La subversión libidinal

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Es a partir de los desórdenes graves de la vida erótica que resulta posible proponer una reconstrucción teórica del orden erótico. La organización del cuerpo erótico pasa por una operación descrita por Freud en los Tres ensayos de teoría sexual con el nombre de apuntalamiento de la pulsión en la función fisiológica. Esta operación, fundadora de la sexualidad psíquica, consiste en un proceso sutil: el niño se esfuerza por mostrar a sus padres que su boca, por ejemplo, no le sirve únicamente como órgano dedicado a la función de nutrición. Su boca también le sirve para chupar, besar, morder y más tarde le servirá para los pequeños juegos de la vida sexual. De esta manera el sujeto afirma una cierta independencia del uso de su órgano – la boca – con respecto a su primitivo destino. Afirma que utiliza su boca no solamente cuando tiene hambre, sino a veces también por placer. Trata de demostrar que no es esclavo de sus instintos y necesidades, que no es sólo un organismo animal  sino que intenta convertirse en sujeto de su deseo. Puede incluso llegar demasiado lejos en esta dirección y afirmar que su boca solo le sirve para el placer: se vuelve entonces anoréxico para caricaturizar su liberación respecto del registro de la necesidad. Al querer despreciar hasta tal punto la fuerza de lo biológico corre el riesgo de morir.

Vemos que el apuntalamiento opera como una subversión. La boca, sirviendo de base a la subversión, puede ser reconocida como zona erógena. Ciertamente se trata de un órgano y no de una función; sin embargo es importante comprender que para liberarse en mayor o menor grado de la dictadura de una función biológica el órgano es un intermediario necesario: la subversión de la función por la pulsión pasa por el órgano.

Freud ha descrito los estadios sucesivos de la edificación sexual. A su tiempo, diferentes partes del cuerpo van a servir de zonas erógenas (en realidad básicamente las zonas del cuerpo que limitan el interior del exterior: los órganos de los sentidos, esfínteres, piel y, en menor grado, vísceras internas). Estas zonas serán progresivamente arrancadas de sus amos naturales y primitivos, que son las funciones fisiológicas, para ser poco a poco subvertidas en beneficio de la construcción de aquello que llamamos cuerpo erótico. Gracias a esta edificación de la sexualidad psíquica y del cuerpo erótico, el sujeto consigue liberarse parcialmente de sus funciones fisiológicas, de sus instintos, de sus comportamientos automáticos y reflejos, incluso de sus ritmos biológicos. Es así  como la sexualidad humana logra burlar, en cierta medida,  los ritmos endocrinos-metabólicos. En la mujer, por ejemplo, la sexualidad ya no sigue el ciclo menstrual ni se detiene en la menopausia. Gracias al apuntalamiento, el registro del placer instaura su primacía sobre el de la necesidad, la pulsión se independiza parcialmente del instinto.

‹‹¿Llegaremos, escribe François Dagognet, al punto de considerar al sujeto una ilusión? En absoluto. Pero con el hombre nace un cuerpo hasta ahora desconocido, porque los movimientos reales y violentos, ciertamente peligrosos, son remplazados por el esbozo de los posibles. La evolución de los gestos instintivos, la moderación de la sedienta impulsividad abre por fin el camino a la virtualidad, generadora, a su vez, de la subjetividad. Correlativamente, las necesidades punitivas ceden paso a juegos más elaborados y parcialmente interiorizados del deseo››.[1]

Sin embargo, conviene precisar que la colonización subversiva del cuerpo fisiológico por el cuerpo erótico tiene siempre un carácter inacabado y que, además de las inevitables fallas que ocurren a lo largo de este desarrollo, el cuerpo erótico es siempre algo a reconquistar. Salvo en casos excepcionales, la sexualidad psíquica y la economía erótica suelen correr el riesgo de ‹‹desapuntalarse›› y engendrar un movimiento contra-evolutivo, cuyas consecuencias veremos más adelante[2].

La edificación del cuerpo erótico es probablemente una potencialidad inscrita en el patrimonio genético humano. Entre esta potencialidad y su realización hay sin embargo una distancia que solo se salva gracias a las relaciones que el niño establece con sus padres. El desarrollo del cuerpo erótico es el resultado de un diálogo alrededor del cuerpo y de sus funciones, que se apoya en los cuidados corporales aportados  por los padres y cuyas etapas principales se juegan entre los tres y cinco primeros años de vida. El diálogo en cuestión pone en juego a los participantes. Lo que significa que el funcionamiento psíquico de la madre, sus fantasías, su sexualidad, su historia, su neurosis infantil, van a marcar de forma muy singular el diálogo que se instaura con el niño, hasta el punto de que en la carne de éste último se inscribirán las marcas del inconsciente de ella. (Aquí simplifico en extremo al referirme solo a la madre, pues el padre y las relaciones eróticas entre los padres – es decir la alternancia entre dos posiciones psíquicas: la de madre del niño y la de amante del padre – juegan un papel fundamental en la edificación psíquica del niño. Sobre este punto remito a la descripción de ‹‹la censura del amante ›› que ofrecen Denise Braunschweig  y Michel Fain en 1975. )

Es fundamental captar esta dimensión fantasmática del diálogo, pues ella implica que la economía erótica no puede analizarse desde una concepción solipsista. De manera que los encuentros, las rupturas, los duelos van a afectar la economía erótica del sujeto a lo largo de toda su vida.

Se trata de averiguar si la subversión erótica del cuerpo fisiológico tiene consecuencias en la dirección inversa, es decir sobre las propias funciones fisiológicas. La clínica psicosomática sugiere, en efecto, que cuando ocurren ciertos problemas de funcionamiento psíquico que alteran la economía del cuerpo erótico, aparece al mismo tiempo un riesgo de enfermedad somática. El desapuntalamiento de la pulsión en la función parece capaz de facilitar una somatización. A partir de estas constataciones clínicas, podemos plantear la  hipótesis de que, aún si la subversión libidinal no aporta, propiamente hablando, un suplemento de solidez al funcionamiento fisiológico, el desapuntalamiento, por su parte, sí parece relativamente peligroso para la salud del cuerpo.

¿Cómo dar cuenta de este insólito fenómeno? La  respuesta es, en primer lugar, de orden económico. La subversión libidinal actuaría desviando, derivando una parte de la energía inherente a los programas comportamentales innatos para utilizarla con fines eróticos. De esta manera aliviaría de algún modo a la economía somática de sus movimientos energéticos, sincronizados en el origen por los ritmos cronobiológicos.

Orden fisiológico y orden erótico:

¿una cuestión de molino?

Para imaginar el impacto del apuntalamiento subversivo en la salud del cuerpo, utilizaré la comparación del trabajo llevado a cabo por un molino. Una parte de la energía mecánica del agua que fluye por el río (que aquí hará el papel de flujo instintivo) es derivada por las aspas del molino. El movimiento de la rueda produce un trabajo que puede servir para fabricar aceite a partir de nueces o de aceitunas, o harina a partir del trigo. El resultado de este trabajo representaría aquí a la vida erótica, mientras que el molino representaría el aparato psíquico. En esta metáfora, el apuntalamiento es representado  por la rueda que gira, deriva la energía y la subvierte. Encontramos aquí una tesis central en psicoanálisis, según la cual la única fuente de la energía está del lado de los instintos, cualificados como instintos de conservación en la primera teoría de las pulsiones, y como instintos de muerte en la segunda teoría de Freud. La energía libidinal (pulsión sexual) es extraída de los instintos de conservación. A pesar de la construcción del molino, el río sigue siendo río. Es decir que el cuerpo instintivo -el cuerpo de las grandes funciones fisiológicas, vitales, de conservación- permanece, aunque haya sufrido algunas modificaciones. Tan sólo ha cedido una parte de su energía.

Podemos imaginar fácilmente el impacto de esta derivación de energía sobre el destino del río,  y que ésta sea capaz de aliviar su lecho, sus diques y la ecología del territorio río abajo (que en esta metáfora representa el cuerpo fisiológico) en periodo de crecida. En el otro extremo, la inercia de la rueda con aspas tapona en cierta medida los efectos de las variaciones de caudal (movimientos de crecida y decrecida) sobre el aparato psíquico y la economía erótica, que entonces queda parcialmente liberada de los ritmos biológicos.

Ésta metáfora del molino transformador, derivador, subvertidor de energía en beneficio de la vida mental, permite introducir la hipótesis de que el buen funcionamiento del apuntalamiento y del aparato psíquico, el éxito de la subversión libidinal,  sería capaz de flexibilizar la economía del cuerpo fisiológico al ofrecerle una desembocadura psíquica.

Esto quiere decir que en las relaciones entre funcionamiento mental y funcionamiento biológico está implicado todo el cuerpo, y no solo el cerebro. De modo que el problema de las relaciones cuerpo-mente no se limitaría a aquél de la relación entre pensamiento y cerebro, como se suele afirmar sobre todo con el auge reciente de la psiquiatría llamada biológica.

Para ayudar a representar lo que supone un proceso de somatización podemos ampliar y precisar la metáfora del molino: el molino representa el aparato psíquico; el paisaje rural a los alrededores del río representa el cuerpo; el lecho del río, los canales de riego que alimenta, sus brazos y bifurcaciones, representan el sistema nervioso central; la corriente fluvial y la energía del agua representan la excitación que se trasmite en el sistema nervioso central y que llega hasta los órganos. No solamente una parte de la energía mecánica del río es derivada, subvertida para fabricar electricidad, sino que río abajo los datos ecológicos se transforman,  y lo mismo puede decirse de la agricultura, la economía rural y hasta la geografía física. De algún modo esto supone que un proceso esencialmente funcional al inicio – el apuntalamiento subversivo – tiene consecuencias que se materializan. La geografía física en sí misma se transforma. La subversión libidinal conduce, finalmente, a modificaciones anatómicas. Por medio del apuntalamiento,  lo psíquico llega a cristalizarse, a organizarse, a anatomizarse.

Supongamos ahora que en la vida amorosa aparece una crisis, por ejemplo una infidelidad del objeto de amor que conduce a una ruptura sentimental. En nuestra metáfora, la pareja del explotador de la represa será representado por el cliente que compra la electricidad producida. Ocurre que éste último prefiere ahora la electricidad de una central nuclear menos costosa.

La presa ya no sirve. Queda fuera de servicio y se deteriora. El río retoma su antiguo curso. Las crecidas y sequías ya no son amortiguadas. Los ritmos instintivos recuperan la delantera. Río abajo esto puede ocasionar una catástrofe, pues la nueva economía agrícola ya no puede acomodarse a un río en estado salvaje. Los daños podrían ser severos: el cuerpo es víctima de un proceso de somatización.

Desde esta perspectiva, las enfermedades somáticas ya no se entenderían  como el resultado exclusivo de anomalías fisiopatológicas, sino eventualmente como el resultado de procesos psicopatológicos centrados en la desorganización de la economía erótica.Christophe  Dejours

Es a partir de los desórdenes graves de la vida erótica que resulta posible proponer una reconstrucción teórica del orden erótico. La organización del cuerpo erótico pasa por una operación descrita por Freud en los Tres ensayos de teoría sexual con el nombre de apuntalamiento de la pulsión en la función fisiológica. Esta operación, fundadora de la sexualidad psíquica, consiste en un proceso sutil: el niño se esfuerza por mostrar a sus padres que su boca, por ejemplo, no le sirve únicamente como órgano dedicado a la función de nutrición. Su boca también le sirve para chupar, besar, morder y más tarde le servirá para los pequeños juegos de la vida sexual. De esta manera el sujeto afirma una cierta independencia del uso de su órgano – la boca – con respecto a su primitivo destino. Afirma que utiliza su boca no solamente cuando tiene hambre, sino a veces también por placer. Trata de demostrar que no es esclavo de sus instintos y necesidades, que no es sólo un organismo animal  sino que intenta convertirse en sujeto de su deseo. Puede incluso llegar demasiado lejos en esta dirección y afirmar que su boca solo le sirve para el placer: se vuelve entonces anoréxico para caricaturizar su liberación respecto del registro de la necesidad. Al querer despreciar hasta tal punto la fuerza de lo biológico corre el riesgo de morir.

Vemos que el apuntalamiento opera como una subversión. La boca, sirviendo de base a la subversión, puede ser reconocida como zona erógena. Ciertamente se trata de un órgano y no de una función; sin embargo es importante comprender que para liberarse en mayor o menor grado de la dictadura de una función biológica el órgano es un intermediario necesario: la subversión de la función por la pulsión pasa por el órgano.

Freud ha descrito los estadios sucesivos de la edificación sexual. A su tiempo, diferentes partes del cuerpo van a servir de zonas erógenas (en realidad básicamente las zonas del cuerpo que limitan el interior del exterior: los órganos de los sentidos, esfínteres, piel y, en menor grado, vísceras internas). Estas zonas serán progresivamente arrancadas de sus amos naturales y primitivos, que son las funciones fisiológicas, para ser poco a poco subvertidas en beneficio de la construcción de aquello que llamamos cuerpo erótico. Gracias a esta edificación de la sexualidad psíquica y del cuerpo erótico, el sujeto consigue liberarse parcialmente de sus funciones fisiológicas, de sus instintos, de sus comportamientos automáticos y reflejos, incluso de sus ritmos biológicos. Es así  como la sexualidad humana logra burlar, en cierta medida,  los ritmos endocrinos-metabólicos. En la mujer, por ejemplo, la sexualidad ya no sigue el ciclo menstrual ni se detiene en la menopausia. Gracias al apuntalamiento, el registro del placer instaura su primacía sobre el de la necesidad, la pulsión se independiza parcialmente del instinto.

‹‹¿Llegaremos, escribe François Dagognet, al punto de considerar al sujeto una ilusión? En absoluto. Pero con el hombre nace un cuerpo hasta ahora desconocido, porque los movimientos reales y violentos, ciertamente peligrosos, son remplazados por el esbozo de los posibles. La evolución de los gestos instintivos, la moderación de la sedienta impulsividad abre por fin el camino a la virtualidad, generadora, a su vez, de la subjetividad. Correlativamente, las necesidades punitivas ceden paso a juegos más elaborados y parcialmente interiorizados del deseo››.[1]

Sin embargo, conviene precisar que la colonización subversiva del cuerpo fisiológico por el cuerpo erótico tiene siempre un carácter inacabado y que, además de las inevitables fallas que ocurren a lo largo de este desarrollo, el cuerpo erótico es siempre algo a reconquistar. Salvo en casos excepcionales, la sexualidad psíquica y la economía erótica suelen correr el riesgo de ‹‹desapuntalarse›› y engendrar un movimiento contra-evolutivo, cuyas consecuencias veremos más adelante[2].

La edificación del cuerpo erótico es probablemente una potencialidad inscrita en el patrimonio genético humano. Entre esta potencialidad y su realización hay sin embargo una distancia que solo se salva gracias a las relaciones que el niño establece con sus padres. El desarrollo del cuerpo erótico es el resultado de un diálogo alrededor del cuerpo y de sus funciones, que se apoya en los cuidados corporales aportados  por los padres y cuyas etapas principales se juegan entre los tres y cinco primeros años de vida. El diálogo en cuestión pone en juego a los participantes. Lo que significa que el funcionamiento psíquico de la madre, sus fantasías, su sexualidad, su historia, su neurosis infantil, van a marcar de forma muy singular el diálogo que se instaura con el niño, hasta el punto de que en la carne de éste último se inscribirán las marcas del inconsciente de ella. (Aquí simplifico en extremo al referirme solo a la madre, pues el padre y las relaciones eróticas entre los padres – es decir la alternancia entre dos posiciones psíquicas: la de madre del niño y la de amante del padre – juegan un papel fundamental en la edificación psíquica del niño. Sobre este punto remito a la descripción de ‹‹la censura del amante ›› que ofrecen Denise Braunschweig  y Michel Fain en 1975. )

Es fundamental captar esta dimensión fantasmática del diálogo, pues ella implica que la economía erótica no puede analizarse desde una concepción solipsista. De manera que los encuentros, las rupturas, los duelos van a afectar la economía erótica del sujeto a lo largo de toda su vida.

Se trata de averiguar si la subversión erótica del cuerpo fisiológico tiene consecuencias en la dirección inversa, es decir sobre las propias funciones fisiológicas. La clínica psicosomática sugiere, en efecto, que cuando ocurren ciertos problemas de funcionamiento psíquico que alteran la economía del cuerpo erótico, aparece al mismo tiempo un riesgo de enfermedad somática. El desapuntalamiento de la pulsión en la función parece capaz de facilitar una somatización. A partir de estas constataciones clínicas, podemos plantear la  hipótesis de que, aún si la subversión libidinal no aporta, propiamente hablando, un suplemento de solidez al funcionamiento fisiológico, el desapuntalamiento, por su parte, sí parece relativamente peligroso para la salud del cuerpo.

¿Cómo dar cuenta de este insólito fenómeno? La  respuesta es, en primer lugar, de orden económico. La subversión libidinal actuaría desviando, derivando una parte de la energía inherente a los programas comportamentales innatos para utilizarla con fines eróticos. De esta manera aliviaría de algún modo a la economía somática de sus movimientos energéticos, sincronizados en el origen por los ritmos cronobiológicos.

Orden fisiológico y orden erótico:

¿una cuestión de molino?

Para imaginar el impacto del apuntalamiento subversivo en la salud del cuerpo, utilizaré la comparación del trabajo llevado a cabo por un molino. Una parte de la energía mecánica del agua que fluye por el río (que aquí hará el papel de flujo instintivo) es derivada por las aspas del molino. El movimiento de la rueda produce un trabajo que puede servir para fabricar aceite a partir de nueces o de aceitunas, o harina a partir del trigo. El resultado de este trabajo representaría aquí a la vida erótica, mientras que el molino representaría el aparato psíquico. En esta metáfora, el apuntalamiento es representado  por la rueda que gira, deriva la energía y la subvierte. Encontramos aquí una tesis central en psicoanálisis, según la cual la única fuente de la energía está del lado de los instintos, cualificados como instintos de conservación en la primera teoría de las pulsiones, y como instintos de muerte en la segunda teoría de Freud. La energía libidinal (pulsión sexual) es extraída de los instintos de conservación. A pesar de la construcción del molino, el río sigue siendo río. Es decir que el cuerpo instintivo -el cuerpo de las grandes funciones fisiológicas, vitales, de conservación- permanece, aunque haya sufrido algunas modificaciones. Tan sólo ha cedido una parte de su energía.

Podemos imaginar fácilmente el impacto de esta derivación de energía sobre el destino del río,  y que ésta sea capaz de aliviar su lecho, sus diques y la ecología del territorio río abajo (que en esta metáfora representa el cuerpo fisiológico) en periodo de crecida. En el otro extremo, la inercia de la rueda con aspas tapona en cierta medida los efectos de las variaciones de caudal (movimientos de crecida y decrecida) sobre el aparato psíquico y la economía erótica, que entonces queda parcialmente liberada de los ritmos biológicos.

Ésta metáfora del molino transformador, derivador, subvertidor de energía en beneficio de la vida mental, permite introducir la hipótesis de que el buen funcionamiento del apuntalamiento y del aparato psíquico, el éxito de la subversión libidinal,  sería capaz de flexibilizar la economía del cuerpo fisiológico al ofrecerle una desembocadura psíquica.

Esto quiere decir que en las relaciones entre funcionamiento mental y funcionamiento biológico está implicado todo el cuerpo, y no solo el cerebro. De modo que el problema de las relaciones cuerpo-mente no se limitaría a aquél de la relación entre pensamiento y cerebro, como se suele afirmar sobre todo con el auge reciente de la psiquiatría llamada biológica.

Para ayudar a representar lo que supone un proceso de somatización podemos ampliar y precisar la metáfora del molino: el molino representa el aparato psíquico; el paisaje rural a los alrededores del río representa el cuerpo; el lecho del río, los canales de riego que alimenta, sus brazos y bifurcaciones, representan el sistema nervioso central; la corriente fluvial y la energía del agua representan la excitación que se trasmite en el sistema nervioso central y que llega hasta los órganos. No solamente una parte de la energía mecánica del río es derivada, subvertida para fabricar electricidad, sino que río abajo los datos ecológicos se transforman,  y lo mismo puede decirse de la agricultura, la economía rural y hasta la geografía física. De algún modo esto supone que un proceso esencialmente funcional al inicio – el apuntalamiento subversivo – tiene consecuencias que se materializan. La geografía física en sí misma se transforma. La subversión libidinal conduce, finalmente, a modificaciones anatómicas. Por medio del apuntalamiento,  lo psíquico llega a cristalizarse, a organizarse, a anatomizarse.

Supongamos ahora que en la vida amorosa aparece una crisis, por ejemplo una infidelidad del objeto de amor que conduce a una ruptura sentimental. En nuestra metáfora, la pareja del explotador de la represa será representado por el cliente que compra la electricidad producida. Ocurre que éste último prefiere ahora la electricidad de una central nuclear menos costosa.

La presa ya no sirve. Queda fuera de servicio y se deteriora. El río retoma su antiguo curso. Las crecidas y sequías ya no son amortiguadas. Los ritmos instintivos recuperan la delantera. Río abajo esto puede ocasionar una catástrofe, pues la nueva economía agrícola ya no puede acomodarse a un río en estado salvaje. Los daños podrían ser severos: el cuerpo es víctima de un proceso de somatización.

Desde esta perspectiva, las enfermedades somáticas ya no se entenderían  como el resultado exclusivo de anomalías fisiopatológicas, sino eventualmente como el resultado de procesos psicopatológicos centrados en la desorganización de la economía erótica.


* «La subversion libidinale», corresponde al Cap. I del libro de Christophe Dejours Le corps d’abord,  Payot, 2001.  Traducción:  Lorenza Escardó

[1] F. Dagognet, Faces, surfaces et interfaces, Paris, Vrin, 1982, p.91.

[2] [Para ampliar este punto pueden consultar el capítulo IV de esta misma obra, “La tercera tópica”, en ALTER Revista de psicoanálisis, nº 4, marzo 2009, http://revistaalter.com/revista/la-tercera-topica/1113/ N. de T.]