José Gutiérrez Terrazas

ver artículo en formato pdf

Trabajo de lectura sobre textos de Freud a la luz de las aportaciones de J. Laplanche

La teoría de la seducción generalizada u originaria, planteada por J.Laplanche con el objetivo de re-pensar y de reformular con mayor precisión conceptual los fundamentos metapsicológicos del psicoanálisis, ha propuesto un nuevo trabajo de lectura sobre la obra freudiana, en la medida en que trata de abordar el propio texto discursivo de la obra de Freud a través o por medio del llamado “método psicoanalítico”.

Un método que fue descrito y fundado por Freud en su obra La interpretación de los sueños, al diferenciar el método de la interpretación psicoanalítica tanto del método simbólico (en el que el sueño es interpretado a través de una analogía entre el contenido manifiesto y el contenido latente) como del método descifrador (en el que cada elemento del sueño tiene un significado fijo), y a cuyo respecto hay que insistir  -tal y como lo ha hecho J.Laplanche-  ante todo y sobre todo en su carácter inaudito y revolucionario, en la medida en que «Freud, en lugar de situarse en la tradición hermeneútica, hizo estallar la interpretación en su esencia misma, aportándola  un otro método distinto, método destraductivo antes de ser traductivo» (cf. J.Laplanche et collaborateurs, Colloque internacional de psychanalyse, PUF, Paris 1994, p.11).

Efectivamente se trata de un método nuevo de exploración y de acceso a fenómenos psíquicos inaccesibles de otro modo, que consiste en una reconstrucción o en un desligamiento, es decir, en un disolver o ana-lizar que se opera remontando o, lo que es lo mismo, acercándose a lo elemental u originario, que permite tomar contacto con lo que está en la base o en el origen de la fundación del sujeto humano.

En ese sentido, el método psicoanalítico en nada se parece –por más que hayamos dado pie para ello los propios psicoanalistas-  a un vago procedimiento intuitivo. Muy al contrario, se trata de un método que procede paso a paso a través o por medio de un movimiento, que consiste en el cuestionamiento y en la destrucción de los conjuntos o de las perspectivas aparentemente racionales del fenómeno manifiesto.

Dicho con otras palabras, el método psicoanalítico es ante todo descomposición de elementos ya conjuntados y conocidos, que lleva a la puesta en cuestión y a la disolución de las formaciones psíquicas, ideológicas y sintomáticas, que el sujeto se ha visto obligado a darse en su devenir histórico.  Es decir, el método psicoanalítico está llamado a ser siempre aná-lisis o descomposición y nunca una hermenéutica, que siempre está volcada en la búsqueda de sentido a toda costa y que es una especie de tentación permanente, que ha arrastrado y arrastra  al descubrimiento freudiano hacia atrás y hacia la perenne ilusión de conquistar una unidad sustancial para el psiquismo, negando así el realismo del inconsciente o su alteridad radical y reduciéndole a un sentido oculto, abierto a cualquier mistificación.

Y hay que decir, a este propósito, que la vuelta a una práctica interpretativa, atribuidora de sentido por encima de todo y empeñada en reducir lo inconsciente a un sentido oculto o a una verdad prevista de antemano, ha sido y es una especie de tentación constante que asedia a la interpretación psicoanalítica ya desde sus inicios con/en la obra de Freud.

Y es que, si se analiza el texto freudiano con el máximo rigor y sin idealismos represores, hay que reconocer que si bien  -por un lado-  la obra de Freud funda el método psicoanalítico y le pone en práctica de manera continuada, sin embargo  -por otro lado-  desde el propio quehacer freudiano con cierta frecuencia también resulta combatido ese método, como sucede cuando acude al método simbólico dejando de lado el método asociativo-disociativo que requiere un análisis de elemento por elemento, así como cuando aplica el método de la libre asociación a todo el ámbito de la psicopatología, cuando ese método sólo es aplicable stricto sensu a lo secundariamente reprimido y no a lo patológico procedente del derrumbe o de la ausencia de la represión.

De ahí que sea fundamental, tal y como nos ha puesto de relieve S.Bleichmar, «hacer atravesar los escritos de Freud por el método analítico, sin reemplazar lo que dicen por “lo que en realidad Freud quiso decir”,  ya que “lo que en realidad quiso decir” es lo que dice, siempre y cuando se reincluya lo que dice en su contexto asociativo de pertenencia, que no es el de la subjetividad del lector, sino el de las líneas de tensión de la obra misma» (cf. «Por um balanço em direçào ao futuro da psicanálise»,  Psicanálise e Universidade, nº 14, abril de 2001, p.17).

No hacerlo así no sólo es persistir en la sacralización del texto freudiano,  lo que ha hecho y hace del psicoanálisis un movimiento más doctrinario que científico o, al menos, más doctrinario que riguroso y respetuoso con las limitaciones de un terreno específico, así como con las aportaciones de otros campos del saber; sino que además es seguir manteniendo lo que constituye la gran incoherencia de la edificación freudiana.

En efecto, es de una gran incoherencia el empeño de Freud en basar su campo de trabajo y sus hallazgos en un terreno o en un orden que no será objeto de su estudio teórico ni de su investigación clínica. Me estoy refiriendo a ese empeño insistente de la obra freudiana en fundar lo psíquico pulsional en lo endógeno y en lo biológico, que conlleva por otra parte todo un salto de tipo epistemológico inadmisible para el quehacer científico, pues se hace emerger la cualidad de lo psíquico de lo meramente cuantitativo de orden somático o biológico.

A este respecto y ante la pregunta de ¿por qué lo biológico ejerce sobre Freud esa gran atracción, cuando él está descubriendo y dando el máximo contenido a un nuevo y específico campo de estudio como es el campo de lo psíquico, concebido con anterioridad a Freud como un mero epifenómeno de lo orgánico o de lo somático?, la respuesta más habitual reduce la cuestión al hecho de la formación predominantemente biomédica de Freud, consideración que no permite entender ni explicar con rigor el hecho del constante desbordamiento de ese plano biomédico por medio de unas interrogaciones, que cuestionan radicalmente ese mismo plano. A mi juicio, esa posición paradójica del texto freudiano sólo se puede entender en relación con el hecho de que Freud ha perdido por el camino de la edificación de su campo la fundamentación más precisa y certera del mismo a través de lo que el propio Freud llegó a designar, en su texto de 1938  Moisés y la religión monoteista, como lo “histórico-vivencial”, es decir, el origen traumático del psíquismo.

Del mismo modo resulta bien contradictorio el hecho de volcarse hacia una práctica clínica sustentada en la llamada relación transferencial (véase en la reconstrucción psíquica que el encuentro con el otro  -el psicoanalista en este caso-  puede propiciar), mientras que su teorización se encauza una y otra vez  por el  camino de expulsar el trastocamiento radical que el encuentro con el otro adulto supone para el humano infante.  Un encuentro en y desde el cual sólo es pensable con rigor la emergencia de lo pulsional y, por consiguiente, del orden representativo, ya que de otro modo hay que pensar al sujeto infantil en cuanto constituido de entrada por lo instintivo y a la vez por lo pulsional que desnaturaliza por entero lo instintivo-adaptativo, con lo que eso comporta de “contradictio in terminis” respecto de un mismo predicado.

Se trata ciertamente de unas incongruencias y de unas contradicciones, que sin duda pueden ponerse en relación con las características del objeto de estudio del psicoanálisis, constituido por la realidad psíquica inconsciente, pero si bien lo inconsciente se puede permitir el lujo de ignorar la contradicción o de hacer coexistir los contrarios, su teorización no se lo puede permitir, so pena de ser desacreditada lógica y científicamente.

Y es que uno de los aspectos, que caracteriza en buena parte al texto freudiano y que va en contra de las reglas de la exigencia epistemológica, es el de estar contaminado con gran frecuencia por ciertas características de su objeto de estudio, como es la de no cumplir con los requisitos del principio de la no-contradicción. Precisamente ese no tomar en cuenta los “impasses” y las contradicciones de su pensamiento ha favorecido y dado pie a toda una serie de derivas, que han distorsionado y desvirtuado ese gran descubrimiento de la sexualidad infantil, es decir, una sexualidad ampliada no reductible a la genitalidad.

Derivas que han conllevado el colocar al psicoanálisis en un movimiento normativizante y educativo, más característico de otras disciplinas como la psicología y la pedagogía. Un movimiento que ha sido y sigue siendo favorecido también por el mantenimiento de ciertos enunciados freudianos, que son tomados como emblemas de fe, pero que no sólo el paso del tiempo y las aportaciones de otras ciencias han hecho obsoletos, sino que están llamados a ser reformulados y constantemente revisados, tanto por las nuevas particularidades de la práctica clínica, como por la exigencia que impone el valor universal e insobrepasable de su objeto de estudio a separar y diferenciar siempre de la configuración histórica e ideológica, en la que inevitablemente todo enunciado se ve inmerso.

Cumpliendo con el objetivo de esta publicación “on line”, dedicada por excelencia a difundir y a dar a conocer la importancia de la teoría de la seducción generalizada para la renovación y la reformulación de los fundamentos metapsicológicos del psicoanálisis, voy a ir desplegando un trabajo de lectura de algunos textos freudianos, siguiendo la propuesta metodológica aportada por J.Laplanche y tratando de cumplir así con la tarea (imprescindible en toda disciplina científica que se precie) de cuestionar, de renovar y de reformular los conceptos fundamentales, que en el terreno del psicoanálisis tienen su emergencia y el inicio de su andadura teórico-clínica en la propia obra de Freud.