Pegan a un niño

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Introducción

Es un texto de gran riqueza teórico-clínica, porque en él son abordadas y tratadas una serie de cuestiones, que van a constituir al menos tres grandes líneas de fuerza en los comentarios y trabajos posfreudianos. Me refiero, por un lado o en primer lugar, a la cuestión de la fantasía (fantasía o fantasma que no es un producto endógeno proveniente de la mente de los seres humanos, sino que es una recomposición de la realidad, es decir, de lo que se inscribe desde lo exterior. Y sobre esta cuestión de la fantasía llevaré a cabo una discusión con el texto de J.Szpilka «En torno a un niño es pegado», Revista de Psicoanálisis, t.XLI, nº6, 1984); por otro o en segundo lugar, a la cuestión de la génesis del masoquismo (asunto sobre el que J.Laplanche ha trabajado de manera continuada desde el capítulo V de su obra de 1970 Vida y muerte en psicoanálisis); y, por último o en tercer lugar, a la cuestión de la sexualidad femenina, en la medida en que la representación-fantasía “un niño es pegado” es un fantasma que tiene que ver con una actitud femenina-pasiva, sea cual sea el sexo anatómico del sujeto, y en la medida en que este fantasma está referido de manera explícita a seis pacientes de Freud, de los cuales cuatro eran mujeres y una de ellas su propia hija Ana, pero sobre todo porque en este texto las indicaciones aportadas por Freud sobre la feminidad se sitúan a contracorriente de su teoría dominante, teoría que es la que se despliega en sus textos dedicados directa y oficialmente a esta cuestión de la sexualidad femenina.

Y, a este último respecto, quisiera salir ya de entrada al paso de esa argumentación, tan traída y tan llevada a la hora de dar cuenta del pensamiento de Freud, en el sentido de que la evolución o maduración de su pensamiento le fue llevando a sostener una tesis o una postura sobre la feminidad bien distinta de la que aquí se perfila, ya que la tesis oficial sostenida a partir de 1923 (véase la de la primacía fálica en La organización genital infantil) ya aparecía delineada desde 1905 en Tres ensayos de teoría sexual y en 1908 con Las teorías sexuales infantiles. No vale, pues, el argumento más que socorrido del progreso evolutivo de su pensamiento. Y no vale, además, porque resulta que lo que sucede en realidad es que Freud, al volver en 1925 en su artículo Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos sobre el fantasma «Pegan a un niño», ha perdido por el camino tanto el origen femenino de ese fantasma, como aquello que lo constituye como fantasma. Con lo cual las consideraciones de Freud sobre la feminidad en este texto de 1919 no es que sean unos fragmentos de hipótesis, que la evolución de su pensamiento le lleva necesariamente a abandonarlos, sino que una vez más aparece en su obra una teorización contradictoria con su tesis oficial y dominante, o sea, estamos ante un doble Freud y ante un Freud que olvida y hasta reprime determinados logros o avances de su pensamiento que, para más “Inri” en este caso, aparecen profundamente engarzados con la clínica, ya que es desde y en “la situación psicoanalítica” donde no sólo se le plantea este fantasma, sino que sólo en ella es posible construirlo. Lo que ha llevado, por cierto, a un J.Laplanche a afirmar que este texto es la auténtica confirmación clínica de Pulsiones y destinos de pulsión, en la medida en que  «en este trabajo podemos seguir el destino de una pulsión a través de la dialéctica que encadena los avatares sucesivos de la representación o de la fantasía a la cual esa pulsión está ligada» (Vida y muerte en psicoanálisis, p.132 y p.149 de la versión original francesa).

Por otra parte, hay que decir  -antes de iniciar el comentario capítulo por capítulo- que se trata de un trabajo sobre el que se tienen muy pocas referencias contextuales. Las únicas que he conseguido se encuentran en la Correspondencia con S.Ferenczi, a quien en la carta del 24 de enero de 1919 le dice que está siempre ocupado a todas horas y que pronto tendrá en limpio «algunas novedades confirmadas en relación con la génesis del masoquismo» (Correspondance, Tome II, 1914-1919, Calman-Lévy, 1996, p.364) y en la del 17 de marzo del mismo año le anuncia lo siguiente: «He terminado un artículo “fuerte” de veinte y seis páginas sobre la génesis del masoquismo, que lleva por título “Un niño es pegado”» (ibid., p,371). Y en esa misma carta, tras ese párrafo que acabo de citar, aparece una nota a pie de página, en la que se indica que Freud terminó la redacción de ese trabajo el 14 de marzo de 1919, tal y como aparece reseñado en una carta inédita de Freud a Kata Lévy de ese mismo día.

Pero llama la atención el que Freud no haga alusión a este texto ni en su Correspondencia con K.Abraham, ni en la que mantiene con Lou Andreas-Salomé, a pesar de que les escribe tanto en marzo como en abril de ese año de 1919. Un año que, por cierto, fue muy duro para los Freud y los austríacos en general tanto en lo alimenticio, como en la falta de medios para no pasar frio durante el invierno.

Efectivamente, quizá merece la pena reseñar (siguiendo lo aportado por Peter Gay en su biografía sobre Freud) que todas las cartas de Freud de la época      «documentan con franqueza el efecto de la pobreza general en su propio hogar. Estaba escribiendo en una habitación cruelmente fría y buscaba en vano una estilográfica utilizable. Hasta en 1920 lo enloquecía la escasez de papel» (Freud. Una vida de nuestro tiempo, Paidos, Barcelona, 1989, p.429).Es más, en enero de 1919 Freud resumía concisamente la nueva situación del siguiente modo: «El dinero y los impuestos son ahora temas por completo repulsivos. Realmente nos estamos comiendo a nosotros mismos. Los cuatro años de guerra fueron un chiste comparados con la amarga gravedad de estos meses, y seguramente también con la de los próximos. Todos nosotros vamos perdiendo lentamente la salud y la barriga» (ibid. p.425).

Y Peter Gay precisa que, tras ese resumen conciso de la situación, Freud añadía que «él y su familia estaban lejos de ser los únicos que sufrían en esta ciudad, se lo aseguro. Las perspectivas son negras» (ibid. p.425). Y es que Austria en ese momento, para firmar el tratado de paz, se vio obligada a renunciar a muchos territorios de su imperio, como Bohemia y Moravia (fundidas en la Checoslovaquia independiente), Hungría, el Trentino y el Tirol Meridional, etc., asunto que le hizo decir a Freud en marzo de 1919: «Hoy sabemos que no se nos permite unirnos a Alemania, pero debemos ceder el Tirol Meridional. Por supuesto, no soy un patriota, pero resulta penoso pensar que casi todo el mundo es territorio extranjero» (ibid. p.427).

Una pérdida de territorios que Stefan Zweig  -según lo relata Peter Gay (ibid. p.427)- describió de esta manera: «esa Austria de posguerra era una sombra incierta, gris, inanimada, de la antigua monarquía imperial. Con frio, hambre y miseria, los austríacos germanos tenían que afrontar el hecho de que las fábricas, que alguna vez enriquecieron el país, quedaran en territorio extranjero… el pan tenía gusto a alquitrán y cola; el café era una cocción de cebada tostada; la cerveza, agua amarilla; el chocolate, arena coloreada; las patatas estaban heladas». Descripción de S.Zwieg corroborada más tarde por Anna Freud en una carta a Ernest Jones, en la que recordaba que el pan era “mohoso” y que no había “patatas ni para una muestra” y en la que cuenta que por aquel entonces Freud escribió un artículo para un periódico húngaro y pidió que se le pagara no con dinero sino con patatas y, entonces, el editor que vivía en Viena llevó la bolsa de patatas sobre sus hombros a Berggasse 19 (ibid., p.427-428).

Pues bien, ese era, de manera sucinta pero más que aclaratoria, el ambiente socio-histórico en el que Freud se veía inmerso a la hora de escribir este texto, un ambiente sin duda pesimista, poco halagüeño o esperanzador, aunque parece que para nada entorpecedor de la capacidad productiva de Freud, pues en la carta ya citada del 17 de marzo a S.Ferenczi le dice a éste que, además de haber terminado el artículo de “Pegan a un niño”, tiene en gestación un otro, con titulo enigmático, que es “Más allá del principio del placer”, y a continuación añade el siguiente comentario: «No sé si es la friolenta primavera o la alimentación vegetariana lo que me hace de pronto tan productivo» (Correspondance, Tome II, p.371).

Capítulo  I

Freud inicia su texto (O.C., v.XVII, Amorrortu, p.177-200) indicando que la representación fantasmática “pegan a un niño” es confesada extraña o sorprendentemente con gran frecuencia por personas que están en “situación psicoanalítica”, sujetos aquejados tanto de histeria como de neurosis obsesiva. Y añade que es lícito pensar que la frecuencia debe ser aún mayor en las personas que no se ven obligadas, por razones de una enfermedad clara y manifiesta, a hacer una demanda de psicoanálisis, pues  -como precisará más adelante (p.182)- al igual que sucede con los sueños y los símbolos típicos, aquí estamos ante un fantasma típico, lo que indicaría que pertenece al patrimonio psíquico del ser humano y no a una constelación u organización enfermiza determinada.

Por otro lado, esa frecuencia típica no es que facilite las cosas, ya que una gran resistencia se opone a su esclarecimiento. Resistencia que hay que poner en relación con los “sentimientos placenteros” asociados a esa fantasía (inicio del segundo párrafo de la p.177). Placer que obedece a la “satisfacción onanista”, presente en esa representación fantasmática y que en un principio es buscada voluntariamente, si bien «luego vira –afirma en su citado artículo J.Szpilka (p.1013)- hacia algo cercano a una idea obsesiva». Una frase esta última que no parece indicar el conflicto que desencadena en el sujeto el mantenimiento de esa satisfacción que, -como precisaremos en su momento- es de orden autoerótico y que ya, desde este segundo párrafo, Freud parece señalar matizando que si en un comienzo esta “satisfacción onanista” es admitida voluntariamente, posteriormente y a causa del “empeño contrario” (véase la oposición que contra ella llevará a cabo el sujeto) sólo aparecerá o “se abrirá paso” de modo “compulsivo”1, es decir, imponiéndose a la fuerza frente al “empeño contrario”, que daría cuenta de la represión de esa satisfacción.

Un planteamiento que parece ser confirmado por las precisiones del tercer párrafo, en el que Freud nos habla de “la vergüenza”2 y del “sentimiento de culpa”, que acompañan a la confesión de esta fantasía durante el trabajo psicoanalítico. Y es que la vergüenza y la culpa dan cuenta de que se trata de una satisfacción que debería estar reprimida y que, por tanto, no debería seguir siendo mantenida.

Por otra parte, si bien la no fácil confesión de esa fantasía está referida a escenas del período escolar, sin embargo “el fantasma de fustigación” (según la traducción francesa) o bien la “fantasía de paliza” o “fantasía de flagelación” (según la traducción en castellano) nos remite sin duda alguna al inicio de la actividad sexual infantil. Freud precisa que remite a una época anterior a la edad escolar, aunque ciertamente esta fantasía se va a reactivar en el colegio o la escuela ante la visión característica cuando otros niños son golpeados, azotados por el maestro o la persona que se encarga de la enseñanza escolar. Es más, «el influjo de la escuela era tan nítido que los pacientes en cuestión ensayaban al comienzo reconducir las fantasías de paliza exclusivamente a tales impresiones de la época escolar, posteriores al sexto año. Sin embargo ello en ningún caso resultó sostenible…» (p.177-178). Y es que tanto el referirla a la época escolar como a impresiones o, mejor, “incitaciones” recogidas en algunas lecturas, todo ello nos habla (en oposición al vacio-ausencia de las primeras palabras o a la fuerte resistencia) de la capacidad creadora de la matriz fantasmática o lo que Freud denomina «la actividad fantaseadora del propio niño» quien, «compitiendo con estas obras literarias» «empezaba a inventar profusamente situaciones e instituciones en que unos niños eran azotados o recibían otra clase de castigos y correctivos a causa de su conducta díscola y malas costumbres» (p.178).

En el párrafo siguiente (que es el sexto de este capítulo, pero el tercero de la p.178) Freud va a matizar que en esta representación-fantasía está operando “una satisfacción autoerótica placentera”, expresión a la que no parece darle un valor metapsicológico especial, puesto que añade seguidamente que, en esas circunstancias placenteras, lo que cabe esperar es que, al contemplar que otro niño es azotado, eso le produzca un gran disfrute o que esa contemplación sea “una fuente de parecido goce”. No obstante o, de todos modos, Freud no deja de articular ese revivir la escena de una paliza con “una mezcla de sentimientos en la que la repulsa tenía participación considerable” y a veces “el vivenciar objetivo de las escenas de paliza se sentía como insoportable”. Lo que parece significar que el presentarse esa satisfacción de tipo autoerótico en lo manifiesto, a las claras o a cielo descubierto, es algo que provoca en el sujeto un abierto rechazo. Y alguna razón debe de haber para ello. Freud no entra en el asunto, pero parece tenerlo en cuenta de algún modo, porque en el primer párrafo del capítulo II, que pronto va a desarrollar, lo aborda, si bien con sus oscilaciones características entre lo “casual” y lo “constitucional”, amén de algunas otras que  -como veremos enseguida al comentar ese párrafo- tienen que ver con el considerar a la perversión como algo constitutivo de la pulsión o bien como un determinado funcionamiento de lo pulsional, esto es, un cierto destino de la pulsión que remite a una no unificación de las pulsiones parciales y, por tanto, al predominio de la pulsión parcial o, dicho de otro modo, al ejercicio pulsional directo.

A continuación Freud se interroga sobre la relación posible entre esas fantasías de paliza y algunos hechos físicos de maltrato sufridos por estas personas, planteando que no puede establecerse una correspondencia entre la situación real y la construcción fantaseada: «las personas que brindaron la tela de estos análisis muy rara vez habían sido azotadas en su infancia, y en todo caso no habían sido educadas a palos» (p.178), consideración que incide en el hecho de que la construcción fantasmática, si bien toma su base en las escenas reales o en lo vivenciado por el sujeto, sin embargo a la vez comporta toda una remodelación o recomposición de la realidad que sigue determinadas líneas de fuerza.

Siguiendo su investigación Freud trata ahora de averiguar quién es el sujeto y el objeto de la acción en esas fantasías, que no tienen su origen ni en las escenas escolares ni en las escenas recogidas de las lecturas, pero la respuesta que recibe es “esquiva” y decepcionante: «No sé nada más sobre eso; pegan a un niño» (p.179). Tampoco se obtuvo mucha aclaración a la hora de precisar “el sexo del niño azotado” (p.179), ya que los niños azotados no son siempre los mismos, pues unas veces son varoncitos y otras veces son niñas. De todos modos, ya se verá ese asunto con mayor precisión más adelante, puesto que al tratarse de un fantasma por excelencia de tipo femenino los azotados van a ser siempre los varones.

Ahora bien, lo que sí emerge con cierto detalle en la fantasía es que el niño es azotado “en la cola desnuda” (p.179), es decir, en el trasero totalmente desnudo. Comencemos por señalar aquí, en primer lugar, la utilización en la traducción de Amorrortu del término “cola”, que en Latinoamérica se usa coloquialmente para no emplear el vocablo “culo”. Lo cual no deja de ser llamativo, porque al servirse de un término con el que se describe “la extremidad posterior de la columna y de la columna vertebral de los animales” (según la definición dada por el Diccionario de la Real Academia), se da a entender que esa parte posterior del cuerpo humano permanece “animalizada”. Es cierto que así se evita una expresión que suena no muy fina, pero en ese movimiento represivo el término sustitutivo denuncia a las claras lo que se intenta negar o sustituir, al estilo de lo que Freud pudo captar que sucede con esas palabras que sustituyen a la que ha sido olvidada y que son la marca de la vuelta de lo reprimido (véase, por ejemplo, el olvido de Signorelli, sustituido por Boticelli y Boltrafio).

Por otro lado y en segundo lugar, merece la pena tener en cuenta no sólo que Freud no vuelve a mencionar así de claro este “detalle característico del contenido de la fantasía” (p.179), sino sobre todo el que desde un comienzo aparece apuntada la dimensión regresiva de esta fantasía, en la medida en que lo anal está sustituyendo a lo genital. “Sustituto regresivo”, como Freud lo denomina más adelante (p.186), que permite por otra parte poner de relieve la estrecha y profunda relación entre lo anal y lo genital, muy particularmente en la situación femenina, en la cual la regresión de lo genital hacia lo anal está fuertemente facilitada en la medida en que se asienta sobre una confusión activa, tanto en el plano o registro de las representaciones como en el plano de la excitación. Por lo cual, esa confusión no es meramente la señal de un tiempo infantil ya pasado, en el que reinaban las confusiones, sino una característica permanente de lo sexual femenino3, tal y como ha sido indicado con toda clase de precisiones por Lou Andréas-Salomé en su artículo de 1916 «Anal et sexual» en su obra L’amour du narcissisme (Gallimard, 1980) y por K.Abraham en su artículo de 1920 «Manifestations du complexe de castration chez la femme» en Oeuvres Complétes-2, (Payot, Paris, 1973).

Por lo que respecta al tercer párrafo de esta p.179, que es el último de este primer capítulo, si bien en él quedan suficientemente sugeridos los aspectos sado-masoquistas de este fantasma, por otra parte y a la vez da cuenta de las dudas en las que comienza a debatirse Freud en relación con el origen del masoquismo, sobre el cual hasta ahora se ha mantenido en la tesis de la transformación del sadismo en masoquismo y de considerar a éste como un momento secundario en la constitución de lo pulsional. El debate es tanto más comprensible cuanto que no está bien esclarecida la íntima relación entre el placer y el displacer, a pesar de que la capacidad del sujeto humano de sacar placer del displacer o satisfacción del dolor es una de sus riquezas esenciales. Pero en este texto -en el que sin duda Freud se replantea el origen del masoquismo (véase p.188), si bien no será sino en 1924 cuando lo afronte decididamente- parece adoptar una postura de compromiso, como lo atestigua esa frase de la p.188: «Sin embargo, sólo la forma de esta fantasía es sádica; la satisfacción que se gana con ella es masoquista». Volveremos a este asunto cuando el recorrido del texto lo exija.

Capítulo II

El capítulo o apartado segundo se inicia con el establecimiento de una articulación entre el autoerotismo y la perversión, pues Freud afirma que, cuando ”la satisfacción autoerótica se retiene”, se produce una perversión, en la cual un componente pulsional (si bien Freud habla aquí –p.179- y J.Szpilka lo recoge con las mismas palabras, de «uno de los componentes de la función sexual», cuando la psico-sexualidad humana o la vida pulsional se caracteriza por su “a-funcionalidad”, según lo conceptualizado en Tres ensayos de teoría sexual y en Pulsiones y destinos de pulsión; y, por otro lado, la descripción es poco precisa, pues se da a entender que el componente, por su cuenta o por su falta de conjunción con los otros componentes pulsionales, se hiciera autónomo y se “fijara”, cuando es siempre el sujeto como tal el que queda “fijado”, véase sometido a ese componente por no haber logrado la fijación del mismo en el inconsciente y eso es lo que obliga al sujeto a la compulsión de la repetición) funciona o se mueve de manera unilateral y no se produce un proceso evolutivo. Pero aparece ahí una expresión que se presta a una lectura un tanto confusa, frente a la cual se ha posicionado muy claramente S.Bleichmar en su artículo    “Concepto de infancia” (Revista de Psicoanálisis con niños y adolescentes, 1991, t.I, nº1, p.115-117). Me refiero a la frase “un rasgo primario de perversión”, que se presta a relacionarla con la del sujeto infantil como “perverso polimorfo” y, de ese modo, a homologar lo infantil con lo perverso, cuando  -como afirma S.Bleichmar-    «la perversión es una categoría psicopatológica que implica una falla en la estructuración de la represión, en el sepultamiento del autoerotismo, y no una etapa de constitución psicosexual de la infancia» (p.117).Y, en ese sentido, por más que se pueda decir –como lo hace Freud en Tres ensayos de teoría sexual (cf. v.VII, p.211)- que la pulsión tiene una disposición originaria y universal a la perversión, eso es algo que sólo se define por “après-coup”, de tal modo que la perversión no es un destino de la pulsión sino del sujeto mismo en su lucha y en su conflicto con lo pulsional.

Ahora bien, una vez reconocida (en cuanto afirmada claramente) esa articulación entre ejercicio pulsional autoerótico y perversión, hay que decir que para Freud ahí está en juego o interviniendo “una constitución particular, anormal, de la persona”, o sea, se trata de algo constitucional y no de algo que se va a producir en el devenir psicosexual. Si bien, conviene matizar que esa idea de lo constitucional viene precisada seguidamente en el sentido de que esa constitución perversa o esa “perversión infantil” no tiene por qué durar toda la vida, ya que puede ser a) reprimida (lo que no deja de plantear algunos problemas de tipo metapsicológico, pues si se trata de una perversión eso comporta que ha escapado, en parte al menos, a la acción de la represión y, por tanto, aquí asoma de nuevo la consideración antes apuntada respecto de que para Freud se nace -lo cual está en consideración con el no poder reconocer la intromisión sexualizante del otro, pues como de algún sitio tiene que proceder lo patológico, entonces si no viene de afuera tiene que venir de adentro- como perverso polimorfo y esa perversión del infantil sujeto está llamada a reprimirse, cuando en realidad es que la perversión surge como destino cuando no se reprime o no se sepulta estructuralmente el autoerotismo o –dicho de otro modo- cuando las condiciones de crianza por parte del adulto llevan al sujeto infantil en esa dirección, quedando éste sometido al adulto de modo perverso); puede ser  b) sustituida o meramente reemplazada por una formación reactiva(como la limpieza o el orden en cuanto imagen invertida del interés-placer por/en los excrementos) y puede ser c) sublimada (proceso que Freud califica aquí de “proceso particular que sería atajado por la represión”, una frase que no resulta muy esclarecedora, porque o bien se puede entender que la represión es un atajo respecto de la sublimación -y en ese caso se entiende atajar en el sentido de abreviar-, la cual sería un proceso más largo; o bien que la represión obstaculiza de algún modo el desarrollo de la sublimación en el sentido de interrumpir o dar el alto, en cuyo caso se entiende atajar como cortar, dividir algún terreno o salir al paso. Dos significados distintos del término “atajar”, que por cierto son los que recoge el Diccionario de la RAE).

En esa precisión –por otra parte- puede observarse que Freud utiliza tres verbos distintos: caer bajo (o ser aplastado por) la represión, ser sustituida (que habla de un modo de ligazón por parte del yo que sin embargo deja propiamente las cosas tal cual, pues la sustitución de una cosa por otra es una mera equivalencia, tal y como lo entiende el propio Freud, quien en Sobre las trasposiciones de la pulsión, en particular del erotismo anal afirma: «esos elementos a menudo son tratados en lo inconsciente como si fueran equivalentes entre sí y se pudiera sustituir sin reparo unos por otros» (v.XVII, p.118) y ser trasmudada por una sublimación (aquí se trata de una trasposición que conduce de lo sexual a lo no-sexual, que será valorizado socialmente, de ahí que Freud considere que la sublimación sea un proceso de culturización por medio del cual el yo trata indefinidamente o sin fin de secar el lago del ello, trasportando las pulsiones de muerte en pulsiones de vida o ligando la pulsión, que es anárquica y destructiva, ligazón que se realiza a través del objeto parcial, que Freud conecta especialmente con lo anal y con las formaciones del carácter, que –como señala J.Laplanche en Sublimation et/ou inspiration– es un modo de ligazón simplista, muy poco inserto en las redes de significaciones simbólicas; modo de ligazón al que hay que añadir como complementario y asociado otro modo que se realiza gracias a las conexiones simbólicas, en las que hay todo un trabajo de mediación que permite vincular al objeto con escenarios, consideraciones y juicios de valor, que hay que entender como un proceso cultural intrínseco al proceso mismo de ligazón, con lo cual la “valoración social”4 no es algo meramente sobreañadido).

Y tras esas precisiones Freud matiza, respecto de la constitución de la perversión, que  «siempre que en el adulto hayamos una aberración sexual… tenemos derecho a esperar que la exploración anamnésica nos lleva a descubrir en la infancia un suceso fijador de esa naturaleza» (al inicio de la p.180). Claro que, al caracterizar la categoría de ese suceso –si bien señala que se trata de «impresiones sobrevenidas justamente en una misma época de la infancia» (p.180), indicando así el aspecto histórico vivencial del suceso-, echa mano sin embargo una vez más del elemento de tipo congénito como base última en la que apoyarse, tal y como aparece en esta frase: «la constitución congénita parecía llenar todos los requisitos para ser punto de apoyo» (al final del primer párrafo de la p.180); de la idea de la “predisposición”, a la que alude un poco más delante (casi al final de la p.180), así como de «los factores libidinosos congénitos», expresión que aparece ya en el siguiente capítulo (en el tercer párrafo de la p.181).

Este segundo capítulo se va a terminar con una referencia a la casuística en la que se sustenta este trabajo sobre las fantasías de paliza, una casuística que por cierto va a ser delatora de la falacia del argumento al que recurre Freud a la hora de dar cuenta de la sexualidad femenina, por escudarse en que sólo dispone de un material clínico por excelencia masculino, cuando aquí cuatro de los seis casos en los que se asienta este estudio son mujeres.

Lo que sucede realmente es que entre esas cuatro mujeres se encuentra Anna Freud y eso indica que Freud analizó a su propia hija con lo que ello conlleva de transgresión “incestuosa”, psicoanalíticamente hablando. Los testimonios que permiten asegurar esta circunstancia son múltiples, por más que –como afirma Elisabeth Young-Bruehl en su biografía de Anna Freud, p.94- no existan apuntes sobre ese análisis, en la medida en que Freud no llevó constancia escrita de esa historia clínica y dado que tanto el padre como la hija hayan sido sumamente discretos al respecto. Entre esos testimonios está principalmente los escritos de Anna y, en especial, su artículo “Relación entre fantasías de flagelación y sueño diurno”, escrito en 1922 con motivo de su presentación en el Congreso Internacional de Berlín, celebrado en septiembre de ese mismo año, y en el que el material clínico consignado procede necesariamente de su propio análisis, pues sólo seis meses después tendrá ella su primer paciente. En ese artículo se consigna “que la mujer, cuya historia se reconstruye hasta los quince años, se ha sometido a un análisis profundo, aunque no menciona al terapeuta”, según afirma (p.95) E.Young-Bruehl, quien señala poco después que “partiendo de las numerosas cartas de Anna, queda claro que su trabajo sobre las fantasías y los ensueños siguió el modelo de su propio caso”.

Según se deduce de diferentes aportaciones: la biografía de Freud por Peter Gay, la biografía de Anna por E. Young-Bruehl y los artículos de Héllène T.-Widlöcher (bajo el título «Anna Freud ou la transmission saisie par le transfer» en Revue internationale de Psychopathologie nº6/1992, p.315-330) y de Georges Pragier y Sylvie Faure-Pragier (bajo el título «Une fille est analysée: Anna Freud» en Revue française de psychanalyse 2/1993, p.447-457), este análisis se inició en el otoño de 1918, continuó por más de tres años, interrumpiéndose en 1922, y se reanudó en 1924, ampliándolo un año más.  Pero ya tendremos ocasión más adelante de señalar algunos aspectos de este hecho, a la hora de profundizar en el asunto de la teorización sobre la sexualidad femenina, sobre todo en relación con la dificultad por parte de Freud de recoger lo que Peter Gay llama (p.494) sus “maniobras seductoras” y, por tanto, los deseos incestuosos de penetración por parte de la figura del padre.

                                                                                                                  Capítulo  III 

Por cierto que Freud ya antes de pasar a este capítulo, aunque también al inicio del mismo, se plantea unas cuestiones relacionadas con la labor analítica, la cual –por un lado- debe tratar de “explicar lo que existe” sin preocuparse del “por qué algo no se produce” (al final de la p. 180). Y –por otro lado- debe desdeñar el hecho de que estas fantasías de paliza permanezcan apartadas o no integradas en el conjunto de la neurosis (consigna un tanto extraña, que parece tener que ver con algo personal, ya que a ese argumento acude Freud: «lo sé por mi propia experiencia, uno suele desdeñar de buen grado tales impresiones», al final del primer párrafo de la p.181. Me parece extraña esa consigna, porque lo coherente es considerar que esas fantasías tienen que ver con la estructura psíquica y, por tanto, psicopatológica de esa persona, de hecho las que pertenecen a su propia hija están perfectamente ensambladas en su problemática neurótica particular, puesto que corresponden a una estructura de fijación-sometimiento de una hija a su padre con la consiguiente culpa y una regresión frente a la relación incestuosa, lo que permite, por otra parte pensar el Edipo femenino como primario o en su papel fundador y no como secundario, además de poder considerar el superyó femenino bajo una perspectiva más ajustada a la realidad clínica y sin perjuicios distorsionadores, tal y como habrá ocasión de explicar al abordar la cuestión de la sexualidad femenina, presente en este texto de manera muy fundamental).

Finalmente esa labor, para que sea auténticamente psicoanalítica, debe de conseguir el «levantar la amnesia que oculta para el adulto el conocimiento de su vida infantil desde su comienzo mismo (o sea, desde el segundo hasta el quinto año, más o menos)» (p.181)  y el no hacer eso sólo puede deberse a la búsqueda de un éxito fácil5 y lo más rápido posible, actitud que corresponde a una labor de tipo psicoterapéutico, pero no psicoanalítico, ya que en psicoanálisis «importa mucho más el conocimiento que el éxito terapéutico» (p.181). Un conocimiento que exige necesariamente el dar valor a «las vivencias tempranas» o en «defender los títulos de la infancia» (p.181), respecto de la cual Freud vuelve a situarse –como aparece claramente en el párrafo tercero de esta p.181- un tanto ambiguamente al dar valor o considerar tanto a lo congénito como a lo histórico (las vivencias), es más, habla de “factores libidinosos congénitos” con lo que eso conlleva de pensar lo libidinal como una dinámica psíquica de orden biológico, puesto que es descrito como “congénito”, es decir, genético o natural.

De todos modos, aquí quizá pueda considerarse esa expresión como algo perteneciente a un bagaje de Freud, del que no puede desprenderse porque piensa que de ese modo asienta mejor las bases científicas de su trabajo. Si bien a este argumento se le puede aplicar lo que Freud exige para merecer “el título de psicoanálisis”, esto es, el dar más importancia al conocimiento que al éxito, éxito que en este caso podemos hacer equivalente a “reconocimiento público de ser científico”, sacrificando a ese éxito un conocimiento más preciso y más ajustado al campo o al objeto de estudio en cuestión. Freud, como iniciador de ese campo, necesitaba ciertamente ese éxito o reconocimiento, pero es posible que eso le condujera a sacrificar de algún modo su objeto de estudio. A eso debemos estar atentos sus continuadores, puesto que la advertencia que nos hace sobre el éxito rápido y sin mayor esfuerzo es de plena actualidad.

Por otra parte, es bien patente que en este texto Freud se va a entregar a rastrear la historia de unas determinadas fantasías, como son las fantasías de paliza, que no hay que confundir sin más con la fantasía en cuanto tal, por más que esa investigación sobre las fantasías de paliza nos permita y nos empuje a dilucidar cómo se constituye la fantasía, dónde y cómo hay que situar su origen (puede consultarse a este respecto el Apéndice añadido al final). Lo cual es muy distinto que dar por supuesto o que poner de antemano lo que hay que averiguar y precisar, además de que no parece muy legítimo el dar un salto sin más o sin señalar ese salto, al estilo del que lleva a cabo J.Szpilka cuando comentando, en su artículo «En torno a “un niño es pegado”», este párrafo tercero de la p.181  pasa de las fantasías de paliza a afirmar que la fantasía  en cuanto tal «no es independiente de una particular estructuración del complejo, y Freud se refiere sin duda al complejo de Edipo, y como expresión del mismo» (op.cit., p.1015).

Es cierto que Freud alude a los “complejos” y que es de suponer que se trate del complejo de Edipo y de castración, pero si seguimos de cerca la frase en la que habla de “ciertos complejos” en abstracto tenemos que lo que se afirma es que “los factores congénitos están ligados a ciertos complejos” y eso significaría que los complejos están inscritos en lo congénito o en lo genético (véase lo filogenético). Una tesis sin duda presente y defendida por el propio Freud, pero a la vez más que discutible y desde luego muy poco psicoanalítica por ahistórica y biologicista. Por otro lado, no es que esté totalmente en desacuerdo con J.Szpilka, pues me parece correcto y pertinente el señalar que “la hipótesis de la simple fijación ya no tiene cabida” (p.1015) y hay entonces que vincular a la fantasía con una particular estructuración, pero le discuto que esa estructuración corresponda al momento del Edipo, ya que este momento debe ser considerado –a mi juicio- como secundario respecto de un momento fundador u originario en/del aparato psíquico o del funcionamiento intrapsíquico, momento que corresponde al de la represión originaria y en el cual se va a constituir la fantasía inconsciente (cf. J.Laplanche, p.10-12 y 15-17 de su artículo «Masochisme et théorie de la séduction généralisée», Psa.Univ., 1992, 17, 67, p.3-18 o bien p.198, 200 y 203-204 de La prioridad del otro).

Freud va a pasar a continuación a abordar los datos aportados  “por el análisis” (p.181, último párrafo), datos que permiten rastrear la configuración histórica de estos fantasmas de paliza así como los componentes o elementos que intervienen en esas fantasías y su significación. Y, dado que el material disponible pertenece en su mayoría a casos de mujeres, Freud va a ceñir sus descripciones “a las personas del sexo femenino” (p.182), lo que no le impide afirmar al mismo tiempo que estamos ante un fantasma “típico” generalizado (que es a poner en parangón con los sueños y los símbolos típicos, en el sentido de que pertenecen al patrimonio psíquico de la humanidad y no a una determinada organización enfermiza).

Esos datos aportados “por el psicoanálisis” le llevan a establecer tres fases en estas fantasías de paliza. La primera fase es la más antigua: «tiene que corresponder a una época muy temprana de la infancia» (al inicio del segundo párrafo de la p.182) y aunque no se precisa el sexo del niño pegado, pues puede ser un hermano o una hermana, ni es posible «establecer un vínculo entre el sexo del fantaseador y el del azotado» (p.182), sin embargo sí aparece claro que el niño pegado nunca es el propio sujeto y que la persona que pega es siempre un adulto, tras el cual se vuelve reconocible más tarde la figura del padre de la niña fantaseadora. Lo que deja traslucir que el contenido de esta primera fase está condensado en la expresión: “el padre pega al niño” o “mi padre está pegando al niño”, que debe ser completada por lo que el análisis deja ver con la precisión siguiente: «El padre pega al niño que yo odio».

Ahora bien, en relación con esta primera fase Freud, tras afirmar que hasta aquí «la fantasía seguramente no es masoquista; se la llamaría sádica, pero no debe olvidarse que el niño fantaseador nunca es el que pega» (segundo párrafo de la p.182), se plantea (véase el tercer párrafo de la misma página) si esta primera fase de la fantasía tiene “el carácter de una fantasía” o es meramente el recuerdo de un hecho, apuntando en cierto modo a que se trata de un momento que no pertenece al propio sujeto, tal y como señala J.Szpilka –cuando afirma: «la fantasía no puede por lo tanto ser catalogada ni como masoquista ni como sádica, ya que no es la sujeto misma la que realiza el acto», p.1015-, si bien lo hace sin extraer consecuencia alguna al no captar lo que por ahí asoma. Y es que ahí está en juego lo que J.Laplanche ha podido vislumbrar a partir de su planteamiento sobre la teoría de la seducción originaria, es decir: este primer momento de la fantasía de paliza, que corresponde al enunciado “Mi padre pega a un hermano o hermana”, da cuenta de un mensaje dirigido al individuo (Laplanche utiliza aquí el término latino “ego”, que para él es equivalente al “individuo” y no al “yo”), mensaje que a partir de entonces va a quedar implantado en el sujeto “como un por traducir” (La prioridad del otro, p.205), ya que todo mensaje proveniente del adulto toma para el sujeto infantil un carácter profundamente enigmático, por el hecho de que el adulto está provisto de dos sistemas psíquicos que entran en confluencia y a la vez en conflicto en los mensajes que emite.

Para precisar esto mejor me voy a servir de algunas ideas que S.Bleichmar ha planteado en su texto Clínica psicoanalítica y neogénesis (p.82-86). Ella señala que no se puede reducir el carácter complejo del mensaje del otro sólo a sus aspectos lingüísticos, porque en ciertas situaciones de alta implicación afectiva –como son las relaciones primarias, así como también las transferenciales- el sentido indirecto se potencia, en función de un modo de intercambio discursivo con implicación directa de la intersubjetividad, en el que además y sobre todo la relación es asimétrica. Efectivamente, las relaciones parentales son relaciones en las cuales la asimetría es constitutiva. Asimetría o disparidad, tanto factual como simbólica, de posibilidades y de saber, pues entre lo que la madre dice y lo que el sujeto infantil recibe hay una descualificación y una recualificación o, si se prefiere, una fantasmatización constante que no se reduce al mensaje verbal, sino que abarca a todo lo que forma parte del intercambio, como son la mirada, los gestos, etc.

Pero volviendo a la primera fase de la fantasía de paliza, J.Laplanche plantea que «el error sería situar su centro en el gesto material por el cual el padre golpea al hermanito o hermanita: es hacia ego, que es el que recibe el mensaje, hacia o sobre el que se ejerce la efracción: el otro introduce su mensaje, embebido de su fantasía, que ego debe, en un segundo tiempo, tratar de dominar: a la vez simbolizar y reprimir» (La prioridad del otro, p.205). Y precisamente ese trabajo de dominio del mensaje enigmático implantado por el adulto es el que aparece reflejado en lo que Freud denomina la segunda fase de la fantasía de paliza, una segunda fase caracterizada por una gran transformación: «Entre esta primera fase y la siguiente se consuman grandes trasmudaciones» (al inicio de la p.183). Pero ¿en qué consiste esa transformación? Como vamos a ver, en lo que consiste es nada más ni nada menos que en la inauguración de la sexualidad en el sujeto infantil o que en la constitución de la realidad (intra)psíquica.

Freud comienza diciendo que no cambia la persona que pega, ya que ésta sigue siendo el padre. Ahora bien, lo que sí cambia es que la persona azotada es claramente el autor de la fantasía. Lo cual comporta que el castigo infligido se vuelve ahora contra/hacia la propia persona y en ese movimiento de vuelta hacia sí se produce o aparece en primer plano el goce sexual: «la fantasía se ha teñido de placer en alto grado… Tiene un indudable carácter masoquista» (p.183, primer párrafo). Afirmaciones freudianas que le llevan a J.Laplanche a considerar que «en el pasaje a la segunda fase aparecen en un solo movimiento, la fantasía, el inconsciente y la sexualidad bajo la forma de la excitación masoquista» (Vida y muerte en psicoanálisis, p.135) y a precisarlo más adelante del siguiente modo: «el proceso de retorno no debe concebirse solamente en el nivel del contenido de la fantasía sino en el movimiento mismo de la producción de la fantasía. Pasar a lo reflexivo no es solo ni tampoco necesariamente dar un contenido reflexivo a la “frase” de la fantasía: es al mismo tiempo y sobre todo reflexionar la acción, interiorizarla, hacerla entrar en uno mismo como fantasía. Fantasear la agresión es volverla hacia uno mismo, agredirse: tiempo del autoerotismo en el que se confirma el lazo indisoluble entre la fantasía como tal, la sexualidad y el inconsciente» (ibid., p.138).

Por otra parte y también en relación con esta segunda fase tenemos unas precisiones de Freud que ahondan algo en toda esta línea: «Esta segunda fase es la más importante y grávida en consecuencias; pero en cierto sentido puede decirse de ella que nunca ha tenido una existencia real6» (p.183, segundo párrafo). De ahí que no sea recordada ni que se haya hecho consciente, se trata entonces «de una construcción del análisis, mas no por ello es menos necesaria» (p.183, segundo párrafo). Planteamiento de Freud que permite establecer una articulación fundamental entre la realidad psíquica inconsciente y el trabajo psicoanalítico en la medida en que sólo este trabajo puede llevar a cabo una construcción que es necesaria para sacar a la luz y poder dar cuenta de la constitución de lo inconsciente. Por ese motivo resulta tanto más extraño el que Freud pierda luego por el camino esta segunda fase, que es la nuclear o “la más importante”, como él mismo afirma (al inicio del segundo párrafo de la p.183). Así sucede cuando, en 1925 y en su texto Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos (v.XIX, p.267-276), reconsidera su análisis de esta fantasía de paliza y vemos que esta fase desaparece completamente.

Volveremos sobre ello más adelante al abordar el tema de la sexualidad femenina, pero se puede adelantar que la razón de esa desaparición está en que esta fase (en la que asoma la fantasía de ser amada-pegada-penetrada por el pene del padre y, por tanto, está en juego una representación de tipo incestuoso con el padre por parte de la niña) se hace incompatible con la hipótesis fálica que se convierte en dominante en el discurso freudiano. Una desaparición u olvido flagrante que para nada es tomado en consideración por una lectura lineal o circunscrita a la letra del texto, como la que hace aquí J.Szpilka, a pesar de que sí va a recoger el que en ese texto de 1925 Freud vuelve a considerar la fantasía de “pegan a un niño”, pero sólo precisa lo siguiente: «Freud retoma brevemente el tema de “un niños es pegado” y aclara que dicha fantasía es reliquia de la fase fálica de la niña y una confesión de sus actos masturbatorios clitorídeos» (p.1019 de su artículo ya citado).

Volviendo a nuestro texto, tenemos ahora la descripción de la tercera fase, que es la primera en aparecer durante la situación psicoanalítica, si bien es la tercera en el orden de la constitución histórica y, al tratarse de un producto terminal, presenta muy a las claras la intervención del proceso represivo, pues tenemos lo siguiente: a) el que pega ya no es el padre sino una figura sustituta, como puede ser un maestro; b) el fantaseador ya no está presente en la fantasía, a lo máximo si se le insiste aparece un: «Probablemente yo estoy mirando» (p.183, tercer párrafo); c) en vez de ser un niño el pegado ahora son varios niños; d) además son todos del sexo masculino; e) el ser pegado o azotado es sustituido por muchas variantes o por humillaciones de cualquier tipo; y f) pero, de todos modos, la fantasía está cargada de una fuerte excitación sexual: «la fantasía es ahora la portadora de una excitación intensa, inequívocamente sexual, y como tal procura la satisfacción onanista» (p.183).

Esta descripción le conduce a Freud a tratar de desvelar «la trabazón y la secuencia de las tres fases de la fantasía de paliza» (p.183 al inicio del cuarto párrafo), esto es, la estructura y las modificaciones sucesivas de una fantasía que «se ha convertido en patrimonio duradero de la aspiración libidinosa de la niña pequeña» (final del tercer párrafo de la p.183). Y a través de esas modificaciones o avatares sucesivos de la fantasía puede rastrearse –como dice J.Laplanche (Vida y muerte en psicoanálisis, p.132)- «el destino de la pulsión o tal vez incluso su propia génesis». Veámoslo.

Capítulo  IV

Ya desde el inicio mismo de este nuevo apartado Freud nos coloca delante de algo central en su análisis de esta fantasía de paliza: «la niña se nos aparece enredada en las excitaciones de su complejo parental» (p.184, primer párrafo), lo que nos matiza a continuación de una manera muy precisa, que sin embargo olvidará en otros momentos de su obra: «La niña pequeña está fijada con ternura al padre, quien probablemente lo ha hecho todo para ganar su amor, poniendo así el germen de una actitud de odio y competencia hacia la madre» (p.184 al inicio del segundo párrafo). La escena que Freud describe es la de una niña pequeña enamorada ante un padre seductor, quien ha hecho todo para ser amado, si bien no se trata del vil seductor de La etiología de la histeria (v.III, p.191-218), sino meramente del padre típico de una niña pequeña, tan típico como típica o universal es esta fantasía de paliza. Y esta descripción aparece en la obra de Freud en el 1919, o sea, más de veinte años después del famoso abandono de la teoría de la seducción traumática en septiembre de 1897.

Según ha señalado J.André («La sexualité féminine: retour aux sources», Psa.Univ., 1991, 16, 62, p.25-26), al introducir Freud esta referencia al amor por parte del padre se afronta de una manera distinta y nueva la hipótesis de un conocimiento precoz de la vagina, ya que la seducción paterna constituye una fuente fundamental de al menos un preconocimiento. Y es que el deseo inconsciente del padre, un deseo de penetración por parte de un adulto sexualmente maduro, no puede no dejar su huella, contribuyendo de ese modo y de manera decisiva a que exista inconscientemente la vagina en la niña pequeña, por más que para ésta resulte todo eso bastante oscuro, pero la obscuridad no es lo mismo que el desconocimiento. Es más, en este texto de 1919 –como matiza G.Pragier y S.Faure-Pragier en su artículo ya citado “Une fille est analisée: Anna Freud”, p.453- no solo no aparece el desconocimiento, sino que es de algún modo todo lo contrario, de acuerdo con lo aportado por el propio Freud, cuando dice: «Algo como una vislumbre de la posterior meta sexual definitiva y normal gobierna el querer-alcanzar libidinoso del niño; cabe preguntarse con asombro de dónde proviene, pero es lícito considerar como una prueba de ello que los genitales ya hayan iniciado su papel en el proceso excitatorio. Nunca falta en el varoncito el deseo de tener un hijo con la madre, y es constante en la niña el de recibir un hijo del padre, y ello a pesar de su total incapacidad de aclararse el camino que pudiera llevar al cumplimiento de tales deseos» (p.185, segundo párrafo).

 Así que, aunque Freud –por un lado- se asombre y hable de una total incapacidad para aclararse, por otro no deja de indicar que «en esta prematura elección de objeto del amor incestuoso…» (p.185, inicio del segundo párrafo) hay ciertamente «un vislumbre de la posterior meta sexual definitiva». Y es que en correlación con ese padre seductor y deseoso del amor de la niña pequeña tiene que darse o producirse en ésta una aspiración libidinal o un “querer alcanzar libidinoso” correspondiente a esos deseos de penetración paternos, aspiración sostenida por “una vislumbre” o “un presentimiento [que es como lo traducen en francés] de los fines sexuales definitivos”.

En este sentido, y de acuerdo con lo afirmado por J.André (cf. artículo citado, p.26), “el padre deseante y seductor impone la hipótesis de un conocimiento precoz de la vagina, aunque sea sólo un conocimiento confuso o presentido. El desconocimiento de la vagina sólo puede cuadrar con un padre libidinalmente borrado”7.

Por otra parte, Freud plantea que «la fantasía de paliza no se anuda a la relación con la madre» (p.184, segundo párrafo), es decir, aquí o en esa fantasía no está en juego la madre como rival (idea que parece contraponerse abiertamente a lo que el propio Freud acababa de afirmar, cuando decía: «poniendo así el germen de una actitud de odio y competencia hacia la madre», p.184, segundo párrafo), sino que los rivales son los otros niños, los hermanitos, frente a los cuales los sentimientos de desprecio y de odio no se andan con contemplaciones. Por cierto que Freud utiliza aquí el adjetivo “salvaje”, indicando así que lo caracteriza como algo de orden “animal”, cuando en realidad el animal se mueve sólo por la exigencia de la supervivencia, mientras que en el ser humano no es esa exigencia la que está en juego, sino el narcisismo y la intolerancia de ser desalojado del lugar central. Rivalidad y enfrentamiento que, por lo demás, va a permitir a la niña pequeña comprender bien pronto que «ser azotado, aunque no haga mucho daño, significa una destitución del amor y una humillación» (p.184), de ahí que resulte muy agradable la fantasía de que el padre pegue a otro niño, porque ese escenario imaginado en la fantasía está significando lo siguiente: «El padre no ama a ese otro niño, me ama sólo a mí» (p.184).

Se podría esperar que Freud introdujera a este propósito lo que ya ha conceptualizado con relación al narcisismo y que enmarcara este momento (en el que aparece “el padre me ama sólo a mí” o “el padre pega al niño que yo odio”) en su vinculación con la dinámica narcisista y, por tanto, con lo sexual o lo libidinal ligado. Sin embargo, Freud coloca lo que denomina esta primera fase de la fantasía situando lo esencial del acto en el plano de los intereses vitales o “egoístas”: «Es evidente que la fantasía satisface los celos del niño y que depende de su vida amorosa, pero también recibe vigoroso apoyo de sus intereses egoístas» (p.184, tercer párrafo).

Ahora bien, al insistir Freud en el aspecto agresivo o no-sexual  de la primera fase de la fantasía de paliza, nos internamos -como plantea J.Laplanche (Vida y muerte en psicoanálisis, p.137)- “en la paradoja, pues lo que se considera como presexual, ligado a la autoconservación y a las tendencias egoístas, es lo que Freud denomina lisa y llanamente complejo parental o complejo de Edipo. En una interpretación puramente cronológica se llegaría al siguiente absurdo: lejos de ser el Edipo el que nace de la sexualidad, sería la sexualidad la que nacería del Edipo, el cual se desarrollaría supuestamente en un plano presexual, el plano de la autoconservación o de la ternura”. De hecho o lo que avala esta interpretación absurda (o mejor, que lleva al absurdo) es que Freud sitúa aquí en el primer plano del Edipo o del complejo paterno la relación de ternura y no la erótica. Más aún, como podría deducirse de su planteamiento que está hablando realmente de la relación erótica y de un padre seductor que pone “el germen de una actitud de odio y competencia hacia la madre”, al momento da marcha atrás denegando lo afirmado: «Ahora bien, la fantasía de paliza no se anuda a la relación con la madre. Están los otros hijos», es decir, el triángulo en cuestión no es el triángulo edípico niña-padre-madre, sino el complejo de la rivalidad fraternal.

Ante este panorama, a mí se me ocurre que ese absurdo, al que alude J.Laplanche, se puede entender mejor o esclarecerlo cuando se señala que, al no reconocer Freud la primacía del otro adulto en el orden pulsional o sexual (a pesar de estar aquí, una vez más en su obra, muy próximo a poder dar cuenta de ella), ese no reconocimiento le conduce a contradicciones y desmentidos o bien a tener que echar mano de hipótesis extra-analíticas, como le sucede seguidamente en nuestro texto. Veamos.

En el tercer párrafo de la p.185, tras habernos indicado en el párrafo anterior que aquí está en juego una “prematura elección de objeto del amor incestuoso” y que hay en la niña un cierto presentimiento de los fines sexuales definitivos, Freud plantea lo siguiente: «Pero llega el tiempo en que la helada marchita esa temprana floración; ninguno de esos enamoramientos incestuosos puede escapar a la fatalidad de la represión». Luego la represión es algo natural (en correspondencia, por lo demás, con el plano natural y no sexual del que parte, dejando de lado la introducción sexualizante del otro adulto) y, por consiguiente, algo fatalmente necesario, esto es, siempre opera. Un planteamiento que no concuerda con lo que la clínica enseña, en la que aparecen casos marcados por la falta de represión en juego, una falta de represión que es la causa de ciertas patologías muy severas, las cuales, en el parecer de algunos psicoanalistas, componen un gran número de los pacientes en análisis actualmente.

A continuación Freud va a insistir en la necesidad ineludible del sepultamiento   (más fuerte aún que la represión), pero como se le escapa que no sabe a qué es debido esto: «no podemos decir debido a qué» (p.185), tiene ahora que echar mano de la hipótesis filogenética o de “la historia de la humanidad”, lo que no deja de ser una hipótesis extra-analítica,  puesto que es un recurso a lo supraindividual y a-histórico por fuera de lo singular, en cuyo plano se sitúa el trabajo psicoanalítico:  «… los niños entran en una nueva fase de desarrollo en la que se ven precisados a repetir, desde la historia de la humanidad, la represión de la elección incestuosa de objeto, de igual modo que antes se vieron esforzados a emprenderla» (p.185-186).

Y lo mismo le sucede al dar cuenta de la conciencia de culpa, que tan intensamente interviene en esta fantasía de paliza: «De manera simultánea con este proceso represivo aparece una conciencia de culpa, también ella de origen desconocido, pero inequívocamente anudada a aquellos deseos incestuosos y justificada por su perduración en lo inconciente» (p.186, primer párrafo).

Ahora, una vez señalados esos aspectos cuestionables del planteamiento de Freud que se dejan vislumbrar en su discurso, nos vamos a adentrar a continuación en las consecuencias de esa “conciencia de culpa” en la fantasía de paliza, pues Freud llega a afirmar que «en todos los casos es la conciencia de culpa el factor que trasmuda el sadismo en masoquismo» (p.186), aunque nada más terminar esa afirmación va a matizar que «ciertamente no es este el contenido íntegro del masoquismo».

Con anterioridad a esas afirmaciones Freud señala que la conciencia de culpa conlleva o comporta la inversión del triunfo. Triunfo que Freud sitúa en relación con la lucha, con la pelea entre hermanos, en cuya situación la niña es la amada y el hermanito es el que recibe la paliza. Ahora bien, esa situación corresponde a un tiempo que es más de tipo agresivo (o de actividad dirigida contra un objeto exterior) que sádico y más pre-sexual que sexual, según se deduce de las propias palabras de Freud: «es dudoso que se la pueda calificar de puramente “sexual”, pero tampoco nos atrevemos a llamarla “sádica”» (p.184).

No obstante, como para Freud por esa época (o sea, antes de 1920) es primaria o está primeramente la actividad que se vuelve contra-hacia un objeto exterior o el primer tiempo (de la sexualidad) es el dominio del sujeto sobre su entorno o sobre el otro, que él llama “pulsión de apoderamiento”, de la que hace derivar el sadomasoquismo, tenemos que está primero en el orden pulsional el sadismo y que el masoquismo deriva necesariamente del sadismo. Con lo cual para esa tesis le viene de maravilla el planteamiento de “la conciencia de culpa”, ya que la intervención de ésta permite la trasposición o trasmudación del sadismo en masoquismo, que Freud no deja de tratar de precisar aunque “la génesis del masoquismo” sólo va a recibir en este texto “mezquinas contribuciones”(p.190).

De todos modos, “la esencia del masoquismo” (p.186), o sea, el goce en el sufrimiento o “el placer en el displacer” en el sentido de gozar en el mismo lugar o instancia psíquica en el que se sufre, sí va a ser recogido de algún modo aquí en el texto, aunque sin poner el acento verdaderamente en ese aspecto, ya que al relacionarlo con “la conciencia de culpa” lo que aparece ante todo es la coexistencia de un placer y de un displacer vinculados (“una conjunción de conciencia de culpa y erotismo”, p.186) entre sí pero atribuibles o situados en dos lugares psíquicos distintos (placer en el inconsciente, displacer en la conciencia de culpa). Y digo que la esencia del masoquismo es aquí de algún modo entrevista, en la medida en que ser pegada es un sustituto de ser penetrada y hay un goce en ese ser pegada, goce y displacer situados los dos en la fantasía inconsciente.

Pero como Freud va a poner el acento en la cuestión de la conciencia de culpa, pues ser pegada satisface en primer lugar a las exigencias de la culpa (por más que, por otro lado, también va a recibir su parte la moción llamada “amorosa” o, más precisamente, incestuosa, que se realiza o consigue su satisfacción de modo regresivo a través de la regresión de lo genital a lo anal, algo sin duda grandemente facilitado en el caso de la niña por la confusión activa, tanto en el registro de las representaciones como en el de la excitación, confusión que -como señala J.André op.cit., p.28- es más una característica de lo sexual femenino como tal que la marca de un tiempo infantil ya pasado), podemos ahora poner de manifiesto el planteamiento que aquí Freud deja caer sobre la sexualidad femenina a raíz de esta cuestión de la culpabilidad.

En efecto, el punto de vista clásico de Freud a este respecto y que ha sido objeto de una gran polémica, es que en el varón el complejo de Edipo es reprimido y hasta sepultado, teniendo como heredero a un superyó fuerte, mientras que en la niña la castración la conduce a ese puerto, que es la situación edípica, y no se sabe qué es lo que la empujaría a reprimir la sexualidad edípica ni (lo que, por cierto, es otra manera de plantear la misma cuestión) de dónde la puede venir la conciencia de culpabilidad, puesto que el superyó de la mujer es planteado como desprovisto de suficiente fuerza y de independencia.

Ahora bien, la niña que Freud presenta en este texto de 1919 es bien distinta de la descrita en su tesis clásica, pues aquí aparece una niña amada por el padre («quien lo ha hecho todo para ganar su amor», p.184), deseosa de su amor, que tiene el “presentimiento” de lo que ella espera y del lugar de la penetración (el trasero vagino-anal) y se confronta a la vez tanto con el desbordamiento pulsional como con las consecuencias de la competencia con la madre. De todo lo cual da como resultado en la niña una «conciencia de culpa -acaso más exigente en sí misma-» (p.187, casi al final del primer párrafo), de lo que da testimonio la importancia de las deformaciones y transformaciones que sufre o por las que pasa el núcleo inconsciente de la fantasía, que el propio Freud, en varios momentos de este texto (véase las p.186, 188, 195, etc.), vincula directamente con la relación incestuosa con el padre. Así, pues, la niña que es descrita por Freud en este trabajo de 1919 es muy distinta de la que describe en sus trabajos dedicados oficialmente a dar cuenta de la sexualidad femenina, pues en lugar de ignorar su sexo y de acudir al padre como a una tabla de salvación, siendo además el objeto principal de su represión las relaciones con la madre, aquí está en juego un padre penetrante (seductor), un cuerpo receptáculo y una conciencia de culpa torturante, por lo que el precio a pagar por ello es una represión de su sexualidad edípica o de sus “mociones incestuosas de amor” al padre, represión «en el conjunto… más radical» (p.196 casi al final del primer párrafo) que la del varón.

De ahí que, por otra parte y dada esa radical represión, se desarrolle esa  «superestructura de sueños diurnos muy ingeniosa y sustantiva para la vida de la persona en cuestión, [Conviene recordar que esa persona en cuestión es su propia hija Anne, cuyo trabajo “Relación entre fantasías de flagelación y sueño diurno” da buena cuenta de esta superestructura ingeniosa, a la que alude Freud] y que tenía como función posibilitar el sentimiento de la excitación satisfecha aún con renuncia al acto onanista» (p.187, segundo párrafo). Una formulación que permite diferenciar entre lo que Freud denomina “excitación satisfecha” y que tiene que ver con la fantasía masoquista de paliza, o sea, con una satisfacción a situar en relación con las “mociones incestuosas de amor” al padre; y el “acto onanista” o la satisfacción autoerótica. Dos lados o dos aspectos que a  su vez corresponden a dos momentos distintos, cronológicamente hablando, del devenir pulsional, que remiten a dos tiempos distintos en la constitución de la tópica psíquica, pues en uno se va a requerir la renuncia al autoerotismo (o al “acto onanista”, según lo denomina Freud, renuncia que corresponde a la represión originaria8), mientras que en el otro lo requerido será la renuncia o el sepultamiento de los deseos edípicos (que corresponde a la represión secundaria).

Precisamente es la renuncia a los anhelos incestuosos hacia el padre o, mejor dicho, la defensa frente a la angustia promovida por la libido incestuosa lo que en la niña suscita el llamado “complejo de masculinidad” (expresión que Freud recoge –tal y como se señala en el segundo párrafo de la p.188- de un trabajo de 1917 de Van Ophuijsen, titulado «Observaciones del complejo de masculinidad en las mujeres» y que puede encontrarse en E.Jones y otros: Psicoanálisis y sexualidad femenina o bien en Revista de Psicoanálisis, 6, nº2, 1948-49).

Bajo esa perspectiva lo va a plantear aquí Freud cuando trata de explicar una de las particularidades de la tercera fase de la fantasía de paliza, que es la de que en el nivel consciente de la representación «los niños azotados son casi siempre varoncitos, tanto en la fantasía de los varones como en el de las niñas» (p.188). En efecto, su explicación da cuenta de lo que él mismo denomina aquí como “un complicado proceso que sobreviene en las niñas” y que consiste en lo siguiente: «Cuando se extrañan del amor incestuoso hacia el padre, entendido genitalmente, es fácil que rompan por completo con su papel femenino, reanimen su “complejo de masculinidad” y a partir de entonces sólo quieran ser muchachos. Por eso los chivos expiatorios que las subrogan son sólo muchachos» (p.188).

Un proceso que nos habla claramente de que el complejo de masculinidad de la mujer es una formación psíquica defensiva contra la angustia que suscitan los deseos incestuosos. Con lo cual el famoso falicismo de la niña, su envidia de pene, debe ser conectado con el movimiento de represión de su propia sexualidad, de tal modo que el pasaje del estadío vagino-anal al estadío clitoridiano-fálico participa de la represión de la feminidad. Dicho con otras palabras, la orientación clitoridiana es una orientación defensiva y una postura de repliegue, que puede ser descrita como un momento de simbolización-ligazón de la profunda angustia asociada a la fantasía de penetración (con la que se vincula el temor de destrucción que encontramos en la clínica).

Ahora bien, este planteamiento que acabo de precisar es muy distinto a la tesis que Freud defiende en sus escritos oficiales sobre la sexualidad femenina, en los cuales sostiene que el complejo de masculinidad es la prolongación de la masculinidad originaria de la niña. Mientras que en este texto de 1919 el papel masculino de la niña no es sinónimo de comportamiento varonil, ni de homosexualidad, tal y como lo volverá a indicar más adelante (al inicio del segundo párrafo de la p.195) cuando presente  «otras concordancias y diversidades entre las fantasías de paliza de ambos sexos» afirmando abiertamente: «mediante ese mismo proceso [se refiere al de la represión] la niña escapa al reclamo de la  vida amorosa, se fantasea varón sin volverse varonilmente activa y ahora sólo presencia como espectadora el acto que sustituye a un acto sexual» (al final de la p.195).

Interrogándose por las razones que permitan explicar cómo esa teorización de la feminidad –que aparece tanto en el caso de Dora como en este texto- no tomó una forma definitiva en el pensamiento de Freud, J.André en su obra de 1995 Aux origines féminines de la sexualité (p.53-55 y p.62-63 de la versión en castellano publicada en 2002 por la Editorial Síntesis) señala que, junto con las razones de coherencia teórica, según las cuales la primacía del falo necesariamente lleva a descartar de su camino todo aquello que va en contra de su lógica binaria (la de fálico-castrado, es decir, o fálico o castrado); hay que hablar también de unas razones de índole personal, por más que este registro sea necesariamente sólo una conjetura. Conjetura que J.André explicita en el sentido de establecer una relación entre la conceptualización de este texto y la transgresión incestuosa (psicoanalíticamente hablando), llevada a cabo por Freud al colocar a su hija Anna en su diván de psicoanalista. Con lo cual el análisis de la fantasía de paliza no sólo da cuenta del deseo genital-masoquista de la niña, sino que también muestra que el padre “ha hecho todo para ganar su amor”, comenzando por situar a su hija en su diván, y a través de todo ello reaparece la silueta del padre seductor, enterrada desde 1897 con el abandono de la “neurótica”. Así, pues, el que Freud luego o en otro momento borre y hasta reprima una teorización sobre la feminidad distinta de la falocéntrica debe ser puesto en conexión con su dificultad de hacerse cargo de ciertos aspectos en los que se veía muy involucrado. Lo que es precisado por G.Pragier y S.Faure-Pragier, en su artículo de 1993 «Une fille est analysée: Anna Freud» (p.457), en el sentido de que Freud se vio obligado a reintroducir la realidad o la anatomía en el fundamento de la feminidad para denegar la culpabilidad del padre. Una denegación que estos autores consideran como punto o momento de arranque para un nuevo acto creativo, que le permitió a Freud afrontar la Verleugnung (desmentida o renegación) y escribir en 1925 su gran texto sobre La negación.

Capítulo  V

 Este apartado quinto de nuestro artículo es iniciado por Freud haciendo un recuento de los aspectos o temas a los que apunta el material clínico de este trabajo. Son tres los temas más importantes: 1) la génesis de las perversiones, 2) la génesis del masoquismo y 3) la diferencia sexual.

En relación con el primer tema, el de la génesis de las perversiones, aquí Freud no sólo no aporta nada muy preciso sino que puede decirse que, clínicamente hablando, nos desorienta de algún modo, porque coloca el origen de la perversión en el Edipo, cuando lo que nos enseña el trabajo clínico es la estrecha relación entre la perversión y la dificultad de acceso a lo edípico, en cuanto reconocimiento del otro, de la alteridad o de la llamada objetalidad.

De todos modos y en contraposición con esa idea puede decirse que Freud indica, al comienzo de la p.189, que la perversión depende ante todo de lo constitucional, que aquí va a ser matizado en el sentido de que un elemento suelto o no conjuntado es el que se impone: «Ciertamente permanece inconmovible la concepción de que en ellas pasa al primer plano el refuerzo constitucional o el carácter prematuro de un componente sexual». Pero en esa consideración lo que prevalece es la idea de que se trata de algo (un componente) que está o proviene de lo constitucional y que prematuramente se va a imponer, si bien es planteado como si se constituyera de modo mecanicista, ya que se hace proceder de un elemento que se supone está ya de entrada. Claro que el propio Freud se ve obligado a añadir que con ese planteamiento no está dicho todo. Lo cual le conduce a buscar en relación con las génesis de las perversiones una explicación más precisa, aunque muy sutilmente su reflexión se desliza9 desde el planteamiento sobre la génesis a un dar cuenta de la perversión en cuanto instalada: «La perversión ya no se encuentra más aislada en la vida sexual del niño, sino que es acogida dentro de la trama de los procesos de desarrollo… típicos –para no decir normales-» (p.189, primer párrafo).

Esa expresión de “la trama de los procesos de desarrollo típicos o normales” (que, por cierto, da cuenta una vez más de que Freud no discrimina entre el devenir pulsional, que descubre e investiga el psicoanálisis, y el desarrollo normal psicológico, en el cual él coloca el complejo de Edipo como un proceso correspondiente al desarrollo que, al ser “familiar para nosotros”, pasa a ser algo normal en el desarrollo psicobiológico del individuo, no distinguiendo así entre la universalidad posible del descubrimiento psicoanalítico a la hora de dar cuenta de la constitución y de la estructura del aparato intrapsíquico y el extender o pasar de modo extrapolador esa teorización a la hora de describir al individuo como tal, en cuanto que ser psicobiológico e intersubjetivo) sirve de antesala a la idea o la noción de complejo de Edipo, en cuyo marco va a colocar directamente a la perversión: «surge primero sobre el terreno de este complejo, y luego de ser quebrantado permanece, a menudo solitaria, como secuela de él, como heredera de su carga libidinosa» (189, primer párrafo). Consideración de Freud que permite a J.Szpilka afirmar y plantear en su artículo sobre este texto lo siguiente: «aún la llamada “primera experiencia” ya tiene una historia y en realidad ya es una manera de inscribirse la experiencia edípica misma. Lo más profundo no es lo primero, ya que ni siquiera hay un tiempo de primeros, segundos o terceros, sino una estructura donde el hecho, más que causa es efecto y efecto prominente. Freud habla así de escaras, de cicatrices que estas fantasías ponen en juego como maneras incluso de resolver el complejo de Edipo mismo» (op.cit., p.1018).

Ahora bien, considero que el planteamiento estructuralista de J.Szpilka (planteamiento que coloca a la estructura no sólo como el marco en el que el devenir del psiquismo se va a constituir, sino como algo ya presente en el sujeto desde un inicio o como algo que le antecede, sin percatarse de que el Edipo complejo10  -como lo denomina S.Bleichmar en Clínica psicoanalítica y neogénesis, p.49-50- debe ser diferenciado del Edipo estructurante, en la medida en que el deseo por/hacia los progenitores es posterior y ordenador de las constelaciones deseantes originarias que son pulsionales desligadas) le impide ver que Freud, por un lado, no deja de insistir en colocar lo constitucional como arranque genético, hasta el punto de imponerse con su fuerza al propio complejo de Edipo: «La constitución sexual anormal ha mostrado en definitiva su poderío esforzando al complejo de Edipo en una dirección determinada y compeliéndolo a un fenómeno residual inhabitual» (p.189, al final del primer párrafo); y, por otro lado, establece una “estrecha relación” entre el complejo de Edipo y la “herencia arcaica” -«Acerca del origen del complejo de Edipo mismo y acerca del destino… de verse obligado a comenzar dos veces11 su vida sexual…, sobre todo ello, que se relaciona de manera estrecha con su “herencia arcaica”»- (p.190, casi al final del segundo párrafo), con lo cual resulta –como apunta J.Laplanche en Vida y muerte en psicoanálisis (p. 137)- que se trata en realidad de “la relación edípica en su totalidad,  tomada como relación natural [cuando no es nada “natural”, puesto que pertenece a un trabajo de simbolización] y dotada de una función de preservación y supervivencia”.

Por otra parte, Freud –en contra de lo que defiende J.Szpilka tan firmemente- no está tan convencido de que la génesis de la perversión haya que situarla en el complejo de Edipo, pues se lo replantea abiertamente en dos ocasiones y lo deja sin contestar de modo definitivo. Una es al comienzo del tercer párrafo de la p.189 y la otra al comenzar el segundo párrafo de la p.190. En la primera va a señalar que se “se requieren ulteriores indagaciones” y en la segunda parece establecer una contraposición entre las perversiones y las neurosis, si bien esa contraposición aquí sólo es planteada de modo más formal que efectivo. En efecto, como para las neurosis “el núcleo genuino es el complejo de Edipo” o, dicho de otro modo, “el complejo de Edipo es la condición efectiva de la neurosis”, eso obliga en abstracto a plantear que las perversiones (en la medida en que se diferencian de las neurosis) tienen otra génesis, pero claro, como Freud coloca al Edipo en el trasfondo o en la “herencia arcaica”, resulta que la perversión tiene que ser pensada en relación con ese complejo, de ahí que Freud se vea empujado a explicitar que “las fantasías de paliza y otras fijaciones perversas” semejantes son «unos precipitados del complejo de Edipo, por así decir las cicatrices que el proceso deja tras su expiración» (p.190).

Idea, me refiero a esta última, que no parece muy corroborada por la clínica, ya que la expiración o disolución del complejo de Edipo no produce la perversión como una secuela o cicatriz de esa disolución, sino que por el contrario, si se presentan esas “fijaciones perversas”, es porque no se ha podido llegar a hacer expirar o sepultar el complejo de Edipo. Y aquí habría que añadir –si se pretende matizar con el mayor rigor- que ese no sepultamiento o no expiración del complejo de Edipo es a poner en relación con una falla en la propia estructuración de la represión, tal y como ha sido explicitado por S.Bleichmar (La fundación del inconciente, p.196-197). Efectivamente, para S.Bleichmar “la perversión es una categoría psicopatológica que implica una falla en la estructuración de la represión, en el sepultamiento del autoerotismo, no una etapa de constitución psicosexual de la infancia”. De ahí que, según ella, la disposición originaria y universal de la pulsión sexual a la perversión (a la que Freud alude en nuestro texto de modo especial al inicio del segundo párrafo de la p.189, cuando habla de que «la perversión infantil puede convertirse en el fundamento para el despliegue de una perversión, que subsista toda la vida y consuma toda la sexualidad de la persona») no debe confundirse u homologarse con el ejercicio de la perversión, que es un destino no de la pulsión sino del sujeto mismo y, por tanto, para que un sujeto infantil pueda devenir un perverso, tienen que darse determinadas condiciones en su crianza por parte del adulto, quien es el que le somete en esa dirección y, en ese sentido, no hay disposición o “constitución sexual anormal” de entrada en la sexualidad misma, en contra de lo apuntado por Freud, quien al plantear las cosas de esa manera está desconociendo y dejando de lado la intromisión sexualizante del otro, así como una característica mayor o central de su descubrimiento, que es el carácter anárquico y pulsional, véase a-funcional de la sexualidad12.

Por lo que corresponde a la génesis del masoquismo ya el mismo Freud anticipa que este trabajo sobre las fantasías de paliza «nos proporciona sólo mezquinas contribuciones» (p.190, tercer párrafo). Y es que aquí Freud repite su tesis clásica de la transformación del sadismo en masoquismo, añadiendo o precisando con toda claridad que esa trasmudación «parece acontecer por el influjo de la conciencia de culpa que participa en el acto de represión» (p.191, al inicio).

Ahora bien, para no entrar en la confusión constante, en la que se mueve el pensamiento psicoanalítico cuando sigue literalmente las formulaciones de Freud, conviene tener muy en cuenta que Freud está partiendo conceptualmente de una indistinción entre el terreno de lo autoconservativo y el terreno de lo pulsional y, desde ese marco de no distinción entre un terreno y el otro, a la relación autoconservativa con el objeto (que necesariamente conlleva un adueñarse del objeto, un servirse del objeto, un agredir para lograr los propios fines autoconservativos) Freud lo denomina sin más sadismo, cuando la actividad autoconservativa no es de orden sexual. Más aún, ahí coloca de entrada, y por tanto en el marco del orden meramente autoconservativo, un objeto y un yo (p.190, tercer párrafo), y luego sitúa esos mismos términos ya dentro del marco pulsional y de la tópica intrapsíquica, como es la situación edípica, dentro de la cual está en juego la elección erótico-amorosa de objeto (véase una relación de objeto propiamente dicha), en la que sí cabe hablar de lo que explicita Freud con estas palabras: «a la conciencia de culpa le escandaliza tanto el sadismo como la elección incestuosa de objeto entendida en sentido genital» (p.191, primer párrafo).

De todos modos, el propio Freud se percata de alguna manera que se ha sacado un conejo de la chistera o que ha dado un salto sin explicitar los pasos correspondientes, porque se ve obligado seguidamente a plantearse: «¿De dónde viene la conciencia de culpa misma?» Es que ciertamente no ha mostrado el camino que lleva a ella. Más aún, todo se presta a confusión al hacer recaer la conciencia de culpa en o a consecuencia de la represión, cuando es precisamente lo contrario lo que sucede. Es decir, es por falta de suficiente represión y por falta de sepultamiento de los anhelos edípicos por lo que existe esa culpabilidad, la cual facilita (pero ciertamente por no renunciar a los deseos edípicos) la vuelta a las satisfacciones autoeróticas, en cuyo marco está en juego necesariamente el masoquismo, puesto que éste es un camino necesario para la constitución de lo pulsional en el aparato psíquico. De hecho, Freud se vio obligado a puntualizarlo mejor unos años después (1924) y a hablar de un masoquismo originario, que pone de relieve el carácter fundador y privilegiado del masoquismo en la constitución de la sexualidad humana.

Por otra parte, en el segundo párrafo de la p.191 aparece establecida la relación de la perversión con el onanismo y del onanismo con la conciencia de culpa, si bien esta conciencia de culpabilidad remite no al acto onanista como tal (acto que –por cierto- en la primera infancia, aunque siempre presente, no adquiere la satisfacción intensa y la fuerza compulsiva que puede recibir en la pubertad), sino a la fantasía incestuosa-masoquista, una fantasía de orden inconsciente y “proveniente del complejo de Edipo” (p.191, casi al final). Precisamente esta fantasía “inconciente y masoquista” (véase: “la fantasía de ser uno mismo azotado por el padre”, p.192, primer párrafo) es la fuente de “la excitación que esfuerza al onanismo” (p.192, al inicio) o cuya vía de descarga es la masturbación y la que «continúa su acción eficaz por mediación de aquella que la sustituye». Es decir, la fantasía inconsciente (dado que su acción sigue siendo eficaz, a pesar de ser reprimida, pero a la vez también a causa de ser reprimida) va a ser sustituida por la fantasía perversa consciente y “aparentemente sádica” (p.191, al final) de “pegan a un niño” o de “un niño es pegado” (fantasía esta última que acompaña a la masturbación o que, como dice Freud, p.191-192, es «portadora de la excitación que esfuerza al onanismo», cuya representación –precisa J.André en Aux origines féminines de la sexualité, p.71, nota 36- surge en lugar de la representación incestuosa reprimida). Y, además, va a tener «efectos suyos sobre el carácter» (p.192), en la medida en que «los seres humanos que llevan en su interior esa fantasía» (p.192), o sea, los sujetos que han hecho suya esta fantasía o que están entregados a su causa y, por tanto, no han renunciado a su satisfacción, tratan de que la situación fantaseada se cumpla con el consiguiente perjuicio personal, dado que se hacen maltratar por personas que tienen poder para ello: «es fácil que se hagan afrentar por ellas y así realicen la situación fantaseada, la de ser azotado por el padre, produciéndola en su propio perjuicio y para su sufrimiento» (p.192). Y es de tal importancia esta fantasía que, según Freud, puede ser planteada como la «base del delirio querulante paranoico» (p.192 al final del primer párrafo).

Justamente, respecto de la importancia que Freud mismo asigna a esta fantasía, conviene ahora señalar que más adelante (p.198) va a calificar a esta fase de la fantasía de paliza, fase inconsciente y masoquista como “fantasía originaria” (ursprüngliche Phantasie), con lo cual no sólo se está señalando que la fantasía de ser azotada-coitada por el padre es lo que da origen y fundamento a toda esta fantasía compleja que aparece a través de “pegan a un niño”, sino también que –como apunta J.Laplanche en su artículo «L’interpretation entre déterminisme et herméneutique», Rev. Franç. Psychanal. 5, 1991, p.1293 o p.405 de su obra La révolution copernicienne inachevée– “una fantasía inconsciente puede ser originaria sin dejar de ser el producto de un proceso singular y, por tanto, sin tener que remitirse a lo arquetípico, a lo filogenético o al inconsciente de la especie”, pues se trata claramente de una fantasía que corresponde a quienes Freud califica (p.192) como esos “seres humanos que llevan en su interior esa fantasía”, lo que indica que es un producto personal e individual.

Capítulo  VI

Este último capítulo está dedicado a lo que definió al comienzo del capítulo quinto (p.188) como el “apreciar el papel que cumple la diferencia entre los sexos dentro de la dinámica de la neurosis”. Y para cumplir con ese cometido comienza recordando la descripción que hasta ahora ha podido realizar respecto de las fantasías de paliza en la mujer, haciendo un resumen de los resultados alcanzados y señalando una secuencia dividida en tres fases, siendo conscientes la primera (que se formula así: “un padre golpea a un hermanito o hermanita rival”) y la tercera (que se formula en castellano por “pegan a un niño”, si bien la traducción de la versión original debería ser “un niño es pegado” o también “están pegando a un niño”), mientras sólo la segunda (cuya fórmula es “mi padre me pega” y «su contenido es ser azotado por el padre, y a ella adhieren la carga libidinosa y la conciencia de culpa», p.192, segundo párrafo) es inconsciente, pues únicamente sobre ella recae la represión hasta el punto de que sólo puede aparecer en una escenificación, en la que el deseo se muestre totalmente velado o escondido a través de una situación aceptable para la conciencia, como en las relaciones entre los padres y los hijos.

Y es que lo que se reprime verdaderamente es la moción pulsional incestuosa o, si se prefiere, lo que se reprime es la fantasía en cuanto realización de ese deseo incestuoso, ya que el deseo (inconsciente) es un acto realizado y no debe ser confundido con el anhelo, que habla de una tendencia o de una “búsqueda de”. J.Laplanche en Vida y muerte en psicoanálisis (p.138) precisa que lo que se reprime no es el recuerdo, sino la fantasía que de él deriva o que está en su base, lo que no impide que la represión de la fantasía arrastre también al inconsciente el recuerdo mismo. Precisión que le permite matizar luego que: «Así como el objeto que es preciso reencontrar no es el objeto perdido, sino su metonimia, así la escena que se busca no es la del recuerdo, sino la de fantasía sexual que de él deriva».

Una matización que permite salir al paso de algunas confusiones en las que se ha movido y se mueve el pensamiento psicoanalítico, como es la confusión del deseo con el anhelo.  En efecto, el deseo -que es del orden del inconsciente, en donde el pensamiento es acto- es planteado generalmente como tendencia a o búsqueda de, cuando bajo esa perspectiva es una problemática del preconsciente o del yo y, por tanto, no pertenece al orden del inconsciente, al que no le interesa ir a buscar nada porque su movimiento sólo es el de la pura inmediatez o puro presente inmediato, igual que no le interesa conocer nada, porque todo lo que conoce el sujeto viene en cierto modo a poner en riesgo las representaciones deseantes que se sostienen en el inconsciente.

Ciertamente el deseo está por entero entregado a la causa del reencuentro con la huella de la experiencia de satisfacción, experiencia que se recrea alucinatoriamente y que no va a la búsqueda del objeto exterior o a satisfacer la necesidad, pues lo que el bebé alucina o actúa como representación no es la satisfacción del hambre, sino la relación privilegiada con el objeto y, más precisamente, con los atributos aportados por el objeto (atributos que tienen que ver con lo táctil, lo olfativo, lo auditivo y posteriormente lo visual), que es lo que verdaderamente se inscribe en el psiquismo infantil (de ahí que una vez constituido el inconsciente, éste procese las representaciones siguiendo la ley de la contigüidad temporo-espacial y no la ley de la lógica racional). En ese sentido, hay que señalar que el aparato intrapsíquico o “aparato del alma” no surge como adaptación sino que se surge como alucinación, pues trata de resolver algo del orden de la economía psíquica y no algo del orden de la necesidad biológica, esto es, el aparato anímico surge porque se ha inscrito algo que procede del exceso que se produce en el intercambio humano entre el bebé y el adulto que lo cuida, un adulto que se excita sobremanera en ese encuentro porque se reactiva en él la huella de la experiencia de satisfacción. De ahí que S.Bleichmar siempre insistiera con toda razón en que lo que se inscribe es algo del orden del plus y no de la falta o en que la fundación del psiquismo representacional está en el exceso producido en el intercambio humano y no en su falta13.

Por otro lado y siguiendo las líneas de fuerza que Freud traza en este último capítulo de su texto, tenemos que él   parte una vez más del supuesto del paralelismo entre el varoncito y la niña  (de modo análogo o parecido con el supuesto del paralelismo psicofísico que recogió del fisicalismo), en la medida en que analiza la psicosexualidad y la diferencia sexual partiendo o basándose, de modo predominante y a veces hasta exclusivo, en un solo sexo (el masculino), del mismo modo que parte o tiene como referencia preferencial la figura del padre, dejando de lado la figura de la madre tanto en el análisis de la fantasía de paliza como en el análisis del problema del masoquismo, tal y como aparece también en su célebre artículo de 1924.

Ahora bien, una vez que no encuentra ese paralelismo entre los dos sexos, lo intenta explicar poniendo una razón de la disparidad en el hecho de que en los casos masculinos generalmente había, además de la fantasía infantil de paliza, una actividad sexual deteriorada o «serios deterioros de la actividad sexual» (p.193, segundo párrafo), junto con un masoquismo «en el sentido de la perversión sexual» (p.193), del cual nos explicita seguidamente las tres modalidades que se le han presentado en los casos masculinos analizados por él y en los que el varón para conseguir la excitación y la eyaculación se tiene que servir de fantasías y/o de escenificaciones masoquistas. Se trata, por lo demás, de varones que acuden al análisis por razones de impotencia, impotencia que tiene como casusa «una actitud masoquista extremada, acaso de larga raigambre»  (p.193, al final), mientras que el perverso satisfecho –señala Freud- no consulta al analista.

Y es que «en estos hombres masoquistas descubrimos que… tanto en las fantasías masoquistas como en las escenificaciones que las realizan, ellos se sitúan por lo común en el papel de mujeres, coincidiendo así su masoquismo con una actitud femenina» (p.194, al inicio).

Lo cual no sólo da cuenta de que ahí está en juego un problema de identidad sexual, sino que además permite comprender por qué el masoquismo en el varón es más desestructurante que en la mujer, ya que en el caso de ésta, si bien puede conducirla a un sometimiento patológico y a configurar un vínculo sadomasoquista, no obstante no la obliga a perder su identidad sexual, algo que sí puede imponerse en el caso del varón con la consiguiente desestructuración psíquica. Y para plantear así las cosas no se requiere recurrir –como hace J.P.Mahony en En torno a Freud “pegan a un niño”, Biblioteca Nueva, Madrid, 2000, p.83- a presentar como “anticuada” y como un “producto de prejuicios históricos” la idea de Freud sobre la normalidad del masoquismo femenino, señalando a continuación que este masoquismo femenino «no es un rasgo innato ni un rasgo del desarrollo de la personalidad», puesto que –a mi juicio- basta con tomar en consideración la intromisión sexualizante del otro y, por tanto, el origen exógeno de la sexualidad, que coloca a todo sujeto infantil frente al otro adulto en una posición de recepción pasiva, que en la niña se verá doblada o reforzada por el hecho de que su genitalidad está llamada a recibir el pene del varón.

Planteamiento que no sólo permite dar ya una respuesta, sin tener que esperar “a una mayor investigación”, a la pregunta que se hace J.P.Mahony (p.83) de «por qué las mujeres con fantasías de flagelación persistentes tienden a estar menos profundamente perturbadas que sus homólogos masculinos», sino que también permite no tener que echar mano de argumentos o de variables psicológicas, en nada específicamente psicoanalíticas, como “las presiones medioambientales14 y la estimulación”, para situar “los determinantes de las fantasías de flagelación”.

De todos modos, como esa incursión en la perversión masoquista del varón adulto le obliga a Freud a tener que abordar de lleno el problema del masoquismo que sigue aún pendiente, Freud entonces vuelve al tema de las fantasías infantiles de paliza si bien en relación con el sexo masculino, en cuyo caso no existe una primera fase equivalente a la encontrada en las niñas («no pude pesquisar en el varón un estadio previo comparable a la primera fase de la niña», p.194, segundo párrafo), fase en la que «la acción de pegar aparece en su significado indiferente y recae sobre una persona a quien se odia por celos» (p.195, segundo párrafo) y que se expresaba con la formulación de “pegan a un niño”.

Pero, además, la fantasía consciente, cuyo contenido aquí es “Yo soy azotado por la madre”, «se sitúa en el lugar de la tercera fase de la niña, en la cual… unos muchachos desconocidos son los objetos azotados» (p.194, segundo párrafo), cuando Freud se esperaba que esa fantasía fuera de orden inconsciente y constituyera de nuevo un equivalente a la fantasía de la segunda fase de la niña, la que se formula con “yo soy azotada por el padre”. De ahí que nos hable de que «En relación con ello [es decir, en relación con “las fantasías infantiles de paliza en el sexo masculino”], el análisis de la primera infancia nos proporciona otra vez un sorprendente descubrimiento» (p.194). Y es que Freud va a encontrar que la fantasía consciente del varón «cuyo contenido es ser azotado por la madre, no es primaria. Tiene un estadio previo por lo común inconciente, de este contenido “Yo soy azotado por el padre”» (p.194).

De ese modo, para Freud «En ambos casos la fantasía de paliza deriva de la ligazón incestuosa con el padre» (p.195 al final del primer párrafo), es decir, tanto en la niña como en el varón el ligamen erótico e incestuoso es con el padre, pero resulta que la niña hace una elección heterosexual al tomar al padre por objeto de amor erótico, mientras que el niño hace una elección de tipo homosexual al dirigir su erotismo a la figura parental del mismo sexo. Lo que Freud explicita en estos términos: «En la niña, la fantasía masoquista inconciente parte de la postura edípica normal; en el varón, de la trastornada» (p.195, segundo párrafo), o sea,  en un caso la fantasía masoquista de paliza proviene de un complejo de Edipo “positivo” y en el otro caso de un complejo de Edipo “invertido” o “negativo”.

Ahora, respecto de todo este planteamiento freudiano ciertamente se puede sostener la hipótesis de que –según lo sugieren varios de los autores del libro ya citado En torno a Freud “pegan a un niño” (p.59, 82, 92, 107 y 183)- obedece a una insuficiencia en la teorización freudiana, insuficiencia debida a su dificultad de reconocer el papel fundamental de la madre edípica;  o bien la hipótesis que defienden otros autores del mismo texto (p.177 y 185), según la cual se trata de un escenario fantasmático, que corresponde a un momento algo tardío de la constitución del aparato psíquico, lo que concuerda con la tesis más oficial freudiana, la de que la ley edípica se va a estructurar siempre por medio de la figura del padre. Pero también se puede defender -a mi entender- la hipótesis de que en ese planteamiento freudiano se trata en realidad de la reaparición (en el sentido de la vuelta de lo reprimido) de la figura de un padre libidinal y seductor, que obliga tanto al varón como a la niña a establecer un vínculo de tipo erótico-incestuoso con él con las consecuencias psíquicas diferentes que eso va a originar en uno o en otro caso. Una figura que remite en definitiva a la desmesura de la sexualidad parental en relación con la del sujeto infantil, a la vez que aproxima hasta el hecho de casi confundirlos o, al menos, mezclarlos a esos componentes esenciales de la vida pulsional, como son el deseo y la angustia de ser penetrados por el adulto-padre.

Es precisamente respecto de ese deseo y de esa angustia ante la penetración del progenitor y respecto del vínculo incestuoso que liga al sujeto infantil con él, que Freud trata de dar cuenta cuando habla de insertar «otras concordancias y diversidades entre las fantasías de paliza de ambos sexos» (p.195, segundo párrafo), si bien colocándolo todo del lado del sujeto infantil, aunque también de ese modo nos da cuenta del trabajo a realizar por parte del sujeto frente a la intromisión-penetración del adulto. Y en relación con ese trabajo a llevar a cabo, del que la fantasía de paliza es como un paradigma esclarecedor, Freud nos dice que «El varón se sustrae de su homosexualidad reprimiendo y refundiendo la fantasía inconciente; lo curioso de su posterior fantasía conciente es que tiene por contenido una actitud femenina sin elección homosexual de objeto» (p.195 casi al final). Ahora bien, habría que decir que no hay nada de “curioso”, porque en el pasaje a lo manifiesto debe quedar escondido lo latente, que tiene que ver con el deseo prohibido que no se puede tolerar y que remite al deseo de ser penetrado por el padre, deseo inconfesable que obliga al varón no sólo a cambiar el ser penetrado por el ser pegado (cosa que también pasa en el caso de la niña, como veremos enseguida), sino también a cambiar «persona y sexo del que pega» (p. 195), pues de ese modo “la actitud femenina”, al estar en relación o en un vínculo con la madre y no con el padre, ya no es propiamente tal, pues no está en juego una “elección homosexual de objeto”.

Por lo que se refiere a la niña Freud precisa lo siguiente: «mediante ese mismo proceso [se refiere sin duda a la represión] la niña escapa al reclamo de la vida amorosa, se fantasea varón sin volverse varonilmente activa y ahora sólo presencia como espectadora el acto que sustituye a un acto sexual» (p.195 al final). Pero entonces o en concordancia con esta precisión de Freud, resulta -como señalan G.Pragier y S.Faure-Pragier (Une fille est analysée: Anna Freud, p.453)- que el papel masculino de la niña no es sinónimo de un comportamiento varonil, ni es sinónimo de homosexualidad, sino por el contrario un medio de escapar a la sexualidad o a la exigencia pulsional, tanto mayor cuanto que está de por medio la desmesura de la sexualidad paterna. Lo cual habla de que el papel masculino de la niña o el carácter masculino de la sexualidad precoz y, por tanto, de la sexualidad infantil en los dos sexos –tal y como Freud va a sostener en su tesis canónica de la primacía fálica y de la teoría de la castración-  no es algo primario, no es algo inherente a la sexualidad misma pensada en cuanto dotada de entrada de masculinidad, sino que aparece a consecuencia de, es un efecto de un determinado vinculo problemático y  una salida que se da el sujeto ante un conflicto psíquico. Conflicto que, en el caso de la niña es el correspondiente al Edipo positivo, frente al cual una salida o solución insuficiente será la masculinidad. Ahora bien, este planteamiento no sólo no se mueve en la misma onda, sino que se contrapone abiertamente al que Freud va a defender de manera oficial, según el cual el Edipo en la niña no es originario, puesto que en el origen o en el arranque de la sexualidad femenina lo que se presenta es la ausencia de pene, es la anatomía como destino y eso va a provocar en ella una oposición, una rebelión, todo un complejo de masculinidad.

Por otra parte y profundizando en esas “concordancias y diversidades entre las fantasías de paliza de ambos sexos”, Freud va a precisar que la represión de la fantasía inconsciente originaria sólo consigue alejar de la consciencia lo reprimido, porque esto «se conserva en lo inconciente y sigue siendo eficaz» (p.196 casi al inicio); es más –añade Freud después- la represión sólo logra su propósito muy imperfectamente, porque el varón, aunque no lleva a cabo una elección homosexual de objeto, no obstante «se siente como mujer en su fantasía conciente y dota a las mujeres azotadoras con atributos y propiedades masculinas» (p.196); y porque la niña «no se suelta empero del padre… y puesto que ha devenido muchacho, hace que sean principalmente muchachos los azotados» (p.196, final del primer párrafo).

Ante estas afirmaciones cabe sorprenderse de que Freud –por un lado- rebaje tanto la importancia de la labor represiva a pesar de las consecuencias que opera (véase: “el varón se siente mujer” y “la niña ha devenido muchacho”) y –por otro lado- de que desdeñe algo que a la vez también está afirmando y sosteniendo, como es el que la niña nada más y nada menos que “ha resignado su sexo”, es decir, ha renunciado a su sexualidad femenina, como consecuencia de que «en el conjunto ha operado una labor represiva más radical» (p.196). Frase que ya fue objeto de un comentario anterior al abordar más directamente la cuestión de la sexualidad femenina, en el sentido de que en este texto Freud se contrapone a su tesis oficial, según la cual el superyó femenino es débil como consecuencia de que en su caso la labor represiva es menor y secundaria.

Pienso, entonces, que aquí Freud, conducido por un discurso en el que contrapone represión y regresión («No ocurre lo mismo con el efecto de la regresión a un estadio anterior», p.196), eso le lleva a rebajar la primera en aras de dar mayor valor a la segunda, olvidándose por lo demás de que la propia regresión es efecto de la represión, ya que es porque ha intervenido la represión que en lo inconsciente reprimido suceden cosas y que hay operaciones, como la de sustituir lo genital reprimido por lo anal, que siguen estando vigentes en el inconsciente. Claro que, por otra parte y a la vez, la regresión daría cuenta de una falla de la represión o de una falta de la misma.

Y por lo que respecta específicamente a la regresión, puede decirse que, si bien por un lado –siguiendo en ello lo señalado por Freud cuando dice que  «modifica también las constelaciones en lo inconciente, de suerte que en ambos sexos no se conservaría en lo inconciente… la fantasía (pasiva) de ser amado por el padre, sino la masoquista de ser azotado por él», p.196- se lleva a cabo con ella la transformación de un fin genital en un fin masoquista cloacal, con lo que eso comporte de goce pulsional de tipo autoerótico o de goce perverso; sin embargo, por otro lado y dada la conexión entre regresión y represión -que Freud no deja de establecer con su comparación entre ellas-, tenemos que esa regresión nos habla del precio o castigo que hay que pagar por la transgresión incestuosa, precio que apunta a que, en el caso de la niña, ésta hace recaer sobre sí misma la culpabilidad por la falta de ese padre que “ha hecho todo para ganar su amor”, así como también haría aparecer la rivalidad con la madre, pues “el soy azotada” es una manera de recoger y apaciguar la retaliación materna.

Y entramos ya en la sección última de este artículo, en la cual –según P.J.Mahony, op.cit., p.76- “Freud convierte a Fliess y a Adler en las víctimas de sus ataques, puesto que ambos sexualizan distorsionadamente la teoría de la represión”, mientras que Freud por su parte “siempre rechazó las respectivas teorías sociológicas y biológicas de Adler y de Fliess relacionadas con el vínculo entre represión y personalidad sexual”, planteamiento freudiano que –siempre según P.J.Mahony- “no es del todo correcto”, porque también él apoyó “una postura sobre la sexualización de la represión parecida a la de Adler”, aunque luego la abandonó.

Así que tenemos que Fliess y Adler “sexualizan la teoría de la represión”, idea que parece concordar con lo señalado por el propio Freud en su texto cuando habla de que ahora pretende «someter a examen dos teorías que, contrapuestas entre sí, tratan ambas sobre el vínculo de la represión con el carácter sexual, presentándolo… como muy estrecho» (p.196, segundo párrafo); o cuando indica que «ambas teorías tienen en común por así decir la sexualización del proceso represivo» (p.197 al final), manifestando finalmente que «la teoría psicoanalítica…sostiene que no es lícito sexualizar los motivos de la represión»(p.199 al inicio del tercer párrafo).

Pero, cómo entender estas expresiones freudianas cuando su propia teoría está basada en que lo que se reprime es lo sexual, en que sexualidad e inconsciente reprimido están estrechamente vinculados y en que, en definitiva, Freud critica la teoría adleriana, porque ésta se carga el papel de la sexualidad infantil como elemento estructurante de la neurosis infantil y, por tanto, a lo que se opone Freud cuando cuestiona la teoría de la protesta masculina de Adler es a la perspectiva no sexual del Edipo que esta teoría defiende, en contra de su planteamiento para el cual el Edipo es enteramente sexual, en la medida en que es la expresión o, mejor, el conflicto de una dinámica de orden sexual.

Lo menos que se puede decir es que estamos ante una cierta confusión de términos y que los vocablos “carácter sexual”, “sexualización” y “sexualizar”, empleados por Freud a la hora de criticar las teorías de Fliess y de Adler, no se mueven en la misma línea que cuando emplea el término de “sexualidad infantil” o la frase «otras exteriorizaciones pulsionales de la vida sexual infantil que igualmente sucumben a la represión» (p.199,  segundo párrafo).

Efectivamente, aunque en la lengua castellana utilicemos el mismo vocablo, en la lengua alemana hay dos líneas de raíces diferentes: una línea germánica y una línea latina, dos líneas que a veces son utilizadas como sinónimas o análogas, pero que permiten establecer una diferencia a la que sin duda el texto de Freud apunta y nos ha permitido acceder. La línea germánica, presente en el vocablo Geschlecht, remite al sexo tanto anatómico como social, a la reproducción sexuada que implica a los dos sexos. Mientras que la línea latina, presente en el vocablo Sexual, remite a la sexualidad ampliada, al placer sexual, a la libido, sin referencia explícita a la diferencia de los dos sexos.

Pero una vez hecha esa aclaración, sin duda alguna importante para poder  resituar las cosas de un modo mínimamente comprensible y que por cierto es la seguida por el propio Freud cuando, en su obra Análisis terminable e interminable (v.XXIII, p.253), indica: «desautorizo sexualizar la represión de esa manera, vale decir, fundarla en lo biológico en vez de hacerlo en términos puramente psicológicos»; no obstante sigue siendo difícil de entender que aquí Freud vuelva a la carga en su crítica sobre todo de la teoría de Adler, cuando lo ha hecho ya en varias oportunidades anteriores (en particular en el capítulo III de Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, en su Introducción del narcisismo igualmente en el tercer capítulo y en su Historia de una neurosis infantil, correspondiente al historial clínico de “El hombre de los lobos”).

J.Strachey nos dice (p.176) en su nota introductoria que este texto, además de llevar a cabo “una minuciosa indagación clínica acerca de una clase particular de perversión”, añade “un examen –al cual Freud atribuía suma importancia- de los motivos que llevan a la represión”, problema éste (el de los motivos de la represión) que “no es tratado en ningún lugar de una manera tan completa como aquí”. Sin embargo, aunque pueda ser considerada la más completa de las realizadas por Freud, esa manera no resulta muy esclarecedora ni muy entendible. De J.Strachey no nos podemos fiar tampoco mucho, porque termina esa nota introductoria diciendo que en Análisis terminable e interminable Freud volvió a discutir una vez más las tesis de Fliess y de Adler, cuando en realidad sólo discute críticamente la de Fliess, pues a Adler, la mención que hace, poco antes de referirse a Fliess, es para indicar que éste (Adler) «ha impuesto el uso de la designación, enteramente acertada para el caso del hombre, de “protesta masculina”» (ibid., p.252). Pero no parece que esa frase sea una discusión de la teoría adleriana.

Frente a este desconcierto, considero que se puede salir de algún modo reconociendo –por una parte- la importancia que Freud otorga a estas fantasías de paliza, lo que habla de que aquí está en juego un cierto valor estructural o fundamental de la fantasía como tal, esto es, de la propia constitución de la psicosexualidad o del orden pulsional intrapsíquico; y planteando –por otra parte y sobre todo- que a través de esa crítica a otros, quienes además han formado parte de la historia de su movimiento y de su grupo de colegas, se puede vislumbrar que este trabajo sobre la fantasía de paliza viene a cuestionar esas perspectivas (biológicas y socio-psicológicas) que Freud coloca en Fliess y Adler, pero que en realidad le pertenecen también a él mismo, puesto que a ellas no dejó de recurrir siempre en su periplo conceptual, así como recurrirá más tarde de algún modo, olvidándose así de lo que con este texto ha sido capaz de plantear, cuando defienda por encima de todo la primacía fálica (que no deja de estar en una estrecha relación con la “protesta masculina”, pues Adler con esa teoría trataba de dar un fundamento general y explicativo a la reivindicación fálica, a la vez que afrontaba las cuestiones de la angustia de castración y de la envidia del pene, en la cual sin duda seguía bien de cerca a Freud, quien después de su obra de 1908 Sobre las teorías sexuales infantiles había puesto de relieve la relación entre la atribución fálica infantil, la envidia del pene y el complejo de castración, aunque es cierto que Adler recolocará todo ese entramado por fuera de lo pulsional al atribuir a la angustia de lo femenino un doble origen social y biológico); y cuando eche  mano de la famosa “roca de base” de orden claramente biológico: «A menudo uno tiene la impresión de haber atravesado todos los estratos psicológicos y llegado, con el deseo del pene y la protesta masculina, a la “roca de base” y, de este modo, al término de su actividad. Y así tiene que ser, pues para lo psíquico lo biológico desempeña realmente el papel del basamento rocoso subyacente» (Análisis terminable e interminable, op.cit., p.253).

Y retomando ya, para terminar, el discurso freudiano en su materialidad concreta, tenemos –de un lado- la crítica de la teoría de Fliess (basada “en la constitución bisexual de los individuos humanos”, p.196 casi al final) de que todas las personas reprimen estrictamente las tendencias propias del sexo contrario: «El sexo de más intensa plasmación, predominante en la persona ha reprimido a lo inconciente a la subrogación anímica del sexo derrotado» (p.197 al inicio), ya que esa teoría establece una equivalencia reduccionista entre la identidad sexual y la forma de los genitales: «ello sólo puede tener un sentido concreto si consideramos presidido el sexo de un ser humano por la conformación de sus genitales» (p.197), es decir, si reducimos la sexualidad a lo meramente biológico o al sexo anatómico, algo que arruina por entero toda la dimensión ampliada de la sexualidad que Freud pudo poner al descubierto. Y aquí Freud añade un argumento –sin duda capital en el sentido epistemológico, pero que a veces el propio Freud no cumple- que dice lo siguiente: «correríamos el riesgo de volver a derivar como resultado de la investigación lo que debía de constituir su punto de partida» (p.197, primer párrafo).

Y –de otro lado- tenemos la crítica de la teoría de Adler, esquematizada por la expresión “protesta masculina”, en la medida en que él atribuye a esa protesta (que «tiene por contenido que todo individuo se resiste a permanecer en la línea femenina [de desarrollo], inferior, y esfuerza hacia la línea masculina, la única satisfactoria», p.197, segundo párrafo) tanto el origen de la neurosis como el motivo de la represión, con lo cual coincide con la teoría de Fliess en que «la lucha entre los dos sexos es lo decisivo para la represión» (p.197), por más que sus apoyos sean sobre todo “sociológicos” y no “biológicos”. Ahora Freud no va a desplegar sus argumentos críticos, quizá porque lo ha hecho ya en ciertos trabajos anteriores, y que se resumen en que la concepción de Adler olvida por entero el factor sexual, en cuanto motor del desarrollo psíquico y, por consiguiente, de la neurosis y de la represión.

A continuación Freud pasa a poner en relación a cada una de esas dos teorías por separado con el tema de las fantasías de paliza, respecto de las cuales la primera teoría “no nos sirve” para entenderlas, porque si bien «la fantasía originaria “Yo soy azotado por el padre” corresponde en el varoncito a una actitud femenina» (p.198 al inicio), contraria a su sexo, sin embargo «la fantasía conciente que sale a la luz tras una represión exitosa, vuelve a exhibir la actitud femenina, sólo que ahora hacia la madre» (p.198). Y en el caso de la niña, como la fantasía (precisada también como la del niño con el adjetivo “originaria”, precisión que ya comentamos en su momento) «”Yo soy azotada (vale decir amada) por el padre” corresponde al sexo manifiesto predominante en ella… debería sustraerse a la represión y no tendría que devenir inconciente» (p.198), pero como eso no sucede así, esa concepción, que afirma un «nexo entre carácter sexual manifiesto y elección de lo destinado a reprimirse» (p.198), no nos vale.

Por su parte, la teoría de la protesta masculina «parece pasar mucho mejor la prueba de su aplicación a las fantasías de paliza» (p.198, segundo párrafo), ya que tanto en la niña como en el varón «la fantasía de paliza corresponde a una actitud femenina… y ambos sexos, mediante represión de la fantasía, se apresuran a librarse de esa postura {actitud}» (p.198). Por lo cual Freud, por más que afirme rotundamente que «el enfoque de la protesta masculina es inadecuado para los problemas de las neurosis y perversiones e infecundo en su aplicación a ellos» (p.199), se ve obligado a echar mano de «otras exteriorizaciones pulsionales de la vida sexual infantil que igualmente sucumben a la represión» (p.199), a través de las cuales y en particular de los «impulsos sádicos o las concupiscencias del varoncito hacia su madre» (p.199) [una equivalencia, la de los impulsos sádicos y la concupiscencia hacia la madre en el varón, que por cierto habla –según la tesis defendida por J.André en Aux origines féminines de la sexualité, p.95-104- de que para Freud el coito heterosexual en su fantasmática singular era siempre considerado como un “coitus a tergo” y, por consiguiente, bajo el predominio del sadismo, del voyeurismo, etc., o sea, en beneficio de las pulsiones parciales del hombre-varón y para calmar su angustia de castración, que en definitiva remite a una angustia frente a los fines pasivos de la libido] aparece que la teoría de la protesta masculina «se vuelve del todo inutilizable» (p.199), porque resulta que esas fantasías activas pueden ser afectadas por la represión, algo que no tendría nunca que suceder según esa doctrina «por completo inconciliable con el hecho de la represión» (p.199, segundo párrafo).

Pero Freud no se contenta con ese tener que recurrir a “otras exteriorizaciones pulsionales de la vida sexual infantil” saliéndose así del terreno en el que estaba trabajando: el de las fantasías de paliza, sino que quiere ser más contundente y, entonces acude a un argumento de fuerza mayor que es el personal o el de que, si se sigue “el principio de la protesta masculina”, se está en contra de «todas las adquisiciones obtenidas en psicología, desde la época de la primera cura catártica de Breuer» (p.199). Y en ese marco tan tumbativo echa el resto concluyendo el trabajo con un resumen de toda su teoría psicoanalítica, resumen en el cual asoma, precisamente por no querer dejar ningún resquicio de réplica o de contraargumento, su planteamiento de tipo endogenista y evolutivista a lo Darwin (porque habla de una especie de selección natural), que no parece corresponder muy bien a los argumentos psicológico-psicoanalíticos que él esgrime contra sus adversarios, puesto que se mueven más bien en la línea de los apoyos “biológicos” y “sociológicos” que él combatía. Véase si no lo que afirma: «El núcleo de lo inconciente anímico lo constituye la herencia arcaica del ser humano [lo biológico y lo sociológico ahí parecen ir juntos de la mano], y de ella sucumbe al proceso represivo todo cuanto, en el progreso hacia fases evolutivas posteriores [Freud se olvida de que la sexualidad por él descubierta, es decir, la pulsional, no está sometida al progreso adaptativo porque es de orden a-funcional], debe ser relegado por inconciliable con lo nuevo y perjudicial para él [de nuevo ahí no tiene cabida todo lo relacionado con la regresión y lo que no se deja integrar en el proceso traductivo-simbolizador, y en último término el que en el inconsciente permanecen representaciones que no se concilian con lo nuevo, por más que sean perjudiciales y nocivas para el sujeto. Y es que ese planteamiento freudiano destruye en definitiva lo que se pretende defender y evoca el famoso argumento del caldero, cuya lógica en este caso sería la siguiente: lo que dice Adler de las neurosis es falso y, además, de todos modos eso de lo que habla Adler no son neurosis]. Esta selección se logra en un grupo de pulsiones mejor que en los otros [aparte de hablar de una especie de selección natural al estilo de la que llevan a cabo las especies animales, está dando a entender que hay diversas clases de pulsiones, con lo que eso comporta de rebajamiento del propio concepto de pulsión o de la idea de lo pulsional como tal]… por eso la sexualidad infantil, que sucumbe a la represión, es la principal fuerza pulsional de la formación de síntoma, y por eso la pieza esencial de su contenido, el complejo de Edipo es el complejo nuclear de la neurosis. Espero haber suscitado… la expectativa de que también las aberraciones sexuales… sean ramificaciones del mismo complejo» (p.199-200). Digamos, a este propósito y ya finalmente, que parece que Freud no concibe otra posibilidad que la de la represión de la sexualidad infantil, haciendo recaer sobre esa represión tanto el complejo de Edipo como “las aberraciones sexuales”, en cuanto ramificaciones de ese complejo. Sin embargo, se da mejor cuenta de las distintas psicopatologías planteando la posibilidad de una sexualidad infantil que no se deje reprimir (en el sentido de que no haya sucumbido a la represión originaria) y que esa sea la base de “las aberraciones sexuales” o de las perversiones, así como de las fantasías que no se han dejado conjuntar por la simbolización-secundarización del complejo de Edipo y que van a permanecer bajo el predominio de lo pulsional desligado. 

 

Apéndice

Sobre la cuestión de la fantasía o del fantasma hay que señalar de entrada que en castellano el vocablo “fantasma” es un forzamiento para el concepto de fantasía, porque en el Diccionario de la R.A.E. fantasma es una visión quimérica, un espantajo, e indica el carácter falso e inexistente de algo. Lo cual no tiene nada que ver con el concepto de fantasía en sentido estricto y no digamos en el sentido psicoanalítico, en cuyo marco de pensamiento el término “fantasma”  se ha impuesto con mucha fuerza a raíz del enfrentamiento entre el lacanismo y el kleinismo, ya que desde  esta última corriente se había insistido de manera muy exclusiva en la idea de la fantasía como expresión mental del instinto, siguiendo el modelo freudiano de constitución de la fantasía a modo de una delegación o representación del cuerpo en la psique. Y, entonces, el lacanismo corrigió esa línea imponiendo otra, también presente en Freud, como es la de las fantasías originarias o fantasías inconscientes de origen, que permite poner el acento en la idea de fantasma como un articulador inconsciente de carácter universal (tengamos en cuenta a este respecto que tanto Lacan como Levi-Strauss tienen un gran afán de universalismo, o sea, de descubrir leyes generales de la humanidad y de llegar a lo más alto de la especie humana, tomando por orden de lo universal lo que es una denominación de su propia cultura, véase la cultura europea hegeliana, tal y  como puede verse en las famosas expresiones de la “Metáfora Paterna” o la del “Nombre del Padre”).

Precisamente esta matización entre los vocablos “fantasía” y “fantasma” permite señalar -por un lado- que si bien a Lacan corresponde el haber puesto de relieve la idea de que el inconsciente no es producto natural, de que no se nace con él ni se evoluciona a partir de su existencia preformada, sin embargo su afán de lo universal que le lleva a poner en el lenguaje la base fundamental no sólo en el proceso de la cura, sino en la constitución del psiquismo, ha impedido y obstaculizado las posibilidades de ceñimiento de la constitución del psiquismo humano, así como el reconocimiento de los tiempos reales y concretos en los cuales tiene origen. Lo psíquico-intrapsíquico se estructura de un modo singular y no a modo de aplicación de la ley general, pero el estructuralismo lacaniano ha transformado la ley (por ejemplo, la ley paterna, que hace del padre=ley y de la madre=naturaleza) en causa de la patología psíquica, cuando la causa psíquica debe ser buscada siempre término a término en lo específico.

Y -por otro lado- conviene tener en cuenta que en la obra de Freud a partir de 1905, es decir, de la primera edición de los Tres ensayos de teoría sexual y de la publicación de Análisis fragmentario de una histeria (véase: El caso Dora) se produce el abandono del concepto de fantasía como recomposición de lo visto y de lo oído, esto es, como recomposición de lo exterior. Planteamiento este último que fue reemplazado por una teoría endogenista de la fantasía, que pone el acento en un “estadismo” genetista, en el cual las fases de la libido se van sucediendo y van engendrando sus propias organizaciones fantasmáticas. “Estadismo” genetista que, a partir de 1912, en un momento de endogenismo muy marcado, es llevado hasta la idea de fantasma endógeno de tipo universal, planteado a través del concepto de fantasma originario, que no procede de la experiencia singular ni se reduce a ella, pero que organiza lo psíquico por medio de articuladores universales y que le permitió a Freud hacer ingresar de nuevo la historia, si bien del lado de la historia de la especie, y recuperar así de alguna manera lo que expulsó de la historia del sujeto singular.

Pues bien, frente a esa conceptualización de la fantasía constituyéndose de modo endogenista, Freud había defendido antes (y volverá sobre esa consideración una y otra vez de modo marginal, así como de modo más detenido tanto en Moisés y la religión monoteísta con la idea de  “lo histórico-vivencial”, como en Análisis terminable e interminable preguntándose cuál de las dos teorías sobre la neurosis es correcta, si la teoría de lo endógeno o bien la teoría de lo traumático, lo que por cierto da cuenta de que en la obra de Freud las problemáticas retornan todo el tiempo y no se resuelven, algo que se contrapone radicalmente a la idea de un Freud en constante perfección y progresión dada su mayor experiencia clínica) que la fantasía es el producto de una recomposición metabólica de algo vivido  y, de ese modo, es un producto psíquico posibilitador del ordenamiento ligador de lo traumático.

Este planteamiento arranca del “Manuscrito M”, anexo a la carta 128 de la edición íntegra de las Cartas de Sigmund Freud a Wilhelm Fliess (1887-1904) del 25 de mayo de 1897, en el que se afirma lo siguiente: «Las fantasías se generan por conjunción inconciente de vivencias y de lo oído, con arreglo a ciertas tendencias» (p.264 de esa edición completa). Así que la fantasía se origina en lo vivido y en lo oído, pero con “arreglo a ciertas tendencias”, es decir, no es puro asociacionismo, no es puro azar la forma en que se compone la fantasía y, por tanto, no alcanza con lo visto y con lo oído (como hemos podido ver claramente en este texto de 1919 Pegan a un niño, cuando Freud introduce, más allá de lo visto, que es aquí la reiteración de los azotes en la escuela, la construcción –que a su vez responde a una necesidad teórica que da cuenta de un modelo estructural- de una fase “que nunca ha tenido una existencia real”, p.183) y es que hay una tendencia que define las líneas de composición, que remite al trabajo metabólico, que es precisamente la tendencia que define los modos con los cuales se va a componer lo vivenciado y lo oído. Con lo cual hay una cierta cadena causal y, por tanto, no es algo meramente azaroso, sino que se establece a través de determinadas líneas de fuerza que tienen que ver con las líneas libidinales. Y esas líneas de fuerza tienen el carácter de poner de relieve ciertos elementos, que se van a convertir en fragmentos, que luego potencialmente son los indicios, que van a ser recompuestos por fantasías.

Así que no es cualquier cosa de lo visto o de lo oído, sino que está articulado por líneas libidinales. En ese sentido, podemos tomar el concepto de fantasía o fantasma como la construcción de un conjunto de ensamblajes representacionales más o menos estables, que posibilitan al psiquismo una cierta estabilidad, con un carácter similar al de un síntoma, como regulador de la economía psíquica, en la medida en que permite que las  representaciones entren en un tipo de ligazón que no las deje libradas a la repetición. De ahí que la fantasía sea un estabilizador psíquico, de ahí su carácter ligador u organizador de lo que ingresa traumáticamente en el psiquismo. Y, por ello mismo, es muy preocupante la imposibilidad de fantasear.

Y, a propósito de ingresar traumáticamente, hay que decir que nada de lo real es traumático, si no está en juego un ser humano que entra en riesgo ante lo que le ocurre. Es decir, algo es traumático porque descoloca las certezas del sujeto o, lo que es lo mismo, porque la pone en riesgo la autoconservación (como representación del organismo en su totalidad de ser vivo o con derecho a la existencia) o la  autopreservación narcisistica del yo ideal como ser amable o amado.

Por otro lado y en relación con el trabajo de la cura, en la fantasía lo que importa es la función que cumple el objeto  y no el objeto mismo, porque el objeto puede ser la figura paterna y sin embargo puede cumplir una función de maternaje, es decir, lo importante es el entramado representacional, mientras que el objeto como tal ocupa un lugar secundario.

Así, pues, lo que importa es qué tipo de materialidad representacional está en juego, porque de lo contrario se interpreta siempre lo mismo, con lo cual se agota la interpretación y el sujeto no cambia, ya que estamos produciendo un deslizamiento de significación que no corresponde a la causalidad del síntoma o de la compulsión. Causalidad que, por cierto, obedece a las leyes del sentido inconsciente o de la determinación libidinal inconsciente que se infiltra por lo no significado y, por tanto, no obedece a las leyes de la cadena lingüística o de los significantes, cadena ésta que hay que diferenciar claramente de la cadena traumática.

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Notas

Seminario impartido en Madrid y San Sebastián durante los años 2005 y 2006.

Conviene tener presente que lo compulsivo, metapsicológicamente hablando, no es equivalente a obsesivo, pues lo compulsivo remite a lo que no está atravesado por la represión y que procede de restos simbolizables no tramitados, que cortocircuitan constantemente la posibilidad de la autoconservación y de la autopreservación yoicas, obligando así a la reiteración.

2 La vergüenza da cuenta sobre todo de un momento que media en el pasaje de lo intersubjetivo a lo intrapsíquico, porque es un sentimiento por excelencia dirigido o en relación con el otro, así como a la vez está relacionado con el narcisismo, que es un momento intermediario entre el autoerotismo y la relación de objeto propiamente dicha, entendida ésta en el sentido de asumida intrapsíquicamente.

3 A este respecto véase, por ejemplo, la sustitución de la vagina, hueca y vacía, por la plenitud y la redondez del culo o trasero en muchas culturas.

4 Una perspectiva que abre a la llamada del otro, en este caso del público (con su expectativa enigmática para el artista y que así se convierte ese otro en el agente provocador de la obra). Aspecto que resitúa la sublimación ya no tanto en relación con el propio objeto que se da el sujeto, sino ante todo como apertura al enigma del otro, al trauma que el otro ha implantado y frente al cual el yo está llamado a confrontarse, viéndose obligado a sublimar lo traumático o a inspirarse constantemente en esa situación traumática, a la que se ve llamado a dar respuesta y a hacerlo de manera creativa.

5 Quizá esta idea de Freud sobre “la búsqueda del éxito fácil” y “lo más rápido posible” ha favorecido el plantear la diferencia (entre psicoterapia y psicoanálisis) en relación con el número de sesiones, entorpeciendo así –de un lado- una diferenciación de orden metapsicológico, como la apuntada por J.Laplanche en su libro Entre séduction et inspiration: l’homme, p.336, cuando señala que la labor psicoanalítica abre al cuestionamiento, que permite hacer frente al enigma del otro; mientras que la labor psicoterapéutica favorece el movimiento de apoyo que reitera el polo yoico y de cierre sobre sí mismo;  y –de otro lado- entorpeciendo también la necesaria dialectización entre labor psicoanalítica y labor psicoterapéutica en todo proceso de cura analítica y, particularmente, en los casos graves.

6 Afirmación freudiana que conviene matizar en el sentido de que su existencia pertenece a otra realidad, que es la de orden intrapsíquico. Aquí está en juego la realidad psíquica que es de orden inconsciente, y que atraviesa tanto a la realidad material como a la realidad subjetiva o psicológica.

7 Se puede decir que toda esta consideración parece chocar frontalmente con lo sostenido por S.Bleichmar (Clínica psicoanalítica y neogéneis, p.61), cuando afirma: “¿Cómo compaginar el vislumbre o presentimiento con el tratarse de una zona ni siquiera rozada por la limpieza?” Claro que este planteamiento a su vez no concuerda con lo que ella misma defiende sobre la participación de la mirada (ibid., p.84).

8 Represión originaria que, cuando no se ha llevado a cabo o no se ha constituido intrapsíquicamente, va a requerir de  un trabajo de contrainvestidura, que impone a la fuerza el no satisfacer lo anhelado o lo que atrae, y que no es equivalente al funcionamiento obsesivo, en cuyo caso hay en juego representaciones sustitutivas, que dan cuenta de que la represión está establecida.

9 Deslizamiento semejante al que se origina entre “sujeto en constitución” (que no cuenta con la tópica psíquica) y “sujeto constituido” (en el que la tópica psíquica está ya instalada).

10 La expresión “Edipo complejo” remite al momento de la constitución subjetiva, en el cual se determina los modos de pautación de la sexualidad como ordenamiento de lo genital; mientras que la expresión “Edipo estructurante” remite a la estructura que antecede al sujeto, en cuanto lugar desde el cual se estructuran y pautan los intercambios sexuales que anteceden al sujeto y definen su inserción simbólica en la cultura. Este Edipo estructurante es el Edipo desde la perspectiva estructuralista de Levi Strauss, perspectiva que no es la freudiana.

11 A este respecto hay que señalar con toda claridad y sin ambages que se trata verdaderamente de dos sexualidades diferentes, como son la pulsional y la instintiva y que, por consiguiente, no es la misma sexualidad en dos tiempos distintos, como Freud repite una y otra vez en contra de su propio descubrimiento de la sexualidad pulsional.

12 Por otro lado, hay que decir que la fácil homologación entre polimorfismo perverso infantil y perversión propiamente dicha ha creado una confusión bien grave. Es más, en las dos teorías freudianas acerca de la perversión a) aquella que pone el acento en las trasgresiones anatómicas y b) aquella que pone el acento en la renegación de la castración, lo fundamental queda afuera. En la primera, porque está adherida a un sustrato ideológico histórico ya insostenible y, en la segunda, porque reduce todo reconocimiento de la alteridad a la diferencia anatómica de los sexos, planteando como modelo del amor de objeto a la relación heterosexual, cuando tanto la elección homosexual como la heterosexual están atravesadas por los modos más diversos de anulación o bien de reconocimiento de la diferencia con el otro. En continuación con ello hay que tener en cuenta  que: 1) no es lo mismo “asumir la castración” que hacerse cargo y asumir la alteridad del otro o reconocer al objeto de amor como otro subjetivado; 2) la idea de la castración simbólica, que está articulada con la premisa universal del falo, hace que el proceso de constitución intrapsíquica se vea subordinado a la genitalidad y, con ello, se arrase o liquide el concepto freudiano de “sexualidad ampliada” (véase la sexualidad infantil, que es de hecho pregenital en el niño); y 3) la articulación entre “castración simbólica” y “Nombre del Padre” o “ley edípica” no deja vislumbrar bien que la prohibición edípica remite ante todo a la prohibición del intercambio de goce pulsional entre el adulto y el infante.

13 En esa línea hay que decir (siguiendo la rica enseñanza de S.Bleichmar) que, por más que la representación se active por/con la falta del objeto, eso no quiere decir que cese ante su presencia, pues se trata de órdenes distintos. Y es que el psiquismo humano –al estar producido por el intento de procesar elementos para los cuales no está genéticamente preparado, elementos que exceden la información biológicamente transmitida; y al estar obligado a procesar y metabolizar elementos provenientes de la realidad exterior excesiva, que el adulto ofrece con la sexualidad que infiltra en sus cuidados autoconservativos-  no se activa por la ausencia de un objeto de autoconservación (por ejemplo, el pecho nutricio o la leche que brinda), sino por los excesos o el plus circulante que de ese objeto emana. En ese sentido, merece la pena tener en cuenta que si la alucinación primitiva  (en la cual son reinvestidos los signos de percepción residuales de la vivencia de satisfacción) es el embrión de toda simbolización posible, sin embargo no es simbólica de nada, porque esas inscripciones (por más que funden la realidad psíquica y crean objetos no existentes en el mundo exterior) no remiten más que a sí mismas. Para que haya símbolo tiene que haber dos elementos y una regla de interpretación, lo cual no existe en los comienzos de la vida. Del mismo modo, esas representaciones que se van gestando durante la constitución del sujeto, por más que sean el efecto de inscripciones que se producen en el tiempo, no son históricas, porque no están atravesadas por la categoría de tiempo. Son sólo historizables “a posteriori” y del lado del sujeto cuando puedan ser situadas como recuerdos ligándose al preconsciente o, en el caso del sujeto en sentido estricto, del lado del yo.

14 Esas “presiones medioambientales” pueden dar cuenta de la producción de la subjetividad, que es del orden de lo histórico-social o cultural, pero no de la constitución del psiquismo que es del orden de lo libidinal.