El género, el sexo, lo sexual

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El género es plural. Suele ser doble, con  masculino-femenino, pero no lo es por naturaleza. A menudo es plural, como en la historia de las lenguas y en la evolución social. 

El sexo es dual. Tanto por la reproducción sexuada como por su simbolización humana, que fija esa dualidad de manera estereotipada en: presencia/ausencia,  fálico/castrado.

Lo sexual es múltiple, polimorfo. Descubrimiento fundamental de Freud, encuentra su fundamento en la represión, el inconsciente, el fantasma. Es el objeto del psicoanálisis. 

Proposición: Lo sexual es el residuo inconsciente de la represión-simbolización del género por el sexo.

Lo que presento aquí es una suerte de síntesis –muy abreviada y que deberá ser desarrollada- de un trabajo que venimos realizando desde hace unos tres años en mi seminario de enseñanza e investigación; la cuestión de base es, para decir las cosas de una forma muy clásica, la cuestión de la identidad sexual, o lo que llamamos así en psicoanálisis.

Actualmente se suele hablar de identidad de género y, de entrada, el problema es saber si se trata de un simple cambio de vocabulario o bien de algo más profundo. ¿Es un cambio positivo o es la marca de una represión? Y si hay represión, ¿dónde está? Tal vez sepan que tiendo a pensar que «represión en el pensamiento» y «represión en la cosa misma»- es decir, en la evolución concreta del individuo- suelen ir a la par.

Mi plan será muy simple. Primero voy a detenerme un poco en las distinciones conceptuales y en la cuestión de «por qué introducir el género»; luego, en un segundo momento, esbozaré el funcionamiento de esta triada género-sexo-sexual en la historia primaria del ser humano.

Las distinciones conceptuales no valen por sí mismas sino por las potencialidades de conflicto que encierran; y si son binarias a menudo son la  marca de la negación, por lo tanto de la represión. Los desplazamientos pueden  esconder represiones. Es el caso del desplazamiento de la cuestión de la identidad sexual sobre la cuestión de la identidad de género. Este desplazamiento tal vez oculta que el descubrimiento freudiano fundamental no es ése sino, al lado del género y del sexo, o lo sexuado,  la cuestión de lo sexual, o lo sexual-pulsional.

Siguiendo a Freud, me gusta plantear una distinción para ubicar, entre lo sexual y lo sexuado, al sexo. Se ha pretendido, tal vez a justo título, que la etimología de «sexo» está  «…cortada»,  ya que lo «sexuado» implica sin duda a la diferencia de sexos o diferencia de sexo, lo que en alemán llamamos Unterschied o «diferencia»(1). Lo «sexual-pulsional» se encuentra por ejemplo en los Tres ensayos sobre Sexualtheorie, es decir sobre la teoría de lo sexual, o lo sexual-pulsional. Tal vez es una cierta extravagancia de mi parte hablar de «sexual-pulsional» [sexual] y no de sexual [sexuel], pero lo que pretendo es marcar bien esta oposición y esta originalidad del concepto freudiano (2). Como tal vez sabrán, en alemán hay dos términos. Existe desde luego Geschlecht, que significa el «sexo sexuado», pero también existe lo sexual, o lo «sexual-pulsional». Cuando Freud habla de la sexualidad ampliada, la sexualidad de los Tres ensayos, se refiere siempre a lo sexual. Hubiera sido impensable que Freud titulase su obra inaugural: «Tres ensayos sobre la teoría de lo sexuado- o de la sexuación». La teoría sexual no es una Geschlechtstheorie (3). Ella postula una sexualidad de la que hemos recordado su carácter no procreativo, no principalmente sexuado, a diferencia de lo que llamamos justamente la «reproducción sexuada». De modo que lo sexual no es lo sexuado; es esencialmente lo sexual perverso infantil.

Lo que llamamos sexualidad «ampliada» es el gran descubrimiento psicoanalítico, mantenido de cabo a rabo y difícil de conceptualizar, como lo muestra Freud mismo al intentar reflexionar sobre la cuestión, por ejemplo en su Introducción al psicoanálisis. Infantil, por supuesto, ligada al fantasma más que al objeto y, por lo tanto, autoerótica, regida por el fantasma, por el inconsciente. (El inconsciente ¿no es finalmente lo sexual? La cuestión podría ser planteada a justo título). Para Freud, lo «sexual-pulsional» es entonces más amplio y hasta previo a la diferencia de sexos, incluso a la diferencia de géneros: es oral, anal o para-genital.

Sin embargo, para definirlo Freud se ve sin cesar en la necesidad de ponerlo en relación con lo que no es, es decir con la actividad sexuada o el sexo, y ello según las tres vías clásicas de asociación de ideas. Primero la vía de la semejanza: y Freud busca semejanzas entre los placeres de lo «sexual-pulsional», placeres de la sexualidad infantil o incluso placeres perversos, y lo que es característico de la sexualidad genital, a saber, el orgasmo. Semejanzas más o menos válidas y más o menos artificiales, como la alegada entre  la «sonrisa feliz» del lactante saciado y «la expresión de la satisfacción sexual ulterior» (4). Luego están sobre todo los argumentos de la «contigüidad», ya que  lo «sexual-pulsional» se encuentra en los placeres preliminares y en las perversiones en contigüidad con el orgasmo genital. Incluso está el argumento de la contigüidad anatómica, que Freud concibe ya como una especie de «destino»: la contigüidad anatómica entre la vagina y el recto (5).

Pero yo quisiera insistir más bien en la así llamada asociación «por oposición», que clásicamente es conocida por los asociacionistas como «el tercer tipo de asociación». El placer «sexual-pulsional», ¿se opone al placer sexuado? Sin duda ello ocurre a menudo en la búsqueda de actividades eróticas e incluso en las características económicas, pues podemos pensar – tal vez vuelva sobre esto- que lo «sexual-pulsional» tiene un funcionamiento económico que tiende a la búsqueda de la tensión, a diferencia de lo sexuado que tiende a la clásica obtención del placer. Pero la verdadera oposición no está ahí. Encontramos una suerte de subversión de la noción misma de oposición lógica que de pronto deviene una oposición real, es decir, lo prohibido. En otras palabras, lo sexual se definiría como «lo que es condenado por el adulto». No existe ni un solo texto donde Freud hable de la sexualidad infantil sin referirse a esta oposición, no como una suerte de reacción contingente sino como algo que realmente define  a la sexualidad infantil; y creo que, incluso en nuestros días, la sexualidad infantil propiamente dicha es lo que más repugna a la visión del adulto. Incluso hoy en día lo más difícilmente aceptado son los «malos hábitos», como se dice. Curiosa, entonces, esta definición por oposición. Por una suerte de petición de principio, lo sexual es reprobado por ser sexual, pero es sexual, o «sexual-pulsional», porque es reprobado. Lo sexual es lo reprimido; es reprimido por ser sexual.

 Nos encontramos, pues, ante una gran dificultad: definir un sexual ampliado que no parece sostenerse más que por relación a lo sexuado, a la sexualidad llamada clásica. ¿Servirá introducir un tercer término o, por el contrario, ello aumentará la confusión, aumentará la represión?

El tercer término es el de «género». Introducido en un comienzo por la lengua inglesa, evidentemente tendió a traducirse, a trasponerse en diferentes lenguas y en particular la francesa. Se cree que la noción de género, que actualmente tiene tanto éxito entre sociólogos y feministas -especialmente entre sociólogos feministas-, fue introducida por ellos. De hecho, hoy lo sabemos bien, esta noción fue introducida por el sexólogo J. Money en 1955. Luego fue retomada, con el éxito que conocemos, por R. Stoller, quien en 1968 forja el término «identidad nuclear de género» o «núcleo de la identidad de género» (core gender identity), integrando así el término de género en la reflexión propiamente psicoanalítica (6).

Faltaría comentar aquí las infinitas variaciones, bastante seductoras, del pensamiento de Stoller, pensador no convencional y muy interesante aún cuando a menudo se contradice. Me gusta citar lo que dice del pensamiento psicoanalítico contemporáneo cuando lo compara al Panteón de la Roma Imperial, donde coexistían  templos de las  más diversas divinidades  en una suerte de leonera feliz.

Es un paréntesis. Con Stoller, y después de él, la noción de género deviene sinónimo de un conjunto de convicciones. La convicción de pertenecer a uno de esos dos grupos sociales definidos como masculino y femenino o, incluso, «la convicción de que la asignación a uno de esos dos grupos fue la correcta». Volveré sobre este término de «asignación».

No acompañaré aquí el pensamiento de Stoller (7). Lo que me interesa es la aparición de esta nueva pareja sexo/género o sex/gender en el binarismo anglosajón. «Sexo» entendido sobre todo como biológico y «género» como socio-cultural, y también como subjetivo. De ahí el problema de una política de traducción en las lenguas que no tienen la palabra «género» en su uso corriente. El francés de algún modo sí la tenía pero sobre todo para el «género gramatical», cuestión bastante rica y espinosa sobre la que propondré algunas anotaciones en el «anexo» al final de esta exposición (8). El alemán, en particular, no posee exactamente ese término. No entraré en el detalle de la lengua alemana, donde Geschlecht significa a la vez «género» y «sexo». De modo que el alemán freudiano sólo tiene la oposición Geschlecht/sexual. De hecho, cuando los alemanes traducen textos ingleses – y esto es importante porque ahí se trata de una verdadera interpretación-  se ven llevados a traducir el «sex» inglés por «sexo biológico» y «género» por «sexo social», lo que evidentemente es ya toda una opción teórica, la misma que sigue sin ser discutida.

Los términos y los conceptos son armas, armas de guerra. El género contra el sexo, y el género y el sexo aliados, podría decirse, contra lo «sexual-pulsional». En Stoller, el género contra el sexo, porque bajo la sola bandera del género sustrae una gran parte de problemática a todo conflicto. Un autor alemán como Reimut Reiche ha consagrado un artículo, Gender ohne sex (9), a  esta tendencia donde, según él, la introducción del género – «el género sin el sexo»- es justamente una conceptualización sesgada que eclipsa completamente el problema del sexo o la sexualidad. Reiche critica sobre todo la noción de «marca», y especialmente la de marca no conflictiva, que aparece en el intento stolleriano de definir el género. Pero lo que no observa Reiche, me parece, es que la pareja género/sexo es a su vez una máquina mucho más temible contra el descubrimiento freudiano.

Es aquí que el conjunto de los movimientos feministas entran en el combate. Sean o no «diferencialistas», como se dice, el binarismo sexo/género es siempre finalmente más o menos conservado. En Beauvoir la distinción de los términos no está planteada; quiero decir que en la época de su libro la categoría de sexo como diferente de la de género aún no está establecida explícitamente, aunque en el fondo ya funciona, como se ha podido mostrar. Podría decirse que su posición general es que el sexo biológico debe ser colocado en la base, incluso si esa base debe ser completamente subvertida. Cito un  pasaje de El segundo sexo: «En verdad esos hechos [de la biología, de las diferencias físicas hombre-mujer] no podrían negarse, pero no tienen un  sentido en sí mismos… No es en tanto cuerpo sino en tanto cuerpo sujeto a tabús, a leyes, que el sujeto toma conciencia de sí mismo y se desempeña» (10).

Evidentemente es un texto característico del ambiente que llamamos voluntarista y existencialista en que fue escrito este libro (que por otro lado sigue siendo muy interesante por sus numerosas descripciones). Ahora bien, al parecer existiría un doble movimiento en la mayor parte de las feministas, en las más teóricas y en las más radicales. Un primer movimiento de subversión de la noción de sexo hasta destruirla en una pura retroacción por el género; y luego, un momento donde se percibe la necesidad de colocar, pese a todo, algo en la base, aunque sólo fuera para justamente poderlo subvertir y destruir: una suerte de naturaleza pura o, como dice Beauvoir, «hechos que no tienen sentido en sí mismos».

Es el caso de Judith Butler, cuyo segundo libro, Bodies that matter, constituye una revisión profunda del primero, Gender trouble, pues introduce de golpe lo «biológico» del «sexo» y sus «coacciones», explicando que esta preterición en su obra precedente tenía una razón de contrapeso «táctica»: «los demás no hacen más que hablar de ello» (11).

Es el caso de Nicole-Claude Matthieu, de quien uno de sus artículos, muy difícil, se titula Trois modes de conceptualisation du rapport entre sexe et genre (12) [Tres modos de conceptualización de la relación entre sexo y género]. Ven ustedes por el sólo título que ella finalmente  necesita de la noción de sexo. El género, nos dice, puede «traducir» el sexo,  puede «simbolizar» el sexo o «construir» el sexo, es decir, construirlo reconstruyéndolo, incluso destruyéndolo. Pero ello implica una cierta posición biológica anterior del sexo, pues el género «traduce» o «simboliza» o «construye» un sexo que, sin embargo, está ahí antes que él. De modo que, finalmente, una suerte de definición biológica del sexo es restaurada en parte o implícitamente, incluso subrepticiamente.

Cito un pasaje más reciente de Nicole-Claude Mattheiu : «Igual que con el reemplazo del término «raza» por el término «etnia», al dejar al sexo fuera del campo del género se corre el riesgo de hacerle conservar el estatuto de un real ineludible, olvidando que la biología, y especialmente la fisiología de la fecundidad, son ampliamente dependientes del ambiente social» (13). He subrayado de esta cita las palabras «especialmente» y «ampliamente»; ven ustedes  cómo un pensamiento que pretende ser muy riguroso, introduce sin embargo zonas de indeterminación al decir que la biología es «especialmente» la fisiología de la fecundidad. Si es «especialmente» eso podemos decir que tal vez es, pese a todo, otra cosa. Que sea «ampliamente» dependiente del ambiente social significa que tal vez no lo sea totalmente, etc. «Especialmente»: aceptamos el sexo en el dominio de la procreación. «Ampliamente»: nos inclinamos por una dependencia parcial (14).

En síntesis, el conjunto de las feministas, incluyendo a las «radicales» o a las menos radicales de las radicales, diríamos, tienen necesidad de tomar en consideración al sexo para subvertirlo y «desnaturalizarlo» en género. Pero entonces habría que volver a la vieja secuencia sexo/género en ese orden: sexo antes que género, naturaleza antes que cultura, aún si acordamos «desnaturalizar» la naturaleza (15). Claro que, en medio de todo esto, lo sexual freudiano, lo «sexual-pulsional», corre el riego de ser el gran ausente. El psicoanálisis será mencionado por estar incluido en el grupo de ideologías que subordinan el género al sexo, siendo el primero la «traducción» del segundo (N.C. Matthieu).

Introducir el género en psicoanálisis, ¿es pactar con quienes quisieran quitarle brillo al pensamiento freudiano o, paradójicamente, sería más bien un medio para reafirmar al enemigo íntimo del género, lo sexual?

Para introducir el género en el pensamiento psicoanalítico freudiano tengo al menos una excusa, y es que la noción está presente en Freud al menos en puntilleo. Claro que él nunca utiliza el término, y con razón pues la lengua alemana apenas se lo permite: Geschlecht significa a la vez «sexo» y «género»; incluso cuando se trata del género humano la palabra que se utiliza es Geschlecht. De modo que falta la palabra, aún cuando sin duda puede reinventarse en alemán con el conocido término Genus (16). Pero a falta de término, la cosa no está del todo ausente. Freud insiste –recuerdo esto brevemente- sobre la existencia en el ser humano de tres pares de opuestos: «activo-pasivo», «fálico-castrado», pero también –y es éste tercero el que aquí nos interesa- «masculino-femenino». El tercer par, nos dice, es el más difícil de pensar, incluso es rebelde al pensamiento. Encontramos el enigma de la masculinidad-feminidad en los dos extremos de la evolución que lleva al estado adulto. En el adulto se trata del enigma de algo que no es puramente biológico, ni puramente psicológico, ni puramente sociológico, sino una curiosa mezcla de los tres. Cito este pasaje: «Masculino y femenino es la primera diferenciación que hacemos al encontrarnos con otro ser humano y estamos acostumbrados a hacer esta diferenciación con una certeza exenta de dudas» (17). Es «a primera vista», de un modo «no reflexionado», que el ser humano -el semejante- se diferencia como masculino o femenino. En el otro extremo, y esto nos interesa aún más, tenemos un texto famoso, el de las «Teorías sexuales infantiles», donde Freud formula esa hipótesis tan divertida y curiosa de un visitante de otro planeta, digamos de Sirus, cuya curiosidad será despertada por la presencia de dos «sexos». Evidentemente habría que decir «géneros», si se acepta modificar ligeramente el texto de Freud, pues, en efecto, lo que cuenta son los «hábitos» de esas dos categorías de seres humanos y no los órganos genitales en sí mismos, que por lo general se encuentran disimulados.

Más adelante volveré sobre este problema del enigma, pues esta vez el ser humano no es pensado desde una sucesión en la que el niño deviene adulto o en la que el adulto se retroproyecta en el niño que fue, sino desde una simultaneidad: es el niño en presencia del adulto quien se plantea la cuestión de esta diferencia que encuentra en el mundo adulto. Pero en Freud muy frecuentemente ese cuestionamiento es olvidado. Quiero decir que por lo general la categoría del género está ausente o no teorizada. Mencionaré, por ejemplo, toda la problemática que Freud plantea a propósito de la homosexualidad y la paranoia de Schreber. Freud escribe el enunciado de base, que luego hará jugar modificando cada uno de sus términos, «Yo (un hombre) lo amo a él (un hombre)». Y sabemos que toda la dialéctica de Freud a propósito de las diferentes formas de delirio consiste en modificar el «yo», de «yo lo amo», el «a él», de «él (un hombre)» y, evidentemente también, el verbo «amar», que se puede transformar en «odiar». Así, toda la dialéctica de «Yo (un hombre)/ lo amo a él (un hombre)» se centra en la segunda parte de la frase, sin jamás ponerse en duda lo que significa «yo, un hombre». Una problemática que entonces es directamente ésta de Schreber y que muchos analistas han relacionado a justo título con aquélla del transexualismo.

En psicoanálisis, y de un modo general en la clínica, la inmensa mayoría o incluso la totalidad de las «observaciones» parten de manera irreflexiva diciendo: «se trata de un hombre de treinta años; o de una mujer de veinticinco, etc.». ¿El género sería verdaderamente no conflictivo al punto de considerarse como una premisa  incuestionable? ¿Habría expulsado, por así decir, a lo conflictivo fuera de sí, bajo la forma de lo sexual?

Llego ahora a mi segunda parte, que es la historia de la triada género-sexo-sexual. Con «historia» quiero decir simple y claramente: la génesis de esta triada en el ser humano, en el pequeño ser humano, la génesis infantil de esta triada. Una génesis que los psicoanalistas no deben temer abordar.

En general hay una especie de «adulto-centrismo» de base; he hablado de las feministas pero ciertamente no son las únicas, pues podríamos decir lo mismo de los etnólogos. Si ustedes consultan  por ejemplo a Levi-Strauss, la teoría de la prohibición del incesto se sitúa enteramente en el nivel adulto. Además, la prohibición del incesto más importante para Levi Strauss es la del incesto entre hermanos, lo que prueba que se trata de adultos de la misma edad, de un mundo puramente adulto. Evidentemente hay ahí un prejuicio post-cartesiano, una especie de adulto-centrismo que está lejos de ser abolido.

En algunas líneas que hice circular antes de esta exposición propuse dos frases: la de Beauvoir, «Uno no nace sino que se hace mujer», El segundo sexo (1949), y la de Freud, «Es debido a la especificidad del psicoanálisis que no pretendemos describir lo que es una mujer, tarea que apenas podría cumplirse, sino sólo examinar cómo se deviene mujer», Nuevas conferencias  (1933).

Podríamos decir muchas cosas sobre la cercanía de esas dos frases. En primer lugar es evidente que Beauvoir, en 1944, no muestra la necesidad de citar un enunciado de Freud que es al menos bastante cercano al suyo. Bastante cercano aunque diferente, desde luego; pero a pesar de todo es el precursor del suyo.

¿En qué son cercanos y en qué se alejan? Se alejan porque diríamos que de algún modo Beauvoir se muestra más «naturalista» que Freud.  Concibe «mujer» como una esencia, una suerte de naturaleza, algo dado en bruto que evidentemente nos vemos llevados a retomar subjetivamente para asumirlo o para rechazarlo. «Ella deviene una mujer».  Por el contrario, el enunciado de Freud es del todo  extraordinario, en el sentido de que es absolutamente contradictorio. Freud nos dice: «Ella deviene lo que nosotros somos incapaces de definir». En cierto modo aquí Freud es más existencialista que Simone de Beauvoir. También podríamos situarlos dentro de la querella del «après-coup». Por un lado, el de Beauvoir, tenemos la interpretación retroactiva, la omnipotencia de cambiar après-coup el sentido del pasado, la «resignificación»: tal era ya la tesis jungiana del Zuruckphantasieren, el «retrofantasear». En esta línea tenemos el «performativo», lo que algunas feministas llaman el género como performativo. Y por otro lado, el de Freud, un firme determinismo que por lo demás se confirma al final del capítulo sobre feminidad de «Nuevas conferencias», donde Freud acentúa los rasgos de forma caricaturezca y no muy agradable al afirmar que la mujer  adulta es de una «rigidez»,  de una «inmutabilidad psíquica» que él jamás ha encontrado en los hombres. Un enunciado del que le dejo toda la responsabilidad.

Podríamos señalar, pues, un punto de vista clivado Beauvoir-Freud sobre el après-coup, entre la «modificación retroactiva» -acción del futuro y del presente sobre el pasado- y la «acción diferida» -determinismo, aunque sea retardado, del presente por el pasado. Yo he intentado superar este clivaje introduciendo dos elementos esenciales en el après-coup: por un lado la prioridad del otro, que justamente falta en esas dos concepciones pues ambas permanecen en el marco de un solo individuo: no hacen intervenir la presencia del otro en el après-coup. Y por otro lado, lo que  también falta es la simultaneidad niño-adulto. Me refiero a que la pareja niño-adulto no debe ser concebida, en lo esencial, como uno sucediendo al otro sino como uno encontrándose efectivamente en presencia del otro, concretamente en los primeros años de vida, desde los primeros meses. Pienso que ahí está la clave de la noción de après-coup: hacerla salir de la consideración de un solo individuo, que hace que quedemos atrapados en una oposición insuperable: preguntarse si el niño determina al adulto o si el adulto reinterpreta libremente al niño; preguntarse si el determinismo sigue la flecha del tiempo o si, por el  contrario,  va en  el sentido inverso. Esta oposición sólo puede superarse colocando al individuo en presencia del otro, al niño en presencia del adulto, y recibiendo de él mensajes que no son algo dado en bruto sino algo «a traducir» (18).

He enunciado para esta exposición, en este orden, «el género, el sexo, lo sexual». Hablar del pequeño ser humano en ese orden es poner al género en primer lugar. Es, pues, un cuestionamiento de la primacía del «zócalo» sexuado.

Nada permite afirmar -y en esto las discusiones y las observaciones son ya bastante numerosas- que el sexo biológico sea íntimamente percibido, aprehendido u observado de algún modo por el sujeto en los primeros meses. Remito aquí tanto a  textos antiguos, como el de Person y Ovesey (1983) (19), como al resumen presentado por Kernberg en su libro sobre las «relaciones de amor» (20) o, incluso y sobre todo,  al libro de Roiphe y Galenson  sobre El nacimiento de la identidad sexual (21),  publicado en francés hace ya algunos años. Según todos estos autores y las observaciones que reportan –que no puedo citar aquí pero son todas muy convincentes- el género sería, pues, primero en el tiempo y en la toma de conciencia, y comenzaría a establecerse hacia el final del primer año. Pero -enseguida es necesario introducir un «pero»-  el género no es ni una impregnación cerebral hipotética, que sería una impregnación hormonal (sabemos que hay una cierta impregnación hormonal peri-natal que, por lo demás, se interrumpe rápidamente y no tiene influencia sobre la elección del género), ni una marca a lo Stoller, ni un hábito. Todas éstas son finalmente nociones que yo llamo ipsocentristas, es decir, centradas en el propio individuo.

En mi opinión, y no soy el único que lo piensa, el término capital para definir el género es el de asignación. Asignación señala la prioridad del otro en el proceso. Pensemos por ejemplo en la declaración en matrimonio -en la iglesia o en cualquier otro lugar oficial- que incluye la asignación del nombre, la parentela, a menudo también la asignación de religión… Pero quisiera insistir sobre este punto importante: el proceso no es puntual, no se limita a un solo acto. En esto me distancio claramente de todo lo que ha podido decirse, por ejemplo, acerca de la «determinación por el nombre». Un campo ya abierto por Stekel y que no podía sino encontrar un desarrollo, parcialmente inducido, con la inflación lacaniana de la noción de significante. Otra cosa es que la asignación del nombre pueda vehiculizar mensajes inconscientes. Pero el «significante» no es determinante en sí mismo. La asignación es un conjunto complejo de actos que incluye el lenguaje y los comportamientos significativos del entorno. Podríamos hablar de una asignación continua o de una verdadera prescripción, en el sentido en que hablamos de mensajes llamados «prescriptivos»; del orden del mensaje, entonces, incluso del bombardeo de mensajes.

 ¡Atención! Decimos que «el género es social» y que «el sexo es biológico». Atención al término «social» puesto que aquí recubre dos realidades que se superponen. Por un lado, lo social o lo socio-cultural en general. Por supuesto que la asignación se inscribe en lo social, aunque sólo fuera  por esa famosa declaración inicial que tiene lugar a nivel de las estructuras institucionales de una sociedad determinada. Pero ése que inscribe no es lo social en general sino el pequeño grupo de socii cercanos. Es decir, en efecto, el padre, la madre, un amigo, un hermano, un primo, etc.… Es, pues, el pequeño grupo de socii el que inscribe en lo social, pero no es la Sociedad la que asigna (22).

Esta idea de asignación, o de «identificación como», cambia completamente el vector de la identificación. Pienso que aquí hay  una forma para salir de la aporía de esa «bella» fórmula de Freud que ha sido tan discutida y comentada: «la identificación primitiva con padre de la prehistoria personal». Ustedes saben que esta bella fórmula es enseguida discutida por una nota de Freud que dice: «En aquella época el niño aún no puede distinguir entre el padre y la madre, por lo que habría que decir más bien “los padres”» (23). Esta identificación primitiva con el padre de la prehistoria personal, que fue retomada por ciertos lacanianos como identificación llamada «simbólica» (pienso por ejemplo en el trabajo de Florence sobre la identificación (24)), es considerada  más o menos como matriz del ideal del yo. Simplemente planteo, o más bien propongo esta cuestión: ¿No sería, más que una «identificación con», una «identificación por»? En otros términos, yo diría: «identificación primitiva por el socius de la prehistoria personal».

 Ahora quisiera –ya que no soy el primero en tomar cierta dirección- citar a Person y Ovesey en su artículo central sobre esta cuestión de la identidad de género. Person y Ovesey invierten completamente la secuencia comúnmente admitida, es decir la que pone  lo biológico antes que  lo social, para decir lo siguiente (veremos en qué podemos admitirlo y en qué criticarlo o modificarlo): «podemos decir que el género precede y organiza a la sexualidad, y  no lo inverso» (25). Una fórmula que yo admitiría, pero parcialmente. Respecto a la idea de precedencia, mi posición se  inscribe sin duda ahí, es decir que acepto la precedencia del género por relación a otra cosa. En cuanto al término «sexualidad», pienso que es muy vago para poder ser admitido (a menos que se use como una especie de término general, una especie de llave). Así que, por mi parte,  yo diré que «el género precede al sexo». Y más aún, a diferencia de Person y Ovesey que declaran: «El género precede al sexo y lo organiza», yo diré: «Sí, el género precede al sexo. Pero, lejos de organizarlo, es organizado por él».

Estoy tentado de hacer intervenir aquí el esquema de lo que he llamado «teoría de la seducción generalizada». La teoría de la seducción generalizada parte de la idea de los mensajes del otro. En esos mensajes encontramos un código o una onda portadora, es decir un lenguaje de base, que es un lenguaje preconsciente-consciente. En otros términos, yo nunca he dicho –creo no haber dicho nunca- que se tratara de mensajes inconscientes de los padres. Por el contrario, pienso que son mensajes preconsciente-conscientes y que el inconciente parental es como el «ruido» –en el sentido de la teoría de la comunicación– que viene a perturbar y a comprometer al mensaje preconsciente-consciente.

Ahora bien, el código o el lenguaje que corresponde a un código, el lenguaje portador, no es siempre forzosamente el mismo. En el marco de la teoría de la seducción generalizada, que apunta a explicar la génesis de la pulsión, hasta ahora he insistido esencialmente en el código del apego, tal como es vehiculizado por los cuidados corporales. De modo que en esos casos la comunicación tiene lugar en el seno de la relación de apego. Hoy, aquí, trataré de aportar un segundo paso, más hipotético y que demanda ser articulado con el anterior. Porque la comunicación no pasa tan sólo por el lenguaje del cuerpo, de los cuidados corporales; está también el código social, la lengua social, los mensajes del socius: ellos son especialmente los mensajes de la asignación de género. Pero también son portadores de mucho «ruido», todo el que vienen a aportar los adultos cercanos: padres, abuelos, hermanos y hermanas. Sus fantasmas, sus expectativas inconscientes o preconscientes. Un padre puede asignar conscientemente a su vástago el género masculino pero haber deseado que fuera niña, incluso puede desear, inconscientemente, penetrar a una niña. Se trata de un dominio finalmente muy poco explorado, éste del dictamen inconsciente de los padres a sus hijos; y pienso que no sólo viene a infiltrar los mensajes corporales, los primeros mensajes generalmente maternos (aunque no necesariamente sólo maternos). Esos deseos inconscientes también vienen a infiltrar la asignación del género. De modo que es lo sexuado, y sobre todo lo sexual-pulsional de los padres, lo que viene a hacer ruido en la asignación. Digo «principalmente lo sexual-pusional» pues defiendo mucho esta idea de que, finalmente, en presencia del niño los adultos van a reactivar sobre todo su sexualidad infantil.

Tal como he intentado formularla, la teoría de la seducción supone una traducción, es decir un código de traducción. Y, en este caso, es evidentemente del lado del sexo donde hay que buscarlo. El género es adquirido, asignado, pero es enigmático hasta alrededor de los quince meses. El sexo viene a fijar o a traducir el género durante el segundo año, en el curso de lo que Roiphe y Galenson llaman «fase genital precoz».

En el centro está el complejo de castración. Por supuesto que éste aporta certezas,  pero también debería ponerse en duda pues tal vez esas certezas son  demasiado categóricas. La certeza del complejo de castración se mantiene sobre el fondo de la ideología y sobre el fondo de la ilusión. Freud dijo que «el destino es la anatomía» (26). Ese destino es que existen dos sexos separados, nos dice, por la «diferencia anatómica de sexos». Pero aquí Freud no escapó al malabarismo que consiste en introducir una confusión entre anatomía y biología. En efecto, en otros momentos habla de la «roca» de lo biológico haciendo de ese destino, en suma, una suerte biológica. Y mucha gente piensa que lo que se refleja en esta frase,  «la anatomía es el destino», es la afirmación del biologismo de Freud. Ahora bien, anatomía no es biología y, menos aún, fisiología o determinismo hormonal. En el seno mismo de la anatomía, y sin hablar de otros registros, encontramos varios niveles: está la anatomía científica, que por lo demás puede ser puramente descriptiva o bien, estructural (si se describe la función a través de la anatomía del aparato genital), y también está la anatomía popular. Ahora bien, la anatomía que es «destino» es una anatomía popular y, más aún, es perceptiva e incluso puramente ilusoria. ¿En qué es «perceptiva»? En el animal, que no tiene la posición bípeda, encontramos dos conjuntos genitales externos percibidos, es decir visualizados como tales. Los órganos femeninos son perfectamente visibles y sobre todo son percibidos olfativamente. Para el animal hay, pues, dos sexos. Para el hombre, a partir de la posición bípeda,  hay una doble pérdida perceptiva: la pérdida de la percepción olfativa y la pérdida de la visión de los órganos genitales externos femeninos. La percepción estaría entonces reducida a lo que Freud  a veces llama  «la inspección» (Inspektion), es decir la pura visualización en el sentido médico del término. Para el ser humano, la percepción de los órganos genitales ya no es la percepción de dos órganos genitales sino de uno solo. La diferencia de sexos deviene «diferencia de sexo».

Spinoza dice en alguna parte –me gusta mucho esta cita que no parece tener nada que ver con el tema pero que en verdad nos sirve perfectamente-: «El entendimiento y la voluntad divinos difieren tanto del entendimiento y la voluntad humanos como difieren entre sí el chien [atractivo] signo celeste y el chien [perro] que ladra». Y bien, pienso que esta inadecuación entre dos cosas que, en efecto, no tienen nada en común más que el nombre –el «chien signo celeste» y el «chien animal que ladra»-  puede trasponerse sobre la cuestión de la diferencia de sexos: la diferencia perceptible del sexo, como signo o como significante, no tiene prácticamente nada que ver con la diferencia biológica y fisiológica  macho-hembra.

¿No es esta contingencia un destino extraordinario? La posición bípeda vuelve a los órganos femeninos perceptivamente inaccesibles. Ahora bien, esta contingencia ha sido elevada por muchas civilizaciones, y sin duda por la nuestra, al rango de significante mayor, universal, de la presencia/ausencia.

La diferencia anatómica perceptiva, ¿es un lenguaje, un código? Seguramente no un código completo pero sí al menos lo que estructura un código, y un código de lo más rígido, estructurado justamente por la ley del tercero excluido, por la presencia/ausencia. Es más bien el esqueleto de un código, pero de un código lógico; lo que hace ya tiempo designé como «lógica fálica» (27). Lógica de la presencia/ausencia, del cero y el uno, que ha adquirido un auge impresionante en el universo moderno de las ciencias informáticas.

De modo que no es fácil que la cuestión de la diferencia de sexos deje de inscribirse en el complejo de castración.

Estudios como los de Roiphe y Galenson  -observaciones de larga duración a toda una población de niños-, una vez que han sido liberados de ciertos prejuicios ideológicos, parecen reforzar la idea de un complejo de castración bastante generalizado, incluso universal. Pero, a diferencia de lo descubierto por Freud, se trata de un complejo de castración que en un primer tiempo no está ligado al Edipo. Roiphe y Galenson hablan de una «fase genital precoz», una «reacción de castración» que sería más bien una reacción por el complejo de castración.

Aquí podrían abrirse múltiples cuestiones, que yo evocaba hace ya mucho tiempo en una de mis «Problemáticas» llamada «Castración. Simbolizaciones». Entonces planteaba la cuestión de saber si la universalidad del complejo de castración, en su oposición lógica y rígida «fálico/castrado», es ineludible; si no existen modelos de simbolización más flexibles, más múltiples, más ambivalentes.

Lo ineludible de la lógica del tercero excluido en el sistema de nuestra civilización occidental, ¿va necesariamente a la par con el reinado del complejo de castración en el nivel del individuo o del pequeño grupo, es decir, como ideología? Después de todo, en los análisis a menudo encontramos que los recuerdos ligados al complejo de castración se presentan bajo formas atenuadas, es decir, ellas mismas comprometidas por lo que quieren reprimir.

Ahora bien, lo que quieren reprimir es precisamente «lo sexual-pulsional». Lo que el sexo y su mano derecha -podría decirse-, el complejo de castración, buscan reprimir es lo sexual infantil. Reprimirlo, es decir, precisamente, crearlo en la represión.

Aquí sólo podría recoger aquello a lo que se llegó recientemente en un diálogo con Daniel Widlöcher sobre «apego y sexualidad infantil» (28). Lo sexual infantil, lo «sexual-pulsional», es el objeto mismo del psicoanálisis. Siendo pulsional y no instintivo, funciona según un régimen económico particular que es el de la búsqueda de la tensión, y no el de la búsqueda del alivio de la tensión. Teniendo como fuente, y no como resultado, al objeto fantasmático- invirtiendo, pues, la «relación de objeto»-, lo sexual ocupará todo el campo, intentando organizarse de una forma siempre precaria hasta la gran conmoción de la pubertad, donde lo genital instintivo tendrá que  integrarse con él.

Voy terminando esta exposición para dejar lugar a la discusión, es decir a las incertidumbres.

He querido presentar un marco estricto, pero con la intención de abrirlo a hipótesis e incertidumbres. Algunas de esas hipótesis son turbadoras por relación a lo que se admite habitualmente:

– Anterioridad  del género respecto del sexo, que trastorna los hábitos de pensamiento rutinarios que colocan lo «biológico» antes que lo «social».

– Anterioridad de la asignación respecto de la simbolización.

– En cuanto a la identificación primaria, propongo que lejos de ser una identificación primaria «a» (el adulto) sería una identificación primaria «por» (el adulto).

– Carácter contingente, perceptivo, ilusorio de la diferencia anatómica del sexo, verdadero destino de la civilización moderna.

Incertidumbres: Ellas son numerosas y pienso que ustedes las plantearán. Menciono la cuestión de saber cómo vienen a conjugarse las dos líneas de mensajes enigmáticos que ahora intento definir: lo que quiere decir que hay que dejar un lugar para esa segunda línea, la de la asignación social, junto a la línea del apego. ¿Cómo se sitúa, por relación a esta doble línea, el problema de la feminidad y aquél de la «bisexualidad»? ¿Cuál es la relación de lo que he sugerido sobre «la identificación por» con la noción de ideal del yo? Obviamente no voy a desarrollar estos temas. Agradezco todas  las incertidumbres, preguntas y objeciones que ustedes quieran plantear.

Notas 

*«Le genre, le sexe, le sexual», en Libres cahiers pour la psychanalyse. Études sur la Théorie de la séduction, Paris, In press, 2003 y en Jean Laplanche, Sexual. La sexualité élargie au sens freudien (2000-2006), PUF, 2007. Traducción: Deborah Golergant [La traducción de este texto ha sido revisada en junio de 2013].

1. De un modo bastante general, aunque no sistemático, Freud usa el término Unterschied, diferencia, para referirse a una oposición binaria, y Verschiedenheit, diversidad, cuando existe una pluralidad de términos. Diferencia del negro y el blanco. Diversidad de los colores.

2. En alemán, la derivación de los términos «sexuell» y «sexual» es muy cercana. Ambos provienen del latín sexualis. «Sexual» es más erudito y más germánico; «sexuell», más romano y corriente. [Laplanche toma del alemán el término sexual para referirse específicamente a la sexualidad ampliada, a-funcional y fantasmática descubierta por el psicoanálisis. A falta de mejor opción, decidimos traducir este neologismo: «sexual»,  por «sexual-pulsional». Pero, aunque en este artículo Laplanche usa con frecuencia el término  «sexual» (incluso en el título), por comodidad para la lectura sólo lo traducimos por «sexual-pulsional» cuando aparece subrayado de algún modo o cuando el contexto lo exige. N de T.].

3. Inversamente, Freud emplea el término Geschlechtlichkeit en un sentido bien específico, diferente del de «sexualidad». Así, en L’interprétation du rêve (OCF/P, IV, p. 377) [La interpretación de los sueños OC v.V, Amorrortu], refiriéndose a una conversación «durante la cual nos reconocemos, por así decir, en nuestra “condición sexuada”, como si dijéramos: yo soy hombre y tú eres mujer».

4. GW, V, p. 82. [OC, v.VII, Amorrortu].

5. OCF/P, XI, p. 140, cf. más abajo, p 18. nota 24.

6. R. Stoller, 1968, Sex and gender, trad. París Gallimard, 1978, con el título Recherches sur l´identité sexuelle. La sola transposición del título muestra la dificultad, para el pensamiento psicoanalítico  francés clásico, de integrar el término y la idea de «género».

7. Cf. más abajo, Anexo I, El género y  Stoller.  [Artículo publicado en este mismo número de ALTER. N.deT.].

8. Cf. más abajo, Anexo II, El género lingüístico. [Artículo publicado en este mismo número de ALTER. N.deT.].

9. Psyche, 1997, 9/10. Este título es una mezcla de palabras inglesas, gender, sex, y de una palabra alemana, ohne: «El género sin el sexo».

10. Le deuxième sexe, Gallimard, Folio, 1976, I, p 74 y 76.   Entre corchetes, añadido por J. Laplanche.

11. Interview in A critical sense, Peter Osborne, Routledge, London and New York, 1996, p. 112.

12. En L´anatomie politique, Côté-femmes, 1991.

13. En Dictionnaire critique du feminismo, puf, 2000, p. 197-198. Las cursivas son de J. Laplanche.

14. Sin considerar la posición radical de ciertas feministas que, para suprimir completamente la noción de sexo, se ven llevadas a combatir la noción misma de diferencia en el nivel lógico (Monique Witling). Pero aquí sólo puedo  hacer alusión a ello.

15. Es precisamente por esta razón que me opongo a situar de entrada  (y a traducir al francés) el género como «sexo psico-social» y el sexo como «sexo biológico». Una tal categorización reduce la oposición género-sexo, bastante más rica y compleja, al viejo estribillo biología/sociología. Más adelante mostraré, especialmente, que el sexo que entra en una relación de simbolización con el género no es el sexo de la biología sino, en gran medida, el sexo de una anatomía fantasmática, profundamente marcada por la condición del animal humano.

16. Utilizado para el «género» lingüístico, pero cuyo uso podría ser ampliado.

17. Nouvelle suite des leçons d’introduction à la psychanalyse, OCF/P, XIX, p. 196. [Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, OCF, XXII, Amorrortu].

18. Cf. «Notes sur l’après-coup», in Entre seduction et inspiration l’homme, Puf, 1999. [«Notas sobre el après-coup», en  Entre seducción e inspiración: el hombre, Amorrortu, 2001].

19. Psychoanalytic theories of gender identity, in  J. Am Acad. Psychoanal., 11 de  febrero, 1983.

20. Love relations, New Haven and London Yale  U.P., 1995.

21. P.U.F. Le fil rouge, 1987.

22. Al comienzo de «Psicología de las masas», OCF/P, XVI, p. 5-83. [OCF, XVIII, Amorrortu, p.67-136], Freud afirma que «la psicología individual es de entrada también, simultáneamente, psicología social», p.5 [p.67]. Pero rápidamente se observa que la «psicología social» de la que habla es aquélla de las interacciones cercanas con lo que yo llamo el círculo estrecho del socius: «sus padres, sus hermanos y hermanas, su objeto de amor, su profesor y su médico», p.6 [p.67].

23. Para una crítica de estos pasajes de Freud, absolutamente enigmáticos y sintomáticos, Cf. J. Laplanche, Problématiques I, p. 335-337 [La angustia. Problemáticas I, p. 317-320].

24. J. Florence, La identification dans la théorie freudienne, Facultés Universitaires Saint Louis, Bruxelles, 1978.

25. p. 221.

26. Que es una traducción preferible a «la anatomía es el destino». El alemán lo permite y creo que es más impactante decir «el destino es la anatomía».

27. Cf. Problématiques II. Castration, Symbolisation, Puf, 1980 [Problemáticas II. Castración, simbolizaciones, Amorrortu, 1988].

28. D. Widlöcher et J. Laplanche, Sexualité infantile et attachement, Petite bibliothèque de psychanalyse, PUF, 2000 [Sexualidad infantil y apego, Nueva Visión,  2005].

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