Las corrientes disidentes posteriores a la psicología del yo

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Aunque la exclusión de los analistas no-médicos de las instituciones psicoanalíticas oficiales tuvo un rol en el desarrollo de las orientaciones relacionales, no podemos decir que éstas hayan estado animadas por un sentimiento anti-médico. Por el contrario, se inspiraron en el interpersonalismo de Sullivan y la corrective emocional experience de Franz Alexander, dos orientaciones particularmente integradas en la tendencia psiquiátrica del psicoanálisis. Más tarde, las posiciones de Löwald o la psicología del self tampoco provendrían de una crítica a la perspectiva médica y terapéutica en la que se había comprometido desde hacía mucho tiempo el psicoanálisis americano. En cambio las críticas socio-constructivistas de los años 70s, sin poner en cuestión el status del psicoanálisis como «healing activity», sí lo sometieron a cuestionamientos epistemológicos y filosóficos que respondían más a los intereses de los psicólogos.  De modo que ahora conviene examinar las principales corrientes que marcaron el fin de la hegemonía de la psicología del yo y mostrar cómo dieron forma a las líneas dominantes del psicoanálisis contemporáneo.

Generalmente hay acuerdo cuando se afirma que el artículo de Hans Löwald, «On the therapeutic action of psychoanalysis», publicado en 1960, constituyó un punto de inflexión en el psicoanálisis americano (Bergmann, 2000). En ese artículo Löwald examinaba bajo un nuevo ángulo los factores que favorecían el cambio en psicoanálisis e insistía en el valor terapéutico de la relación como tal. Esta posición era compartida por otros representantes (1) de la corriente entonces dominante, quienes también señalaban la importancia de la empatía y de la actitud del analista para que el análisis sea beneficioso.  Abiertamente o de forma implícita, se reprochaba a los psicólogos del yo el predicar una actitud demasiado desapegada por  parte del analista, sin tomar  en cuenta suficientemente esos factores. Esta crítica fue retomada por la psicología del self de Kohut, quien, bajo una perspectiva completamente distinta a la de Löwald, colocó la empatía en el corazón del método analítico. Al final la crítica hermenéutica y socio-constructivista a la objetividad científica, que los psicólogos del yo y la corriente psiquiátrica querían conferir al psicoanálisis, contribuyó a descalificar  de forma definitiva la concepción de un analista que, al igual que un observador neutro, se situaría fuera del campo intersubjetivo.

 1. Hans Löwald y la teoría de la «new relationship».  – Se suele considerar a Hans Löwald (1906-1993) como uno de los precursores de la escuela intersubjetiva y como un pilar de la escuela americana de las relaciones de objeto. Sin embargo, Löwald sigue siendo un representante de la psicología del yo, de la que conservó varias referencias teóricas además de un marcado interés por la metapsicología freudiana, difícil de encontrar entre quienes actualmente defienden esas posiciones. Löwald estaba muy influido por el pensamiento fenomenológico. También mantuvo contacto con el ambiente interpersonalista, lo que pudo orientar su trabajo en dirección de una integración de las perspectivas relacionales en el marco de la teoría psicoanalítica dominante (Wallerstein, 1995).

Hoy se insiste mucho más en los aspectos del pensamiento de Löwald que lo acercan a la corriente relacional que en lo que constituía su originalidad, que concierne sobre todo a la teoría de las pulsiones. Así pues,  Löwald (1960) se refiere con gusto a la primera tópica de Freud. Se mantiene muy fiel al modelo del sueño como prototipo de la transferencia así como a la noción de preconsciente. Löwald también se distingue de la tradición americana por sus referencias al carácter impersonal y al demonismo del ello (1978, 9) (2). Intentó formular la relación entre el primer encuentro con el otro y el concepto de pulsión, revelando de ese modo su concepción del origen interpersonal de los fenómenos intrapsíquicos. Para Löwald, ningún fenómeno psíquico puede producirse fuera de un contexto relacional (1960).

Por otro lado, Löwald formuló varias propuestas que luego fueron adoptadas por la escuela relacional: perspectiva genética del proceso analítico (1960), adopción del marco fenomenológico del sujeto intencional orientado hacia el futuro (1978). También reformuló la teoría de las pulsiones en términos de motivación y atribuyó la acción terapéutica del psicoanálisis a las relaciones interpersonales y a los fenómenos de comunicación que éste implica (1960) (3).

 Como Winnicott, Löwald se apoya en un modelo del desarrollo fundado en la diferenciación a partir de la unidad primaria  del yo y el objeto, modelo que inspiró profundamente a la corriente intersubjetiva. Ese modelo es la fuente de las hipótesis creacionistas, compartidas por Löwald, según las cuales lo que el proceso psicoanalítico permite no es la rememoración o el descubrimiento de una realidad ya existente, sino la creación de una nueva realidad  gracias a las interacciones entre analista y analizado.

Löwald también afirmó la importancia de la actitud empática del analista y de su capacidad para entablar una relación con el paciente (Walllerstein, 1995). En su opinión, las significaciones irracionales que comporta la relación forman parte de las modalidades de acción terapéutica del psicoanálisis, aunque escapen al trabajo de desligazón.  La descripción de elementos inanalizables en el proceso analítico remite, por un lado, a la reserva interpretativa, que  los psicólogos del yo entendían como un corolario técnico de la zona adaptativa, autónoma y a-conflictual del yo. Por otro lado, evoca la tendencia irracionalista de la tradición americana y británica, inherente a las hipótesis creacionistas. La encontramos en los intersubjetivistas y en el conjunto de la perspectiva relacional.

2. La escuela americana de las relaciones de objeto. – La expresión «escuela americana de las relaciones de objeto» abarca una realidad bastante variada. A veces atribuimos a Sullivan (Greenberg y Mitchell, 1983; Wallerstein, 2002) el origen de la escuela americana de las relaciones de objeto, filiación algo ambigua para una orientación psicoanalítica. Sin embargo, existía una corriente relacional en el psicoanálisis americano institucional que, como vimos, se remonta a ciertos aspectos de la psicología del yo (4), tal como fue conceptualizada especialmente por Edith Jacobson y Margaret Mahler. Por otro lado, la obra de Greenberg y Mitchell, Object Relations in Psychoanalytic Theory (1983), contribuyó de forma significativa a definir la identidad de la escuela americana de las relaciones de objeto.

En esta escuela, la teoría kleiniana original nunca adquirió la importancia que tuvo en la escuela británica. En efecto, Klein postula el origen biológico y endógeno de las pulsiones (instintos) y, especialmente, de la pulsión de muerte. Se refiere, pues, a una agresividad innata dirigida desde el origen contra el objeto. El yo  también estaría presente desde el nacimiento y operaría de entrada según el modo de la proyección y la introyección (5). Para los kleinianos, los fantasmas se manifiestan desde el origen en tanto que representantes de pulsiones corporales, en este caso instintos libidinales y destructivos (6). La escuela americana de las relaciones de objeto, que por un lado buscaba distanciarse de la teoría de las pulsiones de la psicología del yo y que, por otro lado, heredaba una tendencia ambientalista ya bien implantada en psiquiatría y en psicoanálisis, se sentía mucho  menos atraída por una teoría del fantasma donde las interacciones reales ocupaban un lugar secundario. Es por eso que las teorías de Fairbairn, Balint, Guntrip, Winnicott y Bion – que reorientaron la teoría kleiniana  por el lado de las interacciones reales – tuvieron una influencia preponderante en la escuela americana de las relaciones de objeto. Aunque estos autores no rechazan la importancia de los factores innatos, ponen el acento en las relaciones efectivas del bebé con sus objetos precoces y en los procesos de interiorización que resultan de ellas (7). Así, uno de los grandes méritos del British Independant Group sería el de haber favorecido el acercamiento entre la escuela kleiniana y la psicología del yo, permitiendo entonces a la escuela americana de las relaciones de objeto ocupar a la vez una posición de compromiso y una posición de integración en el psicoanálisis anglosajón (Kernberg, 2001).

Para la escuela americana de las relaciones de objeto, la relación como tal suplantó a la interpretación como herramienta terapéutica y como factor de cambio en psicoanálisis: sus representantes adhieren a la perspectiva según la cual la relación analítica es ante todo una relación de objeto. Las teorías de Löwald también tuvieron un rol capital en la formación de la escuela americana de las relaciones de objeto. En el plano concreto, a partir de 1960 ésta se vio favorecida por las frecuentes estancias de psicoanalistas británicos en California, donde enseñaron Hanna Segal, Betty Joseph o Herbert Rosenfeld, particularmente conocido por su trabajo con psicóticos y por sus esfuerzos por introducir el concepto de análisis de carácter en la técnica kleiniana.  Wilfred Bion también se quedó durante una estancia prolongada (Wallerstein, 2002; Rangell, 2002).

 Actualmente, la escuela americana de las relaciones de objeto mezcla varias orientaciones. Algunos representantes de esta escuela -por ejemplo Arnold Model, quien cita sobre todo a Winnicott- se sitúan a la vez cerca de la corriente intersubjetiva y del psicoanálisis clásico. Otros, como Ogden -quien se inspira en Klein, Winnicott y Bion- están  estrechamente asociados a la teoría de la intersubjetividad.

 3. Heinz Kohut, la psicología del self y los trastornos narcisistas. – La psicología del self de Heinz Kohut (8) surgió en los años 60s a partir de un interés creciente por la utilización del psicoanálisis en el tratamiento de trastornos narcisistas. También se inscribía en el intento de establecer una jerarquía de modelos psicoterapéuticos psicoanalíticos en función de la patología del paciente (Wallerstein, 1995).

 Se ha dicho de Kohut que era un descendiente ideológico de Ferenczi y un heredero directo de Sullivan. En efecto, la psicología del self se distingue del psicoanálisis clásico de inspiración freudiana por una perspectiva del desarrollo psíquico que comparte con los enfoques relacionales.

 La teoría kohutiana se apoya en el modelo de la detención del desarrollo. Kohut rechazaba la teoría de las pulsiones y sostenía que el concepto de pulsión había tenido efectos nocivos para el psicoanálisis (Denis, in Durieux et Fine, 2000). Consideraba que, tratándose del proceso psicoanalítico, la relación -y sobre todo los procesos especulares (mirroring) y de idealización que comporta- había suplantado a la interpretación como instrumento de transformación. El sistema teórico kohutiano se apoya en la noción de selfobjets, creaciones universales, omnipresentes y duraderas, que resultarían de las relaciones precoces del paciente y que se prestarían de un modo totalmente natural a la transferencia (self-objects transferences). En Kohut el conflicto psíquico pasa a segundo plano. En efecto, él considera que el conflicto constituye una adquisición genética que presupone un cierto grado de reparación de los self-objets (Goldberg, in Rothstein, 1985). Además de desplazar la metapsicología hacia el self, Kohut sustituye el sentimiento de culpabilidad,  característico de la posición edípica,  por un sentimiento de lo trágico, envite de la existencia humana (Wallerstein, 1995).

En el sistema de Kohut, la empatía, que define a la vez como una forma derivada de la introspección (vicarious introspection) y como un instrumento de conocimiento de los sentimientos ajenos, constituye la esencia del método psicoanalítico. Sin embrago, Kohut no consideraba al psicoanálisis como una disciplina hermenéutica. Para él la empatía constituía una herramienta de observación neutral (value neutral tool of observation) y representaba el intento de sentir lo que el otro siente conservando la posición de un observador objetivo (Kohut, 1984, 70) (9).

 4. Otto Kernberg. – Otto Kernberg propuso una aproximación a la etiología de los problemas narcisistas y a su tratamiento totalmente distinta a la de Kohut. Desde mediados de los años 70s, los trabajos de Kernberg sobre los estados límites y las personalidades narcisistas marcaron profundamente a las corrientes psicoanalíticas dominantes, no solo en Estados Unidos sino también en el plano internacional. En ese entonces el problema de los estados límites había adquirido una importancia considerable en psicoanálisis y en psiquiatría, de suerte que en 1980 esa categoría diagnóstica se incluyó en el Diagnostical and Statistical Manual III (DSM III) de la Asociación Psiquiátrica Americana.

Kernberg no apoyaba la revisión de conceptos metapsicológicos emprendida por Kohut. En la totalidad de sus trabajos, él se dedicó a reconciliar las teorías kleinianas con la psicología del yo, sobre todo con las posiciones de Edith Jacobson y de Margaret Mahler. Kernberg insistió particularmente en los mecanismos de clivaje, que según él caracterizan el funcionamiento psíquico de los pacientes que presentan el cuadro clínico de estados límites. Frente a ellos propone el recurso a un estilo interpretativo activo, que incluye la interpretación sistemática de las manifestaciones, explícitas o latentes, de la transferencia negativa (Wallerstein, 1995).

 5. Las corrientes hermenéuticas y socio-constructivistas. –   A partir de 1970, los fundamentos epistemológicos en los que se apoyaban las posiciones de la psicología del yo fueron objeto de vigorosas críticas por parte de los psicoanalistas,  muchos de los cuales también se habían formado en la psicología científica. Aunque esas críticas hayan puesto el acento, ellas también, en la importancia de la relación en el proceso analítico, a partir de ahí extrajeron unas consecuencias diferentes de las extraídas por Löwald o Kohut. Se fundaban tanto en tesis hermenéuticas como socio-constructivistas que, por un lado, ponían el acento en la interpretación del sentido del material analítico y, por otro, en el carácter construido de ese sentido en el marco de la relación entre analista y analizando. Volvían a cuestionar el status científico de la metapsicología y la pretensión de objetividad de las interpretaciones analíticas.

Los trabajos de Roy Schafer (10) se centraron mucho en la crítica del carácter mecanicista de la metapsicológia clásica. Las contribuciones de Schafer son variadas y comportan una doble reflexión, teórica y clínica, de gran riqueza. Schafer estuvo especialmente influido por las concepciones relacionales de Löwald. También se benefició mucho de la enseñanza de Rapaport, de quien fue alumno, lo que le permitió hacer valer elocuentemente sus desacuerdos con la psicología del yo. Schafer contribuyó enormemente al desarrollo de la concepción hermenéutica y constructivista en el psicoanálisis americano.

La concepción de Schafer se inspira a la vez en Ricoeur, en Habermas y en trabajos de estética literaria (Schafer, 1983). Para Schafer, el modelo de la comunicación constituye el modelo explicativo de la acción del psicoanálisis. Puso el acento en el carácter esencialmente subjetivo del conocimiento en psicoanálisis y en el rol fundamental del contexto y del intérprete en la elaboración del sentido. También luchó  contra el dualismo sujeto/objeto, omnipresente hasta entonces, según el cual el analista podría ocupar la posición de un observador, más o menos neutro – en este último caso puede pensarse en el participant observer de Sullivan – capaz de extraer conclusiones objetivas a partir del material que se le presenta. El constructivismo de Schafer implica que la relación analítica genera la construcción de una nueva realidad que favorece el cambio buscado en el proyecto analítico (Schafer, 1983). Por lo demás, la aproximación socio-constructivista a la realidad no condujo a Schafer a abandonar la metapsicología freudiana. Sin embargo, le critica que otorgue a las interpretaciones psicoanalíticas el status de inferencias objetivas y científicas. Por otro lado, Schafer puso en evidencia el carácter determinante de la afiliación teórica del analista, a la vez sobre la selección producto de su escucha – así sea libre flotante – y sobre el material proporcionado por el analizando,  lo que, a su vez, le permitía criticar las interpretaciones estereotipadas del psicoanálisis de su época sobre la sexualidad femenina (1983, 1997).

El constructivismo de Schafer comporta un fundamento lingüístico. Insiste en el rol de la metáfora, a la vez como herramienta epistemológica y  como modo de transformación de la realidad. Schafer introdujo, además, la noción de Action Language (A new Language for Psychoanalysis, 1976) (11),  donde el recurso a la subjetividad evidencia una concepción fenomenológica según la cual la intencionalidad del sujeto debería reflejarse en cada uno de sus actos psíquicos. Para Schafer se trata de oponer el yo-instancia –la parte alienada del sujeto– al sujeto global, intencional y liberado (1983).

 Schafer se mostró crítico respecto a la orientación relacional (1997). Le reprochó el ser ecléctica e ignorar las referencias metapsicológicas. También lamenta el solipsismo de las posiciones de quienes conciben la relación analítica exclusivamente como el encuentro entre dos subjetividades (1997, 17). Por lo demás, aunque por un lado Schafer reconoció el carácter bilateral del proceso psicoanalítico, por otro lado nunca  favoreció una técnica analítica interactiva, esencialmente guiada por los afectos y sentimientos contratransferenciales del analista. Siempre mostró una gran reserva frente a las concepciones esencialmente curativas (healing) del psicoanálisis. Desde 1976, criticaba el entusiasmo terapéutico de ciertos psicoanalistas y señalaba lo esenciales que son las perspectivas trágica e irónica para una comprensión auténtica del proyecto freudiano (Schafer, 1976).

Así, el socio-constructivismo de Schafer se distingue de las posiciones hermenéuticas que, en lo sucesivo, se impusieron en el psicoanálisis americano y que adoptan un punto de vista a la vez más relacional y más relativista que el de Schafer. Donald Spence (12), aunque se acerca a Schafer en ciertos puntos,  también se aleja de él en su crítica de la metapsicología y en las consecuencias que extrae de ella. La crítica de Spence acentúa mucho más que la de Schafer los aspectos particulares y relativos del diálogo analítico. De ella resulta  una concepción muy psicológica del sujeto y la subjetividad. Por lo demás, a menudo Spence se refiere a Viderman: como él, sostiene que el criterio estético constituye la medida por excelencia de la exactitud de una interpretación. No obstante, él se sitúa en una filiación pragmática donde el resultado de la interpretación constituye el criterio de su validez. Es por ello que concibe a la hermenéutica jurídica, donde se trata de afectar de forma concreta la situación de los justiciables, como un modelo para la hermenéutica psicoanalítica (1987).

Tanto Spence como Schafer desconfiaban de la tendencia a considerar a los afectos como los indicadores privilegiados de la exactitud de una interpretación. Así, Schafer se mostró crítico frente a la empatía. Opinaba que para evitar volver al dualismo sujeto/objeto, contra el cual se rebelaban los constructivistas, era necesario abandonar la noción de empatía, cuyos aspectos cognitivos evidenciaban ese dualismo, y preferir la de empatización (empathising) como componente del proceso analítico. Apoyándose en argumentos epistemológicos similares, Spence también insistió en los peligros del recurso a la empatía como herramienta de comprensión del paciente, denunciando la ilusión de verdad que proponía al terapeuta («empathy… or pathetic fallacy» 1987, 64).

Esos llamados de atención no tuvieron mucho efecto en las orientaciones subsiguientes de los partidarios del socio-constructivismo. La convicción de que la experiencia afectiva vivida y compartida entre analista y analizado era garantía de la autenticidad, incluso de la eficacia del proceso analítico, se impuso en la concepción interactiva de la contratransferencia (13), que ahora caracteriza al psicoanálisis en tanto que two-person psychology.

  6. Las modificaciones en la concepción de la contratransferencia: de una one-person psychology a una two-person psychology. –  Los cambios en la concepción de la contratransferencia son a la vez el resultado y el corolario de un movimiento descrito como el pasaje de una one-person psychology a una two-person psychology. Actualmente, éste se ha impuesto en el conjunto del psicoanálisis anglosajón, encontrando su expresión más radical en la escuela intersubjetiva (Wallerstein, 1995; Lechartier Atlan, in  Durieux y Fine, 2000). Sin embargo, el interés por la contratransferencia y la progresiva asimilación de los fenómenos de transferencia/contratransferencia a interacciones relacionales, fueron correlativos a una ampliación considerable de la definición de estas nociones.

Los teóricos de la  two-person psychology, apoyándose en la comunicación de inconsciente a inconsciente evocada por Freud (14), insisten en la reciprocidad de los procesos inconscientes. En consecuencia, adoptan una concepción interactiva de la contratransferencia y se deslizan de una comunicación de inconsciente a inconsciente –si es que existe tal cosa –  a la intercomunicación relacional. No obstante, este deslizamiento supone que ellos definen la contratransferencia como un fenómeno en esencia subjetivo (Orgen, 1994).

Una tal definición se desprende de la asimilación del inconsciente a la subjetividad, común en el psicoanálisis americano contemporáneo: ahí los fenómenos inconscientes son descritos como fenómenos subjetivos y, a la inversa, los fenómenos subjetivos, como manifestaciones inconscientes (Jacobs, 1999) (15). Fiel a la tradición psicológica que tanto lo influenció, el psicoanálisis americano define, por lo tanto, la transferencia y la contratransferencia como un conjunto de reacciones afectivas, que evidencian las disposiciones subjetivas del analista y del analizado. En ese contexto, las manifestaciones del inconsciente se distinguirían de las manifestaciones conscientes por su carácter no verbal y por el hecho de que, debido a sus relaciones íntimas con el cuerpo, o a su origen neurobiológico, no son reconocidas por su autor, para quien pasan inadvertidas (non awareness) (16). A este respecto, la two person psychology  no concibe ninguna distinción entre realidad psíquica y realidad psicológica (Rangell, 2002), lo que por otra parte ilustra el uso elocuente del término psychology.  A partir de los años 50s, algunos textos habían abierto la vía a una perspectiva bidireccional de la transferencia (17). Al respecto, Lacan había señalado la tendencia inherente a una definición interactiva de la contratransferencia, que consistía en devolver al sujeto a la unidad de su yo. Había denunciado las interpretaciones de «ego a ego» que resultaban de ella: «Entre dos personajes, escribía, (…) en el hic et nunc del campo intersubjetivo, los sentimientos son siempre recíprocos» (18). El problema de la reunificación del sujeto bajo la forma de un sujeto psicológico se plantea con una intensidad particular en el psicoanálisis americano contemporáneo, cuyas principales tendencias reflejan la evolución de la noción de contratransferencia tal  como se construyó en la two-person psychology.

Notas

*«Les courants dissidents postérieurs à l’ego-psychology», extracto del libro de Hélène Tessier: La psychanalyse américaine, Puf, 2005, pp. 61-78. Traducción: Lorenza Escardó [Revisada en diciembre de 2013].

 

1.   Por ejemplo, Leo Stone (1961), The Psychoanalytic Situation: An Examination of its Development and Essential Nature, New York, International University Press. La perspectiva de Leo Stone es menos metapsicológica que la de Löwald. Se trata de una declaración a favor de una actitud más comprometida y abierta por parte del analista en lo que respecta la expresión de sus propios sentimientos. En este trabajo encontramos argumentos muy parecidos a los de Owen Renik, un representante de la escuela intersubjetiva cuyas posiciones  examinaremos más adelante.

2. H. Löwald (1978), Psychoanalysis and the History of the Individual, New Haven, International University Press.

3. A. Cooper (1988), Our changing views on the therapeutic action of psychoanalysis: Comparing Strachey and Löwald, Psycho-Anal. Q., LVII, 15-27 ; M. Bergmann (2000).

4. Incluso si los psicólogos del yo hartmanianos se oponían firmemente a la teoría kleiniana.

5. M. Klein (1935), A contribution to the psycho-genesis of manic depressive states, Love, Guilt and Reparation, and Other Works, 1921-1945, New York, Delacorte Press/Seymour Lawrence, 1975, 344-369; M. Klein (1959), Our Adult World and its Root in Infacy. Envy and Gratitude, and Other Works, 1946-1963, London, Hogarth Press, 1975, 247-263.

6. S. Isaacs (1948), The nature and function of phantasy,  Int. J. Psycho- Anal., 47, 42-49;  aquí el término instinto se emplea intencionalmente.  En los kleinianos la pulsión se asimila al instinto. Por lo demás, el término inglés utilizado para traducir pulsiones es el de instincts, mientras que en los psicólogos del yo encontramos el término drive. La psicología del yo se define como una drive-theory.

7. A. Modell, Object Relations Theory, in Rothstein (1985).

8. A. Goldberg, Psychoanalytic Self- Psychology, in Rothstein (1985).

9. H. Tessier (2004), Empathie et intersubjectivité: quelques positions de l´école intersubjectiviste américaine en psychanalyse, Revue française de psychanalyse, n 3, 831-851.

10. Las primeras publicaciones (1967) de Roy Schafer trataban sobre los tests proyectivos en psicoanálisis. Después escribió sus textos más importantes sobre constructivismo y hermenéutica. Más adelante publicó textos sobre la teoría kleiniana y sobre distintos temas relacionados con la clínica, la teoría de la clínica y la teoría freudiana, especialmente desde la perspectiva de los prejuicios sexistas en  psicoanálisis. Roy Schafer fue vicepresidente de la Asociación psicoanalítica internacional de 1997 a 2001.

11. Se ha relacionado la Action Language  con la psicología en primera persona de Politzer (Laplanche, 1999).

12. Spence (1982), supra (1987), The Freudian Metaphor, New York, Norton & Co.

13. M. Gill (1994), Psychoanalysis in Transition, Hillsdale, New Jersey, The Analytic Press; Wallerstein (1995); T. Jacobs (1999), Countertransference past and present: A review of the concept, Int. J. Psycho- Anal., 80, 575-594.

14. S Freud (1912), Conseils aux médecins sur le traitement analytique, in La technique psychanalytique, Paris Puf, 1997, 66.

15. Esta posición evoca la segunda tópica, en la cual, según Freud, una gran parte del yo es inconsciente aunque, sin embargo, no se confunde con el yo.

16. M Gill (1976), Metapsychology is not psychology, in Metapsychology vs Psychology. Essays in honour of G. Klein, Psychological Issues, vol. IX, n·4, Monograph 96; Stolorow et al (1991), The intersubjetive context of intrapsychic experience, Psych. Inqu., 11, 171-184; R. Kennedy, Becoming a subjet. Some theoretical and clinical issues, Int. J. Psycho-anal., 81, 875-892.

17. Se trata del artículo de Winnicott, Hate in the countertransference (1949), del artículo de Paula Heiman, On countertransference (1950), del artículo de Margaret Little, Countertransference and the patiet’s response to it (1951), así como de los artículos de Annie Reich, On countertransference (1951), Further remarks on countertransference (1966) y Empathy and countertransference (1968). El artículo de Kernberg, Notes on countertransference (1965), también tiene una importancia considerable para la aceptación de una perspectiva global sobre la contratransferencia.

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