. El niño recibirá esas manifestaciones como algo a comprender, algo que le concierne y que le exige un trabajo de simbolización. Laplanche utiliza el término «mensajes enigmáticos» para designar todo eso que el adulto, habitado por su inconsciente, comunica al niño -a través de conductas, gestos, actitudes y, más adelante, lenguaje verbal- y que éste deberá intentar simbolizar o traducir. Pero las traducciones, que irán constituyendo el yo, nunca podrán ser completas y dejarán necesariamente algo no simbolizado. Esas fallas en la simbolización constituyen lo que llamamos represión y, desde esta perspectiva, son lo que origina el inconsciente y la pulsión sexual.

Según Freud[2], el efecto del evento que ocasionará el traumatismo solo puede tener lugar après-coup, cuando otro evento -que puede ser en sí mismo anodino- entra en resonancia con el primero en un momento en que el niño ya cuenta con los medios suficientes para comprender su significado. En la reelaboración propuesta por Laplanche, eso equivale a decir que los primeros mensajes enigmáticos del adulto aún no pueden ser traducidos y quedan como implantados en el psique-soma del niño. La traducción se realizará en un momento posterior, cuando el niño disponga de ciertos códigos culturales que le permitan lograr una simbolización a partir de la recepción de nuevos mensajes –o de otras experiencias- que hacen eco de los mensajes iniciales. (Cf. la entrevista de C. Caruth a J. Laplanche).

En este número de ALTER incluimos trabajos que profundizan en algunas de las consecuencias de esta reelaboración y esta generalización de la teoría freudiana de la seducción traumática:

a) La posibilidad de salir de la aporía entre, por un lado, considerar que los recuerdos infantiles son simplemente producto de la fantasía y, por otro, considerarlos como retratos fieles de lo que realmente ocurrió. Entre lo que realmente ocurrió en la infancia y el recuerdo del adulto se ha producido todo un trabajo de simbolización/represión. Pero no hay que perder de vista que, a pesar de no ser fieles a los hechos, esos recuerdos encubridores y/o fantasías (realidad psíquica) tienen su punto de partida en aquello que el niño recibió efectivamente del adulto como algo a ser simbolizado (Cf. el artículo de D. Scarfone).

b) La crítica de la hipótesis filogenética de los fantasmas originarios: El origen de los contenidos del inconsciente se encuentra únicamente en la historia individual -en la forma en que cada niño afrontó el exceso traumático inherente a la relación con el adulto- y no en supuestos acontecimientos traumáticos que habrían tenido lugar en la pre-historia de la humanidad para luego ser transmitidos por vía de la herencia genética (Cf. el artículo de F. Früh).

c) La crítica de la hipótesis meta-biológica de un instinto de muerte para dar cuenta de las tendencias (auto)-destructivas del ser humano: Debido a su propio origen, la pulsión sexual contiene en sí misma ese aspecto atacante que se opone al trabajo de simbolización, mientras que su otro aspecto se manifiesta como una tendencia a la ligazón, a la simbolización (Cf. el texto de J. Fletcher). A partir de esta comprensión del conflicto psíquico, podría decirse que en la compulsión de repetición ambos aspectos se combinan para dar lugar a repeticiones más o menos compulsivas y más o menos idénticas, según el peso de ambas tendencias en cada caso particular.

d) La puesta en relación de la situación originaria adulto/niño y la situación analítica, entendiéndose la segunda como una reactualización y una reapertura de la primera para permitir su reelaboración. Según Laplanche, la situación transferencial –lo que llama «transferencia en hueco»- nos vuelve a confrontar con mensajes enigmáticos de la infancia cuya traducción fracasó en mayor o menor medida. Esas simbolizaciones poco exitosas se someten a un trabajo de de-traducción o análisis para dejar campo libre a otras menos sintomáticas. Se trata de una situación que reabre el traumatismo originario posibilitando su reelaboración (Cf. el artículo de J. Laplanche).

e) Una comprensión distinta de los aspectos de la personalidad que llamamos no-neuróticos: en ciertas circunstancias no podrá producirse el segundo tiempo del proceso de constitución del aparato psíquico, es decir el tiempo de la traducción. A diferencia de los fracasos parciales de traducción, que dan cuenta del inconsciente reprimido, este fracaso radical da origen a un inconsciente no reprimido, que supone la constitución de defensas también radicales como la desmentida. ¿Cómo trabajar con esos aspectos clivados de la personalidad, sean o no predominantes, en lo que algunos llaman la clínica del traumatismo? (Cf. El artículo de T. Tovmassian).

f) Finalmente, una comprensión de la función onírica que, apartándose de la idea clásica del sueño como cumplimiento del  deseo inconsciente, ve en él un intento de dominio psíquico de la situación traumática. A partir de una reconsideración de lo que Ferenzci llamó la función traumatolítica del sueño –con su énfasis en el mecanismo de la introyección y su comprensión de los restos diurnos como microtraumatismos del estado de vigilia-, J-M. Dupeu propone reemplazar, en el trabajo con pacientes que han sido víctimas de traumatismo severo, el dispositivo psicoanalítico clásico por el del psicodrama analítico. Gracias al procedimiento de la dramatización- que, como el sueño, prescinde del optativo para realizar el deseo en tiempo presente-, el psicodrama analítico permitiría una elaboración del traumatismo que ayudaría a relanzar la actividad fantasmática y onírica cuando el dispositivo clásico se revela inadecuado a tal propósito (Cf. «Traumatismo, sueño, psicodrama»).

Deborah Golergant
Directora Editorial


[1] Aunque en su artículo presentado en este número, Laplanche todavía no habla de relación de apego sino de relación de auto-conservación, con ambos términos pretende designar el plano de la relación adulto-niño que se refiere a la satisfacción de las necesidades vitales (Véase, más recientemente, «Sexualidad y apego en la metapsicología», en Sexualidad infantil y apego, Siglo XXI, 2004).

[2] Véase, por ejemplo,  “Emma”  en el «Proyecto de psicología», O.C v. I, Buenos Aires, Amorrortu.