Lo indiferente

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Della verga. «La verga está relacionada con la inteligencia humana y a veces posee una inteligencia propia; a despecho de la voluntad de quien desea estimularla, se obstina en conducirse a su antojo, moviéndose a veces sin la autorización del hombre o incluso contra su voluntad; esté él dormido o despierto, ella sólo sigue su impulso; a menudo el hombre duerme y ella está despierta; y ocurre que el hombre se despierta y ella duerme; muchas veces el hombre querría servirse de ella y ella se niega; muchas veces ella lo querría y el hombre se lo prohíbe; parece, pues, que este ser tiene a menudo una vida y una inteligencia distintas de las del hombre, y que éste último hace mal en avergonzarse de ponerle un nombre o exhibirla, buscando constantemente cubrir y disimular lo que debería adornar y exponer con pompa, como un oficiante»

 Leonardo da Vinci.

¿Por qué artimaña de la razón psicoanalítica esta «verga», tan caprichosa como el inconsciente e imprevisible como el proceso primario, ha podido convertirse en «el eje del proceso simbólico que consolida, en ambos sexos, la puesta en duda del sexo por el complejo de castración» (Lacan)? Sólo lo imaginario nos ofrece la respuesta, en la prisa por instituir en la teoría y la dialéctica analíticas lo que, en primer lugar, es una teoría sexual infantil. Llamemos al niño, o más bien a lo infantil, «pequeño Hans» o Ramsés: erguido en su carroza, el falo oficiante desfila con gran pompa por las calles de Alejandría en homenaje al dios viviente. La primacía del falo es una teoría sexual infantil,  infantil o faraónica: son palabras sinónimas. Ello nos exime de tener que interrogarnos sobre su verdad, como ocurre con cualquier fantasma. Pero, por lo mismo, ello descalifica las pretensiones del psicoanalista, convertido en tribunal, de venir a decirnos la verdad sobre el amor y la familia, en el nombre del Padre o de la castración hecha Ley. Debería recordarse que la crítica del famliarismo psicoanalítico, a la que Deleuze (y Guattari) se entregaba no sin argumentos en El antiedipo, era inseparable de la influencia entonces ejercida por el estructuralismo, y del buen orden que intentaba instaurar en la problemática edípica.

 Las conmociones actuales, que conciernen a las modalidades de la vida sexual,  la organización familiar o  la oferta propuesta por el progreso de la ciencia y la tecnología médica (hasta la eventualidad de una reproducción asexuada, por clonación), llevan especialmente lejos el error de sostener «como verdad psicoanalítica»   un  punto   de   vista   ideológico  entre   otros.  Sin embargo, reconocemos que esas excursiones poco afortunadas son tan antiguas como el psicoanálisis mismo, y que no sería difícil – muchos se han dedicado a ello- señalar lo que, en el hilo del discurso de Freud, lleva la marca anticuada del espíritu de su tiempo. Desde el momento en que hablamos, desde que la palabra se inscribe en el espacio público, la trampa amenaza y nadie puede creerse a salvo. ¿De qué? No tanto de tomar sus deseos por realidades, sino más bien de considerar  la exigencia desatendida de una posición fantasmática (o defensiva) singular, como verdad general. Esta dificultad no es circunstancial pues obedece a la cosa misma: el discurso psicoanalítico no puede ser inmune a su mala compañía, aquélla del inconsciente. Lo que no es razón para dejar de intentarlo. Hablamos, eventualmente escribimos.

Por ser una práctica social, el psicoanálisis está históricamente consagrado al destino común: nacimiento, desarrollo, ocaso, desaparición. Cuanto más tarde, mejor. Este relativismo temporal que amenaza con arrastrar una parte del psicoanálisis, del pensamiento psicoanalítico, ¿puede esperar escapar a los estragos del tiempo? Es como si la teoría se hubiese asegurado contra la catástrofe afirmando la atemporalidad de los  procesos primarios: contra Kant, para quien el tiempo es un aspecto necesario de nuestro pensamiento; «hemos aprendido por experiencia, escribe Freud, que los procesos psíquicos inconscientes son en sí “atemporales”. No están ordenados temporalmente, el tiempo no los modifica en nada y no es posible aplicarles la representación del tiempo».

 Esta convicción freudiana –ella misma «atemporal», pues se repite de forma idéntica a lo largo de su obra- puede analizarse desde muchos puntos de vista. Me limito a uno de ellos, el más pertinente para el debate de hoy: ¿diferencia o indiferencia de sexos? El historiador- en este caso Thomas Laqueur, a quien debemos una de las obras más importantes sobre el sujeto que se haya  escrito en los últimos tiempos: La fabrique du sexe (1) – muestra el movimiento de columpio que se opera en el siglo XVIII, al pasarse de una representación unisex dominante («el útero de la mujer no es más que la bolsa y el pene invertido del hombre»), a la afirmación prevalente e inversa de los sexos opuestos: la mujer deja de ser «una versión disminuida del hombre en un eje vertical de infinitas graduaciones», para convertirse en «una criatura completamente diferente a lo largo de un eje horizontal cuya parte intermedia se encuentra ampliamente vacía» (2).

Señalar las representaciones colectivas que prevalecen en un «medio discursivo y socialmente determinado» es tarea del historiador –o del antropólogo y el sociólogo-, no del psicoanalista. Primero porque la fuente de reflexión de éste último es singular antes que colectiva. Después, y más radicalmente, porque la semejanza aparente del objeto, «la sexualidad», esconde una diferencia esencial. Mientras que el objeto de las ciencias humanas es la vida sexual de los adultos, el del psicoanálisis es lo sexual infantil. Lo sexual infantil,  no la sexualidad de los niños que, en el mundo contemporáneo, bien podría ser analizada por sociólogos.

Para unos, especialmente si son  historiadores, adulto, sexual y genital forman un trío indisociable, mientras que los otros, psicoanalistas, ya no saben lo que significa «sexual» –una vez que ha sido abandonada la definición o la amarra genital- y hacen de este desconocimiento a la vez su objeto –el inconsciente- y el suelo paradójico de su práctica –el analista que sabe deja de entender. Un análisis en el sentido fuerte del término, con lo que eso significa de cambio psíquico, puede tener lugar casi sin que se hable de la vida sexual (genital) del paciente. El infantilismo de lo sexual, que se manifiesta en el fantasma, el síntoma y otras producciones del inconsciente, es eso atemporal que otorga al psicoanálisis alguna esperanza de perennidad por haberlo descubierto.

Esta diferencia entre los objetos de las ciencias humanas y el psicoanálisis no excluye los encuentros –la contribución de Michelle Perrot a esta obra es prueba de ello (3) – ni las confusiones. Uno de los mayores intereses que el psicoanalista encuentra en la lectura de obras históricas sobre sexualidad es descubrir que las figuras que prevalecen, a merced de las épocas y las culturas, no están lejos de inventariar la lista de fantasmas a los que lo confronta su experiencia cotidiana. Ejemplos… la convicción «científica» de Galeno, médico de Pergame del siglo II, según la cual la vagina es un pene hueco, vuelto de revés como un dedo de guante; esta representación hizo las veces de conocimiento científico durante algunos siglos en la medicina. Hoy en día todo el mundo sabe que la vagina no es un pene interno. Pero aún así… Se  puede ser médico, incluso ginecólogo, y soñar que una es el otro, hasta descubrir que los votos (4) de la especialización son (relativamente) impenetrables.

Ambroise Paré, ilustre representante de la medicina renacentista, consideraba que la conjunción de orgasmos entre el  hombre y la mujer era la  condición más importante para una buena fecundación. Hoy sabemos…pero aún así (5). Incluso una mujer actual, al corriente de todos los misterios, puede considerar contra toda razón a la eyaculación precoz de su pareja  como causa de su esterilidad.

La prevalencia de una representación sexual tiene un tiempo y un espacio (un área cultural), lo que no ocurre con el fantasma que la sostiene. Claro que la atemporalidad del inconsciente no es aquélla del psicoanálisis; sin embargo, es posible que éste último obtenga algún beneficio de ella.

Después del encuentro, la confusión…Cuando el psicoanalista teoriza inventa una generalidad que le hace correr los mismos riesgos que tomaron Galeno y Ambroise Paré –o cualquier científico de nuestros días- al confundir la velocidad con el tocino. En los Tres ensayos – muy precisamente titulados, sin duda más allá del deseo explícito de su autor: Tres ensayos de teoría sexual, y no «de teoría de la sexualidad»- Freud escribe: «La libido es, normalmente y por ley, de naturaleza masculina, independientemente de que se manifieste en el hombre o en la mujer» (6). Por un lado, se trata de algo que diría Galeno sin que sea necesario cambiar ni una coma; por otro lado, es lo que diría el niño, o más bien lo infantil, ése a quien  el falo  -añadir «primacía» sería un pleonasmo- dicta su voluntad.

 El inconsciente es indiferente al paso del tiempo… Es tanto verdadero como falso. Incluso en nuestros días, una mujer puede buscar un psicoanálisis sin saber que lo que espera es permitirse vivir una relación homosexual. Sin embargo, en esta materia las costumbres han cambiado profundamente. Lo que antes podía pensarse: «un análisis que no haya abordado la homosexualidad inconsciente no es un análisis terminado», hoy es apenas imaginable. No es que la cuestión haya devenido caduca, pues siempre encontramos algún análisis singular que le devuelve su colorido; pero su generalidad es anticuada, indisociable precisamente de las representaciones colectivas: la homosexuality data de la segunda mitad del siglo XIX y se inventa en el país de Oscar Wilde, poco antes de Freud. Hoy uno puede ser de la burguesía católica conservadora y hacer un coming out (los significantes de la homosexualidad –gay– han conservado la huella de la lengua maternal), lo que no ocurre sin aflicción; pero no más que cuando a comienzos del siglo XX uno se casaba por amor en vez de arreglar un matrimonio «conveniente». Dejando de lado el coming out, todos estos cambios no suponen una menor necesidad de acudir a análisis porque nada, ninguna «liberación», puede proteger del conflicto psíquico. Ya no se sufre por una orientación sexual desviada sino por la aflicción que produce la traición del ser querido: «Nunca estamos tan desprotegidos contra el sufrimiento como cuando amamos, nunca nos sentimos tan desdichados y desamparados como cuando hemos perdido al objeto amado o su amor», escribe Freud en El malestar en la cultura. A la liberación de los posibles corresponde siempre un nuevo territorio conquistado por la angustia (7).

Puesto que en cierto momento es necesario arriesgarse a generalizar, diremos que no hay tratamiento social del conflicto psíquico. He ahí una verdad de siempre, indiferente al paso del tiempo, vigente desde antes del psicoanálisis y hasta después de él. En cuanto a los términos del conflicto, no hay duda de que llevan la marca de los envites de la época y que se enuncian en la lengua dominante. El conflicto, como el sueño, se nutre de los restos diurnos.

Los debates actuales sobre la diferencia de sexos o diferencia de géneros evidentemente interesan al psicoanalista, y esta obra es prueba de ello. Sin embargo, más que la diferencia, lo que constituye la originalidad de su objeto es la alteridad (esa alteridad inquietante y extraña del inconsciente). Toda diferencia es en sí misma organizadora, pone orden en el polimorfismo de lo sexual infantil cualquiera que sea la línea de frente sobre la que se instale. Los romanos hacían pasar la trinchera entre actividad y pasividad (véase los trabajos de Paul Veyne). Los ingleses victorianos inventaron la pareja homosexualidad/heterosexualidad. Hoy… hoy es un poco confuso. El antropólogo y el sociólogo gastan mucha energía tratando de entender lo que ocurre. El psicoanalista no tiene esa urgencia, aunque la atemporalidad no le esté asegurada.

Notas 

*Jacques André, «L’indifférent», en Les sexes indifférents, PUF, 2005, p.11-17. Traducción: Deborah Golergant  [La traducción de este texto ha sido revisada en diciembre de 2013].

1. Paris, Gallimard, 1992.

2. Ibid., p.169.

3. El autor se refiere al texto «L’indifférence des sexes dans l’Histoire» (La indiferencia de sexos en la Historia), también incluido en Les sexes indifférents.  N. de T.]

4. En el original: les voix (es), aludiendo también a las voces.  N. de T.

5. «Lo sé perfectamente, pero aún así…» La fórmula (señalada por Octave Mannoni) muestra la presencia del clivaje ordinario del inconsciente. No hay ninguna razón para atribuírsela únicamente al fetichista (sé bien que la mujer no tiene pene, pero aún así: tiene una pequeña rejilla).

6. Paris, Gallimard, 1987, p. 161. Nótese, sin embargo, que la afirmación perderá su consistencia en el camino. El pasaje dejará de aparecer subrayado a partir de la edición de 1924, el año en que se inician los debates sobre sexualidad femenina (primero entre Freud y Abraham).

7. Es una verdad que Freud aprendería de Melanie Klein: la relación entre fuerza prohibitiva e inconsciente no es simplemente proporcional. La violencia prohibitiva interna se revela tanto más despiadada cuanto más laxa es la regulación socio-familiar. La prohibición que uno mismo se crea es excesiva en comparación con  aquello a lo que uno se somete.

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