Extractos de una conversación con Jean Laplanche (Primera parte)

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A.L: ¿Por qué su insistencia –sobre todo estos últimos años pero, ciertamente, no sólo éstos últimos- en la cientificidad del psicoanálisis, sabiendo que mucha gente prefiere una visión más «flexible» del psicoanálisis?

J.L: Sí, ciertamente es para mí una preocupación antigua, pero que no deja de aumentar ante la «blandura» del pensamiento psicoanalítico en general, su blandura y su divagación. Es decir, que se dice un poco cualquier cosa, en cualquier lengua y sin que preocupe mucho el ser comprendido. Somos muy criticados por los ambientes intelectuales en general y por los ambientes científicos en particular, que piensan que no hay posibilidad de diálogo con los psicoanalistas. Ahora bien, yo pienso que hace falta restablecer esa posibilidad y que eso sólo puede hacerse sobre la base de lo que llamo la cientificidad: un mínimo acuerdo sobre lo que es racional y lo que no lo es, lo que es admisible y lo que no lo es, lo que es refutable y lo que no lo es.

A.L: Pero el problema de la cientificidad trae consigo aquél de la verdad posible, de poder captar la verdad de las teorías, de las hipótesis, de los modelos del psicoanálisis.

J.L: Creo que la idea de verdad permanece siempre, para todo el mundo, fuera de las conquistas directas del intelecto. Los más grandes epistemólogos piensan que no tenemos de ella más que una aproximación, lo que no impide que la verdad siga estando ahí como un ideal. No debemos pensar que estamos en posesión de la verdad como si se tratara de una cosa, de ningún modo lo estamos: nosotros proponemos modelos que intentan  aproximarse lo más posible a la verdad, pero esos modelos son eminentemente caducos, refutables, es decir que ciertamente llegará el día en que serán reemplazados por otros más adecuados.

A.L: A menudo usted se refiere a los trabajos de Popper que, sin embargo, parecen colocar al psicoanálisis en un rincón, fuera de la ciencia.

J.L: Sí. Existen dos Popper. Está el Popper que criticó el psicoanálisis y creo que, lamentablemente, ignoraba casi todo sobre psicoanálisis. Sólo conocía sus aspectos más divagantes, por ejemplo Adler, o los más metafísicos. Popper ignoraba todo sobre psicoanálisis freudiano. Conocía el psicoanálisis esencialmente por su rama adleriana. Nunca discutió a Freud verdaderamente a partir de sus propios conceptos.

A.L: ¿Y el otro Popper?

J.L: En cambio el otro Popper, absolutamente apasionante,  es el que finalmente dijo –retomo esta fórmula que no sé si es suya, la conozco desde hace mucho tiempo-: «La naturaleza nunca dice sí, ella siempre dice no». Es decir que la naturaleza nunca confirma una verdad, pero está siempre a nuestra disposición para refutar una aserción falsa. Evidentemente es algo que parece puramente negativo, cuando en realidad es muy positivo porque abre la posibilidad a toda una imaginación creativa de modelos.  El hombre es un creador de modelos. Modelos que intentan adaptarse lo más posible a la realidad que estudia. Pero enseguida esos modelos son sometidos a «refutación». Por lo tanto, no son sometidos a «verificación», en el sentido de que no se trata de mostrar todas las ocasiones en que serán acertados sino de buscar el punto en que podrían ser falsos. Evidentemente es ese punto preciso el que puede hacer que todo se venga abajo. Está claro que el popperismo que describo aquí es un poco radical. Después de Popper el popperismo se flexibilizó mucho. En nuestros días Popper ya no diría, y los popperianos ya no dirán, que todo un sistema de pensamiento vaya a derrumbarse en fe de una única experiencia negativa. Hay experiencias que sólo atañen a una parte periférica de un sistema, mientras que su centro se revela mucho más duro y resiste bien las experiencias negativas.

AL: ¿Cree que Freud mismo era popperiano ante litteram?

JL: Sí, creo que a menudo Freud era popperiano avant la lettre. Por ejemplo, escribió un artículo titulado «Una concepción de la paranoia que contradice la teoría psicoanalítica de esta enfermedad». Y bien, esta descripción de un caso negativo es típicamente popperiana. Incluso si desemboca en el hecho de que ese caso no es necesariamente tan negativo, porque a Freud evidentemente no le gustaba mucho encontrar casos verdaderamente negativos… Lo que no impide que haya explorado uno para mostrar que no es tan negativo como lo parecía a primera vista. La cuestión era aquélla del fundamento homosexual de la paranoia.

AL: Sin embargo, si Freud adopta y escoge la visión del mundo de la ciencia, usted también dice que no refuta las otras concepciones del mundo, ¿hay, entonces, lugar para ellas?

JL: Yo pienso que apenas hay lugar para las otras concepciones. Freud no era tan tolerante como usted lo describe. Era muy negativo especialmente frente a la visión religiosa. La criticó de un modo sumamente enérgico. Pienso que Freud era un partidario relativamente firme de la visión científica. Sin duda nosotros seríamos mucho más tolerantes que él, en nuestros días.

AL: ¿Podría decirse lo mismo respecto de la visión del mundo de la filosofía?

JL: Sí, desde luego. Para Freud la filosofía plantea verdaderos problemas pero con soluciones más o menos imaginarias.

AL: A propósito de la cientificidad del psicoanálisis, ¿cree que su «teoría de la seducción generalizada» pueda redirigir al psicoanálisis hacia su vocación científica?

JL: Yo sigo siendo muy racionalista y muy freudiano, aunque tal vez más tolerante que él por relación a las otras visiones del mundo. Pero ciertamente mi visión personal es científica: pienso que toda aserción que no es susceptible de ser refutada en un debate carece de valor. Esto implica debate entre personas, no sólo entre ideas.

AL: En ese sentido, ¿la teoría de la seducción generalizada puede someter sus proposiciones a ese trabajo de falsificación, de puesta a prueba?

JL: Sí, pero hay que ser muy prudente porque muchos elementos de la teoría de la seducción generalizada son difíciles de falsificar. En efecto, no son elementos de tipo experimental. Tampoco son elementos de observación en el sentido clásico del término. Se los encuentra en el curso de la cura psicoanalítica, lo que es muy especial por relación a la situación de observación en el mundo de los objetos externos.

AL: A propósito de ello, usted ha señalado tres conceptos que están en la base de la teoría de la seducción generalizada pero también del psicoanálisis: la concepción de la sexualidad infantil en tanto que pulsional, la del inconsciente por definición sexual y, también, la de represión. ¿Encontramos ahí el núcleo del psicoanálisis?, ¿su objeto y las consecuencias sobre su método?

JL: Yo diría que ésas son las tesis principales de la teoría de la seducción generalizada. De hecho, para mí su origen se encuentra en lo que llamo la «situación antropológica fundamental», es decir la confrontación entre un adulto y un infans. Dicho de otro modo, entre un bebé que aún no tiene inconsciente y un adulto dotado, el sí, de un inconsciente sexual que incluye la sexualidad infantil. Entre ambos, los tres elementos están presentes desde el comienzo, en el curso de un diálogo que primero no transcurre en el plano de la sexualidad (porque de un lado todavía no hay sexualidad), sino en el plano de lo que llamamos apego. Pero ese registro del apego se ve rápidamente «comprometido», es decir, infiltrado por elementos sexuales que proceden del adulto. Es eso lo que desencadena el proceso, primero en el adulto y luego en el infante, quien, en suma, se encuentra desorientado por mensajes que ya no comprende como los comprendería si fueran simplemente mensajes de amor y de apego. En ese momento se produce un déficit de traducción, un déficit de comprensión que hace que esos mensajes sean almacenados, digamos conservados, un cierto tiempo antes de que el sujeto intente traducirlos a su manera. Evidentemente hace falta que tenga los medios: gran parte de éstos le son proporcionados especialmente por el ambiente exterior, es decir por las ideas, los mitos, los muy diversos esquemas de comprensión que éste comunica.

AL: También las narraciones, historias que son culturales pero también familiares… Usted tiene una concepción del inconsciente que me parece pregnante: «el inconsciente nos recuerda por siempre que no gravitamos alrededor de nosotros mismos ni alrededor de un ello de naturaleza biológica». Usted combate la idea de que el inconsciente emergería únicamente de la organización biológica.

JL: Sí, absolutamente. Sin embargo, no es que yo niegue la importancia de lo biológico en otros planos, que yo llamo planos «instintuales» y que deben distinguirse de lo «pulsional». Aquí por instintual hay que entender lo autoconservativo con sus montajes biológicos. Así mismo, puede decirse que la sexualidad adulta, que en el momento de la pubertad debe hacerse su lugar al lado de la sexualidad infantil, posee, ella también, un fundamento instintual y no solamente pulsional.

AL: A propósito de la «situación antropológica fundamental», usted dice que coloca al niño en posición de recibir algo a traducir, pero que también expone al adulto a su propia sexualidad infantil.

JL: Sí, por supuesto. El adulto mismo ignora la sexualidad infantil que vehiculiza. Por lo menos en los casos normales o neuróticos. No me refiero a casos psicóticos o perversos, donde la sexualidad infantil irrumpe en el comportamiento, que son casos muy diferentes.

Notas 

* «Extraits d’un entretiene avec Jean Laplanche», propos recueillis par Alberto Luchetti. Esta entrevista, publicada en eldiario il Manifesto (Roma) se desarrolló al final de las Jornadas Internacionales Jean Laplanche, que tuvieron lugar en Lanzarote (España) en julio de 2006. Ha sido retraducida al francés por Alberto Luchetti y Francis Martens. Traducción: Deborah Golergant [La traducción de este texto ha sido revisada en agosto de 2013].

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