Por una teoría psicoanalítica de la diferencia de sexos. Introducción al artículo de Jean Laplanche

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Con el título: «El género, el sexo, lo sexual», Jean Laplanche propone un texto que sintetiza el trabajo realizado durante varios años en el marco de su seminario en la Asociación Psicoanalítica de Francia. Su contenido es completamente inédito y resultará insólito para los lectores familiarizados con la trayectoria de Laplanche, pero esta novedad también será lo que suscite su curiosidad. Por el contrario, este texto puede resultar de difícil acceso para aquéllos que no conocen su obra. Las siguientes líneas están destinadas principalmente a éstos últimos: presento una especie de introducción o de puesta en perspectiva para acceder más fácilmente al tema en cuestión, a las ideas sobre la sexualidad que Laplanche ha sometido a debate psicoanalítico.

El estatuto de este texto, entre aquéllos que Jean Laplanche ha consagrado a la teoría sexual, merece un comentario: aunque en general Laplanche trabaja muy cerca del texto freudiano, al introducir el género en la teoría sexual se aparta del «vocabulario» que contribuyó a explicitar y a estabilizar hace ya casi treinta y cinco años en el Vocabulario de psicoanálisis (1967). Introducir un nuevo concepto no resulta tan evidente para un autor como Laplanche, cuyos trabajos se caracterizan por la búsqueda de concisión,  de simplicidad, de depuración. Si aquí toma la decisión de hacerlo es porque le parece indispensable para tratar la siguiente cuestión: ¿qué significación conviene darle  a  la diferencia de sexos en la teoría sexual? Muchos autores no se plantean esta pregunta porque están instalados, sin siquiera saberlo, en una posición esencialista: existen dos sexos, masculino y femenino, que vienen dados por naturaleza y son o bien  reconocidos como tales, o bien  repudiados. Su cuestionamiento se detiene en la «representación» de la diferencia de sexos y sus vicisitudes a lo largo del desarrollo. Laplanche desconfía del marco tan laxo que ofrece  la «representación» (1) y aborda la cuestión de una forma que, en otro sentido, es más radical. El título del trabajo que presenta aquí bien podría ser: «Por una teoría psicoanalítica de la diferencia de sexos».

Para plantear esta teoría es necesario introducir en el vocabulario el término de género, lo que constituye el desafío principal de esta contribución. Pero veremos que a lo largo del texto se irán perfilando otras propuestas teóricas, en particular una reorganización y un reordenamiento de los contenidos que otorgamos al concepto de identificación (identificación versus «asignación»).

Eligiendo el término de «género», Laplanche se refiere explícitamente no sólo a sus acepciones iniciales, tal y como aparecían en los trabajos de R. Stoller (1968), sino a las inflexiones más recientes que pueden desprenderse de los estudios feministas y de los Gender Studies (J. Butler, 1990). Está claro que para él no se trata de hacer alguna concesión al espíritu del tiempo o a modas intelectuales. Este texto, que enriquece y hasta completa la teoría sexual, tiene también, sin embargo, un alcance antropológico. Es por esta razón que incluso podría leerse como un documento que apunta a renovar la teoría social.

De hecho, el término de género aparece más de una vez en los escritos de Laplanche que preceden al texto aquí presentado; la primera vez fue en 1980 (Problématiques II, p. 33, nota 1), donde ya anunciaba lo que será demostrado aquí: «Diría, para retomar un término que actualmente vuelve a suscitar interés a partir de los trabajos en lengua inglesa, […] que, en una etapa precastrativa, hay reconocimiento de una distinción de géneros que precede a la diferencia de sexos».

«La distinción entre sexo y  género es indispensable en psicoanálisis. Intento darle un sentido preciso, muy diferente de los presupuestos y finalmente de la confusión  que introduce Stoller. Es especialmente insostenible colocar a uno de los términos del lado de la anatomía y al otro del de la psicología. Conviene llamar sexo al conjunto de determinaciones físicas o psíquicas, comportamientos, fantasmas, etc., directamente ligadas a la función sexuada y al placer sexual. Y género, al conjunto de determinaciones físicas o psíquicas, comportamientos, fantasmas, etc., ligados a la distinción masculino-femenino. La distinción de géneros va desde las diferencias somáticas «secundarias» hasta el género gramatical, pasando por los hábitos, la vestimenta, el rol social, etc. ».

Como veremos, en la medida en que Laplanche reconoce, por un lado, que el género es «implantado» en el niño desde el exterior y, por otro lado, que el género es primero una significación social, podríamos temer que la introducción del término género acarree un sincretismo psicoanalítico-sociológico al interior de la teoría sexual. Si este riesgo puede descartarse es porque Laplanche aborda el género de una forma extremadamente original: sin perder de vista su especificidad sociológica, trata el concepto de género a partir del niño, y no a partir de la sociedad. Pero ¡atención!, el cambio de perspectiva que hace pasar al género de una categoría social a una cuestión psíquica no procede de una derivación ni de una deformación del concepto. Se trata de un problema teorético: el género sigue siendo una categoría social, pero su integración en la teoría sexual pasa por un análisis de la forma en que esta categoría es recibida y metabolizada por el niño. Para decirlo en términos más crudos: no habría una perennidad de la categoría social de género si el género no se reiterase en cada generación por intermedio del aparato psíquico del niño

Posicionar el concepto de género en la teoría sexual supone contar previamente con una teoría psicoanalítica sobre la «apropiación» o la «metabolización»  que realiza el niño de aquello que le llega del exterior.

Mientras que el sociólogo piensa el género como una ley «interiorizada» pasivamente por los individuos, Laplanche piensa el género como una categoría psíquica que para nada resulta de una relación de fuerza entre el individuo y la sociedad, sino de un trabajo psíquico específico y activo que el niño pone en marcha en respuesta a un mensaje o a una serie de mensajes. Trabajo psíquico que, procedente de la categoría de la traducción, nos aleja mucho de la noción de interiorización, tan apreciada por los sociólogos.

Así, si el concepto de género puede ocupar un lugar en la teoría sexual es porque previamente se ha construido un modelo traductivo del inconsciente. A continuación encontraremos  algunas guías para captar el espíritu de este modelo.

 La teoría sexual: para Laplanche, el psicoanálisis es primero y ante todo  una teoría de la sexualidad. Sería más exacto decir que es la teoría de la sexualidad. Sin embargo, precisa que este objeto no tiene el mismo estatuto que los objetos de otras teorías (como la teoría de la atención, de la memoria o de la inteligencia). En efecto, la sexualidad no es un objeto como los otros. Ella atraviesa y estructura todas las conductas humanas, ocupando un lugar central tanto en el funcionamiento individual como en la producción de obras por la civilización. Para decirlo en otros términos, la teoría de la sexualidad es una antropología. Como mínimo, la obra de Laplanche se dedica a la investigación y a la demostración de este lugar central de la sexualidad. En esto sigue la vía abierta por el primer Freud, ése que descubre la ubicación privilegiada de lo sexual en todas las producciones humanas. Y se distingue de muchos autores que, aún reclamándose freudianos, tienden a eufemizar la sexualidad tratándola como un objeto entre otros (como el lenguaje, la violencia o la comunicación…).

¿Por qué otorgar este privilegio desorbitante a la sexualidad?

Porque es por la sexualidad que el ser humano se emancipa del orden biológico. Quizás sea una paradoja, pero lo sexual humano no debe gran cosa a la fisiología de la reproducción. El descubrimiento freudiano fundamental, cuyas consecuencias antropológicas intenta examinar Laplanche, es que la sexualidad comienza mucho antes que la pubertad. La sexualidad humana es una sexualidad infantil, incluso en el adulto. No sólo surge antes de la maduración de las glándulas endocrinas sino que comienza a manifestarse mucho antes de la adquisición del lenguaje, lo que muchos autores post-freudianos tienden a olvidar. Si no se deduce del orden biológico, ¿de dónde viene, pues, la sexualidad infantil

La seducción por el adulto: la sexualidad infantil llega al niño por intermedio de la seducción que el adulto ejerce sobre él. Si en 1897 Freud renuncia  a la teoría de la seducción, es porque coloca bajo ese término exclusivamente a los actos que calificaríamos jurídicamente como abusos o atentados al pudor.

Sin embargo, existen innumerables formas de excitar a un niño, incluyendo los gestos más banales que implican los cuidados del cuerpo. Es lo que Freud afirma en 1912: «La «ternura» de los padres y de las personas que dispensan los cuidados al niño, que rara vez disimula su carácter erótico («el niño, juguete erótico»), contribuye mucho a aumentar  en el niño los aportes del erotismo a las investiduras de las pulsiones del yo […]».

Nos detendremos aquí un momento para señalar que, aunque la sexualidad infantil no debe nada a la biología (de la reproducción) y  aunque es esencialmente de naturaleza fantasmática, ello no significa que se desarrolle por fuera del cuerpo. Todo lo contrario: la sexualidad implica constantemente al cuerpo del niño, mostrándole por lo mismo la erogenidad de ese cuerpo. Pero, de hecho, antes de la excitación del cuerpo del niño están los gestos del adulto sobre ese cuerpo. Lo sexual del adulto se implanta en el niño  a través del cuerpo.

Llevando más lejos su investigación, Laplanche llega a una sistematización de la seducción que el adulto ejerce sobre el niño. Lo excitante no se reduce sólo a los gestos del adulto sino, sobre todo, a aquello que viniendo del adulto en ese momento pone de manifiesto sus fantasmas y, más específicamente, su inconsciente sexual. Este punto es importante: el propio adulto ignora la mayor parte de lo que introduce, eso sexual que implanta en el niño que cuida.

El mensaje comprometido: Con el concepto genérico de mensaje, Laplanche recoge más sistemáticamente este desconocimiento del adulto que excita al niño. Se trata de un mensaje contaminado por lo sexual, un mensaje comprometido por lo sexual inconsciente del adulto que inevitablemente tiene un poder excitante sobre el niño, un poder de captura, es decir un poder de seducción.

Nolens volens, el adulto es siempre un seductor y arrastra al niño, siempre seducido, a entrar a su vez en el mundo de la sexualidad humana, es decir en la dimensión fantasmática de la sexualidad, que le otorga su dimensión propiamente erótica  mientras que la implicación del cuerpo infantil le otorga su dimensión sensual. Debido al carácter inevitable de este compromiso de la relación adulto-niño por lo sexual, Laplanche propone el concepto de «seducción generalizada» (a diferenciar de la seducción restringida, que Freud reservaba a los actos del adulto que más tarde generaban organizaciones psicopatológicas).

La sexualidad no llega al ser humano por el instinto de reproducción, pero tampoco es innata. Aunque la sexualidad no existe desde el nacimiento, la seducción comienza a implantarla muy precozmente en el niño.

¿Por qué Laplanche habla de mensaje y no de gesto de seducción? Por un lado, porque sin el mensaje asociado al gesto, ese gesto no sería sexual; por otro lado, porque la teoría de la seducción es indisociable de una referencia a la comunicación, que juega un papel determinante en la relación adulto-niño.

La onda portadora del mensaje: aún falta precisar lo que abarca el término de comunicación. En este modelo la comunicación no se reduce al lenguaje, ni siquiera a la dimensión pragmática del lenguaje. Se trata de una comunicación que es, primero y ante todo, desigual: tiene lugar entre un niño y un adulto, y comienza mucho antes de la aparición del lenguaje. Esta aptitud para la comunicación está presente en todos los niños que no padecen enfermedades graves y, a diferencia de la sexualidad, viene con los montajes comportamentales innatos que fueron puestos en evidencia por los etólogos (en particular por Harlow) con el nombre de apego (Bowlby,1969). El apego (que se manifiesta en las conductas de prensión, de fusión y de búsqueda de calor y contacto con el cuerpo adulto) desencadena a su vez, en éste último, unos comportamientos descritos con el nombre de retributivos [retrieval] (comportamientos de cuidado).

Estas interacciones corresponden más bien a una comunicación preverbal, incluso si continúan después del ingreso en el lenguaje strictu sensu. El apego solo se constituye en el niño a partir de los seis meses, y la comunicación propiamente dicha comienza a partir de esta etapa. Ahora bien, incluso si es vectorizada por los cuidados higiénico-dietéticos, la comunicación entre el niño y el adulto no puede reducirse a su dimensión instrumental. La comunicación que supone la relación de apego constituye «la onda portadora» de los mensajes.

Los mensajes enviados por el adulto están necesariamente comprometidos por contenidos eróticos (por el hecho de que este último pertenece al mundo de los adultos).

La traducción: Al ser recibidos por el niño, estos mensajes comprometidos traen consigo una exigencia y hasta una obligación de trabajo para el niño: exigencia que toma la forma de un trabajo de traducción del mensaje y de su dimensión enigmática.

Pero, cualesquiera que sean sus esfuerzos por controlar la excitación vehiculizada por esos mensajes, el niño solo podrá producir traducciones imperfectas o incompletas. Los residuos no traducidos no dejarán de insistir y retornar, suscitando continuamente nuevos intentos: en función de la especificidad  de las traducciones que acomete el niño, quedan residuos que se singularizan como fuente autónoma de excitación: es lo que Laplanche llama objetos-fuente de la pulsión, queriendo recordar que en el origen, antes de convertirse en fuente, fueron aportados desde el exterior, por el adulto, como objetos. El inconsciente sexual, que compromete el mensaje del adulto, da origen a las fuerzas pulsionales que participan en la formación del inconsciente del niño: los residuos incomprensibles e irreductibles de la traducción conducen progresivamente a la formación del inconsciente sexual del niño. Este movimiento, que se desarrolla a la sombra de la traducción, constituye la represión originaria. Así, la teoría de la seducción es indisociablemente una teoría traductiva de la formación del inconsciente.

Ahora hagamos algunas precisiones: a lo largo de su desarrollo, la sexualidad infantil se apuntala en una función vital importante. Pero aquí no nos referimos a la función sexual; se trata primero de la relación de apego y, sólo después, de las otras funciones orgánicas importantes. Sin embargo, el termino apuntalamiento debe ser manejado con prudencia en la medida que, en Freud, nos remite a una génesis endógena de lo sexual a partir de funciones biológicas, de las que se desprendería por un proceso natural. Laplanche califica a este punto de vista como «ptolemaico». La referencia a la seducción generalizada invierte el centro geométrico y coloca el origen del proceso en el otro adulto, lo que Laplanche caracteriza con el nombre de concepción copernicana.  A menudo Laplanche se refiere al texto de Ferenczi (1932) sobre la confusión de lenguas entre el adulto y el niño pero, a fin de cuentas, después de hacerle algunas críticas, le otorga un estatuto mucho más sistemático.

El trabajo de traducción realizado por el niño da lugar a un inconsciente que es, claramente, una producción que pertenece enteramente al niño. Que el proceso sea desencadenado por la actividad del inconsciente del adulto no significa que exista una  transmisión directa del inconsciente del adulto al inconsciente del niño. Entre los dos se interpone toda la bastedad del funcionamiento psíquico del niño.

El desequilibrio entre el adulto y el niño, que está en el origen de lo sexual infantil, coloca necesariamente a todo adulto en posición de seductor, incluso de pedófilo, y a todo niño en posición de hermeneuta. Esta situación del niño frente a la seducción, que al comienzo es una situación necesariamente pasiva, es designada con el nombre de «situación antropológica fundamental», y toda la antropología psicoanalítica depende de sus importantes consecuencias. En efecto, la mayoría de psicólogos y antropólogos sociales pasan por alto dos cosas: por un lado,  que antes de ser un agente, un actor, un ciudadano o un sujeto, todo adulto comienza siendo un niño expuesto pasivamente a la seducción del adulto. De esa época de su vida, el adulto conserva nada menos que su sexualidad infantil y su inconsciente, con los que tendrá que vérselas a lo largo de toda su existencia. Por lo demás, ninguna comunicación  puede reducirse a su dimensión cognitiva instrumental, ya que todo mensaje humano está comprometido por lo sexual, y toda traducción de un mensaje involucra al niño que hay en el adulto.

La situación antropológica fundamental sugiere que, desde el origen de la comunicación entre el niño y el adulto, el desequilibrio provocado por la seducción se acompaña al mismo tiempo por la singularización de un sujeto en trabajo de traducción, un hermeneuta. La teoría de la sexualidad no armoniza bien con una supuesta indistinción o simbiosis primitiva – defendida tanto por Mélanie Klein como por Jaques Lacan – que exigiría la intervención de un tercero para separar al niño de la madre. El apego es una relación de comunicación que, aún siendo una comunicación de cuerpo a cuerpo, supone desde el comienzo una distancia entre los partenaires, que no estarían bajo el signo de la simbiosis primitiva sino bajo el signo el de la desigualdad, lo que es muy diferente.

Podríamos desarrollar otras dimensiones de la teoría sexual, (concepto de sublimación-inspiración, concepto de narcisismo primitivamente secundario, concepto de pulsión sexual de muerte), pero ellas están menos directamente implicadas en la lectura de este texto sobre género.

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Estas breves indicaciones buscan ser una ayuda para captar lo que permite a Laplanche establecer una relación indisociable entre la teoría sexual y la teoría traductiva del inconsciente. Ésta última es la que Laplanche continúa elaborando para examinar el problema planteado por la diferencia de los sexos, específicamente en psicoanálisis. La solución que ofrece se ubica entre dos polos: el de la asignación de género, por un lado, y el de la traducción del mensaje de asignación, por otro. ¿Que significa teóricamente la idea de unir  la noción de asignación de género al término de mensaje? Pues nada menos que hacer un lugar, a propósito del género, a la antropología psicoanalítica, en tanto que ésta última es una antropología sexual. O, para decirlo de otro modo, el término de mensaje introduce en la teoría social un dato heterogéneo, un dato de orden sexual. En efecto, por mucho que la teoría social se ocupe de la cuestión del género (lo que sólo puede decirse de una minoría de teóricos situados en las corrientes de «investigaciones feministas» y de «Gender Studies»), ella conceptualiza el género como un producto social: el género determina posiciones sociales particulares por relación a la dominación (dominación de los hombres sobre las mujeres –Delphy, 2001) y por relación al trabajo (reparto desigual del trabajo doméstico y del cuidado de los niños, reparto desigual de las tareas, calificaciones y remuneraciones en la esfera productiva, Kergoat, 1984). Desde esta perspectiva, la desigualdad y la discriminación están tan estrechamente ligadas al género que algunos autores abogan por una teoría del género, y no de los géneros. El género distribuye la ubicación de hombres y mujeres de acuerdo a una jerarquía única y, siempre según estos autores, es imposible pensar al género masculino (maleness) sin pensar a la vez la suerte complementaria del género femenino (femaleness). Una de las posiciones es siempre co-determinada o co-construida por la otra. El género es único y se trata de un producto social. La segunda connotación del concepto es que el género  resulta exclusivamente de la lógica social: el origen del género es social, su forma es social, su evolución histórica está determinada socialmente. A fin de cuentas, el género sobredetermina las conductas tanto en las relaciones sociales como en el ámbito privado y en la intimidad.

Desde la perspectiva sociológica, la asignación de género trae consigo toda una serie de efectos  tanto sociales como individuales;  tal vez no de forma estrictamente mecánica pero sí, al menos, por una serie de etapas performativas.

¿Cómo esta asignación, aún siendo prescrita por el estado civil y garantizada por las instituciones, puede sin embargo ser un mensaje o, mejor aún, un mensaje enigmático? Porque cuando los adultos asignan un género a un niño, ellos mismos no saben exactamente lo que entienden  por macho o hembra, masculino o femenino, hombre o mujer. Es fácil significar a un niño que él es un hombre. Pero, ¿qué quiere decir ser un hombre para el adulto que pronuncia esta asignación? Cuando un adulto le dice a su hijo que él es un chico, le dice al mismo tiempo todo aquello que  piensa acerca de los chicos y de las chicas, pero también todas las dudas que tiene sobre lo que esconde exactamente la noción de identidad de sexo y de género. Seguramente podemos afirmar que, por medio de esta asignación de género, el adulto, sabiéndolo o no, confronta al niño con todo lo que puede haber de ambiguo en la diferencia anatómica de sexos y en lo sexual, y ello en razón de sus propias ambivalencias, incertidumbres y conflictos internos. La asignación de género no es una simple determinación social trasmitida por el adulto al niño. Puesto que se trata de un adulto dirigiéndose a un niño, ella deviene un mensaje de asignación, un mensaje que de entrada está comprometido por su propio inconsciente, según formas que en gran parte se enuncian contra su voluntad.

Al unir el término de mensaje al de género, Laplanche introduce lo sexual en la reproducción social. La sociedad nunca llega directamente al sujeto sino que pasa siempre por una comunicación desigual entre el adulto y el niño. Este es corolario de la «situación antropológica fundamental».

Esta última expresión de «situación antropológica fundamental» nos remite a toda la antropología sexual que Laplanche ha recuperado a partir de la teoría de la seducción generalizada. Y es precisamente esta situación la que no  toman en cuenta ninguno de los teóricos del género, de la sociedad y de la civilización, incluidos los autores que durante los últimos años, especialmente al otro lado del Atlántico, intentaron hacerle un lugar a lo sexual en la teoría social y en la filosofía política. En mayor o menor medida todos citan a Foucault quien, efectivamente, después de G. Bataille fue el primero en conceptualizar la función de la sexualidad en la teoría social y política. Pero la dirección indicada por Foucault, que luego fue retomada por D. Halperin y otros, está del todo orientada justamente por el proyecto de arruinar la teoría y la antropología psicoanalíticas. Estos teóricos se niegan a plantear el problema del origen de lo sexual, deshaciéndose en un mismo movimiento del inconsciente, la sexualidad infantil y la seducción.

 Otros autores que también se apoyan en Foucault -en particular los que se consideran de la queer theory (Rubin, 1984)- buscan construir una teoría del género y una filosofía política que se articulen con el psicoanálisis. Leo Bersani, por ejemplo, se preguntaba qué actitud adoptar en relación al primado de la psicología y cómo «queerizar» el psicoanálisis. Destaca ciertas posturas críticas que no se excluyen forzosamente  unas a otras: la deconstrucción (Judith Butler); la desestabilización con un cuestionamiento de la disciplina (Gayle Rubin); la recuperación y la reescritura de los escenarios teóricos e interpretativos desde el punto de vista de la perversión (Leo Bersani, Terese de Laurentis, Kaja Silverman, Linda Hart) y, para terminar, la repetición con Pat Califia y ciertos practicantes del S/M.  Otras tantas posiciones críticas que buscan relativizar la posición hegemónica del psicoanálisis en el campo del deseo y  la sexualidad así como su modo de producción de conocimiento (Marie-Hélène Bourcier, 2000). Ya sea que se admita íntegramente o no esta tipología propuesta por Bourcier, lo cierto es que todos estos autores, acercándose a las conceptualizaciones de la teoría de la sexualidad (Lacan, Deleuze, Derrida, Guattari, etc.), no piensan nunca en la situación antropológica fundamental de la desigualdad niño-adulto, y hasta parece como si  hubieran tachado de su vocabulario conceptual el término de seducción.

Según Jean Laplanche, en la teoría sexual la seducción pasa por el mensaje del adulto. El trabajo psíquico propio del niño comienza con la dimensión enigmática que caracteriza ese mensaje. Por el sesgo de la asignación-mensaje, el género está sometido al trabajo de traducción del niño. Esta traducción, como la de todos los mensajes del adulto, deja un residuo que encuentra su lugar en el inconsciente reprimido (lo sexual-pulsional). Tal es el sentido de la fórmula propuesta por Laplanche: «El género precede al sexo, pero es el sexo lo que organiza al género».

Si en el texto que sigue vemos cómo Laplanche conduce el debate con el sociologismo, también encontramos una contribución sustancial a la controversia que mantiene con el psicoanalismo; a saber: la tendencia de algunos autores a deslizarse hacia el «pan-sexualismo», que es una forma temible de erosionar lo sexual y hasta de arruinar los fundamentos de la teoría psicoanalítica que, como sabemos, se encuentran en el descubrimiento freudiano de la sexualidad infantil. Para Laplanche –esto merece ser subrayado- el género no es sexual desde el comienzo. Es construido socialmente. Lo sexual se inmiscuye en lo no-sexual a través del mensaje. 

 

Notas

* Christophe Dejours, «Pour une théorie psychanalytique de la différence des sexes», en Libres cahiers pour la psychanalyse, Études. Sur la théorie de la séduction, In Press 2003, p.55-67. Traducción: Lorenza Escardó [La traducción de este texto ha sido revisada en diciembre de 2013].

1. «… a mi juicio seguir hablando de representación, como Freud, sólo puede traer inconvenientes. El término «representación» remite necesariamente a una problemática sujeto-objeto que es –quizá– la de una «teoría del conocimiento». Ella se sitúa dentro de una perspectiva que yo denomino ptolemaica. El psicoanálisis debe partir de la comunicación interpersonal y, en el seno de ésta, de la prioridad del mensaje sexual del otro. Los mensajes «te quiero», o bien «come para darme placer», no vehiculizan ninguna información sobre el mundo y ningún problema en cuanto a la adecuación de la «representación» y lo «representado». Mi desvío de la fórmula de Freud Sachvorstellung por la traducción sesgada «representación-cosa», no es más que un recurso pedagógico para sugerir que, en el inconsciente, el problema no es la relación intencional de una representación con su objeto (representación de una cosa), sino el hecho de que un fragmento del mensaje queda allí «designificado», es decir que resulta siendo una especie de «cosa» (y una «causa»). Cf., sobre este tema, «Court traité de l’inconscient», en Nouvelle Revue de psychanalyse, 1993, 48. [Entre seducción e inspiración: el hombre, nota 40, p. 230.]

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