Freud: invención y descubrimiento

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“Psique es extensa, nada sabe de eso”
S. Freud, 22 de agosto de 1938

 Hubo un tiempo, hace ya una treintena de años, en que el proyecto mismo de este libro (1) hubiera parecido superfluo. Entonces el psicoanálisis tenía el viento a su favor. Mejor aún, él mismo era un viento que empujaba a los navíos de varias otras disciplinas: psiquiatría, psicología, sociología, antropología, criminología, estudios literarios… Hoy los vínculos del psicoanálisis con esos otros dominios están, en diversos grados, distendidos. Para tomar solamente un ejemplo, la psiquiatría se ha medicalizado fuertemente, lo que significa que sus teorías explicativas y sus instrumentos terapéuticos, influenciados especialmente por los notables progresos  efectuados en el estudio de los mecanismos del cerebro, se parecen cada vez más a los de cualquier otra rama de la medicina. Desde entonces la psicofarmacología, que aparece hace aproximadamente cuarenta años, constituye  la base terapéutica esencial en psiquiatría.

Si esta medicalización todavía no ha producido los milagros  terapéuticos que podían esperarse, no es menos cierto que hoy la tendencia parece irreversible. Los caricaturistas que siguen representando al psiquiatra sentado  detrás de un diván de psicoanalista harían bien en actualizar su estereotipo y vestir al practicante con una camisa blanca. La psiquiatría y el psicoanálisis, por un tiempo compañeros de ruta, hoy siguen caminos muy distintos. Ahora el caricaturista colocará al psiquiatra de pie junto a un Pet-scan, o sea un aparato de tomografía por emisión de positrones. Esta máquina permite observar –indirectamente, pero de todos modos visualmente- al cerebro trabajando, ya que se puede ver cuál es la zona cerebral que consume más glucosa (el principal carburante del cerebro) según la tarea que se le propone. De ahí a pretender, como algunos, que pronto se podrá observar el pensamiento hay más de un paso: una profunda brecha donde solo se precipitan los reduccionistas más impacientes. En efecto, entre la observación de una zona coloreada sobre una pantalla de Pet-scan y la comprensión de los procesos mentales se extiende un vasto territorio que no solo es el objeto de psiquiatras, sino también el de psicólogos, neurólogos, especialistas de las ciencias cognitivas y de la inteligencia artificial, filósofos de la mente, poetas,  novelistas y… ¡ psicoanalistas!

Pregunta: ¿Psicoanalistas, dice? ¿Por qué tendrían que meterse en ese terreno? ¿Acaso no son los profetas del inconsciente y, por lo tanto, de lo inefable? ¿No son, por definición, alérgicos a toda reducción de la psique al cerebro? ¿No son los adversarios naturales del cognitivismo?

D.S: Sabía que ello les sorprendería. Una parte de los malentendidos que rodean al psicoanálisis  se debe a la ocultación de sus fundamentos y de su objetivo primordial, que es aumentar el conocimiento, a través de sus medios específicos,  del funcionamiento de la mente humana. La distensión de los vínculos con la psiquiatría y otras disciplinas no es un drama; es la condición necesaria para el desarrollo riguroso del propio psicoanálisis, en tanto disciplina capaz de aportar una contribución original a los problemas de la mente. Cómo se ha llegado a considerar al psicoanálisis como refractario a esas cuestiones demandaría una investigación que no estoy en condiciones de hacer, pero avancemos un poco más…

Freud, fisicalista

Una nota de Freud escrita en Agosto de 1938, poco tiempo antes de su muerte, termina con la frase de aspecto un poco sibilino que coloqué en epígrafe: «La psique es extensa [étendue], de ello nada sabe (2)». ¿Tendida [étendue] (3), la psique? ¿Se trataría de un juego de palabras de Freud, quien literalmente ha tendido en su diván a un gran número de personas en el curso de su ya larga práctica de cinco o seis décadas? En absoluto. Extensa / tendida (ausgedehnt en alemán) tiene un sentido preciso, aquél de la res extensa, de la cosa extendida, de la sustancia material estilo Descartes, quien, como sabemos, la contrastaba con la cosa pensante (res cogitans). De modo que aquí Freud es anticartesiano, adversario de cualquier dualismo alma-cuerpo. La psique no está hecha de una sustancia que le sería exclusiva. Ella reposa en el sustrato bien material del cerebro. Esta posición freudiana puede sorprender a mucha gente, incluso dentro del mundo psicoanalítico. Porque, a fuerza de relacionarnos solo con lo psíquico, corremos el riesgo de olvidar que la mente está encarnada y que el psicoanálisis siempre supo hacerle un lugar al cuerpo. No digo que la comprensión de esta materialidad psíquica sea simple ni definitiva, o que el psicoanálisis afirme, a coro con los reduccionistas radicales, que la psique no es más que tal o cual estado del cerebro. No. Pero no hay ninguna duda de que todo acto psíquico está sostenido por un acontecimiento cerebral. Tal es el materialismo freudiano, observable en esta corta nota de 1938.

Sin embargo, el materialismo freudiano no es el arrepentimiento de un anciano conciente de su muerte cercana. Retrocedamos cuarenta y tres años, hasta Septiembre de 1895. Freud está redactando febrilmente un texto monumental que no será publicado durante su vida. Se trata del «Proyecto de psicología científica». La frase inicial retendrá nuestra atención por su intención, que no puede ser más clara: «Con este proyecto buscamos hacer entrar a la psicología en el marco de las Ciencias naturales, es decir, representar los procesos psíquicos como estados cuantitativamente determinados de partículas materiales identificables, y ello con el fin de volverlas evidentes e incontestables (4)».

De modo que Freud muestra una gran constancia, a menudo ignorada, a menudo incomprendida. Un materialismo consecuente que servirá de telón de fondo a casi todos los aspectos que trataré en este libro (5). Creo que la viabilidad misma del psicoanálisis depende de que se reafirme su materialismo, su realismo, por oposición a lo que  a veces se presenta de él: una suerte de historia novelada y llena de pathos, donde entidades metafísicas se encuentran retozando libremente en lo inverificable de la imaginación  de los psicoanalistas y de sus pacientes crédulos. Este realismo es doble, ya que junto a la materialidad de los hechos psicológicos que resultan, por así decir, de un sesgo epistemológico de Freud, se agregó en el camino lo que Freud llamó la «realidad psíquica», es decir, una concepción del inconciente que no ve en éste una simple forma de hablar, sino algo tan real como la realidad material. Esta concepción realista del inconciente, en ciertos momentos incluso llegará a adquirir el aspecto de un verdadero maquinismo psíquico, rebelde a toda reducción subjetivista. Un inconciente del cual, en la acepción más radical del término, sería imposible decir que se trata de «mi» inconciente.

Sostendré que el psicoanálisis no es un cajón de sastre donde se encuentra lo que sea que uno quiera meterle, en una completa ausencia de rigor y en una plácida ignorancia de los «hechos». Si el proyecto de Freud –el proyecto de 1895 así como aquél esbozado en las notas inconexas de 1938- es, como todo pensamiento auténtico, un proyecto abierto sobre un devenir indeterminado, justamente por esa razón se inscribe en un trayecto riguroso, inspirado por una inquietud que debe  calificarse de científica. El Freud que invocaré definía al psicoanálisis ante todo como un método. No como un saber sino, en primer lugar, como un hacer, un saber-hacer que permite acceder a ciertas formas del pensamiento, a ciertos contenidos que por lo general escapan a la conciencia. Método precisado por Freud a lo largo de quince años de diversos intentos por llegar a dar algún sentido a las locuras histéricas y  otras patologías frente a las cuales lo colocaba la clínica cotidiana.

De modo que el psicoanálisis freudiano es ante todo un método, más precisamente un método de investigación. El método consiste esencialmente en dos cosas: libre asociación de ideas por parte del paciente analizado, atención en igual suspenso por parte del analista. Cuando este método es aplicado correctamente, permite acceder a contenidos del pensamiento que el paciente normalmente no llega a representarse concientemente. Pero el acceso a esos contenidos también permite reconocer que dichos pensamientos inconcientes responden a leyes de funcionamiento diferentes y que están sometidos a un tratamiento, a una distribución en la mente que resulta de una dinámica particular.

Es así que el método dará lugar a una modelización del aparato psíquico, o sea del aparato que distribuye los pensamientos de manera diferente, sometiéndolos a tratamientos particulares. En efecto, a partir de fenómenos aparentemente extraños como los nombres en la punta de la lengua (6), los lapsus, los actos fallidos, los sueños y diversos síntomas neuróticos, hay que llegar a imaginar una maquinaria psíquica que trata de forma específica a los datos de la percepción y de la memoria. Percepción y memoria que, junto con el juicio, constituyen el grueso de la actividad psíquica. Freud encargó a su metapsicología  la concepción de un tal aparato psíquico. Pero nunca tuvo ninguna duda de que ese aparato era una ficción teórica, un modelo necesario para continuar la investigación, como los que construyen todas las ciencias con el fin de poder representarse mejor los sistemas complejos que escapan a la observación directa. Freud inaugura esta estrategia de conocimiento, muy moderna,  en ese texto de 1985 al que acabo de referirme; luego la continúa al revisar y modificar periódicamente su modelo, en la medida en que va tomando en cuenta nuevos fenómenos, nuevos problemas  que  sus primeras versiones  no permitían contemplar. Se entiende que al ser una ficción teórica, como cualquier modelo científico, el aparato psíquico no es idéntico al cerebro (que comienza a ser explorado científicamente), pero Freud nunca dudó que ese aparato solo podía concebirse sobre la base bien concreta del funcionamiento de las neuronas alojadas dentro de la bóveda craneana.

De modo que Freud fue un materialista de principio a fin. Incluso a veces pecó por un exceso de entusiasmo en relación a las ciencias biológicas. Pero la puesta en práctica del método analítico con sujetos humanos le había reservado algunas sorpresas que, en un primer momento, lo desconcertaron. Una de esas sorpresas fue encontrar, entre las asociaciones de los sujetos sometidos al método analítico, una gran cantidad de pensamientos, organizados según temas y en series, que pronto convirtieron al explorador del inconciente en una suerte de etnólogo en país extranjero. Entonces se hacía necesaria una generalización aún mayor que la modelización metapsicológica, lo que dio lugar a aquello que podría designarse como una antropología psicoanalítica. Pero la principal sorpresa fue, sin ninguna duda, el fenómeno de la transferencia.  Este fenómeno primero fue recibido por Freud como algo indeseable, algo perjudicial para el desarrollo, que había creído bien pautado, de los análisis. En un escenario típico -aunque bastante simplificado- de transferencia, de pronto los pacientes solo muestran interés por la persona del analista, en vez de atenerse a la persecución de las metas que se habían fijado al venir a hacer un análisis A través de sus producciones en sesión intentan complacer  al analista para ser queridos por él. Enseguida vemos por qué esta segunda sorpresa es la más importante: en lo sucesivo, los mismos hallazgos que hace un momento nos hacían ver al analista como un etnólogo en país extranjero, de pronto se vuelven sospechosos, como producto de la complacencia del paciente con respecto al terapeuta. Lo que vengo de llamar antropología psicoanalítica aparece desde entonces como algo muy distinto de una colección de observaciones objetivas, en la medida en que el sujeto que relata esos contenidos no puede ser considerado como imparcial. Así, con el descubrimiento del fenómeno de la transferencia surgiría un serio problema epistemológico. Al perfeccionar su método analítico, Freud intentaba deshacerse del método por sugestión que utilizaba antes junto con la hipnosis y que lo condujo a un impase mayor (7). Pero he aquí que la fiabilidad de lo que era descubierto con el nuevo método, virtualmente exento de sugestión, no estaba asegurada en absoluto. La objetividad del conjunto de contenidos psíquicos en el marco del análisis (o de cualquier otra relación entre humanos) ya no puede considerarse evidente.  Por lo demás, este hecho volverá sospechosos los descubrimientos de verdades etnológicas que, mutatis mutandis, estarían expuestos a un similar sesgo transferencial, en el sentido amplio.

 La antropología psicoanalítica es lo que más ha inquietado la imaginación. Del psicoanálisis se recordará sobre todo el complejo de Edipo – y ello en su versión más simplificada, sino simplista- y la idea general, en lo sucesivo anticuada, de «complejo», cuya incorporación al lenguaje cotidiano habrá desnaturalizado totalmente. Mientras que en el origen el término «complejo» designaba una convergencia de asociaciones de ideas alrededor de un mismo tema, lo único que se ha conservado de la palabra es la noción, connotada negativamente, de «problema» o «idea fija», noción que no pertenece a Freud sino a la tradición psiquiátrica francesa del siglo XIX. Así, «tener complejos» pasó a significar «tener cierta opinión sobre uno mismo connotada negativamente». Se dirá de alguien, acusándolo (o culpándolo): «tiene un complejo de inferioridad (o de superioridad)». De modo que las nociones metapsicológicas se han convertido esencialmente en evaluaciones cualitativas, han sido asimiladas a la cultura en calidad de teorías psicológicas ingenuas que ya no tienen nada de psicoanalíticas.

 Invención y descubrimiento

Así, pues, el método psicoanalítico da lugar a un cuerpo teórico compuesto por al menos dos aspectos. En primer lugar, se trata de un conjunto de proposiciones científicas centradas en uno o varios modelos –sucesivos o contemporáneos- del aparato psíquico: es la metapsicología freudiana. Con este término hay que entender una cierta sistematización de las proposiciones psicoanalíticas sobre la vida psíquica inconciente, un más allá de la psicología (es el sentido literal del término), en la medida en que la psicología de la época de Freud solo se interesaba por lo que era accesible a la conciencia. Según Freud, la metapsicología se compone de tres aproximaciones o puntos de vista complementarios: el punto de vista tópico, que describe «lugares psíquicos» virtuales (por ejemplo el inconciente y el preconciente), el punto de vista dinámico, que examina los hechos psíquicos en tanto que regidos por una oposición de fuerzas (en griego, dynamos), y el punto de vista económico, que considera las cosas desde el ángulo de la distribución de investiduras libidinales, siendo la libido el nombre que Freud le da a la energía de las pulsiones sexuales.

En segundo lugar, se trata del conjunto de contenidos, más o menos generalizables, descubiertos en la mente de la gente (7), y que yo agrupo dentro de lo que he llamado «antropología psicoanalítica»; esos contenidos son, en lo esencial, teorías espontáneas de los humanos sobre sí mismos y sobre sus semejantes, teorías que actúan como motivos explícitos o implícitos (por lo general implícitos) de su conducta. Por ejemplo, estrictamente hablando, Freud no es el inventor sino el descubridor  del complejo de Edipo. Aquí «descubridor» debe entenderse en el sentido del arqueólogo o del historiador que, a través de sus investigaciones metódicas, descubre una invención que se remonta a civilizaciones pasadas. Esta distinción entre descubrir e inventar puede parecer trivial,  pero tiene su importancia: la invención de la brújula permite el descubrimiento de América. La invención del microscopio permite el descubrimiento de los micro-organismos infecciosos. Así mismo, la invención por Freud del método analítico le permite descubrir la vida fantasmática que pulula bajo las producciones neuróticas o bajo la «psicopatología de la vida cotidiana», o sea la serie ordinaria de nuestras pequeñas «neurosis» benignas: olvido de nombres bien conocidos, lapsus, torpezas que ocurren muy oportunamente, etc. El descubrimiento de esta abundancia bajo la aparente unidad del aparato psíquico no debe, pues, confundirse con lo esencial del psicoanálisis, porque la originalidad de éste no se encuentra ahí. Después de todo, Freud identificó el complejo de Edipo en las tragedias de Sófocles y, del mismo modo, en el caso de muchos otros contenidos de la vida psíquica otorgó la prioridad a creadores geniales, como Goethe o Shakespeare.

Distinguir la invención freudiana (el método) de sus descubrimientos (lo que el método saca a la luz) es sumamente importante porque confundirlos acarrea problemas, especialmente en el marco de las discusiones entre corrientes psicoanalíticas divergentes u opuestas. En efecto, el mundo psicoanalítico no se parece en nada a una iglesia unida alrededor de una misma fe. Las querellas y las escisiones, que comenzaron en tiempos de Freud y desde entonces no dejaron de producirse, se refieren a puntos teóricos o prácticos que si bien a veces son importantes, otras veces son totalmente secundarios. Me parece que una distinción clara entre la invención –el método- y los descubrimientos realizados con su ayuda, permite discutir más serenamente sobre puntos de la teoría o la clínica. Así, la concepción que diferentes autores tienen de las pulsiones puede variar en mayor o menor medida y ello no afecta en absoluto al psicoanálisis en su conjunto, pues éste debería reposar más bien en un cierto número de enunciados fundamentales alrededor de los cuales gravitarían teorías secundarias, que, como decía Freud, podrían reemplazarse sin que ello cause mayor daño a la teoría de conjunto. Hemos visto que cuando se pide a Freud definir al psicoanálisis, lo designa ante todo como un método. Pero llevado a determinar los pilares teóricos edificados como consecuencia de la aplicación del método, menciona los procesos psíquicos inconscientes, la represión, la resistencia, la sexualidad infantil y el complejo de Edipo.

 Los tres primeros pilares son, sin ninguna duda, conceptos metapsicológicos; se refieren a la modelización del aparato del alma y de su funcionamiento, y repercuten directamente en el modo de comprender las formas de la vida psíquica descubiertas por el método. Los dos últimos, la sexualidad infantil y el complejo de Edipo, son de otro orden: evidentemente son del orden de los descubrimientos. Sin embargo, ello es solo parcialmente cierto, pues resulta cada vez más claro que, en la época en que Freud escribía los Tres ensayos de teoría sexual, la idea de la existencia de la sexualidad infantil formaba parte del ambiente, al menos para los médicos, los sexólogos y los educadores. El complejo de Edipo nunca antes había sido llamado así, pero ello no impedía que los novelistas o los dramaturgos lo ilustrasen en sus obras. Evidentemente pensamos en Sófocles, de quien Freud tomó prestado el personaje mítico, pero ciertamente también podríamos citar a Shakespeare (por ejemplo en Hamlet) o a Dostoïevski y a muchos otros. La originalidad de Freud es proponer que la estructura del drama edípico proporciona una configuración esencial en cuanto a la posición del pequeño ser humano en el universo de los adultos que lo acogen. El Edipo no es tanto una teoría central del psicoanálisis como una estructura antropológica central descubierta por él.

 La importancia de la sexualidad infantil

Sería necesario retomar detalladamente las etapas de la historia del psicoanálisis para comprender la adhesión de Freud a la teoría de la sexualidad infantil. Digo bien a la teoría -y no al hecho empírico-  pues, como mencioné hace un momento, nadie ignoraba, en Viena u otros lugares, que los niños tenían actividades sexuales. Pero una cosa es tener conciencia de un hecho empírico y otra saber elevarlo al nivel de concepto y, más aún, vincularlo con todo un aspecto de la vida psíquica en general. Como veremos, la teoría de la sexualidad infantil iba a tener para Freud un gran valor heurístico  a propósito de toda una serie de problemas con los que había tropezado en el curso de su práctica clínica y de su práctica de teórico de la vida psíquica. El escándalo del psicoanálisis no se debió tanto a la afirmación de la existencia de la sexualidad infantil como al planteamiento de contenidos sexuales en el corazón de la actividad que subyace a las producciones de la mente humana, tanto en las neurosis como en las producciones más «elevadas». El pensamiento de Freud ya generaba incomodidad cuando afirmaba que la mayor parte de nuestra actividad psíquica es inconsciente, pero ello siempre podía discutirse entre eruditos y filósofos (y sabemos que la idea de psiquismo inconsciente estaba en el ambiente en la época en que Freud comenzaba a reflexionar sobre el tema). Pero esos dos elementos (sexualidad infantil y vida psíquica inconsciente), que tomados separadamente no provocaban ningún escándalo,  se volvían inaceptables cuando  se combinaban, primero en una teoría de las neurosis y luego en una teoría más general de las motivaciones humanas. Sea por las razones religiosas de unos o por la concepción elevada de la idea de hombre de otros, esa relación se volvía insoportable. ¡Y todavía lo es! Porque no iremos a creer que, después de cien años de psicoanálisis y después de la «revolución sexual» de los años 1960-1970, hemos evolucionado verdaderamente en relación a este tema.

Notemos que la razón de un tal rechazo se encuentra en un factor que no fue conceptualizado por Freud inmediatamente. Ese elemento central se llamará narcisismo y solo aparecerá en los escritos de Freud a partir de 1910. Como sabemos, el término tendrá un gran futuro, pero aún hoy no es seguro que su alcance sea evaluado acertadamente. El narcisismo humano, entendido como amor dirigido a la propia imagen, constituye el factor más poderoso de rechazo, a la vez de la idea de procesos psíquicos inconcientes y de la sexualidad infantil. Ahora bien, esta definición como «amor de sí», al colocar al narcisismo del lado del amor y, por lo tanto, volverlo enemigo de la pulsión sexual, inmediatamente plantea otro jalón de la conceptualización freudiana, a saber, la noción de conflicto.

Hay conflicto psíquico porque si el yo quiere preservar su coherencia interna y el amor que se dirige, no podrá dar libre curso a  todo lo que empuja del lado de lo sexual inconsciente. Hay un litigio, en última instancia insoluble, entre, por un lado, las mociones sexuales reprimidas y su modo de satisfacción y, por otro lado, las características y las funciones del yo. Las primeras solo apuntan a una cosa: la satisfacción por las vías más inmediatas, sin que sea tomado en cuenta el objeto que procura dicha satisfacción; por su parte el yo, por el amor narcísico que se dirige,  vela por su propia subsistencia y entonces debe, si se puede decir, considerar las cosas a más largo plazo y siguiendo otros criterios. Más aún, ese narcisismo del yo proviene del amor que le fue dirigido por otros que, por lo demás, le sirvieron de modelo. La relación entre el yo y sus «objetos de amor» no podría, pues, ser la misma que aquélla entre las pulsiones reprimidas y sus objetos. De ahí el conflicto inevitable, esencial, entre el yo y las pulsiones.

Freud fácilmente hubiera podido ubicar esta noción de conflictiva psíquica entre los pilares del psicoanálisis enumerados hace un momento. La teoría del conflicto psíquico es una contribución absolutamente original del psicoanálisis a la comprensión de la conducta humana, casi podría decirse: de la condición humana. Por lo demás, conviene señalar de paso que tener en cuenta esta conflictiva esencial de lo humano significa que, a pesar del trabajo de levantamiento de la represión, el psicoanálisis de ningún modo implica una toma de posición a favor de la «verdad inconsciente», desdeñando al yo y sus defensas. No hay más verdad del lado de lo reprimido que del lado de lo represor, y lo reprimido no constituye una segunda consciencia latente, o un «verdadero yo» que sería más verdadero que el otro. El trabajo del psicoanálisis consiste en volver a poner en un mismo plano lo reprimido y lo conciente, para dar al sujeto la posibilidad de realizar un juicio que ocupe el lugar de la represión. Ya Freud había alertado a los analistas contra toda mística del inconsciente.

Desde entonces la sexualidad infantil aparece como un pilar del psicoanálisis, en la medida en que constituye uno de los polos de un conflicto fundamental. Pero ese polo es él mismo conflictivo. En efecto, hay que precisar que, elevada al rango de concepto a partir de observaciones empíricas banales, la sexualidad infantil no se define como «la sexualidad de los niños», sino como la parte más problemática, la más rebelde, de la sexualidad humana en general. Para evitar confusión, desde ahora la llamaré, siguiendo a varios otros, lo sexual, distinguiendo así el concepto freudiano de los comportamientos sexuales en general (infantiles o adultos).

Los psicoanalistas tropiezan constantemente con este problema de lo sexual. Incluso podría decirse que es lo que constituye un motivo de discordia  mayor, no solamente entre el psicoanálisis y otros puntos de vista sobre lo humano, sino también entre las diversas corrientes del psicoanálisis. Lo que no impide que, a través del concepto de narcisismo, veamos a lo sexual infiltrarse en la metapsicología misma. La propia maquinaria psíquica aparecerá organizada según tramas diferenciadas de lo sexual (sexual desligado del lado de las pulsiones reprimidas, sexual ligado y más «quieto» del lado del narcisismo). Ello no deja de tener consecuencias.

Las teorías inconscientes 

 Retomemos el hilo de la exposición. Obtenemos esto: un método psicoanalítico unido a la concepción de un modelo del aparato psíquico que intenta dar cuenta de los fenómenos observados gracias a ese método (modelización susceptible de ser revisada en el camino). Método y modelo que pertenecen al aspecto del psicoanálisis que compete a sus proposiciones científicas. Por otro lado, tenemos contenidos psíquicos susceptibles de ser descubiertos por el método, contenidos situados en el aparato psíquico según diversos arreglos, en diversos lugares psíquicos del modelo en cuestión. El modelo del aparato psíquico es capaz de dar cuenta de las relaciones que guardan esos contenidos entre sí, pero la naturaleza de esos contenidos no es inherente al método psicoanalítico sino que más bien refleja la singularidad de cada uno. Volvamos al ejemplo del microscopio: sabemos que las bacterias descubiertas gracias a él no forman parte de su equipo. Nos gustaría pensar que eso mismo ocurre en el caso del método freudiano, que se mantendría claramente independiente de lo que descubre en la mente de la gente.

Lamentablemente eso no es posible. Mientras que el microscopio es un instrumento fabricado por el hombre, creado por su mente pero volcado hacia la realidad exterior, el instrumento freudiano, que también es una creación de la mente, está volcado… ¡hacia la mente misma! Por lo tanto, sería sorprendente que pretendamos una independencia absoluta entre, por un lado, el método y el modelo de la psique y, por otro, los contenidos descubiertos y situados en esa psique. Un eslabón esencial ligará los dos dominios: se trata, una vez más, de lo sexual. He aquí cómo.

El psicoanálisis se vio llevado a conceder un lugar central a la dimensión sexual de los contenidos psíquicos por varias razones. La primera razón – y la más simple- es que, dentro de la situación de análisis, cuando se invita a los pacientes a prestarse al método, tarde o temprano abordarán pensamientos, escenarios de carácter sexual que, desde la infancia, han teñido su concepción del mundo. Esos pensamientos, esos escenarios son los residuos de teorías sexuales infantiles, teorías cuyas formas y contenidos son indisociables de lo sexual infantil que vengo de tratar. Otra razón es que esos escenarios sexuales pueden relacionarse con problemáticas psíquicas tales como los síntomas, los rasgos de personalidad y, más generalmente, toda la trama de la historia personal de un sujeto dado. Las teorías sexuales infantiles no explican la totalidad de la historia de una vida, lejos de ello; pero tiñen casi todo lo que en ella adquiere cierto relieve, presenta alguna textura. Una tercera razón es que, como comenzamos a verlo con el narcisismo, lo sexual, en su forma «civilizada» que llamamos «amor», entra como cimiento esencial de una parte del aparato psíquico: el yo, que necesita amarse a sí mismo para poder continuar soportando la existencia.

Esta tercera razón es capital: significa que la parte del psiquismo que nos es más familiar no es un órgano neutro de conocimiento de la realidad interior o de la realidad exterior. Interviene un índice de aceptabilidad de lo conocido y, por diversas razones, el yo puede negarse a ver conscientemente lo que sin embargo el sistema perceptivo (los órganos de los sentidos y el cerebro) no dejó de captar. La aceptabilidad de lo que el yo se ve llevado a reconocer está regulada por las necesidades narcisistas que orientan su trabajo psíquico. William James –contemporáneo de  Freud pero que trabajaba a partir de premisas muy diferentes- afirmaba que la conciencia es selectiva. Con ello quería decir que nuestros órganos de los sentidos y nuestro sistema nervioso central escogen entre un inmenso flujo de datos y organizan esos contenidos en una percepción coherente. Esta selección de datos que organiza la relación con la realidad sin duda ya sería suficiente para desacreditar cualquier idea de  objetividad de la percepción inmediata, mucho más aún cuando se trata de la autopercepción, del conocimiento de uno mismo a propósito del cual no disponemos del recurso al consenso de varios observadores diferentes. Pero a la selectividad fisiológica de la consciencia, Freud añade la selectividad en función de los intereses narcisistas del yo. Lo que se opone demasiado brutalmente a la idea que el yo tiene de sí mismo, lo que amenaza su cimiento narcísico –el amor que se considera digno de recibir- ocasionará, por su parte, una serie de distorsiones cognitivas que los psicoanalistas llaman mecanismos de defensa.

Sin embargo, la defensa fundamental que el yo opone a los pensamientos cuya percepción sería demasiado amenazante, no es estrictamente hablando una distorsión cognitiva; Freud la llama represión. Como hemos visto, este mecanismo ocupa un lugar central en la concepción freudiana del funcionamiento psíquico, y lo reencontraremos a lo largo de todo nuestro trabajo (9). Por el momento me bastará con señalar que la represión y los mecanismos de defensa del yo, dirigidos contra la percepción de aspectos desagradables de la realidad exterior o interior, actúan de modo que el propio aparato psíquico se modifica bajo su efecto. Por consiguiente, los contenidos psíquicos contra los que se defiende el yo –por lo tanto una parte del aparato psíquico- no son indiferentes. Así, aunque consideremos firmemente a la psique como un aparato virtual encarnado en el sustrato cerebral, no podríamos considerar a ese aparato como totalmente neutro por relación a los contenidos que debe tratar. Ahora nos damos cuenta sobre qué flanco el psicoanálisis, que plantea una concepción tan audaz de la vida psíquica, se muestra vulnerable a los ataques de los reduccionistas. Es por el hecho de interesarse en el ser humano como totalidad, teniendo en cuenta la estructura narcisista del yo, que la concepción psicoanalítica no puede confundirse con las aproximaciones de las neurociencias o de las ciencias cognitivas. En su mayor parte, éstas consideran el funcionamiento psíquico como independiente respecto a los valores narcisistas del sujeto que percibe, que recuerda y que piensa(10). Al quedarse esencialmente en el aspecto adaptativo de la psicología, pasan por alto tanto el narcisismo como lo sexual en general, así como los efectos que ocasiona este aspecto sobre el funcionamiento del propio aparato. Tenemos ahí una complicación que es completamente legítimo ignorar cuando se estudia el cerebro, pero que es absolutamente indispensable tener en mente (es el caso de  decirlo) cuando nuestro objeto de estudio es el sujeto humano en toda su complejidad.

*  *  *

Decía que hubo una época en la que el psicoanálisis tenía el viento a su favor. Podría creerse que un libro (11) que se inicia en este tono pronto caerá en la nostalgia de un tiempo pasado, de una edad de oro del psicoanálisis. Pero ello sería olvidar la incomodidad inherente a esta curiosa disciplina, que solo puede trabajar en la ambigüedad de una posición inestable, incierta por dedicarse a cuestionar permanentemente las «buenas formas» de la consciencia. Hay que recordar que, desde los inicios del psicoanálisis, sus críticos le auguraban una vida muy breve. Se creía que era una moda vienesa pasajera. Cien años más tarde todavía está ahí, aún cuando lo que le hacía ganarse esas enemistades iniciales no ha cambiado en nada. En estos últimos tiempos, las enemistades se han vuelto incluso más ruidosas e impacientes. Se quiere acabar con el psicoanálisis definitivamente. Si Freud viviera estaría, en plena ambigüedad, contento con la situación: tenía la costumbre –o al menos eso decía- de dudar de la exactitud de sus ideas cuando éstas obtenían la aprobación del público demasiado fácilmente. Así es el psicoanálisis: se inquieta al no encontrar resistencia.

Pero dejemos las frases ingeniosas: hoy los ataques contra el psicoanálisis son de una violencia tal que hay que preguntarse cuál es su objetivo más profundo, su objetivo consciente o inconsciente que probablemente va más allá del  propio psicoanálisis. En efecto, no vemos por qué tanto ensañamiento contra el psicoanálisis cuando, por otro lado, se dice desde hace mucho tiempo que ha quedado atrás… Como lo muestra un título relativamente reciente del New York Times, «Tal vez Freud esté muerto, pero sus críticos todavía muerden» (12). Se trataba del informe de una exposición que debía estar dedicada a Freud en la prestigiosa Library of Congress de Washington, una historia muy enredada donde no faltan las guerras de poder y de prestigio personal, pero donde no obstante se juega un drama central para el psicoanálisis mismo: aquél de su memoria, de su historia. Los críticos más virulentos del psicoanálisis a menudo justifican sus ataques por su compromiso con la causa de la verdad, causa que según ellos el psicoanálisis habría traicionado, especialmente en todo lo relativo  a la cuestión de la memoria y el recuerdo.

Desde entonces, al momento de escribir un libro de psicoanálisis, ¿podemos elegir si sumergirnos o no en esta cuestión de la memoria? ¿No estamos obligados a retomar su hilo teórico a través de todos los capítulos? Nada de nostalgia; cuando se trata de la memoria, el psicoanálisis está en su terreno. Podemos extendernos con total libertad… (13)

 

Notas

 Este texto corresponde a la «Introducción» del libro de Dominique Scarfone, Oublier Freud?Boréal, 1999, pp. 7-27. Traducción: Deborah Golergant [Revisada en agosto de 2013].

1. [Dominique Scarfone, Oublier Freud?, op. cit. N.de T].

2. S. Freud, Resultats, Idées, Problèmes, II, p. 288.

3. [En francés, el adjetivo «étendue», además de «extensa», significa también «tendida» o«extendida». N.de T.].

4. S. Freud, «Esquisse d’une psychologie scientifique», en La Naissance de la psychanalyse, p. 315.

5. [Véase arriba la referencia de este texto. N. de T.].

6. Según el título de un cuento y un pequeño tratado de P. Quignard, Le Nom sur le bout de la langue. [El nombre en la punta de la lengua].

7. Véase el capítulo IV, «Politiques de la mémoire» [En Oublier Freud?, op. cit.].

8. Es J. Laplanche quien llama nuestra atención sobre este tema, especialmente en un artículo titulado «La psychanalyse dans la communauté scientifique», Cliniques méditerranéennes, n·s 45-46, 1995, p.33-42. [«El psicoanálisis en la comunidad científica», en Entre seducción e inspiración: el hombre, Amorrortu, 2001, p. 145-156].

9. [Véase los capítulos posteriores de Oublier Freud?,  op. cit].

10. Sin embargo, es interesante observar que entre los filósofos de la mente, sobre todo anglo-americanos, con frecuencia se debate sobre cuestiones de intencionalidad y de «valores». Por su parte, H. Putnam -filósofo de las ciencias, lógico y matemático- introdujo el concepto de «relevance», que podría traducirse por pertinencia, como una dimensión esencial de la racionalidad, lo que va en contra de la idea de una independencia entre los hechos y los valores y, por lo tanto, de una racionalidad que pretenda ser plenamente objetiva. «A being with no values would have no facts either» («Un ser desprovisto de valores también estaría  desprovisto de hechos»), escribe Putnam en Reason, Truth and History, p. 201. Sobre la intencionalidad, resultará provechoso consultar las dos obras de V. Descombes, La denrée mentale y Les Institutions du sens.

11. [Oublier Freud?, op. cit.]

12. The New York Times, 10 de Diciembre de 1995, p. E14: «Freud May Be Dead, But His Critics Still Kick», artículo de D. Smith donde figura también, en medallón, la mención siguiente: «The never-ending backlash against Freud confirms the potency of his theories» («La incesante reacción brutal contra Freud confirma la fuerza de sus teorías»).

13. [La memoria en psicoanálisis constituye el tema central del libro de D. Scarfone (Cf. supra), cuya Introducción es este texto. N. de T.]

 

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