Después de Freud

Presentación

Este sexto número  reúne textos que apuntan a presentar, desde un punto de vista crítico, un balance de los aportes de algunas de las corrientes teóricas post-freudianas que ejercen una influencia importante en el pensamiento psicoanalítico actual. Como podrá notarse, la postura crítica que se encontrará en los artículos incluidos no pretende desmerecer el alcance de aquellas contribuciones; la intención es más bien favorecer una lectura que, a partir de situar a las teorías en su contexto histórico, permita despojarlas de su aspecto ideológico para  rescatar y repensar sus aspectos más innovadores. De modo que las ideas que en su momento impulsaron un pensamiento vivo y creativo no se conviertan en «fórmulas hechas» que lleven a una sobre-simplificación de los fenómenos estudiados, en lugar de facilitar que se repare en su complejidad.

El número se inicia con un texto sobre el aporte de Sandor Ferenczi (Cf. el artículo de  S. Korff-Sausse), pionero psicoanalista húngaro que  rescata y reivindica, a través de un planteamiento original, la primera teoría freudiana del trauma psíquico. Como sabemos, ésta situaba el origen de la psicopatología en la confrontación del niño con la sexualidad del adulto. La propuesta de Ferenczi de una «confusión de lenguas entre los adultos y el niño» (lenguaje infantil de la ternura/ lenguaje adulto de la pasión) puede pensarse como un primer intento de reelaboración –con miras a una generalización- de esa teoría freudiana, que pretendía sostenerse en la realidad de una seducción manifiestamente sexual, perversa en el sentido psicopatológico del término. Por otro lado Ferenczi, propulsor del psicoanálisis de niños, será el primero en ampliar los alcances de la situación analítica, flexibilizando la técnica de modo que pueda adecuarse  no solo a niños sino también a pacientes cuya estructura de personalidad no corresponde al modelo clásico de las neurosis.

Un autor que puede ubicarse en esta misma línea de pensamiento es Donald Winnicott. Aunque a veces utiliza la palabra “traumas”, Winnicott  prefiere hablar de “intrusiones del ambiente” o, también, de “fallas del ambiente”. En las situaciones menos favorables, éstas darán lugar a defensas extremas por parte de un yo que aún no está suficientemente constituido o preparado para responder a ellas. Sin embargo, es importante notar  que, con “ambiente”, Winnicott en realidad se refiere a la persona que se hace cargo del niño. La situación desfavorable prototípica que describe es la de un bebé cuya madre no es capaz de aportarle un sostén adecuado: una contención, unos cuidados y una mirada que le permitan una constitución suficientemente integrada  de su yo. Ahora bien, la pregunta que surge es si ese tipo de situación traumática –supuestamente “por defecto”- aún puede considerarse sexual, en el sentido amplio que le da Ferenczi a este término con la idea de “lenguaje de la pasión”, o Laplanche con la noción de “seducción originaria”. Aparentemente tenemos aquí un punto de discusión. Una forma de abordar la cuestión sería pensar que una madre que falla en su capacidad de contención deja al niño indefenso ante las pulsiones que ella misma despierta en él, precisamente con su ausencia demasiado prolongada o con su actitud poco contenedora. Al respecto, es significativo que Winnicott hable indistintamente de «fallas» y de «intrusiones»: para él lo importante es que se trata de situaciones que «interrumpen el sentimiento de continuidad de existir». Desde esta perspectiva, las fallas de la madre-ambiente «por defecto», al igual que los golpes o los abusos sexuales, también serían recibidas por el niño como un exceso, en el sentido de algo que sobrepasa su capacidad de respuesta defensiva.  Así, podría decirse que esas situaciones traumáticas entran perfectamente en la categoría de una seducción en el sentido amplio en que la entiende Laplanche, es decir, como sostenida en mensajes enigmáticos o comprometidos por el inconsciente del adulto. Una madre excesivamente ausente también dice demasiado, más de lo que el niño puede elaborar –por ejemplo con con un juego como el Fort-da– y más de lo que ella misma se propone decir, pues su actitud es en gran medida enigmática también para sí misma. En «El niño no bienvenido y su impulso de muerte», Ferenczi  ya recoge el sentimiento del niño confrontado a ese mensaje intraducible, a ese enigma de “no ser bienvenido”, con esta frase: « ¿por qué me trajeron al mundo si no estaban dispuestos a recibirme amablemente?» (Cf. el texto de S. Korff-Sausse).

Si nos hemos detenido en la presentación del texto dedicado a Winnicott es porque, en este número, se encontrará una elaboración algo distinta a partir de sus propuestas, en particular respecto a la teoría del trauma y su relación con la teoría pulsional (Cf. el artículo de Jacques André). En todo caso, tanto Ferenczi como Winnicott proponen una comprensión que otorga toda su importancia al otro -al cuidador adulto- en la constitución del yo y del inconsciente y, en ese sentido, diríamos que se mantienen en la línea de la teoría del trauma.

Los otros trabajos que conforman este número muestran algunas de las consecuencias que tiene para el psicoanálisis el que se haya dejado de lado esa teoría freudiana del trauma – o de la seducción- en lugar de reelaborarla para hacerla avanzar en el sentido de su generalización, y ello en beneficio de una comprensión del aparato psíquico y de las pulsiones como teniendo un origen innato, o como constituyéndose a partir del propio individuo. Desde entonces, desde que el adulto deja de tener un rol prioritario en la constitución del yo y del inconsciente, el re-centramiento subjetivo parece volverse dominante en la teoría psicoanalítica, y parece acarrear un movimiento de desexualización. Uno de los problemas asociados a esta situación es la defensa que suele hacerse, desde parte de la comunidad analítica, de teorías incompatibles con las de otras disciplinas, dificultando aún más la posibilidad de un diálogo con ellas.

 Así, en la teoría kleiniana encontramos que se pierde de vista el aspecto atacante, y la génesis histórica, de la pulsión sexual en favor de un instinto de muerte (no sexual) innato, que no es reconocido por la ciencia biológica (Cf. J. Laplanche, «¿Hay que quemar a Melanie Klein?»). En lo que respecta a la Psicología del yo y a varias de las corrientes posteriores que inspira, la desexualización es aún más clara pues el concepto de pulsión prácticamente desaparece, mientras que las nociones de après-coup y de conflicto psíquico se ven eclipsadas por una psicología del desarrollo (Cf. los artículos de Hélène Tessier). Esto puede observarse, por ejemplo, en la teoría de M. Malher que, por lo demás, plantea una «fase simbiótica inicial» ya refutada por la observación de infantes y las modernas teorías del apego (Cf. el artículo de M. Dornes). En cuanto a éstas últimas, puede decirse que si bien presentan un interés innegable desde un punto de vista psicológico, también pierden de vista la especificidad del objeto del psicoanálisis, pues no suelen considerar la intervención del inconsciente del adulto –su sexualidad infantil- en el seno de la relación de apego. De modo que, en las observaciones,  por lo general no se repara en el aspecto de esa relación que desemboca en la constitución del inconsciente del niño, es decir, el hecho de que se trata de una relación asimétrica.

En el caso de la teoría lacaniana -dejando de lado que también postula como punto de partida una fase de fusión narcisista con la madre-  se critica la propuesta de un «inconsciente estructurado como un lenguaje», pues lo propio del inconsciente psicoanalítico es, por el contrario, su ausencia de estructuración, es decir su ausencia de lenguaje en el sentido de “representaciones-palabra”. A pesar de la confusión que introduce Lacan en este punto importante, en los textos de Freud éstas últimas pertenecen claramente al sistema Preconsciente, mientras que el Inconsciente está formado por “representaciones-cosa” (Cf. el texto de A. Costes). Desde esta perspectiva, el inconsciente se define más bien como aquello que ha escapado a la estructura del lenguaje consciente, es decir, precisamente, lo que no pudo ser integrado en complejos de representaciones y afectos que nos permiten historizarnos y construir un yo. El inconsciente, al menos en el sentido de lo reprimido originario, está formado por elementos aislados que no presentan ningún tipo de articulación, que no se influyen ni se contradicen entre sí y que aún no están organizados en complejos de representaciones. Es «como un lenguaje no estructurado», según la fórmula que ofrece Laplanche para sintetizar su distancia respecto del Lacan estructuralista (Cf. «El estructuralismo frente al psicoanálisis»).

En fin, más recientemente nos topamos con una preocupación por defender al psicoanálisis de las críticas que recibe desde otras disciplinas, como las neurociencias. Una falta de claridad respecto a nuestro objeto de estudio puede llevar a que nos sintamos intimidados ante cada nuevo avance en la técnica de observación de la actividad cerebral. Sin embargo, bastaría tener presente que si bien todos nuestros pensamientos y afectos necesariamente tienen un correlato cerebral, ello no supone que tengan un origen innato. Mucho de lo  que un pet-scan permita eventualmente observar en un cerebro –en todo caso, aquello que sea verdaderamente importante desde el punto de vista humano- de todos modos será producto de una historia en la cual las experiencias tempranas con el cuidador adulto tienen un peso fundamental. Desde el psicoanálisis nunca se ha pretendido que nuestro mundo interno, nuestra realidad psíquica, carece de un correlato cerebral; al revés, de principio a fin de su obra, Freud es sin duda un materialista. No es cuestión de distinguir entre «somático» y «psíquico», pues se trata de dos aspectos de una misma realidad, sino entre «innato» y «adquirido en la historia individual» (Cf. el texto de D. Scarfone). Esto supone que no todo lo somático es innato y no todo lo psíquico es adquirido. Al respecto, no está de más recordar que nacemos en un estado de pre-maturación  –por relación a los neo-natos de otras especies- y que el cerebro humano necesita por lo menos tres años de vida post-natal para terminar de formar su estructura más básica, por no hablar de los cambios psico-somáticos que continúan produciéndose durante toda la infancia, la adolescencia e incluso la edad adulta.

Deborah Golergant                                                                                                                      

 Directora Editorial