Anexo 1: El género y Stoller

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Quisiera, en primer lugar, anotar algunas impresiones que resultan de la lectura de Stoller. Como investigador y pensador (1), Stoller  muestra una libertad absolutamente impresionante, ostensible.

No duda en criticar y reconsiderar sus propias observaciones (2). A veces se ríe de sí mismo, de sus explicaciones demasiado completas. Leeremos, entre varias otras, las páginas (3) de La perversion donde mete en un mismo saco tanto a las teorías psicológicas o fisiológicas como a las teorías psicoanalíticas, para concluir (4) que: «La teoría psicoanalítica es el sistema más sincrético desde el Panteón de los Romanos».

O también en Masculin ou féminin? (5), donde critica la jerga psicoanalítica sin dejar de manifestar, además, su desconfianza respecto  a  los «relatos de casos» (6); desconfianza frente a la teoría que sin embargo puede conducir a un curioso escepticismo: «En fin, habiendo agotado los argumentos, uno podría preguntarse qué importancia práctica puede tener esto de catalogar a las perversiones como neurosis o como otra cosa (7)».

Las explicaciones biológicas más simplistas tampoco son evitadas, especialmente aquéllas extraídas de la experimentación animal (8) a propósito del centro de la erección en el mono. Stoller nos remite a explicaciones que tienen en cuenta al fantasma, aunque señalando que el fantasma no es menos neurofisiológico que el resto. Así mismo (9), dará finalmente prioridad a la adquisición individual del género respecto de un determinismo hormonal.

Sin embargo, las posiciones de Stoller en relación a la biología no dejan de ser ambiguas. Da la impresión de que salpica sus obras de alusiones a la fisiología sexual para no abordar a fondo la cuestión. Uno de los pasajes más explícitos  se encuentra en Perversion (10), pero finalmente la confusión no hace más que multiplicarse. Ahí Stoller parte del pasaje de Freud que habla de la «roca de lo biológico» («Análisis terminable»), sin notar que Freud mismo hace un «malabarismo» al asimilar la diferencia anatómica de los órganos genitales externos percibidos a una diferencia biológica.

Stoller se refiere luego a la noción freudiana de serie complementaria, que opone  lo «constitucional» (innato, endógeno, atávico) a lo accidental (adquirido, exógeno).

Ahora bien, por un deslizamiento indebido, esta oposición llegó a encubrir aquélla entre lo biológico y lo psicosocial. Es así como se llega a una asimilación innato-biológico y adquirido-psicosocial. Un tal encubrimiento es indebido y falso: induce un retorno a la vieja problemática alma-cuerpo, olvidándose:

1) el hecho de que lo biológico puede tener una expresión psíquica (el hambre) y que lo psíquico tiene necesariamente una contraparte neurofisiológica.

2) el hecho de que pueden haber adquisiciones biológicas, incluso individuales, y que existe lo «psicosocial» dado de antemano (categorías sociales – sistemas simbólicos, etc.).

La crítica de simplismo, o de la inútil complicación de las explicaciones en curso, se desinfla cuando uno la confronta al propio simplismo de ciertos desarrollos stollerianos. Por ejemplo, las síntesis que hace Stoller de la teoría freudiana son tan rápidas y superficiales que uno se pregunta si es que realmente ha leído a Freud, y dónde.

Así, en el capítulo 8 de La perversión (11) se lee, entre otros ejemplos, esta frase: «Según él (Freud) la homosexualidad, particularmente en el hombre, sería el resultado patológico de la resolución del conflicto edípico entre el niño y su padre (12)». Un supuesto resumen que pasa completamente por alto  la etiología materna (13), la cual, además, no es atribuida por el autor a Freud sino a otros: «Otros han señalado que la homosexualidad masculina, que para Freud parecía provenir ante todo de una perturbación de la relación entre el hijo y el padre, podría tener su origen en los problemas pre-edípicos de la relación entre la madre y el hijo (14)» (y Stoller remite a los «modernos», sin mencionar la teoría «leonardina» constante de Freud).

La ironía y la libertad de movimiento que pueden, pues, seducir, con mucha frecuencia reflejan una verdadera ausencia de seriedad. No solamente en lo que respecta a la lectura de Freud sino en el propio pensamiento del autor. Así ocurre con su comprensión de la «perversión». El atractivo título: La perversion, forme érotique de la haine [La perversión, forma erótica del odio], no cumple su promesa. Pues el «odio» en cuestión no tiene nada que ver con la pulsión de muerte ni con la desligazón. Es finalmente atribuido, de forma unívoca y para todas las perversiones, a un deseo de venganza experimentado por el niño como consecuencia de una humillación («traumatismo») sufrida en la infancia.

-Otro tipo de explicación extremadamente reductora es aquélla que atribuye el transexualismo a «demasiada madre, insuficiente padre (15)», una fórmula tan general y abstracta que  la encontramos en innumerables intentos de comprensión de la psicogénesis de las neurosis, las psicosis y las perversiones, hasta incluir a la forclusión lacaniana (aunque Lacan ya se había adelantado a criticar ese tipo de «explicación-comodín» (16)).

-En el mismo orden de malabarismos teóricos, señalaremos también la respuesta a la cuestión: ¿por dónde es transmitida la feminidad?: «Lo ignoro… pero tal vez por la mirada amorosa, los ojos en los ojos». «Tal vez es especialmente así como los niños absorben la feminidad de su madre, sintiendo que se funden con ella, que forman parte de ella (17)».

-Otro subterfugio, utilizado sobre todo en la medida en que las críticas contra su teoría se acumulan, consiste en convenir que eso que él describe (el «transexual primario», el niño «muy femenino») es un caso extremadamente raro que tal vez nunca ha existido (18) o que sólo es un retrato-robot.

*

Entremos en la cuestión del género, sin perder de vista lo que sirve a Stoller de referencia: el discurso de los transexuales adultos y, en alguna medida, el discurso y/o el comportamiento de los «niños muy femeninos».

Ese discurso afirma: «Tengo un alma de mujer en un cuerpo de hombre». Un discurso que, tomado al pie de la letra, confirma al género del lado de lo psicológico, de la creencia, y afirma al sexo como una realidad puramente somática. El género sería el aspecto subjetivo, la conciencia del sexo. A ello Stoller adhiere sólo parcialmente, si bien es cierto que a veces mantiene esa dicotomía alma-cuerpo.

Una definición más tautológica, pero tal vez más interesante, se encuentra en Masculin et féminin (19). Ahí el género se define como la creencia  o el sentimiento de pertenencia a uno de los dos géneros. Así, el transexual no cree que él sea del sexo femenino, sino del género femenino. Vemos que somos llevados hacia varias ideas convergentes: «un cuerpo de creencias» y de «convicciones», el sentimiento de pertenecer a un grupo (uno de los dos grandes grupos humanos); en fin, un elemento que se sitúa del lado del sujeto o del yo, y no  del objeto o de la «elección de objeto».

Ahora bien, en mi opinión  la «elección» del género, aún estando correlacionada con la «elección de objeto», es  profundamente diferente de ésta última. Se recordará la fórmula de base propuesta por Freud en Schreber: «yo (un hombre) lo amo a él (un hombre)»; en esta fórmula «yo» puede ser (o considerarse como) un hombre o una mujer: se trata de la cuestión del género. Más aún, en la fórmula para la homosexualidad que aparece en Leonardo, Freud establece la filiación: madre-ama-Leonardo, Leonardo-ama-un chico a imagen de Leonardo niño. Pero Leonardo no es por ello identificado al género de la madre, de quien sin embargo toma el lugar. Vemos que la génesis del género es claramente independiente de la génesis de la elección de objeto.

Vayamos a la etiología supuesta por Stoller para el origen de la identidad de género. En Masculin ou féminin (20), Stoller resume esta etiología en cinco factores: 1) una fuerza biológica, 2) la asignación  del sexo, 3) las actitudes parentales (la forma en que el niño es percibido y criado), 4) los fenómenos «biopsíquicos», 5) el yo corporal en desarrollo.

Algunos de estos factores se descartan o se reagrupan: «El yo corporal en desarrollo» corresponde a las diferentes auto-percepciones que tiene el niño de su cuerpo sexuado (21). Ahora bien, Stoller elimina este último factor por considerarlo secundario en el niño pequeño (22): «incluso cuando la anatomía es defectuosa… el individuo desarrolla un sentimiento inequívoco de su condición de macho o hembra si la asignación del sexo y la educación son inequívocas (23)». Por otro lado, el segundo y tercer factor a menudo se encuentran reagrupados por Stoller (asignación + actitudes parentales).Quedan por discutirse tres factores:

a) La fuerza biológica: La influencia genética y hormonal sobre la elección del género es discutida paso a paso. En efecto, se puede concebir esta influencia de dos formas. La idea (más o menos discutible experimentalmente) de una determinación hormonal del «cerebro» puede teóricamente traducirse, ya sea directamente por un «psiquismo» macho o hembra –cosa que nada permite probar (24)-, ya sea a través del determinismo de la apariencia anatómica  por el «cerebro». Se nos remite entonces  a nuestro factor: asignación + actitudes parentales. Esta segunda opción es, por lo visto, la de Stoller (25).

Quedamos en presencia de dos factores: b (fenómenos biopsíquicos) y c (asignación + actitudes parentales). Puesto que la teoría de Stoller no deja de apoyarse esencialmente en b, comenzaré por ese factor.

b) Los «fenómenos biopsíquicos»: Bajo este término, lo que de hecho encontramos persistentemente (26) es toda una teoría fundada en la idea de simbiosis. La referencia esencial es la teoría de Margaret Mahler y, en Francia, nos cuesta imaginar la enorme influencia que tuvo esa teoría en el pensamiento anglosajón, desde 1952 y casi hasta nuestros días.

Brevemente, a partir de la observación de niños autistas y simbióticos, Margaret Mahler infiere el postulado de que, en su desarrollo, todo niño pasaría necesariamente por esas dos fases, a las que luego el sujeto podría regresar. Por el contrario, un desarrollo normal supondría una «separación –individuación» del niño respecto de la madre, en una  evolución que Margaret Mahler  se ve llevada a subdividir en cuatro sub-fases.

Claro que esta teoría tuvo ciertas repercusiones en Francia. Pero muy pronto fue enérgicamente criticada, tanto en sí misma como por su parecido con la teoría freudiana del narcisismo originario, tomado el término en sentido literal, es decir, un narcisismo que existiría desde los primeros días de la vida. Aquí sólo puedo mencionar en una nota algunas etapas de esta crítica (27).

Para una crítica mucho más reciente y fundada en la observación de infantes, nos referiremos a Martin Dornes y al conjunto de argumentos que reúne (28). Este último artículo  deshace por completo la idea de una fase  primitiva de simbiosis en el bebé, admitiendo a lo sumo la existencia de momentos simbióticos en ciertos bebés.

Sin embargo, Stoller adhiere al mahlerismo de un modo muy particular: 1) No se preocupa en absoluto por la «fase autística».  2) Postula que, en el proceso que va de la simbiosis a la separación-individuación, existe una simbiosis particular referida al género, que sería diferente de la simbiosis general. En otros términos, tratándose de los transexuales primarios, el niño podría separarse de la madre  y devenir perfectamente independiente en todos los otros aspectos de la vida, sin por ello conseguir separarse de la feminidad de la madre (29).

En cuanto a la forma, fusional, en que esta feminidad pasa de la madre al hijo (30): «Lo ignoro…Tal vez por la mirada, los ojos en los ojos, como en los enamorados».

En lo que respecta a la etiología, hemos visto que se reduce siempre a «demasiada madre, insuficiente padre», en una generalidad para la que Stoller, buen «científico», quisiera encontrar elementos de predictibilidad (31). Ahora bien, esta predictibilidad tropieza entre otras cosas con el hecho de que prácticamente nunca encontramos el caso ejemplar de un niño «así», es decir de un puro «transexual primario». Stoller reconoce que esos casos de «niños muy femeninos» son una pequeña minoría que no debe confundirse con  los homosexuales (32); que él nunca ha podido seguirle la pista a uno de esos «niños muy femeninos» hasta verlo transformarse en «transexual primario»; que en ninguno de los casos estudiados por Richard Green el niño se transformó en «transexual primario» (33).

Y cuando, a propósito de un caso, Stoller intenta demostrar su «predictibilidad»,  se trata de un niño que no comienza a vestirse de mujer hasta los tres años y nueve meses, y cuya descripción es profundamente contradictoria con el «tipo» (o retrato-robot) que ha descrito más arriba (34). 

Para concluir

La explicación stolleriana de la identidad de género se derrumba por todos lados:

1) la base mahleriana es discutida. Ya en el debate con Stern (35) puede verse la cantidad de «hipótesis adventicias» que Stoller se ve forzado a pedir que el lector acepte para tratar de «salvar» una teoría contradicha por los hechos. Desde que esta base se derrumba (un debate que no retomaré aquí), toda la etiología stolleriana se derrumba.

2) La idea latente según la cual simbiosis = identificación es, además, absolutamente discutible. En todo caso, el modelo biológico de la simbiosis implica complementariedad y no asimilación. ¿Por qué sería diferente en el caso de una «simbiosis» «psíquica»?

3) Suponiendo que hubiese una identificación primaria con la madre (por simbiosis o no), ¿por qué ella sería una identificación primaria con la mujer? Y más aún, ¿por qué sería una identificación con la feminidad, que es un rasgo bastante elaborado?

4) ¿Por qué habría una «desidentificación» (término de Greenson), o una separación-individuación (término de Mahler), que se lograría en todos los planos salvo en el plano del género? ¿Cómo concebir tal clivaje (36)?

5) La aparición de los rasgos masculinos y femeninos tiene lugar cuando el niño comienza a socializar (fin del primer año y comienzos del segundo). ¿Quién dirá, del pequeño lactante, que es un ser mucho  más masculino  que femenino (incluso si nosotros proyectamos: «es todo un muchacho!»)?

Queda por reconocer a Stoller inmensos méritos: 1) haber puesto de relieve la aparición precoz de la identidad de género. 2) Haber atribuido, en sus momentos de mayor lucidez (37), la identidad de género a la unidad compleja formada por la «asignación» y los «mensajes infinitos, reflejo de las actitudes de los padres, dirigidos al cuerpo y a la psique del niño» (Vemos la puerta entreabierta para la teoría de la seducción generalizada). Finalmente, de los puntos A, B y C solo permanece C  (que corresponde a los factores 2 y 3 de su serie etiológica).

En el muy importante final (38) del capítulo 5, Stoller refuta vigorosamente el determinismo hormonal directo del género: las hormonas, aún cuando son suministradas masivamente, generalmente no producen más que cambios leves o moderados en el comportamiento de género (39). Incluso si, con el aspecto de escéptico que a menudo se atribuye, Stoller termina en un non liquet, su inclinación apunta hacia la hipótesis psíquica y relacional (40).

 

Notas

*«Hors texte 1, Le genre et Stoller», en Libres cahiers pour la psychanalyse, «Sur la théorie de la séduction», In press, 2003, pp.88-95. Posteriormente fue publicado en J. Laplanche, Sexual. La sexualité élargie au sens freudien (2002-2006), Puf, 2007. Traducción: Deborah Golergant [La traducción de este texto ha sido revisada en junio de 2013].

[1]Obras usadas como referencia: Sex and Gender (1968), traducido al francés: Recherches sur l’identité sexuelle. Paris, Gallimard 1978 ; Perversion (1975), traducido : La perversion, forme érotique de la heine. Paris, Payot 1978 ; Presentations of gender (1985), traducido :Masculin ou feminin ? Paris, Puf 1989.

2. Ej. en Masculin ou feminin ?, cap. 5, « Contribution de la biologie à l’identité de genre ».

3. P. 91-92 de La perversion.

4. P. 9, nota a pie.

5. P. 17-18.

6. Id. P. 15 y 26.

7. Perversion, p. 111, nota.

8. Perversion, p.35-36.

9. En el cap. 5 de Masculin ou feminin, citado más arriba.

10. P. 30 y siguientes.

11. P. 141.

12. P. 149.

13. Cf. el «Leonardo»

14. Id. P. 149.

15. Masculin ou feminin, p. 74.

16. Cf. Ecrits, p. 577.

17. Masculin ou feminin, p.66.

18. P. 53-57.

19. P. 30

20. P. 31.

21. P. 32

22. P. 35.

23. P. 35.

24. Cf. Las dos notas p. 50.

25. No puedo más que remitir a la larga observación, seguida de una post-observación, presentada en el capítulo 5: «Contribution de la biologie à l’identité de genre».

26. Se la encuentra en la p. 38 sg. y 53 sg. (cap. 3); pero también, por ejemplo, en La perversion, cap. 8, «Angoisse de symbiose et développement de la masculinité».

27. J. Laplanche y J.B. Pontalis, Vocabulario de psicoanálisis, 1967, «Narcisismo primario». J. Laplanche, Problemáticas I-V. Nuevos fundamentos para el psicoanálisis (véase el índice de temas). Véase también las críticas contra la idea de Winnicott de una «primera posesión no-yo», que presupone una indiferenciación primitiva madre-infante. Véase el artículo sintético de J. Gortais: « Le concept de symbiose en psychanalyse », abril 1987, en Psychanalyse à l’Université, 12, 46, p. 201-238.

28. « La théorie de Margaret Mahler reconsidérée », in Psychanalise et psychologie du 1er âge, Puf, 2002.

29. Masculin ou feminin, p. 38-40.

30. P. 66.

31. P. 67: «Si una madre es x, su hijo será y. Si un hijo es y, es porque su madre habrá sido x».

32. P. 80.

33. Nota 12, p. 70.

34. P. 68 y sg.

35. Masculin ou feminin, p.76, nota 9 y p. 76-77.

36. Cf. p. 67-68.

37. P. 135 y sg.

38. P. 135 a 138.

39. P. 128.

40. P. 137-138.

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