Introducción del narcisismo

ver seminario en formato pdf

PRÓLOGO de orden histórico-estructural

Continuando con el modelo que guía el recorrido de estos seminarios, modelo propuesto y ejecutado por la obra de J.Laplanche y cuyo objetivo es hacer trabajar el texto de Freud, tanto revisando sus fundamentos como entresacando sus contradicciones y desmantelando lo manifiesto, es decir, siguiendo la metodología psicoanalítica, voy a iniciar el trabajo sobre este texto de 1914,  Introducción del narcisismo, haciendo una incursión pormenorizada sobre el término como tal de narcisismo, que tiene una larga historia antecesora del trabajo de conceptualización metapsicológica, que Freud lleva a cabo en este célebre y genial artículo.

Una historia que, por cierto, va a dejar una huella y hasta su marca de origen en el propio empeño de Freud, en la medida en que esa historia conecta con una determinada línea de análisis de lo psíquico, la llamada “línea mito-simbólica”, que ejerce un fuerte poder de atracción sobre Freud y que le obstaculiza para conseguir la labor que se ha impuesto, que es la del ordenamiento de un nuevo campo de estudio. Obstáculo que, en este caso, se verá agrandado por la connotación psiquiátrica que el término va a recibir antes de ser establecido en el interior del campo psicoanalítico.

La historia se remonta hasta la mitología griega con la fábula de Narciso, de la cual la versión de Ovidio en su tercer libro de Las metamorfosis presenta la leyenda más rica y completa. En ella aparece Narciso enamorándose de la imagen de su bello rostro, reflejada en el espejo de una fuente sobre la que se inclina para calmar su sed. Ese enamoramiento le hace insensible al resto del mundo y se deja morir así volcado sobre su imagen, brotando después en el lugar de su muerte una flor que recibe su nombre.

En ese relato mitológico aparecen ya algunos ejes que resultarán centrales, como el del enamoramiento de uno mismo, el de la fascinación por la imagen -que subraya la importancia de la mirada y la captación por un objeto de amor ilusorio- y el de la muerte como corolario de las dos características anteriores, si bien con su transformación en un nuevo ser.

Muchos siglos más tarde será el sexólogo Havelock Ellis quien recoja el término y quien comience a establecer algunas precisiones al respecto por medio de las expresiones auto-erotism y Narcissus-like tendency, que son introducidas en su obra a partir de 1898. A través de ellas H.Ellis trataba de describir una tendencia a la auto-admiración que él encontraba frecuentemente sobre todo en las mujeres “histéricas”, siendo quizá el primer autor en plantear de modo explícito la fascinación ejercida por la imagen especular, que ya emergía en la leyenda griega. Esa tendencia “a lo Narciso” será asimilada con el autoerotismo, que es descrito como una defensa frente a la atracción hacia otra personas y cuyo fundamente es situado por H.Ellis en la sexualidad.

Poco después (1899) el psiquiatra P.Näcke, en un trabajo sobre las perversiones sexuales, presenta un cierto número de casos en los que el sujeto trataba a su propio cuerpo como si fuera el del propio sexo, llamando Narcismus al estado de amor hacia sí, que aparecía principalmente en casos masculinos de psicosis (en especial en casos de paranoia), y dándole un rango de categoría nosográfica, en el sentido de un nuevo tipo de perversión1.

La divergencia sobre el tema –como puede constatarse- es clara entre los dos autores, al plantearlo H.Ellis del lado de la histeria y en mujeres, mientras que P.Näcke lo coloca del lado de la psicosis y en varones. Sin embargo, como P.Näcke no encuentra explicación a ese estado, va a superponer Narcismus al auto-erotism sin desbancar al término de H.Ellis y sin establecer una diferencia clara que los separe. Ante cuyo hecho no resulta extraño que Näcke (gran admirador de Freud y de su texto Tres ensayos de teoría sexual) esté dispuesto, en 1906 y bajo la sugerencia de Freud, a abandonar su término de Narcismus a favor del término auto-erotism, procedente de Ellis. Tanto más cuanto que Freud no parece decidido en ese momento a introducir el término “narcisismo”, por más que ya desde 1898 había integrado el de “autoerotismo”, si bien –al igual que Näcke- del lado de la psicosis.

Este dato obliga a interrogarse por las posibles razones de esta reticencia por parte de Freud a incorporar el término de narcisismo, siendo así que con respecto al de autoerotismo no ha tenido el menor inconveniente en hacerlo pronto y fácilmente. Y, para responder a la cuestión, es importante tener en cuenta que, cuando Freud se ve confrontado en 1899 con los escritos de Ellis y de Näcke, está en plena crisis teórica a causa del abandono, en septiembre de 1897, de su teoría de la seducción traumática.

Abandono gracias al cual -según la tesis más extendida en el discurrir psicoanalítico- Freud pudo llevar a cabo los importantes descubrimientos de la sexualidad infantil, del fantasía inconsciente y del complejo de Edipo, si bien –para J.Laplanche- con ese abandono se produjo una auténtica “escotomización”2 de la idea de que la sexualidad nos viene del otro y no desde un organismo corporal que se excita endógenamente.

Se comprende, entonces, que quemado por el fracaso de esa teoría, que era sin duda una tentativa de explicación válida para la psicopatología en su conjunto, se vaya a interesar ante todo por la descripción de componentes parciales (en consonancia con la prioridad dada por él a las pulsiones y al inconsciente) y que el término de narcisismo le pareciera inadecuado para dar cuenta de esos aspectos, tanto más cuanto que se evocaba con él el tema del amor del yo hacia sí mismo y, por tanto, estaba en juego el conjunto del sujeto.

Más aún, como de por medio estaba la teoría del yo iniciada en el Proyecto de psicología (1895) –en donde aparecía el yo constituido por “la atracción primaria de deseo”, que implica al objeto- y eso obligaba a explorar el narcisismo en la línea de esta relación del yo frente al objeto, la cuestión del narcisismo será dejada de lado durante algunos años por los problemas que suscitaba tanto de orden teórico como de orden clínico.

A pesar de ello el término estaba ya ahí y una serie de jalones marcarán su trayectoria histórica, a la vez que lo irán connotando antes de que Freud se decida a abordarlo de lleno y a hacerlo pasar de una entidad de tipo sexológico a una categoría con rango de tipo metapsicológico. Jalones que van a pasar por la discusión con sus discípulos, en especial con C.G.Jung y con A.Adler, aunque fue sobre todo en el marco de la Sociedad de los miércoles en Viena3 donde el término será traído y llevado, obligando a Freud a ir trabajando el tema.

Fue I.Sadger, un psicoanalista que había accedido al círculo de Freud hacia finales de 1906 y que estaba interesado en casos de homosexualidad masculina, quien introdujo la cuestión en sus resúmenes de casos y en sus primeros intentos de teorización, en los que pone de manifiesto –a propósito de sus análisis de homosexuales- que estos pacientes no han tenido siempre tendencias homosexuales, sino que por el contrario en su infancia se encuentran amores heterosexuales. Además, Sadger se había percatado de la asociación, establecida por Näcke en su artículo de 1906, entre narcisismo, masturbación y homosexualidad.

Freud, por su parte, se vio incitado (sin duda bajo la presión ejercida por los miembros del círculo psicoanalítico de Viena, Sadger incluido) a escribir, en enero de 1908, un artículo sobre la cuestión de la bisexualidad4, en el que hace notar que dicha situación de bisexualidad no recubre, en contra de lo que sus discípulos consideraban, todos los casos de neurosis, tendiendo así a buscar un principio universal explicativo o una “ultima ratio”.

Será esta cuestión de la bisexualidad la que Sadger retome, en abril de 1908, bajo el ángulo del narcisismo, siendo de ese modo utilizado dicho término por primera vez en la literatura psicoanalítica, y para ello se iba a servir directamente del mecanismo de la identificación. Cita el caso de un joven que presentaba –según él-  “el síntoma del narcisismo” y concluye lo siguiente: «Como fundamento del narcisismo encontramos, por tanto y aquí también, la admiración del hijo por su madre y a partir del amor la identificación con ella en los juegos infantiles. El enfermo se admira a sí mismo al jugar a la vez el papel de la madre y el de él mismo como niño… De una manera más distanciada se identifica con la hermana y también con el padre, pudiendo ser así un hombre como su propio rival ante su bien amada. Todos esos comportamientos forman la base de los motivos sexuales que conducen a la más primitiva infancia»5.

En esta cita puede verse cómo Sadger relaciona el narcisismo con el amor de objeto y cómo introduce el mecanismo de la identificación precoz con la madre. De ese modo, no sólo sobrepasa claramente a Näcke sino que, dada la complejidad de la teorización realizada, atrae la atención sobre la propia constitución del narcisismo.

Poco después, el 27 de mayo de 1908, y ante el grupo de los miércoles el Dr.Stekel6, en ausencia de su autor, anuncia la aparición de un trabajo de Sadger sobre el narcisismo. Freud no va a reaccionar frente a la introducción del término, limitándose a alabar a Sadger y a Stekel por haber descrito, dentro del marco de la homosexualidad, la trasposición de la libido de la mujer sobre el hombre, y enlazando seguidamente con el caso de un homosexual ideal.

Pero un año más tarde, el 26 de mayo de 1909, y para responder a A.Adler –quien creía que la separación de la madre puede efectuarse, en el futuro homosexual, por intermedio de un preceptor, de un amigo o del propio padre- Freud retoma el mismo caso y lo teoriza así: «Un joven, que hasta la fase anterior a la pubertad había estado muy unido a su madre y no tenía amigos, comenzó de pronto a sentir odio y celos de los otros jóvenes, porque su querida madre había elogiado una vez a otro joven en su presencia. En la pubertad la madre está reprimida en el inconsciente, represión que se produce por intermedio de la identificación con ella y desde allí él también se va a interesar por los jovenes»7. Asistimos aquí a la vuelta de la identificación en el pensamiento de Freud, si bien se trata de una identificación tardía que se explica por la represión del amor de objeto, o sea, es a partir de la pérdida y de su dolor que se va a devenir, por identificación, la madre.

Tenemos, entonces, que mientras el interés de Sadger se dirige hacia el narcisismo en función del objeto primario y de la identificación con él, Freud se preocupa durante esa época de la elección de objeto en función del destino ulterior del objeto primario en el inconsciente, dejando de lado el componente narcisista, que sólo será retomado más tarde con ocasión del análisis sobre la obra de Leonardo Da Vinci, cuyo caso le obliga a reintegrar lo que Sadger le había estado proponiendo de algún modo todo el tiempo y que Freud no podía recoger, dada su preocupación por defender la teoría de la libido o la primacía de las pulsiones, puesta en peligro por las aportaciones de Jung.

Mientras tanto, pero también después del estudio sobre Leonardo –como lo acredita el que así aparezca durante la redacción del caso Schreber, llevada a cabo a finales de 1910, esto es, unos meses después del trabajo sobre Leonardo, fechado a finales de mayo del mismo año- Freud no va a dejar de subrayar y contraponer el aspecto “auto” de la libido en detrimento de la participación del “objeto”, tanto en la constitución inicial del narcisismo (en cuyo caso el objeto será la madre), como en la salida del narcisismo (entendido éste como una etapa y en cuyo caso el objeto será el padre). Lo cual permite vislumbrar, desde este horizonte que traza las primeras apariciones del tema, dos líneas de fuerza en torno al narcisismo: la del aspecto “auto” de la libido y la de la identificación o la del aspecto del “objeto”, que fue propuesta antes que nadie por Sadger.

Doble línea que se va a hacer patente en el propio texto de Introducción del narcisismo y en el que aparece ya propuesta, si bien de una manera yuxtapuesta y separada o sin articulación alguna. Y, a este propósito, me parece oportuno hacer la siguiente puntualización: el aspecto “auto” y el aspecto “objeto” no tendrían que estar contrapuestos, porque el lado “auto” o primer momento de lo pulsional es efecto de la intromisión sexual por parte del “objeto” (véase, mejor, por parte del otro adulto). Pero en Freud se contraponen, porque la prioridad dada por él a lo que sucede “en el interior” (prioridad del momento en el que el sujeto se hace sufrir a sí mismo o prioridad del ataque interno) va a recibir un doble sentido en su obra. Efectivamente, o bien el tiempo “auto” es pensado (en ciertas ocasiones y de alguna manera) como un momento esencial datado (con fecha) en la constitución de la psicosexualidad (compuesta por una serie de momentos estructurantes en la que se constituye a raíz de la represión originaria tanto la fantasía inconsciente como la excitación que le está vinculada y que es la pulsión, necesariamente vivida de modo masoquista, es decir, como un ataque procedente de un cuerpo extraño interno, ante el cual el yo es pasivo y está siempre en peligro permanente de sucumbir a ese ataque); o bien (que es lo que sucede con mayor frecuencia) ese tiempo “auto” será sustancializado por Freud en un estado ontológico absoluto y primero, que va a ser trasladado a todo viviente en general. Con lo cual, todo individuo y todo ser vivo va a ser considerado como cerrado en el punto de partida, como una especie de mónada solipsista, que sería teatro o escenario de la lucha informal de las dos grandes pulsiones –de vida y de muerte- y que sólo se abriría al exterior a causa de la necesidad de expulsar la muerte (la autodestrucción originaria) para poder vivir.

Pero volviendo a las intervenciones hechas durante las reuniones de los miércoles ante la Sociedad psicoanalítica de Viena, lo que se constata es que aquella identificación precoz –a la que aludía constantemente Sadger en 1908- va a desaparecer en aras de una aceptación de las tesis freudianas. Así sucede en la sesión del 10 de noviembre de 1909, en la que Sadger al presentar un “caso de perversión múltiple” hace dos afirmaciones en relación con el narcisismo y en ellas puede verse8 que el narcisismo es presentado como la búsqueda de la relación ideal de otra época, evitando diplomáticamente tanto la cuestión de la identificación como la de la bisexualidad y describiendo el recambio ideal al que se recurre ante la frustración que ofrece el objeto

Por su parte Freud, a raíz de este caso presentado por Sadger, hará una intervención detallada y extensa acerca del narcisismo, que es tenida por ser su primera alusión al tema y en la que sin duda  puede observarse su genialidad teórica: «La acotación de Sadger referente al narcisismo parece nueva y válida. El narcisismo no es aquí un fenómeno aislado, sino un estadio de desarrollo necesario en el paso de autoerotismo al amor de objeto. Estar enamorado de sí mismo (de sus propios órganos genitales) es un estadio de desarrollo indispensable. De ahí se pasa a unos objetos semejantes. En general, el hombre tiene dos objetos sexuales primarios y su vida futura depende de aquél al que se ha quedado fijado. Estos dos objetos sexuales son, en cada caso, la mujer (la madre, la nodriza, etc.) y uno mismo; pero lo importante es liberarse de los dos y no detenerse mucho tiempo junto a ellos9. Generalmente, el yo es reemplazado por el padre, que no tarda sin embargo en ocupar una posición hostil. La homosexualidad se bifurca justamente ahí. El individuo no se libera tan pronto de sí mismo, como lo demuestra extraordinariamente el caso en cuestión»10.

El narcisismo es, pues, planteado por Freud como un estadio intermedio entre el autoerotismo y el amor de objeto, de acuerdo con la posición que venía manteniendo en las discusiones de los miércoles, según la cual la relación con la madre es un tiempo que precede al autoerotismo y que roza el apuntalamiento de las pulsiones (de autoconservación y sexual), mientras que el narcisismo ha de ser colocado después del autoerotismo y en relación con la persona del padre.

Por otro lado, entre los dos objetos sexuales primarios, la madre y uno mismo, tras su estudio sobre Leonardo da Vinci, Freud con frecuencia –a la hora de describir los tiempos originarios sin estar presente otro objeto que uno mismo- tiende a dejar de lado el primero y a insistir sólo sobre el segundo. El proceso complejo que ahí se vislumbra y, según el cual, al final del narcisismo el padre interviene por intermedio del pene, será elaborado por Freud a través de dos temas: 1) el padre agente de la cultura y representante de la ley prohíbe la masturbación y la satisfacción del amor hacia la madre amenazando con la castración; y 2) el padre es el agente de cultura, porque será el objeto de amor al que hay, por parte de la niña, que someterse. El padre es, pues, portador de la ley, si bien a la vez Freud deja de lado por entero la imagen peligrosa del padre seductor que aparece en ciertas patologías y que tanto le inquietó en la cuestión de la teoría de la seducción traumática, hasta el punto de intervenir como uno de los motivos que le llevaron a su abandono.

Poco después, en 1910, el “caso de perversión múltiple” presentado por Sadger será publicado y en él aparece la siguiente doble mención al narcisismo: «He aquí… el nuevo punto que me parece decisivo para la génesis de la inversión: el camino hacia la homosexualidad pasa siempre a través del narcisismo, esto es, el amor hacia el propio yo» y «El narcisismo no es por tanto un fenómeno aislado, sino un estadio necesario del desarrollo en el paso del autoerotismo al amor de objeto posterior»11.

Prácticamente encontramos, casi palabra por palabra, la intervención de Freud del 10 de noviembre de 1909, citada poco antes. Parece que Sadger se doblega al modelo freudiano, con lo cual su idea de la identificación múltiple ya no aparece más en el narcisismo sino en el ideal sexual de los invertidos y la identificación primaria con la madre, que se lleva a cabo a través de la seducción precoz que acontece durante los cuidados maternos ofrecidos al sujeto infantil, también desaparece. Más aún, ni siquiera el término será pronunciado por él en las tardes de los miércoles del circulo psicoanalítico, pues cuando en 1913 presenta el caso de uno de sus pacientes preferirá designarlo como autoerotismo, replicándole Freud que se trata en realidad de narcisismo12.

Freud, por otro lado, tanto en la nota agregada a comienzo de 1910 en Tres ensayos de teoría sexual como en el estudio sobre Leonardo de finales de mayo de 1910, va a hacer derivar su teoría hacia las posiciones de Sadger. En efecto, ya en la nota mencionada Freud va a señalar –hablando del mecanismo psíquico que interviene en la génesis de la inversión y de la problemática que ésta encierra- que los invertidos «atravesaron en los primeros años de su infancia una fase muy intensa, pero también muy breve, de fijación a la mujer (casi siempre la madre), tras cuya superación se identificaron con la mujer y se tomaron a sí mismo como objeto sexual, vale decir, a partir del narcisismo buscaron a hombres jóvenes y parecidos a su propia persona, a los que debían amar como la madre los había amado a ellos»13.

Freud, pues, ha recogido de Sadger su idea de una fijación primitiva a la madre y de la identificación con ella, como fundamento del narcisismo y como camino que sigue el homosexual en su inversión. El homenaje se hará explícito en el texto sobre Leonardo, donde le citará dos veces en esa parte de la obra, perteneciente al capítulo III, en la que se hace clara referencia a la cuestión del narcisismo.

La primera cita aparece en una nota a pie de página, al hablar de las investigaciones hechas hasta ese momento en psicoanálisis sobre casos de homosexuales, y dice así: «Me refiero sobre todo a las indagaciones de I.Sadger, que yo puedo corroborar en lo esencial por mi propia experiencia»14. La segunda, recogida poco después y mucho más extensa, es la siguiente: «Sadger ha destacado que la madre de sus pacientes homosexuales era a menudo un marimacho, una mujer con enérgicos rasgos de carácter, capaz de expulsar al padre de la posición que le corresponde; en ocasiones yo he visto lo mismo, pero he recibido una impresión más fuerte de aquellos casos en que el padre faltó desde el comienzo o desapareció temporalmente, de suerte que el varoncito quedó librado al influjo femenino15… Tras ese estadio previo sobreviene una trasmudación cuyo mecanismo nos resulta familiar pero cuyas fuerzas pulsionales todavía no aprehendemos. El amor hacia la madre no puede proseguir el ulterior desarrollo conciente y sucumbe a la represión. El muchacho reprime su amor por la madre poniéndose él mismo en el lugar de ella, identificándose con la madre y tomando a su persona propia como el modelo a semejanza del cual escoge sus nuevos objetos de amor. Así se ha vuelto homosexual; en realidad se ha deslizado hacia atrás, hacia el autoerotismo, pues los muchachos a quien ama ahora, ya crecido, no son sino personas sustitutivas y nuevas versiones de su propia persona infantil, y los ama como la madre lo amó a él de niño. Decimos que halla los objetos de amor por la vía del narcisismo, pues la saga griega menciona a un joven  Narciso a quien nada agradaba tanto como su propia imagen reflejada en el espejo y fue transformado en la bella flor de ese nombre»16.

Como puede verse, esta segunda cita pone de manifiesto una discordancia entre los dos, porque allí donde Sadger vislumbraba como causa de la homosexualidad la presencia de una madre masculina, Freud prefiere hablar de una ausencia real del padre o, al menos, de la ausencia de un padre fuerte. No obstante, Freud reintroduce una idea procedente de los casos de Sadger (la de las imágenes o modelos que los padres ofrecen a su hijo) y, además, la secuencia para explicar la homosexualidad es la misma en los dos: fijación a la madre, ese amor sucumbe a la represión, identificación con la madre, elección de objeto narcisista.

Por otra parte, vale la pena hacer notar una cierta ambigüedad en las expresiones de Freud, cuando afirma: “se ha deslizado hacia atrás, hacia el autoerotismo” y cuando poco después precisa: “halla sus objetos de amor por la vía del narcisismo”, ya que esa doble afirmación indica que Freud parece confundir autoerotismo y narcisismo. Podría decirse que el autoerotismo se le ha infiltrado, como para vengarse de haber sido desplazado sin mayor precisión por el narcisismo17, si bien hay que reconocer que, en este texto sobre Leonardo, el autoerotismo lleva la marca de la madre (véase: los besos apasionados de Caterina, madre natural de Leonardo da Vinci, en cuyo caso está todo el tiempo pensando Freud al redactar ese texto), una marca que es claro efecto de la seducción materna.

En el siguiente texto, sin embargo, el del caso Schreber, la participación del objeto en la constitución del narcisismo, en la que tanto había insistido Sadger, desaparece por entero y así vemos a Freud insistiendo exclusivamente en el aspecto “auto” de la libido, que sólo contempla al sí mismo o al propio cuerpo como objeto de interés libidinal: «Indagaciones recientes nos han llamado la atención sobre un estadio en la historia evolutiva de la libido, estadio por el que se atraviesa en el camino que va desde el autoerotismo al amor de objeto. Se lo ha designado “Narzissismus”; prefiero la designación de “Narzissmus”, no tan correcta tal vez, pero más breve y menos malsonante. Consiste en que el individuo empeñado en su desarrollo, y que sintetiza {zusammfassen} en una unidad sus pulsiones sexuales de actividad autoerótica, para ganar un objeto de amor se toma primero a sí mismo, a su cuerpo propio, antes de pasar de éste a la elección de objeto en una persona ajena… En este sí mismo {Selbst} tomado como objeto de amor puede ser que los genitales sean ya lo principal»18.

El planteamiento queda claramente perfilado en ese sentido algo más adelante al vincularlo con la paranoia, en cuyo contexto aparece la siguiente afirmación: «Así se vuelve a alcanzar el estadio del narcisismo, conocido por el desarrollo de la libido, estadio en el cual el yo propio era el único objeto sexual»19. No es de extrañar que esa consideración se le vaya a imponer años más tarde a Freud, aún en contra de su propio empeño metapsicológico logrado en Introducción del narcisismo, conforme su pensamiento se vaya deslizando hacia un mayor endogenismo de la pulsión y del inconsciente.

Y bien, con todo este recorrido por los antecedentes históricos del término, puede verse que, a la hora de producir su trabajo centrado en el tema del narcisismo, Freud está marcado por todo un largo debate al respecto, en el que ha mantenido una postura doble y ambigua, de la que ciertamente se va a resentir la redacción de Introducción del narcisismo, en cuyo texto –por un lado- va a defender y plantear un “narcisismo primario” que precede a toda investidura de objeto y que supone una etapa o una situación originaria de autosuficiencia, de autosatisfacción del sujeto infantil consigo mismo; así como –por otro lado- ese mismo “narcisismo primario” va a ser planteado como fruto de la coexistencia entre una investidura libidinal por parte del sujeto infantil y un investimiento por parte de los padres, que utilizan al niño como soporte de su propio narcisismo, considerando que “el narcisismo primario” es un supuesto que no puede ser observado directamente, sino sólo inferido retrospectivamente por una visión recurrente, o sea, a través del narcisismo parental.

Esa ambigüedad de Freud entre la autosuficiencia narcisista y la dependencia del narcisismo parental, efecto a la vez del propio debate conceptual de Freud con sus discípulos, cuya huella se deja sentir claramente en el texto, va a ser reconocida de algún modo por el propio Freud cuando, en su carta del 16 de marzo de 1914, dice a K.Abraham lo siguiente: «El “Narcisismo” fue un parto difícil y presenta todas las deformaciones consiguientes»20.

Un reconocimiento que nos ofrece también una metáfora en el sentido de que, si para que se produzca un parto, con anterioridad dos seres de sexo diferente se han tenido que unir, en este caso para producir el texto en cuestión se han tenido que encontrar-enfrentar dos líneas de fuerza, presentes ambas en el propio pensamiento de Freud. Dos líneas de fuerza que no podían menos de encontrase y chocar en una encrucijada como ésta, en la que se van a dar cita tanto las dos tópicas psíquicas como las dos teorías pulsionales, que componen el doble eje sobre el que se sostiene todo el edificio freudiano. No es de extrañar, entonces, la profunda desorientación que en ese cruce de caminos se ha producido en el discurrir teórico-clínico psicoanalítico.

Y ahora, continuando aún con este prólogo de tipo histórico-estructural, voy a hacer algunas anotaciones referentes al contexto histórico de la producción en 1914 de este trabajo freudiano, así como algunas precisiones de índole más general.

En primer lugar, es un texto que fue concebido de manera apresurada y entusiasta. Lo corrobora el hecho de que en gran parte fue escrito durante una estancia de diez y siete días a lo largo del mes de septiembre de 1913, pasados en la ciudad de Roma en compañía de su cuñada Minna Bernays (que vivía con el matrimonio Freud desde 1892), tal y como lo notifica E.Jones en su magna biografía de Freud. Pero, a mi parecer, el entusiasmo se debe ante todo al hecho en sí de su estancia en Roma, porque en esa ciudad  -según le dice a K.Abraham en una carta del 21 de septiembre de 1913-  «ha reencontrado moral y placer en el trabajo»21. De hecho, el verano anterior, el de 1912, había mostrado el mismo entusiasmo cuando se pasó doce días enteros yendo a visitar horas y horas la “enigmática” escultura del Moisés de Miguel Ángel, que se encuentra en la pequeña iglesia romana de S.Pietro in Víncoli. Y lo confirma el que finalice la mencionada carta diciéndole a K.Abraham que desgraciadamente todo ese decoro romano, incomparablemente bello, desaparecerá en pocos días y será reemplazado por un decoro mucho más prosaico y más familiar.

De todos modos, habría que matizar  -respecto de esa idea planteada en primer lugar por E.Jones y recogida por J.Laplanche en Vida y muerte en psicoanálisis– que si bien la escritura del texto Introducción del narcisismo fue realizada principalmente durante esa estancia en Roma (en donde, por lo demás, y en sus horas libres también escribió el prefacio para Totem y Tabú, su exposición para el próximo congreso y corrigió las pruebas de su artículo para la revista Scientia titulado El múltiple interés del psicoanálisis), la gestación de este tema venía ya de algunos años atrás.

Así lo atestiguan  -por un lado- lo transcrito de las reuniones de los miércoles de la sociedad psicoanalítica de Viena, en donde (tal y como he tenido ocasión de señalar detenidamente con anterioridad) desde abril de 1908 y a través de Sadger es empleado por primera vez el término narcisismo en la literatura psicoanalítica, no dejando de volver a la carga a partir de entonces y obligando a Freud a tener que ir posicionándose al respecto, como lo demuestran la importante sesión del 10 de noviembre de 190922,  el escrito de 1910 sobre Leonardo da Vinci, la nota agregada en 1910 a Tres ensayos de teoría sexual y el trabajo sobre el caso Schreber de 1911. Y -por otro- la gran discusión con C.G.Jung, aparecida ya desde 1911, en torno al tema de las psicosis, en el que está en juego –a través de la teoría de la libido- el descubrimiento de la sexualidad como tal, es decir, en cuanto que psicosexualidad o sexualidad pulsional.

A este último respecto, en la carta del 14 de noviembre de 1911 de Jung a Freud puede leerse lo siguiente: «Al fin me he atrevido a marcar posiciones  [se está refiriendo a la segunda parte de su libro «Metamorfosis y símbolos de la Libido», del que Freud le había hecho un elogio en su carta precedente] con respecto a la teoría de la libido. Ese pasaje del caso Schreber en el que usted se tropieza con el problema de la libido (cuya privación produce una pérdida de la realidad) es uno de los puntos en el que uno de los senderos de mi pensamiento se cruza con uno de los suyos. Yo estoy efectivamente de acuerdo en que el concepto de libido de los Tres ensayos debería ser aumentado en su componente genético, con el fin de que la teoría de la libido pueda encontrar su aplicación en la demencia precoz»23.

Se trata de un planteamiento que parece ir en la línea de lo anhelado por Freud, pero que casi un mes después  -el 11 de diciembre de 1911- quedará explicitado con toda precisión de la siguiente manera: «En lo referente a la libido, os debo confesar que vuestra observación en el análisis de Schreber ha desencadenado en mí un eco clamoroso. Esa observación, o más exactamente la duda que en él se expresa, ha despertado en mí todo lo que en estos años se me había hecho extraordinariamente difícil a la hora de la aplicación de la teoría de la libido a la demencia precoz. La supresión de la función de la realidad en la demencia precoz no se deja reducir a la represión de la libido. Vuestra duda me muestra que el problema no es solucionable de esa manera tampoco en vuestra concepción. Por lo que he reunificado en un capítulo de mi segunda parte todo lo que en estos años he pensado sobre el concepto de libido. Y lo esencial es que trato de colocar en el lugar del concepto descriptivo de libido un concepto genético que cubra, además de la libido sexual reciente, aquellas formas de libido que desde épocas antiguas se han ido destacando en unas actividades organizadas de manera fija. Ciertamente un pequeño trozo de biología era inevitable en este asunto»24.

Por cierto que es por ese motivo por el que J.Laplanche, al analizar en su obra La sublimación el enfrentamiento entre Freud y Jung25, señala que el trasfondo de la confrontación entre los dos no es ni el que suele ser considerado generalmente ni  tampoco el que los propios protagonistas creen, en la medida en que el debate entre ellos es tanto manifiesto como latente. Lo que no podía ser menos en el pensamiento psicoanalítico, pues si bien la discusión manifiesta gira en torno al monismo frente a un dualismo pulsional, o en torno a una tendencia metafísica y religiosa (ligada al monismo jungiano) frente a un materialismo de la pulsión en Freud, así como en torno a una tendencia a la interpretación por lo alto o por el futuro (característica de la interpretación jungiana) frente a una tendencia llamada «reductora» o rebajante de lo superior por lo inferior (correspondiente a la interpretación freudiana); no obstante el nudo de la cuestión, el verdadero envite está en ese mantener simultáneamente lo que parece absolutamente contradictorio en el descubrimiento freudiano, esto es, la ampliación  -por un lado-  de lo pulsional o de la sexualidad (al incluir a las necesidades vitales y, por consiguiente, al yo en cuanto representación de las mismas, lo que es denominado por Freud «pulsiones de autoconservación» o «pulsiones del yo»)  y -por otro-  la especificidad de lo sexual dentro de esa extensión.

Un debate, por lo demás  -precisará también J.Laplanche-  no concluido aún en nuestros días, puesto que en el planteamiento psicoanalítico muchos sólo logran conservar cierta especificidad de lo sexual  o bien restringiéndolo de nuevo al círculo de lo genital (oponiendo por ejemplo, lo oral a lo sexual o lo narcisista a lo sexual), o bien  tendiendo a una desexualización del psicoanálisis. Descripción que -a mi juicio- condensa de algún modo la situación actual en el  discurrir del pensamiento psicoanalítico en relación con la cuestión del narcisismo, que o bien es reducido al autoerotismo  (como resalta en sus escritos S.Bleichmar), o bien se le desexualiza (tal y como J.Laplanche se ocupa de poner al descubierto, dedicando por ejemplo todo el capítulo 7 de su obra Nuevos fundamentos para el psicoanálisis a esa «confusión mayor» que impera en el campo psicoanalítico en torno a este tema del narcisismo).

Por otra parte o en segundo lugar, a diferencia de otro trabajo importante, como el de Más allá del principio del placer, que también fue escrito apresuradamente y con cierto entusiasmo, el del Narcisismo rápidamente va a ser considerado por Freud como imperfecto y hasta monstruoso26, pero sobre todo va a ser dejado de lado aún antes de ser parcialmente desconocido.

Lo que, sin duda, ha dado pie a que se defienda la idea de que en Freud mismo, en su obra, hay un cierto abandono del narcisismo. Ahí está para confirmarlo el planteamiento de André Green, quien  sostiene que el narcisismo «fue en cierto modo un paréntesis, véase un engaño tanto más eficaz cuanto que sometía a la teoría a la ilusión unitaria, asentada en esta ocasión sobre la libido»27. Es más, Green va a considerar al narcisismo «como una peripecia, como  un rodeo al que Freud puso fin cuando propuso la segunda teoría de las pulsiones, dando con ello la espalda al narcisismo, que ni se tomó la molestia en explicarlo a sus discípulos y al público, como hizo respecto de sus antiguas ideas con motivo de sus nuevas hipótesis»28.

Planteamiento  que -como señala Maurice Dayan29–  no deja de ser una manera precipitada de considerar las cosas o, mejor, de escribir la historia del pensamiento freudiano, que requiere ser abordado con más precauciones y con menos recursos explicativos a conceptos tan vagos, como los de “paréntesis”, “peripecia” y “desinterés”. Es cierto que la última teoría  de las pulsiones ha trastocado toda la metapsicología y ha conllevado una reevaluación de todos los elementos que implicaba, pero es que precisamente será el narcisismo el elemento que va a permitir la teorización del segundo dualismo pulsional. Más aún, se puede sostener con todo rigor  -como lo hace J.Laplanche en diversos textos y, de manera especial, en La pulsión de mort dans la théorie de la pulsion sexuelle30–  que con la pulsión de muerte no se realiza en verdad ningún descubrimiento nuevo, puesto que no corresponde a la exploración de un nuevo campo que vendría a añadirse al de la sexualidad ya señalada. Mientras que sí se lleva a cabo todo un descubrimiento, a situar entre 1915 y 1918, y es el que da cuenta de la sexualidad investida en el yo y en el objeto, que más tarde Freud denominará «pulsión de vida». Lo que sucede es que ante esa nueva exploración la sexualidad desinvestida, sujeta al proceso primario e inconciliable con el yo (que es ciertamente una dimensión presente desde el comienzo de la experiencia analítica y la única atribuida en un principio por Freud a la sexualidad), corre el riesgo de ser dejada de lado y, entonces, Freud la acentuará con el término de «pulsión de muerte»31.

En tercer lugar, hay32 que señalar que la situación del texto Introducción del narcisismo en relación con el conjunto de la obra freudiana es muy compleja, porque si -por un lado- viene a confirmar toda una serie de notaciones clínicas ya presentadas en años anteriores sobre el tema del narcisismo en sus relaciones con la perversión, la homosexualidad y la psicosis;  por otro, al reunir unos elementos procedentes de la observación clínica hasta entonces dispersos, plantea un verdadero cuestionamiento de la teoría en su conjunto. Cuestionamiento que, si lo situamos en relación con el grupo de artículos producido en 1915 (grupo que constituye la llamada «metapsicología» y que, en cierto modo, son textos de conclusión de todo un período),  va a ser mantenido en estado de latencia o de espera. Una espera que también puede ser descrita como olvido parcial y que, más tarde, se va a convertir a veces en una verdadera reinterpretación tendenciosa, que es la que hará Freud de sus propias tesis, cuando -por ejemplo- reescriba, en forma condensada, la historia de su «teoría de la libido»33.

En cuarto lugar, Introducción de narcisismo es también un punto de estrechamiento o de desfiladero, dado que en él se entrecruzan hilos que durante mucho tiempo permanecieron aislados y relativamente independientes, como son -de un lado- el punto de vista tópico o la tópica psíquica  (que sitúa la encrucijada entre lo intersubjetivo y lo intrapsíquico) y -de otro lado- la teoría de las pulsiones (que trata de dar cuenta de la diversa modalidad del funcionamiento pulsional). De ahí su situación de «punto nodular» o  de confluencia de diversas líneas de pensamiento, que al fin se conectan, por más que eso no conlleve el que vayan a quedar ya conjuntadas para siempre tanto en la obra de Freud como en el postfreudismo, pues como se puede constatar dentro y fuera de la obra de Freud en muchos momentos (y siempre para algunos autores y corrientes psicoanalíticas) seguirán aisladas y sin llegar a conjuntarse.

Finalmente, conviene también señalar algo que aparece ya desde el comienzo de este texto. Me refiero al doble posicionamiento de Freud, que resulta contradictorio y que sin duda obedece a una tensión siempre presente a la hora de ordenar un campo de fenómenos, que no son simplemente lo que se ve o salta a la vista, pues lo que salta a la vista forma parte del conjunto cuya clarificación se ha determinado previamente. Ese doble posicionamiento es –de un lado- el que intenta “llenar de contenido” y dar explicación a las entidades descritas por la psiquiatría; y –de otro lado- el que abre ordenamientos psicopatológicos a partir de las aportaciones del psicoanálisis.

Así, pues, este texto de Freud está atravesado tanto por un doble posicionamiento entre lo psiquiátrico o el punto de vista de la clínica en general y lo psicoanalítico; como por una polémica con sus discípulos, que conduce a Freud –de una parte- a desvincularse de ellos y –de otra- a mantener el vínculo. Doble atravesamiento que exige un constante deslindamiento o delimitación de lo que interfiere impidiendo el esclarecimiento y que obliga a no leer este texto de manera lineal y yuxtaponiendo ideas.

Por todo lo cual y para concluir ya definitivamente este prólogo, merece la pena tener muy en cuenta que la importancia del narcisismo viene dada por una serie de factores trascendentales que se van a concitar en este descubrimiento, que Freud realizará más empujado por su objeto de estudio34 que por su propio saber sobre la cuestión. De ahí sus posteriores vueltas atrás y sus importantes olvidos de lo que avanzó en un momento determinado, así como de las represiones de su pensamiento y de las vueltas de lo reprimido por vías enmascaradas.

Esos factores trascendentales son –primeramente- el establecimiento definitivo (teóricamente hablando, claro está, puesto que de hecho en la práctica Freud vuelve una y otra vez a perderlo de vista) de la diferencia entre lo adaptativo y lo sexual-pulsional, en el sentido de que en el ser humano el orden adaptativo funciona gracias al orden sexual y no al revés.

Una diferencia que se venía fraguando desde el inicio de la obra de Freud, de manera especial a través del concepto de apuntalamiento. Pero la cuestión no era tan fácil, porque el yo fue considerado por Freud, desde un principio y con cierta razón, como agencia de adaptación. Lo que sucede es que, al contrario de lo que pensaba con anterioridad (y en ello radica uno de los elementos fundamentales aportados por el descubrimiento de narcisismo), esa agencia no está dotada de energía propia y además no es innata35. Su energía es de orden sexual-pulsional y, por consiguiente, el yo puede funcionar y ayudar a mantener al individuo en/con vida, porque está investido sexualmente. De lo que se deduce que lo adaptativo se sustenta en lo sexual y no al revés, tal y como siempre se ha entendido y se suele entender obstinadamente aún dentro del pensamiento psicoanalítico.

También se puede precisar que este factor trascendental es el colofón o resultado procedente de la vieja noción de “elaboración psíquica”. Una idea genial que Freud introdujo al inicio de su andadura, cuando estableció que la insatisfacción sexual o el coito inadecuado no es fruto de una acumulación de excitación, sino –por el contrario- efecto de una falta de libido36 o de una ausencia de “elaboración psíquica”, dando así vuelta por entero al planteamiento psiquiátrico o al saber instituido y poniendo al descubierto que lo psíquico no es un mero producto o una especie de epifenómeno de lo orgánico, sino que en el ser humano lo somático está sustentado-significado por lo psíquico o, más específicamente, por lo sexual-pulsional.

Por otra parte o en segundo lugar, por medio del descubrimiento del narcisismo se establece también definitivamente la dimensión exógena o intersubjetiva de lo sexual-pulsional. En efecto, si lo somático está significado-sostenido por lo psíquico, como resulta que el yo no está presente desde un inicio del sujeto infantil, entonces es necesario que sea un otro o, mejor, el investimiento pulsional de un otro quien sostenga a ese individuo psicobiológico que es al comienzo todo ser humano. Un sostenimiento que conllevará el que ese otro infiltre todo su mundo de representaciones y de significaciones sexuales, gracias a las cuales lo somático funciona en él.

De esta manera el descubrimiento del narcisismo supone una puesta en cuestión radical de la concepción endógeno-genética de la pulsión, concepción sólo sostenible desde la idea de que lo adaptativo o lo autoconservativo (véase aquí la llamada por Freud “pulsión de autoconservación”, por más que no deba ser llamada pulsión en sentido estricto) era el origen de lo sexual. Pero si lo primero en el fundamento o en lo originario propiamente dicho es lo sexual, como resulta que la pulsión sexual no está desde un origen sino que tiene una genealogía (recuérdese la secuencia propuesta por Freud: “autoerotismo, narcisismo, elección de objeto”), su emergencia no puede darse sino gracias a un otro exterior que invista o cargue sexualmente al individuo en sus inicios.

Algo que se pone totalmente en evidencia en un tercer factor trascendental aportado por el descubrimiento del narcisismo: para constituirse un yo no sólo se requiere de una energía o de un investimiento sexual aportado desde el exterior, sino que esta energía o investimiento debe ser de una modalidad específica, que es la de un investimiento sexual de amor o, en otras palabras, la de una sexualidad ligada o totalizada.

Lo cual requiere que el otro, al libidinizar y al infiltrar al sujeto infantil su propia sexualidad inconsciente, no sólo invista a éste como objeto parcial, sino también como objeto total. De lo contrario el yo, como imagen de una totalidad pulsional, no puede establecerse u originarse.

De ese modo, para que el yo se constituya como instancia intrapsíquica y uno pueda amarse a sí mismo, es necesario (en el sentido de “conditio sine qua non”) haber sido amado por el otro adulto como un objeto libidinal totalizado. De ahí, por otra parte, que el yo sea ante todo o en su fundamento un objeto (de amor) y no el sujeto del conocimiento o del deseo.

Y paso ya sin más dilación al análisis pormenorizado del artículo, siguiendo para mayor claridad el mismo eje divisorio trazado por Freud en sus tres capítulos.

Notas

Seminario impartido en la UAM en el marco del Programa de Doctorado “Fundamentos y desarrollos psicoanalíticos” desde el curso 1991-1992 y hasta el curso 2006-2007.

1 Esta vertiente patológica va a funcionar como un “made in”, como una marca de origen que impondrá un sello clínico-empírico o descriptivo al trabajo de conceptualización metapsicológica, que será el que permita desgajar el valor estructurante del proceso psíquico en juego.

2 Expresión a la que recurre dicho autor (quien ya desde su obra Vida y muerte en psicoanálisis ha mantenido un planteamiento discordante con esa tesis oficial y desde 1986 propuso su “Teoría de la seducción generalizada u originaria”) en un breve trabajo de 1990, denominado “Implantation, Intromission” (cf. Psa. Univ., 15,60,p.155-158), en el que compara lo sucedido en la cuestión del heliocentrismo –descubierto por Aristarco de Samos en el siglo III antes de Cristo, pero ignorado hasta la aparición de Copérnico en el siglo XV- con la “tímida aparición aristarquiana” de la teoría de la seducción traumática durante los años 1895-97 y su ocultamiento desde entonces en la obra de Freud por el ipso o autocentrismo, ya que si bien “el yo” deja de ser (gracias al descubrimiento freudiano) dueño de su propia casa, sin embargo otro soberano, como es “el ello”, vendrá a ocupar ese centro del individuo, en lugar de considerar al “ello” ante todo como un extraño o como otro radicalmente ajeno dentro de sí.

3 Les premiers psychanalystes. Minutes de la Société Psychanalytique de Vienne, v.I-IV, Paris, Gallimard, 1976-1983.

4 Titulado: «La fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad», O.C. Amorrortu, v.IX, p.139-147.

5 B.Vichyn  «Naissance des concepts: autoérotisme et narcissisme», Psa. Univ., 9, 39, 1984, p.664.

6 Neurólogo y psicoanalista vienés, que a partir del 6 de noviembre de 1912 dejó de formar parte de la Sociedad a solicitud del propio Freud por unas actuaciones deshonestas en relación con la “Zentralblatt”, de la que era redactor y Freud director. Sobre su dimisión puede consultarse un apéndice del v.IV (1912-1918) de Les premiers psychanalystes. Minutes de la Société Psychanalytique de Vienne.

7 Ibid., v.II (1908-1910), p.254-255.

 Ibid., v.II (1908-1910), p.301-302.

9  Lo que indica que no habla del amor a sí mismo propiamente dicho, sino de uno mismo tomado como objeto de la pulsión parcial y, por tanto, no se trata aquí del yo en cuanto objeto totalizado de amor, conceptualizado más tarde en Introducción del narcisismo. Lo confirma la siguiente frase cuando dice que el yo tiene que ser reemplazado por el padre, pues si es un yo a reemplazar no es el yo como instancia intrapsíquica o el yo del narcisismo, garante de la llamada pulsión de vida.

10 Les premiers psychanalystes…, v.II (1908-1910), p.307.

11 B.Vichyn, op.cit., p.670.

12 Algo que resulta verdaderamente chocante, por no decir inaudito. Pero en ello aparece bien a las claras cómo el saber de Freud se va a imponer e interviene zanjando la cuestión o bien dejando de lado ciertas temáticas. Lo que es corroborado por lo sucedido con la Dra.M.Hilferding (primera mujer en ser admitidad por la Sociedad Vienesa de Psicoanálisis), quien en la sección del 11 de enero de 1911 (Les premiers psychanalystes. Minutes de la Société Psychanalytique de Vienne, v.III, 1910-1911, p.119-131) se atrevió a hablar del componente seductor endógeno presente en la maternidad y en el dar el pecho, pero no sólo su conferencia tuvo poco eco, sino que unos meses después resultó excluida del grupo.

13 Nota perteneciente al primero de los Tres ensayos, que se inicia en la p.131 y que con múltiples añadidos (pertenecientes a 1910, 1915 y 1920, en los que pueden verse superpuestos y sin anularse los estratos cronológicos del pensamiento de Freud) ocupa casi en su integridad las p.132, 133 y parte de la 134 del v.VII, O.C. Amorrortu.

14 O.C. Amorrortu, v.XI, p.92.

15 Freud está pensando en el caso de Leonardo, nacido como hijo ilegítimo y también –al parecer de Freud-abandonado por su padre durante dos-tres años hasta que le lleva a la casa paterna y le reconoce como suyo. Pero las investigaciones llevadas a cabo por J.-P.Maïdani-Gerard, que dieron como fruto en julio de 1985 una tesis doctoral, titulada: «Léonard de Vinci, Sigmund Freud. L’application de la psychanalyse à une oeuvre du passé: validité» (tesis publicada en 1994 por PUF en la colección «Voix nouvelles en psychanalyse» con el título: Léonard de Vinci. Mythologie ou théologie?), han puesto de relieve que Freud se equivocó al postular una larga estancia con la madre y una ausencia con el padre. Pues, por el contrario, fue con el padre con el que se fue a vivir muy pronto, por más que este padre no dejó de ser un padre “incierto”, ya que se opuso a legitimar a su bastarde. Y, por lo que respecta a la otra parte de la hipótesis freudiana, la de la excesiva influencia femenina o materna, ese trabajo doctoral muestra que no hubo una larguísima relación de tú a tú y exclusiva con una madre demasiado tierna y abandonada, quien inundaba con besos apasionados a su bebé, sino que hay que situarla en relación con tres madres, las tres cercanas, presentes y afectuosas: Catalina (Caterina en la traducción de Amorrortu), su verdadera madre, que era una campesina de Vinci que se casó con otro hombre y con el que tuvo varios hijos; Albina, la mujer legítima de su padre, tierna y estéril; y finalmente Lucía, la abuela, quien vivía en la casa de la hija. Sin duda una situación familiar complicada, que contribuyó a producir en Leonardo esa búsqueda inagotable de comprensión y de saber, así como su incapacidad de/para acabar una tarea. De todos modos, a pesar de esas equivocaciones de Freud (a las que hay que añadir la más célebre, esto es, la que traduce buitre en lugar de milano –que el autor de la tesis presenta como un lapsus, dado que Freud tenía una necesidad inconsciente de que fuera un buitre y no un milano para dar así un rodeo por las divinidades egipcias- respecto del fantasma o del recuerdo de infancia de Leonardo, según el cual había sido visitado en su cuna por un ave de presa) en ningún otro texto como ése Freud se acercará tanto a la idea de una seducción originaria, vislumbrada a través de la sonrisa enigmática de la Gioconda, que él estudia con tanta detención; a la vez que en ese texto quedará establecida la seducción materna precoz  como modo de relación general, inherente al vínculo de la madre con su bebé.

16 O.C. Amorrortu, v.XI, p.92-93.

17 Que además aparece aquí connotado por la línea mito-simbólica, que viene a desgajar el asunto de la casuística clínica en donde se había engendrado, por más que de esa manera pase a convertirse en un estadio universal.

18 O.C. Amorrortu, v.XII, p.56.

19 Ibid., p.67.

20 S.Freud-K.Abraham Correspondance (1907-1926), Paris, Gallimard, p.171.

21 Ibid., p.152.

22 Les premiers psychanalystes. Minutes de la Société Psychanalytique de Vienne, v.II (1908-1910), p.298-319.

23 S.Freud-C.G.Jung Correspondance, v.II (1010-1914), Paris, Gallimard, p.220.

24 Ibid., p.232.

25 Cf. las p.207-208 de la versión original y p.201-202 de la edición en castellano.

26 Así se lo hace saber a K.Abraham en su carta ya citada del 10 de marzo de 1914: «Os envío mañana el Narcisismo; fue un parto difícil y es lógico que presente todas las deformaciones correspondientes. Ciertamente no nos agrada sobremanera, pero en la actualidad no puedo ofrecer otra cosa. Necesita ser retocado», op.cit., p.171.

27  Narcissisme de vie, narcissisme de mort, Editions de Minuit, Paris, 1983, p.10.

28 Ibid., p.11.

29 Les rélations au réel dans la psychose, PUF, Paris, 1985, p.132 y ss.

30 Trabajo expuesto en un Symposium sobre el tema de la pulsión de muerte, que tuvo lugar en Marsella en Marzo de 1984 y que fue organizado por la Federación europea de psicoanálisis.

31 En ello radica, por lo demás, el embrollo relacionado con la cuestión del monismo. Efectivamente, con el narcisismo la sexualidad se reducía a una sola posibilidad de funcionamiento, el de la sexualidad ligada, oscureciendo de ese modo la subrayada hasta ese momento en la obra de Freud, es decir, la del placer de órgano, la parcial, la atacante.

32  En razón y de acuerdo con lo planteado por J.Laplanche en Vida y muerte en psicoanálisis, p.93-94.

33  Véase a este respecto su 26ª Conferencia de Introducción al psicoanálisis, titulada “La teoría de la libido y el narcisismo” (O.C. Amorrortu, v.XVI, p.375-391), en donde Freud va a presentar el momento del narcisismo como una tentación a raíz del monismo energético de Jung (algo que estaba presente en su propia teorización a raíz del descubrimiento del narcisismo, pero que Freud achacaba a Jung, si bien ese monismo al que tanto temía Freud será el camino necesario para encontrar el dualismo pulsional de manera más fundamental y rigurosa), es decir, como un momento de cierre y no de verdadero cuestionamiento.

34 De hecho, en la discusión que tiene con Jung sobre la cuestión de la libido y de cuyo debate saldrá en gran parte el tema del narcisismo, Freud le decía: «Durante mucho tiempo no siento la necesidad de esclarecer un punto oscuro, hasta que me veo obligado por la presión de los hechos [véase aquí la presión del objeto de estudio] y de los hombres», cf. la carta del 17 de diciembre de 1911, op.cit., v.II, p.233.

35 Un punto en el que se sigue tropezando una y otra vez al hacer equivalente al yo con el individuo psicobiológico.

36 En esa misma línea es a plantear la falta de aparato psíquico o de espacio intrapsíquico, la falta de yo, la falta de fantasía, ya que la tópica psíquica no está necesariamente instalada en todo sujeto, dado que tiene que establecerse o constituirse en cada sujeto de manera singularizada.  

CAPÍTULO  I 

Freud comienza su artículo evocando la procedencia del propio término narcisismo. Se trata de un vocablo de origen clínico, que fue introducido por el psiquiatra Paul Näcke en 1899, poco después de la aparición de los términos «auto-erotism» y «Narcissus-like tendency» en la obra del sexólogo Havelock Ellis.

Y en ese primer párrafo se expone el punto de vista de una descripción clínica en  general ‑como la médico‑psiquiátrica‑, en el que se movía Näcke  en su  afán por ante todo aislar entidades mórbidas y llegar a una  nosografía. De hecho, Näcke eleva el término al rango de categoría nosográfica en el  sentido de un nuevo tipo de perversión, que él coloca del lado de la psicosis, sobre todo la paranoia, y en casos masculinos, mientras que Havelock Ellis hablaba de mujeres histéricas.

Punto de vista en oposición al planteado por el psicoanálisis (que va ser recogido en el segundo párrafo), que por el contrario busca delimitar ciertos rasgos particulares, empleando otra metodología de trabajo como es la de destruir o descomponer y a la vez establecer conexiones o, mejor, la de realizar una articulación entre esos elementos sueltos, así como  entre lo patológico, encontrado en la observación clínica, y lo normal  conjeturado o construido: «Resultó después evidente a la observación   psicoanalítica que rasgos aislados de esa conducta aparecen… entre los homosexuales. Por fin, surgió la conjetura de que una colocación de la libido definible como narcisismo podía entrar…dentro del desarrollo sexual regular del hombre» (O.C. Amorrortu, v.XIV, p.71).

A Freud, en su intento de diferenciar su propio campo de trabajo de  otros ya existentes, para así delimitar un campo específico, le importa mucho hacer estas precisiones que, además, aclaran la trayectoria que va a seguir en su desarrollo conceptual1. De ese modo, aquí queda esclarecido que su recorrido será el de articular tanto trastornos  patológicos entre sí  ‑relacionando rasgos o elementos aislados de homosexuales, esquizofrénicos y aún neuróticos en general‑,  como lo patológico y lo normal, en este caso conductas presentes en sujetos aquejados de graves afecciones y en  sujetos cuyo desarrollo es más regular o normal.

Lo que no impide que, por otro lado y dada la dificultad inherente al pasaje de lo descriptivo a lo metapsicológico, la descripción clínica y en particular el carácter patológico entorpezca el esclarecimiento de ciertos descubrimientos fundamentales y conduzca a la reflexión freudiana a meterse por callejones sin salida o auténticos impasses, como le pasó con la cuestión capital de las escenas de seducción, o sea, con su teoría de la seducción traumática, que quedó estancada en gran medida en el terreno pantanoso y confuso del traumatismo patógeno y aprisionada en la dicotomía entre el biologismo-endogenismo de la pulsión y la filogénesis de las fantasías.

En ese contexto metodológico es en el que hay que situar la primera  afirmación de Freud de tipo general, según la cual el narcisismo, para la observación psicoanalítica, no es una perversión  ‑como lo definía Näcke desde su óptica clínica psiquiátrica‑, sino un «complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación» (p.71-72)2, o sea, interpretando lo que Freud señala se puede decir un tanto libremente que es un asunto de cada uno en su juego libidinal pulsional  y, por consiguiente, parece  connotar tanto el registro de las neurosis como el de las psicosis.

Pero, ¿qué pasa, se pregunta Freud, con aquellos casos en los que está perdido ese interés por vivir y, por ende, por el mundo en general o por la realidad exterior? Unos casos en los que  -según piensa Freud y este pensamiento ha sido y sigue siendo muy cuestionado por grandes clínicos- es radicalmente imposible conseguir una influencia terapéutica  y desarrollar en la situación analítica una neurosis de transferencia, dada la pérdida de toda relación afectiva con el mundo exterior y, por  consiguiente, también con el propio psicoanalista.

A este respecto, es importante matizar que Freud no hace ahora una distinción  clara3 ‑como lo había hecho en el caso Schreber‑  entre pérdida de interés libidinal y pérdida de interés general, colocando en el primer caso a la paranoia y a la esquizofrenia (contempladas así dentro de una misma clase de psicosis), mientras en el segundo estarían la confusión alucinatoria y la amentia de Meynert4.

Sin embargo la  distinción es capital para Freud, con vistas a seguir manteniendo un  dualismo pulsional5, sobre todo si  tenemos en cuenta su gran discusión con Jung a raíz del tema de las  psicosis. Tan es así que Freud se va a sentir verdaderamente acuciado («Un motivo acuciante para considerar la imagen de un narcisismo primario y normal…», p.72, 3º párrafo) a introducir el narcisismo para de  esa manera poder incluir dentro de su teoría de la libido a las psicosis, punto central de la disputa con Jung, para quien la teoría de la libido había fracasado a la hora de dar cuenta de la psicosis y, más  en concreto, de la demencia precoz o esquizofrenia. Así, por lo demás, queda claramente explicitado al final de todo este primer capítulo, dando a entender que todo él está atravesado e influenciado por esa polémica («…podemos desechar el aserto de Jung según el cual la teoría de la libido ha fracasado en arrancar los secretos a la “dementia praecox” y por eso quedó liquidada también respecto de las otras neurosis»”, p.78).

La divergencia entre Freud y Jung se había acentuado a raíz del caso Schreber, tras cuyo estudio va a aparecer que las diferencias que les separan son importantes, tal y como pone de manifiesto la correspondencia entre Freud y Jung. Será Jung quien primero muestre su postura respecto de la teoría de la libido: «Ese pasaje en el análisis de Schreber en el que usted se tropieza con el problema de la libido es uno de los puntos en el que uno de los senderos de mi pensamiento se cruza con el suyo. Yo estoy efectivamente de acuerdo con que el concepto de libido de los Tres ensayos debería ser aumentado en su componente genético, a fin de que la teoría de la libido pueda encontrar su aplicación en la dementia praecox»6 .A lo  que Freud responderá con toda claridad: «Lo que usted entiende por extensión del concepto de libido, con el fin de aplicarle a la dementia praecox, me interesaría mucho. Pero temo que surja un malentendido, como sucedió en otra ocasión, cuando usted dijo en un trabajo que para mí la libido era idéntica a toda especie de deseo, mientras que yo parto del supuesto de que hay dos clases de pulsiones y de que sólo la fuerza pulsional de la pulsión sexual puede ser llamado libido»7.

Como es sabido, esta afirmación junto con otras expresiones de Freud en diversos momentos ha llevado a definir, repitiéndolo a modo de slogan, la libido como la manifestación psíquica de la pulsión sexual. Pero en esa definición se deslizan dos errores, pues –en primer lugar- si se especifica psíquico respecto de la pulsión sexual, ésta es sobreentendida como de orden biológico y endógeno, de acuerdo por lo demás con cierta línea de fuerza que se traza Freud al dar la prioridad a la fantasía, a la que sitúa como realidad psíquica última y en definitiva como algo de tipo endógeno. Línea que se enfrenta a su primera noción de “cuerpo extraño interno”, que comportaba la idea de que algo externo primeramente se había introducido en el psiquismo, al estilo de una espina en la carne, y se había convertido en un elemento ajeno internalizado.

Ahora bien, al abandonar este planteamiento y volcarse sobre la idea del fantasma como una realidad psíquica última, la fantasía se reduce a sí misma y se disuelve fácilmente en la humareda de lo imaginario. De ahí que Freud se vea siempre obligado a buscarse una realidad más objetiva, que es la biológica. Y, sean como fueren las relaciones de representancia (Repräsentanz), el movimiento va siempre en el sentido siguiente: excitación somática—- pulsión—-fantasía. En último término, también va en el mismo sentido el modelo freudiano del apuntalamiento, puesto que se asimila la presión que viene de lo interno a un movimiento que va de lo somático a lo psíquico.

Mientras que en plena teoría de la seducción, véase por ejemplo la carta del 2 de mayo de 1897, la carta 61 o 126 de la edición completa de las Cartas a Wilhelm Fliess, la serie causal se establecía de modo muy diferente, yendo desde lo más profundo que eran los recuerdos de escenas hasta lo más actualizado que eran los impulsos, precursores del concepto de pulsión en el pensamiento freudiano. Proponiéndose, entonces, tanto una vía directa que va de los recuerdos de escenas a los impulsos, como una vía indirecta que transitaba por la intermediación de las fantasías (recuerdos de escena —- fantasías — impulsos).

Y el segundo error está en que la libido sea sólo referida a la pulsión de vida, que es la que se entiende como pulsión sexual, cuando la libido, de acuerdo con la 2ª teoría pulsional, puede estar o bien ligada o investida (en el yo y/o en el objeto) o bien desligada o libre. Esto es, la libido no sólo corresponde a la pulsión de vida, sino también a la pulsión de muerte, porque ésta también pertenece, y cómo no, al dominio u orden sexual descubierto y trabajado por el psicoanálisis.

Pero, volviendo a nuestro recorrido del texto freudiano, hay que decir que será ese malentendido con Jung, al que Freud hacía alusión, el que conduzca a la ruptura definitiva entre  el pensamiento freudiano y el pensamiento junguiano. Ruptura que va a estallar, de un modo casi virulento, alrededor de la palabra «introversión», que Jung emplea para designar una dirección del  interés en general .Para él, efectivamente, conviene ver ante todo si  el interés general está dirigido hacia el interior o hacia el exterior  (introversión‑extraversión); mientras que para Freud, por el  contrario, hay que distinguir y separar, primeramente, interés sexual  e interés en general, correspondiendo el interés en general a las  pulsiones del yo y el interés sexual a las pulsiones sexuales.

De ahí que Freud, en el tercer párrafo de este capítulo I, arremeta  contra Jung acusándole de usar «indiscriminadamente» el concepto de «introversión de la libido», que sólo sirve para las neurosis, o sea,  para los casos en los que el retirarse del objeto exterior por parte  de la libido les ha llevado a dirigirse o volverse sobre los objetos  fantasmáticos («imaginarios») , y no para los casos de psicosis, en los  que el abandono del objeto exterior no se sustituye por un objeto  interno, sino que la libido es conducida al yo (que no es aún concebido como un verdadero objeto interno o el objeto interno por excelencia, sino en cuanto opuesto al objeto, sea éste externo o interno).

Una distinción que para Freud es importante, puesto que en el primer caso (introversión) la libido funciona esencialmente según el modo de las pulsiones sexuales, mientras que en el segundo (narcisismo) va a funcionar según el modo de las pulsiones del yo (con lo cual se salvaguarda el dualismo pulsional, que es una idea  central a la que Freud no está dispuesto a renunciar). Y por eso cada vez que Freud va a hablar, entre 1912 y 19178, de introversión lo hará en un sentido opuesto a narcisismo, pues la introversión (para  él) es la vuelta hacia unos objetos fantasmáticos y el narcisismo la vuelta de la libido hacia el yo. Si bien el problema o la confusión va a provenir de que ese yo, del que Freud está hablando en este momento, no es aún concebido o entendido como objeto de amor “stricto sensu”, sino como el yo de las pulsiones del yo o de autoconservación, en donde no se trata del yo propiamente dicho, sino del individuo u organismo psicobiológico.

Una confusión que tiene una gran trascendencia, porque en el texto en el que aparece por primera vez la expresión «pulsiones del yo» o «pulsiones yoicas» y que es un trabajo de 1910, denominado Perturbación psicógena de la visión según el psicoanálisis, a esas pulsiones (que van a ser asimiladas expresamente a las pulsiones de autoconservación) les será adjudicado un papel fundamental en la operación de la represión. Y precisamente por ello es por lo que un autor tan relevante como A.Green afirmará, en su artículo «Un, Autre, Neutre: valeurs narcissiques du Même»9, que Freud se basó en ese texto de 1910 para formular la hipótesis del narcisismo.

Ahora bien, A.Green para nada cae en la cuenta de la trampa en la que se mete Freud cuando pretende -como lo hace en ese texto de forma más explícita que en ningún otro- explicar el conflicto psíquico por medio del dualismo o antagonismo entre la autoconservación y la sexualidad. Una trampa en la que, por cierto, se sigue cayendo constantemente –como lo muestra de manera especial esas dos corrientes psicoanalíticas, conocidas como la “Ego Psychology” y la “Self Psychology”- cuando resulta que el conflicto psíquico, como explicitaré detenidamente más adelante, sólo puede ser situado en su terreno propio, es decir, en lo intrapsíquico intersistémico, que es siempre de orden pulsional o sexual y nunca autoconservativo. De lo contrario, se podrá hablar de trastorno, pero no de síntoma.

Se requiere, pues, estar bien atentos a esa «inequívoca oposición»10 entre pulsiones sexuales y pulsiones yoicas, que es característica de los años 1910-1915 dentro de la obra de Freud, para no situar en el mismo registro a dos términos, que en nuestro texto sobre el narcisismo van a aparecer como sinónimos cuando no lo son, esto es, «pulsiones del yo» (que son de autoconservación y, por tanto, no es estrictamente pulsiones) y «libido del yo» (que corresponde a lo estrictamente sexual o pulsional).

De todos modos y continuando de nuevo con Introducción del narcisismo,  la idea que le dio a Freud la clave para explicar de modo  más preciso los fenómenos psicóticos se la debe  ‑tal y como Freud mismo va a reconocer en su 26ª Conferencia de Introducción al psicoanálisis,  titulada La teoría de la libido y el narcisismo‑  a Abraham en el contexto de su diálogo acerca de la demencia precoz: «Ya en 1908, Karl Abraham, en un intercambio de ideas conmigo, formuló la tesis de que el carácter principal de la dementia praecox (incluida entre las psicosis) consiste en que en ella falta la investidura libidinal de los objetos11. Pero entonces se planteaba esta pregunta: ¿Qué ocurrió con la libido de los dementes extrañada de los objetos? Abraham no vaciló en responder: Es revertida al yo [pero atención, porque se trata de un yo pensado desde las pulsiones del yo o de autoconservación y no es el yo en cuanto instancia intrapsíquica de orden pulsional “stricto sensu” y en cuanto objeto totalizado] y esta reversión reflexiva es la fuente del delirio de grandeza de la dementia praecox»12.

A este respecto, conviene señalar no obstante que se trata de algo confuso y mal planteado, ya que la clave está en el modo de funcionamiento de esa libido en las psicosis, en las cuales se funciona con una libido libre o sometida al proceso primario, destructora y atacante. Por ese motivo, el problema no está en la oposición objeto-yo, aunque ésta también pueda intervenir y explique la grandiosidad aparente (que es a la vez debilidad del yo), pues si la cosa consistiera en que no se puede amar al objeto, pero sí al yo, el problema no sería tan grave porque primaría el amor, cuando lo que prima es todo lo contrario, esto es, lo que en esas situaciones predomina es el ataque destructivo tanto sobre el yo como sobre la representación de objeto o del otro significativo.

Pero, si seguimos (véase el cuarto párrafo) el desarrollo hecho por Freud, tenemos que, como el destino de la libido sustraída a los objetos es  claramente el yo, éste va a verse engrandecido o  amplificado y eso permite explicar el delirio de grandeza propio de las  psicosis. Un delirio de grandeza que, piensa Freud ahora, tiene que constituirse sobre la base de un “narcisismo primario”, que es –según acaba de plantear-  el complemento libidinoso del interés  autoconservativo o de las pulsiones del yo (consideradas éstas como  anteriores a las pulsiones sexuales y con capacidad de sostenerse por  sí mismas, lo que no deja de ser una falacia), teniendo que denominar  “narcisismo secundario” a ese repliegue al yo de la libido  dirigida al objeto.

De lo que se deduce una relación dialéctica  ‑en correspondencia con el dualismo  pulsional planteado13‑  entre narcisismo primario (proveniente del  interés egoísta por la vida) y narcisismo secundario (procedente de la frustración proporcionada por el objeto, al cual se habían volcado los intereses egoístas por ser él el que se ocupaba de los mismos), es decir, un doble modo de funcionamiento que trata de dar cuenta del conflicto, característico de la dinámica psíquica.

Ahora bien, conviene tener en cuenta que ese conflicto es el planteado entre lo autoconservativo y lo sexual, y no el específicamente intrapsíquico o el correspondiente al orden sexual, descubierto por el psicoanálisis. Y es que hay que recalcar de manera categórica que la autoconservación no forma parte del conflicto psíquico, en cuanto uno de los elementos constitutivos de ese conflicto, por más que  -eso sí- pueda ser el terreno, lo que se dirima o lo que está en juego para los contendientes y, de esa manera, sean las funciones del organismo las que padezcan el conflicto (que no está verdaderamente en ese plano del organismo y de sus funciones). Los ejemplos son numerosos y probatorios, también dentro de la propia obra de Freud. Sin ir más lejos puede consultarse el texto hace poco citado de La perturbación psicógena de la visión según el psicoanálisis, en el que precisamente sobre el terreno de la vista, bajo forma de ceguera histérica, se sitúan los resultados del conflicto y sin embargo la función visual con sus finalidades autoconservadoras no es parte activa del conflicto. O, si se prefiere, consúltese la obra de 1925-26 Inhibición, síntoma y angustia, en donde Freud pone en evidencia la significación sexual de ciertas inhibiciones de la función, como las de andar y  de la escritura.

Así, pues, el plano del conflicto intrapsíquico está situado exclusivamente en el marco de la psicosexualidad, ya que se trata de una lucha que se traen entre manos las llamadas “pulsiones de vida y pulsiones de muerte” y, más concretamente, los procesos de ligazón y los procesos de desligazón o la defensa y el deseo, teniendo en cuenta además que una extrema ligazón comporta también una inmovilización y, por tanto, no sólo hay muerte del psiquismo por desintegración o pulsión de muerte, sino también por rigidez y síntesis excesivas. Y, en ese sentido, por más que se haya convertido en un cierto slogan desmedido, no obstante la denuncia de Lacan sobre la fascinación (en el sentido de inmovilización) del yo sigue siendo válida.

De todos modos, conviene no perder de vista que el situar por parte del psicoanálisis todo el conflicto intrapsíquico en el plano de lo sexual  -tal y como se entiende lo sexual en psicoanálisis, es decir, no reducido a lo genital y abarcando a todo el vínculo entre el sujeto infantil y el otro adulto-, eso no comporta que lo autoconservativo no tenga un gran interés para las exploraciones científicas.

Por otra parte, se pude considerar que ese doble modo de funcionamiento al que hacía alusión con anterioridad ‑si bien no es todavía el planteado como efecto de la constitución del aparato psíquico por medio de la represión originaria, que instaura y separa definitivamente (de ahí su radical heterogeneidad) el sistema preconsciente/consciente  del  sistema inconsciente (lo que será conceptualizado dentro de poco en sus trabajos de  metapsicología  de 1915-1917)- es ya, sin embargo, fruto de una concepción más amplia y menos reflexológica o atomística del psiquismo, dentro de  la cual se había venido estructurando el pensamiento freudiano.

Concepción más globalista, que se le ha ido imponiendo progresivamente a Freud  por medio de distintas influencias (como, por ejemplo, la del pensamiento  evolucionista de Darwin y la de las ideas del grupo de Zurich, encabezado por Bleuler y Jung  ‑y a través de éste último las de  P.Janet‑, quienes no dejaban de insistir en términos como “personalidad”, “yo”, “la función de lo real”, “autismo”, etc., que Freud  consideraba más bien como conceptos de psicología  de la  superficie   ‑según se lo hace saber tanto a Jung14, como a Abraham15 ‑).

Pero, al mismo tiempo, esa concepción más global le va a llevar a una confusión importante, como es la que se establece entre plantear el origen o constitución de lo psíquico propiamente dicho o lo intrapsíquico  y, más concretamente, el origen  lo sexual infantil a través de la evolución de la libido, y la génesis del individuo en general en el desarrollo de su relación perceptivo‑motriz con el mundo objetivo que le rodea. Confusión o doblamiento de lo sexual por lo autoconservativo o de lo autoconservativo por lo sexual, que acarreará no sólo una confusión de conceptos sino también una superposición de fases y de evoluciones, lo que de algún modo aparece ya inaugurado con Formulaciones sobre  los dos  principios del acaecer psíquico de 1911 y que va a intervenir negativamente en muchos momentos del texto sobre el narcisismo, así como en otros posteriores (como, por ejemplo, Pulsiones y destinos de pulsiónEl yo y el ello, etc.).

De hecho, Freud no se va a encontrar muy contento con lo planteado  hasta ahora y así, al iniciar el siguiente párrafo (el quinto), se ve  obligado a recurrir a una de sus llamadas al orden o recapitulaciones, que tratan de poner las cosas en su sitio y que  J.Laplanche16 considera, con gran acierto, como esos puntos o  momentos que legitiman la posibilidad de escindir el pensamiento de  Freud. Es decir, de interpretar un cierto Freud contra otro,  siguiendo una línea de demarcación no cronológica (en el sentido, por ejemplo, de un proto‑Freud, más puro, versus un deutero‑Freud, olvidadizo de lo que él mismo ha planteado), sino más bien de tipo lógico o en coherencia con su conceptualización más creadora y menos ambigua ‑tal y como la propia realidad clínica impone mostrando, a la vez, lo erróneo del camino al que Freud se ve arrastrado en el análisis de su objeto de estudio‑.

La auto‑llamada al orden va a consistir aquí, en un primer momento, simplemente en una indicación en torno al problema de la esquizofrenia, señalando que ahora no está abordando directamente esa  cuestión y de ahí que no profundice en ello. Pero seguidamente va a esclarecer lo que da verdaderamente sentido a toda esta advertencia y  es que se ha referido a la psicosis esquizofrénica para de ese modo  poder abordar o introducir el narcisismo, en cuanto concepto de la  teoría de la libido.

Esto es, se trata de un concepto perteneciente a la evolución de  la libido en el sentido de que ésta tiene una génesis, una genealogía o secuencia (que va del autoerotismo a la elección de objeto pasando por el narcisismo). Y de ello se deduce que, cuando ha  hablado o planteado un narcisismo primario, debe ser entendido en ese  plano, o sea, en el de la evolución de la libido, en el de la  constitución de la sexualidad y no en el del origen del individuo en  su vida de relación con el mundo.

Pero la confusión está muy arraigada y al instante Freud va a volver  a caer en ella, pasando sin distinción alguna17 de la teoría de la  libido (que se aplica o da cuenta exclusivamente del origen de la psicosexualidad) a “la  vida anímica de los niños y de los pueblos primitivos” (en donde está  en juego la vida de relación en general o del individuo en su relación  con el mundo), planteando en este párrafo sexto «la imagen de una  originaria investidura libidinal del yo cedida después a los objetos» (p.73) .De este modo, el narcisismo se originaría dentro del individuo y de allí partiría a los objetos. Una concepción según la cual no sólo es pensable, sino lógicamente obligatorio (y, como no se suele leer el texto freudiano con suficiente rigor, se va a seguir esa misma pendiente por la que se desliza Freud sin precisión alguna) un narcisismo primario de tipo anobjetal y biológico en definitiva, en consonancia con la metáfora  aquí presente de “una ameba” y sus seudópodos, que no deja lugar a la más mínima duda de que el modelo de lo biológico se le ha infiltrado de nuevo y bajo él está pensando en este momento, en el que va a plantear una oposición entre libido del yo y libido de objeto18, siguiendo el esquema de los vasos comunicantes contrabalanceados e inversamente proporcionales entre sí, según aparece en esos estados psíquicos contrapuestos como son el estado de enamoramiento, en donde  predomina ampliamente la libido de objeto en detrimento de la libido del yo, y el de la fantasía de fin del mundo de los paranoicos, en donde el mundo desaparece totalmente y sólo existe “el yo”, al cual es trasladada toda la libido, si es que a eso se le puede llamar “yo”.

De todos modos y por otra parte, esta oposición, por más que establezca una diferenciación sobre el objeto en el que va a recaer el investimiento pulsional, es a situar  -primeramente- dentro del dominio de lo sexual o del mismo grupo de pulsiones (el de las sexuales) y, por tanto, no es pertinente al  referirse a la libido de objeto el intercalar la relación psicobiológica (presente desde el inicio de la vida) con el objeto exterior, porque pertenece a un orden diferente que el sexual, el cual no está presente desde un inicio sino sujeto a una génesis precisa, que el psicoanálisis trata de delimitar. Y -en segundo lugar- esa oposición está dentro de las que serán llamadas más adelante por Freud “pulsiones de vida”, que son pulsiones de objeto tendentes a mantener y unificar el objeto. Por tanto, es dentro de ese marco de las pulsiones de vida en el que se encuadra esta oposición entre libido del yo y libido de objeto, que hay que entender a modo de una constante intricación dialéctica entre el yo y el objeto, en cuanto objetos totalizados.

Por lo demás, será ese deslizamiento hacia la imagen de una investidura libidinal del yo, originaria en el individuo, el que le lleva a concluir en un estado de narcisismo “al comienzo” (casi al final del párrafo sexto, p.74) de la vida psicobiológica, en el que se daría una falta de distinción de los dos grupos pulsionales, esto es, el de las pulsiones yoicas y el de las pulsiones sexuales. Pero, por otro lado, eso mismo le obliga a plantearse, en el párrafo séptimo, dos cuestiones capitales,  que le van a empujar a resituarse seriamente, al menos por lo que se refiere a la primera cuestión, en la que está en juego la importante  relación del narcisismo con el autoerotismo, y no tanto por lo que  respecta a la segunda, en la que está en debate la relación entre el  dualismo pulsional, sustentado por Freud, y una energía psíquica  única, sustentada por Jung.

La primera cuestión, pues, surge de la conclusión del párrafo sexto, en la que se afirma un estado de narcisismo al comienzo, porque si al inicio hay narcisismo ¿qué sucede, entonces, con el autoerotismo considerado “como un estado temprano de la libido”.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que en la formulación de la propia pregunta hay una parte en la que se hace una afirmación bien clara y que consiste en decir que el autoerotismo es un estado temprano de la libido. Por consiguiente, no se trata de un estado del  individuo en su comienzo o, dicho con otras palabras, el autoerotismo  no es el comienzo o el primer momento en el desarrollo del individuo  en su relación con el mundo. Lo que, por otra parte, había sido  formulado por Freud en un célebre pasaje de los Tres ensayos de  teoría sexual: «Cuando la primerísima satisfacción sexual estaba   todavía conectada  con la nutrición, la pulsión sexual tenía un objeto   fuera del cuerpo propio: el pecho materno. Lo perdió sólo más   tarde… Después la pulsión sexual pasa a ser, regularmente,   autoerótica, y sólo luego de superado el período de latencia se   restablece la relación originaria…El hallazgo {encuentro} de objeto   es propiamente un reencuentro»”19. Así, pues, por más que el  autoerotismo sea definido como el primer estadio independiente de la sexualidad, está claro que sucede a otra cosa en el tiempo y que no es lo absolutamente primero.

Dicho con términos más precisos, el llamado estadio “auto” o de vuelta sobre sí mismo de la pulsión es ciertamente el que da inicio en el sujeto a la psicosexualidad o a la pulsión sexual “stricto sensu”. Sin embargo es un tiempo segundo respecto de la prioridad del otro adulto, que es quien introduce su sexualidad y su inconsciente y a raíz de cuyo mensaje metabolizado por el sujeto infantil se irá constituyendo un cuerpo extraño interno, un otro ajeno dentro de sí que ataca al sujeto y al que éste va a tratar de dominar simbolizando y reprimiendo.

A pesar de ello hay que tener presente que el carácter objetal o anobjetal del autoerotismo ha sido sometido persistentemente a gran discusión dentro del psicoanálisis, dando origen a posturas claramente enfrentadas, pero sobre todo a grandes confusiones, como la que se plantea a raíz de la postura kleiniana, la cual de entrada es presentada como contraria al narcisismo absoluto o anobjetal de Freud,  dada su concepción de una relación de objeto presente desde el origen.

Pero ‑como ha precisado S.Bleichmar20‑, si bien es cierto que M.Klein ha señalado, con toda razón, que es imposible hablar de anobjetalidad desde los primeros momentos de la constitución psíquica, en la medida en que el objeto del autoerotismo, en cuanto objeto fantasmático o interno, no es sino un residuo de los vínculos establecidos por el sujeto infantil con el objeto. Sin embargo, su concepción de un desarrollo libidinal a partir de una génesis del sujeto desde sí mismo (en la  cual el otro no es sino soporte de las proyecciones) o su concepción genética del desarrollo psico‑sexual le impide establecer los vínculos  y las diferencias entre el objeto de la pulsión (correlato del sujeto  pulsional parcial) y el objeto de amor (correlato del amor o del odio  en la relación del yo con el objeto, contemplado como totalidad), reduciendo así las posibilidades del pasaje de un objeto al otro a una mera integración progresiva (al estilo de una psicología naturalista) de  las pulsiones parciales en la organización genital. Con lo cual lo objetal, que “stricto sensu” es la capacidad de amar una imagen  derivada del yo y del semejante como un todo, se confunde con el  objeto de la pulsión parcial y su crítica contra la hipótesis de un  estado pre‑objetal o contra la noción de un estado de autosuficiencia  monádico pierde consistencia.

Por lo que respecta al narcisismo, por otro lado, y en respuesta a la cuestión planteada acerca de su relación con el autoerotismo, Freud ofrece un enunciado absolutamente genial que, no obstante, necesita un detenido comentario, dadas las muchas y diferentes interpretaciones recibidas. El texto es el siguiente: «Es un supuesto necesario que no esté presente desde el comienzo en el individuo una unidad comparable al yo; el yo tiene que ser desarrollado. Ahora bien, las pulsiones autoeróticas son iniciales, primordiales; por tanto, algo tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psíquica, para que el narcisismo se constituya» (octavo párrafo del texto, p.74).

Como hay que ir por partes, se puede comenzar señalando que, según lo afirmado, la unidad llamada yo es equivalente a narcisismo. Pues bien, como desde el comienzo en el individuo no existe esa unidad, hay que sostener que el narcisismo no puede ser lo originario del sujeto. Se podrá hablar, como hizo Freud, de un narcisismo primario en razón de o para dar cuenta lógica de una narcisismo secundario; o, como ha hecho Lacan, quien llama narcisismo primario al primer tiempo de  constitución del aparato psíquico y más precisamente a la carga libidinal propia de ese momento de constitución de la unidad del yo. Pero siempre se trata de algo posterior y que se contrapone al autoerotismo, que aquí viene definido, claramente, como lo inicial, si bien  -como se ha visto anteriormente- el autoerotismo no es lo absolutamente  primero, sino sólo el primer tiempo de la psicosexualidad.

Por otra parte, conviene especificar que el autoerotismo (descrito, en esta  última formulación, como lo no unificado o fragmentado frente al narcisismo) debe ser entendido  -en continuidad, por cierto, con algunos  fragmentos freudianos, como el del texto sobre Leonardo citado ya con  anterioridad, y con la conexión, que veremos más adelante, establecida por el propio Freud entre narcisismo primario y narcisismo  parental‑ en cuanto efecto  de la intrusión sexualizante del adulto, véase de la propia madre o figura materna, que irrumpe en el niño a partir del movimiento libidinizante seductor a que lo somete con sus cuidados, instaurando así un cuerpo fragmentado libidinalmente, así como las posibilidades de unificación a través de una imagen con la cual identificarse, tal y como lo permite entender la fase del espejo propuesta por Lacan.

Planteamiento que, sin duda, es extraño a aquellos autores que, siguiendo en ello algunos desarrollos confusos del propio Freud, insisten en que es el yo el que catectiza al aparato psíquico tomando del narcisismo originario la fuente que le constituye (confundiendo la fuente catéctica del aparato psíquico con la fuente del narcisismo originario y sin contemplar para nada que la investidura del yo es un  efecto de una transformación pulsional a partir de un otro que lo  inviste parcial y totalmente). Sin embargo, se trata de un planteamiento que actualmente es posible y necesario efectuar gracias, ciertamente, a la aportación de Lacan, quien fue el primero en señalar la especularidad presente en la constitución del yo, reubicado por él en relación con el narcisismo.

En efecto, Lacan por medio del estadio del espejo21 puso de relieve que algo exterior al sujeto  ‑una imagen que él cree ser, pero que en realidad no es‑ determina que el sujeto quede alienado en esa imagen, que es simplemente la reflexión en el espejo de su cuerpo, reflexión que además muestra una imagen invertida respecto de su simetría vertical.

Y eso le lleva a Lacan a sostener que esa reacción de júbilo es por  contraste con algo que es su incoordinación motriz, frente a la cual  aparece como una imagen ideal, como la envoltura imaginaria que viene  a recubrir esa incompletud o fragmentación, posibilitando una unidad constituyente del  yo, desde su origen ilusoria.

Ahora bien  -de acuerdo con lo planteado a propósito del  autoerotismo, en cuanto efecto de la intrusión sexualizante de la madre al introducir ella misma el orden sexual en la satisfacción de la necesidad- el carácter fundamental del vínculo materno en los orígenes conlleva tanto la unificación del cuerpo infantil, como su fragmentación libidinal. Y en ese sentido, al insistir Lacan sólo o de forma primordial en ese pasar de la incompletud a la imagen unificada de sí mismo gracias al narcisismo, considerado por él como primer tiempo de la constitución psíquica y como paradigma del primer tiempo del Edipo, deja de lado que la verdadera función del estadio del espejo es la de obturar el carácter despedazante del autoerotismo, que en Lacan es subsumido por ese narcisismo estructurante procedente de la madre y no contempla que ésta, en cuanto sujeto atravesado por sus propios ataques pulsionales, no puede dejar de mostrar en su movimiento libidinal las contradicciones entre lo objetal (organizador u  obturador) y las pulsiones parciales (fragmentación anárquica).

Y es que, si es cierto  -como ha descubierto Lacan-, que el sujeto se  constituye en una tópica intersubjetiva, sin embargo no basta con  afirmar que el yo se constituye de entrada en la intersubjetividad, ya  que «los requisitos de intersubjetividad de la estructura están dados por una condición previa: el hecho de que cada uno de los miembros que  la constituyen se sostiene en una intrasubjetividad en   conflicto»22 .De lo contrario ronda siempre el peligro de un  estructuralismo formalista, que asimila la constitución del sujeto, de manera lineal y a‑histórica, a las condiciones de la estructura en la cual éste es metido, sin diferenciar entre lo que se encuentra en la estructura (en el momento en el cual el sujeto se ve insertado en ésta) y las condiciones de aprehensión de ella por parte del sujeto, ya que en definitiva la estructura, que tiene por función su propia reproducción, responde a un orden cerrado que se desliza sobre lo real  y lo recubre, sin relacionarse con él.

Por otro lado y volviendo a la formulación de Freud en el párrafo octavo de Introducción del narcisismo, que he venido últimamente comentando, hay que señalar también que al afirmarse:  «el yo tiene que ser desarrollado», eso quiere decir que el yo no es algo preformado, no está dado de entrada, sino que tiene que constituirse al originarse  -según será conceptualizado más adelante por Freud- a través de las identificaciones con el otro y ser, por tanto, un efecto o un precipitado de las relaciones con los objetos externos23. Constitución que, de acuerdo con lo dicho anteriormente, es absolutamente correlativa de la aparición del narcisismo, claramente planteado por Freud dentro de una secuencia explícitamente temporal y no mítica (secuencia que va del autoerotismo, pasando por el narcisismo, a la elección de objeto) y que es a ser pensada como repitiéndose un número incalculable de veces.

De ahí que haya que precisar, aunque o quizá justamente porque  Freud lo deja en suspenso, que esa “nueva acción psíquica”, constitutiva del narcisismo así como del yo, es  o tiene que ser puesta en relación con la llamada “represión  originaria”, que no hay que concebir como un tiempo mítico, por más que no sea accesible a una observación puntual, a consecuencia precisamente de producirse en dos tiempos, de acuerdo con la lógica  del “après coup” (característica de la constitución del psiquismo), que si bien permite encuadrarla en una cronología, eso mismo impide sin embargo situarla de manera puntual.

Efectivamente, la represión originaria  ‑cuya instauración, a no concebir como un momento único y de una vez para siempre, impone fundar al mismo tiempo tanto al sistema cs./pcs. como al sistema ics.24 o, si se prefiere en términos de la segunda tópica, tanto al yo como al ello‑  es una operación cuyos dos tiempos son indisociables  del movimiento que desemboca en la creación del yo. Dos tiempos que  J.Laplanche ha descrito25 del modo siguiente: en el primer tiempo no hay yo propiamente dicho, pero si se quiere emplear ese término, es un yo en coincidencia con el organismo del individuo y, sobre todo, con su  periferia que lo delimita, pudiendo denominárselo  ‑como hace Freud‑  un yo‑cuerpo. Mientras que en el segundo tiempo de la represión  originaria, lo que está en juego es el comienzo del yo como instancia,  que es una parte del aparato psíquico pero a imagen del todo y, por  tanto, metáfora del todo biológico, pero también órgano del todo, en  continuidad metonímica con él.

Lo cual ,ciertamente, va a llevar al yo a tomarse por representante  del interés general del individuo y a atribuirse una capacidad autoconservadora, cuando ésta está en relación con unos montajes automáticos instintivos, independientes en sí mismos de la constitución del yo, si bien al atribuírselos éste y recogerlos en nombre del propio amor del yo, van a estar expuestos de ahora en  adelante tanto a los vaivenes y avatares biográficos de ese yo, como a recibir una fuerza y una consistencia que no tenían, pues si bien en  el animal y en las especies mejor adaptadas esos montajes son  totalmente eficaces, en el hombre sin embargo su existencia es  particularmente precaria y débil, habiéndose insistido en relación con  ello, por parte de Freud, en el desamparo originario del infante humano o en la noción de prematuración de Bolk.

Lo que hace inviable esa idea, tan extendida en el psicoanálisis (a  raíz quizá de una mala traducción e interpretación de lo avanzado por  Freud al respecto), de que lo sexual para originarse se apoya sobre lo  autoconservativo vital, cuando en verdad lo autoconservativo en el ser  humano es tan frágil que se vendría totalmente abajo si ese plano de  las necesidades vitales no estuviera a su vez sostenido por lo sexual,  que es lo que en verdad da nueva consistencia a la  autoconservación, de ahí que haya que hablar propiamente ‑como en definitiva sugería Freud al emplear para ello el término de “Anlehnung”‑  de un  apoyarse mutuo entre dos modos de funcionamiento (el sexual y el  vital).

Por eso resulta falsa esa imagen de auto‑suficiencia  autoconservadora que se encontraría en esa denominada “fase  simbiótica”, que sería como una manera de hacer más aceptable o menos contradictoria la noción freudiana de un “narcisismo primario”, al no ser éste planteado de esa manera como un estadio verdaderamente anobjetal, sino como una situación de ausencia de frontera psíquica en la relación con el objeto, con el cual se mantendría un mundo diádico cerrado sin diferenciación alguna.

Punto de vista éste que si ya, por un lado, es invalidado por todos los trabajos experimentales recientes sobre las capacidades precoces perceptivas e interactivas26, hasta hace poco no tenidas suficientemente en cuenta; por otro y por lo que respecta al psicoanálisis, desconoce enteramente la intrusión sexualizante de la madre o del adulto que cuida, lo cual hace imposible toda simbiosis en la relación humana, ya que para hablar de simbiosis (un término, por cierto, procedente de la biología animal, o  mejor, de la vegetal) se requiere no sólo la intervención de dos  elementos, sino de dos en un mismo plano o en un mismo orden  cualitativo, cosa que para nada sucede en la situación del recién nacido humano27, por entrar la madre en esa “diada” al mismo tiempo que con sus elementos de autoconservación con toda su erogeneidad en juego y, por consiguiente, con todos sus fantasmas, lo cual exige hablar con rigor de una relación de seducción o de implantación de lo pulsional y no de otra cosa.

Pero volviendo al problema de la relación entre lo autoconservativo y lo sexual pulsional, hay que decir que es precisamente esa problemática, si bien planteada en otros términos, la que aparece en lontananza a través de la segunda cuestión planteada también en el párrafo séptimo del texto, una cuestión («Si admitimos para el yo una investidura primaria con libido, ¿por qué seguiríamos forzados a separar una libido sexual de una energía no sexual de las pulsiones yoicas? ¿Acaso suponer una energía psíquica unitaria no ahorraría todas las dificultades que trae separar energía psíquica pulsional yoica y libido yoica, libido yoica y libido de objeto?») a cuya  contestación Freud va a dedicar, llamativamente, todos los párrafos restantes del capítulo I (cinco en concreto y los tres últimos de gran extensión). Lo que da idea, por un lado, de la importancia que reviste para Freud el tema y, por otro, de la dificultad que encuentra en abordarlo rigurosamente, como pone de manifiesto Lacan28, para quien  todo este final del capítulo I muestra la dificultad que Freud experimenta a la hora de defender la originalidad de la dinámica psicoanalítica  contra la disolución junguiana del problema, dado que éste (Jung)  sostiene la idea de una energía psíquica única: la del interés  psíquico general, que confunde en un solo registro lo que es del orden de la conservación del individuo y lo que es del orden de lo sexual pulsional.

Una dificultad que, ante todo, procede de la ya señalada infiltración de lo biológico29 en el pensamiento de Freud en momentos cruciales de su recorrido y que, en esta ocasión, se ve acrecentada al verse Freud acorralado por los envites de las objeciones junguianas, que –tal y como ha puesto de relieve M.Dayan30– remiten a tres razones distintas desde las cuales se fue estableciendo un acercamiento aparente entre la concepción de Freud y la concepción de Jung. Esas razones son –de un lado- la confusión entre los términos “libido” y “energía psíquica”, ya que para Freud no hay sino una libido; -por otro- al introducir el narcisismo el yo deviene equivalente a libido, con lo cual la libido se parecía a la “libido-energía” de Jung; y –por último- la libido desexualizada de Jung se asemejaba a la “conversión de la libido de objeto en narcisismo”. Pero, sin duda, el acercamiento entre las dos concepciones es propiciado por el hecho de que Freud sigue aferrándose al primer dualismo pulsional, a pesar de estar al mismo tiempo sobrepasándole radicalmente. Y es que Freud estaba excesivamente presionado y atrapado por la alternativa en la que Jung le colocaba: o bien la energía psíquica indiferenciada o bien el pansexualismo31. Alternativa dentro de la cual el resultado es más o menos el mismo, ya que en ninguna de las dos posiciones de esa alternativa hay algo que venga a oponerse de manera importante a una actividad libidinal polimorfa.

Por lo que respecta más directamente a nuestro texto, las objeciones de Jung insisten, especialmente, en “resignar” lo sexual haciendo “coincidir libido con interés psíquico general” (p.77) y en colocar de antemano o en el lugar primordial a la realidad (“no es concebible que la pérdida de la función normal de lo real pueda ser causada por el solo retiro de la libido”), según argumenta  Jung  ( p.77-78), sin cuestionar para nada el estatuto de la misma para el sujeto humano y las dificultades de acceso a esa realidad por parte del yo. A lo que Freud contraargumentará en estos términos: “toma la decisión de antemano y se ahorra la discusión, pues justamente debería investigarse si ello es posible y el modo en que lo es” (p.78).

Argumentos y objeciones que –por otra parte y por más que se diga lo contrario a veces‑, se repiten en posteriores envites acaecidos a lo largo de la historia del psicoanálisis, no sólo a través de planteamientos como los de la “Ego Psychology” o los de A.Freud, para quienes la autoconservación se define por sus relaciones con la realidad y no por sus relaciones con el campo de la psicosexualidad y ,de ese modo, el yo va a ser catalogado por sus caracteres de organismo presente desde el origen, un organismo tanto de adaptación biológica como social, lo que da un sujeto sumergido en  un conflicto cuyos polos son, de un lado, la autoconservación y, de otro, la realidad, desapareciendo así del campo del conflicto la psicosexualidad, que queda subsumida en/por la autoconservación32 . Sino también a través de un planteamiento como el lacaniano, que ‑por más  que su aportación al pensamiento psicoanalítico sea de un valor indudable, por haber puesto de  relieve que la constitución del ser humano debe concebirse en un mundo que no es neutro u objetivo sino cargado de significantes y de significaciones‑  no obstante, al insistir posteriormente y de manera tan unilateral en el aspecto de la exterioridad del lenguaje y en un  código desubjetivizado, etc., anula o al menos “resigna” la importancia de la psicosexualidad, que queda subsumida igualmente en otro factor más englobante, como es el discurso del Otro, además de imponer que el deseo infantil es el propio deseo de la madre, con lo cual se elimina la singularidad de la  estructura intrapsíquica y de lo pulsional del inconsciente.

Y ante el envite de Jung es cierto que Freud se tambalea, como lo muestran estos zigzagueantes párrafos finales del capítulo I, pero también es cierto que su reiterada insistencia (nada menos que cinco veces en tres párrafos) en el dualismo entre pulsiones del yo o de autoconservación y pulsiones sexuales parece indicar de algún modo (a través de ese  volver una y otra vez a algo ya establecido y bien conocido) que de ese planteamiento del dualismo pulsional tiene que irse despidiendo para poder situarse plenamente en el dominio de lo sexual y encarar el conflicto psíquico en su verdadero sitio (entre lo sexual parcial y lo sexual total), porque así lo exige el descubrimiento del narcisismo, consistente en  que las pulsiones de autoconservación o las funciones vitales y  relacionales son tomadas a su cargo por el yo o, más exactamente, por  el amor del yo. Con lo cual, la supervivencia o la autoconservación es  subsumida por el amor, por la pulsión sexual, y no tiene mayor sentido el seguir manteniendo la división pulsional anterior, dado que en esa división uno de los polos no es pulsional “stricto sensu”.

Ahora bien, como el conflicto psíquico ciertamente no se puede concebir sin un dualismo  pulsional y la nueva teoría de las pulsiones está aún sólo en ciernes,  la división entre libido del yo y libido de objeto33 va a ser el  testigo que recoja la antorcha del dualismo situándole, además, en el  propio campo libidinal o de la psicosexualidad, si bien todavía (pues tanto  la libido del yo como la libido objetal están ligadas o al yo o al  objeto en cuanto totalizados) no ha podido rescatar el carácter indomable de la sexualidad  originaria, es decir, en cuanto sexualidad anárquica o no ligada, que va a ser conceptualizado más tarde como pulsión de muerte. Y, en ese sentido, puede decirse que, aunque los argumentos le fallen, sin embargo Freud no ha perdido de vista lo fundamental. Dicho con otras palabras, su objeto de estudio no deja de guiarle, aún a pesar suyo o de sus diferentes atrapamientos que, a la luz de las discusiones con sus discípulos, aparecen con toda claridad.

Como conclusión de este capítulo I, puede señalarse, entonces, que a través de este cuestionamiento acerca de cómo todo lo autoconservativo y lo real está subvertido en el ser humano por lo psicosexual desde un inicio y, por tanto, acerca del origen del yo o del aparato intrapsíquico, en el cual desemboca lo que al comienzo del artículo se presentaba como una mera cuestión  de matiz entre distintas fases libidinales (un avance que se ha podido producir en este texto de Freud, así como  en otro muchos, por efecto de una andadura conceptual que no se  contenta con pensamientos meramente analógicos, sino que progresa a  través de relaciones de estructura entre los elementos), se perfila ya  en el horizonte el problema central de las relaciones del yo con el  objeto, que va ser abordado especialmente en el capítulo II y que en el  capítulo III se va a precisar en dirección de la estructuración interna de  ese yo, tal y como se va construyendo en sus relaciones con el otro o  con el objeto, encontrando así un movimiento que, en el texto, va  desde lo intrapsíquico (pues justamente el descubrimiento del narcisismo es un paso decisivo en el planteamiento de cómo lo intrapsíquico se constituye) a lo intersubjetivo, para  establecer así, a través de ese encuentro, una compleja dialéctica de lo intersubjetivo‑intrapsíquico, cuyo análisis resulta imprescindible en la metodología psicoanalítica para su diferenciación de otros campos.

Notas

Seminario impartido en la UAM en el marco del Programa de Doctorado “Fundamentos y desarrollos psicoanalíticos” desde el curso 1991-1992 y hasta el curso 2006-2007.

 Véase, por ejemplo, la hecha también en otro texto capital, como es Tres ensayos de teoría sexual, en donde tras analizar en el primero de ellos todo el material descriptivo referente a la inversión, se detiene para señalar (O.C., Amorrortu, v.VII, p.134)  que los datos aportados de manera directa o inmediata por el material no le bastan, él no se va a quedar ahí, sino que construye estableciendo enlaces entre elementos dispersos.

2 La frase freudiana, no obstante, es un tanto confusa, porque da el nombre de pulsión a la autoconservación, mezclando así sin distinción o delimitación clara lo autoconservativo con lo pulsional; y porque categoriza como “egoismo” la autoconservación.

3 Aunque, sin duda, está sobreentendida en la formulación hecha hace un instante al definir al narcisismo como «el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación», en donde ‑de un lado‑ estaría lo libidinoso (de orden pulsional) y ‑de otro‑ el interés o egoísmo propio de las pulsiones del yo (de orden autoconservativo).

4 Profesor de psiquiatría en la ciudad de Viena y del que Freud hace una crítica en su reseña de 1889 acerca de su libro sobre hipnotismo de August Forel, profesor a su vez de psiquiatría de Zurich

5 Que sin duda es clave para dar cuenta del conflicto psíquico, si bien éste  -como señalaré en breve- es a ser situado en el marco del doble modo de funcionamiento de la sexualidad pulsional y no en el enfrentamiento entre lo autoconservativo y lo sexual.

6  S.Freud‑C.G.Jung Correspondance II (1910-1914), p.220, carta del14‑XI‑1911.

7  Ibid., p.230, carta del 30‑XI‑1911.

8 Más tarde (1920) se desplazará esta posición del problema, cuando el yo sea planteado como objeto interno totalizado y como “para‑excitación” en sus relaciones con el traumatismo y, entonces, ya no importe que introversión y narcisismo sean equiparables, dada la  influencia de la libido sobre el interés por la realidad.

9 Cf. Nouvelle revue de Psychanalyse, nº13, p.38.

10 Así la denomina Freud en el texto mencionado de 1910. (O.C., Amorrortu, v.XI, p.211).

11 Es decir, falta la unión con ellos  o el amor a esos objetos y la razón estriba en que son unos objetos atacados constantemente y, por tanto, destruidos en su totalización.

12 O.C., Amorrortu, v.XVI, p. 378

13 Esto es, el de las pulsiones del yo o de autoconservación y las pulsiones sexuales.

14  S.Freud‑C.G.Jung Correspondance I, (1906-1909), p.133, carta del 27‑VIII‑1907. Puede consultarse también la carta de Freud del 3 de marzo de 1911, marcada por el contexto de la ruptura con Adler, en la que contrapone la diosa libido (ofendida por Adler) al yo, descrito como el estúpido Augusto del circo (Ibid., II, p.149).

15 «”Personalidad”, al igual que el concepto de “yo” de vuestro jefe [se refiere a Bleuler, profesor de psiquiatría en Zurich y director del hospital cantonal de Burghölzli, en el que Jung era jefe médico, mientras que Abraham al no ser suizo sólo pudo acceder a un puesto de ayudante y, por ello, tras siete años de permanencia en el mismo decide trasladarse e instalarse en Berlín] es una expresión poco determinada, que pertenece a la psicología de lo superficial», S.Freud-K.Abraham. Correspondance 1907-1926, p.20, carta del 21 de octubre de 1907.

16 Nouveaux fondements pour la psychanalyse“, p.70.

17 Lo cual, sin duda, se produce a la hora de extender el concepto de libido («Un tercer aporte de esa extensión legítima de la teoría de la libido», p.73 al inicio del sexto párrafo) para salir al paso de los planteamientos de Jung en torno a esa cuestión crucial. Habrá que volver sobre ello con más detención, pero ya puede verse –por una parte- un recular (en el sentido de tropezar) por parte de Freud ante ciertas dificultades, así como –por otra parte- se va a producir un golpe de timón genial, que llevará a cabo a ese propósito.

18 Como si fueran dos tipos de libido realmente opuestas, en el sentido de estar cada una en modos de funcionamiento diferentes y no dentro de una intricación dialéctica. Pero para evitar toda confusión hay que tener presente que, tal y como Freud los plantea ahí, son unos conceptos derivados simplemente de la antigua oposición entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales, distinción fundada sobre unos argumentos psicológicos y sobre todo biológicos, poco convincentes, como explicita M.Dayan  (Les relations au réel dans la psychose), de acuerdo con lo señalado por J.Laplanche en su obra La sublimation. Problématiques III, p.204-208.

19 O.C., Amorrortu, v.VII, p.202-203. El subrayado es añadido

20 En los orígenes del sujeto psíquico, p.122-123.

21 Planteado a raíz del fenómeno conocido ya por H.Wallon y otros    psicólogos, los cuales habían descrito que el niño entre los 6 y los 18 meses observa su imagen en el espejo y tiene una reacción de exaltación o de júbilo, que es interpretada como un reconocimiento del niño a modo de “ese soy yo”.

22  S.BLeichmar  En los orígenes del sujeto psíquico, p.190. Para toda esta cuestión de las relaciones entre el autoerotismo y el narcisismo pueden consultarse de esta misma obra las p.122-129.

23 Idea que Freud viene sosteniendo desde el Proyecto de psicología, en donde aparecía un yo, no a modo de un organismo preformado y presente desde el origen al servicio de la autoconservación adaptativa, sino como una organización defensiva a la vez agente y efecto de esa defensa, pero no solamente ante un estímulo externo (Reiz), sino sobre todo ante una excitación (Erregung) interna, lo que obligaba a la creación de una tópica compleja, que establezca las separaciones entre lo externo y lo interno,entre lo apaciguante y lo excitante, entre el orden vital y el orden pulsional, entre un proceso primario y un proceso secundario, etc. De ahí que el problema psíquico no esté en relación con la realidad exterior, respecto de la cual existe de entrada un acceso gracias a los montajes instintivos, si bien ese acceso al mundo exterior  -que se tiene en cuanto individuo viviente-  muy rápidamente va a ser tomado en sus manos por la sexualización impuesta por el adulto, que impone el adulto, de las funciones de autoconservación y, posteriormente, por el yo, que no sólo va a tomar a su cargo y dinamizar los mecanismos adaptativos del individuo biológico (tanto sean unos mecanismos presentes de entrada o aquellos que se desarrollan por maduración), sino que les va a aportar sus elementos de ligazón, intrínsecos a ese yo, pero que son adquiridos culturalmente a lo largo de su desarrollo, como por ejemplo esa lógica binaria (o fálico o castrado) correspondiente a la “teoría de la castración”.

24 Lo que implica, necesariamente y en contra de las tesis kleinianas, así como de algunas formulaciones imprecisas del propio Freud, que el inconsciente no está presente desde el origen, de modo que su carácter originario viene dado a raiz de su separación del sistema del yo, junto con el cual aparece.

25 Nouveaux fondements pour la psychanalyse, p.132.

26 Véase, por ejemplo, el artículo de J.Gortais «Le concept de symbiose en psychanalyse»,  en el que puede encontrarse tanto un detenido análisis del tema, como una amplísima bibliografía al respecto (Psa. Univ. 1987, 12, 46, p.201-257).

27 Situación que tampoco puede ser categorizada desde el marco de una relación de interacción, que sólo se produce en el plano de lo meramente autoconservativo y que desconoce la relación radicalmente asimétrica que caracteriza al encuentro-vínculo entre el sujeto adulto y el infante. Para un desarrollo más amplio de esta idea se puede consultar mi artículo: «La crisis actual de la práctica psicoanalítica permite re-pensar sus fundamentos metapsicológicos», Revista de Psicoanálisis de la APM, nº26, 1997, p.67-80.

28 Le Séminaire. Les écrits techniques de Freud, p.133.

29 Que en todos estos párrafos finales del capítulo I se va a presentar, insidiosamente, bajo sus tres modalidades: como origen, como modelo y como fundamento, según la precisión aportada por S.Bleichmar en su artículo: «Un point de relance», Psa.Univ., 1989, 14, 53, p.123-139.

30 Op.cit., p.143-144.

31 Sobre la cuestión del “pansexualismo” (una tendencia a considerar que todo es sexual, pero que antes de ser una aberración teórica a cuestionar es todo un movimiento de la propia realidad humana, que inviste lo psíquico en su conjunto por medio de motivaciones sexuales en gran parte inconscientes) merece la pena consultar la nota 1 del artículo freudiano de 1910 «La perturbación psicógena de la visión según el psicoanálisis» (O.C., Amorrortu, v.XI, p.211-212); así como las consideraciones aportadas por J.Laplanche en  Vie et mort en psychanalyse (p.36-40) y en La sublimation (sobre todo las p.27-30 y 203-215).

32 Cuando, como ya he señalado en repetidas ocasiones, la sexualidad es introducida o, mejor dicho, implantada subrepticiamente desde un principio por el adulto que cuida (que generalmente es la figura materna) y en todo momento en el que el infante parte activamente a la búsqueda de la satisfacción de la necesidad.

33 División entresacada o deducida de la precedente, tal y como Freud mismo lo explicita: «La separación de la libido en una que es propia del yo y una endosada a los objetos es la insoslayable prolongación de un primer supuesto que dividió pulsiones sexuales y pulsiones yoicas» (p.75). 

 

CAPÍTULO  I I

El segundo capítulo se va a iniciar con unas consideraciones de  orden metodológico. Freud comienza así: «Un estudio directo del narcisismo me parece bloqueado por dificultades particulares. La principal vía de acceso a él seguirá siendo el análisis de las parafrenias…De nuevo tendremos que colegir la simplicidad aparente de lo normal desde las desfiguraciones y exageraciones de lo patológico» (p.79, primer párrafo).

Se trata, efectivamente, de unas precisiones de alcance  metodológico, que una lectura ingenua y apresurada de la obra de Freud no suele tener en cuenta, pero que son fundamentales para seguir y entender la valía de la aportación freudiana y el progreso o el caminar de su reflexión.

La primera advertencia está referida al tipo o modo de acceso al terreno de lo pulsional, especificando que un estudio “directo” del narcisismo está “bloqueado por dificultades particulares”. Lo que se puede entender o bien como que el acceso directo está impedido en  este tema dadas sus peculiaridades, mientras que en otras temáticas del  psiquismo es posible un estudio directo; o bien como que, en este tema  del narcisismo, al impedimento general de un acceso directo a lo  psíquico se le añaden dificultades especiales.

La alternativa parece deshacerse en favor de la segunda opción, si nos fijamos atentamente tanto en la marcha de su propio discurso, como en los términos empleados, pues seguidamente señala que “la principal vía de acceso”: la clínica (en este caso concretamente,  “el análisis de las parafrenias”, o sea, de la dementia praecox y de la paranoia,  algo que, por cierto, Freud no lleva a cabo en este capítulo) nos va a  permitir realmente “inteligir la psicología del yo”, precisando a  continuación: “de  nuevo tendremos  que colegir”. Es decir, una vez  más1 nuestro camino es el de la conjetura, el del “colegir” o, como  dirá años más tarde, el de “la construcción”, pues lo pulsional no se  deja observar ni mostrar directamente, sólo lo conocemos ” a  posteriori”, se necesita inferir (de acuerdo, por otra parte, con la  propia constitución de lo intrapsíquico, que es una construcción en après-coup y no en desarrollo lineal evolutiva). De ahí que haya que pasar “desde las desfiguraciones  de lo patológico” a “la simplicidad aparente de lo normal”.

A este propósito puede señalarse, siguiendo la precisión aportada por J.Laplanche2, que la diferencia entre una observación psicoanalítica y una observación psicológica no está en que la psicoanalítica sea indirecta y la psicológica no, pues las dos son en realidad indirectas, dado que ninguna observación que se precie prescinde de las hipótesis, que se verifican solamente de manera indirecta. La diferencia está en que la observación psicoanalítica es doblemente indirecta: 1) como todo intento de saber o de conocer, y 2) porque su objeto es también indirecto, en la medida en que no se constituye a través de una evolución que, por muchos cambios y rupturas que tenga, se deja percibir, sino a través de momentos estructurantes que comportan siempre un funcionamiento en dos tiempos, ninguno de los cuales es perceptible, pues se trata de una temporalidad que se establece por “après-coup” tanto en la constitución del traumatismo como en la constitución de la represión.

Un paso que requiere ser llevado a cabo y no quedarse en la mitad  del camino o, lo que es lo mismo, en el plano de la psicopatología más  manifiesta, en el plano de lo meramente clínico o descriptivo, sin  establecer relaciones entre los contenidos temáticos confundiendoademás ese plano, el fenomenológico o clínico, con el estructural, que  exige  ‑como dice Freud‑  colegir, articular los elementos disueltos  de la clínica o de las diferentes fantasmáticas  concretas. A su vez este paso requiere trabajar con las desfiguraciones y exageraciones  de lo patológico, esto es, moverse desde lo clínico. Algo que  caracteriza el teorizar freudiano, siempre contenido por unos ejemplos  clínicos presentes en su mente, gracias a los cuales constituye una  contrastación con todo paso teórico y proporciona a su desarrollo  conceptual una seguridad que el libre deducir teórico no da, por más que en ocasiones importantes  -como ya he indicado a propósito del abandono de la teoría de la seducción- se vaya a quedar preso en el terreno pantanoso de lo patológico.

Pues bien, esta metodología es la que le va a permitir a Freud ir estableciendo articulaciones de lo temático (en este caso: la enfermedad orgánica, la hipocondría y la vida amorosa) y acceder así a la estructura de lo pulsional, y, en esta ocasión, del narcisismo.

Por otra parte, Freud habla de dificultades especiales en relación con el tema del narcisismo. Lo que, sin duda alguna, tiene que ver con su confrontación con Jung, en la que está en juego nada más y nada menos que su teoría de la libido, puesta en entredicho por Jung al no admitir éste que las psicosis tengan también, al igual que las neurosis, un origen libidinal y al reducir, en última instancia, lo sexual a algo completamente genérico e inespecífico.

En este sentido, podría decirse que Freud se encuentra especialmente “bloqueado” en este tema por razones de orden personal y a causa, sobre todo, de esa relación privilegiada que mantiene con Jung en su afán, tanto por obtener un reconocimiento exterior por parte de la comunidad  científica médico‑psiquiátrica y, de ese modo, salir del reducido círculo judío de Viena en el que estaba encerrado; como por asegurar la  posición y la continuidad de su obra4.

Sin embargo, son más bien razones de índole conceptual las que están  verdaderamente en juego y, por tanto, se trata de unas dificultades  inevitables e inherentes a ese golpe de timón genial que Freud ha realizado, ante el acorralamiento de Jung, extendiendo lo libidinal o lo sexual al campo del propio yo (entendido como organismo) y de las llamadas funciones vitales del individuo, que ya no pueden ser planteados por fuera de lo libidinal, como pretende Jung con el mecanismo de la pérdida de la  realidad (o de la función de lo real, según Janet). Y es que el riesgo  que corre todo concepto al ser extendido es justamente el perder  especificidad, perder valor o importancia y caer en la trampa de lo inespecífico, que es la que le tiende Jung  ‑siguiendo, por lo demás, en eso la corriente de Bleuler y de la psiquiatría oficial‑  a Freud al sustituir el concepto de libido por el de “interés psíquico general”.

Línea de pensamiento que, por cierto, fue suscitada por J.Laplanche cuando, al analizar el enfrentamiento entre Freud y Jung, señalaba5 que el trasfondo de la confrontación entre los dos ni es el que suele ser considerado generalmente ni es tampoco el que los propios protagonistas creen, en la medida en que el debate entre ellos es tanto manifiesto como latente, lo que no podía ser menos en el pensamiento psicoanalítico. Precisando a continuación que si bien la  discusión manifiesta gira en torno al monismo frente a un dualismo o en torno a una tendencia metafísica y religiosa (ligada al monismo  junguiano) frente a un materialismo de la pulsión en Freud, así como  ‑aunque esto de modo más profundo‑ en torno a una tendencia anagógica, o sea, una tendencia a la interpretación hacia lo superior y el futuro del sujeto, frente a una tendencia reductora o rebajante por parte de la interpretación freudiana; no obstante el nudo de la cuestión, el  verdadero envite, que no tiene por qué ser el único existente en este  debate tan central en la historia del psicoanálisis, está en mantener  simultáneamente lo que parece absolutamente contradictorio en su  descubrimiento, esto es, la ampliación ‑por un lado‑  de lo psicosexual  (abarcando a las necesidades vitales y, por consiguiente, al yo en  cuanto representación de las mismas) que ya no puede ser confundido en  absoluto con lo genital y con lo adulto y  ‑por otro‑  la especificidad de lo sexual dentro de esa extensión.

Ahora bien, conviene caer en la cuenta de que ese cuestionamiento de  la teoría de la libido, planteado a través de Jung, no va a dejar a  ésta incólume, pues al ser ampliada la libido va a poder ser diferenciarse en la misma una doble modalidad de funcionamiento con los correspondientes pasajes de la una a la otra, mientras que hasta ahora sólo había sido pensada bajo su carácter no ligado o desinvestido, es decir, excitante, parcial y sometido al proceso primario.

En  efecto, con el descubrimiento del narcisismo, que comporta la ampliación de  la libido hasta el ámbito del yo, lo libidinal va a quedar diferenciado entre libido investida, ligada por el yo o por el objeto, y libido desinvestida, no ligada o fragmentaria. Una diferenciación que, ciertamente, anticipa y abre camino a la división fundamental entre pulsión de vida y pulsión de muerte, que contrapone los elementos de ligazón en el psiquismo a aquellos que operan como desligazón y que, por tanto, insisten compulsivamente sin dejarse significar.

Con ello se abre, además la posibilidad no sólo de pensar los pasajes de una libido a otra y sus formas intermedias, sino también  -tal y como ha puntualizado con gran precisión S.Bleichmar- de «dar cuenta del modo de fundación de la represión originaria a partir de la instalación de contrainvestimientos de los representantes pulsionales que culminan en las representaciones totalizantes del narcisismo y en la instauración del yo» y de recuperar así «los movimientos fundantes de la represión y del inconciente»6.

Planteadas las cosas de este modo puede, entonces, decirse que el gran problema conceptual, que suscita el tener que llevar a cabo esa diferenciación–articulación en el funcionamiento de la libido, es lo que  -en último término- da origen a las “dificultades particulares” con las que se topa Freud al afrontar el tema del narcisismo. Un problema que Freud va a denominar “la distribución de la libido” (p.79, segundo párrafo) y por cuya cuestión va a estar fuertemente preocupado en una gran parte de este segundo capítulo.

Efectivamente, esta cuestión parece casi obsesionar a Freud y ante ello es necesario preguntarse: ¿qué se trae Freud entre manos con esa cuestión?, ¿a qué viene esa preocupación tan insistente?, ¿para qué sirve en verdad esa distribución?

Y bien, por un lado, puede decirse que esta preocupación por cómo  se reparte la libido entre libido del yo y libido de objeto ‑que es el  nuevo dualismo establecido en sustitución del dualismo entre pulsiones  de autoconservación o del yo y pulsiones sexuales‑ es una preocupación  que está al servicio de mantener a toda costa el valor central de lo  psicosexual en el psiquismo, a pesar de su extensión.

Algo que Freud va a poner a prueba por medio de unos ejemplos  clínicos: la enfermedad orgánica, la hipocondría y el enamoramiento, que en este capítulo (en el que vemos a Freud no diciéndonos qué es el  narcisismo, sino más bien investigando o abriendo caminos) son  presentados como las vías de acceso al narcisismo.

Ahora bien, en la enfermedad orgánica lo que aparece a primera vista  es lo contrario, o sea, la influencia de lo no‑sexual o de lo orgánico  en la libido, tal y como en definitiva lo planteaba Jung. Claro que,  según Freud, “una observación más precisa” (segundo párrafo de la p.79) permite ver que el sujeto,  al mismo tiempo que sufre, retira su libido de los objetos y esa  retracción libidinal hacia el yo es la que hace enfermar, como aparece  más claramente aún en la hipocondría.

Esta afección psíquica, si bien lo que se ve en un primer momento es que son las sensaciones corporales penosas las que tienen un efecto sobre la libido, muestra más que ninguna otra que la causa y el origen de la patología es un estancamiento o “estasis” de la libido en el yo (no en cuanto objeto total, sino en cuanto objeto no totalizado y parcial) y no una falta de la función de lo real (aparentemente más presente aquí por el hecho de  que el sufrimiento no está fundado en una alteración orgánica y el  fallo tendría que provenir de la relación con la función de lo real o  principio de la realidad, algo no obstante que Freud desmiente  poniéndose a buscar detalladamente  ‑de ahí el largo desarrollo sobre la hipocondría en este capítulo‑  una alteración en el orden de lo  sexual).

Un planteamiento que, de todos modos, resulta claramente  insuficiente, pues ese estancamiento libidinal en el yo es patológico, porque7 al no poder desinvestir al objeto (lo que sin embargo Freud cree posible, dada su concepción económica de la teoría de la libido) la investidura sobre el yo, que se ofrece como objeto no siéndolo en verdad, resulta falsa y la falsedad se hace más grande cuanto mayor es el retiro de libido sobre el yo, de ahí que uno “tenga  que empezar a amar para no caer enfermo”, como dice Freud (p.82, hacia el final del primer párrafo). Pero eso habla ya de una distribución de la libido no en términos de oposición estática, sino en términos de una interrelación, algo que Freud tiene mucha dificultad en ver precisamente a causa de la mencionada teoría económica de la libido.

En ese sentido, entonces y por otra parte, hay que señalar que la  preocupación por “la distribución de la libido”, aunque pueda servir  para tratar de establecer la especificidad de lo sexual dentro de su extensión, no obstante es una preocupación guiada y constreñida a la  vez por esa teoría económica de la libido, según la cual hay una  cantidad fija o constante de energía y, de ese modo, la libido o está  en el objeto (la llamada libido de objeto) o está en el yo (la llamada libido del yo) y en base a ese supuesto, de que la libido o está en un  lugar o está en otro, si hay libido de objeto la libido sólo está en el objeto y no puede estar en el yo, o bien viceversa.

Un esquema teórico en cuyas redes Freud está preso y desde el cual  se ve obligado a pensar y plantear los términos del conflicto únicamente en una relación de oposición o por pares de opuestos sin ninguna relación de intercambio, de conexión entre ellos, sin una interrelación o dialéctica. Lo que le impide sacar un auténtico partido del descubrimiento del narcisismo, que es ciertamente del orden de lo sexual, cuyo campo viene a extender aportando el aspecto de una sexualidad totalizada, que se contrapone pero a la vez se articula con la sexualidad parcial o fragmentaria, con la sexualidad autoerótica, que había sido la única dimensión de la sexualidad descubierta y planteada hasta ese momento en su obra.

De todos modos, es un horizonte al que Freud se ve obligado a  acceder  ‑de algún modo al menos‑, al llevar a cabo su estudio del  enamoramiento (que se va a mostrar como el camino más esclarecedor  para desentrañar el problema del narcisismo), pues, si bien se sigue  planteando en los términos indicados, la oposición entre libido objetal y libido del yo se va a concebir de manera menos tajante y, entonces, resulta que la elección de objeto no es sólo por apuntalamiento, lo cual abre el camino a una interrelación que va a permitir una dialéctica sumamente rica, clínicamente hablando.

Efectivamente, Freud va a distinguir aquí dos tipos de elección de  objeto que, si en un primer momento aparecen opuestos siguiendo la  polaridad masculino‑femenino, es decir, un tipo  ‑el de la elección  por apuntalamiento‑  se presenta como perteneciendo al varón y el otro  ‑el de la elección por narcisismo‑  como más propio de la mujer, sin  embargo no van a dejar de ser planteados de forma conjunta o, lo que  es lo mismo, en cuanto presentes de modo variable en cada sujeto, sea  varón o sea mujer.

Una interrelación que ya se abría paso desde la idea misma de  apuntalamiento, al ser planteado éste como un entrecruzamiento  pulsional y no a modo de un orden jerárquico, que establece  preeminencias y un sentido único, como sugiere el propio Freud en ese  párrafo de los Tres ensayos de teoría sexual, dedicado a las vías de la influencia recíproca: «todas las vías de conexión que llegan hasta la sexualidad desde otras funciones tienen que poderse transitar también en la dirección inversa»8.

Pues bien, esta articulación ‑que puede ir en un sentido o en otro‑  se va a mostrar de modo especial en la situación de enamoramiento, que  se engendra en una “sobrestimación sexual” (p.85, tercer párrafo), esto es, en una  confluencia de la representación de estima de tener derecho a ser amado con la representación de la  atracción sexual, dándose una “trasferencia de ese narcisismo sobre el  objeto sexual” (p.85 hacia el centro del tercer párrafo).

Luego queda claramente establecida la confluencia o articulación entre narcisismo y amor de objeto o, si se prefiere, entre elección de objeto narcisista y elección de objeto por apuntalamiento. Dos vías de elección de objeto, que constituyen la teoría de la elección de objeto (sin duda  -como subraya J.Laplanche9–  una de las aportaciones más fecundas de esta introducción del narcisismo) y que nos son ofrecidas o presentadas por Freud como dos tipos ideales en abstracto. Y por más que se deja suponer que una de ellas es más característica de la vida amorosa del hombre y la otra de la mujer, sin embargo representa en realidad dos posibilidades abiertas a todo ser humano, incluso si en cierto caso particular o en un momento dado una de ellas (bien sea la vía narcisista, bien sea la vía por apuntalamiento) es preferida. Lo cual indica que en toda elección de objeto real se da una intricación dialéctica entre ambos tipos de elección.

Eso, por otra parte, muestra un psiquismo  construyéndose no a modo de un orden jerárquico, que impone fundarse desde un antes a un después, sino a modo de un entrelazamiento de líneas de devenir, que se pueden superponer y apoyarse mutuamente, como corresponde a un sistema de representaciones, que se funda y se modula de acuerdo con un doble modo de funcionamiento, que es siempre  simultáneo, sincrónico y simbolizante, pero nunca  anterior el uno y posterior el otro.

Algo que este texto no deja de estar sugiriendo a través de sus múltiples y continuos pares de opuestos (autoerotismo‑narcisismo, narcisismo primario‑narcisismo secundario, libido del yo‑libido de  objeto, elección de objeto por apuntalamiento‑elección de objeto por  narcisismo, narcisismo primario‑amor de objeto, narcisismo originario‑  narcisismo parental, yo real‑yo ideal o ideal del yo, idealización‑  sublimación), que hay que leer  ‑por más que Freud no suelte amarras del todo y se confunda a veces‑  como una dialéctica entre polos inseparables, que dan cuenta del modo de estructuración y  funcionamiento del psiquismo o del orden intrapsíquico. Algo que, en último término, se  impone, si se quiere entender con cierto rigor esa compleja trama de  representaciones, de las que están compuestas las diferentes  estructuras psíquicas, que van a ser planteadas tanto en el final de  este capítulo II, como a lo largo de todo el capítulo III.

Para cumplir con esa (al menos implícita) sugerencia freudiana, tratemos ahora de seguir ahondando en el tema del narcisismo, viendo más en detalle en qué consiste para Freud  la elección  narcisista de objeto. Su texto expone lo siguiente: «se ama, según el tipo narcisista, a lo que uno mismo es (a sí mismo), a lo que uno mismo fue, a lo que uno querría ser, y a la persona que fue una parte del sí‑mismo propio» (p.87).

Según esa descripción freudiana, el elemento constitutivo de la elección narcisista de  objeto es que cualquier relación, que se establezca con alguien, tenga  que ser a imagen y semejanza de una representación idealizada que el  sujeto cree ser, cree haber sido, cree que podría ser o cree que lo tiene,  porque en otros tiempos fue parte de uno. Con esto último Freud se  está refiriendo a la madre que idealiza a su hijo. Pero, de todos  modos, en las cuatro situaciones el objeto elegido lo es a imagen y  semejanza del yo que elige y, por consiguiente, lo que caracteriza esa  elección narcisista es que sea hecha a imagen y semejanza de uno, si bien  -como se verá más adelante- la imagen de uno mismo no se obtiene desde sí, sino por intermedio e implantación desde el otro significativo.

Ahora bien, cuando Freud poco antes en este mismo texto daba cuenta de la elección  narcisista de objeto, llevada a cabo por parte de la mujer, había  dejado caer otra característica, que ahora no recoge en su resumen, y  que era descrita así: «Su necesidad no se sacia amando, sino siendo amadas, y se prendan del hombre que les colma esa necesidad» (al inicio de la p.86).  Es decir, para Freud (que una vez más dicotomiza sin dialéctica alguna) las mujeres10 eligen como objeto sexual a los que las aman, a  aquellos que las superestiman y las convierten en su ideal. Con lo  cual ahí la elección narcisista no se hace sobre la base de que el  objeto sea elegido a imagen y semejanza del sujeto, sino bajo la  condición de que el otro ame o satisfaga la autoestima del sujeto.

Tenemos, entonces, que en Freud la elección narcisista de objeto  abarca tanto la elección que se ha realizado a imagen y semejanza del  yo, como la que se ha realizado para aumentar la autoestima o sentirse  amado, reconocido, valorado, etc. Con lo cual se articulan ‑como señala H.Bleichmar‑  dos categorías, pues  «por un lado está la relación de semejanza   o diferencia que existe entre el yo y el objeto, y por otro la   vivencia de perfección, de omnipotencia, en última instancia de autoestima satisfecha»11. Una diferencia que es, sin duda,  importante para la clínica, en donde pueden encontrarse esas dos  categorías de modo bien separado, así como repartidas en modalidades diversas tanto entre los hombres como entre las mujeres.

Y ya por último, con respecto a este tema de la elección narcisista  de objeto, creo que no está de más puntualizar algo sobre la expresión  “sí mismo”, que Freud utiliza dos veces a la hora de exponer  sucintamente lo que caracteriza a esa elección narcisista, y es que el  “sí mismo” suele estar pensado desde la vivencia que el individuo  tiene de sí, pero eso se presta a toda clase de equívocos, ya que lo  que se toma como imagen de sí es la representación de otro y, en ese  sentido, el sí mismo es un efecto de ilusión. Algo que, no obstante,  va a quedar planteado  ‑al menos de modo implícito, claro está‑  en el  último párrafo de este segundo capítulo, en el que Freud aborda la  relación entre narcisismo primario y narcisismo parental.

Efectivamente, al terminar el capítulo II, Freud articula por primera vez  y de forma explícita el narcisismo primario con el narcisismo de los  padres. Articulación que es muy importante, porque introduce el  espacio del vínculo intersubjetivo en la constitución de toda  subjetividad, al mismo tiempo que da cuenta del recubrimiento  imaginario  ‑procedente del otro‑  en todo narcisismo.

Esa propuesta, además, es clave en el tan debatido tema del  narcisismo primario, que ya en los inicios del largo párrafo final12 va a  recibir las siguientes precisiones: a) se trata de un supuesto, es  decir, algo fundamentalmente hipotético; b) que funciona como una  premisa de la teoría económica de la libido y, por consiguiente, está  sujeto a las delimitaciones que ésta impone; y c) que no se puede  observar, sino sólo inferir, con lo que de nuevo la observación  directa no ofrece ninguna ayuda en este terreno de lo intrapsíquico y sólo  cabe inferir “retrospectivamente” o, lo que es lo mismo, de modo  resignificativo, como corresponde a un dominio, el de las  representaciones, cuyas estructuras se forman por procesos de  resignificación y no por momentos evolutivos observables. Y a  continuación Freud explicita claramente cuál es el origen de ese  supuesto hipotético: «Si consideramos la actitud de padres tiernos hacia sus hijos habremos de discernirla como renacimiento y reproducción del narcisismo propio, ha mucho tiempo abandonado» (p.87).

Luego el verdadero fundamento del narcisismo primario es el propio narcisismo de los padres y, de esa manera, el posible debate sobre el concepto de narcisismo primario queda ya enmarcado dentro de unos  límites bien precisos, que para nada exige el recurso al terreno  extraclínico y resbaladizo de lo mítico.

Ciertamente aquí se puede decir que  Freud ha llegado a lo que él llamaba al comienzo de este capítulo “la simplicidad aparente de lo normal” desde el camino de lo patológico,  que en este caso fue el mecanismo del retiro del mundo llevado a cabo  por el esquizofrénico13 y cuyo planteamiento era el siguiente: dado que  se constata en la clínica de la psicosis un desplazamiento de la  libido objetal hacia la libido yoica (y no hacía un objeto interno, que es como se produce en el neurótico), hay que suponer un narcisismo  primario, o sea, hay que suponer un lugar de concentración de la libido que permita dirigirla a un lado o a otro, según las circunstancias apremien. Pero el desarrollo estaba viciado en un punto, aquel en el que incidía la teoría económica de la libido, que obligaba a pensar las cosas de ese modo y no de otro. Y, en ese sentido, el concepto de narcisismo primario, si bien era un supuesto inferido a raíz de un hecho clínico, al mismo tiempo era un supuesto  obligado por la teoría de la cantidad constante de energía; mientras  que ahora  (en este último planteamiento de Freud) el supuesto tiene  una consistencia, que no parece viciada por ningún “a priori” más o  menos oculto.

Ahora bien, conviene no perder de vista que si el narcisismo primario tiene como fundamento el narcisismo parental, entonces ciertas formulaciones de Freud, como  aquella del capítulo I: «Nos formamos así la imagen de una originaria investidura libidinal del yo, cedida después a los objetos» (hacia el centro del tercer párrafo de la p.73), ya no pueden ser entendidas o leídas en el sentido de que la libido ha sido creada en el yo por una especie de proceso intrínseco a él, sino  que viniendo desde el otro, que es quien primero narcisiza o inviste de modo totalizado al sujeto, deja a éste revestido con una carga de amor narcisista,  que luego puede ser volcada hacia los objetos capaces de activar ese amor. De este modo, en el psiquismo no cabe hablar de un narcisismo  primario anobjetal, que sería algo puramente biológico, que se  originaría dentro del individuo y de ahí partiría a los objetos, ya  que el narcisismo se instaura de entrada a través de la relación con  los padres o con los personajes significativos de la infancia.

El narcisismo, por tanto, comporta una relación entre una  investidura yoica y una investidura parental, sin la cual  ‑por lo  demás‑  la investidura yoica o de sí mismo no se puede sostener, ya  que no hay un sujeto psíquico  que preexista a la relación con los  padres, pues es en el contacto con esos padres, en el vínculo pulsional (amoroso y hostil) para con ellos, que el sujeto se estructura de una manera históricamente determinada.

Por eso, cuando se dice por parte de Freud que el narcisismo del niño es el narcisismo  de los padres no solamente se significa con ello que los  padres satisfacen su propio anhelo de estima supervalorando al  hijo, que es su producto, sino también que la vivencia del narcisismo  satisfecho del niño tiene su origen en los padres.

Y es que para Freud: «la sobrestimación… gobierna… este vínculo afectivo» (p.87 hacia el final). Una sobrestimación que va a imponer «una compulsión a atribuir al niño toda clase de perfecciones… y a encubrir y olvidar todos sus defectos» (p.87‑88). Está presente aquí, por tanto, una  actitud de fascinación similar a la ya encontrada a propósito del  enamoramiento, en donde el enamorado convierte a la persona amada en  alguien que está más allá de cualquier examen crítico; o similar a  aquella que señalaba (casi al comienzo del capítulo I) Freud cuando decía, hablando de los niños y de los pueblos primitivos, que «En estos últimos hallamos rasgos que… podrían imputarse al delirio de grandeza: una sobreestimación del poder  de sus deseos» (tercer párrafo de la p.73).

Lo cual parece indicar que tanto la sobreestimación de la persona amada por el enamorado, como la  sobreestimación del poder del deseo (presente no ya sólo -como afirma Freud- en los niños o en los pueblos primitivos, sino hasta en los  pueblos más civilizados y, en definitiva, en todo sujeto, en quien no dejan de estar siempre presentes a nivel inconsciente creencias de ese tipo,  como es ésta de la omnipotencia del poder de los deseos, que supone  que basta desear algo para que ese algo se realice, tal y como aparece en el caso clínico de Freud “El hombre de las  ratas” y en la clínica diaria), tienen su origen y fundamento en esta sobreestimación  parental.

Una sobreestimación que, por otro lado, está caracterizada  ‑según  Freud‑  por la incondicionalidad más completa, puesto que atribuye al  sujeto infantil “toda clase de perfecciones” y encubre “todos los  defectos”, es decir que al ser mirado el niño de esta manera no se  aplican valores externos de medición, sino que pasa a constituir el  modelo por el que queda definida la perfección. De ahí que Freud  llegue a expresarse en los siguientes términos: «Enfermedad, muerte, renuncia al goce, restricción de la voluntad propia no han de tener vigencia para el niño, las leyes de la naturaleza y de la sociedad han de cesar ante él, y realmente debe ser de nuevo el centro y el núcleo de la creación. “His Majesty the Baby”, como una vez nos creímos. Debe cumplir los sueños, los irrealizados deseos de sus padres, el varón será un gran hombre y un héroe en lugar del padre, y la niña se casará   con un príncipe como tardía recompensa para la madre» (p.88).

Eso significa que, además del problema de la psicogénesis ya señalado (en el sentido de que el origen o fundamento tanto del narcisismo primario, como de toda sobrestimación, está en el narcisismo  parental), aquí está en juego todo un discurso de tipo totalizante o  un modelo de funcionamiento en el que se adjudica a alguien todo lo  bueno en forma absoluta, algo que quedará especialmente precisado a la  hora de dar cuenta de esa estructura del “yo ideal”, planteado por  Freud ‑en el tercer y siguiente capítulo‑  como el sustituto del  narcisismo infantil.

Y, en consecuencia, al prevalecer en todo ello una dimensión claramente parcial tanto en relación con uno mismo como en relación con el objeto, por más que para Freud se trate o sea una dimensión del narcisismo, esa sobreestimación ha de ser situada del lado del autoerotismo que no ha quedado reprimido-sublimado o integrado por la totalización narcisista. Aspecto que, por otra parte, proporcionará una base para la llamada sin más precisión “psicopatología narcisista”, con cuya expresión se da a entender –aunque no se lo pretenda-  que en el narcisismo o en su constitución hay un fundamento patológico, cuando eso sucede en realidad o bien en el caso de su ausencia (véase la no constitución del yo en las situaciones psicóticas) o bien en los casos de una insuficiente o de una excesiva y rígida totalización (que encontramos en las diferentes manifestaciones perversas y neuróticas).

En continuidad con lo que acabo de exponer, y ya por último respecto de este capítulo II, quizá sea oportuno señalar que el narcisismo primario, entendido como efecto del narcisismo parental y no como un narcisismo anobjetal o primigenio desde el propio sujeto, es capital para entender la estructuración del psiquismo, porque allí donde falta no se puede llevar a cabo  -como puso de relieve P. Aulaguier14– una identificación con la imagen especular idealizada y eso impide el paso del autoerotismo al narcisismo, ya que es precisamente sobre esa imagen idealizada sobre la que se tiene que apoyar el sujeto para desinvestir progresivamente sus objetos parciales en provecho de una imagen unificada de sí mismo, así como para poder amar al otro en cuanto otro o distinto en su conjunto. Falta que está presente al menos en todo psicótico a raíz y como consecuencia de no haber recibido del otro adulto una imagen de sí en cuanto entero, distinto, separado e independiente, sino bien al contrario una imagen de cuerpo fragmentado o cuerpo trozo de la madre.

Algo que Freud para nada contempla en su vertiente, ya cuestionada, de un narcisismo fuente de sobreestimación, de omnipotencia, de perfección y, en definitiva, de satisfacción y de placer. Una vertiente a todas luces unilateral no sólo por lo ya señalado con anterioridad, sino por dejar en la oscuridad este otro aspecto estrechamente relacionado. Es cierto, sin embargo o al menos podría contraargumentarse, que éste es sólo un momento de su pensamiento15, pero no hay que olvidar que lo mismo le sucedió a la hora de dar cuenta de la seducción materna, de la que sólo tomó en consideración el lado apaciguante de los cuidados maternos y dejó en el olvido su exceso sexualizante, a través del cual queda implantado lo pulsional en el sujeto infantil.

No obstante y para no confundirse, es importante tener en cuenta que aquí no es que deje de lado un aspecto “traumatizante” del narcisismo, que para nada está en juego en ese movimiento o en esa “nueva acción psíquica” de constitución del yo y/o de totalización del objeto, sino que deja de lado o no contempla toda una dimensión capital, como es la de su posible no constitución o la de su insuficiente constitución (con las consecuencias clínicas correspondientes) en determinadas circunstancias singulares.

Notas

Seminario impartido en la UAM en el marco del Programa de Doctorado “Fundamentos y desarrollos psicoanalíticos” desde el curso 1991-1992 y hasta el curso 2006-2007.

1 En la misma línea se va a expresar ‑indicando con ello que para él no ofrece dudas que ése es el camino del psicoanálisis‑ en un trabajo contemporáneo de nuestro texto, que lleva por  título, “El Moisés de Miguel Ángel” (artículo escrito en el otoño de 1913, precisamente cuando Freud ha completado el primer borrador de Introducción del narcisismo).Dice así: «la técnica del psicoanálisis … suele colegir lo secreto y escondido desde unos rasgos menospreciados o no advertidos, desde la escoria de la observación». (O.C., Amorrortu, v.XIII, p.227. El subrayado es añadido).

2 Cf. Nouveaux fondements pour la psychanalyse, p.87.

3 Cosa que sucede con frecuencia en muchos trabajos. Véase, por ejemplo, al respecto tanto las recensiones de E.Pulver (1970) y B.E.Moore(1975) sobre el concepto de narcisismo, así como la obra ya citada de A.Green  Narcissisme de vie, Narcissisme de mort (1983).

4  Este es el parecer, por ejemplo, de Van der Leeuw, para quien el principal objetivo de la relación, así como de la correspondencia de Freud con Jung y  con sus colaboradores en general, era la necesidad que tenía Freud, tras toda una época de aislamiento extremo, de preservar la continuidad de la obra, de tal modo que el interés de «la Causa» era su máxima preocupación y su «leit‑motiv» por excelencia. (Cf. «L’impact de la correspondance Freud-Jung sur l’histoire des idées», Rev.  Française de Psychanalyse, XLI, 3, p.439-463).

5  La sublimation. Problematiques III, p.207‑208.

6   La fundación de lo inconciente. Destinos de pulsión, destinos del sujeto, p.20 y 58 respectivamente.

7  Además de esta razón que se expone por estar más engarzada en el hilo o la lógica del desarrollo llevado a cabo, me parece conveniente subrayar a este propósito que la concepción de Freud sobre  la  hipocondría es abiertamente insostenible, no sólo  porque   ‑como ya  P.Federn defendía en 1927‑  el retiro de la libido objetal resulta de una pérdida parcial del investimiento yoico y no de un acrecentamiento narcisista “stricto sensu”, sino también porque no se trata de una neurosis actual o sin representación simbólica  ‑como sostenía Freud‑, habiéndose ya puesto de manifiesto que es una estructura representacional que obedece a conflictos  inconscientes y que se da en ella toda una formación de compromiso (Cf. H.Bleichmar Angustia y Fantasma, p.181‑224). Claro que también hay que tener en cuenta que, al  volver Freud al problema de la hipocondría precisamente en el marco del narcisismo, por más que él no modifique su posición de base, sin embargo está abriendo una puerta de salida al tema, en el sentido de que el hipocondríaco sufriría de angustia de fragmentación o de “alteraciones de órgano” -según Freud (p.80)- a raíz y en relación con una deficiente unificación narcisista, pues no puede uno verse fragmentado sino desde la unidad que proporciona el narcisismo. Con lo que, por otro lado, se plantea un  continuum dialéctico entre autoerotismo o fragmentación pulsional y narcisismo, que  -a mi juicio- es muy esclarecedor para la clínica, pero sin que eso tenga que llevar a hacerlos equivalentes, como aparece en tantos planteamientos clínicos acerca de la llamada «patología del narcisismo».

8  O.C., Amorrortu, v.VII, p.187.

9  Para toda esta cuestión puede consultarse Vida y muerte en psicoanálisis, p.116-122.

10  Conviene, además, tener muy en cuenta que la elección femenina presentada por Freud en este texto está en concordancia o en línea directa con su teoría oficial de la feminidad, esto es, aquella que hace de la feminidad algo tardío y secundario. Una teoría que se opone a otra, también presente en Freud si bien no como una teoría articulada, que plantea la feminidad como algo originario o como lo reprimido por excelencia -según se lo manifestaba ya a W.Fliess en 1987 (Cf. Manuscrito M, anexo a la carta 63 del 25 de Mayo de 1987, O.C.  Amorrortu, v.I, p.292)-  y que no se deja reducir a la lógica fálica (cuya organización conlleva la represión de la feminidad, la reducción de la alteridad femenina), tal y como aparece en Pegan a un niño y en  El problema económico del masoquismo. Puede consultarse a este respecto los trabajos de J.André en «La sexualité feminine, retour aux sources» y  «Y a-t-il une théorie fréudienne  de la feminité?» en PSA.Univ., 16, 62,1991, p.5-49 y 17, 62, p.149-162 respectivamente.

11  La depresión: un estudio psicoanalítico, p.40.

12 «El narcisismo primario que suponemos en el niño, y que contiene una de las premisas de nuestras teorías sobre la libido, es más difícil de asir por observación directa que de comprobar  mediante una inferencia retrospectiva hecha desde otro punto» (p.87).

13 Ya P.Federn en 1927 lo señaló con estas palabras: «Cuando reflexionamos y consideramos el milagro de la construcción del yo por la libido, tenemos que admirar la grandeza de la idea de Freud que le hizo inferir la existencia del narcisismo del retiro del mundo del esquizofrénico» («Le narcissisme dans la structure du moi» en La  psychologie du moi et les psychoses, PUF, 1979, p.53).

14 “Remarques sur la structure psychotique”, La psychanalyse, vol.8, p-47-67.

15 De hecho, nada más iniciar el capítulo III matizará lo siguiente: «Las perturbaciones a que está expuesto el narcisismo originario del niño, las reacciones con que se defiende de ellas y las vías por las cuales es esforzado al hacerlo, he ahí unos temas que yo querría dejar en suspenso como un importante material todavía a la espera de ser trabajado» (al comienzo del primer párrafo de la p.89).

 

CAPITULO  III 

Así como en el capítulo II la discusión con Jung no dejaba de estar  merodeando y guiaba, bajo una especie de trasfondo, muchos de los asertos de Freud, ahora en este cap.III va a ser la polémica con Adler la que no deje de estar en el horizonte y la que le haga avanzar su  pensamiento acerca del narcisismo, por más que en algún momento la pasión del debate le haga hacer alguna afirmación1, de la que tendrá que desdecirse años después, porque entra abiertamente en  contradicción con su teoría. Veámoslo en detalle.

Nada más iniciar el capítulo, Freud comienza planteando una articulación trascendental, la del complejo de castración con el narcisismo, no sólo porque es traído aquí el tema del complejo de castración y va a insistir de manera especial en esa relación al criticar el concepto adleriano de “protesta masculina”2, sino porque al definir el complejo de castración como «angustia por el pene en el varón, envidia del pene en la niña» (p.89 hacia el centro del primer párrafo), ya está señalando  ‑aunque Freud mismo no lo explicite más‑  que lo que está en juego es algo grandemente estimado o idealizado, o sea, algo a lo que se otorga una máxima valoración por parte del sujeto. Pues si se tratara simplemente de la pérdida de algo perteneciente sólo al orden de lo real, como es  el órgano anatómico del aparato genital masculino: el pene, Freud  hubiera caracterizado al complejo de castración con la única  formulación de “angustia por el pene en el varón”, mientras que su definición contiene otro elemento: “envidia del pene en la niña”, lo que cambia por entero el sentido, abriendo el horizonte a todo el campo de la valoración y, por consiguiente, vinculándolo directamente a la problemática narcisista, en la que la autoestima en más o en menos es algo capital.

Precisamente esta perspectiva del pene en cuanto atributo desde el que se establece la valoración (perspectiva que pertenece a la experiencia del inconsciente y que corresponde a una de las teorías sexuales, infantiles, en cuya producción la dialéctica autoerotismo-narcisismo interviene de manera fundamental) es la que pierde de vista totalmente A.Adler, al construir una teoría entera y exclusivamente centrada3 en aspectos “superiores del psiquismo”. Teoría que como la del sentimiento  consciente de inferioridad de los niños respecto de los adultos (estando asociado de manera falaz lo femenino a lo inferior y de ahí el nombre de “protesta masculina”) es de orden más conductual o superficial y que desconoce la aportación central del narcisismo en el complejo de castración y, por ende, en toda neurosis.

Y a este respecto (me refiero a la articulación entre complejo de castración y narcisismo) conviene señalar que la frase de Freud “angustia por el pene en el varón, envidia del pene en la niña” procede o es a ser enmarcada dentro de su teoría oficial y predominante acerca de la sexualidad femenina. Una teoría que está planteada sobre la base de un endogenismo de la pulsión sexual y no sobre la base de una constitución exógena de la pulsión. Lo cual cambia radicalmente las cosas, pues si la sexualidad humana no se constituye exógenamente o, lo que es lo mismo, no es efecto de la intromisión seductora por parte de la sexualidad inconsciente del adulto o de la implantación de lo pulsional por el otro adulto que cuida, se comprende la defensa a ultranza del descubrimiento tardío de la vagina por parte de la niña (y, en consecuencia, la masculinidad originaria de la niña pequeña, junto con la primacía del falo), ya que si no está en juego la fantasmática penetradora del otro adulto, la vagina no podrá tener una representación inconsciente, a no ser que pretendamos (lo que, por cierto, no deja de seguir haciéndose una y otra vez) volver a una sexualidad anatomo-fisiológica.

En ese sentido puede decirse que la versión freudiana de la envidia del pene –tal y como se nos presenta en este texto- no sólo adolece de unilateralidad al insistir únicamente en el pene, sino que además está atravesada por una gran dificultad de orden intrapsíquico, como es la del pasaje de la envidia del pene al deseo del niño-falo, esto es, el pasaje de un pene externo a la investidura de un cuerpo interno.

Efectivamente, en el centro de esa teorización está el famoso doble cambio: el de objeto (de la madre al padre) y el de zona erógena (del clítoris a la vagina), al que estaría convocada la niña. Pero si, tal y como Freud lo sostiene, el cambio de objeto es un asunto de la infancia y el de zona es correspondiente a la adolescencia, ¿cómo pensar la necesidad que supuestamente los articula?

Resulta que Freud sostiene la tesis de una debilidad del superyó femenino (tesis que está claramente en contra de los datos aportados por el trabajo clínico), pero luego no sostiene en consecuencia que la angustia en su caso sería mucho menor.

En definitiva, su tesis oficial conduce al planteamiento psicoanalítico a unas dificultades enormes, como la de que la vagina (que es la zona organizadora de la sexualidad femenina adulta) se quede sin anclaje alguno en la infancia, con todo lo que eso comporta de dificultad para poder concebir la frecuente represión de la sexualidad vaginal, para poder explicar la frigidez, etc. Y es que si lo sexual-vaginal escapara a la infancia, resulta que viene puesto en cuestión el enraizamiento de toda la vida psíquica de la mujer en lo infantil, tal y como exige la constitución de su aparato psíquico.

Unos cuestionamientos que han sido suscitados a raíz y como profundización de la teoría de la seducción originaria, propuesta por J.Laplanche, la cual no se ha conformado con criticar y poner al descubierto las deficiencias de la teoría falocéntrica de Freud, sino que ha indagado las bases conceptuales en las que esa teoría estaba sustentada, abriendo de ese modo un camino que permite no sólo afrontar las dificultades de la tesis oficial de Freud, sino también dar cuenta de una génesis y de un devenir específicamente psíquico de la erogeneidad vaginal precoz4.

Pero,volviendo a seguir el hilo de la trama discursiva de Freud en este  texto, es importante preguntarse cómo adquiere el pene esa posición de  privilegio, ese carácter de atributo de valoración, esto es, si lo  adquiere de por sí, de forma natural o tiene que venir de algún lado.  La respuesta, en primer lugar, está ya dada por la propia definición  del complejo de castración, que  ‑como se señalaba antes‑  se asienta  sobre una doble caracterización: temor o angustia de perder el pene y  envidia del pene, lo que indica que no es el pene por sí mismo o en cuanto órgano real anatómico, sino  por la posición que determina su posesión o su falta, es decir, por su significación simbólica o, en palabras de Freud,  porque le coloca al sujeto en la posición de fálico o castrado, o sea,  de valorado o desvalorizado. Lo que sitúa las cosas, ciertamente,  dentro de la perspectiva del narcisismo y, más concretamente, remite a  un orden de creencias, a una teoría (véase las llamadas por Freud  “teorías sexuales infantiles”) o, lo que es lo mismo, a todo un  discurso, desde el cual el sujeto (la representación del pene, en este  caso) es valorizado o no.

Pero, en segundo lugar y sobre todo, la respuesta va a ser dada  ‑de  manera muy esclarecedora‑  al introducir Freud aquí mismo el concepto  de ideal, la idealización, a partir de cuyo planteamiento puede verse cómo el deseo sexual va a  satisfacerse de manera especial por esta vía de la valoración o del ideal, que va a convertirse en la verdadera unidad de medida.

No es de extrañar, entonces, que Freud afirme que el ideal es “la  condición de la represión” (al final del último párrafo de la p.90), pues las representaciones sexuales  van a ser reprimidas precisamente por entrar en conflicto con otras representaciones psíquicas, que son “las representaciones culturales y  éticas del individuo”(cerca del inicio del último párrafo de la p.90).

Y, en ese sentido, el ideal es condición de la represión y no al revés, en la medida en que el ideal  ‑que en sí mismo no deja de ser una abstracción y una especie de noción genérica que da cuenta, al mismo tiempo que procede, del orden cultural en cuanto tal‑  se ha erigido en una auténtica “formación de ideal(«idealbildung»)”, es decir, en una construcción o estructura de naturaleza intrapsíquica,  que lleva al yo a reprimir todo aquello que no está en conformidad con la estima idealizada de sí mismo y que el sujeto constituye a lo largo de todo un proceso, que Freud pasa a precisar a continuación.

En efecto, Freud trata de analizar ahora en qué consiste ese ideal, o mejor, esa “formación de ideal” y comienza formulando lo siguiente: «uno ha erigido en el interior de sí un ideal por el cual mide su yo actual» (hacia el final del último párrafo de la p.90). Una expresión que,  ‑al igual  que pasaba con la del “sí‑mismo” en el capítulo anterior‑  merece un cierto comentario crítico, porque al hablar así Freud, sin otra  precisión, denota una cierta ingenuidad (de orden empirista) por su parte, pues es como si ese “yo actual” o “yo real” fuera verdaderamente la realidad del  sujeto y no una representación imaginaria del mismo.

Ahora bien, lo que hace el sujeto es comparar una idealidad, que es una  representación imaginaria, con otra representación también imaginaria, que ilusoriamente se ve como representando al sujeto, en cuanto real o actual. Representaciones que, a su vez, devienen intrapsíquicas o –según la expresión de Freud- “se erigen en el interior de sí” gracias o por medio de todo un proceso de metabolización de lo implantado o de lo procedente del otro significativo y, por consiguiente, no se construyen desde o a partir de sí mismos.

Ahora bien, al incluir esa representación de sí una escala de  valores, resulta que  ‑como en toda escala‑  existen puntos que son  los de máximo valor y ésos, o sea, los que están en el extremo de la  máxima valoración son los que configuran un “yo ideal”, que Freud va a  relacionar directamente con el objeto de amor: «Y sobre este yo ideal   recae ahora el amor de sí mismo de que en la infancia gozó el yo real» (al comienzo de la p.91), significando de ese modo que, así como con el objeto de  amor se mantiene un vínculo, así también sucede con el yo ideal5.

Lo que indica que el psiquismo mantiene con esa representación del yo ideal relaciones  (véase, por ejemplo, de amor o de rivalidad), como las que mantiene con el objeto de elección sexual. Unas  relaciones que permiten ver que, así como en el vínculo con el objeto de amor el objeto sexual es tomado en  su totalidad, así también para que haya un yo ideal se tiene que haber  pasado del examen del rasgo a la persona total (algo que no se produce realmente en el psicótico, como señalaba con gran precisión P.Aulagnier en su artículo ya mencionado de la antigua revista La psychanalyse nº8), pues ya vimos en el  primer capítulo que para que existiera narcisismo era necesario que el  yo se forme como unidad, es decir, que surja una representación en la  que el sujeto se vea unificado como un todo. Y es que el yo es una  representación del sujeto que le hace verse unificado y al adjetivar a ese yo con el término de ideal, eso conlleva que el yo pasa a ser considerado modelo de perfección en su globalidad. De ahí que Freud  afirme, al igual que lo hiciera al final del capítulo II, lo siguiente: «El narcisismo aparece desplazado a este nuevo yo ideal que, como el   infantil, se encuentra en posesión de todas las perfecciones   valiosas» (segunda frase de la p.91, si bien el subrayado es añadido).

Pero con ello Freud pasa propiamente de la imagen ya formada o del yo ideal, considerado como una representación que se tiene de sí  mismo, al estudio de las reglas que presiden su formación. Es decir, deja de analizar simplemente el yo ideal o ideal del yo (expresiones que Freud utiliza de manera indistinta) como representaciones en sí mismas y se adentra en las propiedades del discurso que las crea. Un  discurso que, por cierto, aparece sólo bajo las características de un sistema discursivo de tipo totalizante,  pues el conjunto de los ideales están personificados en ese yo ideal, que es poseedor de todas las bondades, de “todas las perfecciones valiosas” o que está colocado en la posición de absoluta idealidad.

Es por ese motivo que, siendo coherentes con el camino que Freud está  recorriendo ahora, no cabe, en este texto la distinción  ‑por más que  se trate de una diferenciación conceptual de gran interés‑  entre yo  ideal e ideal del yo, subrayada por Lacan, puesto que ‑como el mismo  Lacan indica6‑ “el ideal del yo” cuenta con una norma exterior (“la  ley”) a la cual remite y ésta impone ciertamente un discurso  discriminante, abierto, etc…, que supone una modalidad de  organización discursiva diferente a la del yo‑ideal.

A mi modo de ver, la marcha discursiva de Freud así lo confirma, pues nada más utilizar la expresión  “la nueva forma del ideal del yo” añade seguidamente: «Lo que él proyecta frente a sí como su ideal es el sustituto del narcisismo perdido de su infancia» (hacia el final del primer  párrafo de la p.91). Es lo mismo que nos decía del “yo ideal” hace un momento, aunque con otras palabras: «El narcisismo aparece desplazado a este nuevo yo ideal que, como el infantil…» ( p.91 casi al inicio del primer párrafo).

Y, en ese sentido, el “yo ideal” o “ideal del yo” (indistintamente) es una  organización que funciona como sustituto del llamado7 narcisismo infantil o una  representación que trata de compensar algo perdido. Sentimiento de  pérdida que no significa necesariamente que lo perdido haya sido poseído en la realidad, pues basta simplemente con que se haya creído tenerlo o serlo y, entonces, para compensar la pérdida de esa creencia, para recuperarla, se construye una nueva representación al servicio de calmar una angustia por esa pérdida de objeto (o, mejor, de su representación), que no se tolera: «No quiere privarse de la perfección narcisista de su infancia…» (p.91 hacia el centro del primer párrafo). Lo que, por otro lado,  no deja de ser interesante, puesto que Freud nos está dando al mismo tiempo un modelo de construir una representación para recompensar o recuperar algo perdido, modelo que aplicará más tarde en “Duelo y  Melancolía”, a la hora de abordar la pérdida de objeto, que es también la pérdida de algo en lo imaginario, de una representación de objeto, con la consiguiente construcción de una nueva representación que  compensará lo perdido.

Y a continuación Freud pasa a plantearse qué clase de relación  mantiene esa formación de ideal con la sublimación. Planteamiento  que se hace para poder diferenciar bien esta organización defensiva, que es la formación del ideal del yo, con un proceso  ‑como la  sublimación‑  que no es defensivo, precisando al respecto lo  siguiente: «La sublimación es un proceso que atañe a la libido de objeto y consiste en que la pulsión se lanza a otra meta, distante de la satisfacción sexual: el acento recae entonces en la desviación respecto de lo sexual. La idealización es un proceso que envuelve al objeto; sin variar de naturaleza, éste es engrandecido y realzado   psíquicamente… la sublimación describe algo que sucede con la pulsión, y la idealización algo que sucede con el objeto» (p.91 segundo párrafo). Luego, para Freud, la sublimación es un proceso que concierne a la libido objetal (libido totalizada) y que comporta un cambio de  fin sexual  por un  fin  no‑sexual, es decir, es una transformación de la actividad libidinal  misma, llevándose a cabo todo un trabajo de elaboración de la propia pulsión, que así va a poder desviarse de la satisfacción sexual  directa y dedicarse  a otros fines; mientras que la idealización es un  proceso centrado sobre el objeto, al que engrandece, es decir, no  cambia de objeto sino que lo sobreestima, manteniendo así la ilusión  de que existe un  objeto totalmente adecuado para la satisfacción  sexual directa.

Como puede verse, esta diferenciación entre idealización y  sublimación está basada en la distinción fundamental  ‑dentro de la pulsión‑  entre objeto y fin, que se estableció en Tres ensayos de teoría sexual, y gracias a la cual pudo plantear que la pulsión pone a trabajar al psiquismo no sólo para obtener su satisfacción sexual directa, sino que también pone en marcha todos aquellos procesos tendentes a controlar, o mejor, coartar a la propia pulsión, lo que abría el camino de la desviación hacia lo no‑sexual.

Pero, por otro lado, esa diferenciación (entre sublimación e idealización), tal y como aparece planteada por Freud, sigue estando constreñida por la teoría económica de la libido según la cual hay una cantidad constante de libido que o bien está en el objeto o bien está en el yo. De ahí que una vez más haya que poner en cuestión ese modelo teórico o  ‑como dice Laplanche‑  «reexaminar esa idea de que la suma de pulsión libidinal sería un dato definitivo no modificable y propiamente dado de modo natural»8, pues sólo así se podrá pensar con cierta libertad  y plantear que la sublimación es, en términos del propio Laplanche, un  proceso de neo‑génesis continua de la sexualidad narcisista objetal o, en otras palabras,  un proceso que se origina a raíz precisamente del pasaje  de lo autoconservativo o no-sexual a la pulsión sexual, y se perfila entre lo pulsional parcial y lo pulsional narcisista, que comporta ante todo un pasaje de las representaciones de satisfacción erógenea o de placer sexual directo a unas representaciones de satisfacción más yoica o más socialmente valorizada.

Planteamiento que, si bien Freud no puede realizar por no haber sobrepasado esa distinción estática entre libido objetal y libido del yo (cuando la importancia está en los movimientos de pasaje entre la una y la otra) sin embargo está sugiriendo de algún modo –a mi parecer- tanto al abordar la cuestión de la sublimación en un texto en el que por primera vez se afronta la articulación entre lo sexual parcial y lo sexual narcisista; como al analizarla de modo reiterado a través de una relación  ‑por más que ésta sea, por excelencia, de oposición‑  con la idealización. Así se comprenden mejor, por otra parte, ciertas formulaciones en las que, además de la diferencia, se habla de cierta  confusión entre ellas o de puntos de encuentro, como por ejemplo ésta: «La formación de un ideal del yo se confunde a menudo… con la sublimación de la pulsión»” (p.91 al comienzo del tercer párrafo), o esta otra «El ideal del yo reclama por  cierto esa sublimación, pero no puede forzarla; la sublimación sigue  siendo un proceso especial cuya iniciación puede ser incitada por el ideal» (hacia el centro del tercer y último párrafo de la p.91).

Y ahora Freud, una vez analizadas las características de la formación  del ideal o, si se quiere, la función del ideal, va a encarar tanto el problema del origen o procedencia de ese ideal, que tiene una matriz intersubjetiva; como el problema de su constitución en cuanto estructura intrapsíquica.

Respecto de la determinación del origen del ideal, nos dice lo siguiente: «La incitación para formar el ideal del yo, cuya tutela se confía a la conciencia moral, partió en efecto de la influencia crítica de los padres, ahora agenciada por las voces, y a la que en el curso del tiempo se sumaron los educadores, los maestros y, como enjambre indeterminado e inabarcable, todas las otras personas del medio (los prójimos, la opinión pública)» (p.92 al inicio del tercer párrafo). Así, pues, el papel de la intersubjetividad en la formación del ideal queda abiertamente  explicitado, matizándose además que “partió de la influencia crítica  de los padres” (en el sentido de exigencia porque valoran al sujeto infantil como un otro distinto o independiente), es decir, el ideal no se constituye  ‑como señala  H.Bleichmar9–   como consecuencia de las desilusiones sucesivas con  respecto a la imago parental idealizada, desilusiones que  determinarían que la perfección dejase de estar encarnada en un sujeto  determinado y pasase a constituir una abstracción; sino que en  realidad se constituye a partir del momento en que el otro deja de ser  un admirador incondicional, que brinda al sujeto la vivencia de  perfección, para pasar a convertirse en alguien que exige al sujeto la  adecuación a determinadas normas, de tal modo que el cese de la  admiración incondicional y la reclamación del otro, cuando el sujeto  se aparta de determinadas cualidades deseables, es lo que crea la dimensión del ideal.

Por otro lado, Freud presenta aquí como un rasgo fundador del ideal  a “las voces” parentales, es decir, a las huellas acústicas, a las  palabras. Un aspecto que ha sido especialmente subrayado por P.Aulagnier10, quien ha destacado el papel del “portavoz” (en cuanto  que desarrolla un discurso que, aún previamente al nacimiento del  sujeto infantil, le otorga a éste una identidad), refiriéndose  a “la  sombra hablada”, proyectada por los significantes sonoros con los cuales va a identificarse el niño. Lo que no hay que entender necesariamente  ‑pienso yo‑  en el sentido del lenguaje en abstracto o de la estructura del código a la que aluden los lingüistas, sino más bien como el residuo de los discursos particulares, en los que el sujeto se ve envuelto y significado en su biografía histórica.

Por lo que se refiere a la constitución del ideal en cuanto estructura intrapsíquica, Freud introduce aquí por primera vez en su obra un concepto (sin duda precursor del de “super‑yo”), que va a denominar “conciencia moral” y que va a definir como «una instancia psíquica particular cuyo cometido fuese velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente del ideal del yo, y con ese propósito observase de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal» (p.92 al inicio del segundo párrafo). Se trata, pues, de una organización del aparato psíquico, de una estructura estable en el interior del sujeto y, además, de una instancia que observa, critica y compara el yo “real”  con el ideal, o sea, compara dos representaciones: la representación  imaginaria de sí mismo (que, como ya se dijo con anterioridad, no es que el yo real o actual represente verdaderamente la realidad del  sujeto, sino que ilusoriamente se ve como representando al sujeto) y la representación, también imaginaria, del ideal al cual referirse, lo  que necesariamente genera un campo de tensión, que va a poner en  marcha procesos tendentes (véase defensas inconscientes) a compensar o “asegurar” la satisfacción narcisista (véase “autoerótica”, puesto que remite al llamado “narcisismo infantil”, procedente de la idealización unilateral o parcial otorgada por los padres).

Pero una vez que ha dado cuenta del establecimiento de esa estructura intrapsíquica, va a analizar no sólo su construcción en la intersubjetividad  ‑que ya hemos comentado‑, sino también el conflicto y el enfrentamiento que se origina entre esas dos estructuras, de las que está compuesto todo psiquismo. Un conflicto que se manifiesta de  modo especial en el delirio (delirio que –a mi juicio-  es ya una salida, que se tiene que dar el sujeto ante la intromisión del otro, quien no le ha reconocido como persona distinta y separada) de observación del paranoico y, por tanto, en las afecciones llamadas “narcisistas”, pero que está presente igualmente en todo cuadro neurótico: «Admitir esa instancia nos posibilita comprender el llamado delirio de ser notado o, mejor, de ser observado, que con tanta nitidez aflora en la sintomatología de las enfermedades paranoides, y que puede presentarse también como una enfermedad separada o entreverada con una neurosis de trasferencia» (hacia el centro de la p.92).

Y es que sólo cuando la constitución de las instancias ideales se ha establecido, es decir, sólo cuando se ha consolidado una tópica intrapsíquica, puede el sujeto acceder a desgajarse de la tópica intersubjetiva11, así como sólo cuando el yo es arrancado del otro y del semejante (esto es, de las llamadas identificaciones alienantes) podrá funcionar en tanto que instancia intrapsíquica.

Lo que muestra patentemente tanto el complejo juego de constitución  del psiquismo intrapsíquico como la complejidad del modelo freudiano, pero sobre todo abre el camino a plantear las cosas con una mayor precisión, como lo ha hecho S.Bleichmar cuando señala12 que no basta con afirmar la hipótesis (que sin duda sigue siendo válida) de la constitución del sujeto en el marco de la tópica intersubjetiva, ya que  -por un lado-  la estructura intersubjetiva está sostenida por unos miembros cuyo aparato psíquico está marcado por la escisión y el conflicto  intrapsíquico; y -por otro lado- en el sujeto infantil se requiere  construir (dado que no existe de entrada un aparato psíquico) una  instancia intrapsíquica capaz de albergar esa intersubjetividad. No basta con que esté la estructura en juego, ya que se requiere que esa estructura se haga intrapsíquica, se haga propia. Y es que la implantación de lo pulsional por parte del otro adulto que cuida no es equivalente o no significa que se produce un trasplantar el deseo y la estructura del adulto en el sujeto infantil. En definitiva, la estructura se trasmite a través de una forma  determinada y concreta, que está en relación con el modo específico de funcionar de esos seres significativos encargados de trasmitir la estructura13.

Con todo ello no se trata de indicar que lo intrapsíquico sea primero que  lo intersubjetivo, sino que la tópica intrapsíquica del niño, si bien es resultante de la intersubjetividad que la preexiste, sólo se instaura en verdad cuando los sistemas psíquicos (Pcs.-Cs. e Ics.) obtienen su diferenciación y pasan a formar parte del nuevo psiquismo a través de las instancias intrapsíquicas.  Lo cual habla de una profunda y necesaria articulación entre lo  intersubjetivo y lo intrapsíquico tanto en la constitución como en el funcionamiento del psiquismo, así como de las dos tópicas freudianas.

Por otra parte, Freud va a precisar en este capítulo ‑por medio de la referencia al «fenómeno funcional» de H.Silberer‑ que ese funcionar crítico de la conciencia moral a su vez puede ser representado por el psiquismo.

En efecto, este fenómeno  ‑que Freud mencionaba ya en La  interpretación de los sueños14‑ remite al hecho de que al pasar de  la vigilia al descanso se puede observar la transformación de las  ideas en imágenes y, de manera especial, la transformación del estado  en que uno se encuentra a la hora de dormirse. En una palabra, el  «fenómeno funcional» es la representación de una función, o mejor, la  capacidad del psiquismo de representarse su funcionamiento,  diferenciándose así  ‑por un lado‑  el funcionamiento mental o del  psiquismo y ‑por otro‑ la representación que ese mismo funcionar puede  hacerse de cómo funciona, sin que eso pruebe nada sobre el funcionar, puesto que sólo habla de un orden representacional, es decir, sin que  esa representación producto del psiquismo tenga por qué reflejar  adecuadamente el funcionamiento de ese psiquismo. Y, en ese sentido,  el que un paciente represente su funcionar de una determinada manera,  no indica que esté funcionando de esa manera, como se ha entendido a veces de modo maximalista al aplicarlo a la clínica planteando, por ejemplo, que la fantasía de fin del mundo de algunos esquizofrénicos es la representación  de un proceso de  desintegración del psiquismo, como si el esquizofrénico percibiera que algo le está pasando a su  funcionamiento psíquico y al percibirlo lo representara con aquellos elementos representacionales disponibles, como son el que el mundo se está terminando.

Así, pues, el funcionar del psiquismo y la representación producto de ese funcionar son dos cosas diferentes, pudiendo adolecer esa representación de todos los falseamientos y variedades propios del imaginar del sujeto, como el propio Freud parece sugerirlo cuando dice: «El delirio de observación lo figura en forma regresiva y así revela su génesis y la razón por la cual el enfermo se rebela contra él» (p.92 al final del segundo párrafo). Freud está hablando de la conciencia moral y señala que el  psicótico, durante su delirio de observación, figura o representa a  esa conciencia crítica, que le está fustigando y que no puede  representar tal cual, como alguien que está observándole desde el  exterior. La expresión utilizada es: “lo figura en forma regresiva”,  pues Freud supone (como queda esclarecido con el párrafo que sigue y que ya se ha comentado: «La incitación para formar el ideal del yo, cuya tutela se confía a la conciencia moral, partió en efecto de la   influencia crítica de los padres…») que la conciencia moral se forma primero a partir de la crítica parental, de ahí que lo represente como algo que viene desde afuera, desde el exterior.

Esta diferenciación, por lo demás, permite recordar que en la obra  de Freud están claramente distinguidos el yo‑función (es decir, el  conjunto de propiedades o formas de accionar del psiquismo, que abarca  a las distintas funciones) y el yo‑representación (o sea, la  representación que el sujeto se hace de sí mismo, que es siempre un  conjunto de representaciones y no una única representación). Una  distinción puesta de manifiesto por Laplanche15, pero dejada en el  olvido a raíz de las tesis lacanianas, ya que cuando Lacan habla del  yo lo entiende16 generalmente como una mera representación, una imagen y no  un funcionar, con el inconveniente de que al ser el yo para Lacan por excelencia una máscara, un estar en sustitución de o una ilusión del  sujeto, cualquier valoración del yo‑función va a ser considerada como una  valoración del yo‑representación, esto es, de la propia ilusión o del  engaño.

Precisamente en relación con ese yo‑representación Freud  ‑al final  del artículo‑  matizará lo siguiente: «La frecuente causación de la   paranoia por una frustración en el ámbito del ideal del yo» (p.98),  indicando con ello que la paranoia se puede producir por una  frustración en el ámbito del yo‑representación (frustración que hay que entender en el sentido de una insuficiente constitución de ese ideal del yo), en consonancia con el  hecho de que el yo ‑que el sujeto toma como objeto de amor, como  aquello sobre lo que vuelca su libido‑  es una representación, es un  ideal y no una figura externa. Con lo cual Freud está ya abriendo el  camino al análisis del complejo juego existente entre las distintas  instancias del sujeto, sin quedarse simplemente en el de la relación  con el objeto exterior.

Y entre las representaciones que el sujeto se hace de sí mismo está  “el sentimiento de sí”, del que Freud nos da también cuenta en este  texto definiéndolo de la siguiente manera: «El sentimiento de sí se nos presenta en primer lugar como expresión del “grandor del yo”, como tal, prescindiendo de su condición de compuesto. Todo lo que uno posee   o ha alcanzado, cada resto del primitivo sentimiento de omnipotencia corroborado por la experiencia, contribuye a incrementar el sentimiento de sí» (p.94, tercer párrafo). Luego el sentimiento de sí es simplemente una expresión de la grandeza del yo, que depende directamente de la libido narcisista ‑tal y como Freud afirmará a continuación: «…tendremos que admitir que el sentimiento de sí depende de manera particularmente estrecha de la libido narcisista» (al inicio de la p.95), lo que va abiertamente en contra de la tesis de Adler (quien habla de una  dependencia de intereses egoístas y sociales), cuya crítica está  orientando el desarrollo de todos estos párrafos (que se extienden desde la p.94 a la p.97) dedicados al  “sentimiento de sí”.

Un sentimiento que, por otra parte, es el resultado de un sistema  complejo de representaciones, que Freud especifica más adelante  enumerando los componentes de este proceso psíquico: «Una parte del sentimiento de sí es primaria: el residuo del narcisismo infantil; otra parte brota de la omnipotencia corroborada por la experiencia (el cumplimiento del ideal del yo), y una tercera, de la satisfacción de la libido de objeto» (segundo párrafo en su totalidad de la p.97). Representaciones de idealización en las cuales la presencia del otro no sólo es fundante pues, como ya se dijo, el primitivo  narcisismo infantil (a no confundir con el narcisismo propiamente dicho, que comporta la catectización de un yo como objeto intrapsíquico totalizado u objeto de amor) es efecto del narcisismo parental; sino también esencial para el mantenimiento y el incremento de ese  sentimiento de sí y, por consiguiente, no es algo que se sostiene en  la subjetividad del propio individuo.

Planteamiento que está en concordancia con el desarrollo de todo el texto, pero que ‑no obstante‑ resulta completamente ajeno a los defensores de la teorías del sí y de la identidad (desarrolladas por E.K. Erikson, H.Lichtenstein y otros a raíz de las tesis de H.Hartmann sobre la psicología del yo), quienes  ‑más en consonancia con la postura adleriana‑ han hecho de este sentimiento de sí el fundamento  de la identidad, a la que toman como principio básico del psiquismo,  descuidando así toda la dimensión libidinal en la que surge el narcisismo y, por tanto, un sí mismo.

Y es que la identidad propia y, por tanto, el sentimiento de sí  están construidos y sostenidos sobre la base del ideal parental, es decir, la identidad se recibe del otro y no se sostiene de por sí en la propia subjetividad sino en la medida en que otro acepta tal identidad como verdadera. Identidad alienada de la que, ciertamente, hay que irse separando, por más que haya dejado una huella que no se va a perder del todo y por más que haya un constante anhelo de reencuentro con esa identidad perdida, sentida como lo más auténtico  de uno mismo, cuando paradójicamente proviene de un otro.

En esta misma línea, por lo demás, creo que puede ser entendida esa fórmula de Freud que aparece al comienzo de uno de los últimos párrafos de este capítulo final y que dice así: «El desarrollo del yo consiste en un distanciamiento respecto del narcisismo primario y engendra una intensa aspiración a recobrarlo» (hacia el final de la p.96), pues ese narcisismo primario del que hay que separarse es precisamente fruto de un recubrimiento imaginario procedente del otro, de una idealización parental, que  ‑al  tener que ser cercenada una y otra vez para que el yo pueda  desarrollarse, es decir, se constituya como una instancia  intrapsíquica‑  origina un renovado anhelo por recuperarlo, como si de lo más preciado de uno mismo se tratara.

Freud termina el capítulo y el texto con algunos enunciados, que si -por un lado-   van a ser fruto y resumen de todo el trabajo, como cuando articula abiertamente lo narcisista con lo sexual: «El ideal sexual puede entrar en una interesante relación auxiliar con el ideal del yo. Donde la satisfacción narcisista tropieza con impedimentos reales, el ideal sexual puede ser usado como satisfacción sustitutiva» (al inicio del quinto párrafo de la p.97); -por otro- van a preparar ya el camino a nuevos  horizontes de estudio: «Desde el ideal del yo parte una importante vía para la comprensión de las psicologías de las masas» (p.98 al comienzo del último párrafo del texto).

Notas

Seminario impartido en la UAM en el marco del Programa de Doctorado “Fundamentos y desarrollos psicoanalíticos” desde el curso 1991-1992 y hasta el curso 2006-2007.

1  Me estoy refiriendo, claro está, a la conocida y fuertemente cuestionada frase de Freud: «Juzgo totalmente imposible colocar la génesis de la neurosis sobre la base estrecha del complejo de castración» (p.89 hacia el final del segundo párrafo), sobre la que, al ser interrogado por  E.Weiss, el propio Freud mostrará (en una carta que le envía con fecha del 30 de septiembre de 1926) su perplejidad y se verá obligado a precisar lo siguiente: «Hoy no sabría indicar neurosis alguna en que no se encontrara este complejo» (p.90, nota 1). Lo que, por otra parte, muestra qué efectos tan llamativos pueden producir las polémicas, en las que uno está en entredicho, como aquí la propia teoría de Freud.

2 Concepto próximo en el razonamiento al de “rechazo de la feminidad”, que Freud establece en Análisis terminable e interminable. Para mayor precisión cf. J.André «La séxualité féminine: retour aux sources», Psa. Univ., 1991, 16, 62, 5-49.

3 En un texto contemporáneo del nuestro, titulado Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico (O.C.  Amorrortu, v.XIV, p.1‑64) y característico de esas resignificaciones constantes,de orden histórico, que jalonan la obra de Freud,  pueden verse claramente perfilados los ejes críticos más significativos, que Freud opone a la teoría de Adler (p.47‑56).

4 Para un más amplio desarrollo de esta cuestión, cf. mi artículo: «Puntualizaciones a la discusión psicoanalítica entre falocentrismo y erogeneidad vaginal precoz», Revista de Psicoanálisis APM, 21, 1995,  33-44.

 Así, por su parte, lo captó P.Federn, para quien la estructura narcisista permite desvelar una serie de vínculos en el interior del sujeto: «Yo creo que la palabra «narcisista» será utilizada cada vez menos como pura descripción de una dirección de la libido y habrá  que servirse de ella para denotar unos vínculos típicos cualitativamente diferentes en el interior del psiquismo», La psychologie du moi et les psychoses, op.cit. p.62.

6  «Freud emplea ahí Ich‑Ideal, que es exactamente simétrico y opuesto a Ideal‑Ich. Es el signo de que Freud designa aquí dos funciones diferentes». «Uno está en el plano imaginario, y el otro en el plano de lo simbólico ‑puesto que la exigencia del Ich‑Ideal (ideal del yo) toma su lugar en el conjunto de las exigencias de la ley» Cf. Le séminaire. Livre I, p.153 y 154 respectivamente.

7  Digo “llamado”, porque ese narcisismo del infante es algo procedente de la idealización parcial, que no conjuntada, que los padres otorgan a su hijo.

 La sublimation, p.190.

9   En su libro: El narcisismo, p.64.

10  Ver su obra: La violence de l’interpretation.

11  Freud en este texto lo explicita así: «Ahora bien la rebelión frente a esa instancia censuradora se debe a que la persona, en correspondencia con el carácter fundamental de la enfermedad, quiere desasirse de todas esas influencias, comenzando por la de sus padres…» (p.93 antes de la frase final del primer párrafo).

12  En los orígenes del sujeto psíquico, p.189‑190.

13  Y, en esa misma línea de consideración, conviene tener en cuenta que, aunque en el discurrir del texto de Freud el devenir tanto normal como patológico del psiquismo aparece estableciéndose de una manera muy mecanicista, no obstante ese devenir sólo se constituye a través y en relación con el otro significativo y, por tanto, con su modo de posicionarse frente al sujeto infantil.

14  Como es conocido, Silberer era un filósofo abierto al planteamiento psicoanalítico, que quiso corroborar la hipótesis de Freud de que el contenido latente (los pensamientos del sueño) se transforma en imágenes visuales, en pensamientos concretos.

15  Vida y muerte en psicoanálisis, p.112‑115.

16 Sin negar con ello para nada el mérito que le corresponde por haber introducido en el psicoanálisis la diferencia entre lo  imaginario (el orden de la representación, de las imágenes que se construye el psiquismo) y el orden de funcionar de una estructura.