Ferenczi, del niño terrible al bebé sabio

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« No existen seres humanos completamente adultos ».

Sandaor Ferenczi

Toda la obra de Ferenczi está atravesada por una reflexión profunda, repetitiva, a veces teñida de un tinte trágico, sobre las relaciones entre los niños y los adultos. Si la revolución freudiana consistió en revelar la parte infantil siempre activa en la vida psíquica del adulto, Ferenczi fue quien desarrolló esta idea hasta sus últimas consecuencias, mostrando hasta qué punto esas partes infantiles no dejan de orientar y de animar la existencia. Con su sensibilidad particular frente al sufrimiento del niño, Ferenczi nunca dejó de encontrar al niño en el adulto. La pareja niño/adulto aparece bajo diversas formas: el paciente y el médico, el analizando y el analista, el alumno y el profesor, Ferenczi y Freud… Incluso fue Ferenczi quien describió la relación entre el analista y el paciente desde el modelo de la relación entre la madre y el niño, lo que se ha convertido en un verdadero paradigma del psicoanálisis. Los textos que componen el presente libro están habitados por ese «niño en el adulto», una noción que desde entonces encontró un inmenso éxito y de la que podemos decir que Ferenczi fue el iniciador y el explorador.

El niño terrible del psicoanálisis

«Nunca he sido un adulto», escribe Ferenczi al final de su vida en la última nota del Diario clínico[2]. Por lo demás, retomando una afirmación de Anna Freud, se designa a sí mismo como «el niño terrible del psicoanálisis[3]». Niño del psicoanálisis… ¿niño de Freud? En efecto, las relación entre los dos hombres, que mantenían un intercambio de ideas permanente, de alto nivel, sobre cuestiones psicoanalíticas, estaba marcada por una fuerte carga emocional: Ferenczi parece estar siempre buscando el afecto de un Freud que lo quería y estimaba mucho, pero que no estaba dispuesto a responder a todas sus demandas. «Ferenczi es mi trago amargo. Su mujer, que es muy sensata, me ha dicho que debería considerarlo como un niño enfermo», escribe Freud en una carta a Marie Bonaparte en 1932.

 Además, en el embrollo amoroso donde Ferenczi dudaba entre casarse con Gisella o con la hija de ésta, Elma, también se pone en juego la cuestión del niño. Después de haber sentido la tentación de casarse con una mujer joven que hubiera podido darle un hijo, finalmente renuncia a ello. ¿Acaso se debió  a que él mismo era demasiado niño como para ser padre? Con todo, es cierto que el niño que no pudo tener está ampliamente presente en sus textos y que su obra constituye el fundamento principal de toda  aproximación ulterior al niño en psicoanálisis.

Primeros textos 

 «Psicoanálisis y pedagogía» (1908) se considera el primer texto psicoanalítico de Ferenczi. Fue escrito tan solo unos meses después del encuentro con Freud, quien había aceptado inmediatamente a Ferenczi en su grupo después de la excelente impresión que le había causado su personalidad y su brillante comunicación en el congreso de psicoanálisis de Salzburgo en 1908. Ya desde ese pequeño artículo consagrado a la educación, vemos aparecer a la figura del niño escondido en el adulto. Con términos que a veces parecen un poco obsoletos, marcados por una ideología muy «de comienzos de siglo», Ferenczi denuncia la pedagogía de su época que, por el control represivo de las emociones y las representaciones, llega a producir «esclavos de autoridad». Ferenczi denuncia entonces la hipocresía de los adultos, lo que, por lo demás, no dejará de hacer a lo largo de toda su obra, dirigiéndose tanto a los adultos-padres como a los adultos-analistas. Escondiendo sus deseos inconscientes tras la máscara de la respetabilidad, los adultos imponen al niño el control represivo de sus sentimientos al precio de una costosa organización que le obliga a un clivaje de su personalidad. Ferenczi compara al hombre educado con el paciente hipnotizado que, al perder el control de sí mismo, obedece a un amo manteniendo en su inconsciente una personalidad distinta, «verdadero parásito» escondido en fortalezas construidas por los dogmas sociales. Así, en los albores de su obra, Ferenczi introduce la figura de un niño escondido en el adulto como una «sombra» o un «negativo».

 Ese texto se inscribe en el movimiento bastante entusiasta, a propósito de la pedagogía, en el que se comprometieron los primeros psicoanalistas en torno a Freud. En la Viena de comienzos de siglo, donde coexistían principios morales  estrictos con costumbres bastante relajadas, Freud piensa que lo que produce las neurosis es la represión de la curiosidad sexual. Desde entonces, toda una generación de educadores se dedicó a promover una educación inspirada en el descubrimiento del psicoanálisis considerado como una profilaxis. Después de la guerra, y con los descubrimientos posteriores sobre la sexualidad infantil, vemos a un Freud más pesimista y desengañado respecto a la cuestión de la educación: puesto que el principio de placer debe ceder al principio de realidad, el objetivo de la educación es el control represivo, la inhibición, la prohibición. Pero en este segundo tiempo se trata también de un Freud más modesto, que no aporta ningún precepto pedagógico nuevo y deja a los pedagogos –y a su hija Anna…- la tarea de definir su praxis y su teoría. En cuanto a Ferenczi, él continúa interesándose en el niño e incluso lo convierte en la figura principal de su obra.

 Sin embargo, lo que le interesa no es tanto la educación del niño como el cuidado del niño. Lo que constituye el objeto de todas las atenciones y exploraciones posteriores de Ferenczi es el niño herido, traumatizado, escondido en el adulto. ¿Cómo traerlo a la sesión? ¿Cómo escucharlo? ¿Cómo tratarlo? Es por ello que animará a sus alumnos, y entre ellos principalmente a Melanie Klein, a ocuparse de niños, pudiendo ser considerado como el fundador del psicoanálisis de niños. Como lo escribirá Melanie Klein en 1932, en su prefacio a El psicoanálisis de niños: «Ferenczi fue el primero que me introdujo en el psicoanálisis, haciéndome comprender su verdadera esencia y significado. Su fuerte y directa comprensión del inconsciente y del simbolismo, así como su notable “rapport” con la mente infantil, tuvieron una influencia duradera en mi comprensión de la psicología del niño pequeño. También me señaló mi aptitud para el análisis de niños, por cuyo progreso mostró un interés personal, alentándome a dedicarme a este campo de la terapia analítica, tan poco explorado hasta entonces»[4].

 En efecto, Ferenczi abrió la vía para una aproximación psicoanalítica al niño en el plano teórico, clínico, epistemológico y técnico, hasta el punto de convertirse en una referencia fundamental en este campo. Curiosamente, él mismo nunca practicó curas de niños, aunque hubo un niño al que consagró un artículo. Esa pequeña joya de la literatura psicoanalítica relata la historia de un tal Arpad, apodado el «pequeño hombre-gallo». Igual que Freud, quien para describir el caso del pequeño Hans pasa por la intermediación del padre, Ferenczi pasa por la intermediación de la vecina del niño, a quien llama su «informante». La informante de Ferenczi era en realidad una de sus pacientes, esposa del poeta Kosztolányi. En aquella época, las  relaciones entre el mundo literario y el mundo psicoanalítico de Budapest eran intensas. Este escritor, muy interesado en las ideas de Ferenczi, pasaba largas horas con él en el café Le Royal, donde éste recibía diariamente a sus amigos[5].

  Con el «hombre-gallo» Ferenczi mostraba hasta qué punto la teoría psicoanalítica podía beneficiarse de la observación de niños. Freud no se engañaba al apasionarse por esa historia desde que Ferenczi le habló de ella: «Tu hombre-gallo es un regalo», le escribe el 23 de enero de 1912. Freud incluso llega a pedir a Ferenczi que retrase la publicación del caso porque quería citarlo primero él mismo en Totem y Tabú, a modo de ilustración de su teoría sobre el totemismo.

 En efecto, ese pequeño Arpad, que después de haber sido mordido en el pene por un pollo  se obsesionó  con las aves y no dejaba de «lanzar cocorocós», es un regalo para los psicoanalistas. Ese comportamiento era la expresión de sus deseos edípicos. Pero lo destacable, según Ferenczi, es que los síntomas de Arpad aparecen recién en un segundo tiempo -después de un periodo de latencia-, ofreciendo una confirmación de la idea freudiana del après-coup. De modo que en este texto encontramos una fuerte intuición sobre la naturaleza del desarrollo psicosexual del niño, el cual no procede de manera lineal. Los estadios se suceden, pero sus características no desaparecen sino que son reactivadas a merced de la evolución, integrándose unas con otras. Esta idea de Ferenczi es la que lleva a Melanie Klein a hablar de posiciones (esquizoparanoide y depresiva) en lugar de estadios, en una aproximación al desarrollo humano más estructural que cronológica. Nada desaparece, todo puede ser reactualizado y el niño persiste en el adulto a lo largo de toda su existencia.

 En 1913 Ferenczi publica otro texto importante sobre el niño, «El desarrollo del sentido de realidad y sus estadios», donde prolonga las ideas de Freud sobre la psicogénesis del niño que pasa del estadio-placer al estadio-realidad. Ferenczi se pregunta cómo el niño atraviesa ese pasaje, que en realidad es un abismo. Para responder a esta cuestión, se interesa en el desarrollo del sentimiento de omnipotencia que caracteriza la primera infancia. La originalidad absolutamente ferencziana de este estudio es hacer remontar ese sentimiento hasta lo prenatal, idea que reaparecerá en 1924 en Thalasa[6]. Ferenczi es un gran precursor al afirmar la existencia de una vida psíquica intrauterina, pues «sería absurdo creer que el psiquismo recién comienza a funcionar al momento del nacimiento». Esta idea, que hasta hace poco tiempo suscitó fuertes reticencias, constituye un tema emergente en la investigación psicoanalítica actual.

¿Por qué me trajeron al mundo si no iban a quererme?

Para llegar a hacerse adulto, el niño debe renunciar a su omnipotencia perdida. El ambiente debe aportar las condiciones necesarias para facilitar el pasaje hacia la aceptación de la realidad. Partiendo de esta idea, Ferenczi mostrará las consecuencias traumáticas  que suponen las fallas del ambiente. Esta idea se repite en cuatro textos fulgurantes escritos al final de su vida – «La adaptación de la familia al niño» (1927), «El niño mal recibido y su impulso de muerte» (1929), «Análisis de niños con adultos» (1931) y, el más importante, «Confusión de lenguas entre los adultos y el niño» (1932)[7]-, donde Ferenczi muestra de manera brillante la presencia del niño en el adulto, incluyendo desde entonces la dualidad de las pulsiones de vida y de muerte planteada por Freud en 1920.

Este niño expulsado del mundo intrauterino -del que guarda una permanente nostalgia-, habiendo sufrido el lenguaje de la pasión de los adultos, resurge en los pacientes que fueron «huéspedes no bienvenidos en la familia». La descripción es impactante: «Todos los indicios muestran que esos niños percibieron correctamente los signos conscientes e inconscientes de aversión o de impaciencia de la madre y que ello disminuyó su voluntad de vivir». Los efectos son graves: «O mueren, o son pesimistas e incapaces de disfrutar de la vida». Desde luego que la pulsión de vida está presente, pero solo puede vencer a la pulsión de muerte en «condiciones particularmente favorables». Ferenczi observó en sus pacientes que un daño mínimo podía introducir una sombra  para toda una vida. Las consecuencias concretas que saca de ello son turbadoras: «Para detener el avance de las pulsiones de destrucción, gracias a una prodigiosa entrega de amor, de ternura y de cuidados, el niño debe ser llevado a perdonar a los padres por haberlo traído al mundo sin pedirle permiso».

Las implicaciones terapéuticas son importantes: esos adultos que son niños heridos necesitan de una sinceridad y un «tacto» de los que Ferenczi nunca deja de señalar hasta qué punto constituyen una cualidad necesaria del analista. Porque para tratar a esos pacientes adultos es necesario permitirles ser como niños, es decir, gozar por primera vez de la irresponsabilidad de la infancia. Esta idea fue puesta en práctica de manera impresionante por Winnicott, quien narra episodios clínicos en los que toleraba, e incluso animaba, movimientos regresivos masivos y prolongados como única vía de acceso a las «agonías primitivas» de pacientes que habían sufrido traumatismos precoces. Como dice Ferenczi, esos pacientes traen consigo «una pregunta que permanece sin respuesta: ¿por qué me trajeron al mundo si no estaban dispuestos a acogerme amablemente?».

Esta pregunta, eminentemente ferencziana, ¿será la pregunta que él mismo se hacía?

El niño freudiano y el niño ferencziano

Entre Freud y Ferenczi existen dos teorías de lo infantil. El niño de Ferenczi y el niño de Freud no son el mismo. Así, también diríamos que existe un niño annafreudiano, un niño winnicottiano, un niño doltiano… No se trata solamente de una cuestión de estilo o de personalidad. Las formas de concebir al niño y las prácticas que derivan de ellas corresponden a modelos teóricos diferentes respecto del niño.

Freud manifiesta un interés indirecto por los niños, quienes le ayudan sobre todo a verificar sus teorías pero que siguen siendo finalmente extraños: «Los adultos no comprendemos a los niños porque  ya no comprendemos nuestra propia infancia. Nuestra amnesia infantil prueba hasta qué punto nos es extraña»[8]. La misma idea se encuentra en una nota de Totem y tabú: «Por último, no es fácil colocarse en la mentalidad del primitivo. Lo comprendemos tan poco como comprendemos a los niños y siempre nos vemos llevados a interpretar sus actos y sentimientos según nuestras propias constelaciones psíquicas»[9]. Por el contrario, Ferenczi se mantiene muy cerca del niño y denuncia la distancia que  los adultos toman respecto a su propia infancia, distancia que según él constituye la causa de los malos tratos que infligen a los niños: «El primer error de los padres es el olvido de su propia infancia», escribe en «La adaptación de la familia al niño». 

La gran línea divisoria entre los dos hombres –o más bien entre los dos psicoanalistas-, aquélla que va a determinar la filiación clínico-teórica de cada uno en el movimiento psicoanalítico, reside en el aspecto paternal o maternal de la transferencia. Conocemos la famosa frase de Freud en la que expresaba su incomodidad con pacientes que establecían con él una transferencia maternal, lo que le impidió ir más lejos en los tratamientos de problemáticas pre-edípicas, borderlines, regresivas o narcisistas. En cuanto a Ferenczi, gracias a su sensibilidad para escuchar al niño en el adulto y a sus múltiples intentos por reivindicar su derecho a existir, abrió la puerta a zonas más arcaicas de la personalidad. Mientras Freud privilegiaba la posición paternal y la interdicción frente a un niño edípico lleno de libido; Ferenczi asumía una posición maternal, protectora y reparadora, frente a un niño inocente que sufría la violencia de los adultos.

¿Qué decir, pues, del niño ferencziano? Ferenczi nos aporta una visión muy particular: el pequeño, marcado por su dependencia originaria, es confrontado al «inmenso poder de los adultos» que lo acogen y lo crían. En un texto fundador, es el primero en escribir que el lenguaje del niño, el de la ternura, no es el mismo que el lenguaje de los adultos, el de la pasión. La necesidad de verdad que experimenta el niño tropieza con las mentiras de los adultos, así como la sensibilidad de los pacientes traumatizados es lastimada por la hipocresía profesional de los psicoanalistas.

Una de las grandes contribuciones de Ferenczi fue poner en evidencia el funcionamiento psíquico del niño experimentó carencias o fallas en el curso de sus relaciones precoces: «Sin duda lo peor es el desconocimiento del daño, la afirmación de que no ha pasado nada, o también, el haber sido golpeado y reñido mientras se producía la parálisis traumática del pensamiento y de los movimientos; es eso, sobre todo, lo que vuelve patógeno al traumatismo», afirma Ferenczi en «Análisis de niños con adultos». A pesar de la atención cada vez mayor que se dirige actualmente a la cuestión del maltrato y del abuso sexual, la idea de desconocimiento del daño sigue siendo de gran pertinencia. Ella explica la obstinación de las víctimas en que se reconozcan los crímenes de sus agresores.

Un niño «adultificado»

«Análisis de niños con adultos» es una conferencia que Ferenczi pronuncia en Viena en 1931, en ocasión del setenta y cinco aniversario de Freud. Ahí escribe: «En verdad todo ocurre como si, bajo la presión de un peligro inminente, un fragmento de nosotros mismos se clivara en forma de instancia auto-perceptiva que intenta rescatarnos, y ello tal vez desde la más temprana infancia. Porque todos sabemos que los niños que han sufrido mucho, moral y psíquicamente, adquieren los rasgos faciales de la madurez y la sabiduría. Además, muestran una tendencia a proteger maternalmente a  otros, siendo evidente que, de ese modo, extienden a esos otros los conocimientos difícilmente adquiridos por el tratamiento de su propio sufrimiento, volviéndose buenos y confiables. Pero no todos llegan tan lejos en el dominio de su propio dolor; algunos quedan fijados a la auto-observación y a la hipocondría». Aquí encontramos  ciertas ideas esenciales de Ferenczi sobre ese niño que reacciona al traumatismo con un auto-clivaje narcisista[10], desarrollando capacidades de comprensión para con los adultos. Por amor a sus educadores, el niño “adultificado” protege a los adultos incluso hasta el «auto-sacrificio», convirtiéndose en terapeuta de sus padres.

Reaparece también la célebre figura del bebé sabio, que Ferenczi había descrito en 1923[11]. El sueño o el fantasma de un bebé que habla como  adulto viene a mostrar la existencia del niño en el adulto[12], pero de un niño traumatizado e hiper-maduro que debe asumir de manera prematura la responsabilidad de adultos inmaduros, frágiles o agresivos[13]. Este niño desarrollará unas capacidades de comprensión muy particulares. Si Ferenczi fue tan sensible a la aflicción de los niños y si poseía cualidades tan destacables como terapeuta es porque él mismo fue un bebé sabio. «La idea del wise baby solo podía ser propuesta por un wise baby», escribe poco antes de morir en 1932[14].

Un episodio de la relación entre Freud y Ferenczi nos muestra claramente a este bebé sabio que se convierte en terapeuta. Sabemos que poco después de su encuentro –calificado de verdadero flechazo- Ferenczi solicita emprender un análisis con un Freud bastante reticente, que temía comprometer su relación intelectual y que tal vez anticipaba las demandas afectivas infantiles algo excesivas de Ferenczi[15]. Lo que se conoce menos es que, años más tarde, cuando Freud se encontraba enfermo y deprimido, Ferenczi le propone ser su analista. «Tal vez esta sea la ocasión –le escribe en 1926- para permitirme decirle que encuentro propiamente trágico que a usted, que ha legado el psicoanálisis al mundo, le sea tan difícil –incluso imposible- confiar en alguien. Si sus problemas cardiacos persisten y si los medicamentos y la dieta no le ayudan, me mudaré por algunos meses cerca de usted para ponerme a su disposición como analista –a menos, claro, que usted  me eche»[16].

La vocación terapéutica y el sentido clínico de Ferenczi aparecen aquí de manera manifiesta. En el modelo ferencziano, el paciente es como un niño y el terapeuta como una madre; luego, el niño se convierte en adulto y los roles se invierten: el paciente se convierte en analista. Esta idea fue después ampliamente desarrollada por Searles, quien postula una tendencia innata y espontánea del ser humano a cuidar del otro, observable tanto en el niño como en el paciente. Con su descripción del niño adultificado, Ferenczi aporta la clave para comprender la vocación terapéutica de todos aquellos que se ocuparán del cuidado de otros.

Dotado de una gran lucidez, Ferenczi era perfectamente consciente de ubicarse, por relación a Freud, en una posición infantil, que por lo demás él mismo calificaba como «perversión de infantilidad persistente». Entre esos dos gigantes del psicoanálisis la cuestión de lo infantil circuló de manera compleja. Las demandas afectivas infantiles de Ferenczi irritaban –o tal vez desbordaban- a Freud, introduciendo en su relación un obstáculo que terminó por separarlos. En su prólogo al Diario clínico, Judith Dupont escribe: «Freud se quedó solo con su deseo desesperado de encontrar un hijo que le fuera incondicionalmente fiel. Ferenczi tuvo que enfrentar la elección entre, por un lado, el amor y el apoyo de un padre poderoso y, por otro, su realización personal: un dilema que terminó por matarlo»[17]. Pero el niño que representaba Ferenczi también permitió afinar y profundizar la presencia de lo infantil en el pensamiento psicoanalítico. De modo que aquélla fue una experiencia humana a la vez dolorosa y fecunda, que inspiró en ambos ideas innovadoras[18].

Ferenczi, fundador del psicoanálisis de niños

La pasión de Ferenczi por lo infantil le llevó de manera totalmente natural a interesarse por el psicoanálisis de niños. Los primeros que se pronunciaron a propósito de la posibilidad de una práctica psicoanalítica con niños lo hicieron negativamente. Anna Freud, apoyada por su padre, se opuso de manera muy crítica a las observaciones de Melanie Klein que informaban sobre las primeras curas de niños pequeños[19]. Ferenczi invierte el problema. Sustituye la pregunta de si los niños son analizables por estas otras: ¿Hay analistas capaces de analizarlos? Y si los hay, ¿en qué condiciones?

Esta inversión de la perspectiva es ejemplar en el recorrido ferencziano. Frente a los obstáculos, desde su punto de vista no se trata de proclamar al paciente como inanalizable, o de decretar que ese dominio clínico no es adecuado a una aproximación psicoanalítica; por el contrario, se trata de ver cómo el psicoanálisis puede aplicarse en dicho dominio. Así como Freud aprendió de las histéricas gracias a su disposición a escucharlas, Ferenczi pensó que había que escuchar a los niños para aprender de ellos. Es así como funda y justifica el psicoanálisis de niños.

Ferenczi fue el primero en captar las enseñanzas que el psicoanálisis de niños ofrece al psicoanálisis de adultos, no sólo como ilustración o confirmación sino también como apertura hacia nuevos campos de exploración. Él, que se había visto llevado a operar ajustes en el encuadre con sus pacientes severamente traumatizados y regresivos, sin duda estaba muy interesado en las modificaciones aportadas a la clínica por los analistas que trabajaban con niños. Esos ajustes consistían sobre todo en atenuar el rigor técnico habitual, lo que iba absolutamente en el sentido de las modificaciones aportadas por el propio Ferenczi[20].

Freud pensaba que el psicoanálisis de niños podía verificar el psicoanálisis de adultos, pero no consideraba que pudiera modificarlo o enriquecerlo. Ferenczi parte de un presupuesto muy diferente: el niño tiene algo que enseñarnos. El «sueño del bebé sabio» ilustra esa visión tan ferencziana de un niño que sabe; basta con escucharlo. Para Ferenczi, el niño aún se encuentra cercano a un sentimiento de lo universal: él sabe (siente) todo, igual que el analizando sabe (siente) todo lo que le pasa al analista. Tenemos muchísimo que aprender del niño.

Eso es lo que animará a hacer a Melanie Klein y eso es lo que Melanie Klein hará. «Melanie Klein se propuso valientemente analizar niños como si fueran adultos y pudo demostrar éxitos consecuentes», escribe. Con una gran perspicacia, Ferenczi notó inmediatamente el interés que la práctica con niños tenía para el psicoanálisis de adultos, extrayendo sus consecuencias y mostrando todas sus implicaciones, sus envites, sus puntos fuertes. Así, en «Análisis de niños con adultos» mata dos pájaros de un tiro, al  abrir la vía del análisis del niño en el adulto y, a la vez, confirmar la posibilidad del análisis de adultos con niños. En este sentido, el artículo puede considerarse el acta de nacimiento del psicoanálisis de niños, puesto que le aporta sus títulos de nobleza.

Ferenczi se inspira en el psicoanálisis de niños para tratar la parte infantil en sus pacientes adultos y así acceder a las capas más profundas y  regresivas de la psique. Afirma que debería atenuarse la oposición entre análisis de niños y análisis de adultos, pues en casos difíciles los pacientes deben ser tratados como niños. Inspirándose en la técnica del juego que Melanie Klein actualiza con los niños,  Ferenczi  utilizará la Spielanalyse con adultos[21], como lo muestra el maravilloso ejemplo que presenta en ese artículo: Un paciente, adulto joven, de pronto «me rodea el cuello con su brazo y me dice al oído: Dime abuelo, me temo que voy a tener un nieto». En vez de reaccionar con una actitud psicoanalítica ortodoxa, que consistiría en hacer una interpretación de la transferencia, Ferenczi tiene la «gran idea» de responder al paciente en el mismo tono de susurro: « ¿Sí?, ¿Por qué piensas eso?» Con esta respuesta bastante sorprendente, sobre todo en aquella época, Ferenczi aceptaba la parte infantil del paciente que se expresaba en ese momento y respondía en el mismo registro.

También se muestra más activo, como los analistas de niños, al dejar de lado la actitud de «espera fría y silenciosa». Tolera que el paciente adulto se comporte como un niño difícil, como un niño abandonado hacia el cual va a desplegar «una paciencia, una comprensión, una acogida y una amabilidad casi ilimitadas». Del trabajo con esos pacientes que no experimentaron totalmente la infancia, que sufrieron traumatismos precoces activando las tendencias autodestructivas ligadas a la pulsión de muerte, Ferenczi extrae consecuencias técnicas: «Poco a poco me vi obligado a reducir cada vez más las exigencias respecto a la capacidad de trabajo de los pacientes […] debemos dejar que el paciente actúe, durante cierto tiempo, como un niño».

Una utopía arriesgada

La noción  del «niño en el adulto» tuvo un inmenso éxito pero también dio lugar a una cierta idealización,  incluso una exaltación, que produjo algunos malentendidos.

El primer malentendido es una visión idealizada del niño, que sería la verdad del hombre. De modo que bastaría con encontrar a ese niño para encontrar la verdad…

Dando un paso más en esta búsqueda del niño en el adulto nos topamos con el segundo malentendido: ese niño real del tiempo pasado nos permitiría alcanzar un conocimiento de los orígenes. Existe, en efecto, una fascinación por el niño, mensajero enigmático que, viniendo de un más acá de la vida, poseería las claves del misterio de los comienzos, pues aún se encontraría cerca del pasaje esencial entre la vida y la muerte.

El tercer malentendido es albergar la ilusión de poder reencontrar realmente, en el adulto, al niño que fue. Ferenczi preconiza una técnica psicoanalítica que permitiría «la reproducción real de los procesos traumáticos», sin la cual, nos dice, «no es posible sentirse satisfecho de ningún análisis». Lo que aquí plantea un problema es la expresión «reproducción real», pues la experiencia infantil no puede ser recuperada en su forma original exacta.

El recorrido ferencziano está animado por una tentación utópica de reencontrar al niño real, de venir al rescate de ese niño inocente que sufre la violencia y la incomprensión de los adultos. El riesgo es que, al reactivar el desamparo inicial de la primera infancia –la famosa Hiflosigkeit de Freud-  esta figura del niño librado a la voluntad, a los encantamientos y a la arbitrariedad de los adultos se convierta esencialmente en una víctima. De ahí el movimiento actual, muy discutible, de la victimología.

Es por todas estas razones que conviene diferenciar al niño de lo infantil. Lo que pueda reencontrarse nunca será idéntico a lo que fue. El psiquismo es un organismo vivo y por lo tanto se encuentra en un movimiento permanente. Con el paso del tiempo, los elementos que componen la psique no dejan de modificarse. El objetivo de la investigación y del trabajo psicoanalíticos no es el reencuentro ilusorio del niño real sino del niño reconstruido por el psicoanálisis.

La fuerza y la originalidad de los textos que se leerán a continuación[22] provienen de la  hipersensibilidad de Ferenczi a la hipersensibilidad del niño y a la insensibilidad de los adultos. Seguramente las destacables observaciones que extrae de ella pueden dar lugar a derivas del lado de la victimología, de una aceptación demasiado realista del traumatismo o, incluso, de actitudes terapéuticas demasiado reparadoras. Pero no es menos cierto, como escribe Lou Andréas-Salomé en su Diario, que «el tiempo de Ferenczi debe llegar».

 


*Este texto corresponde al Prefacio de un libro recopilatorio de artículos  de S. Ferenczi, L’enfant dans l’adulte, Paris, Ed. Payot & Rivages, 2006. Traducción: Deborah Golergant

[2] S. Ferenczi, Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1932, Buenos Aires: Amorrortu, 2008.

[3] S. Ferenczi, «Análisis de niños con adultos» Obras completas, tomo III, Espasa-Calpe, 1984.

[4] M. Klein (1932), El psicoanálisis de niños (Prefacio). Barcelona: Paidós, 1994.

[5] Para conocer más sobre el ambiente cultural de Budapest en torno a Ferenczi, que asociaba literatura y psicoanálisis, puede leerse Cure d’ennui. Écrivains hongrois autour de Sandor Ferenczi, Paris, Gallimard, 1992.

[6] S. Ferenczi, Thalassa. Ensayo sobre la teoría de la genitalidad. Obras Completas, III, Espasa Calpe, 1984.

[7] Véase S. Ferenczi, Obras Completas, IV, Espasa Calpe, 1984.

[8] S. Freud, «El múltiple interés del psicoanálisis» (1913), en O.C., v.XIII, Buenos Aires: Amorrortu.

[9] S. Freud, «Totem y tabú» (1913), en O.C. XIII, Buenos Aires: Amorrortu.

[10] Véase S. Ferenczi, «Reflexiones sobre el traumatismo», en Obras Completas III, Espasa Calpe, 1984.

[11] S. Ferenczi, «El sueño del bebé sabio», en Obras Completas IV, Espasa Calpe, 1984.

[12] Véase D. J. Arnoux, T. Bokanousky, Le nourrisson savant. Une figure de l’infantile, Paris : In Press, 2001.

[13] Véase G. Harrus-Révidi, Parents immatures et enfants-adultes, Paris : Payot, col. «Petite Biblioth[eque Payot», 2004.

[14] S. Ferenczi, «Notes et fragments», en Psychanalyse IV, Œuvres Complètes, 1927-1933, Paris, Payot.

[15] El análisis incluirá tres etapas, de algunas semanas cada una, en 1914 y 1916.

[16] Carta de Ferenczi a Freud, 26 de febrero de 1926

[17] S. Ferenczi, Diario clínico, op. cit.

[18] Véase S. Korff-Sausse, «Préface», en S. Ferenczi, Le traumatisme, Paris : Ed. Payot & Rivages, 2006.

[19] M. Klein, Psicoanálisis de niños, op. cit.

[20] S. Ferenczi, «Elasticidad de la técnica psicoanalítica» (1928) y «Principio de relajación y neo-catarsis» (1930), en Obras Completas IV, Espasa Calpe, 1984.

[21] Este espacio de juego, que Ferenczi pone de manifiesto en el análisis de adultos, fue ampliamente desarrollado por Winnicott con la idea de espacio transicional.

[22] Textos que se encuentran en S. Ferenczi, L’enfant dans l’adulte, op. cit.

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