Cuerpo erógeno

Presentación

La pulsión es definida por Freud[1] como representante psíquico de estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan al alma o, también, como la medida de exigencia de trabajo impuesta a lo anímico por su conexión con lo corporal. En general, en psicoanálisis se acepta que se trata de un concepto límite entre lo somático y lo psíquico.  Sin embargo,  los textos incluidos en este número  muestran que esa comprensión presenta algunos problemas, como por ejemplo el de asumir que lo somático y lo psíquico son dos realidades distintas,  dos substancias de diferente naturaleza  (Cf. J. André, «Psique es corporal, nada sabe de eso»). En efecto, desde la perspectiva que aquí presentamos, sería más exacto decir que psique y soma son, más bien, dos aspectos distintos de una misma realidad, que podríamos llamar realidad psico-somática[2]. De modo que, más que encontrarse  en el límite entre lo somático y lo psíquico,  se diría que  la pulsión es lo que nos permite pensar, en el ser humano, a lo psíquico y lo somático como una unidad. Esta unidad se manifiesta, por ejemplo, en las anorexias o en las enfermedades psicosomáticas (J. André, «Cuerpo de angustia»), pero también, sorprendentemente, en casos de afasias y de dolores fantasmas (Cf. el artículo de D. Scarfone) o, incluso, en el interesante y desatendido fenómeno del efecto placebo ( F. Martens, «Placebo y efecto placebo»).

Esta comprensión, según la cual psique y soma son dos aspectos de una realidad, resulta importante en el debate con otras disciplinas, como la psiquiatría. Desde hace décadas escuchamos a psiquiatras criticar al psicoanálisis con el argumento de que la psicopatología tiene causas somáticas o biológicas, pero esa formulación resulta engañosa si tomamos en serio la idea de que lo biológico es la otra cara o el otro aspecto de lo psíquico. En este sentido, hay que recordar que Freud nunca negó que el inconsciente tuviera un correlato cerebral, es decir somático. La unidad psico-somática explica que los síntomas psicopatológicos puedan aliviarse tanto con medicación como con psicoterapia. Ahora bien, hay que tener presente que lo que aparece como la solución «más científica» (la medicación) no necesariamente lo es, como lo muestra F. Martens en un texto crítico de los métodos aparentemente científicos de la Psiquiatría («El candor de Gagarine») . Texto que, por lo demás, termina recordando que gran parte de la estructura cerebral, lejos de ser genética, se constituye en la historia individual -sobre todo en los primeros años de esa historia- en el contexto de una relación con otro(s) ser (es) humano(s). Por lo tanto, resulta válido pensar que es también en el contexto de una relación interhumana como esa estructura cerebral puede transformarse. La situación analítica consiste en implementar las condiciones necesarias para que una nueva relación pueda funcionar como productora de un cambio psíquico-somático que vaya más allá del alivio de los síntomas, evitando, además, los efectos secundarios y de tolerancia que pueden acompañar a los psicotrópicos.

¿Qué decir del instinto? ¿Acaso no nos permite pensar, también, a lo psíquico y lo somático como una unidad? Parece importante aclarar este punto. Laplanche[3] nos ayuda cuando afirma que la pulsión no es más psíquica que el instinto, que instinto y pulsión son, a la vez e indisociablemente, psíquicos y somáticos[4]. De modo que, desde su perspectiva, la distinción pulsión/instinto no pasa por la distinción psíquico/somático, sino por la distinción innato/adquirido: mientras que el instinto  viene inscrito en los genes,  la pulsión se constituye en la historia individual, a partir de que tiene lugar la primera relación con el adulto. Pero lo que hay que enfatizar es que ese carácter epigenético de la pulsión no supone que pueda pasarse por alto su inscripción en el cerebro y en el cuerpo, que ocurre sobre todo durante los primeros años de vida gracias a la interacción con los cuidadores y con el ambiente cultural.

No se trata, pues, de que la pulsión sea más psíquica que el instinto. Sin embargo, sí podría decirse que entre el orden instintivo y el orden pulsional ocurre una transformación radical, no solo en la cualidad  de lo psíquico -que pasa de presentarse como necesidades a satisfacer, a representarse como deseos a realizar- sino también, correlativamente, en el aspecto somático del individuo, por ejemplo en el hecho de que el cuerpo se vuelve erógeno. Freud comenzó a pensar esta transformación, de un funcionamiento regido por la autoconservación en uno regido por la sexualidad, introduciendo el concepto de apuntalamiento, que puede entenderse como una verdadera subversión del orden instintivo por un orden pulsional ( C. Dejours, «La subversión libidinal»).

 Se podría decir que el pensamiento de Laplanche comienza a desarrollarse a partir de un rescate y una elaboración del concepto de apuntalamiento[5]. La teoría del apuntalamiento afirma que la pulsión surge apoyándose en funciones autoconservativas para, luego, tomar el relevo de esas funciones. Laplanche desarrolla esta idea llevándola hasta sus últimas consecuencias.  Así, ya desde el comienzo de la década del 80,  dará un peso cada vez mayor a la realidad de la seducción originaria como motor del apuntalamiento, hasta llegar a decir que «la única verdad del apuntalamiento es la seducción originaria» (Cf. su artículo en este número)[6]. Según la entendemos nosotros, esta frase de Laplanche -muy citada y comentada entre sus lectores- no supone que, en su teoría de la constitución de la pulsión, el apuntalamiento haya sido abandonado en beneficio de la seducción originaria, sino que ésta última y aquél corresponden, diríamos, a «distintos momentos» (desde un punto de vista lógico) del proceso de su constitución: en ese proceso la seducción sería condición del apuntalamiento, o aquello que lo pone en marcha.

Lo cierto es que Laplanche nunca dice que deba abandonarse el concepto de apuntalamiento. Lo que propone es que hay que abandonar la teoría del apuntalamiento, pero solo en tanto teoría que pretende explicar, por sí sola, la constitución de la pulsión a partir de las funciones y actividades autoconservativas del niño, sin tener en cuenta que ellas implican necesariamente la interacción con un adulto que, él sí, actúa en función de una dinámica pulsional particular. Nos dice que es fundamental comenzar a considerar, por ejemplo, que, en la comunicación que se establece en el contexto del apego, no existe solo el niño que succiona el pecho sino también la madre que lo ofrece, una madre que tiene una relación particular con ese pecho y con ese niño. De modo que, como lo expresa C. Dejours en el texto citado, en la carne de éste último se inscribirán las marcas del inconsciente de ella.  Así, la sexualidad del adulto cuidador[7] -que en un primer momento sobrepasa  la capacidad de respuesta auto-erótica de un bebé que aún no tiene constituido el inconsciente- es condición del apuntalamiento, es decir,  de la génesis de la pulsión, que irá tomando el relevo de unos montajes instintivos  por lo demás deficientes en el ser humano.

El lector de este número tal vez encontrará ciertas diferencias teóricas entre algunos de los autores que hemos incluido. Sin embargo, puesto que éste no es el lugar para intentar precisarlas y estudiarlas, nos conformamos con presentar los textos.

Deborah Golergant
Directora Editorial


[1] «Pulsiones y destinos de pulsión», OC, XIV, Amorrortu, p. 117.

[2]Tal vez Winnicott (1949)  haya sido el primer psicoanalista en defender esta posición, apartándose de la posición dualista cartesiana. Véase sobre todo en «La mente y su relación con el psique-soma» (Escritos de pediatría y psicoanálisis, Paidós, 1999), donde parece claro que con “mente” se refiere a lo que Freud llamó “aparato del alma”. Y es interesante, además,  que la considere como una “función del psique-soma” –lo que también iría en la línea de la posición presentada en este número-, incluso si en su elaboración no está presente el concepto de “apuntalamiento”.

[3] «Pulsion et instinct» en Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, PUF, 2007.  Trad: «Pulsión e instinto», en ALTER Revista de psicoanálisis, nº1, Dic, 2005.

[4] La sensación de hambre y el reflejo de succión cuando se ofrece el pecho son instintivos, a la vez psíquicos y somáticos; la constitución de la boca como zona erógena y la fantasía inconsciente asociada a la succión del pulgar son pulsionales, también indisociablemente somato-psíquicas.

[5] J. Laplanche y J.B Pontalis, Diccionario de psicoanálisis y J. Laplanche (1970), Vida y muerte en psicoanálisis, Bs. Aires, Amorrortu, 1972.

[6] Cf. También Problemáticas III. La sublimación (1980), Bs. Aires, Amorrortu, 1987.

[7] El ejemplo del pecho no debe hacernos perder de vista que todo el cuerpo del adulto es erógeno. La seducción originaria y el apuntalamiento no tienen como condición un periodo de lactancia, sino un periodo de desamparo y de dependencia  respecto al adulto, independientemente de su sexo.