Duelo y Melancolía

ver seminario en formato pdf

Contexto histórico-conceptual de este escrito (publicado en 1917)

En la nota introductoria, que nos ha legado J.Strachey sobre esta obra freudiana, aparece ésta contextualizada en una cuádruple referencia: la de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, la de la Correspondencia con K.Abraham, la de la tercera edición de los Tres ensayos de teoría sexual y la del historial clínico del Hombre de los lobos. Tenemos ahí una razón más que suficiente para iniciar este seminario rastreando de cerca esa contextualización.

El borrador final de Duelo y melancolía fue completado el 4 de mayo de 1915, según se lo hace saber Freud a K.Abraham en la carta, que le envía, de esa misma fecha y en donde le anuncia que «hace un cuarto de hora he acabado mi trabajo sobre la melancolía» (Sigmund Freud – Karl Abraham Correspondance 1907-1926, Paris, Gallimard, 1969, p.225). Siguiendo paso a paso esa Correspondencia se puede averiguar que con anterioridad, más concretamente el 18 de febrero de 1915, le había enviado otro borrador que fue consultado en primer lugar por S.Ferenczi, ya que será éste quien se encargue de enviárselo a K.Abraham (ibid., p.215), quien le escribe a Freud el 31 de marzo de 1915 una carta con un amplio comentario (ibid., p.219-223) sobre su “teoría de la melancolía”.

Pues bien, esta breve reseña histórica permite subrayar ya de entrada un contexto de diálogo y discusión de Freud con sus discípulos, cuyo marco de referencia principal era sin duda la llamada Sociedad Psicoanalítica de Viena, configurada por el grupo que se reunía todos los miércoles en torno a Freud y en su propio consultorio, en cuyo ámbito se va a pronunciar el 30 de diciembre de 1914 por parte de Víctor Tausk una conferencia que lleva por título el de “Contribuciones a una exposición psicoanalítica de la melancolía” (Les premiers psychanalystes. Minutes de la Societé psychanalytique de Vienne IV 1912-1916, Paris, Gallimard, 1983, p.308-312). En ella Tausk se va a centrar 1) sobre la relación de la melancolía con la manía y 2) sobre la melancolía como un problema del desapego1 o alejamiento de la libido.

Con respecto al primer punto señala lo siguiente: el inconsciente parece libre de decidirse por la una o por la otra, si bien se produce un estado de ánimo diferente, estado de ánimo que es una función de la investidura libidinal, es decir, de la investidura de los objetos y de la persona del sujeto. Pero elproblema radica en saber sobre en qué estadio del desarrollo libidinal (véase si corresponde al estadio narcisista o al estadio auto-erótico) aparece la enfermedad. Para precisarlo Tausk se basa en dos casos, uno de los cuales es el de una pintora que cae en una profunda melancolía tras la muerte de su padre y le vuelve a suceder lo mismo diez y ocho años después tras la muerte de su hermana. Esta paciente, en lugar de una fase maníaca, manifestó maldad, desafío y agresividad.

De ahí pasa a afirmar que estos pacientes son narcisistas, porque muestran una estima de sí mismos grandiosa, que por cierto se manifiesta bajo la forma de un desprecio de sí, a lo que se acompaña un temor de castigos muy excesivos, que pone al descubierto las relaciones con el sadomasoquismo, lo que indica que se trata de fantasmas infantiles puestos en acción o llevados a cabo en un período anterior. Ahora bien, ese temor de los melancólicos no está referido o no concierne a la persona en su totalidad, sino que está dirigido al cuerpo, lo cual habla de una postura de la libido auto-erótica, que está fijada sobre órganos individuales y entonces se hace consciente, conduciendo también a la demencia precoz, con la que la melancolía tiene relaciones.

A este propósito Tausk señala que la diferencia reside en que, en la demencia precoz, el yo trata de adaptarse a esa posición auto-erótica y por medio de la regresión intelectual intenta conseguir esa fase de la libido; mientras que, en la melancolía, como la inteligencia permanece intacta y no busca esa adaptación, se produce la auto-acusación. Ahora bien, en los dos casos la libido auto-erótica (ligada a un órgano) se hace consciente, si bien en un caso la regresión se dirige hacia el órgano, mientras que en el otro se produce la condena por parte de la libido narcisista que ha sido preservada. A ello corresponde el que, en la constitución narcisista, el sadomasoquismo y el erotismo anal predominan, mientras que la tendencia a la auto-punición proviene de la acumulación de libido auto-erótica.

Por otra parte, la manía constituye la huida fuera de una situación insoportable de auto-acusación que conlleva insultos, agresiones, etc. Aquí falta el juicio, porque se permite todo. Se trata siempre de personas auto-eróticas y narcisistas2, y esa es la razón por la cual no tienen contacto con el médico.

Por último, señala que estas personas han amado realmente, pero inconscientemente3, y caen enfermas porque renuncian a los objetos de amor. Esa falta de toma de consciencia comporta igualmente una falta de formación de la personalidad [véase en términos metapsicológicos: falta de constitución de la tópica] y, por tanto, está en juego una libido que no se ha hecho suficientemente consciente y que se desapega. El que sea diferente la situación en las personas de edad avanzada se explica por el hecho de que las personas más jóvenes tienen aún la capacidad de amor de objeto y de la restitución4.

Esa conferencia dio origen a la siguiente discusión: En primer lugar intervino Otto Rank, quien hace valer las investigaciones de K.Abraham en el sentido de que la melancolía y la manía son la expresión de los mismos complejos. Para Rank la aparente auto-acusación de estos pacientes, que se expresa en la frase “yo no le he amado nunca”, debería ser más bien comprendida como un intento de acabar con el duelo, o sea, como diciendo de algún modo “si yo no hubiera amado tanto a esta persona”. Podría, además, subsumirse el temor del melancólico por su propio cuerpo bajo la noción del temor por la muerte, noción que habría que esclarecer, así como la conexión con el narcisismo5.

Un tal Eduard Hitschman es el siguiente en intervenir para indicar que podrían obtenerse explicaciones por medio de casos menos graves, señalando que el sentimiento de no haber sido amado suele estar en relación con la inferioridad y la fealdad, escondiéndose tras ello un apegamiento más antiguo.

El Dr. Nunberg plantea la cuestión (dada la alusión hecha por el conferenciante a Kraepelin) de si se está hablando de la melancolía como  tal o de la melancolía que aparece durante otras enfermedades, subrayando que la escritura maníaca  de los pacientes melancólicos podría ser más bien el producto de una demencia precoz.

El Dr.Ludwig Jekels piensa que el orador ha omitido la demarcación con respecto a ciertas formas de histeria, que el rechazo de la alimentación está justificado generalmente por las ideas de ser indigno y que hay que dudar de que el temor sólo esté referido al cuerpo del paciente.

El Prof. Freud por su parte comienza señalando que en la conferencia hay aspectos novedosos y otros que no lo son para nada. Considera 1) que el criterio esencial para circunscribir los síntomas y las formas de la enfermedad es el mecanismo, 2) que la observación de los casos benignos es la única que permite delimitar el cuadro y 3) que esa observación permite señalar que no hay más que una única melancolía, que tiene el mismo mecanismo y que debería ser curable por medio del psicoanálisis.

Continúa poniendo de relieve que la melancolía y la manía no son sino dos fases de la misma enfermedad, tal y como sucede en otras neurosis, como por ejemplo angustia-fobia, compulsión-lucha de la defensa secundaria o demencia-proceso de curación.

Por lo demás la melancolía es un intento que ha fracasado por entero, mientras que la manía es una tentativa secundaria. Los reproches de la melancolía están dirigidos a otras personas, si bien están vueltos contra la propia persona.

Cita un caso de remisión espontánea de la melancolía, lo que prueba que es la ocasión la que determina todo, siendo el afecto del duelo el modelo fisiológico de la melancolía y siendo la pérdida de una persona amada la condición de la melancolía, pero no se llega a desembarazarse del duelo, porque se trata realmente de un amor inconsciente, tal y como ha sido señalado. Mientras que la manía nace de una contradicción: “Yo no he amado para nada”, ante lo cual la cuestión está en saber si se consigue realizar esa contradicción, lo cual depende –y eso sí es algo nuevo aportado en la conferencia- de la cuestión de saber si el individuo consigue abolir su conciencia. Si no lo consigue y puede continuar a compararse con su ser anterior, permanece melancólico.

Por otro lado, es correcto agrupar a la melancolía con las neurosis narcisistas6, de ahí la analogía con la demencia precoz.

Por lo que se refiere a la angustia, es la angustia de órgano la angustia específicamente melancólica, mientras que la angustia narcisista deriva naturalmente del complejo de castración, así como la angustia del yo provoca graves síntomas tróficos, lo que no sucede con la angustia histérica, pero es característico de las mujeres melancólicas el que sean frígidas, lo que se conecta con el desapego de la libido.

Y termina su intervención indicando que en las psicosis se trata de trastornos de toda la libido, en las neurosis solamente de trastornos de la libido de objeto, y en el límite hay que situar a la paranoia con su lucha contra la elección de objeto, lucha que proviene del narcisismo. Con respecto a los trastornos de la libido estos pueden ser secundarios, sin embargo la perturbación del yo no se produce sin una perturbación relacionada con el objeto. Lo cual nos da derecho a calificar a los trastornos del yo como libidinales. Esta última idea se termina con una nota al pie de página, en la que se dice que Freud desarrolló lo que expresa en esta discusión en su trabajo de 1917 “Duelo y Melancolía”.

En la sesión siguiente de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, que tuvo lugar el 13 de enero de 1915 (op.cit.,p.313-315), a pesar o quizá por estar dedicada a las presentaciones de casos clínicos no aparece alusión alguna a la melancolía, si bien Freud en su intervención va a insistir en la demarcación entre demencia y paranoia, señalando que la paranoia está dirigida contra la elección de objeto homosexual que procede del narcisismo7, mientras que la demencia puede estar dirigida contra cualquier elección de objeto. Y, por último, que el inconsciente de la neurosis obsesiva es puesto al desnudo en el proceso de la paranoia.

Por el contrario en la sesión del 3 de febrero de 1915 (op.cit.,p.316-318), dedicada a breves comunicaciones, la cuestión de la melancolía va a ser de nuevo suscitada por Víctor Tausk, siendo Paul Federn el que recoja el guante lanzado por Tausk y señale que él encuentra como característico de la melancolía el hecho de que no se manifieste de un golpe, sino en fases preliminares, pues en un principio el individuo consigue con frecuencia dominar la depresión a través de un desplazamiento de la libido; así como el que se trata de personas insatisfechas, que reaccionan frente a la masturbación ya en su juventud con un estado depresivo.

Esta intervención le empuja a Freud a intervenir a su vez señalando que él puede confirmar el que la melancolía tiene unas fases preliminares, que son melancolías en el sentido pleno del término, apareciendo las primeras durante la infancia. Que la clave del caso relatado por Tausk (el de una joven, que enferma a raíz de la traición por parte suya hacia su jefe y que tiene como contrapartida la traición por parte de su amante al casarse con otra, pues fue cuando él dejó o se fue del almacén cuando comenzó la depresión de la paciente) está en la historia de amor con el traidor, pues esta melancolía produce sus síntomas por el camino de la identificación8 en la cual se rebaja la paciente condenando así a su amante. Se trata en efecto de una desventura amorosa que, a través de la identificación, se hace recaer sobre el propio yo de la persona en cuestión. De ese modo el papel del trastorno libidinal aparece mayor del que pudiera creerse. Y es que los trastornos narcisistas no son sino el producto regresivo de los trastornos de amor y muestran la dependencia total de los trastornos narcisistas respecto de las elecciones de objeto9.

Y como Federn va a recalcar, a propósito de la identificación, que las mujeres frígidas se satisfacen identificándose con el varón, Freud va a subrayar que son mujeres frígidas aquellas que son incapaces de satisfacerse narcisísticamente, ya que la satisfacción en el coito es esencialmente narcisista.

Voy a terminar este contexto dedicado a la Sociedad Psicoanalítica de Viena haciendo alusión a la sesión del 3 de marzo de 1915, (op.cit., p.320), en la que el conferenciante es el propio Freud presentando el caso de “El hombre de los lobos. Historia de una neurosis infantil”, que había redactado durante 1914, por más que no fuera publicado sino cuatro años más tarde; pero, sobre todo, a la sesión del 17 de marzo del mismo año 1915 (op.cit., p.321-323), en la cual se lleva a cabo la discusión sobre el caso. Discusión que va a girar especialmente sobre el tema de los fantasmas originarios, acerca de los cuales voy a pasar seguidamente a trabajar algunas ideas por lo que tienen de marco de referencia conceptual en el que se mueve Freud en ese momento de su obra, algo que nos permitirá ahondar con más precisión en la cuestión de la identificación.

En esa discusión las posiciones son por excelencia las siguientes: mientras V.Tausk pone en duda que un fantasma tan complejo como el que presenta el “Hombre de los lobos” pueda tratarse de algo hereditario, planteando que para comprender esos fantasmas basta con echar mano de la ontogénesis, que en el caso de este chico arranca con la amenaza de castración (interdicción y placer) en relación con la zona anal cuando era niño, en cuya situación (de niño pequeño) va a adivinar intuitivamente el coito de los padres. Y de igual modo, es decir, a través de un origen ontogenético, hay que pensar la estructuración de los demás fantasmas originarios. Lo que aplica a la depresión melancólica en el sentido de que ésta tiene también como origen una experiencia vivida y no un fantasma.

Tras él interviene P.Federn, quien va a poner objeciones al punto de vista de Tausk, porque a su juicio si bien el instinto basta para proporcionar al niño una intuición, sin embargo no explica por qué esta intuición se mueve siempre en la misma dirección. El piensa, entonces, que la herencia es con gran frecuencia específica hasta un grado extremo y que, con respecto a la cuestión de saber si el niño debe interpretar realmente las relaciones sexuales a posteriori como una castración, él no está convencido, pues en una época más precoz que la de los cuatro años la propia impresión sexual habría bastado para provocar la angustia en el niño.

Por su parte, el Dr.Josef Friedjung interviene, colocándose claramente del lado de Tausk, señalando que en el caso del fantasma de seducción éste puede ser explicado únicamente en términos de experiencias ontogenéticas. Para O.Rank la explicación ontogenética defendida por Tausk explica solamente el mecanismo de la formación del fantasma, pero no explica el origen del contenido central que permanece siempre constante. Freud señala que, si bien Tausk defiende el punto de vista psicoanalítico que ha sido el suyo hasta el momento presente, está luchando por una causa perdida, puesto que en el dominio del simbolismo hace tiempo (quizá aludiendo al planteamiento realizado en Totem y Tabú) que la decisión está tomada a favor de los fantasmas originarios. De todos modos, con esa postura –sigue diciendo Freud- él no ha querido defender nunca la idea de que los fantasmas en cuanto tales, es decir, en tanto que complejos, sean trasmitidos por medio de la herencia. Como ya ha señalado Rank, el contenido del complejo de castración no puede ser explicado a partir del erotismo anal. En general puede decirse que el fantasma juega un papel mucho mayor que la experiencia a la hora de la formación de la neurosis (lo cual es igualmente cierto para la formación de la melancolía). Y la significación del temor de la castración debe estar fundada, frente a las dudas señaladas por Federn, sobre el hecho de que, entre la observación del coito de los animales y el sueño, el niño ha descubierto los órganos genitales femeninos.

P.Federn toma de nuevo la palabra para señalar que, al ser el comportamiento del yo y no la impresión como tal, el que es descrito en el sueño, eso es un indicio a favor de la naturaleza fantasmática de la escena originaria.

De este modo se acaba la discusión, pero no el trasfondo de esa discusión que enfrenta a Freud con algunos de sus discípulos, que son precisamente los menos sometidos y, por tanto, los que más se atreven a cuestionar cierto planteamiento que Freud trata de imponer al grupo. Trasfondo que nos habla de que Freud privilegia claramente la línea fantasmática sobre la línea de la experiencia, tal y como se recogía en esa frase de Freud citada poco antes: «Por regla general, puede afirmarse que el fantasma tiene más importancia que la experiencia en la formación de las neurosis  (así como en la melancolía)».

Pues bien, dejando de lado la crítica que la frase presenta respecto de la posición de Tausk, quien –como hemos visto- había tratado de la melancolía tres semanas antes poniendo de relieve lo accidental; lo que asoma por otro lado es una referencia en relación con el análisis del Hombre de los lobos, a través del cual trata de resaltar no sólo la importancia del fantasma (que para nada hay que negar), sino sobre todo la desaparición potencial de la función de lo accidental “sexual” en la estructuración psicopatológica, que no deja de plantear algunos problemas teóricos. Por ejemplo el que, siguiendo esa línea de fuerza, la seducción fáctica que atraviesa de punta a rabo el mencionado caso clínico («la seducción por su hermana mayor fue una realidad objetiva indiscutible», puede leerse en De la historia de una neurosis infantilO.C., v.XVII, p.89) retrocedía de nuevo ante la toma en consideración del fantasma. Y con esa primacía, que da prioridad igualmente al fantasma originario, cuya génesis es propiamente pensada como endógena, lo exógeno una vez más es potencialmente recubierto del mismo modo que fue recubierta la seducción en el momento del abandono de la “neurótica”. Los escenarios prototípicos se imponen sobre la experiencia, tal y como se desprende de la siguiente afirmación, perteneciente al apartado de la Recapitulación del mencionado caso: «Donde las vivencias no se adecúan al esquema hereditario, se llega a una refundición de ellas en la fantasía, cuya obra sería por cierto muy provechoso estudiar en detalle. Precisamente estos casos son aptos para probarnos la existencia autónoma del esquema. A menudo podemos observar que el esquema triunfa sobre el vivenciar individual» (ibid., p.108-109).

Con lo cual se puede observar que sigue estando en juego o interviniendo un trabajo de cierre respecto de la receptividad por parte del sujeto infantil frente a lo sexual del otro adulto y, en el plano del trabajo analítico, un cierre respecto de la toma en consideración de la naturaleza sexual de lo que el adulto propone al sujeto infantil; pues, en el caso del “Hombre de los lobos”, en el que todo habla a favor de una seducción (que, por cierto, Freud no deja de sacar a la luz), se efectúa una generalización de los fantasmas originarios cuya emergencia es de tipo endógeno. Generalización que va a repercutir sobre la visión del conflicto infantil, que va a ser captado en el marco de un dualismo entre el vivenciar y el esquema: «Las contradicciones del vivenciar respecto del esquema parecen aportar una rica tela a los conflictos infantiles» (ibid., p.109). Formulación de Freud que, si bien permite pensar que el conflicto psíquico no es planteado ahora como un “conflicto de adaptación”10 entre la pulsión de autoconservación y la pulsión sexual, no obstante se debe de tener en cuenta que a través del “esquema” hereditario reaparece o resurge lo instintivo y, por tanto, lo adaptativo. Y estamos –eso no hay que olvidarlo- en un momento clave de la producción freudiana, puesto que fue alrededor de la fecha del 15 de marzo de 1915 cuando Freud inició la escritura de sus trabajos metapsicológicos.

Precisamente comentando los trabajos de esa época E.Jones señalaba lo siguiente: «de todas las observaciones subrayadas por Freud, la que más excita nuestra curiosidad es aquella en la que declara que por fin ha conseguido establecer una cierta noción del fundamento de la sexualidad infantil»11. E.Jones se apoya para esa afirmación en la carta de Freud a Abraham del 10 de julio de 1914, en la que le dice lo siguiente: «Tengo bosquejadas ciertas ideas sobre la organización originaria de los primeros momentos de la sexualidad humana; os los añadiré más tarde pues por el momento soy incapaz de hacer una síntesis» (Correspondance 1907-1926, p.187). Pero ¿hacia dónde apunta E.Jones cuando habla del “fundamento de la sexualidad infantil”? Parece que a los cambios que fueron recogidos en Pulsiones y destinos de pulsión y que habían sido ya objeto de consideración durante la redacción de la tercera edición de los Tres ensayos en octubre de 1914.

 Esos cambios se refieren, en primer lugar, a la génesis de la pulsión sexual por medio del apuntalamiento en las pulsiones de autoconservación. Lo que –como es conocido- propone la idea de una emergencia de la sexualidad a partir de lo autoconservativo. Una teoría que si bien se ha hecho clásica y está muy extendida en el pensamiento psicoanalítico, no obstante está atravesada por profundas e importantes contradicciones internas, tal y como ha mostrado J.Laplanche en su trabajo Le fourvoiement biologisant de la sexualité. Y, en segundo lugar, a la tesis del narcisismo originario, según la cual el yo estaría presente desde el origen: «El yo se encuentra originariamente, al comienzo mismo de la vida anímica, investido por pulsiones y es en parte capaz de satisfacer sus pulsiones en sí mismo» (Pulsiones y destinos de pulsión, v.XIV, p.129), lo que conduce a Freud a reafirmar el cierre del sujeto hacia el mundo: «El mundo exterior en esa época no está investido con interés (dicho esto en general) y es indiferente para la satisfacción. Por tanto, en ese tiempo el yo-sujeto coincide con lo placentero, y el mundo exterior, con lo indiferente (y eventualmente, en cuanto fuente de estímulos, con lo displacentero)… En la medida en que es autoerótico12, el yo no necesita del mundo exterior» (ibid., p.129-130) y, de ese modo, se planteaba una nueva representación de lo sexual infantil, en la que toda la actividad propiamente dicha era colocada del lado del sujeto infantil: «Ahora bien, bajo el imperio del principio de placer se consuma dentro de él un ulterior desarrollo. Recoge en su interior los objetos ofrecidos en la medida en que son fuente de placer, los introyecta y, por otra parte, expele de sí lo que en su propia interioridad es ocasión de displacer» (ibid., p.130). En ese marco es en el que esa actividad por parte del sujeto infantil va a ser pensada bajo la categoría de sadismo, respecto del cual el masoquismo vendría o aparecería en un segundo lugar.

No obstante, junto a esos movimientos claramente volcados a un cierre de la teoría respecto de una exploración de lo exógeno y por consiguiente a favor de lo endógeno (que se va a perfilar de manera más estructurada por medio de la pista filogenética), hay que reconocer que los artículos de la Metapsicología fueron también la ocasión de sintetizar y ordenar determinadas aportaciones, de perfilar y profundizar ciertos conceptos, etc. Además, la apertura de la teoría se va a manifestar de modo especial durante las discusiones que tuvieron lugar en las sesiones de los miércoles acerca del Edipo y sobre las cuales Freud había hecho una clara referencia a K.Abraham: «Hemos comenzado, en nuestra asociación, una investigación general y una discusión sobre el complejo de Edipo en el niño. La primera sesión se ha desarrollado muy bien» (Correspondance 1907-1926, p.169, carta del 27 de febrero de 1914).

En esos debates Freud parece interesarse tanto más por el aspecto de la participación sexual parental cuanto que algunos de sus discípulos ( a la cabeza de los cuales se situó el Dr. Josef  K. Friedjung) pusieron de relieve las lagunas del apuntalamiento, subrayando por ejemplo el carácter eminentemente sexual del pecho femenino y denunciando en general el planteamiento genético de Freud. Y de esas discusiones surgió una reconsideración de su modelo por parte de Freud, tal y como aparece en su conferencia del 11 de marzo de 1914 , titulada “Un caso de fetichismo del pie”, en la que, en vez de remitir a un trastorno constitucional endógeno, Freud señala la acentuación excesiva de la erogeneidad del pie y su correspondiente excitación sexual precoz en relación con la actividad materna : «esa erogeneidad provenía aquí sexualmente de la madre ella misma fuertemente anormal y que debió tomar al pie por objeto» (Minutes, v. IV,p.279).Y si bien ese posicionamiento freudiano desaparecerá en la 22ª lección de Introducción al psicoanálisis de 1917,que lleva por título “Algunas perspectivas sobre el desarrollo y la regresión. Etiología” (O.C., v. XVl, p.309-325), y en su texto de 1927 sobre el fetichismo, sin embargo el texto sobre el narcisismo terminará recogiendo la idea de una incapacidad de lo autoconservativo para hacer emerger lo sexual, por más que esa concepción –que reactualizaba unos de los aspectos más ricos de la seducción- fuera de nuevo olvidada o dejada de lado.

Se puede, pues, afirmar que a la hora de redactar los escritos metapsicológicos hay en Freud una doble corriente de cierre y apertura a la vez respecto de determinadas ideas acerca de la génesis de la pulsión sexual y, por consiguiente, de la constitución de la tópica psíquica, que le es inherente.

Para perfilarlo mejor y dadas las múltiples repercusiones que tiene sobre la escritura de Duelo y melancolía, conviene seguir muy de cerca los avatares que configuran el establecimiento de la teoría sexual en los Tres ensayos, de modo especial en su edición de 1915. Lo que se puede consultar con todo detalle tanto en mi ponencia al XIV Simposio de la APM “Tres ensayos, cien años después” (Revista de Psicoanálisis/APM, 2005, nº46, p.13-68), como en el trabajo publicado en Alter Revista de psicoanálisis en su nº del 22/02/2006 bajo el título de “La edición de 1915 de los Tres ensayos de teoría sexual”.

De todos modos, con vistas a concluir ya y, al mismo tiempo, seguir teniendo bien presente el hilo conductor de este contexto histórico-conceptual (que está al servicio de abordar con mayor precisión el trabajo freudiano de 1917), se podía sintetizar de modo parcelado y esquemático el marco conceptual de esa tercera edición de los Tres ensayos señalando: 1) que es contemporánea de la escritura del historial clínico del “Hombre de los lobos”, lo que implica que estuviera en parte condicionada por ese caso; 2) que es una revisión de gran calado, pues aparecen más de cincuenta revisiones que a veces comportan añadidos enteros de ciertas secciones (como los de “La investigación sexual infantil” y el referente a las organizaciones pregenitales, titulado “Fases de desarrollo de la organización sexual”, que son pertenecientes al segundo ensayo; y el que se presenta bajo el epígrafe de “La teoría de la libido”, que corresponde al tercer ensayo); 3) que se va a producir en ella una nueva teorización sobre lo sexual infantil, en el sentido de que –si bien se estructura el campo de la sexualidad infantil, en la medida en que la sexualidad del niño deja de tener un prototipo orgánico para convertirse en una psicosexualidad, o sea, una sexualidad vinculada al fantasma y al inconsciente-, sin embargo esa psicosexualidad se piensa más y más desde un modelo endogenista, en el que el entorno es cada vez más autoconservativo y menos sexual; y 4) que la orientación predominante en esta edición de 1915 será confirmada por las ediciones de 1920 y de 1924, con lo cual la perspectiva filogenética con toda su carga endogenista correspondiente se impone como una solución o salida a diferentes cuestiones que se le van planteando a la teoría, apareciendo entonces como una estructura organizadora que sirve de modelo para dar cuenta del origen y del desarrollo de lo sexual. Pero, si es cierto que la respuesta por medio de la filogénesis fue una solución frente a un cuestionamiento múltiple y variado, no obstante hay que señalar que esa solución emerge en el momento en que el rol precoz de la madre se presentaba como una actividad excitadora. Y ante eso en la teorización se va a operar un paso que conduce, de dar una posible explicación a partir de lo sexual arcaico de tipo ontogenético, a explicar las cosas a partir de la filogénesis.

Claro que también hay que tener en cuenta que en esta edición de 1915 aparece por primera vez la referencia a lo sexual ligado a través de la introducción del narcisismo, que propone en la teoría un nuevo modo del funcionamiento de lo sexual. Es decir, frente al aspecto demoníaco de la sexualidad, que era el único contemplado en el primero de los Tres ensayos, aquí o ahora toma cuerpo la sexualidad ligada, con lo cual la identificación de lo sexual resulta más compleja y al mismo tiempo va surgiendo una concepción más estructural del funcionamiento de la sexualidad, que permite romper con una temporalización ficticia, de la que era dependiente hasta ese momento la teoría. Y, al lado de eso, ciertas cuestiones (como las referentes a la homosexualidad, al sadismo y al masoquismo) se van a convertir en temas capitales de la reflexión psicoanalítica, que permitirán un trabajo detallado sobre la pulsión y su funcionamiento, trabajo que desemboca en todo el abordaje metapsicológico.

Notas

1 El desapego es entendido generalmente como desligamiento del objeto o de la libido objetal, lo cual siempre comporta el que se haya establecido lo libidinal en cuanto ligado al objeto, pero precisamente lo que está en juego en estos casos es el predominio de la libido desligada, tal y como podrá verse a lo largo de mi comentario al texto.

2 Puede observarse que V.Tausk, si bien comienza pensando en una distinción entre libido autoerótica y libido narcisista, sin embargo las hace equivalentes a la postre.

3 Se trata de algo muy impreciso, porque en el inconsciente sólo circula el cumplimiento del anhelo pulsional y nunca opera el reconocimiento del objeto o de la alteridad que conlleva o requiere el amor. El agente tanto del amor como del odio es siempre el yo. Ahora bien, hay que decir que esa imprecisión no sólo es de entonces o de los inicios del psicoanálisis, sino también de ahora y de siempre cuando se impone el plano de lo descriptivo sobre el plano de lo metapsicológico.

4  V.Tausk contrapone ahí juventud y vejez, cuando lo que está en juego es la capacidad intrapsíquica de amar, que no depende de la edad, sino de la constitución del yo en cuanto objeto de amor.

5 Ciertamente por ahí aparece algo muy importante, que no sólo no es esclarecido por O.Rank, sino en general por el propio pensamiento psicoanalítico al no tomar en consideración que ese temor por la muerte proviene de unas corrientes pulsionales mortíferas (y no por su conexión con el narcisismo, como se afirma ahí), precisamente porque esos movimientos pulsionales no han recibido la conjunción yoica o narcisista y, entonces, funcionan de modo desligado y destructivo. A lo que habría que añadir que esa muerte, referida a la pérdida de la vida corporal, remite a la muerte o a la desaparición de la capacidad yoica, faltante (y hasta ausente) en estos casos, en los que predomina el ataque de lo pulsional desligado, que cortocircuita el establecimiento permanente de un yo.

6 Idea que está en la línea de lo defendido en el cuarto párrafo del capítulo I de Introducción del narcisismo, en donde plantea que en la dementia praecox (Kraepelin) o la esquizofrenia (Bleuler) la libido sustraída del mundo exterior es conducida al yo, surgiendo así una conducta que se puede llamar “narcisismo”, el cual nace por replegamiento de las investiduras de objeto como un narcisismo secundario, que se edifica sobre la base de un narcisismo primario, concebido bajo la imagen de una originaria investidura libidinal del yo, presente de entrada y de tipo anobjetal.

7 Está claro que el narcisismo está aquí concebido y confundido con el autoerotismo, ya que es pensado en el sentido de tomarse a sí mismo como objeto sexual, entendido lo sexual en cuanto parcial o desligado. De ahí que (contrariando la expresión freudiana) no esté en juego una elección de objeto propiamente dicha, sino realmente una “investidura de objeto” (perteneciente al ello, tal y como es perfilado en los textos de la segunda tópica).

8 Parece que Freud está aplicando sin mayor matización el modelo del funcionamiento psíquico del neurótico a otras patologías psíquicas, cuando la identificación no es un proceso que haya que presuponer como operando en todo sujeto, al igual que no hay que considerar a la represión como supuesta u operativa en todo sujeto.

9 Esta vinculación entre lo narcisista y la elección de objeto está planteada sobre la base de que desde el inicio hay vínculo amoroso con el objeto, confundiendo el amor libidinal de objeto con el apego de orden autoconservativo, tal y como se hace en cierto planteamiento kleiniano, que sitúa de entrada unas relaciones de objeto, cuando esas relaciones son meramente de orden autoconservativo.

10 Puede consultarse para esa temática el trabajo de J.Laplanche La sublimación.Problemáticas III, Amorrortu, Buenos Aires, 1987, p.48-59.

11 La vie et l’oeuvre de Sigmund Freud, v.2, PUF, París, 1961, p.196.

12 Como los términos empleados ahí por Freud pertenecen al campo psicoanalítico, eso lleva a pensar sin más que se trata de un momento constitutivo considerado en el marco de la teoría de la libido con su secuencia libidinal correspondiente. Pero no es así, porque aquí se trata de una descripción que no se ajusta al marco de lo estrictamente metapsicológico, regido por la secuencia de la constitución de lo pulsional, que va desde el autoerotismo a la elección de objeto pasando por el narcisismo.

Comentario del texto

Freud comienza este trabajo estableciendo una relación, la de la melancolía con el duelo (O.C., v.XIV, p.241), que toma como referencia la planteada en Introducción del narcisismo entre el sueño (como proceso normal) y las perturbaciones narcisistas. Y, a propósito de esa relación entre dos problemáticas y/o dos textos freudianos, lo que se constata en el pensamiento psicoanalítico es que la palabra de Freud se toma como doctrina a seguir al pie de la letra, lo cual impide captar ciertas aspectos, como por ejemplo el que Freud parece hacer una estrecha articulación entre este texto y el de 1914, cuando en realidad esas articulaciones por parte de Freud a veces están atravesadas por olvidos más que llamativos de lo anteriormente expuesto y, otras veces, no llevan a cabo el trasfondo de lo que está en juego (véase aquí  el que Freud no llegó nunca a articular la identificación, que es un elemento central en Duelo y melancolía, con el narcisismo, ya que la identificación va a ser siempre para Freud algo que se mueve desde el sujeto infantil hacia el adulto, a través de un modelo que tiene como base la incorporación oral,  mientras que el narcisismo es algo proveniente desde el adulto o es depositado por el adulto en el sujeto infantil. Y, en concordancia con esta prioridad del otro adulto en el orden pulsional y a la hora de la constitución del aparato psíquico, es posible entonces pensar la identificación de otro modo, es decir, como un proceso estructurante por medio del cual el sujeto se inscribe a partir de lo que le es propuesto desde afuera o desde el otro).

Igualmente esa actitud reverencial, antes mencionada, impide captar que la relación entre duelo y melancolía está marcada por una falacia fundamental, que consiste en que mientras que el duelo parte de la pérdida del objeto y del reconocimiento de la pérdida, en la melancolía por el contrario lo que asoma es que no hay pérdida alguna, porque no está admitida como tal la pérdida o, mejor dicho, no está interiorizada intrapsíquicamente la posibilidad de la pérdida, ya que no opera en ese caso la represión o, más concretamente, la separación-prohibición del objeto incestuoso, separación que es la que realmente permite el reconocimiento intrapsíquico de la pérdida, así como el hacerse cargo de ella.

Este es un aspecto que puede ser captado cuando se sigue la pista dejada por el propio Freud en otros textos suyos acerca de la cuestión o del tema del duelo, del cual había hablado ya en Estudios sobre la histeria, poniendo allí de relieve dos elementos estrechamente vinculados con el tema del tiempo: 1) el duelo es un trabajo vinculado al “trabajo de recuerdo” (véase, en O.C., v.II, p.176, el caso Elisabeth von R., que es el quinto caso de ese texto y que da cuenta de las dificultades de Elisabeth para caminar tras la muerte de su padre, precisamente porque esa muerte no era aceptaba y no había propiamente duelo) y 2) el duelo es un afecto que tiene un comienzo y un fin, o sea, ocupa un cierto lapso de tiempo. Pero donde sobre todo había hablado del tema era en su “mejor” (según el criterio del propio Freud: O.C., v.XIII, p.5) texto, esto es, en Totem y tabú y de modo especial en su segundo ensayo titulado «El tabú y la ambivalencia de las mociones de sentimiento», en donde el tiempo del tabú, conectado por excelencia con el “tabú de los muertos”, no puede menos de remitir al tiempo del duelo (ibid., p.66 y 68-71) y en donde aparece el tabú vinculado estrechamente con la idea o “el concepto de una reserva” (véase –de un lado- “reserva espacial” ,en el sentido de espacios especiales en los que no se puede entrar o por los que no se puede pasar, como aparece en las películas  de la conquista del oeste norteamericano , y en el sentido de objetos que no se pueden tocar; – de otro lado- “reserva temporal”, en el sentido de que el tabú dura un tiempo determinado, pero variable de acuerdo con la dignidad y el rango del muerto;  y –por último- “reserva lingüística”, en el sentido de que el nombre del muerto no puede ser pronunciado, ibid., p.60, ya que-como dice Freud- los nombres para algunas personas, como los niños y los primitivos    «adscriben a la palabra su pleno significado-cosa» ibid., p.62).

Ahora bien, ¿qué significa en realidad esta “reserva lingüística” o esta prohibición de pronunciar el nombre del muerto?  Pues precisamente que el nombre propio, al tener el mismo valor que la persona, no puede ser intercambiado más que por la persona propia, pero como ésta está muerta ahí aparece un algo que no es posible intercambiar, que no es posible sustituir y, por consiguiente, lo que aparece es un cierto límite en el trabajo de duelo, pues si bien «todo lo que es atributo o pertenencia al muerto puede ser sustituido o cambiado, sin embargo su nombre es intocable o imposible de metabolizar», tal y como señala J.Laplanche en su artículo «Le temps et l’autre» (La révolution copernicienne inachevée, p.369). Lo cual da cuenta a través del tabú de un espacio de no-duelo, dentro del cual el duelo de todo lo demás es posible, idea que permite plantearse la interrogación siguiente: ¿qué es lo que en la pérdida es metabolizable y qué es lo que no es metabolizable? Esta interrogación nos conduce directamente a la idea de un trabajo a llevar a cabo durante el duelo, trabajo de desprendimiento del sujeto con relación a todos los recuerdos que tenía ligado a la persona perdida. En esos términos lo explicitaba Freud en Totem y tabú: «El duelo tiene una tarea psíquica bien precisa que cumplir; está destinado a desasir del muerto los recuerdos y expectativas del supérstite» (O.C., v.XIII, p.71). Mientras que ahora en Duelo y melancolía precisa lo siguiente: «Ahora bien, ¿en qué consiste el trabajo que el duelo opera? Creo que no es exagerado en absoluto imaginarlo del siguiente modo: El examen de realidad [aquí Freud se coloca en un plano realista, que podemos diferenciar de lo que sería un plano psicoanalítico. No es de extrañar, pues, que Freud se vaya a quedar en varios momentos de su planteamiento en lo meramente manifiesto o en lo consciente y que se vea obligado a echar mano de lo que deja de lado de modo más flagrante, como es lo inconsciente -véase por ejemplo el final del segundo párrafo de la p.243 o la reconstrucción del proceso que lleva a cabo a partir del tercer párrafo de la p.246 o de todo el final del artículo desde el inicio de la p.253, en la que restablece el punto de vista tópico, hasta la p.255-. Y denomino como “más flagrante” ese dejar de lado aquí el plano de lo inconsciente, porque luego está de por medio o a eso hay que añadir la gran ausencia en la que se mueve todo el artículo, que ha sido puesta de relieve por J.Laplanche en su trabajo anteriormente citado «Le temps et l’autre», y es la ausencia de la categoría de mensaje, en especial del mensaje enigmático del otro1, o sea, del mensaje comprometido por su inconsciente, que necesariamente es traumatizante, que fractura o quebranta con violencia, que es invasor del límite del sujeto y por tanto mortífero. Freud se queda, como él mismo describe, en el plano de “los recuerdos” y “las expectativas” del objeto o del otro, si bien es cierto que en la p.246 va a ir más allá y hablará de la “afrenta real” o “desengaño” por parte del objeto] ha mostrado que el objeto amado ya no existe más, y de él emana la exhortación de quitar toda libido de sus enlaces con ese objeto…Lo normal es que prevalezca el acatamiento a la realidad. Pero la orden que esta imparte no puede cumplirse enseguida. Se ejecuta pieza por pieza… cado uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento (Lösung) de la libido» (p.242-243).

Esta última expresión habla sobre todo de un soltar amarras, de un romper lazos, de un desprenderse de los vínculos, de un separarse del objeto. Pero, como puntualiza J.Laplanche en «Duelo y temporalidad» (Trabajo del psicoanálisis, vol.4, nº10,1990, p.14), “decir que uno se separa del objeto es una manera algo simplista de hablar, como si el sujeto pudiera cortar los lazos sin tener que trabajar sobre ellos”. De ahí que el propio J.Laplanche proponga otra traducción al término aquí utilizado por Freud, dado que el empleo de ese término así lo sugiere, si bien a la vez resulta que Freud a lo largo del artículo se va a ir deslizando más y más o una y otra vez hacia otro término que es un derivado del que emplea aquí. El término aquí empleado por Freud es el de Lösung, que Laplanche traduce por “des-anudamiento” en el sentido de un destejer o de un deshacer lo tramado, lo anudado para que una nueva trama se pueda tejer con los hilos que se tenían a disposición. Idea que coincide con el trabajo del análisis y que habla de una aproximación entre la Lösung del duelo y la Lösung del análisis, haciendo del duelo un verdadero análisis.

Esta traducción la plantea así J.Laplanche, porque constata que Freud utiliza el mismo término alemán (Lösung) en otro contexto, en el que habla del trabajo del análisis y hace referencia a la Lösung de un síntoma o a la Lösung de un enigma. Pero, a la vez, también observa que el pensamiento de Freud se desliza más hacia la idea de la Ablösung, es decir, del desgarramiento, del romper amarras, de la separación. Lo cual no es de extrañar, precisa Laplanche, porque en Freud el objeto está definido como «lo más variable en la pulsión» (Pulsiones y destinos de pulsión, O.C., v.XIV, p.118), de tal modo que el cambio de objeto, una vez que éste ha desaparecido, debería ser algo sin problema.

Sin embargo, lo tiene y mucho, de ahí que Freud se interrogue, a continuación de lo expuesto sobre el trabajo a realizar en el duelo, de la siguiente manera: «¿Por qué esa operación de compromiso que es el ejecutar pieza por pieza la orden de la realidad, resulta tan extraordinariamente dolorosa? He ahí algo que no puede indicarse con facilidad en una fundamentación económica2» (p.243). Más adelante (p.250, tercer párrafo) dirá: «aquí [se refiere a la melancolía] como allí [se refiere al duelo] nos falta la comprensión económica del proceso» y unos meses después (noviembre de 1915) en un brevísimo artículo titulado La transitoriedad va a precisar las cosas así: «el duelo por la pérdida de algo que hemos amado o admirado parece al lego tan natural que lo considera obvio. Para el psicólogo, empero, el duelo es un gran enigma, uno de aquellos fenómenos que uno no explica en sí mismos, pero a los cuales reconduce otras cosas oscuras… No lo comprendemos, ni por el momento podemos deducirlo de ningún supuesto. Sólo vemos que la libido se aferra a sus objetos y no quiere abandonar las pérdidas aunque el sustituto ya esté aguardando» (O.C., v.XIV, p.310-311).

Así, pues, para Freud resulta incomprensible este proceso. Y lo es porque parte de “supuestos” que no le permiten la comprensión. Veamos:

1) Parte de la pérdida, pero si ésta es aplicable al duelo en principio y pensado éste en un plano más realista y consciente, no lo es aplicable a la melancolía, porque en este caso no se puede hablar con rigor de pérdida. Así se ve obligado el propio Freud a reconocerlo en cierto modo o implícitamente cuando al final del segundo párrafo de la p.243 afirma lo siguiente: «sabe a quien perdió, pero no lo que perdió en él. Esto nos llevaría a referir de algún modo la melancolía a una pérdida de objeto sustraída a la conciencia, a diferencia del duelo en el cual no hay nada inconciente en lo que atañe a la pérdida». Dejando de lado la idea de que el duelo pueda ser meramente algo consciente, tenemos que si la pérdida está “sustraída a la conciencia”, eso remite a que en el inconsciente no hay reconocimiento de la pérdida al igual que no hay reconocimiento de la castración, por lo cual hay que plantear que aquí la pérdida es inexistente o está negada, tanto más cuanto que –como se verá en mi siguiente argumento- para que la pérdida pueda ser psíquicamente reconocida, se requiere que la idea y posibilidad de pérdida haya sido reconocida y trasmitida3 por el otro, cosa que no siempre sucede.

2) Freud parte de que la libido volcada hacia el objeto, tras una “afrenta” o “desengaño” por parte de éste, no se desplaza a otro objeto sino que se retira sobre el yo y de ese modo la pérdida del objeto se va a convertir en una pérdida del yo. Ahora bien, este planteamiento no toma para nada en cuenta la verdadera situación del objeto, pues sólo habla de una afrenta o de un desengaño, sin entrar para nada a considerar que esa afrenta puede ser una auténtica “efracción” o fractura del sujeto infantil, en el sentido de invadir su espacio psíquico, de no reconocerle como objeto distinto y separado. Algo que sin embargo hay que plantear cuando el propio Freud por su parte no deja de insistir, a la hora de dar cuenta de la melancolía, en la confluencia o en la no-separación entre el objeto y el yo. Esto tiene que proceder de alguna situación estructural, lo que pasa es que Freud lo piensa sólo evolutivamente como algo normal, cuando si eso es normal para todos, ¿por qué en unos seres humanos puede aparecer la melancolía y en la mayoría no? Yo creo que para que el yo se haga “pobre y vacío” (p.243),  “indigno, estéril y moralmente despreciable” (p.244) o surja “una pérdida en su yo” (p.245), hay que suponer que ese yo no estaba bien establecido y por tanto no podía haber una clara delimitación entre el objeto y el yo. Y para que eso suceda, el objeto (el otro) no ha facilitado la constitución de un yo, tal y como exige el gran descubrimiento del narcisismo. Descubrimiento que Freud tiene aquí, como en otros sitios de su obra, totalmente arrinconado y sólo habla de regresión al narcisismo originario, es decir, habla de un narcisismo equivalente al autoerotismo o al ejercicio pulsional directo y parcial.

Planteando así las cosas se abren caminos para entender con mucha mayor claridad las múltiples y distintas precisiones que Freud hace en su texto. Empecemos por la ya apuntada y que está referida a lo que Freud llama, al final de la p.243, «una extraordinaria rebaja en su sentimiento yoico, un enorme empobrecimiento del yo». ¿Cómo puede acontecer esa rebaja o ese empobrecimiento si no es porque el yo, que no está desde el principio -según la tesis precisada con todo rigor en Introducción del narcisismo y también continuada en Malestar en la cultura (v.XXI, p.66) cuando afirma: «La idea de que el ser humano recibiría una noción de su nexo con el mundo circundante a través de un sentimiento inmediato dirigido ahí desde el comienzo mismo suena tan extraña, se entrama tan mal en el tejido de nuestra psicología, que parece justificada una derivación psicoanalítica, o sea genética, de un sentimiento como ese». De ahí que poco después señale: «Este sentimiento yoico del adulto no puede haber sido así desde el comienzo. Por fuerza habrá recorrido un desarrollo…» (ibid., p.67)-, está sujeto a una constitución aleatoria, es decir, depende de circunstancias históricas en las que el otro concreto (expresión más precisa que la freudiana: “mundo circundante”, que por cierto es la utilizada por la psicología científica) está de por medio e interviene?

Constitución aleatoria que puede llevar a que se establezca mal o que quede mal deslindado respecto de lo que se le opone (que es necesariamente el ejercicio pulsional directo o lo que Freud llama “el ello” en el texto recién citado de 1929-30) y que eso pueda conducir a que se venga abajo, se empobrezca o rebaje, cuando no está sostenido por ese otro, gracias a cuyo amor y reconocimiento se pudo establecer, o cuando reciba –como dice Freud en nuestro texto, p.246- «una afrenta real o un desengaño de parte de la persona amada». Pero ¿cómo dar tanta importancia a esa afrenta si no es porque del vínculo con esa persona amada procede el fundamento para la constitución y el funcionamiento del aparato psíquico? Sólo el haber dejado de lado ese elemento capital puede explicar tanta complicación y confusión en el planteamiento freudiano, en el que la dimensión intersubjetiva, aunque nunca está totalmente ausente, sin embargo no suele ser contemplada.

Pues bien, todo este planteamiento que estaba desarrollando últimamente tiene que ver con que Freud nos presenta, en Duelo y melancolía, una concepción de la melancolía que se despliega más en términos descriptivos que metapsicológicos. Lo cual no  sólo dificulta la comprensión profunda de ese proceso psicopatológico, sino que obstaculiza el modo de abordaje clínico y de la labor psicoterapéutica a llevar a cabo en esas situaciones, pues, en la medida en que ahí está en juego una falla en la constitución del yo, no se puede trabajar levantando e interpretando lo reprimido, ya que el problema está en que no se cuenta con una represión originaria suficientemente bien establecida y consolidada a través de la represión secundaria.

Precisamente esa cuestión capital puede ser sacada a la luz a raíz de la descripción que Freud hace del melancólico y que, a sus ojos, le resulta no sólo “llamativa” (p.244 al final), sino que le conduce a toda una “contradicción” (segundo párrafo de la p.245), que por cierto va a esclarecer de modo claramente insuficiente, porque habla de que “las querellas” que el melancólico dirige contra sí están en realidad dirigidas hacia otra persona, «a quien el enfermo ama, ha amado o amaría» (p.245 al final). Pero ¿cómo puede el enfermo haber amado o amar a esa persona, si su problema tiene que ver con un no poder amarse a sí mismo?

Empecemos por la formulación de Freud correspondiente al final de la p.244: «… tiene que resultarnos llamativo que el melancólico no se comporte en un todo como alguien que hace contrición de arrepentimiento y de autoreproche. Le falta la vergüenza en presencia de los otros que sería la principal característica de este último estado. En el melancólico podría casi destacarse el rasgo opuesto, el de una acuciante franqueza que se complace en el desnudamiento de sí mismo». Mi interrogación ante este párrafo es la siguiente: ¿es realmente “llamativo” ese comportamiento del melancólico, si consideramos que esa “falta de vergüenza” y ese “complacerse en el desnudamiento” corresponden a lo que podemos llamar el ejercicio pulsional directo o, en términos más clásicos, al no sepultamiento del autoerotismo precisamente por falta del establecimiento y consolidación de la represión originaria? Esa descripción de Freud sólo se puede entender si se tiene en cuenta que él parte del supuesto de que la represión forma parte del bagaje constitutivo del individuo y, en ese sentido, la da por establecida o constituida en todo sujeto4, lo que sin embargo requiere ser planteado como un proceso singular y no como algo presente de antemano en la estructura humana en su conjunto5.

Un supuesto que, por lo demás, le lleva a Freud a pasar, sin solución de continuidad o sin discriminar la diferencia, del individuo al aparato intrapsíquico, cuando él mismo ha sido el que ha establecido esa diferencia. Me refiero, por ejemplo, a ese partir Freud (en el tercer párrafo de la p.246) de una elección de objeto, como algo ya presente de antemano en cualquier sujeto, cuando esa situación intrapsíquica es siempre un punto de llegada y de logro y no un punto de partida. Esto es, no se puede hablar de una elección de objeto ya de entrada, presuponiéndola presente sin más en el sujeto melancólico, quien -por definición- no ha podido separarse del objeto y por tanto no puede darse un reconocimiento y una elección del objeto en cuanto tal o de orden intrapsíquico. En caso contrario se está confundiendo dos planos distintos del objeto, como son el del objeto de la necesidad autoconservativa y el del objeto de orden pulsional intrapsíquico.

La descripción del melancólico es continuada por Freud del siguiente modo: «Ha perdido el respeto por sí mismo… esto nos pone ante una contradicción que nos depara un enigma difícil de solucionar. Siguiendo la analogía con el duelo, deberíamos inferir que él ha sufrido una pérdida en el objeto; pero de sus declaraciones surge una pérdida en su yo» (p.245, segundo párrafo).

Parece que Freud sigue planteando las cosas o, mejor dicho, los casos de tipo psicótico desde la conceptualización presentada al comienzo de Introducción del narcisismo, según la cual el psicótico deja de dirigir la libido al objeto y la retira o vuelca sobre el yo, confundiendo esa vinculación con el objeto, que es por excelencia de orden autoconservativo, con una vinculación ya de tipo libidinal, añadiendo aquí simplemente que, en el melancólico, dado el supuesto de la no separación entre objeto y yo, la pérdida del objeto es más bien y a la vez pérdida en el propio yo.

Ahora bien y a mi juicio, esa afirmación no es muy precisa, ya que se está partiendo de un yo y de un objeto en cuanto constituidos, cuando lo fundamental en el melancólico es que el yo (en cuanto instancia intrapsíquica y no como algo meramente descriptivo) no se ha establecido de manera fundamental y, entonces, al no contar con esa instancia yoica, el sujeto va a dedicarse de modo muy compulsivo a rebajarse y exhibir su “deformidad”, que es también la del objeto, del que no se ha desgajado. Con lo cual hay que hablar ahí de una tópica meramente o esencialmente intersubjetiva6 y no de una tópica estrictamente (intra)psíquica, que comporta la separación entre el sujeto y el objeto o el otro significativo.

Todo esto nos permite poner de relieve (y así ahondar en esa “constitución íntima del yo”, a la que Freud hace referencia en el siguiente párrafo de la p.245) que el yo está compuesto y se constituye a través de dos tipos de funciones fundamentales. En primer lugar o por un lado toma a su cargo la autoconservación, preservando la vida como representación del organismo. A eso se refiere Freud en El yo y el ello (v.XIX, p.27), cuando habla del yo como proyección de una superficie, que es la superficie corporal en cuanto representación de la totalidad del individuo. Una ejemplificación posible de la representación de esa totalidad es la de que a los pocos meses de vida se puede tener miedo de que le pongan a un sujeto una inyección y a los tres años no admitir el pinchazo, porque hay angustia de efracción de la piel, una angustia de efracción que tiene que ver con que la piel es una representación de la superficie o de la totalidad del yo. Y esta representación del yo guarda la conservación de la vida, de ahí que el sujeto tema un desmembramiento así como la aniquilación de su cuerpo. A esto hay que llamarlo propiamente vicariancia autoconservativa y no autoconservación biológica.

Pero hay también otro aspecto fundamental y es que el yo se constituye como un residuo de enunciados identificatorios y de propuestas ideales que tienenque ver con “el yo ideal”,  que está referido a lo que uno es, no solamente como ser vivo, sino como ser amable o amado. No estamos hablando de lo que le falta a uno para llegar a ser amado, que corresponde y está en relación con “el ideal del yo” o “el superyó”, sino de aquello que hace que uno sea amado en cuanto hijo de, en cuanto individuo de tal nacionalidad, en cuanto rubio o moreno, alto o bajo, es decir, enunciados que constituyen algo más que un ser biológico y a través de los cuales uno se reconoce como siendo. Este es un aspecto que remite al narcisismo constitutivo en cuanto núcleo de la identidad del sujeto y que uno siente que preserva para seguir siendo quien es, no lo que él quiere llegar a ser, lo que pertenece a otra instancia como es la superyoica.

Por último a este respecto, es importante tener en cuenta que esos dos aspectos fundamentales del yo (el de la autoconservación del cuerpo y el de la autopreservación narcisística del yo ideal) pueden entrar en conflicto, cuando por ejemplo una persona se ve obligada a optar entre ellos, o sea, por el uno o bien por el otro en situaciones límites, como son el salvar a un hijo o el salvarse a sí mismo en un terremoto o como el cumplir ciertas órdenes que conllevan el delatar o no a una persona y después de eso uno puede seguir viviendo, pero ya no es la misma persona que era, porque a partir de ahí uno o se destruye o se restituye identitariamente.

Es decir, la forma en la que se articula la relación entre lo autoconservativo y lo autopreservativo es muy compleja, porque de un lado está el tema de la autoconservación de la vida teniendo, por ejemplo, que ponerse a trabajar de lo que sea; y, de otro lado, está el tema del narcisismo en el sentido de la autopreservación de la propia imagen, que puede conducir a que un hombre de cincuenta años sin trabajo quede descolocado en todos los aspectos de su vida (véase en la desestimación de sí mismo, en su sexualidad, etc.).

En ese sentido, hay que decir aquí en relación con esta temática de la melancolía, que tanto favorece y estimula los impulsos suicidas, que el suicidio es a veces una forma de autopreservación de la imagen identitaria de uno frente a lo autoconservativo, mientras que clásicamente en psicoanálisis sólo se ha tenido en cuenta el aspecto destructivo de-hacia el objeto, habiendo confundido la pulsión de muerte con la destrucción de la vida biológica, sin tomar en consideración que lo que preserva la vida es la representación del sujeto y sus objetos de amor.

Pero volviendo de nuevo al texto de Freud y a su alusión al enigma que nos presenta el melancólico por haber perdido el respeto por sí mismo, podría decirse –en primer lugar- que si bien Freud emplea aquí ese término, a la vez se trata de algo muy descuidado por Freud (como ha señalado J.Laplanche en su artículo “Le temps et l’autre”, op.cit., p.46), porque no remite a la situación originaria marcada por la presencia de los mensajes enigmáticos del otro, es decir, marcada por su sexualidad inconsciente en relación con la cual el psiquismo se constituye. Y –en segundo lugar- tenemos que Freud va a aclarar ese enigma un poco más adelante, a partir del cuarto párrafo de la p.245, en el sentido de que las querellas o los reproches que dirige el melancólico contra sí mismo están realmente dirigidos contra-hacia «otra persona, a quien el enfermo ama, ha amado o amaría».

Ahora bien, en esa aclaración se echan en falta dos aspectos capitales, el uno tiene que ver con esa equivalencia tan grande (en el sentido de una ausencia de separación o de distanciamiento) entre el propio sujeto y esa otra persona; y el otro aspecto está relacionado con la imprecisión de llamar amor a lo que es un vínculo de ataque o de odio al objeto. El odio es ciertamente un vínculo o un enlace con el objeto, ¿por qué, entonces, hablar de amor o de “objeto de amor”7, cuando el vínculo que aquí está predominando es realmente el de odio o de la hostilidad? O ¿es que acaso el “rebajar” o el “martirizar” (que son los términos empleados por Freud una y otra vez, como por ejemplo en el segundo párrafo de la p.246) no hablan de una abierta y declarada hostilidad? Es más, Freud va a emplear, tanto aquí como en su texto ya mencionado de La transitoriedad, una expresión que habla a las claras de esta violencia contra el objeto. La palabra empleada es la de “revuelta”: «las reacciones de su conducta provienen de la constelación anímica de la revuelta, que después, por virtud de un cierto proceso, fueron trasportadas a la contrición melancólica» (al final del segundo párrafo de la p.246). Esa hostilidad, a la que me estoy refiriendo, aparece más claramente aún en La transitoriedad (escrito en noviembre de 1915, es decir, pocos meses después de haber completado Duelo y melancolía, que fue concluido en mayo de 1915, por más que fuera publicado dos años después), en donde Freud habla de     «la revuelta anímica contra el duelo» (v.XIV, p.310) y, por tanto, implícitamente se trata de una revuelta contra el objeto que ha originado ese duelo, ya que el objeto que se ha ido es un objeto abandonante y el objeto abandonante es siempre un objeto que ataca8.

Retomando el hielo en relación con el aspecto primeramente señalado, esto es, el del no distanciamiento entre el objeto y el yo, conviene señalar que con ese aspecto se puede relacionar –por una parte- el tercer párrafo de la p.245, en el que Freud nos da la pista de que a través de esta problemática se vislumbra el tema de  la constitución del yo: «detengámonos un momento en la mirada que esta afección, la melancolía, nos ha permitido echar en la constitución íntima del yo humano. Vemos que una parte del yo se contrapone a la otra, la aprecia críticamente, la toma por objeto ».Ciertamente se trata de “la instancia crítica” o “la conciencia moral”, que forma parte del yo. Ahora bien, aquí lo que Freud resalta es que esa parte yoica “puede enfermarse ella sola” (p. 245), lo cual es una manera de describir las cosas sin la suficiente precisión, pues si en el yo reina o prima el desagrado moral con el propio yo eso habla de una desconjunción  entre la instancia crítica  y el resto del yo, es decir, de  un yo no integrado, de un yo fuertemente escindido y por tanto de un yo no bien establecido, ya que el yo se establece o se constituye en tanto que se conjuntan o se integran en él las diferentes pulsiones parciales. Y, en ese sentido, si el ejercicio pulsional sádico o la “satisfacción sádica” (al inicio de la p.249) martirizante está ahí primando e imponiendo su fuerza, eso indica que las pulsiones parciales no están conjuntadas entre sí  o, mejor dicho, que lo pulsional desligado no está conjuntado por lo amoroso narcisista. Por consiguiente, en ese “automartirio… inequívocamente gozoso”9 (p.249) puede verse una clara prueba de la escisión del yo, escisión que remite necesariamente a una constitución fallida del yo a consecuencia precisamente de no haberse conjuntado, algo que en realidad sólo se produce a partir de que el otro te conjunte, esto es, te reconozca como objeto distinto y separado o como una unidad a respetar, a amar y valorar.

 Y –por otra parte- también se puede relacionar ese aspecto del no distanciamiento entre el objeto y el yo con el tercer párrafo de la p.246, que se ha hecho tan célebre por la expresión ahí vertida por Freud, la cual ha sido tan traída y llevada por unos y por otros, a la vez que entendida casi siempre de manera muy fenomenológica y descriptiva, pero poco metapsicológica. Me refiero a la frase «La sombra del objeto cayó sobre el yo», que –a mi juicio- no se ha entendido con precisión, porque se deja de lado tanto el contexto de este artículo, como el contexto de este párrafo, así como el planteamiento en el que se mueve y en el que está preso Freud de algún modo.

Al contexto del artículo le hemos dedicado una amplia introducción de orden histórico-conceptual, lo cual nos facilita el pasar sin más preámbulo al contexto de este párrafo, que Freud lo inicia señalando que «no hay dificultad alguna en reconstruir este proceso», cuando en la página anterior nos hablaba de un enigma difícil de solucionar; cuando con anterioridad (p.243) había afirmado: «He ahí algo que no puede indicarse con facilidad en una fundamentación económica»; y cuando pocos meses después sostiene abiertamente que «Para el psicólogo el duelo es un gran enigma» (La transitoriedad, v.XIV, p.310). Freud, pues, se contradice o al menos oscila entre no encontrar dificultad alguna para explicar el proceso y, por el contrario, tratarse de algo bien enigmático. Y esa oscilación me parece que tiene que ver mucho con el tipo del plano o nivel en el que él se coloca, pues a veces se queda en un plano meramente realista y muy poco psicoanalítico.

Siguiendo precisamente ese plano más simplista Freud a continuación se sitúa en el supuesto de partir de entrada de una elección de objeto, en la que está operando propiamente una vinculación libidinal amorosa con una persona, como si eso fuera siempre así y lo normal, pero en el sentido de que ese vínculo con el otro fuera sólo de ese tipo y por tanto de que sólo exista el funcionamiento ligado de la libido, de tal modo que cuando poco después mencione el quedarse libre la libido lo va a recoger en un sentido meramente descriptivo sin entrar en la distinción psicoanalítica entre libido ligada y libido libre o desligada, que es una distinción capital que permite discriminar el modo de funcionamiento de la libido en el vínculo que se establece con el objeto, en consonancia o de acuerdo con lo que va sucediendo en la relación con el objeto.

Pero Freud no atiende a esto o, dicho con otras palabras (que se inspiran o recogen lo planteado por J.G.Badaracco en su artículo “Duelo y melancolía, 80 años después”, Revista de psicoanálisis, LIII, nº1, 1996), Freud no toma en cuenta las diferentes formas de la presencia del otro en el sujeto. Por ese motivo va a dejar de profundizar en la idea que él mismo hace a la “afrenta o desengaño” por parte del otro, al que califica como “la persona amada”, lo cual le impide ver que ahí está funcionando más bien o de modo predominante como persona odiada o, mejor, odiosa y, por consiguiente, la investidura o carga afectiva que se retira del objeto y se dirige al yo no es una investidura amorosa, sino cargada de hostilidad, pues -como señala con gran precisión J.G.Badaracco- «al sentirse afrentados y como si hubieran sido objeto de una gran injusticia tienen una fuerte tendencia a afrentar y a ser injustos y vengativos como si necesitaran hacer sentir al otro en carne propia lo que sintieran en su infancia en la relación con sus figuras parentales» (op.cit., p.43). Y todo eso sin darle por parte de Freud al término afrenta un otro matiz posible, como sería el de “efracción” o fractura de la membrana antiestímulo en el sentido de romper el espacio propio y correspondiente al sujeto infantil, no reconociéndole como alguien distinto y separado, en conexión bastante estrecha por otra parte con la intromisión sexualizante y con la parasitación simbólica y sexual del sujeto infantil por parte del otro adulto.

Es más, Freud hace recaer todo el acento en la debilidad de la investidura de objeto que, al ser “poco resistente”, va a ser “cancelada” (p.246), si bien no se va a desplazar a otro objeto sino que se dirige al yo. Y aquí –a mi parecer- hay varias falacias en juego. La primera tiene que ver con hacer equivalente “investidura de objeto” con “ligadura de la libido a una persona amada” como si se tratara de un vínculo bien ligado o de un buen vínculo, cuando el propio Freud (ciertamente varios años después) en su 31º Conferencia de Introducción al psicoanálisis va a relacionar claramente a las investiduras de objeto con el ello y por tanto con su modo de funcionamiento sometido al ejercicio pulsional directo: «Las investiduras de objeto parten de las exigencias pulsionales del ello» (v.XXII, p.72).

La segunda falacia está relacionada con la idea de cancelar esa investidura de objeto y mi interrogación aquí es la siguiente: ¿es que eso es posible?, ¿es que se puede dejar de estar vinculado con el objeto (el otro)? Me parece que no cabe más remedio que pensar que lo que se cancela es el amor o la libido ligada (de acuerdo con la conexión establecida por Freud entre investidura de objeto y persona amada), pero sin duda algo opera en su lugar, que no puede ser otra cosa que el odio o la hostilidad hacia el objeto, véase en palabras de Freud “la libido libre” (p.246), o sea, la libido desligada o lo que llamamos “el ejercicio pulsional directo”. Más aún, esa hostilidad no deja de estar operando todo el tiempo y, por tanto, no puede ser algo cancelado, porque de lo contrario el que el amor no se desplace a otro objeto, sino que recaiga sobre el yo, no causaría mayor problema, pues tendríamos a un yo bien cargado de investiduras amorosas, cuando lo que sucede es lo contrario, ya que no recibe o no se da a sí mismo sino reproches.

Y ahí asoma la tercera falacia, la que está relacionada con el término “yo” y que lleva a preguntarse si se trata realmente de un yo metapsicológicamente hablando, o sea, de la instancia yoica e intrapsíquica como tal o de un yo de tipo más bien funcional o, al menos, de un yo confundido con el objeto, no bien separado, que habla de una instancia a la vez externa-interna. Y es que lo que Freud nos describe es una situación de indistinción entre el objeto y el yo, puesto que se pasa del uno al otro sin límite alguno, sin separación entre ellos, lo que ciertamente facilita que el lado sombrío del objeto, es decir la propia sombra o ausencia del objeto ligador y continente (pues -a mi modo de ver- la sombra como metáfora hablaría de una ausencia de ese objeto, sobre todo en el sentido de que al faltar el objeto falta su lado bueno, su lado de contención narcisista-amorosa y sólo queda operando su lado sombrío o atacante, en la línea de lo que J.Laplanche ya señalaba en su obra La angustia. Problemáticas I, cuando afirmaba: «perder a la madre es perder la protección contra todos los peligros. Pero el problema se agudiza, ya que se advierte que el principal peligro contra el cual protege la madre es la madre misma», p.340), caiga sobre el yo o que “la pérdida del objeto”, en cuanto que liga y conjunta amorosamente, “se mude” en una “pérdida del yo” en cuanto conjuntado por el amor narcisista. Pérdida que por cierto no puede ser confundida con una pura y simple privación real, sino que remite o tiene que ver con que lo que se pierde es la protección que el objeto proporciona de modo especial contra su lado sombrío o “malo atacante” esto es, contra su lado de intromisión de la sexualidad inconsciente (dado que el objeto opera necesariamente con dos caras10 o clivado, o sea, en cuanto “pulsionante” y en cuanto “continente ligador”).

Todo lo cual habla bien a las claras de que se trata de un yo muy frágil, no bien establecido en cuanto objeto interno totalizado, puesto que necesita de esa presencia protectora externa que sirva de referencia continente frente a las excitaciones internas. De ahí que Freud hable de un “yo alterado por identificación” (p.247, primer párrafo), que nos indica que Freud está dando cuenta de una identificación puramente regresiva y patógena, es decir, de un yo que no se ha podido desprender, separar de la “tópica” intersubjetiva o del sometimiento a la identidad impuesta por el otro y, por tanto, de un yo no constituido por el proceso identificatorio estructurante. Dicho con otros términos, en lugar de estar hablándonos del yo propiamente dicho, que se establece por medio de una identificación con la imagen totalizada del otro y que se constituyó como defensa contra la sexualidad pulsional o frente a la dispersión de las pulsiones parciales, aquí nos describe un yo desestructurado, un yo fundido-confundido o fusionado “con el objeto resignado” (p.246, véase con el “objeto malo” o con el objeto que, al ser perdido, sólo proporciona su lado sombrío o atacante, su lado desestructurador de un yo).

Se trata, entonces y en realidad, de un yo que se establece desde o a partir del ello, como afirmará en su obra de 1923 El yo y el ello (en cuyo trabajo vuelve sobre esta cuestión de la melancolía), de un yo confundido con su propio enemigo, de un yo sustentado o sostenido en/por las pulsiones parciales, confundido con ellas (véase, por ejemplo, la incorporación oral), cuando en verdad sólo existe o se establece un yo frente o por contrainvestidura de las pulsiones parciales.

Nos encontramos, pues, con que Freud –al no haber planteado que tanto lo sexual patológico como lo sexual amoroso a la vez emergen de lo entrometido por el otro en su cuidar al sujeto infantil a raíz de ese encuentro o de ese vínculo del sujeto con el otro-  se ve obligado a hacer aparecer lo patológico desde el propio sujeto infantil y eso le lleva a confundir lo estructurante con lo desestructurante, a confundir al yo con aquello de lo que se defiende y frente o en enfrentamiento con lo cual sólo puede surgir o establecerse. En definitiva –tal y como yo mismo he planteado en mi trabajo titulado “La represión es una condición de todo proceso identificatorio” (Revista de Psicoanálisis de la APM, 2000, nº33, p.149)-  se trata de un modelo, anticipando así lo planteado en la 2a tópica, que piensa al yo originándose en/desde el ello, lo que establece una modalidad de constitución de toda la tópica psíquica de forma no sólo claramente endogenista, sino también guiada y basada en lo psicopatológico. De ahí que se haya insistido una y otra vez, siguiendo sin cuestionamiento alguno ese marco freudiano, que la sombra del objeto que cae sobre el yo sea tan profundamente alienante, cuando el yo sin duda va a erigirse sobre el modelo del objeto o sobre el reconocimiento de la forma del otro humano, pero es una forma que delimita un dentro y un afuera, una forma concebida como límite, una forma de totalización. En ningún caso se va a edificar o erigir sobre la figura del objeto en cuanto autoerótico y funcionando al modo de la pulsión parcial, pues de lo contrario no puede establecerse un yo en cuanto instancia intrapsíquica y límite frente al ataque pulsional.

Parece, entonces, que una vez más se requiere poner un cierto orden conceptual y metapsicológico frente a la utilización meramente descriptiva o fenomenológica que Freud hace de ciertos términos que aquí emplea. Empecemos por el de fijación: «Tiene que haber existido, por un lado, una fuerte fijación en el objeto de amor…» (casi al inicio del segundo párrafo de la p.247, un párrafo en el que encontramos toda una acumulación de términos, que son objeto de la precisión metapsicológica de Freud, pero que aquí están volcados de un modo poco matizado). Pues, bien, ¿qué hay que entender por fijación? Clásicamente se ha entendido como un estar apegado o muy dependiente del objeto, pero esa idea no parece explicar bien la situación, porque si el vínculo con el objeto fuera positivo, es decir, una relación de objeto, propiamente dicha, no tendría por qué haber mayor problema. Además, se puede salir de esa falta de explicación recurriendo a la precisión aportada por S.Bleichmar, cuando distingue entre lo inscrito que va a ser fijado al inconsciente por un acto de contrainvestidura (es decir, una representación de carácter diverso, que opera como tapón del inconsciente) y el quedar el sujeto fijado11 a, o sea, sujetado o sometido o ciertas inscripciones que, por ser un efecto de traumatismos no metabolizables, pueden circular por el psiquismo sin estar fijadas al inconsciente ni a ningún sistema psíquico y por ello mismo están libradas a la repetición (lo que, en el trabajo psicoanalítico de la cura, obliga a realizar una construcción o un engarzamiento, que debe ser constituido y no meramente recompuesto12).

El siguiente término es el de  investidura de objeto, ¿qué se puede entender por un término, que recibe, en el mencionado segundo párrafo de la p.247, a la vez estas otras denominaciones: “elección de objeto”, “investidura de amor”, “vínculo de amor” y “amor de objeto”? Freud parece que utilice aquí este término en el sentido de “elección de objeto” (en cuanto tercer momento de la evolución de la libido según la secuencia: autoerotismo, narcisismo, elección de objeto), porque va a insistir a continuación en la idea de una regresión, que se enmarca dentro de esa secuencia del devenir libidinal, si bien a la vez esa secuencia no va a ser realmente tomada en consideración de modo estricto, porque el narcisismo como segundo momento del devenir pulsional va a ser totalmente trastocado por un momento de orden no-pulsional (entrando ahí en juego la confusión entre el devenir pulsional y la evolución del individuo en su conjunto o del organismo psicobiológico), pues Freud se está refiriendo a la idea de un “narcisismo originario”: «Desde luego, corresponde a la regresión desde un tipo de elección de objeto al narcisismo originario» (casi al final del segundo párrafo de la p.247), es decir, ese narcisismo definido en Introducción del narcisismo como «el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación» (v.XIV, p.71-72)  y como «la imagen de una originaria investidura libidinal del yo, cedida después a los objetos» (ibid. p.73).

 Ahora bien -como señala S.Bleichmar en su seminario de 1999 “Psicoanálisis e inteligencia”, cap.VII, p.6- es imposible que haya amor al yo si no hay amor al objeto y, viceversa, no hay amor al objeto si no hay amor al yo. Por consiguiente y a mi juicio, como en la melancolía lo que se constata es denigración y rebajamiento del yo, no podemos hablar de modo estricto de un “amor al objeto” o de una “investidura de amor”, o de un “vínculo de amor”, que son los términos empleados por Freud, quien parece estar confundiendo la relación o el vínculo autoconservativo, que une al sujeto infantil con el objeto exterior13, con la relación de amor objetal propiamente dicha, del mismo modo que confunde al yo con el individuo psicobiológico, confusión que se mueve en paralelo con la confusión o marasmo conceptual entre el plano metapsicológico y el plano descriptivo, que aquí tanto se nota.

Un otro término a precisar en este párrafo tan denso es el de identificación narcisista. Habitualmente este tipo de identificación es planteado como una respuesta o una reacción a la pérdida de objeto, pero ese planteamiento no parece muy ajustado a la situación real, porque lo que con ella se trata de conseguir es que no exista la pérdida o que se mantenga dentro de sí al objeto. Por eso éste va a ser incorporado masivamente, lo cual ya indica que aquí se trata realmente de una pervivencia psíquica del objeto y no de una pérdida. Idea que parece ser sugerida por el propio Freud cuando afirma: «La identificación narcisista con el objeto se convierte entonces en el sustituto de la investidura de amor, lo cual trae por resultado que el vínculo de amor no deba resignarse, a pesar del conflicto con la persona amada» (hacia el centro del segundo párrafo de la p.247). Freud habla, pues, de una no resignación (vocablo, el de resignación, equivalente a renuncia, a devolución, según el Diccionario de la RAE), que es lo mismo que decir que no hay pérdida ahí y, por tanto, no puede haber auténtico duelo.

Ahora bien, Freud en la ya mencionada 31º Conferencia de Introducción al psicoanálisis articula claramente a la identificación  con la pérdida de objeto: «Si uno ha perdido un objeto o se ve precisado a resignarlo, es muy comun que uno se resarza identificándose» (v.XXII, p.59), sugiriendo así que el proceso identificatorio (visto, claro está en Freud, desde el sujeto) se establece sobre la base de la pérdida de objeto y no por la vía de la sustitución de la investidura de objeto, que trata precisamente de que no exista esa pérdida, de negarla a toda costa.

Y es que no basta con sustituir a un objeto por otro, pues este otro objeto puede estar en contigüidad o continuidad con el objeto anterior (como es sabido, el pasaje de la figura materna a la figura paterna puede estar hecho sobre una mera sustitución de una figura por otra dentro del mantenimiento de una relación dual sin pasaje a lo ternario o triangular). Lo que se requiere realmente es separarse, es desprenderse del objeto vinculado al autoerotismo o al también llamado “ejercicio pulsional directo”. De lo contrario no cabe la posibilidad de llevarse a cabo una identificación propiamente dicha14, que debe ser relacionada claramente con la pérdida o el abandono-represión de los objetos originarios, es decir, la identificación en cuanto proceso mismo sólo se puede instaurar sobre la base de la represión originaria, que tiene a su cargo la renuncia o el sepultamiento del autoerotismo, y nunca sobre la base de mantener a cualquier precio el objeto, que funciona no como objeto de amor sino como objeto de la pulsión, en cuyo caso no hay pérdida alguna.

Pero, dado que en la obra de Freud no está reconocida conceptualmente la intromisión sexualizante del otro o, dicho de otro modo, por más que Freud se haya acercado una y otra vez a la noción de mensaje sexual parental, como a la vez el edificio entero y su teoría le empuja siempre a alejarse de tal noción, esa situación de orden estructural le va a obligar a meter lo psicopatológico en el movimiento mismo del proceso de configuración o constitución de la tópica intrapsíquica.

Es decir, al no poder contar Freud en su conceptualización con la primacía del otro en el orden pulsional, resulta que, a la hora de dar cuenta de la configuración intrapsíquica o del devenir pulsional (véase lo que Freud denomina “la evolución de la libido”), por una parte, no va a poder separar bien lo intrapsíquico de lo intersubjetivo, así como lo estrictamente psíquico de lo psico-biológico, y va a retrotraer el proceso identificatorio a las investiduras de objeto, las cuales parecen remitir más bien (según lo sugiere el término empleado por Freud: Besetzung) a una situación que no es precisamente una relación como tal entre un sujeto y un objeto, ya que hay indiferenciación de los dos polos respecto de la Besetzung o de la ocupación, no sabiéndose en realidad quién ocupa a quien, lo que parece cuadrar con la no separación respecto del objeto (correspondiente a la tópica intersubjetiva) y con la no presencia de un yo propiamente dicho. Y, por otra parte, Freud se ve obligado a confundir lo estructurante con lo patológico no pudiendo distinguir entre la identificación y la incorporación oral-canibálica, lo que le llevará en la 2º tópica a hacer surgir el yo de/desde el ello, lo cual es una clara contradicción y una auténtica aporía, como le sucede cuando hace emerger lo pulsional de lo instintivo.

Pero detengámonos ahora un momento en la idea de la incorporación oral. Freud, como es conocido, recoge esta idea de K.Abraham. Así lo señala claramente al final de este segundo párrafo de la p.247: «A esa trabazón reconduce Abraham, con pleno derecho la repulsa de los alimentos que se presenta en la forma grave del estado melancólico». Y J.Strachey nos indica en una nota a pie de página, la nota nº 11, que Abraham se lo señaló a Freud en su carta del 31 de marzo de 1915, carta que aparece en la Correspondencia entre ellos y de la cual merece la pena recoger los elementos siguientes: «En el caso de mis enfermos, yo he tenido la impresión que el melancólico, como es incapaz de amar, querría apoderarse compulsivamente de un objeto de amor. Según mi experiencia, se identifica con su objeto de amor, es decir, no puede soportar su pérdida, es supersensible al más mínimo gesto de antipatía por su parte… En el narcisismo es cuestión de identificación y usted lo remite al fundamento infantil de este proceso: el niño querría incorporarse un objeto de amor, en una palabra devorarle. Pues bien, tengo todas las razones para pensar que una tendencia canibalística de este tipo es inherente a la identificación melancólica… Mi primer argumento es el temor de los melancólicos de morir de hambre. Comer aquí ha ocupado el lugar del amor. Presumo de buena gana que el papel asignado en la neurosis obsesiva a la zona anal es asumido en la melancolía por la zona oral» (op.cit., p.221-222).

De estos elementos se deduce sin forzamiento alguno que o bien se trata de un proceso de “apoderamiento”, correspondiente a la pulsión de autoconservación y por tanto de orden no-sexual, o bien se trata de algo pulsional en sentido estricto, en cuyo caso estamos ante un proceso correspondiente al ejercicio pulsional directo o ante un funcionamiento de tipo autoerótico (confundido, como de costumbre desde el propio Freud, con el funcionamiento narcisista), pues no se puede soportar la pérdida o separación del objeto, el cual es entonces “incorporado-devorado”, o sea, metido dentro como algo propio.

Consideración que puede ser matizada por medio de la diferenciación aportada por J.Laplanche en su texto “Implantation, intromission” (Psa.Univ., 1990, 15, 60, p.158), cuando señala que la intromisión (descrita como «un proceso que cortocircuita las diferenciaciones de las instancias en vías de formación al meter en el interior del sujeto infantil un elemento rebelde a toda metabolización») está «en relación estrecha con la oralidad y la analidad», mientras que la implantación «está referida más bien a la superficie del cuerpo en su conjunto». Una diferenciación que ayuda a discriminar entre la identificación (por medio de la cual se establece un yo en cuanto conjunto totalizado y diferenciado del otro) y la incorporación oral-canibálica (que es a relacionar con el sujetamiento al exceso sexualizante impuesto por el otro adulto y, por consiguiente, con un no separarse del objeto o del otro, cuya pérdida no puede ser tolerada).

Y es que la identificación, como proceso estructurante de un yo, remite fundamentalmente a una pérdida y a un desabrocharse o desanudarse de los vínculos correspondiente al sujetamiento provocado por el exceso sexual entrometido por el adulto al proporcionar los cuidados autoconservativos. Lo cual permite, por otra parte, colocar el origen del proceso identificatorio en y desde el otro, ya que sólo si el otro ha conjuntado al sujeto infantil (a la vez que lo ha fragmentado con su exceso sexual, que conlleva un erotizar todo el cuerpo infantil y el quedar éste troceado, sexualmente hablando, o desunificado en pulsiones parciales) y se ha diferenciado de él permitiendo así el establecimiento de un yo, sólo bajo esas condiciones es posible desanudarse-desgajarse del otro e identificarse con él. Dicho de otro modo, sólo si el otro ha abierto el acceso a su pérdida o a su desgajamiento-separación de él, hay posibilidad de un proceso identificatorio, de lo contrario sólo está en juego un sujetamiento a la identidad impuesta desde el otro. Algo que, en cierto modo, parece sugerir D.Lagache cuando, en su trabajo de 1956 “Deuil pathologique”, señala que su paciente nunca se desgajó del dominio de la madre, tanto externa como interna, lo que le impidió el camino de la identificación con el padre, precisando al final que   «el sentido del trabajo del duelo no es sólo ni esencialmente el separarse de un objeto de amor… sino la destrucción de una autoridad moral que no permite vivir» (Agressivité, structure de la personalité et autres travaux. Oeuvres IV, Paris, PUF, p.28).

Volviendo de nuevo a nuestro texto, tenemos que el último párrafo de la p.247 va a insistir en la conexión entre la melancolía y “el predominio del tipo narcisista de la elección de objeto”. Ahora bien, sabemos por otras aportaciones de Freud al respecto que, al hablar de “tipo narcisista de la elección de objeto”, se está refiriendo en realidad al modo autoerótico de funcionamiento o de satisfacción pulsional, tal y como es formulado por el propio Freud en varias ocasiones: «Nos hemos acostumbrado a llamar narcisismo a la fase temprana del desarrollo del yo, durante la cual sus pulsiones sexuales se satisfacen de manera autoerótica» (Pulsiones y destinos de pulsión, v.XIV, al final de la p.126) y «Llamamos narcisismo a ese estado (alude a lo que acababa de describir así: «El yo se encuentra originariamente, al comienzo mismo de la vida anímica, investido por pulsiones»), y autoerótica a la posibilidad de satisfacción», Ibid., al término del segundo párrafo de la p.129). En nuestro texto mismo lo confirma en esa línea indirectamente cuando indica que en la melancolía se produce una “regresión desde la investidura de objeto hasta la fase oral de la libido que pertenece todavía al narcisismo” (al finalizar el tercer párrafo de la p.247), pues hay que suponer que tanto la fase oral como la fase anal pertenecen a la satisfacción pulsional autoerótica.

Por otro lado, también en ese último párrafo de la p.247 (aunque en frases que corresponden ya a la p.248) Freud trata de diferenciar entre identificación narcisista e identificación histérica, lo que afianza un planteamiento meramente psicopatológico de la identificación y a la vez le impide a Freud el articular la identificación con el narcisismo (si bien entendido éste como procedente del narcisismo parental y no como un estado originario del sujeto al comienzo de la vida).

La identificación histérica (a través de la cual uno se apropia de una característica del objeto y, por tanto, se identifica con un rasgo parcial del objeto) es planteada como un mecanismo para formar síntomas. Ahora bien -como ha precisado S.Bleichmar- la formación de síntomas supone que la represión está bien establecida y que hay un aparato psíquico ya constituido. En ese sentido, se puede afirmar –como lo hace Freud- que aquí “persiste” el vínculo con el objeto, vínculo que no se ha abandonado ni tirado por la borda, pues se ha internalizado sólo un rasgo parcial del objeto, por lo cual hay siempre distancia y diferencia con éste y eso facilita el abandono, la separación, la independencia. Cosa que no sucede en la así llamada identificación narcisista, en la que se tiende a no hacer diferencia en la medida en que no hay límites de separación con el objeto, tal y como Freud y el pensamiento postfreudiano (al no diferenciar entre autoerotismo y narcisismo) la han entendido siempre.

De todos modos, aquí Freud no nos dice nada nuevo sobre la identificación narcisista y por tanto es considerada dentro de la idea de que se sustituye o resigna una investidura-amor de objeto por un amor a sí mismo. Un amor por el objeto sobre el que Freud nos precisa (en el párrafo siguiente y al final de la p.248) que no se puede resignar, por más que el objeto sea resignado, ya que –por otro lado- es en realidad “odio”: «el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica» (p.248-249).

Ahora bien, si en la identificación narcisista el amor es odio y hay claramente un goce en el automartirio («ese automartirio de la melancolía, inequívocamente gozoso», casi al comienzo de la p.249), parece claro que lo que así se describe corresponde a la satisfacción autoerótica o al denominado “ejercicio pulsional directo”, que está llamado a ser sepultado con/por la represión originaria, pero que cuando ésta no se ha establecido o se ha derrumbado nos encontramos con un funcionamiento psíquico en el que está predominando «la satisfacción de tendencias sádicas y de tendencias al odio» (primer párrafo de la p.249) por más que tengan que servirse de un “rodeo” a través del propio sujeto («suelen lograr los enfermos, por el rodeo de la autopunición, desquitarse de los objetos originarios y martirizar a sus amores por intermedio de su condición de enfermos tras haberse entregado a la enfermedad a fin de no tener que mostrarles su hostilidad directamente», p.249), esto es, por medio de la vuelta hacia la propia persona, que a la vez es el destino  -junto con el de la transformación en lo contrario- que Freud asignaba a la pulsión “en el curso de su desarrollo” (Pulsiones y destinos de pulsión, v.XIV, p.123), si bien como destino predecesor de la represión originaria.

Algo que nos indica de nuevo que estamos aquí ante un funcionamiento que corresponde al devenir inicial de la pulsión sexual, que es el autoerotismo. Lo llamativo, sin embargo, es que utilice los términos “yo” o “amor a sí mismo” del modo en que lo hace, porque eso muestra que están siendo empleados no sólo sin precisión psicoanalítica (véase, mejor, sin precisión metapsicológica, a pesar de tratarse de un trabajo perteneciente a los escritos metapsicológicos), sino además de un modo meramente descriptivo o sin suficiente discriminación, porque ¿es que podemos aceptar como una descripción precisa y acertada esa que hace Freud afirmando: «Hemos individualizado como el estado primordial del que parte la vida pulsional un amor tan enorme del yo por sí mismo» (poco después del comienzo del segundo párrafo de la p.249), cuando al inicio del sujeto no hay yo ni hay capacidad de amar? Una vez más Freud parece haberse olvidado de la secuencia psíquica que caracteriza a “la vida pulsional” o lo que otras veces denomina “la evolución de la libido”, o sea, la secuencia: autoerotismo, narcisismo, elección de objeto.

Por otra parte, ¿qué clase de amor es ése? Dicho de otro modo, ¿se puede categorizar o calificar desde el psicoanálisis como amor a ese funcionamiento psíquico, en el que no hay otra cosa que el llamado “sí mismo”? ¿Es que acaso ese yo del que Freud habla aquí, corresponde al yo procedente de la nueva acción psíquica que se tiene que agregar a las pulsiones autoeróticas iniciales (de acuerdo con la exigencia metapsicológica establecida en Introducción del narcisismo, v.XIV, octavo párrafo del texto), o se trata más bien de un término meramente descriptivo con el que se está dando cuenta del individuo como tal? Y, por último, ¿qué clase de amor del yo por sí mismo es ese que puede  conducir a un “darse muerte” (p.249) o que puede caracterizarse, por “una extraordinaria rebaja en su sentimiento yoico” (p.243) y por un “empobrecimiento” (p.243, 245 y 250)?

Por cierto que, a ese respecto, en el segundo párrafo de la página 250 Freud nos indica que ese empobrecimiento «deriva del erotismo anal arrancado de sus conexiones y mudado en sentido regresivo». Una indicación que parece señalar que el empobrecimiento se produce de una manera un tanto mecánica, o sea, como consecuencia de un funcionamiento en abstracto o en sí mismo, cuando lo que sucede realmente es que ahí se está produciendo un tipo de funcionamiento pulsional meramente o predominantemente parcial, que no ha podido ser conjuntado, y eso sólo puede ser debido a que el encuentro y el vínculo con el otro adulto que cuida y, en este caso, que limpia la zona anal, no ha permitido relativizar y conjuntar el placer que se desprende de esa zona erotizada, dado que él mismo está fijado a esa zona (véase a un erotismo anal) y, por tanto, no ha sepultado o renunciado a esa satisfacción parcial, tal y como exige y conlleva la represión originaria.

De todos modos, algo parece vislumbrar el propio Freud en ese sentido (me refiero a que está planteando las cosas de manera no muy precisa) cuando se ve obligado a reconocer que aquí «nos falta la comprensión económica del proceso» (hacia el centro del tercer párrafo de la p.250). Pero, sobre esa “comprensión económica”, si seguimos de cerca la frase que Freud emplea a continuación (la de «El insomnio de la melancolía es sin duda testimonio de la pertinacia de ese estado, de la imposibilidad de efectuar el recogimiento general de las investiduras que el dormir requiere»), averiguamos que esa comprensión tiene que ver precisamente con la ligazón o la desligazón de las investiduras o -como afirma el Vocabulaire de Laplanche y Pontalis (p.125)- «con la hipótesis según la cual los procesos psíquicos consisten en la circulación y en la repartición de una energía (la pulsional) cuantificable, es decir, susceptible de aumento, de disminución y de equivalencias».

Dicho con otras palabras, si en la melancolía es imposible efectuar el recogimiento general de las investiduras, eso indica que aquí las pulsiones autoeróticas no han sido unificadas ni conjuntadas a consecuencia de una ausencia de renuncia y por tanto la pulsión parcial está predominando enteramente. De ahí que el yo no tenga capacidad o poder para salir al paso de esa situación, o sea, para imponer el deseo conjuntado de dormir («El complejo melancólico… vacía al yo hasta el empobrecimiento total; es fácil que se muestre resistente contra el deseo de dormir del yo», p.250). Y es que, si las pulsiones autoeróticas no están unificadas, el yo no puede constituirse realmente, tal y como pudo ser conceptualizado por Freud en Introducción del narcisismo.

Para describirlo en nuestro texto Freud se vale de la metáfora de “una herida abierta”, una metáfora que, por cierto, ya empleó en su Manuscrito G de enero de 1895, manuscrito consagrado al tema de la melancolía, en el que tras establecer de entrada la relación con el duelo por tratarse del mismo afecto en los dos casos, el de la pérdida, Freud parte de una idea, cuya expresión: «La melancolía consistiría en el duelo por la pérdida de la libido», (Sigmund Freud Cartas a Wilhelm Fliess, 1887-1904, p.99), me parece significativa porque, si añadimos simplemente el adjetivo “ligada” al vocablo libido, aparece que al perder el melancólico la libido ligada va a quedar totalmente a expensas de la libido desligada.  Y esa herida va a exigir el dirigir hacia ella toda la energía  de investidura y, como consecuencia de ello, el yo se vacía o queda totalmente empobrecido. Un planteamiento que parte del supuesto energetista de los vasos comunicantes, según el cual, si el líquido está en un lado, ya no hay más líquido en el otro lado. Ahora bien, ya el citado Vocabulaire de Laplanche y Pontalis nos señala que Freud no aportó una elaboración teórica rigurosa sobre las nociones económicas. Por lo tanto, se necesita precisar las cosas de un modo más pertinente en la línea de lo que señalaba hace un momento, esto es, si el yo se vacía hasta el empobrecimiento total, eso sólo puede suceder en el caso de un sujeto no estructurado intrapsíquicamente y, por consiguiente, de un yo no bien establecido o con un fallo de base en la organización yoica. Lo cual va a comportar tanto reproches o maltratos contra el propio sujeto, como engrandecimientos maníacos, que pretenden un triunfo del yo precisamente para suplir o negar directamente su ausencia o bien su endeble establecimiento.

Justamente en este final de su artículo Freud le va a dedicar una atención especial al “esclarecimiento” del aspecto maníaco, como alternancia de la melancolía, pero no parece aportar nada novedoso, porque va a insistir en la idea de un dominio o de un triunfo yoico (habla, hacia el centro de la 251, de “los estados de alegría, júbilo o triunfo”), dado que no tiene que realizar “gastos de represión” (p.251 al final). De hecho, el mismo Freud tiene que reconocer enseguida que «Este esclarecimiento suena verosímil pero, en primer lugar, está todavía muy poco definido y, en segundo lugar, hace aflorar más preguntas y dudas nuevas que las que podemos nosotros responder» (p.252, tercer párrafo).

Y ante esa indefinición se va a percatar de que no ha tomado en cuenta para pensar la melancolía “el punto de vista tópico”, que exige considerar si el proceso psíquico correspondiente al sufrimiento melancólico hay que situarlo más en el plano de lo inconsciente que en el plano más específicamente yoico. Su planteamiento es el siguiente: «Hasta ahora apenas hemos considerado el punto de vista tópico en el caso de la melancolía, ni nos hemos preguntado por los sistemas psíquicos… entre los cuales se cumple su trabajo… y cuánto dentro del yo, en el sustituto de ellas [se refiere a «las investiduras de objeto inconcientes»]  por identificación» (p.253, primer párrafo).

Pero -a mi parecer- ese planteamiento no le da resultado (de hecho, el propio Freud se ve obligado a reconocerlo abiertamente: «Por más que aceptemos esta concepción del trabajo melancólico, ella no nos proporciona la explicación que buscábamos», p.254 casi al final), porque parte de unos supuestos o de unos “a priori” que le impiden adentrarse realmente en lo que pasa. Esos supuestos son -de un lado- el que las investiduras de objeto inconscientes están resignadas, cuando precisamente la melancolía da cuenta de que no es así, sino de que sigue vigente esa “investidura inconciente” de objeto y que, por tanto, no fue sepultada por la represión originaria (y no porque ésta no sea capaz de hacerlo, sino porque ésta no fue llevada a cabo o porque se vino abajo). Y -de otro lado- el que como consecuencia de esa resignación está siempre en juego u operando psíquicamente un yo, definido (en p.253) como “sustituto de esas investiduras resignadas por identificación”. Un planteamiento válido e interesante, que el mismo Freud se carga o contradice al hablar de regresión al yo, pues ¿qué tipo de yo es ése al que se regresa o se vuelve hacia atrás? ¿cómo se puede llamar regresión al ir o retirarse al yo? Pues sencillamente porque Freud considera también al yo o bien como punto de arranque sin estructuración alguna aunque reservorio de la libido («la investidura libidinal amenazada abandona finalmente al objeto, pero sólo para retirarse al lugar del yo del cual había partido», primer párrafo de la p.254) o bien (aunque es lo mismo que lo anterior) como algo puramente narcisista, en el sentido de cerrado en sí mismo sin dirigirse para nada al objeto («regresión de la libido al yo… regresión de la libido al narcisismo», p.255).

Lo cual permite pensar que, como Freud considera implícitamente que la libido hacia el objeto es libido ligada, hay que sobreentender que, al hablar de “regresión de la libido al yo o al narcisismo”, está refiriéndose entonces a que la libido, al desligarse o desvincularse del objeto, va a funcionar como libido desligada en-dentro del yo, con lo que eso comporta tanto ataque-aniquilamiento del propio yo, como triunfo de tipo maníaco por parte de este yo, lleno de libido desligada del objeto.

Finalmente, en las palabras conclusivas de este texto Freud sitúa el problema de la melancolía dentro del propio yo, si bien es un yo profundamente escindido entre una herida y una contrainvestiduraextrema que se tiene que llevar a cabo cuando la represión originaria se ha derrumbado15: «El conflicto en el interior del yo, que la melancolía recibe a canje de la lucha por el objeto, tiene que operar a modo de una herida dolorosa que exige una contrainvestidura grande en extremo» (p.255). A este respecto algunos autores, como por ejemplo J.Guillaumin16, han puesto su acento sobre todo en la cuestión económica del dolor en el marco de un planteamiento un tanto mecanicista y endogenista; mientras que S.Bleichmar en su obra La fundación de lo inconciente (p.36) nos habla de la vivencia de dolor como «el efecto de la irrupción de cantidades hipertróficas que perforan los dispositivos-pantalla» y como lo que «favorece el reinvestimiento de la imagen mnémica del objeto hostil». Esta consideración última remite o se engarza con una conceptualización acerca del dolor, según la cual el dolor es concebido (siguiendo lo apuntado por Freud en Más allá del principio de placer y que ya hemos tenido ocasión de trabajar en mi comentario a ese texto) como una “efracción” del límite, tanto como corporal o cutáneo como límite del aparato psíquico o del yo, y como un aflujo de energía “no ligada”.

Notas

Seminario impartido en Madrid y San Sebastián durante los años 2003 y 2004.

1 En ese sentido el duelo no es una prueba de la realidad, no es la victoria de un realismo brutal, que se formularía así: “murió, pasemos a otro cosa”. El duelo es profundización del enigma, es decir, de la relación al otro en el sentido de la relación a la alteridad u otreidad que se vivencia a través del inconsciente singular y, por tanto, es profundización del trabajo constante por la apropiación de esa ajenidad.

2 Pienso que “no puede indicarse con facilidad en una fundamentación económica”, porque esta fundamentación no contempla el hecho (trascendental en términos psíquicos) de que ciertas “piezas” o elementos han dejado de ser un detalle o una parte del todo para convertirse (a consecuencia de las dificultades en la relación con el otro o de las situaciones traumáticas vividas en el vínculo) en fragmentos desgajados del todo, que han pasado a ser algo en sí mismos sin conexión con el todo y que necesitan un trabajo no deductivo ni inductivo, sino abductivo, es decir, término a término o de lo particular a lo particular (S.Bleichmar, Curso de postgrado 2001-02 sobre “Traumatismo y Simbolización”, Univ. Nacional de Córdoba, Argentina).

3 Lo que es otra manera de decir que esa estructuración ha estado en juego gracias a que el otro la ha hecho suya y la ha aportado. Téngase en cuenta que, cuando determinada estructura no es aportada por el otro o no está en juego, la capacidad de metabolización del sujeto es mucho menor.

4 Es decir, parte siempre, en la descripción de los casos, de un sujeto en cuanto ya constituido intrapsíquicamente (a diferenciar del sujeto aún en constitución) y eso le impide captar que en determinados casos ese supuesto puede no estar operando. De hecho, esa descripción que hace del melancólico nos indica que ahí no está interviniendo la represión originaria, pues todo neurótico se caracteriza por la represión y ésta implica el pudor, que es algo que no muestra el melancólico, entregado a un ejercicio perverso de masoquismo erógeno, que comporta ya una falla importante en la represión originaria.

5 O, dicho con otros términos, presente de antemano en la cultura o en el lenguaje, a cuyo respecto merece la pena tomar en consideración que el planteamiento estructuralista ha transformado la ley del lenguaje o de la cultura en causa de la patología psíquica, cuando la causa debe ser siempre buscada término a término en lo específico; así como en el planteamiento kleiniano la causalidad ha sido remitida a formas míticas endógenas, ya que en última instancia la causalidad para el kleinismo está dada por el instinto de muerte o por la cantidad constitutiva de instinto de muerte presente en un sujeto.

6 Lo que se conecta con lo que Freud apunta aquí en el sentido de que en el melancólico lo que está operando es una instancia crítica escindida, que trata a ese sujeto (no constituido yoicamente de modo estricto, puesto que, si estuviera bien establecido el yo, esa instancia crítica estaría suficientemente conjuntada y no escindida en/con el yo) de manera despiadada, es decir, sin respeto y sin amor. Es claramente una instancia que el sujeto ha tomado del otro (véase de la tópica intersubjetiva) y que, como funciona desgajada del cariño amoroso narcisista se mueve libremente y sin la atadura (ligazón o conjunción) amorosa y respetuosa.

7 ¿Es que acaso en el melancólico se ha constituido el “objeto de amor”? Una vez más Freud da por supuesto algo (el que el “objeto de amor” está establecido en todo sujeto), cuando él mismo nos ha enseñado que en psicoanálisis no hay que dar por supuesto y establecido ni la propia heterosexualidad, a lo que se añade el estar confundiendo ahí el objeto de la necesidad y el objeto de orden pulsional.

8 Se pueden consultar las precisiones que aporta al respecto J.Laplanche en su artículo ya mencionado “Duelo y temporalidad” (p.15 en el segundo y el tercer párrafos), en el sentido de que, cuando el objeto se va,  lo que queda con nosotros es por excelencia su parte enigmática, que remite a su sexualidad inconsciente y que nos lleva a demandarnos qué querría de nosotros al dejarnos.

9 Véase ahí un goce (en el sentido psicoanalítico del término) de tipo masoquista, que habla de que el autoerotismo no fue sepultado, tal y como exige y lleva a cabo la represión originaria.

10 De hecho, la sombra y el objeto o el objeto y su sombra no se separan, están siempre juntos o sin poder desvincularse, representando el objeto como tal al aspecto o lado amoroso y su sombra (a relacionar con la falta de color, véase aquí: falta de calor amoroso) representaría el aspecto atacante-destructivo.

11 Véase, por ejemplo, la fijación del sujeto a los objetos primarios (como aparece en las enuresis y las encopresis) y a los modos de satisfacción primarios (como el goce masoquista en cuanto fijación a un vínculo primario, en el cual se extrae el placer de la misma zona en la cual está instaurado el dolor). Todo lo cual habla de una falla en la represión primaria o de una ausencia de represión como tal.

12 Precisando más claramente el trabajo psíquico a realizar en esas situaciones, S.Bleichmar ha puesto de relieve (véase lo ya señalado en la nota 2) que habría que trabajar término a término en la medida en que hay representaciones que operan en el psiquismo no como detalles pertenecientes a un todo, sino como fragmentos que, desgajados del todo al que pertenecieron, no remiten al todo y circulan ya como algo en sí mismo e independiente, al estilo de las llamadas por Freud “reminiscencias”.

13 Por cierto que en ese plano del vínculo autoconservativo hay que situar la famosa “teoría de las relaciones de objeto”, es decir en el plano de la intersubjetividad, que no hay que confundir con el plano de la tópica intrapsíquica. Y, en ese sentido, no hay que confundir la presencia del objeto, que no conlleva la correspondencia de un sujeto (que aún está por constituirse como tal en el sentido psíquico) con la relación de objeto propiamente dicha, la cual comporta siempre la separación-distinción entre sujeto y objeto.

14 En esta misma línea parece moverse H.P.Blum (por más que su planteamiento esté impregnado enteramente por un punto de vista evolutivo y genetista) cuando afirma que «No tiene sentido recurrir al concepto de identificación cuando aún no existe vínculo emocional alguno a un objeto diferenciado susceptible de identificarse… Antes de que se lleve a cabo la diferenciación entre el sí mismo y el objeto se advierten interiorizaciones que preceden a la identificación» (“En torno a la identificación y sus vicisitudes”, Libro anual de Psicoanálisis, 1986, p.95).

15 De hecho, ya el sacar a colación el mecanismo de la contrainvestidura es remitir a la represión originaria, puesto que ese mecanismo –según lo planteado por el propio Freud en sus escritos metapsicológicos-  es el único modo de establecimiento o el modo de operar de la represión originaria, que sin duda ha fallado en el caso de la melancolía, de ahí que se requiera lo que Freud denomina aquí: “una contrainvestidura grande en extremo”.

16 “L’objet de la perte dans la pensèe de Freud”, Rev.franç.Psychanal., 1989, t.LIII, 1.