Para una validación socio-clínica de la teoría de la seducción generalizada. ¿Una contribución de los pedófilos belgas?

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                                                                                                    Había una vez una coincidencia que salió de paseo con un pequeño accidente, y se encontraron con una explicación tan vieja que estaba completamente al revés,  y se parecía  más a un  enigma …  

Lewis Carroll, «Silvia y Bruno»

 

A Freud le ocurre lo que a Viollet le Duc (1) (1814 -1879). Llevado a restaurar sin cesar su propia construcción, guardando a la vez el más grande respeto por la estructura, no puede evitar añadir, a la manera del célebre arquitecto, un pináculo  aquí, una gárgola allá.  Y eso más bien confunde la mirada. Las especulaciones filogenéticas, la segunda teoría de las pulsiones, no aportan nada a la arquitectura del conjunto. Otra cosa es el decapado de frescos embadurnados, el desmontado de estatuas sulpicianas, el despeje de capillas laterales, el retorno de la piedra al grano, que a veces devuelven a las iglesias románicas el rigor de sus líneas y la solidez de su arraigo. Tal es la apuesta del «retorno sobre Freud».

Más allá del fárrago de los círculos psicoanalíticos y de los intentos poco cuidadosos por diferenciar  al niño del agua de la bañera, es importante señalar la especificidad del trayecto freudiano. El aporte del psicoanálisis a la concepción de la naturaleza humana reside en la extensión antropológica general de las bases del sufrimiento de las histéricas vienesas. Sin duda las pacientes de Freud pertenecían a un universo socio-cultural característico. Su situación era particularmente frustrante. La génesis de sus problemas podría describirse a partir de las características de la época y sería un punto de vista perfectamente legítimo. También se podría iniciar, como en el caso de la depresión,  una búsqueda del gen responsable de su labilidad, y nada excluye que se lo pueda encontrar. Sin embargo, eso no reforzaría ni invalidaría la teoría psicoanalítica. Ella se sostiene en un lugar completamente distinto.

Ya sea antes o después del abandono de su Neurótica, Freud puso en evidencia las relaciones dinámicas existentes entre lo sexual, el inconsciente y la cultura. Lo «psicopatológico» abre una ventana que permite acceder a los resortes más comunes de la existencia. Pero si lo «sexual» es colocado de entrada en el centro de la escena, no por ello es menos volátil. Constantemente contenido en manos de la cultura, se le escapa rápidamente entre los dedos para verse nuevamente refrenado. Así mismo, siendo invocado ritualmente por el psicoanálisis, a menudo sólo deambula bajo los trazos de un postulado mecánico. O también,  se pierde  en una generalidad  que lo vuelve abstracto y hasta mítico (Eros y Tánatos), cuando no francamente desexualizado (Jung, Lacan, incluso Klein (2)). Ello no impide que, para Freud, el antagonismo entre pulsión y civilización siga siendo a tal punto irreductible que cree poder leer ahí la  anunciada extinción del género humano bajo el imperio creciente de la civilización (3).

Comprometido en un cuerpo a cuerpo con el corpus freudiano, el «retorno» laplanchiano, por su parte, procede a una re-sexualización. Sólo a ese precio el psicoanálisis mantiene un lugar específico en el concierto de las ciencias humanas. En efecto, ¿qué otra cosa tiene para ofrecer como propio además de la noción de una realidad psíquica no reductible a la antropología estructural, a la psicología o a la biología y, por lo tanto, marcada específicamente por el cuño del inconsciente individual sexual reprimido? Todavía hay que anclar ese inconsciente en  una realidad que no sea la de los caminos hipotético-deductivos reservados a los adeptos del palacio. La coherencia interna de los conceptos metapsicológicos no basta para validarlos. Menos aún su invocación identitaria. Para Tomás de Aquino los ángeles ocupan un lugar perfectamente lógico en la jerarquía de los seres, teniendo en cuenta los  postulados de la Creación.  Antes de pronunciarse sería mejor haber captado al vuelo lo que no es más que una pluma… Sería inquietante imaginar que el edificio freudiano reposa tan solo en el talking cure de un puñado de histéricas (cuyas declaraciones el propio Freud terminó por relativizar) y en las confirmaciones clínicas inverificables  de practicantes sospechosos de inducir lo que observan. Más valdría fiarse de informes policiales, tanto más confiables por cuanto son menos imaginativos.

 El concepto de pulsión es sin duda el más radicalmente psicoanalítico.  En efecto, ahí encontramos una clara demarcación por relación a los montajes conductuales genéticamente codificados que abundan en el reino animal (4). No obstante, si Freud desbiologiza lo sexual es en beneficio de una psicología demasiado general -y antes de derivar en el combate grandioso de la mitología-  a falta de una línea clara susceptible de circunscribir lo que percibió. Más precisamente, la noción de apuntalamiento –que après-coup se revela tan fundamental- en la descripción freudiana es signo de un simple condicionamiento operante. Así, tal como una rata en una «caja de Skinner», el niño que auto-conservativamente succiona el pezón, incidentalmente descubre  el valor añadido de placer ocasionado por la excitación de las mucosas: entonces de pronto la succión pasa a ser buscada en sí misma, independientemente del objeto de la autoconservación. Muy distinto es pensar, siguiendo a Laplanche, que la verdad del apuntalamiento es la seducción, vía los mensajes «comprometidos» que genera. En efecto, con el modelo del condicionamiento operante quedamos prisioneros de la pareja estímulo-respuesta –dicho de otro modo, de la señal – mientras que con el del mensaje evolucionamos al universo del signo. No se trata de una diferencia menor. Las señales rigen automatismos, los signos se dan a interpretar. Ahí donde la señal no es más que un regulador (excitación-inhibición), el significante abre al imaginario un campo tanto más vasto cuanto más se sustrae el significado. En la práctica, es fácil enseñar a un animal a detenerse frente a una luz roja siempre que sea capaz de distinguir ese color. Para el hombre, la luz de señalización «hace signo»; siendo un elemento codificado de un sistema normativo complejo, puede significar lo prohibido vía representaciones enmarañadas en la totalidad de la historia de cada uno. Por eso  a un ser humano se le ocurre cambiar de dirección simplemente por el «placer de saltarse una luz  roja». 

 «¡Es una niña!», «¡Es un niño!»: en el momento de la ecografía la exclamación resuena de forma fatídica, en el sentido más destinal de la palabra fatum. Pues esa voz tiene un valor tan performativo como el de las hadas colgadas en alguna cuna. El Edipo de los padres se ve movilizado tan pronto como se asegura el género del bebé. La diferencia sexuada encarna el punto de emergencia común del deseo y la identidad. Ella concretiza al mismo tiempo las dos transmisiones necesarias para la continuación de la precaria humanidad: la genética y la genealógica, que a su vez se subdivide en cultural y sexual. Si ésta última ofrece al psicoanálisis su campo específico, toda situación real hace intervenir forzosamente a las otras dos. No hay impulso amoroso donde no vengan a juntarse esos tres registros. Por ejemplo: «Lo deseo; me embriaga su olor; tiene los ojos de mi padre. Pero no puedo… es mi paciente». Y así por el estilo. Se objetará que el olor embriagante no es más biológico ni menos ligado a un destino pulsional que «los ojos de mi padre», pero ello es sólo parcialmente verdadero. Si es importante no confundir instinto genésico y pulsión,  no es menos cierto  que los residuos instintuales continúan trabajando subrepticiamente. Una experiencia pintoresca de olfateo de camisetas, concebido por Claus Wedekind, concluye que las mujeres prefieren el olor de los hombres con perfil inmunitario (HLA) resueltamente diferente del suyo, lo que desde el punto de vista darwiniano es perfectamente juicioso. Notemos que las preferencias se invierten en  caso de uso de la píldora anticonceptiva (estado hormonalmente comparable al embarazo), lo que sigue siendo darwinianamente  pertinente (5) (Wedekin, C.: Proceedings of the Royal Society of London, 260, 245-449, 1995).

Por su parte, el intercambio matrimonial tiende a mantener el máximo de diversidad compatible con la reproducción del orden social. El deseo – experto en desunión- se destaca sin embargo en barajar las cartas. No se priva de deslizar al obispo a la cama de la doncella y de hacer perder la cabeza al matrimonio «conveniente». Así mismo, en la transmisión de la vida, la reduplicación mitótica monótona de la bacteria sólo debe sus mutaciones innovadoras a errores de decodificación. En cuanto a la reproducción sexuada, apuesta en una lotería genética experta en variaciones. Ellas sirven de fondo de comercio a la selección natural. Pero aunque fuésemos todos genéticamente clonados, el psicoanálisis nos enseña que, de todos modos, en el hombre la reproducción de lo idéntico es psíquicamente imposible. Al menos  eso es lo que lleva a pensar la teoría traductiva, que es sobre todo aquélla de los errores y lagunas de traducción, y de lo imprevisible de sus consecuencias. Tal vez podríamos intentar una analogía y decir que lo «sexual» es al orden cultural, como el error de decodificación es a la mitosis de las bacterias: un factor de desorden potencialmente creativo. En todo caso, no faltan las analogías que hacen del desequilibrio el precio de la innovación: desde la marcha incipiente del bípedo humano hasta  el flujo de electrones inducido al interior de un semiconductor (un trozo de silicio, valencia 4) por la introducción de algunas impurezas (un poco de fósforo, valencia 5, o de boro, valencia 3) que hacen posible el efecto «transistor» (transfer resistor) de conmutación, amplificación, modulación. Todo esto parece muy alejado de la clínica, pero cuando en 1932 Ferenczi vuelva a la realidad de la seducción infantil (y a las derivas de la relación analítica), será para insistir en el desequilibrio inducido por el encuentro del lenguaje de la ternura con el lenguaje de la pasión, en su efecto traumático, en la frecuencia del hecho y en lo ordinario de su marco familiar. Freud – mal aconsejado- podrá creer en una regresión teórica más acá del registro de la realidad psíquica. Es verdad que Ferenczi parece olvidar el inconsciente infantil y parece más sensible a la progresión traumática del niño que a la regresión del adulto. Pero ello  no impide que su reflexión sobrepase ampliamente el marco médico-legal y que el esclarecimiento del mecanismo de identificación con el agresor justifique por sí mismo el desvío. Sin embargo (dejando de lado los desarrollos posteriores del psicoanálisis), no es seguro que Ferenczi hubiera escrito el mismo trabajo en 2002 que en 1932.  En aquella época, la hipocresía concerniente a la sexualidad todavía reina de manera absoluta. Reich lucha por hacer que se reconozca la miseria sexual de las masas. Los niños que denuncian a un sacerdote pedófilo son  expulsados del colegio. Los padres y los educadores quedan fuera de toda sospecha. Los psicoanalistas igual. La reacción de sus colegas a la denuncia de «hipocresía profesional» probablemente aceleró el fin del ex – «hijo querido» de Freud.

Pero volvamos a nuestro tema. Si el fundador del psicoanálisis hubiera podido leer a Levi-Strauss, no hubiera tenido necesidad del artificio filogenético; si hubiera conocido a  Jackobson, sin duda hubiera enriquecido la noción de mensaje; si Ferenczi  llegara a la Bélgica actual, probablemente inventaría la teoría de la seducción generalizada. Adviertan que esta conjetura es sólo un pronóstico paródico. Si aceptamos que todo acontecimiento individual sólo se esclarece considerando las facetas interdependientes de lo biológico, lo cultural y lo sexual, y recordamos que el trayecto que va del significante enigmático a la constitución del objeto-fuente de la pulsión  resulta de la incertidumbre de un proceso traductivo, podemos añadir que lo cultural hace las veces de un  asistente de traducción, por lo demás muy sesgado. Por «asistencia de traducción» hay que entender el conjunto de mensajes (no verbales, aún más que verbales) destilados por el ambiente social general, que acompañan como en contrapunto el proceso de seducción precoz. Se trata, muy particularmente, de la forma en que se codifica lo cotidiano de la diferencia de sexos, las relaciones entre generaciones y el acceso al cuerpo (especialmente a la desnudez). Desde esta perspectiva, el niño de los años treinta difiere sensiblemente del niño belga contemporáneo. En efecto, que la madre muestre los pechos desnudos o un cuello estrictamente cerrado, que el padre aparezca revestido de un atuendo de tres piezas o adornado con una tanga, no deja de incidir en las vicisitudes de lo pensable. Para los Nambikwara, el encuentro de un hombre desnudo en los alrededores de un bosque no es en absoluto un motivo de espanto; en un cuarto de baño familiar puede provocar un traumatismo. En tiempos de Freud, el niño que se tocaba era un vicioso; en la Bélgica actual todo adulto que se acerca a un niño es un presunto culpable (6). Ahí donde el tema de la seducción infantil se jugaba a puertas cerradas, hoy se declama a cielo abierto. Asistidos por eminentes psiquiatras infantiles, los poderes públicos financian comics que supuestamente  enseñan a los niños a decir «no» (7). Si la sociedad húngara confirmaba al niño ferencziano en su sentimiento de culpabilidad introyectado a partir de aquél del seductor (8), el estado belga ofrece a sus niños unos recursos muy distintos. Por un lado,  se considera que la palabra sólo podría ser una difícil confesión; por el otro, se apoya la denuncia (9).

Podemos preguntarnos si este contexto no puede servir como laboratorio socio-clínico para validar la teoría de la seducción generalizada. Es aquí donde intervienen los informes policiales y las actas de proceso. De entrada, notamos un parecido sorprendente entre ciertos casos de pedofilia y los procesos por brujería que llenaron la crónica francesa del siglo XVI. En ambos casos, instrucciones interminables dan lugar a relatos de abuso sexual manifiestamente fabulados de los que los entrevistadores salen mal parados, pues comportan innegables fragmentos de verdad. Sea como fuere, parecería igualmente equivocado tratar a las ursulinas de Loudun o a los escolares de Uccle (10) como mentirosos, que aventurarse a tomarlos al pie de la letra. Ahora bien, el detective promedio está mal preparado para tomar partido entre la verdad del relato y la falsedad de los elementos narrados. O también, entre la inverosimilitud de la declaración y la parte de exactitud que esconde. En realidad, todo ocurre como si, ante una coyuntura propicia, la figura de la seducción precoz viniera a aflorar a la conciencia sobre el fondo de la seducción originaria y, para ponerla en palabras, bastara con tomarlas del ambiente léxico de la seducción infantil. Desde esta perspectiva, puede decirse que la verdad de la afirmación inexacta de abuso sexual reside in fine en el fundamento antropológico universal del fantasma de seducción, y que la constancia de esta fabulación –al margen de todo presupuesto psicoanalítico- confirma la teoría de la seducción generalizada

Pero llegados a este punto, ¿qué decir de la realidad socio-clínica concreta? ¿Qué decir de la experiencia cotidiana del psiquiatra, del trabajador social y del juez? Tres variables parecen ser particularmente significativas. Tienen en común el no apoyarse en ningún hecho establecido, o el referirse a hechos invalidados por la «verdad judicial»:

 1)  En caso de conflicto en relación al derecho de custodia, la frecuencia con la  que los cónyuges – no especialmente maquiavélicos – utilizan el argumento de abuso pedófilo – terminando por creérselo –   así como la manera en que sus abogados – no forzosamente perversos – apoyan  o sugieren ese paso, dan la impresión de que el material rondaba por ahí desde  siempre y que sólo era cuestión de recogerlo para utilizarlo como  proyectil.

 2) Un niño que se acerca a la edad en que probablemente su madre fue víctima de abuso sexual en el marco familiar, la ve descargar contra su marido un odio paranoide: lo denuncia como padre abusador y le prohíbe todo contacto con sus hijos que, en lo sucesivo, quedan librados  a psicólogos, a especialistas  y a diversos exámenes médicos particularmente intrusivos (11).

 3) Una pareja se preocupa porque su hijo, escolarizado en la enseñanza primaria, no tiene buen aspecto y se muestra poco entusiasta  a la hora de ir a clase. De hecho – como sabremos más tarde – hace ya un tiempo que el niño no está bien y no se descarta que haya sido traumatizado en el seno de su propia familia. Agobiado con preguntas, pretende haber sido manoseado por un profesor y filmado por un desconocido en presencia de otros profesores y de colegas de ambos sexos, habiendo ocurrido todo ello de forma repetida en el despacho del director (cuyas ventanas dan directamente al patio de recreo) durante los descansos. Entonces los padres retiran a su hijo del colegio, presentan una denuncia y alertan a otros padres para que, a su vez, interroguen a sus hijos. Los escolares confirman. El número de victimas no deja de aumentar, sus discursos convergen ampliamente. Mencionan nombres de profesores o de otras personas más o menos relacionadas con el colegio. La policía investiga en círculos cada vez más amplios. Las denuncias se extienden a los niños de preescolar. En un país traumatizado por el «caso Dutroux»,  donde muchos ciudadanos se identifican con las víctimas de abuso sexual, la opinión pública es cada vez más acuciante. Los padres del caso original  eligen un abogado conocido por su gusto por el escándalo. Abrazando con entusiasmo (y con una creciente intimidad) la causa de la madre, éste alborota  los poderes públicos y denuncia su laxismo, su sabotaje de la investigación, su protección a la red de pedófilos cuyo eje «evidentemente» es el colegio. En las comisarías se multiplican las audiciones filmadas de niños y numerosos expertos acreditan sus declaraciones. A veces sin otro argumento que su «larga experiencia». La investigación se desplaza a los platós de televisión. La opinión pública se impacienta. Finalmente tiene lugar el proceso: se absuelve a los acusados. Mientras tanto, la mayoría ha perdido su trabajo y su reputación. Los padres apelan: la sentencia es confirmada. Poco tiempo después, rechazando la verdad judicial, parte de los protagonistas restituye el caso durante una emisión televisada. Los profesores, a su vez, denuncian por difamación. Esta vez Urbain Grandier no será quemado, pero no se excluye que algunos expertos terminen por perder la razón, a la manera de Jean-Joseph Surin (12). Aún es demasiado pronto para conocer los efectos de estas peripecias sobre los propios  niños.

 Otro caso emblemático no carece de interés. No es raro que, en el marco de una investigación o de una consulta,  las personas que han sufrido abusos de tipo perverso exageren su denuncia hasta lo inverosímil (13). De modo que sus declaraciones,  estando no obstante bien fundadas, corren el riesgo de verse descalificadas y hasta penalizadas – lo que se vive como un aumento del maltrato. Todo ocurre como si, habiendo sido objeto de una relación de abuso, de manipulación y de  mentira – ahí donde otros sólo se vieron  confrontados a la desmentida del seductor (14) – no pudieran hacerse entender más que con la modalidad tramposa de «a mentiroso, mentiroso y medio». Así, nos vemos llevados a los parajes ferenczianos de la identificación con el agresor, confrontados una vez más con la supuesta «mentira de la histérica» – así como con su castigo – y perplejos ante dos variables que parecen ser una el negativo fotográfico de la otra: por un lado, una seducción abusiva totalmente fabulada que adquiere el mayor grado de credibilidad, por el otro, un abuso perverso comprobado que se disuelve en los meandros excesivos  de la fabulación. Incluso después de Freud, en estas condiciones es difícil no sentirse perdido. Más aún cuando el viejo Suetonio (15) estuvo ya, él mismo, confrontado a una dificultad similar: evocando los comportamientos pedófilos de Tiberio, confiesa no estar seguro de que no fueran chismes. «Nada nuevo bajo el sol», comentaría el Eclesiasta, «un tiempo para ser seducido, un tiempo para denunciar la seducción»… Pero desde otro punto de vista – más atento a las heridas del alma – es precisamente esta desmesura en la expresión, esta interferencia en el decir, este consecuente desconcierto  en el interlocutor, lo que testimonia, a modo de eco,  la desmesura originaria de las relaciones de seducción entre el adulto y el niño (16). Al abandonar a su Neurótica  Freud nos deja en herencia la «realidad psíquica», pero relega en las cumbres vastos paisajes. En efecto, el concepto de «après-coup», los dos tiempos del traumatismo, los tropiezos del proceso traductivo – reelaborados por la «teoría de la seducción generalizada» – abren hacia una dimensión universal. Ahí donde, encontrando «un pequeño accidente», un acontecimiento en parte biológico (la pubertad) precipitaba las reminiscencias de las histéricas, una asistencia de traducción pronunciada desata subrepticiamente la lengua de los niños. Operando como un levantamiento de la represión, les hace reconocer, y luego retomar por su cuenta, relatos en sí mismos extraños (desprovistos de realidad acontencial) pero impregnados de una inquietante familiaridad. Como en los tiempos de las posesiones colectivas de Aix-en Provence, de Louviers, de Loudun, las vicisitudes del siglo tienen su razón de ser. Ellas hacen que los adultos fragilizados vuelvan a la precariedad de sus raíces infantiles y a la incertidumbre de su identidad sexual. Para los niños, es como quedarse sin  suelo que pisar. Es difícil saber si la frecuencia de actos pedófilos reales es más importante hoy que en el pasado, pero está claro que, en nuestra sociedad, su significado ha adquirido una dimensión obsesiva: piénsese en la fobia occidental al acoso. Del lado del psicoanálisis,  en la cura es raro no ver asomarse muy pronto – disfrazado de anécdota – al aspecto sexual del enigma (17). Además, en diversos analizandos la inflexibilidad de las defensas coincide muy  lógicamente con una acrecentada sensibilidad a la intrusión. Es así que, después de un largo camino repleto de silencios y de generalizaciones, una mujer joven, ahogada en su burbuja durante largo tiempo, reencuentra la alegría de vivir, pero al precio de una experiencia totalmente enigmática: «Cuando duermo desnuda en mi cama, cada vez que me doy la vuelta siento que hay gente detrás de mí, y tengo que taparme para que no me vean». ¿Quiénes son? ¿Qué quieren de ella? Imposible, en todo caso, escapar de ellos.

La metáfora de la «implantación» de lo sexual vía la traducción deficitaria de mensajes «comprometidos» implica la existencia de un punto de efracción y, por lo tanto, de una huella. Moderadamente intrusiva, ella deja en el psiquismo una cicatriz comparable a la del ombligo, a  un surco en el campo o al brote de un rosal. Desconsideradamente estimulada, puede – ya fuera de la sombra- focalizar ansiosamente la atención. La facilidad con la que cada niño reconoce los escenarios de seducción, la naturaleza epidémica y el contenido repetitivo de las fabulaciones sexuales, confirman el alcance antropológico del modelo de la seducción generalizada.

 

Notas: 

* «Pour une validation socio-clinique de la théorie de la séduction généralisée»Texto presentado en las Jornadas «Jean Laplanche», en Lanzarote (2003). Traducción: Deborah Golergant y Lorenza Escardó [La traducción de este texto ha sido revisada en diciembre de 2013].

1. [Célebre arquitecto francés, restaurador de monumentos históricos, N. deT.]

2. En el idioma kleiniano más cotidiano, expresiones pornográficas revulsivas como «introyección anal del pene paterno» aparecen tan asépticas como enunciados del tipo «La sensación crece como el logaritmo de la excitación» (Fechner). Lo mismo que en las fórmulas lacanianas de la sexuación, o en el propio Freud cuando se imagina pariente de Empédocles (presocrático cuyo perfil psicológico, por lo demás, hace pensar más bien en Lacan).

3. «Tal vez sería necesario[…] familiarizarse con la idea de que conciliar los reclamos de la pulsión sexual con las exigencias de la civilización es algo absolutamente imposible, y que la renuncia y el sufrimiento, así como la amenaza de, en un futuro lejano, ver extinguirse al género humano como consecuencia del desarrollo de la civilización, no puedan ser evitados» (S. Freud, Sur le plus général des rabaissement de la vie amoureuse, 1912, in La vie sexuelle, Paris: PUF, 1970, p.65 [«Sobre la más generalizada  degradación  de la vida amorosa», en Obras Completas v. XI, Amorrortu, 1988].

4. Sin olvidar por ello la existencia de comportamientos adquiridos vía un aprendizaje transgeneracional por imitación (como el destapado de botellas de leche por los paros carboneros).

5. En caso de embarazo, « ¿dónde puede  estar uno mejor que en el seno de su familia?» [Vieja canción belga, N. de T.].

6. Se habrá comprendido que los ejemplos tomados de la actualidad belga no son, en modo alguno, restrictivos. La situación es particularmente penosa en el seno de los Institutos Médico-Pedagógicos (IMP) donde los deficientes cerebrales sólo se benefician de unos cuidados corporales violentamente higienistas, mientras los educadores se esfuerzan por hacer ver a sus colegas que ello no les produce ningún placer.

7. En particular desde el «caso Dutroux». Véase, por ejemplo, «Mimi, Fleur de Cactus» o «Chloé, Petite Princesse».

8. Sandor Ferenczi, «Confusion de langue entre les adultes et l’enfant» in O.C., IV, Paris, Payot, p. 130 [«Confusión de lenguas entre los adultos y el niño» en O.C., v. IV, Madrid, Espasa Calpe, p 139-149].

9. En casos de litigio que conciernen a los derechos de custodia del niño, los abogados poco escrupulosos no se privan de activar ese registro. Por otro lado, el sentimiento de culpabilidad  se revela bien representado en numerosos pedófilos. La mayor parte de situaciones inventariadas en el seno de la población carcelaria acusan grandes neurosis inmaduras, casi nunca perversiones.

10. Municipio de la región bruselense. Un caso de pedofilia completamente inventado estigmatiza a un colegio y a sus profesores, agitando a la policía, guardia civil, expertos, tribunales, asociaciones y medios de comunicación durante varios años. Poco antes, un caso similar –saldado con una absolución general- había tenido por escenario una guardería dependiente de la Comunidad Europea.

11. En un caso preciso, las acusaciones maternas se valieron de fisuras anales (llevadas, con el niño, de medico en medico, hasta encontrar a un profesional menos escéptico que los otros frente a  acusaciones de violación). Pero otro argumento, también utilizado por esta madre contra el padre, tiene toda la apariencia de un recuerdo encubridor: «Yo vivía con mis padres y tenía mi habitación. Un día, aprovechando su ausencia, mi novio  [futuro marido] prácticamente me obligó a desvestirme.» Esta mujer había llevado a cabo, con sus hijos, un verdadero tour por los psicoterapeutas belgas. Cuando llegó a consultarme en el marco de un Servicio de Salud mental, su carta de presentación resonaba como un ataque: «¡En Bélgica nadie es capaz de ocuparse del incesto!» También mencionaba cicatrices de quemaduras de cigarrillos en el cuerpo de su hijo mayor. El conjunto de la problemática no deja de evocar una variación a propósito del síndrome de Münchausen por  poderes.

12. Apuesto párroco de Loudun, envidiado por sus compañeros, Urbain Grandier – quemado vivo en 1634 – fue, según la acusación, el seductor-jefe, compinchado con algunos demonios, de las ursulinas de Loudun. Jean- Joseph Surin s.j. agotará sus fuerzas para exorcizar a éstos últimos – muy particularmente a su superiora, la madre Jeanne-des-Agnes. A propósito de esto, véase el bello estudio de Michel de Certeau: La possession de Loudun, Fayard, Paris, 1980.

13. Una colega desconocida, profundamente conmovida, pide una supervisión de urgencia. Una joven, brillante estudiante de sociología que acompaña desde hace muchos años, acaba de confesar no haber tenido nunca cáncer. Oficialmente, éste último se había iniciado hacía algunos años, poco después de una escena traumática relatada por la paciente: estando en un tren, de camino a una sesión de psicoterapia, fue importunada verbalmente por un hombre mientras los otros pasajeros permanecían indiferentes. Evidentemente no podía escapar del tren. Poco tiempo después de ese episodio cae enferma, interrumpe sus estudios, obtiene exoneración para sus exámenes y comienza una quimioterapia, a la que pronto siguió otra. Durante todo ese tiempo acude a las sesiones con la cabeza afeitada. Por lo demás, numerosos elementos atestiguan que fue víctima de graves abusos incestuosos durante la infancia y la adolescencia. Retoma sus estudios y abandona el domicilio familiar para irse a vivir a una residencia de estudiantes. Un fin de semana aparece su padre y la amenaza con violarla si no vuelve a casa. Los estudiantes, alertados por sus gritos, lo impiden. Según cuenta, su padre fue llevado a prisión. Entre tanto, otro fin de semana irrumpe su madre con un fusil y le ordena, bajo amenaza, que retire la denuncia contra su padre. Nuevamente intervienen unos estudiantes: la madre  también es encarcelada. Poco después, la paciente se encuentra con su hermana menor, quien le dice que espera poder casarse y tener un hijo algún día, no correr la misma suerte que su hermana. Entonces le cuenta a su terapeuta un recuerdo sepultado: a los 15 años dio a luz a un bebé de su padre.  Con la ayuda del medico de la familia, éste fue asesinado al nacer y luego enterrado en el jardín. Por aquella época se encontraba tan mal que la tutora de su clase le sugirió consultar al PMS (Centro Psico- medico-social que trabajaba en colaboración con el colegio). Allí, un psiquiatra infantil manipulado por el médico banaliza su queja y no le hace ningún seguimiento. Unas semanas después de este relato la paciente añade que, antes de matar al bebé, el médico de la familia lo torturó, habiendo sido todo filmado por el padre. El video en cuestión, con sus varias copias, habría circulado a escondidas. En su momento, el médico fue arrestado. Más aún, la policía  acaba de encontrar los restos del recién nacido en el jardín… Está claro que este escenario sádico no tiene, en sí mismo, nada de imposible. Salvo que, de este caso preciso, no encontramos ni rastro en las noticias judiciales. Ya confundida por  la cuestión del cáncer, la terapeuta ya no sabe a qué realidad dedicarse.

14. Por ejemplo: «Hago esto porque te quiero. No tiene nada de sexual».

15. Caius Suetonius Tranquillus, autor de «La vida de los doce Césares» y del consabido «De viris», nacido en  el año 69 a.c.

16. Seducere (latín): llevar aparte; separar; dividir; partir. Séduction: engaño; desvío; encanto.  Etimológicamente el «seductor» es aquél que separa – ¿quién arranca al infante de la saciedad de lo autoconservativo consumado? ¿quién crea en él la separación? Ce sont des loups qui les troupeaux séduisent/ Du droit chemin, et à mal les induisent [Son los lobos quienes apartan a los rebaños/ Del recto camino, y al mal les inducen](Climent Marot: Complainte d´un pastoureau chrestien,I, 102).

17. Así, para esta mujer: «Tenía cinco años. En la mesa mis padres y mi abuela hablaban de sus vacaciones en España. Entonces yo dije: Hasta la abuela ha encontrado una pulga en sus braguitas. Mi padre me dio una bofetada rotunda. Entre lágrimas yo le pregunte por qué. El respondió: «No toda verdad se puede decir». O para este hombre: «Tenía cinco años. Mi madre no dejaba de hacerme cantar,  de pie frente a ella, Mi gallo esta muerto. Y eso la hacia reír como una loca».

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