La indiferencia de sexos: ¿ficción o desafío?

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Introducción

La indiferencia de sexos es un tema insólito que podría pasar por un parisismo  o una provocación. De modo que propongo tratarlo seriamente bajo la forma siguiente: ¿en qué condiciones la indiferencia de sexos podría considerarse como una proposición compatible con la teoría psicoanalítica de la sexualidad?

Primero precisaré las diferencias que podemos establecer entre lo sexual, el sexo y el género.

En un segundo momento discutiré la noción de asignación de género y la resistencia que la diferencia de géneros opone a cualquier intento de superarla.

En un tercer momento examinaré una  tesis original que consigue sostener de manera sólida el primado ontológico del género sobre el sexo.

En un cuarto momento discutiré las relaciones entre el género y la economía del amor.

Finalmente, me centraré en las teorías de la indiferencia de sexos y en las preguntas que a su vez  plantean a la teoría de la sexualidad.

La indiferencia de lo sexual no es la indiferencia de los sexos

En la teoría freudiana de la sexualidad, el concepto de pulsión sexual remite primero y ante todo a la sexualidad infantil. Ahora bien, si como lo sostiene la teoría de Jean Laplanche ésta última es un resultado de la seducción por el adulto,  la sexualidad infantil  remite también a aquello que, en el niño, acoge la seducción, a saber, el cuerpo y su potencial erógeno. La erogenidad  tiene varias connotaciones: la satisfacción auto-erótica, la pulsión parcial, la independencia relativa o absoluta de las pulsiones parciales y la noción de «perverso polimorfo».

 La «excitabilidad» sexual no es una característica exclusiva de algunas zonas particulares sino que, en principio, corresponde a todas las partes y los órganos del cuerpo.

 La exégesis de esta serie conceptual conduce, efectivamente, a la idea de una indiferencia originaria de lo sexual por relación al género. La polivalencia casi ilimitada de lo sexual infantil se manifiesta, por un lado, en una sensualidad abierta a todos los juegos de la actividad y la pasividad, cualquiera que sea el sexo anatómico del niño; por otro lado, en una indiferencia primitiva al sexo y al género del objeto (en la medida en que las pulsiones parciales se despliegan en un universo «preobjetal»). En otros términos, lo sexual puede servirse de cualquier objeto, no conoce ninguna orientación primaria de género ni de sexo porque apunta ante todo al placer de órgano.

 Con el sexo (por oposición a lo sexual que acabamos de tratar) ocurre algo muy distinto. Ciertamente  el sexo es en primer lugar un dato anatómico; pero hoy en día todos los autores coinciden en reconocer que las diferencias anatómicas -incluso fisiológicas- entre los sexos no están en el origen de las orientaciones sexuales del deseo erótico ni de las identidades masculina o femenina (o también, para retomar los términos más técnicos: macho o hembra).

El sexo es una categoría anatómica; el género es una categoría social que remite, en primer lugar, al comportamiento, a conductas en el mundo social. Pero aunque la identidad de género no venga dada desde el nacimiento, ella se fija muy precozmente en el niño.

 La noción de género fue introducida por endocrinólogos y por un psicólogo, J. Money, confrontados a problemas de ambigüedad sexual en niños que padecían anomalías genéticas o enfermedades endocrinas prenatales (1955-1968).

 Luego, el género fue definido por Stoller como la creencia o el sentimiento de pertenencia a uno de los dos géneros, masculino o femenino. El transexual hombre → mujer no  cree que él es del sexo femenino. Sabe que su sexo anatómico es masculino. Pero está convencido de que es del género femenino y, secundariamente, piensa que su sexo anatómico es un error de la naturaleza. Así, el género es en primer lugar definido socialmente por un conjunto de conductas típicas. Pero después es vivido como un rasgo natural.

Es por esta razón que Stoller, quien por lo demás aquí se apoya en Money, divide al género en dos:

– el core gender identity;

– el gender role indentity.

Stoller dirigió largas investigaciones sobre el origen de la identidad nuclear de género (core gender identity). De ellas  podemos extraer, siguiendo a Laplanche (2003) (1) algunos puntos útiles para nuestra discusión:

 – El género en el niño se establece al final del primer año y es inmutable a partir del tercer año.

– El género no es de origen anatómico, biológico ni endocrino; el género es adquirido y no innato.

– La adquisición de la identidad nuclear de género pasa por la relación con la madre.

– La identidad nuclear de género se establece antes del descubrimiento y la percepción, por parte del niño, de la diferencia anatómica de sexos.

– En el desarrollo, entonces, el género precede a la identidad sexual; es el género lo que organiza al sexo y no al revés.

 Sin embargo, poner a prueba la hipótesis de una indiferencia de sexos supone comenzar admitiendo que no hay una indiferencia primitiva de géneros ni de sexos. ¡Todo lo contrario! La identidad de género es precoz y absolutamente estable a lo largo de toda la existencia. El sujeto que, ya adulto, elige ser a la vez hetero y homosexual tiene, al igual que el homosexual primario, una identidad de género que no ha cambiado desde la primera infancia.

La teoría de la asignación

Muchos psicoanalistas  han criticado la teoría freudiana de la sexualidad por considerarla muy centrada en la sexualidad del niño. Desde Karen Horney y Ernest Jones, la literatura sobre sexualidad femenina se vuelve pletórica. Pero, en general, los psicoanalistas ortodoxos no cuestionan la heterosexualidad como fin del desarrollo psíquico (la «madurez») y, en lo que respecta la bisexualidad, casi siempre es pensada como una doble heterosexualidad: heterosexualidad masculina acoplada a una heterosexualidad femenina. De modo que tanto lo masculino como lo femenino son  pensados por referencia a una heterosexualidad no cuestionada. O, para decirlo de otro modo, la bi-sexualidad nunca es concebida, por ejemplo, como una doble sexualidad homosexual: homosexualidad masculina acoplada a una homosexualidad femenina.

Esta referencia a la heterosexualidad genital lleva a considerar a todas las otras formas de sexualidad   -homosexualidad, perversión, transexualismo, transvestismo, etc.- como distorsiones del desarrollo sexual normal, ocasionadas por defensas psico-neuróticas.

 Jean Laplanche, por su parte,  propone introducir la problemática del género en la teoría de la sexualidad según una fórmula verdaderamente novedosa, en el sentido de que no se limita a yuxtaponer género y sexo sino que propone una verdadera integración del género en la teoría sexual. Laplanche toma de Stoller la idea de asignación y, sin embargo, critica su concepción de la identidad nuclear de género. Para Laplanche, el género precede al sexo, o a la percepción de la diferencia anatómica de sexos. Género y sexo son dos categorías diferentes. El género es una construcción que pasa por varias etapas, siendo la asignación la primera de ellas: En nuestro país, nos dice, la asignación es primero una formalidad del estado civil. ¿Asignación de qué? Del sexo, decimos normalmente. Sería mejor decir «asignación del género», pues el sexo [anatómico] no se asigna, se constata (Nota en «El género y Stoller», 2003). Además precisa: «Podríamos hablar de una asignación continua o de una verdadera prescripción. Prescripción en el sentido en que hablamos de mensajes llamados «prescriptivos»; del orden del mensaje entonces, incluso del bombardeo de mensajes» («El género, el sexo, lo sexual», 2003).

En la medida en que todas las investigaciones clínicas coinciden en que la identidad de género se establece muy precozmente (a la edad de un año), deja de sostenerse el recurso, clásico en psicoanálisis, a la idea de  identificación para dar cuenta de esta adquisición. La identificación supone la movilización de complejos procesos psíquicos que no parecen compatibles con la edad de un lactante. Debido a estas mismas dificultades teórico-clínicas,  Freud introdujo la idea de «identificación primitiva al padre de la prehistoria infantil». Una idea particularmente abstrusa que, sin embargo, es retomada por muchos psicoanalistas con el término de «identificación simbólica al padre», que supuestamente protege de la psicosis al niño. Jean Laplanche propone remplazar esta noción por aquélla de asignación por (= identificación por) «el socius de la prehistoria personal».

Según Laplanche la asignación de género, aún siendo una prescripción, no podría pensarse como una coacción absoluta que supera cualquier obstáculo. En otros términos, la asignación de género de ningún modo funcionaría como una determinación, como una causalidad mecánica que resulta de una supuesta interiorización tan a menudo invocada por los sociólogos para dar cuanta del determinismo social de las conductas humanas. Que la asignación incluya de entrada todo un arsenal social e institucional no resuelve el problema del género si por «género» entendemos, en este caso, una identidad de género, es decir, la convicción íntima de pertenecer a un género. Entre la asignación y la identidad de género, entre la “identificación por” y la identidad, Laplanche interpone todo el trabajo mental del sujeto. En este caso, el trabajo mental de un niño o incluso de un bebé! La asignación es entendida por Laplanche como un mensaje dirigido al niño por el adulto. Y desde el punto de vista psicoanalítico el problema no es tanto la asignación propiamente dicha sino la forma en que el niño traduce ese mensaje, cómo lo interpreta y, eventualmente, cómo se apropia de él. En el transcurso de este proceso pueden tomarse vías muy diversas, hasta el punto de que en ciertos casos, en verdad raros, la interpretación lleva al niño a hacerse una idea de su identidad -identidad nuclear de género- completamente desfasada por relación al género que le fue asignado, como vemos por ejemplo en algunos transexuales.

A fin de cuentas, Jean Laplanche propone una definición psicoanalítica del género en concordancia con la teoría de la sexualidad: «El género es la pertenencia reconocida de un individuo a una de las dos clases designadas como masculina y femenina» (ibid). El término  «reconocida» -pertenencia «reconocida»- por tratarse del reconocimiento del propio sujeto, plantea el problema del pasaje «del género asignado al género asumido».

 Pero Jean Laplanche propone que, al final de este proceso, el sujeto interpreta el género por el sexo. No sólo su pertenencia sino, más allá de su propia identidad, la teoría que el sujeto se construye sobre la diferencia de géneros. Esta construcción, una vez  asumida,  por lo general conduce secundariamente a una «naturalización del género» por referencia a la diferencia anatómica de sexos. La naturalización es una suerte de racionalización après-coup de un proceso que, al no estar perfectamente asumido, requiere de constantes refuerzos defensivos. Se habrá notado, en fin, que la concepción laplanchiana del género solo remite a la sociedad  indirectamente. En un comienzo el género no es sexual, es construido en la sociedad. Sin embargo, según Laplanche la asignación de género y la identidad de género no se deducen de un determinismo social. El género es una categoría individual elaborada  en cada caso  por un sujeto singular. No es que el género sea social mientras que el sexo es biológico; el género asumido sería más bien un mestizo de social y sexual inconsciente.

Ambigüedad de la asignación

Aquí puede añadirse otra observación. Hasta ahora he insistido  especialmente en el trabajo psíquico impuesto al niño por la asignación de género. Pero también conviene precisar que las dificultades no aparecen solamente del lado del niño. La asignación misma, sobre todo si no la reducimos a la declaración del estado civil en el nacimiento -aquí la entendemos como una serie de mensajes o de prescripciones-, está marcada por la ambigüedad desde su formulación por los adultos. Porque sin duda éstos también experimentan ciertas dificultades con la constitución de su propia identidad de género. ¿Qué es ser un hombre? ¿Qué es ser una mujer? (J. Money y P. Tucker, Êtes vous un homme ou une femme?, 1975). No siempre lo saben con certeza: ¿qué deben la masculinidad y la feminidad a las conductas de género?,  ¿su poder de seducción y de atracción se debe a su originalidad, a sus ideas o, por el contrario, a su conformismo con los estereotipos de género? La significación del género no es ni anatómica ni fisiológica, no remite solamente a fuerza o debilidad, inteligencia o sensibilidad, razón o intuición, humanidad o animalidad, actividad o pasividad, carácter reflexivo o espontáneo, etc. Todos estos términos son connotaciones, y no el contenido semántico fundamental de género.

La asignación ampliada

En su concepción de la asignación de género, Laplanche reconoce que el género compete a lo social y, por ello, no es primitivamente sexual. Sólo lo será secundariamente por intermedio del trabajo de traducción realizado por el niño. Laplanche desconfía de la sociología y no toma en cuenta, al menos no más que Money o Stoller, la dimensión de la dominación que, sin embargo, es indisociable de la dimensión del género. La asignación de género comienza, ciertamente, con la declaración del nombre y del estado civil, pero también se mantiene, en ocasiones con mucha crueldad y especificidad,  por relación a lo que se juega en el socius. En el colegio, desde los cursos elementales, cada niño es conminado por el grupo a situarse en un género y a distinguirse del otro. Pero la asignación continúa aún, por otras vías particularmente discriminatorias, en el mundo de los adultos, con el encuentro del mundo del empleo y del trabajo.

Podemos mostrar que el género es indisociable de la dominación de los hombres sobre las mujeres y que lo que se juega es, primero y ante todo, el trabajo: su producción, su reparto y su apropiación. Hombres y mujeres no están en absoluto en posición de igualdad con respecto al trabajo.

 Si tomamos en cuenta las relaciones sociales de trabajo y la lucha por la dominación del trabajo, en tanto que éste último es la fuente de toda riqueza y, finalmente, de la co-extensividad entre relaciones sociales y relaciones de género, entonces al género le corresponde otra definición: «Ahora se escucha hablar de «relaciones de producción de género» (gender relations of production) pero (…) estas relaciones de producción consisten en la explotación de las mujeres. Sin duda existen los géneros, «hombre-mujer», pero en la base, en la parte inferior de la escala de géneros, están las mujeres: sexo social «mujer» » (N.-C. Mathieu, 1991, p. 266).

 «La jerarquía es lo que induce la división del trabajo; esta división del trabajo en sentido amplio es lo que llamamos «género»» (C. Delphy, 2001, p. 26).

 «Concluyo que el género no tendría substrato físico; más exactamente, que lo que es físico (y cuya existencia no se pone en duda) no es el substrato del género. Por el contrario, el género sería lo que crea el sexo o, dicho de otro modo, sería lo que da sentido a unos rasgos físicos que, como el resto del universo físico, no poseen un sentido intrínseco» (ibid., p. 27).

  «Con la aparición del concepto de género se vuelven posibles tres cosas (…):

– hemos reunido en un concepto todo lo que aparece como social y arbitrario de las diferencias entre los sexos: lo efectivamente variable de sociedad en sociedad o, al menos, lo que es susceptible de cambio;

– el término en singular (el género, por oposición a los dos géneros) permite desplazar el acento, puesto sobre las partes divididas, hacia el principio mismo de división;

– puesto que la noción de jerarquía está firmemente anclada en el concepto, ello  debería permitir, al menos en teoría, considerar bajo otro ángulo las relaciones entre las partes divididas » (ibid., p. 247).

El género y su perennidad

El rodeo por el análisis sociológico del género podría hacer pensar que se trata exclusivamente de un producto social y que por lo tato sería vulnerable a la subversión política… Aunque las relaciones de género evolucionan, como vemos desde hace más de un siglo y medio, y aunque podamos reconocer progresos innegables en la emancipación de las mujeres, sin embargo la dominación de género permanece en todas las culturas. Se modifica pero no desaparece. Si queremos considerar la hipótesis de una indiferencia de sexos, parece claro que la vía para una des-diferenciación de los sexos no puede encontrarse del lado del género. Podría ser que la extraordinaria resistencia del género se deba, en efecto, a un arraigo en la subjetividad mucho más profundo de lo que dejan suponer los teóricos sociales, en particular aquéllos que apelan a la interiorización del orden social por el individuo.

 Si seguimos la teoría propuesta por una filósofa feminista -Judith  Buttler-, el género bien podría  mantener su eficacia por el hecho de que se arraiga en el cuerpo mismo o, más precisamente, en la arquitectura del cuerpo erógeno, tal como resulta del proceso de subversión libidinal del cuerpo fisiológico, un proceso que responde a la dinámica de  seducción del niño por el adulto.  J. Buttler teoriza este arraigo apoyándose en la noción de «melancolía de género».

 J. Buttler no es psicoanalista pero recientemente ha iniciado un dialogo con psicoanalistas clínicos, luego de haber mantenido desde hace ya tiempo una discusión con psicoanalistas teóricos en un registro filosófico, a la vez  político y especulativo. En un texto de 1988, «The sexually unperformable», aborda directamente la cuestión del deseo sexual. Algo poco frecuente, ya que la mayor parte de los estudios feministas dejan de lado la cuestión sexual para centrarse tan sólo en la cuestión de la dominación de género. Cuando lo sexual no es simple y llanamente dejado de lado, por lo general es referido a un efecto o a una consecuencia subjetiva con sobredeterminaciones no sexuales. O también, como en el caso de Monique Wittig,  es concebido como un medio, como una herramienta de lucha social, pero no se considera como un fin en sí mismo.

 El artículo de J. Buttler  no sólo tiene el mérito de plantear  la cuestión del origen del deseo sexual y sus relaciones con el género, sino también el de mostrar un  interés –lo que resulta excepcional- por el tema de la ausencia de deseo erótico como cuestión ineludible. No desde el ángulo de la patología neurótica (impotencia o frigidez) o de la alienación mental (anedonia, etc.), sino como no-deseo «normal».

 Más precisamente plantea la cuestión de lo sexualmente unperformable, es decir de aquello que, del deseo sexual, es inaccesible a toda posible prueba performativa, entendiendo «performativa» en el sentido lingüístico  pragmático  del término  (y sabiendo que, hasta aquí, para Buttler  tanto el género como el sexo son esencialmente construcciones performativas llevadas a cabo en, y por, actos de lenguaje).

Además -y esta es la  razón principal de su inclusión en este trabajo- concede un lugar decisivo al cuerpo, esforzándose por mostrar que la anatomía de ningún modo constituye un obstáculo infranqueable para superar la dualidad sexual (cf. « Les genres en athlétisme: hyperbole ou le dépassement de la dualité sexuelle», 2000).

En lo que concierne al deseo sexual, Buttler admite que el punto de partida de este deseo es el cuerpo, aunque no se pronuncia sobre la teoría freudiana de las pulsiones. Si ciertos deseos están totalmente ausentes, en su opinión ello no se debe a  las características anatómico-fisiológicas naturales de los órganos sexuales sino al hecho de que la propia  fisiología de los órganos sexuales es construida. De modo que llega bastante lejos, hasta proponer una construcción «cultural» de la fisiología sexual. La fisiología y la erogenidad de los órganos sexuales y de otras partes u órganos del cuerpo serían el  resultado de una historia singular. En este punto se acerca a la concepción freudiana ortodoxa, con la única diferencia de que para ella la construcción de la sexualidad está menos marcada por lo específico de la economía familiar, o de las relaciones entre padres e hijos, que por las relaciones sociales de género. Diferencia que parecerá mínima pero que en realidad tiene importantes consecuencias teóricas.

Su análisis es sutil y se basa en referencias psicoanalíticas precisas: primero Freud, luego  Abraham y Torok. Los dos textos freudianos son «Duelo y melancolía» y «El yo y el ello»; de los trabajos de Abraham y Torok se apoya en sus comentarios de «Duelo y melancolía» y, en particular, en la oposición que establecen entre introyectar e incorporar. En efecto, estos  autores desarrollaron una perspectiva original que permitió renovar  profundadamente la concepción psicoanalítica del duelo y sus fracasos. Los conceptos de introyección e incorporación se refieren a cuestiones teóricas complejas que no puedo abordar aquí, por lo que tendré que simplificar enormemente  las cosas, lo que es una pena tanto por el punto de vista de Abraham y Torok como por el de Buttler. La introyección remite a un proceso que comienza con la pérdida del objeto amado y  termina con un enriquecimiento del yo, que no solamente no ha perdido su deseo erótico sino que lo reencuentra íntegramente, incluso ampliado, con la posibilidad de reinvestir ese deseo en un nuevo objeto de amor. Entre las dos etapas está el duelo. Pero -hay que insistir en este punto- el duelo realizado por el proceso de introyección es un trabajo de duelo, Trauerarbeit, es decir que implica un trabajo de pensamiento y de transformación de uno mismo, de reorganización psíquica. Para Buttler lo que cuenta en el proceso de introyección es que significa:

–  el reconocimiento inicial de un lazo erótico preexistente a la pérdida;

–  el reconocimiento de la pérdida del objeto de amor;

–  la renuncia al objeto de amor,

–  pero no la renuncia al deseo en sí mismo. De modo que la renuncia solo se refiere al objeto y no la meta de la pulsión, que se jugará posteriormente  en otra parte, con otro objeto.

Por el contrario, en la incorporación, que caracteriza lo que Freud y después N. Abraham y M. Torok oponen al duelo  -a saber, la melancolía-, no hay un proceso. En su lugar encontramos una operación mágica que pasa por el fantasma de una incorporación oral del objeto perdido. Incorporación, es decir, desaparición de la conciencia del sujeto y alojamiento del objeto en el cuerpo mismo. Lo que interesa a Buttler es que:

– a diferencia de la introyección, la incorporación no supone un trabajo del pensamiento ni una transformación del sujeto sino más bien una tendencia a fijarse e inmovilizarse en la nueva postura psíquica;

– en este caso el deseo se pierde con el objeto, ¡desaparece! Buttler habla de forclusión, por lo demás de manera errónea. De modo que aquí la pérdida concierne tanto al objeto como a la meta de la pulsión. Con la incorporación y la melancolía lo que desaparece es el deseo en su totalidad.

Buttler piensa que la incorporación tiene un rol fundamental en la edificación del cuerpo. Propone la expresión «melancolía de género», ¿qué es la «melancolía de género»?  Es la operación por la cual una parte del poder erógeno del cuerpo se pierde definitivamente de modo que se vuelve sexually unperformable. La melancolía de género amputa una parte de la superficie del cuerpo y ello contribuye a hacer del cuerpo un cuerpo «generizado» [«genré»] Buttler muestra que la melancolía de género recae específicamente sobre el deseo erótico homosexual. ¿Por qué? Porque en las culturas donde reina el androcentrismo heterosexual reproductivo, el deseo heterosexual primario es nombrado y representado vía la prohibición del incesto. En la medida en que el deseo es nombrado, puede ser objeto de un trabajo de duelo, es decir, de un trabajo de pensamiento. Por el contrario, el deseo sexual homosexual ni siquiera es nombrado por la prohibición del incesto,  por lo que no puede ser objeto de un trabajo de pensamiento. Está en riesgo de sucumbir al  fantasma de incorporación que lo hace desaparecer, amputando al cuerpo erógeno una parte de sus posibilidades. Aquí Buttler se acerca a Monique Wittig cuando dice: «Que el pene, la vagina, los pechos, sean designados como partes sexuales, es a la vez una restricción del cuerpo erógeno a esas partes y una fragmentación del cuerpo como totalidad» (Gender Truoble, p. 113 sq.). Lo que resulta de esta argumentación es que el deseo sexual no sería independiente de la construcción generizada del cuerpo, que en efecto pasa  por toda una serie de amputaciones del potencial erótico por medio de la melancolía de género. Esta concepción es interesante y, en los pormenores de la teoría de Buttler, bastante convincente. Lo que faltaría comprender mejor es cómo la melancolía, que se desencadena con su carácter «totalizante», puede sin embargo limitarse al género. Ello no es coherente con la concepción freudiana de la melancolía ni con aquélla de la psiquiatría, que precisamente insisten en el hecho de que la melancolía se manifiesta en «todo o nada», al punto que el sujeto melancólico es fundamentalmente un enfermo amenazado de morir por abandono, inanición o suicidio. En otras palabras, el proceso propuesto por Buttler, que supuestamente daría cuenta de la formación del deseo sexual en el sujeto normal, es teóricamente posible pero incompatible con la clínica del duelo y de la melancolía. Para salvar esta intuición tan interesante habría que afinar considerablemente tanto la clínica como los conceptos. La otra reserva sobre este análisis es que no se menciona en absoluto la especificidad de las relaciones entre los adultos y el niño. Ahora bien, es innegable que la identidad de género se constituye muy pronto, incluyendo la identidad sexual, erótica, de género. ¿Cómo funciona específicamente el niño en esta dinámica? Buttler no toma en cuenta este aspecto y sólo reflexiona sobre supuestos sujetos adultos, varones y mujeres, que serían iguales ante la melancolía de género, lo que también parece un vacío teórico sorprendente por parte de esta autora.

Si damos crédito a la teoría de Buttler  comprendemos que el género, al encarnarse precozmente en la geografía del cuerpo erógeno, determina secundariamente toda la economía del deseo, que entonces sería irreductiblemente y  precozmente «generizado». Y no vemos muy claro cómo una política, cualquiera que sea, podría asumir una postura sobre la erogenidad. De ahí la resistencia extraordinaria que la diferenciación de género opone a cualquier intento revolucionario.

Relaciones entre servidumbre, dominación y economía de la vida amorosa

Podemos dar un paso más si hacemos referencia a la genealogía del cuerpo erógeno desde la perspectiva de le teoría de la seducción generalizada. Según la teoría de Laplanche, hay que hacer un lugar al apego -en tanto base instintiva o componente de la autoconservación- como condición de posibilidad de la seducción. El apego constituiría la onda portadora de la comunicación niño-adulto. En este punto yo me distancio un poco de Laplanche, en la medida en que pienso que las relaciones entre lo sexual y el apego resultarían del apuntalamiento, y no creo que sea necesario excluir este concepto de la teoría sexual. El apuntalamiento funcionaría como una subversión libidinal de esa función biológica fundamental que es el apego. Pero, en la perspectiva de la subversión libidinal, conviene siempre examinar el límite de esa subversión, que necesariamente se traduce en la persistencia de un apego residual en toda organización psico-neurótica. Si ahora nos interesamos por la teoría del amor, y no sólo por la teoría sexual, entonces tendremos que hacerle un lugar a ese residuo de apego  en la constitución de toda relación amorosa. Una vez más, es Laplanche quien sienta las bases para una teoría del amor, planteando que sería un mixto de sexual, narcisismo y apego. Pero en la concepción laplanchiana el apego se concretiza esencialmente en la corriente de ternura que participa en la economía amorosa. A mí me parece, más bien, que el apego comprende esencialmente la dimensión de la dependencia con respecto al objeto o, más precisamente, al cuerpo del objeto. Si así fuera, ese residuo de apego incluiría los lineamientos de una dramatización que nunca dejaría de manifestarse en el vínculo amoroso y que tomaría la forma de una relación servidumbre-dominación. De modo que si reservamos un lugar residual a esa parte del apego que no se beneficia de la subversión libidinal, parece ineludible plantearse el problema de la asimetría de roles en el seno de una pareja ligada por amor, que de algún modo constituiría el terreno propicio para otro arraigo del género, en tanto que ese género es siempre una relación social de dominación. Un análisis más profundo mostraría que la esfera donde se juegan concretamente las relaciones sociales de género en una relación amorosa es la del reparto del trabajo doméstico: tareas de educación y cuidado de los niños, tareas del hogar. Vemos que por la vía de la melancolía de género el cuerpo sería el primer receptáculo del género, y por la vía del amor lo serían la servidumbre-dominación en la esfera doméstica.

Así, la referencia al género aporta toda una serie de argumentos contra  la posibilidad de que se despliegue una indiferencia de sexos. Siempre desde esta perspectiva, vemos que la asignación de género hunde sus tentáculos en lo más profundo de la subjetividad, mucho más allá de lo que con Stoller se había reconocido como una gender role identity, es decir, la identidad del rol de género. El género coloniza lo sexual y ambos se ven intrincados incluso en el cuerpo y en el amor, de tal suerte que si desde el punto de vista de los sexos lo sexual es indiferenciado, el género tiende más bien a fijarlo fuertemente en la diferencia. Ningún distanciamiento por relación a  la referencia anatómica y lo que implica en el orden de la naturalización bastaría para poner fin a la diferencia de sexos. Así, pues, la tesis de la indiferencia de sexos parece ser poco sostenible.

¡Y sin embargo! Puede ser considerada a condición de no eufemizar todo aquello que la asignación de género opone como resistencia a la indiferencia de los sexos. 

La queer theory

La teoría queer se relaciona precisamente con la subversión de las identidades sexuales. Es lo que Buttler connota con el título de su libro: Gender Trouble. Este intento de superar la diferencia de géneros y la diferencia de sexos se apoya sobre todo en Foucault.

 Según Foucault, cuyos objetivos nos son presentados por David Halperin, «el fist fucking es el único aporte verdaderamente nuevo de nuestro siglo a la artillería sexual» (Saint Foucault, p. 104). Por lo demás, Halperin precisa que sólo muy recientemente  hemos establecido hasta qué punto era nuevo: «Gayle Rubin sitúa su emergencia, como práctica colectiva y punto de anclaje para la formación de una comunidad, al final de los años 60. En los años 70 aportó las bases para una verdadera queer culture, con sus propios clubs y organizaciones, sus espacios urbanos, su arte, sus insignias y hasta sus propias manifestaciones públicas comunitarias» (p.104). «La invención de un nuevo placer testimonia de manera sorprendente el potencial creador de una praxis gay» (p.105).

En síntesis, lo que sostiene Foucault y, tras él, Bersani y Halperin, es el proyecto de servirse de lo sexual para deshacerse, o al menos para superar, las identidades y las subjetividades que, según él, son los submarinos de la normalización. «Las técnicas modernas de poder  utilizan la sexualidad para atribuirnos una identidad personal en parte definida por la identidad sexual y, al atribuirnos una tal identidad, ella nos limita: «Hay todo un biologismo de la sexualidad y por lo tanto una puerta abierta a los médicos, los psicólogos, las instancias de normalización… Tenemos sobre nosotros, hablándonos de sexualidad,  a  médicos,  pedagogos,  legisladores,  adultos,  padres… No basta con liberar la sexualidad, también es necesario liberarse de la noción misma de sexualidad»» (Halperin, p. 107-108; citación de Foucault extraída de «Le gay savoir»).

En otros términos, hay que deshacerse de la sexualidad misma para poder liberarse de las identidades sexuales que ella contribuye a cristalizar. Según Foucault, para alcanzar una indiferencia de sexos hay que buscar la abolición de la identidad y de la sexualidad,  y  para ello  hay que pasar por una política del placer que debería utilizarse como una máquina de guerra contra el deseo.

 Hay que desembarazarse de la sexualidad o desexualizar el placer, es decir, desgenitalizarlo (Halperin, p. 102): «El S/M desliga el placer de toda especificidad genital, de la localización del placer en  -o de su dependencia respecto a- los órganos genitales» (Halperin, p. 100). «No hay ninguna valoración del macho en tanto macho. Al contrario, serán valorados los usos de un cuerpo que podemos definir como desexuado, desvirilizado. Así ocurre en el fist fucking u otras fabricaciones extraordinarias de placeres que los americanos consiguen ayudándose de ciertas drogas e instrumentos (…) para lograr hacer de su cuerpo masculino un lugar de producción de placer extraordinariamente polimorfo y desvinculado de las valoraciones del sexo,  particularmente del sexo masculino» (Halperin, p. 102; citación de Foucault extraída de «Le gay savoir» p. 50).

Podríamos pensar que lo que preconiza Foucault son prácticas de placer que conjuran la melancolía de género propuesta por Buttler.  El objetivo de estas prácticas de placer es la abolición de la identidad:  «Es importante que hayan lugares como las saunas donde, sin estar encerrados o encasillados en nuestra propia identidad, estado civil, nombre, pasado, rostro, etc., podamos encontrar gente que, estando ahí, no es para nosotros -como nosotros no somos para ellos- más que cuerpos (…). Sin duda, esto forma parte de las experiencias eróticas importantes y yo diría que es políticamente importante  que la sexualidad pueda funcionar así (…) Las intensidades de placer están ligadas al hecho de desubjetivarse, de dejar de ser sujeto, una identidad como afirmación de la no identidad (…)» (Halperin, p. 106; citando a Foucault « Le gay savoir » p. 51-52).

 «Según Foucault, lo que ofrece la promesa de una tal experiencia de desintegración no es el deseo sino el placer.  Contrariamente al deseo, que expresa la individualidad, la historia  y la identidad del sujeto, el placer es impersonal, desubjetivante: hace volar por los aires la identidad y la subjetividad, disolviendo al sujeto (…)» (Halperin, p. 107).

«El objetivo de la desubjetivación es a la vez político y filosófico: la fuerza explosiva del placer sexual intenso, desligado de su localización genital exclusiva y diseminado en diversas zonas del cuerpo, descentra al sujeto y desarticula la integridad física y mental del «yo», al que le fue atribuida una identidad sexual. Al romper con el sujeto de la sexualidad, el queer sex abre la posibilidad de cultivar un yo más impersonal que puede funcionar como la sustancia de una elaboración ética en devenir y, en consecuencia, como lugar de una futura transformación» (Halperin, p. 109).

 El medio electivo de esta desobjetivación, que conduce a la indiferencia de los sexos, es el fist fucking  y el S/M: «En efecto, el fist fucking es una práctica sexual que difiere en muchos aspectos de una relación sexual definida convencionalmente. No se trata tanto de un acto teleológico destinado a alcanzar el orgasmo para satisfacer una tensión sexual (como en el modelo freudiano de la heterosexualidad genital), sino de un proceso gradual, largo; un arte, como lo describe Gayle Rubin, que intenta domesticar uno de los músculos más sensibles y estrechos del cuerpo humano. Los valores esenciales de esta práctica son la intensidad y la duración de la sensación, y no el orgasmo: en ocasiones el proceso  puede durar horas y es posible que ninguno de los participantes llegue al orgasmo o (en el caso de los hombres)  mantenga una erección. También es posible que el participante masculino receptor goce sin estar en estado de erección. Así, el fist fucking ha podido ser descrito por sus adeptos, más que como una práctica sexual, como un «yoga anal».

«Es por ello que parece representar una refutación concreta de lo que Foucault considera (…) una idea errónea: «que el placer físico siempre proviene del placer sexual y que el placer sexual es la base de todos los placeres posibles» (Halperin, p. 103).

Esta última aserción es incoherente con toda la discusión sostenida por Halperin. «La idea de que el S/M está ligado a una profunda violencia -que su práctica es una forma de liberar esa violencia, de dar libre curso a la agresión-, es una idea estúpida. Sabemos muy bien que lo que hacen no es agresivo, que inventan nuevas posibilidades de placer utilizando ciertas partes bizarras de su cuerpo, erotizando ese cuerpo. Pienso que ahí tenemos una suerte de creación, de empresa creativa que tiene como una de sus principales características lo que llamo la desexualización del placer (Foucault, «Sexe, pouvoir et la politique de la identité», in Dits et écrits, t. IV, Paris, Gallimar, 1974, p. 737-738; citado por Halperin, p. 100).

Si seguimos a Foucault, Halperin, Bersani, Rubin…, la indiferencia de sexos es posible. Pero no es primitiva: solo puede resultar de una conquista que pasa por prácticas específicas de placer  destinadas a desubjetivar y desestructurar las identidades.

Indiferencia de sexos y co-excitación sexual

Evidentemente hace falta discutir desde el punto de vista psicoanalítico los procesos psico-sexuales implicados en estas estrategias de placer queer. Pienso que ello plantea  de forma aguda la cuestión de la co-excitación sexual, ya que en el centro de todas estas prácticas se encuentra el dolor experimentado por el cuerpo.

Según Laplanche, la noción de co-excitación sexual es indisociable de la de apuntalamiento. Pero la exégesis de los textos freudianos puede justificar otros desarrollos. En relación al tema, Freud también habla de inervación recíproca. Subraya, en particular en «Introducción del narcisismo» (1914), que la co-excitación sexual acompañada de dolor corresponde a una desinvestidura del objeto y a una vuelta de la excitación sexual sobre el propio cuerpo: «El enfermo retira sobre su yo sus investiduras libidinales para  volver a enviarlas después de curarse. Su alma se reduce al rincón estrecho de la muela, dice Wilhelm Busch acerca del poeta con dolor de muelas» (Freud, Amorrortu, O.C., t. XIV, p. 79).

En «El problema económico del masoquismo» (1924), Freud escribe: «En Tres ensayos de teoría sexual, en la sección sobre las fuentes de la sexualidad infantil, formulé la tesis de que «la excitación sexual se genera como efecto colateral a raíz de una gran serie de procesos internos, para lo cual basta que la intensidad de éstos rebase ciertos límites cuantitativos». Y que quizás «en el organismo no ocurra nada de cierta importancia que no ceda sus componentes a la excitación de la pulsión sexual». Esa co-excitación libidinal provocada, dolorosa y displacentera, sería un mecanismo fisiológico infantil que se agotaría luego. En las diferentes constituciones sexuales experimentaría diversos grados de desarrollo y, en todo caso, proporcionaría la base fisiológica sobre la cual se erigiría después, como superestructura psíquica, el masoquismo erógeno». (Freud, Amorrortu, O.C., t. XIX, p. 168-169).

Conclusión

He tratado de mostrar que si bien en el origen lo sexual infantil es asexuado, la sexualidad es, secundariamente, indisociable de la diferencia de sexos, estando ligada  de  manera muy sólida y constante a la identidad sexual. La captura de lo sexual en las redes de la identidad sexuada es extremadamente precoz. Pero hay que subrayar que lo que apresa a lo sexual en una identidad sexuada no es la anatomía o, en otras palabras, que la identidad sexual no debe nada a la anatomía ni a la fisiología. Ella resulta fundamentalmente del trabajo psíquico que hace el niño a partir de los mensajes que le son dirigidos por el adulto. La tesis diferencialista-esencialista no resiste análisis y, como lo prueba en particular el transexualismo, no hay ninguna naturalidad en la identidad sexual. La identidad sexual es rigurosamente fantasmática, como lo es toda la sexualidad infantil. Y si la identidad sexual es perfectamente estable a lo largo de toda la vida, si se constituye muy precozmente desde la edad de un año, es esencialmente tributaria del género. La captura de lo sexual  asexuado  por la identidad nuclear de género, que lleva a constituir la identidad sexuada, pasa por el trabajo psíquico del niño – la traducción – que atraviesa diferentes etapas o procesos  ligados respectivamente a :

—   la asignación de género por el socius y luego por el colegio y las relaciones sociales de trabajo;

—   la melancolía de género que organiza la sexualidad del cuerpo erógeno;

—   el posicionamiento en la dominación de género, ligado al destino de los residuos del apego residual.

A pesar de la solidez y la precocidad de la sexuación de la sexualidad, que tiene lugar a partir de la traducción que hace el niño de los mensajes relativos al género,  la identidad sexual tal vez no sea inaccesible a reorganizaciones profundas. Para alcanzar la indiferencia de sexos habría que pasar por las prácticas de la cultura queer que, en efecto, apuntan a la destrucción de la identidad sexual y a la desubjetivación.

El resorte esencial de la indiferencia de sexos,  que siempre es adquirida secundariamente mediante poderosas técnicas de desestabilización psíquica, tendría que buscarse en lo que Freud tematizó con el nombre de «co-excitación sexual».

 

Notas

* Christophe Dejours, «L’indifference des sexes : fiction ou défi ?», en Les sexes indifférents, PUF, 2005, p. 39-65. Traducción: Lorenza Escardó [La traducción de este texto ha sido revisada en noviembre de 2013].

1. [Texto traducido en este mismo número de Alter.  N. de T].

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