Psicoanálisis y ciencia

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Resumen- ¿Por qué el psicoanálisis introduce una falsa nota en el concierto de las ciencias? La disonancia que constituye el psicoanálisis se debe: a su objeto, a su manera de construir una teoría, a sus métodos de recolección de datos y a sus procedimientos de interpretación y de validación en los asuntos humanos. ¿Por qué esta disonancia? Porque el psicoanálisis se ocupa del sujeto forcluido de la ciencia y de su deseo. A continuación se abordan dos cuestiones subsidiarias: ¿por qué la interdisciplinaridad era letra muerta para Freud? y ¿por qué la unión del psicoanálisis con la psicología no puede más que fracasar? Finalmente se proponen dos consejos prácticos. 

Palabras clave- Psicoanálisis, Psicología, Ciencia(s), Método, Teoría, Objeto, Sujeto, Deseo

 Psicoanálisis y ciencia

Cristobal Colón hacia la conquista de América 

  

1.Psicoanálisis y Ciencia

Éste es el primer tema que deseo abordar, un poco cursivamente pero no a la ligera. Mi título fue escogido para no intimidar. De hecho todo lleva a creer que el psicoanálisis provocó más bien una cacofonía en el concierto de las ciencias, a la medida de la amenaza que parece haber representado no solamente para «científicos» sino también para «literatos».

Frente a esta indignación general que se inició muy pronto, Freud habló de «vejación» (Kränkung) [25] [26]. Asimismo, estigmatizó la reservada acogida  al psicoanálisis como «resistencia» en el sentido técnico del término, que consiste en intentar impedir que algo intolerable acceda a la conciencia. No deseo ubicarme en el terreno pasional, que a menudo dio la impresión de ser una arena para gladiadores feroces cuando, después de todo, no es más que una pelea de gallos. Examinemos ese terreno más bien con una mirada distante, comenzando por despejarlo de los falsos problemas que lo atestan. Descarto de entrada dos cuestiones académicas: ¿qué es una ciencia? y ¿ es el psicoanálisis una ciencia? Otras cuestiones son prioritarias.

Partamos de un exergo de Daniel Lagache a propósito de lo que llama –en mi opinión pertinentemente- el escándalo del psicoanálisis[2].

«Ahí está el escándalo del psicoanálisis: no tanto en el rol que la sexualidad y la agresividad juegan en la vida de cada uno, sino más bien en las infiltraciones de lo fantasmático en lo que aparece como lo más «natural», lo más «normal». Así rencuentra la noche de los tiempos, tanto de los tiempos del individuo como de los de la humanidad, pues sin duda es por lo fantasmático, o por una mezcla entre lo fantasmático y lo percibido, que comenzó todo».

Todo es odd en psicoanálisis. ¿Cómo decirlo? Bizarro, extraño, insólito. A la vez familiar e inquietante [3] [27]. Comenzando por los objetos de los que se ocupa: sueños, lapsus, descuidos. Son esos “deshechos” lo que el psicoanálisis considera como jeroglíficos que hay que dedicarse a comprender y a interpretar.

Los métodos de investigación del psicoanálisis no son menos extraños que su objeto. No se pide al paciente relatos ordenados o desarrollos estructurados sino libres asociaciones de pensamientos, de imágenes; en suma, divagaciones e «ideas transversales». Tampoco se le pide al psicoanalista que se concentre en el discurso proferido, sino que le preste una «atención libremente flotante».

Cuanto más se escrutan los procedimientos implementados, más aumenta la «extrañeza». Así, para un relato de sueño, la parte se pone en el mismo plano que el todo y el analista se ocupa de cada fragmento sin relacionarlo con su contexto. Más curioso aún es el estatuto de la primera infancia. Se le atribuye ser el terreno en el que se enraízan los problemas futuros y es explorada a lo largo y ancho durante las curas. Sin embargo, la observación directa de infantes no solo fue desatendida sino que los pioneros en ese dominio tuvieron que justificarse  por recurrir a ella [13]. No obstante, a los ojos de los psicoanalistas de estricta obediencia, la infancia reconstruida sigue siendo más confiable que la infancia de la observación directa, y le corresponde la última palabra.

En cuanto a la recolección de datos en la cura-tipo, tanto la toma de notas ordenadas como el registro mecánico son formalmente desaconsejables en sesión. Si  esta recolección se tolera eventualmente, es de memoria y en un après-coup más o menos lejano.

Las herramientas conceptuales no pueden más que producir perplejidad. Son tomadas de disciplinas exógenas al psicoanálisis y ensambladas de cualquier manera. A menudo se toman en un sentido metafórico y a veces están plagadas de contrasentidos flagrantes. La disposición teórica está lejos de ser sistemática y es tratada con cierta desenvoltura. En fin, la validación es por lo menos impresionista, y esto vale tanto para Freud como para Melanie Klein y Lacan.

Sin entrar en un inventario fastidioso que ya fue objeto de enconadas controversias, bastará con tomar el ejemplo de lo que los psicoanalistas llaman el modelo tripartito (Ello, Yo, Superyó)[3]. No hay duda de que con ese modelo nos encontramos frente al florón de lo mejor que el psicoanálisis ha tenido que ofrecer durante mucho tiempo. Ahora bien, la caracterización más pertinente que  puede hacerse de ese modelo es afirmar que está construido a la manera de un collage. Por lo demás, da pie al reproche más destructivo en epistemología, en la medida en que está infiltrado de antropomorfismo [41] [42] [58].

Todo esto es verdad no solo en líneas generales, y ya ha alimentado debates interminables sobre la cientificidad del psicoanálisis, pero, como dije, mi intención no está ahí. Sin embargo, no podemos dejar de tomar nota, al pasar, de la intolerancia de los epistemólogos frente al psicoanálisis, mientras que la parapsicología, para tomar un ejemplo extremo, no la provoca en el mismo grado. Un epistemólogo del renombre de Karl Popper se permitió lanzar contra el psicoanálisis, de manera concluyente,  anatemas que dejaban al descubierto que no juzgó necesario informarse ni lo más mínimo de qué se trataba. Y muchos epistemólogos comparten con Popper esta reacción epidérmica que no puede más que dejarnos pensativos.

Este clima deletéreo ha repercutido en el ánimo de algunos y lo peor no ha podido evitarse. Entre los propios psicoanalistas, muchos estuvieron dispuestos a hacer concesiones a los epistemólogos. So pretexto de actualización, no solo aceptaron correr el riesgo de desnaturalizar el psicoanálisis sino que efectivamente lo hicieron. Los intentos fueron numerosos. Pongamos un ejemplo: La metapsicología freudiana nace de una inspiración fisicalista que se remonta al siglo XIX. Para actualizarla, algunos psicoanalistas propusieron remplazar ese modelo apelando a la teoría de sistemas, a la teoría de la información, a la cibernética, a la lingüística, al constructivismo, etc. De este modo, una etapa era desatendida. Se había omitido preguntar en qué había servido a Freud la inspiración fisicalista del siglo XIX.

Josef Breuer, el mentor de Freud que escribió con él los Estudios sobre la histeria (1893-1895), redactó para ese volumen un capítulo teórico donde intervenía el modelo fisicalista. Resulta bastante instructivo comparar el uso que hacen  Breuer y Freud  de la inspiración fisicalista.  Breuer utiliza el modelo con pertinencia mientras que, en sus propios esbozos metapsicológicos y a merced de su experiencia clínica, Freud lo somete a transformaciones por lo menos incongruentes. El Pr. Laplanche lo ha mostrado más de una vez. De modo que nos engañamos mucho al pensar que el modelo fisicalista frenó de algún modo el genio clínico de Freud. En cambio, su darwinismo tuvo efectivamente repercusiones negativas sin que nadie haya reparado en ello[4]. Como quiera que sea, nos extraviamos si pensamos que basta con cambiar de inspiración y de modelo para conseguir reactualizar la metapsicología freudiana. Ciertamente no es un nuevo lenguaje lo que necesita el psicoanálisis [68].

Otro ejemplo comprobado de desnaturalización del psicoanálisis, siempre so pretexto de cientificidad, consistió en intentar integrarlo en una disciplina más recomendable, como la neuropsicología o la psicología cognitiva. Sin entrar tampoco aquí en detalles molestos, bastará con hacer notar que algunas homonimias entre conceptos de la psicología y el psicoanálisis son muestra del mismo error contra el que advierten los traductores: el de los falsos amigos. Un falso amigo es una palabra de una lengua que se parece a otra de otra lengua pero que no quiere decir lo mismo. Exista o no una unidad de la psicología, el psicoanálisis no forma parte de ese debate.

Todo ello es bien extraño, y eso es justamente lo que me importa señalar. Todo lo que pretende despojar al psicoanálisis de su carácter extraño para hacer de él una ciencia amigable, capaz de tener algún rango en el concierto de las ciencias duras o blandas, traiciona su especificidad y la desnaturaliza. Hasta donde podemos saber por la historia de las ciencias, todas se fundan en la forclusión del sujeto. Sea en la recolección de datos o en su evaluación, cada ciencia se jacta de su objetividad. Intencionalidad y finalidad fueron siempre denunciadas como enfermedad infantil de las disciplinas que quieren elevarse al estatuto de ciencia.

A este respecto, la artimaña más insidiosa a la que se expuso el psicoanálisis fue su reformulación en una teoría de la motivación [47]. Cualquier cosa es buena para expulsar al sujeto del dominio de la ciencia. La psicología de las facultades lo muestra muy bien. La conciencia, e incluso la auto-conciencia, están ahí como entidades independientes de todo sujeto. Ahora bien, lo que interesa al psicoanálisis es el sujeto deseante y sólo él. Es en función del sujeto deseante que se instituyó el espacio psicoanalítico, y es en función del sujeto deseante que se elaboraron métodos, procedimientos y conceptos específicos.

La cientificidad del psicoanálisis no es un problema psicoanalítico sino un problema epistemológico[5]. Son los epistemólogos quienes deben intentar resolverlo, dejándonos  trabajar en paz. Esa tarea les corresponde. Son ellos los que deberían rendirnos cuentas, y no nosotros a ellos.

A nosotros nos corresponde no escuchar las voces de sirenas, no traicionar la exigencia freudiana y dirigir constantemente nuestra atención sobre el sujeto deseante.

2.Freud y la interdisciplinaridad 

Habiendo cumplido con mi propósito esencial, paso a ocuparme de las cuestiones subsidiarias. La primera concierne a la posición de Freud frente a la ciencia, sobre la que me parece reinar un completo malentendido.

Hombre del siglo XIX, de obediencia científica declarada, Freud tenía una fe inquebrantable en la ciencia[6]. Para él no hay salvación fuera de la ciencia. He dicho «la ciencia» pero sería mejor decir «La ciencia». En efecto, para Freud la ciencia es una e indisociable. Desde su punto de vista no es posible considerar ninguna división entre las disciplinas. Por lo tanto, la idea misma de interdisciplinaridad no se le podía ocurrir.

Tomemos como punto de observación la época inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial. Ludwig Von Bertalanffy (1901-1972), biólogo de formación, se estableció en los Estados Unidos y consiguió publicar sus ideas sobre los sistemas abiertos y la teoría general de los sistemas. Su libro fue recibido con entusiasmo por muchos científicos americanos, de modo que consiguió fundar una corriente de pensamiento en torno a una asociación y a una publicación periódica.

Nº3 ALTER, Psicoanálisis y ciencia

Extraído de B.C. Riggs, 1975

Llegó justo a tiempo. Muchos científicos se quejaban de la fragmentación del saber entre las disciplinas; von Bertalanffy les aportaba la reunificación del saber a la que aspiraban. Celebraban con alegría la unidad de la ciencia finalmente encontrada [40]. Nuevamente podían reunirse en mesas redondas donde participaban numerosos psiquiatras, psicoanalistas, sociólogos, biólogos, matemáticos e informáticos. Freud, aunque había muerto hacía poco, había vivido en el siglo XX como un científico del siglo XIX. No percibió el malestar ni la efervescencia de los científicos dos generaciones más jóvenes que él. Aunque el psicoanálisis se ubica entre las disciplinas que revolucionaron  las ciencias del siglo XX, Freud permaneció personalmente ajeno a las nuevas visiones del mundo que arrasaron con las bases sobre las que reposaba su propio pensamiento. Si hubiese vivido diez años más, lo más probable es que no hubiera comprendido el entusiasmo que las ideas de von Bertalanffy despertaban en el mundo científico, y que él hubiese permanecido tan ajeno a ese entusiasmo como lo estuvo ante su malestar anterior.

Tomemos otro ejemplo. En 1913 Ferenczi publica un estudio que marca época sobre «El desarrollo del sentido de realidad y sus estadios». Cincuenta años después, Anna Freud (1963) publica un célebre estudio sobre «El concepto de líneas del desarrollo» en el que no cita a Ferenczi. Las malas lenguas hacen correr el rumor de que nuevamente le robaba un concepto –el de líneas de desarrollo- después de haberse apropiado, en otro tiempo, del de  “identificación con el agresor”. Ello no solo es malintencionado sino también injusto; la visión retrospectiva falsea las proporciones. Intentemos hacerle justicia.

En 1963 la iniciativa de Anna Freud provoca un suspiro de tranquilidad.  La mayor parte de la comunidad analítica le expresa su aprobación y adhiere a su idea como a una consigna. En términos epistemológicos, algunos declaran que el psicoanálisis ha encontrado un nuevo paradigma, capaz de inspirar nuevos programas de investigación. Dicho esto, haríamos bien en repensar la cuestión. Por ejemplo, ¿por qué Ferenzci no desarrolló el concepto que él mismo había propuesto? Y ¿por qué fue necesario esperar medio siglo para que su idea fuera retomada y finalmente conquiste las mentes como un reguero de fuego. No es difícil responder a estas preguntas.

La contra-revolución ya estaba en marcha en vida de Freud y, al parecer, contaba con su aprobación. Ferenczi, muerto en 1933, no vivió lo suficiente como para ver aparecer el libro de Anna Freud (1936) sobre El yo y los mecanismos de defensa, donde el Yo suplantaba al Inconsciente en la orientación psicoanalítica. Y Freud tampoco vivió lo suficiente como para ver aparecer el libro de Heinz Hartmann (1939) sobre La psicología del Yo y el problema de la adaptación, donde la noción de «esfera del Yo libre de conflicto» suplantaba al conflicto pulsional en la orientación psicoanalítica.

Pensemos en un ejemplo más reciente, que puede considerarse como el resultado de esta contra-revolución. Hablaré del nuevo modelo del aparato psíquico que Gedo intentó elaborar hacia el final de la década del sesenta. Se trata de un modelo jerárquico fundado, naturalmente, en la noción de líneas de desarrollo. Primero se seleccionó sin demasiada rigidez un cierto número de líneas de desarrollo. El único criterio que se mantuvo fue que permitieran  distinguir las conductas según la nosografía[7].

 Nº3 ALTER, Psicoanálisis y ciencia

 Esquema de base de Gedo & Goldberg, 1973, p. 106

Las líneas de desarrollo conservadas fueron: las situaciones de peligro, la relación de objeto, el narcisismo, el sentido de realidad y los mecanismos de defensa típicos. El desarrollo libidinal, que había sido la preocupación casi exclusiva de Freud, brillaba por su ausencia. Quince años después, Gedo lo reconocía alegremente. El desarrollo libidinal, nos dice, había sido en efecto descartado debido al rechazo del postulado de una energía psíquica, así como  a las dudas relativas a la utilidad de los estadios libidinales para la clínica[8]. ¡Nos parece estar soñando!

En 1970, un miembro representativo de esta corriente mayoritaria de pensamiento afirmaba[9]:

«…las investigaciones de la psicología del Yo llegan a la conclusión de que la sexualidad ya no puede seguir considerándose como invariante entre los factores que influyen en la individuación humana, sino únicamente como una variable entre otras».

En los primeros tiempos del psicoanálisis, la sexualidad era considerada como referencia absoluta; luego se convirtió en una variable entre otras y, finalmente, en un parámetro subalterno y desdeñable. Como consecuencia de las maniobras estratégicas de Anna Freud y de Hartmann, hoy sabemos lo que se perdió en el camino: la exigencia freudiana. Ferenczi y Freud mantuvieron el rumbo contra viento y marea. Con la «psicología del yo» el deslizamiento del psicoanálisis hacia la psicología no deja de acentuarse, hasta el punto de esgrimirse como estandarte. La «psicología psicoanalítica» suplanta al psicoanálisis. Esta es la razón por la cual, después de haber dicho unas  palabras sobre la unidad de la ciencia, ahora es necesario decir algunas otras a propósito de la unidad de la psicología.

3.La unidad de la psicología

Fue Daniel Lagache quien, en 1949, montó a horcajadas este caballo de batalla en su calidad de profesor universitario, es decir, por razones académicas. Cuando vuelve sobre este tema en 1966 comienza  preguntándose[10]:

«La unidad de la psicología, ¿no es acaso sólo una expresión cómoda, la emanación de un pacifismo a la vez práctico y engañoso?».

Yo pienso que Lagache utilizó deliberadamente un término impropio. No se trata, como dice, de pacifismo ni tampoco de ecumenismo -como a veces se quiso entender[11]-, sino más bien de maniobra diplomática. La palabra clave de Lagache en este asunto es la superposición de disciplinas. Se representa a las diferentes psicologías como un abanico donde una se enlaza con la otra en uno de sus lados. Los jugadores de cartas lo llamarían «una mano». Para Lagache el juego consistió, primero, en introducir la psicología clínica en la Universidad. Con este propósito, tomó como pretexto el hecho de que la psicología clínica linda con la psicología experimental por el examen psicológico apoyado en los test de personalidad (Lagache, 1949). Luego se le ocurrió introducir el psicoanálisis en la Universidad con el pretexto de que la psicología clínica tenía una deuda con él[12].

Dejemos de lado este aspecto. No entremos en el tema de las luchas institucionales para poder llegar al fondo de la cuestión, que sigue siendo la misma desde Aristóteles. En efecto, es a él que se remonta la máxima según la cual no existe ciencia de lo individual[13]. Desde entonces, todo el esfuerzo de los científicos consistió en expulsar al sujeto y a la subjetividad de toda disciplina que pretenda acceder al estatuto de ciencia. La psicología, en sus diferentes ramas, no constituye una excepción y Lagache no lo ignoraba; él mismo decía que «en todo esto el psicoanálisis ocupa, y probablemente continuará ocupando, un lugar aparte»[14]. A pesar de ello, y aunque en el mismo texto caracteriza al psicoanálisis por su escándalo, finalmente optó por  aplazar el asunto. Nos corresponde a nosotros retomar la cuestión en el punto donde él la dejó para examinar cómo algunos trabajaron a favor de un acercamiento del psicoanálisis a la psicología y de su eventual absorción por ella.

La absorción del psicoanálisis por la psicología tuvo lugar en dos planos simultáneamente. El primero existía desde el comienzo en estado de amenaza más o menos larvada: se trata de la idea de desarrollo. Ésta  procede del darwinismo, el cual acreditó la idea de evolución. Hablar de evolución supone referirse al origen y al desarrollo. Freud estaba totalmente acostumbrado a estas ideas. El otro plano es el de las líneas de desarrollo, que permite considerar los ritmos y las velocidades según los moldes y, por lo tanto, las dificultades y conflictos causados por esas disparidades.

La especificidad del psicoanálisis por relación a toda ciencia procede, como dije, del hecho de que toda ciencia se esfuerza por expulsar de su dominio a la subjetividad y al sujeto deseante, mientras que el psicoanálisis los considera el centro de su interés. Pero la proximidad del psicoanálisis con la psicología, por una parte, y con la lingüística, por otra, merece una mención especial.

Dos ramas de la lingüística accedieron fácilmente al estatuto de ciencia: la fonología y la sintaxis. Pero los debates a propósito de la semántica no han dejado de causar estragos. Al ocuparse del sentido, de la significación y, por lo tanto, de las intenciones y los deseos, a la semántica le cuesta expulsar de su dominio a la subjetividad y al sujeto deseante. Los desengaños de la semántica no son más que el relato de los fracasos de esos intentos. Estaríamos tentados de pensar que los lingüistas especialistas en semántica se han precipitado en lo que llaman la «pragmática» por una suerte de huida hacia adelante. No será necesario discutir  más profundamente el asunto en la medida en que no es la lingüística la que representa una amenaza para el psicoanálisis, sino más bien lo contrario. Hubo un tiempo en que las seducciones de la lingüística perturbaban el trabajo de los psicoanalistas, pero ese periodo ha sido superado sin que nos haya dejado nada más que una pérdida de tiempo.

La situación es distinta en el caso de la psicología, en la medida en que de su proximidad con el psicoanálisis resultó una verdadera confusión de géneros. De modo que es necesario preguntarse seriamente cómo distinguir el homo psicoanaliticus del homo psicologicus. 

Tomemos un ejemplo. Al igual que el psicoanálisis, la psicología estudia la memoria y el recuerdo. Sin embargo, las investigaciones de los psicólogos y las de los psicoanalistas son impenetrables las unas para las otras. El olvido de los nombres propios, los lapsus, los recuerdos encubridores, etc, son formaciones del inconsciente a las que el psicoanalista otorga una importancia primordial, mientras que el psicólogo ni siquiera señala su existencia o las descarta deliberadamente de sus centros de interés. Como contrapartida, las ingeniosas investigaciones de los psicólogos experimentales sobre la memoria y el recuerdo siguen siendo letra muerta para los psicoanalistas. Estos últimos ni siquiera se dignan a informarse sobre aquello que tanto apasiona a sus vecinos de piso. Ocurre lo mismo con un gran número de categorías aparentemente comunes a las dos disciplinas pero que, en realidad, no lo son. Es necesario tomar una precaución constante para no caer en una homonimia perniciosa. El psicoanálisis solo se ve amenazado hasta ese punto frente a la psicología, y es por eso que intentaré volver atrás para retomar el tema.

Decía que todo es odd en psicoanálisis, y me vi llevado a citar a Lagache a propósito del escándalo del psicoanálisis. Lagache se refería a las infiltraciones de lo fantástico en lo que aparece como lo más «natural» y lo más «normal». Me parece que el carácter sibilino de esta cita desaparece si  se considera que el objeto del psicoanálisis, en tanto que disciplina, son las infiltraciones de lo fantásmático en el Homo psicologicus. Tenemos funciones fisiológicas, facultades mentales y disposiciones emocionales que acaso pueden verse dañadas. Entonces acudimos a especialistas para que las restablezcan. Pero a veces ocurre que esas facultades o disposiciones se ven alteradas sin que ello pueda justificarse por ningún determinismo regular. Es en esos casos que las infiltraciones de lo fantasmático pueden considerarse la causa.

¿Es posible ser más claro y más preciso? La dificultad es evidente. Intentemos proceder por aproximaciones sucesivas. La primera fue atribuir esas infiltraciones a un «inconsciente». Puesto que la denominación no resultó muy acertada,  pronto se propuso una expresión distinta: esas infiltraciones provendrían de un «cuerpo extraño interno» [14]. Pero bastó con enunciar esta expresión para vernos expulsados de la psicología.

El psicólogo no se inmuta frente al inconsciente. Sabe que la mayoría de nuestros procesos mentales, en todo o en parte, ocurren por debajo del umbral de la conciencia, como la mayoría de procesos fisiológicos y lingüísticos. Pero ante el cuerpo extraño interno[15] el psicólogo se resiste. Comprendemos que en ese preciso momento dejamos la tierra firme de la psicología para aventurarnos en el dominio propio del psicoanálisis. Un paso más y habremos dado el gran salto: basta con denominar a ese cuerpo extraño interno «aparato psíquico» para sellar lo irremediable, es decir, sumergirnos en plena metapsicología.

Nº3 ALTER, Psicoanálisis y ciencia

                                   La « Cubeta», o el aparato psíquico en 1900             

  

Nº3 ALTER, Psicoanálisis y ciencia

Nº3 ALTER, Psicoanálisis y ciencia                                                       

 La « Baudruche », ou l’appareil  psychique en 1923           La « Torpille », ou l’appareil                                                                                                                                                                   psychique en 1933

Basta considerar a este aparato psíquico como un conglomerado de instancias en conflicto para ingresar de lleno en el terreno donde reinan exclusivamente los fantasmas, es decir, la subjetividad y el sujeto deseante.  Ahí se encuentra la especificidad del psicoanálisis y ahí se encuentra el blanco de la crítica de quienes tienden a despojarlo de su especificidad. Ellos concentran sus ataques en la metapsicología,  ya sea para anularla o para desnaturalizarla, pretendiendo que el psicoanálisis participe en el concierto de las ciencias haciéndolo volver al seno de la psicología.

Las estrategias implementadas se reconocen fácilmente. Se propone reemplazar a las pulsiones  por una teoría de la motivación. Se reduce la libido a la sexualidad y la sexualidad a poca cosa. Se reduce el inconsciente a circuitos neuronales; la toma de conciencia al tratamiento de la información; el superyó a la presión social. En fin, se reintroduce  en una pretendida «esfera del Yo libre de conflicto» a toda la psicología de las facultades. De homonimia pérfida en homonimia perniciosa, estas reducciones se llevan a cabo a modo de deslizamientos inofensivos y se cubren de las mejores intenciones del mundo.

¿De qué se quejan, pues, ciertos clínicos recalcitrantes? Se quejan de que se les entregue el cuchillo de Lichtenberg, ese cuchillo sin mango al que le falta la lámina. Simplemente se quejan de la desaparición de la subjetividad y el sujeto deseante.  En medio del desorden general, los recalcitrantes se armaron de valor y colocaron un muelle llamado empatía [66], pero eso simplemente no basta. Los psicólogos, sea cual fuere el departamento al que pertenecen, nunca necesitaron recurrir a un aparato psíquico. El interés de esos psicoanalistas que se precipitan a ofrecérselo es vano, pues  lo desnaturalizan  en favor de quienes no tienen nada que hacer con él.

Dado el estado actual de la cuestión, contentémonos con estar alertas frente a las homonimias pérfidas. El Yo, como instancia del aparato psíquico, es completamente distinto del individuo y de su organismo, así como de los pronombres del lenguaje corriente. Es completamente distinto salvo en un punto, un punto de contacto móvil que lo sitúa en derivación. El Pr. Laplanche propuso representar esta derivación por dos círculos interiores tangentes (Problemáticas III, p.232).

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 El homo psicoanaliticus,  o cualquier otro nombre que se le quiera dar (cuerpo extraño interno, aparato psíquico, homónculo interior, fantasma en la máquina, máquina deseante, Golem, etc.), se constituye en una relación de derivación respecto de nuestro ser, pero adquiere independencia y vida propia. Nos deja en paz mientras no lo contrariemos o mientras no se contraríe a sí mismo. De otro modo, las «infiltraciones de lo fantasmático» en nuestra vida corriente nos recuerdan su existencia y nos llaman al orden. Esas infiltraciones se realizan  a través de los puntos de tangencia o de las vías de conexión tan bien conocidas por los especialistas en psicosomática  y por los clínicos. 

Hubo un tiempo en que el psicoanálisis «ignoraba» a la psicología, pero esa edad de oro nos costó cara. Las consecuencias han sido dramáticas. ¿Cómo deshacernos ahora de la gran cantidad de homonimias perniciosas con la psicología? Ignorarlas, simple y llanamente, ya no parece posible. En mi opinión, no tenemos otra opción que apelar a la vigilancia. La tendencia a deslizarse subrepticiamente del psicoanálisis a la psicología se ha convertido, para muchos, en una costumbre y una segunda naturaleza. Dos precauciones pueden ayudarnos a luchar contra esta fastidiosa tendencia: la noción de puntos de tangencia o de vías de conexión, y la autonomía de nuestro campo. Debemos conservar la autonomía de nuestro campo y considerar a los puntos de tangencia que intervienen en caso de conflicto entre nuestro campo y el de las disciplinas conexas: funciones corporales (órganos, piel, etc.), facultades mentales (atención, percepción, memoria, voluntad, razón, lógica, etc.), disposiciones emocionales. En situaciones benignas, estos puntos de tangencia pueden llevar a interferencias, errores y torpezas transitorias. En casos malignos, a neurosis.

 

Bibliografía 

La siguiente bibliografía retoma un cierto número de entradas de mi « Schéme de poche de l’apareil psichique » (Azar, 2011a), además de algunas otras, pero toda la bibliografía de ese texto tendría que retomarse aquí debido a la superposición de los temas abordados.

Lacan merece una mención específica. No pretendo ser un heredero directo de su legado, como Vappereau (1998) o La­peyre & Sauret (2005), pero sí reconozco sus aportes. Creo que fue quien señaló las cuestiones verdaderamente importantes. He intentado mostrarlo en algunas notas a pie de página. Lo que dijo Milner (1995) al respecto, con gran perspicacia, me hizo pensar sin lograr convencerme. Por el contrario, el copioso número de la Revue Française de Psychanalyse consagrado al « Sujeto » (1991, n°6) es lamentable.

Assoun, Paul-Laurent

  [1]        1980 : Sigmund Freud (1913j) : L’Intérêt de la psychana­lyse, présenté, traduit et commenté, Paris, Retz-CEPL, in‑8°, 191 p.

Aristote (384‑322 av. J.‑C.)

  [2]        1991 : La Métaphysique, traduction de Jules Barthé­lemy-Saint-Hilaire [1879], revue et annotée par Paul Mathias, introduction et dossier de Jean-Louis Poirier, Paris, Presses Pocket, in‑12, 558 p.

Azar, Amine

  [3]        1996 : Le sentiment de l’insolite : relation d’une rencontre du 3e type entre Freud et le Chaperon rouge, placée sous le signe du complexe de castra­tion, in Annales de Psychologie et des Sciences de l’Édu­ca­tion, Université Saint-Joseph, Beyrouth, vol. 12‑13, 1996‑1997, pp. 61‑82.

  [4]        2009 : Freud & Compagnie sous les auspices de Darwin, Bibliothèque Improbable du Pinacle, 2011, petit in‑4°, 48 p. (En ligne sur le site ashtarout.org)

  [5]        2010 : Sur le degré zéro du développement libidinal, in Ashtaroût, bulletin volant n° 2010∙0927, septem­bre 2010, 10 p.

  [6]        2011a : Le schéma de poche de l’appareil psy­chique, in Ashtaroût, bulletin volant n° 2011∙0207, février 2011, 11 p.

  [7]        2011b : De l’identification de communion à l’iden­ti­fication projective, in Ashtaroût, bulletin volant n° 2011∙0511, mai 2011, 3 p.

  [8]        2011c : Visite improvisée au magasin aux acces­soires de Idéal∙du∙Moi & à ses entrepôts : quelques idées disparates à propos de l’image du corps, in ‘Ashta­roût, bulletin volant n°2011∙0329, mars 2011, 15 p.

  [9]        2011d : Sur la part d’éducation qui revient à la cure-type, in Ashtaroût, bulletin volant n°2011∙0820, août 2011, 31 p.

von Bertalanffy, Ludwig (1901‑1972)

 [10]       1968 : General System Theory: Foundations, Development, Applications, expanded British edition, Harmonds­worth (UK), Allan Lane The Penguin Press, 1971, in‑8°,  xxii+311 p. (Le chap. 9 concerne la psycho­logie et la psychiatrie.)

 [11]       1969 : General Systems Theory and Psychiatry: an Overview, in Gray, Duhl, & Rizzo, (eds.), General Systems Theory and Psychiatry, Boston: Little, Brown and Co., 1969, pp. 33‑50.

Bokanowski, Thierry

 [12]       1997 : Les Chaînes d’Eros (Actualité du Sexuel) de André Green, in Revue Française de Psychanalyse, 1997, 61 (4), pp. 1351‑1358.

Bowlby, John (1907‑1990)

 [13]       1969‑1980 : Attachement & Perte, 3 vol., trad. franç. de Jeanine Kalmanovitch, de Bruno de Pana­fieu, et de Didier E. Weil, Paris, puf, Le Fil Rouge, 1978 et 1984, in­‑8°, 1704 p.

Breuer, Josef, & Freud, Sigmund

 [14]       1893‑1895 : Études sur l’hystérie. Trad. franç. nouvelle in Freud, OCF, : 17‑332.

Deleuze, Gilles, & Guattari, Félix

 [15]       1972 : Capitalisme & Schizophrénie : L’Anti-Œdipe, Paris, éd. de Minuit, coll. Critique, in‑8°, 470 p.

Eagle, Morris N.

 [16]       1984 : Recent Developments in Psychoanalysis : A Critical Evaluation, Cambridge (Mass.), Harvard University Press, in‑8°,  xi+260 p.

Farrell, B. A.

 [17]       1981 : The Standing of Psychoanalysis, Oxford, Oxford Univer­sity Press, petit in‑8°, [vi]+240 p.

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 [18]       1913 : « Le développement du sens de réalité et ses stades », trad. franç. in Psy­chanalyse 2, Paris, Payot, 1970, pp. 51‑65.

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 [19]       1985 : The Scientific Credibility of Freud’s Theories and Therapy, New York, Columbia University Press, in‑8°,  x+502 p.

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 [20]       1975 : La mémoire, in P. Fraisse et J. Piaget (Dir.), Traité de Psychologie Expérimentale, Tome IV, 3e éd. refondue, Paris, puf, 1975, pp. 207‑339.

Freud, Anna (1895‑1982)

 [21]       1936 : Das Ich und die Abwehrmechanismen, Frankfurt am Main, Fisher, 1997, in‑12, 175 p.

 [22]       1936 : Le Moi & les mécanismes de défense, traduction de A. Berman, Paris, puf, in‑8°, 51969, 167 p.

 [23]       1963 : Le concept de lignes de développement, trad. franç. in Le Normal & le pathologique chez l’enfant [1965], Paris, Gallimard, 1972, pp. 48‑73.

Freud, Sigmund (1856‑1939)

 [24]       1913j : L’intérêt que présente la psychanalyse [pour la psychologie et pour les sciences non psy­cho­logiques]. OCF, 12 : 99‑125. (Trad. franç. commen­tée : cf. Assoun, 1980.)

 [25]       1916‑1917 : Leçons d’introduction à la psychanalyse.

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 [26]       1917a : Une difficulté de la psychanalyse. OCF, 15 : 43‑51.

 [27]       1919h : Das Unheimliche. OCF, 15 : 147‑188.

Gedo, John E.

 [28]       1986 : Conceptual Issues in Psychoanalysis, Essays in Hystory and Method, Hillsdale (NJ): The Analytic Press, in‑8°, xi+243 p.

 [29]       1988 : The Mind in Disorder: Psychoanalytic Models of Pathology, Hillsdale (N.J.), Analytic Press, xi+251 p.

 [30]       1991 : “The hierarchical model of mental func­tioning”, in The Biology of Clinical Encounters: Psycho­analytic as a Science of Mind, Hillsdale (N.J.), Analytic Press, 1991, chap. 3,  pp. 25‑44.

 [31]       1999 : The Evolution of Psychoanalysis, Contemporary Theory and Practice, New York, Other Press, in‑8°, xvi+246 p. (Recense une soixantaine de volumes publiés entre 1974 et 1997).

Gedo, John E., & Goldberg, Arnold

 [32]       1973 : Models of the Mind: a Psychoanalytic Theory, Foreword by Roy R. Grinker, Chicago, University of Chicago Press, in‑8°, xv+220 p.

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 [33]       1976 : Psychology versus Metapsychology: Psychoanalytic Essays in Memory of George S. Klein, NY, International Univer­sities Press, Psychological Issues, vol. IX, n°4, mono­graph 36, in‑8°, [viii]+385 p., avec 1 portr.

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 [34]       1988 : Two Patterns of Rationality in Freud’s Writings, Tuscaloosa, University of Alabama Press, in‑8°, xiii+208 p.

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 [35]       1998 : «La psychanalyse de l’enfant a-t-elle un quel­conque rapport avec la sexualité ?», in Psychiatrie Franç­aise, 1998, (3), pp. 148‑158. Version remaniée in Psychiatrie de l’Enfant, 2001, 44 (2), pp. 593‑607.

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 [36]       1995 : « La psychanalyse a-t-elle un quelconque rap­port avec la sexualité ? », trad. franç. in Revue Fran­çaise de Psychanalyse, 1996, 60 (3), pp. 829‑848.

 [37]       1997a : Les Chaînes d’Eros, actualité du sexuel, Paris, Odile Jacob, in‑8°. (Cf. les recensions de Thierry  Bokanowski, 1997, et de J. Laplanche, 1997.)

 [38]       1997b : « Ouverture à une discussion sur la sexualité dans la psychanalyse contemporaine », in Revue Française de Psychanalyse, 1997, 61 (1), pp. 225‑232.

 [39]       1998 : « Le déchaînement du signifiant énigmatique désignifié dans le processus séductif-traductif auto­théorisant », in Revue Française de Psychanalyse, 1998, 62 (1), pp. 263‑287.

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 [40]       1956 : Toward a Unified Theory of Human Behavior, 2d edition, NY, Basic Books, 1967, in‑8°, xxvi+390 p.

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 [41]       1984 : The Self as Fantasy: Fantasy as Theory, in J. Gedo et G.H. Pollock (eds.), Psycho­analysis the Vital Issues, Vol. I: Psycho­analysis as an Intellectual Discipline, NY, International Universities Press, 1984, pp. 395‑412.

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 [42]       1969 : Anthropomorphism: motive, meaning and causality in psychoanalytic theory, in The Psycho­analytic Study of the Child, 1969, n°24, pp. 78‑111.

Grünbaum, Adolf

 [43]       1984 : The Foundations of Psychoanalysis, a Philosophical Critique, Berkeley, University of California Press, in‑8°, xiv+310 p.

Hartmann, Heinz (1894‑1970)

 [44]       1939 : La Psychologie du Moi & le problème de l’adapta­tion, traduit de l’allemand par Anne-Marie Roche­blave-Spenlé, postface de Wolfgang Loch, Paris, puf, 1968, in‑8°, viii+96 p.

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Jannerod, M., & Georgieff, N.

 [46]       2000 : Psychanalyse et science(s), in ISC Working Papers, 2000, (4). –  En ligne sur le site isc.cnrs.fr

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 [47]       1958 : Cognitive control and motivation, repris in Perception, Motives, and Personality, NY, Alfred A. Knopf, 1970, chap. 7, pp. 201‑231.

 [48]       1970 : Perception, Motives, and Personality, NY, Alfred A. Knopf, 1970, in‑8°, xiv+464 p.

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Lacan, Jacques (1901‑1981)

 [50]       1965 : La science et la vérité, in Écrits, Paris, Seuil, 1966, pp. 855‑877.

 [51]       1966 : Écrits, Paris, Seuil, in‑8°, 925 p.

 [52]       2001 : Autres Écrits, prologue de Jacques-Alain Mil­ler, Paris, Seuil, in‑8°, 614 p.

Lagache, Daniel (1903‑1972)

 [53]       1949 : L’Unité de la psychologie : psychologie expérimentale & psychologie clinique, Paris, puf, in‑12, 64 p. 2e éd. augmentée, 1969, 76 p.

 [54]       1966 : La psychologie et les sciences psycholo­gi­ques, repris in L’Unité de la psychologie…, 2e éd., Paris, puf, Sup-Le Psychologue, 1969, pp. 5‑17.

Lapeyre, Michel, & Sauret, Marie-Jean

 [55]       2005 : « La psychanalyse avec la science », in Clini­ques Méditerranéennes, 2005, 71 (1), pp. 143‑168.            


[1] «Psychanalyse et science», en Ashtaroût, Bulletin volant nº 2011- 1105 (noviembre, 2011), 16 p., ˷ Freud & la Science (1), ISSN 1727-2009. Incluido en este número de ALTER en junio de 2014.  Traducción : Deborah Golergant

[2] Lagache (1966) : « La psychologie et les sciences psycholo­giques », p. 14.

[3] Naturalmente, no estoy considerando  mis propias investigaciones.

[4] Aquí tampoco considero mis propias investigaciones.

[5] En el resumen de su seminario sobre Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, LACAN (1965) presagió un vuelco similar: « Permanecía la cuestión que hacía de nuestro proyecto un proyecto radical: la que va de: ¿Es el psicoanálisis una ciencia? a: ¿qué es una ciencia que incluya al psicoanálisis?» (en Autres Écrits, p. 187).

[6]  Lacan (1965) : « La science et la vérité », p. 857 sq.

[7] Gedo & Goldberg (1973): Models of the Mind…, chap. 6, p. 76.

[8]  Gedo (1988): The Mind in Disorder…, Introduction, p. 2.

[9] Lichtenstein (1970) : « Le concept de développement psycho­sexuel… », trad. franç., p. 96. Señalemos que algunas figuras del psicoanálisis francés reaccionaron vigorosamente. André Green (1995, 1997a, 1997b, 1998), Jean Laplanche (1997) y Bernard Golse (1998). Pero, ¿por qué tardaron tanto? No hace mucho, Lacan había sido más rápido y más mordaz.

[10] Lagache (1966) : « La psychologie et les sciences psychologi­ques », p. 5.

[12] Lagache (1966) : « La psychologie et les sciences psychologi­ques », pp.13‑1[11] Cf. Lacan (1965): « La science et la vérité », p. 874 : « El ecumenismo solo puede tener posibilidades si se basa en una apelación a los cortos de mente » Aquí se hace referencia a  Lagache, como en varios otros pasajes de este texto.4.

[13] Aristóteles : Metafísica, Libro a, cap. I.

[14] Lagache (1966), op. cit., p. 13.

[15] Aquí me parece oportuno recordar una fórmula de Lacan (1965): para el psicoanálisis: « el sujeto está, si se puede decir, en exclusión interna a su objeto». (Écrits, p. 861).

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