El psicoanálisis como parte de la comunidad científica

Presentación 

El psicoanálisis cuenta con un objeto de estudio –el inconsciente- distinto a los objetos de, por ejemplo, las neurociencias o la psicología, y ello a pesar de los varios intentos, a veces desde el propio psicoanálisis, de hacerlo coincidir con los de disciplinas conexas, en particular la psicología (Cf. el artículo de A. Azar). El psicoanálisis también cuenta con un método de conocimiento propio, que es la gran invención de Freud. Laplanche siempre consideró muy importante que nuestra disciplina tenga un lugar de pleno derecho en la comunidad científica y, de diversas maneras, su obra ha abierto camino para que se avance en esa dirección. Indicaremos tres  puntos  sobre los que ha llamado nuestra atención a este respecto:

a)El lugar central del método psicoanalítico. Ya puesto en primer plano por Freud[1] -quien define el psicoanálisis ante todo como un procedimiento de investigación de fenómenos psíquicos difícilmente accesibles por otras vías– es usado tanto en la práctica clínica como en los estudios culturales. Y, en este segundo ámbito, se muestra especialmente fecundo cuando se utiliza en el análisis de la obra del propio Freud[2]. Tal vez uno de los aportes más importantes de Laplanche al psicoanálisis ha sido mostrar cómo la obra de Freud gana enormemente en riqueza, complejidad e interés cuando se lee y se trabaja con el método psicoanalítico. Éste, lejos de ser un método hermenéutico –que traduce más o menos arbitrariamente un discurso manifiesto en otro latente- tiene como objetivo deshacer o deconstruir la estructura del discurso (o del texto) manifiesto[3]. Nuestro discurso nunca está libre de filtrar elementos inconscientes que disminuyen su coherencia: entramos en contradicción, olvidamos aspectos importantes, damos un peso excesivo a determinados elementos en detrimento de otros, creemos hablar de algo nuevo solo porque le cambiamos el nombre, etc. A partir de una escucha singular, el método psicoanalítico intenta señalar esas “rupturas” en la coherencia del discurso  para así poner en cuestión las teorías[4] subyacentes y despejar el terreno para que puedan construirse otras menos sujetas al inconsciente. La  importancia de este método debe primar sobre cualquier teoría si queremos evitar la tentación doctrinaria (Cf. el texto de D. Scarfone).

b) La necesidad de distinguir entre, por un lado, la teoría científica  (metapsicológica) -que pretende estudiar el inconsciente a través de descripciones cada vez más exactas relativas a su génesis, sus propiedades, sus contenidos- y, por otro lado, lo que en psicoanálisis llamamos teorías sexuales infantiles, creadas espontáneamente por el ser humano en su intento por dominar, a través de simbolizaciones, la angustia inherente a los enigmas con los que se ve confrontado desde el comienzo de la vida. Sin embargo, es importante no perder de vista que nuestras teorías sexuales infantiles siempre se filtrarán de algún modo en la teoría  metapsicológica. Ése es precisamente el caso de la teoría de la castración, a la que Laplanche, con un toque de humor y para marcar su estatuto de “teoría sexual infantil”, suele llamar «teoría de Hans y Sigmund»[5]. El inconsciente necesariamente va a colarse en la exposición de cualquier pensamiento –más aún de un pensamiento sobre el inconsciente-, por más riguroso y científico que pretenda ser (Cf. el artículo de J. André).

c) La investigación en psicoanálisis debe tener un lugar en la Universidad, como felizmente ya ocurre cada vez más a pesar de las críticas que en su momento generó, por parte de la propia comunidad analítica, la defensa de esta posición. La Universidad hace posible una libertad de pensamiento que parece más difícil de conseguirse al interior las Instituciones psicoanalíticas, donde las posturas ideológicas suelen tener una mayor presencia. Por otro lado, la Universidad garantiza que se cumpla suficientemente con los requisitos de rigor y claridad en la definición de conceptos y en la exposición de ideas, requisitos necesarios para que las teorías puedan ser debidamente argumentadas, debatidas, criticadas y eventualmente refutadas, no solo al interior de la comunidad analítica sino también en la confrontación con los aportes de otras disciplinas (Cf. J. Laplanche, «Por el psicoanálisis en la Universidad»).

¿Es el psicoanálisis una disciplina científica? Abordar esta cuestión a partir del  «criterio de refutabilidad» que propone Popper[6] para distinguir entre la ciencia y la pseudo-ciencia, puede resultar insuficiente si tenemos en mente tan solo el ejemplo paradigmático que aporta para ilustrarlo, es decir, aquél de la puesta a prueba  de la teoría de la relatividad de Einstein. Pero que sea difícil someter a ese criterio a las teorías psicoanalíticas, de ningún modo equivale a decir que son irrefutables (Cf. F. Martens, «Psicoanálisis y ciencia»). En primer lugar, habría que tener en cuenta que la realidad que estudia el psicoanálisis –la realidad psíquica- es imposible de observar directamente: se manifiesta de manera indirecta en síntomas, actos fallidos, lapsus, sueños, etc.; pero además, la consideración de estas manifestaciones aisladas no es suficiente, pues el inconsciente se da a conocer mejor en el marco de un proceso analítico, donde puedan ponerse en relación unas con otras. (Cf. la entrevista a J. Laplanche). Por otro lado, sabemos que la ética nos impide experimentar con esta realidad humana como lo haríamos con la realidad material. Sin embargo, la refutabilidad en cuestión puede permanecer en el horizonte, pues lo más  probable es que, eventualmente,  nos veamos confrontados a situaciones imprevistas o aspectos  desatendidos que nos obliguen a refutar, en parte o totalmente,  nuestras teorías,  y desde luego que entonces debemos ser capaces de hacerlo. F. Martens ha llamado a esto «refutabilidad virtual» (Cf. el artículo recién citado).

Ahora bien, este planteamiento nos recuerda que no es válido pretender comprobar nuestras teorías a partir de la gran cantidad de “confirmaciones” que proporciona la clínica, con sus «practicantes sospechosos de inducir lo que observan» (Cf. F. Martens, «Para una validación socio-clínica de la teoría de la seducción generalizada»).  Éste es justamente el reproche que Popper[7] le hace a Adler cuando, ante la pregunta de cómo podía estar tan seguro de su teoría, éste le responde: «Por mi experiencia de mil casos». Popper creyó haber conocido lo esencial de la teoría psicoanalítica a través de Adler, lo que tal vez haya influido en su decisión de colocar al psicoanálisis en el terreno de las «pseudo-ciencias» sin siquiera haberse tomado el trabajo de leer a Freud (Cf. la entrevista a J. Laplanche). Sin embargo, este juicio cuando menos apresurado de Popper no invalida su reproche a Adler, pues aunque los estudios de casos clínicos pueden resultar muy interesantes como ilustración  de nuestras teorías, lo cierto es que no podemos pretender usarlos para confirmarlas. En este sentido, la experiencia clínica solo puede tener un valor de «conocimiento científico» cuando nos lleva a cuestionar nuestras teorías.

Deborah Golergant
Directora Editorial


 

Notas

[1] S. Freud, «Dos artículos de enciclopedia: “Psicoanálisis” y “Teoría de la libido”», en O.C.v. XVIII, Bs. Aires, Amorrortu.

[2] Véase una descripción de este método de trabajo de la obra de Freud en J. Laplanche, «Interpretar [con] Freud» (1968), en  Interpretar [con] Freud y otros ensayos, Nueva Visión, 1978.

[3] J. Laplanche, «El psicoanálisis como anti-hermenéutica» (1995), en Entre seducción e inspiración: el hombre, Bs Aires: Amorrortu, 2001.

[4]  «Teorías científicas» y/o «teorías sexuales infantiles».

[5] Cf. por ejemplo en «El psicoanálisis como anti-hermenéutica», op. cit,  p. 204.

[6] Conjeturas y refutaciones (1963), Paidós, 1983.

[7] Ibid. p.59.