El estructuralismo frente al psicoanálisis

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En este seminario, propondré para la discusión un cierto número de temas sin buscar ordenarlos de manera sistemática. Eventualmente me referiré a algunos de mis escritos, publicados en Psychanalyse à l’Université.

1. La «ola» del estructuralismo estalló en Europa hace ya más de veinte años. Procedente de la lingüística y luego de la etnología, arrastró con ella al psicoanálisis. Actualmente está en retroceso. Es tiempo de hacer el balance correspondiente, positivo y negativo, desde el punto de vista del psicoanálisis y de su especificidad.

2. En los Estados Unidos, el psicoanálisis estructuralista lacaniano parece haber sido sinónimo de psicoanálisis francés. El «French Freud», ¿es únicamente un Freud estructuralista?

Si el responsable de este seminario forma parte del «French Freud», de ningún modo se deja enrolar en el estructuralismo en el sentido en que Lacan lo define: «los efectos que la pura y simple combinatoria del significante impone a la realidad donde se produce» (1).

 3. En el inglés psicoanalítico, el término «estructural» es utilizado clásicamente para designar la parte de la metapsicología que se ocupa de la tópica del aparato psíquico (2). Se ha dicho más de una vez que una tal acepción  no tiene nada que ver con el estructuralismo. Esta ambigüedad nos permite abrir una cuestión fundamental: una tópica estructuralista, incluso topológica, matemática, en el sentido en que lo quisieran los lacanianos, ¿es posible y conforme a su objeto?

Los toros, las cintas de Moebius, los nudos boromeos, etc., proponen figuras racionales del objeto del psicoanálisis… Tal vez demasiado racionales, si es cierto que evidencian un desprecio hacia  lo que hay de antropomórfico  en toda representación imaginaria del aparato psíquico.

Mi propuesta sería la siguiente: toda tópica es una tópica que parte del yo. Como tal, es necesariamente imaginaria, tan necesariamente como que el yo y el aparato psíquico se constituyen de forma imaginaria.

Las representaciones de la tópica, derivaciones metáforo-metonímicas de realidades corporales y del orden vital, son necesariamente imperfectas, contradictorias. No se puede «delimitar» el yo, y no basta con denunciar sus ilusiones para superarlas o abolirlas (3).

4. En Freud, varios aspectos se prestaron a la interpretación e incluso a la anexión estructuralista. Cito:

a) La noción de fantasma originario, precediendo a la forma en que cada uno de nosotros «interpreta» a su manera, como el músico, una partitura preestablecida.

 El conflicto nunca sería más que la forma en que un individuo logra acomodarse a «la estructura» (4).

b) El predominio y la universalidad del Edipo. Este predominio es interpretado por Freud como el residuo filogenético de la experiencia de la horda. Conocemos las objeciones a esta teoría:

-objeciones históricas;

-objeciones metodológicas: esta teoría presupone el Edipo que pretende fundar;

-objeciones psico-fisiológicas: la herencia de experiencias vividas es, con razón, motivo de controversia, y más aún la herencia de una experiencia única.

 Si se quiere superar esta interpretación de Freud y conservar el predominio del Edipo, uno se ve tentado de ver ahí una necesidad estructural, incluso matemática: el «dos», la relación dual, representaría el riesgo de la indiferenciación perpetua entre madre y niño; el tercer término, el padre, introduciría separación, orden, lógica, en una palabra: la Ley. Tanto mejor ubicado para ello cuanto que está justamente ausente: pater semper incertus, el padre muerto, etc. (5)

 c) ¿La estructura edípica se transmite como estructura de una generación a otra? Es lo que se pregunta, por ejemplo, R. Girard: « ¿Cómo reproducir un triángulo?». Tenemos ahí una lectura apresurada de Freud. No hay ninguna correspondencia estructural, ninguna «transformación matemática» racional, que vaya del triángulo parental al Edipo del niño. El Edipo no se reproduce a sí mismo. Así, la identificación del niño con el padre del mismo sexo no consiste en «ubicarse en la misma posición»: Freud es muy escéptico respecto a «la identificación con el rival». La identificación es siempre identificación con el objeto de amor. Un Edipo que no fuese sino directo, «normal», tendría por resultado una identificación con el objeto: identificación del hijo con la madre. Para que el Edipo desemboque en la heterosexualidad es necesario que la constelación edípica sea también invertida, es decir, homosexual…! (6)

 d) La noción de castración y su creciente predominio en la obra de Freud (7). De teoría sexual infantil (aquélla de Hans), la teoría de la castración se convirtió progresivamente en «teoría de Hans y Sigmund» (como hablamos de la «ley de Weber y Fechner»). También se convierte en una realidad, pues la  perversión se fundaría en una «desmentida de la realidad de la castración». Inversamente, todo sujeto y,  especialmente, todo sujeto en análisis, sería conminado a «asumir su castración». La castración, fantasma clasificatorio de la «fase fálica» (todo humano es fálico o castrado), se convierte en el fundamento de una «lógica fálica», que funciona según el principio binario. Esto es así tanto para la forma freudiana simplificada (tenerlo o no), como para la forma lacaniana, más sofisticada: «ella es quien no lo tiene; él no es quien no lo tiene». Esta formulación es considerada por Safouan y los lacanianos como normativa: hay que pasar por ahí para ser «normal».

e) Más generalmente, una cierta tendencia clasificatoria –a menudo binaria- del freudismo, puede ser considerada como un anticipo del estructuralismo: yo y ello, dualismo pulsional, clasificación nosográfica, etc. Nosotros no compartimos esta opinión, en la medida en que para Freud se trata siempre de cuadros de varias entradas y, sobre todo, donde se conserva el sentido de las formas de pasaje, incluso la dialéctica.

Entre los tipos ideales y la realidad, las «series complementarias» dejan lugar para transiciones sutiles y, sobre todo, para síntesis imprevisibles. Por el contrario, un psicoanálisis estructuralista se complace en un binarismo jurídico, totalitario y sin matices, siempre impregnado de normatividad:

lo normal y lo neurótico

lo neurótico y lo psicótico

lo neurótico y lo perverso

lo simbólico y lo imaginario

el pene y el  falo

el análisis del significado y el análisis del significante

el  psicoanálisis y la psicología, etc.

5. Para limitarme a dos ejemplos precisos, intenté mostrar cómo un verdadero proceso de simbolización – en la vida social, la vida individual o la cura –era más rico, más ambiguo y más contradictorio que la asunción unívoca de una posición normativa por relación a «la Ley» y  a «la Castración» (8):

Es lo que encontramos en el caso de los ritos de pasaje y especialmente en la circuncisión. La fecundidad de una circuncisión verdaderamente simbolizante resulta de su aptitud para incluir, para retomar significaciones múltiples, otorgando todo su lugar a la bisexualidad (9).

Lo mismo para el caso del síntoma fóbico, que a menudo puede considerarse como una etapa positiva, simbolizante, especialmente en el niño. En la cura de Hans, el trabajo de Freud es el de profundizar y ampliar el síntoma, no el de reducirlo a la significación unívoca del miedo a la castración (10).

6. Más de una vez tuve ocasión de expresarme sobre la cuestión del lenguaje y, especialmente, sobre la fórmula de Lacan: «El inconciente está estructurado como un lenguaje». Mi distancia por relación a esta fórmula, distancia que siempre marqué claramente (11), hoy es incluso mayor:

 a) A pesar de lo que se dice, el lenguaje no está tan estructurado como se quiere creer. No es el modelo de una estructura perfecta (12), algorítmica y binaria.

 b) El inconciente no está hecho de palabras sino de huellas de cosas, de modo que ahí las palabras mismas no son más que cosas (13).

 c) El funcionamiento inconciente, en su aspecto más radical, es justo lo opuesto a la estructura:

– ausencia de negación;

– coexistencia de contrarios;

– ausencia de juicio;

– ninguna «retención» o fijación de las investiduras.

d) Es evidente que, en el sentido más amplio, el inconciente es un fenómeno de significación, pero se trata de una suerte de «lenguaje» que ha perdido tanto su intención de significación como su intencionalidad referencial.

El trabajo analítico consistiría precisamente en restituirle esas dos dimensiones (14).

e) El modelo  de la represión que propuse hace ya tiempo en «El inconciente: un estudio psicoanalítico» (15), aún me parece válido a condición de atender, sobre todo, no a su secuencia matemática sino a las distorsiones reales que sufre en diferentes coyunturas, es decir, a lo que hace que escape a la matemática:

-derivación pura;

-simbolización;

-represión (16)

 f) Finalmente, mi fórmula para el inconciente sería, más bien: «El inconciente es como- un- lenguaje, pero no estructurado».

7. La irrupción, la intrusión del estructuralismo logicista en la teoría del inconsciente, puede aclararse utilizando los términos «digital» y «analógico»: piénsese, por ejemplo, en los dos tipos de esferas de reloj así definidas. El nivel analógico del inconsciente es el nivel del yo y de los objetos más o menos totales, que poseen una forma. Es lo que algunos desvalorizan con el término de imaginario. El nivel más profundo del inconsciente («pulsión de muerte») está mucho más desarticulado, formado por elementos discretos, por fragmentos de escenas, brevemente, si se quiere, por pedazos disjuntos. Esta discontinuidad del inconsciente pudo hacer inferir que funcionaba como una máquina binaria. Pero la discontinuidad del inconsciente, que no conoce la negación y deja subsistir lado a lado a todos los elementos mnésicos, no tiene nada que ver con la lógica binaria, aquélla de los bits (en el sentido de «binary digits»).

8. Con esto quiero decir que cualquier intento de hablar del inconsciente en general, independientemente de un sujeto concreto (inconsciente de un texto, inconsciente de una obra, de una lengua, etc.), me parece de lo más criticable:

-retorno al inconsciente colectivo de Jung;

-olvido de lo que hay de revolucionario en el método analítico de la interpretación;

-indulgencia para las divagaciones individuales pseudo-poéticas, los calemburs, los delirios, lo puramente arbitrario de la interpretación. Si el juego de palabras del analista no está sostenido por el método, «se autoriza tan solo de sí mismo», es decir, del inconsciente de su autor.

9. ¿Existe un pensamiento no binario? ¿Se puede pensar lo impensable? Es lo que Hegel nos pedía o, más bien, nos exigía emprender.

Notas

*«Le structuralisme devant la psychanalyse», publicado en Psychanalyse à l’Université, 1979, 4, 15 y en Jean Laplanche, La révolution copernicienne inachevée, Aubier, 1992. Traducción: Deborah Golergant [Revisada en junio de 2013].

1. J. Lacan, «Réponse au rapport de D. Lagache», Écrits, Paris, Seuil, 1966, p. 6492.

2. Cf. Hartmann, Kris y Loewenstein, por ejemplo.

3. J. Laplanche, «Hacer derivar la sublimación» en La sublimación. Probemáticas III, Bs. Aires, Amorrortu, 1987, p. [VER] y 121-226.

4. J. Laplanche  y J. B. Pontalis (1967), Diccionario de psicoanálisis, Labor, 1983, Art. «Fantasma originario». Cf. también, en colaboración con J. B. Pontalis (1964), «Fantasma originario, fantasmas de los orígenes, orígenes del fantasma», Gedisa, 1968.

5. J. Laplanche y J.B. Pontalis, Diccionario de psicoanálisis, op. cit., art. «Complejo de Edipo».

6. J. Laplanche, Problemáticas I: La angustia (tercera parte: «La angustia moral», Amorrortu, 1988.

7. J. Laplanche (1980), Problemáticas II. Castración. Simbolizaciones Amorrortu, 1988, p.38-88.

8. Ibid.

9. Ibid., a propósito de la circuncisión  a partir de la p. 176.

10. Ibid, a propósito de la fobia a partir de la p. 273.

11. J. Laplanche y S. Leclaire, «L’inconscient: un étude psychanaltique», L’Inconscient, Colloque de Bonneval, Paris, Desclée de Broumer, 1966, p. 95-117; cf. también Problemáticas IV. El inconciente y el ello (1981),  Amorrortu, 1987, p. 251-305.

12. J. Laplanche, «La referencia al inconciente» en Problemáticas IV, op. cit., p. 132-140..

13. Ibid., p. 59-64.

14. Ibid., p. 127-128.

15. J. Laplanche y S. Leclaire, op cit.

16. J. Laplanche, «La referencia al inconciente», op. cit, p. 141-142.

 

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