El sepultamiento del complejo de Edipo

ver seminario en formato pdf

La primera frase de este texto freudiano de 1924 (O.C., Amorrortu, v.XIX, p.181-187) coloca el planteamiento de los elementos a debatir de un modo tal que se pasa un tanto por alto lo que tenía que quedar bien establecido de entrada, esto es, ¿qué hay que entender por la expresión “el complejo de Edipo”?, ya que  -tal y como nos enseña la labor psicoanalítica- nada del/en el orden psíquico hay que dar por supuesto, pues en esos supuestos aparecen siempre sorpresas inesperadas y de importancia relevante.

Freud lo que aquí en la primera frase afirma de manera sucinta es que el complejo de Edipo es el «fenómeno central del período sexual de la primera infancia», si bien sólo en algunas páginas más adelante aclarará qué está entendiendo por “período sexual de la primera infancia”, que es cuando lo especifica con los siguientes términos: «No debemos ser tan miopes… y pasar por alto que la vida sexual del niño en esa época en modo alguno se agota en la masturbación. Se la puede pesquisar en la actitud edípica hacia sus progenitores; la masturbación es sólo la descarga genital de la excitación sexual perteneciente al complejo, y a esta referencia debería su significatividad para todas las épocas posteriores. El complejo de Edipo ofrecía al niño dos posibilidades de satisfacción, una activa y una pasiva. Pudo situarse de manera masculina en el lugar del padre y, como él, mantener comercio con la madre, a raíz de lo cual el padre fue sentido pronto como un obstáculo; o quiso sustituir a la madre y hacerse amar por el padre, con lo cual la madre quedó sobrando» (p.183-184).

Unos términos que llevan a J. Laplanche a comentar1 que, de ese modo, Freud «pone en guardia contra el error que consistiría en creer que lo que está en cuestión con la castración es la sexualidad en general, cuando se trata de la sexualidad capturada en la situación y en los fantasmas edípicos», es decir -precisará el propio J.Laplanche poco después-: «la ley de la castración y la amenaza de la castración2 vienen a aplicarse sobre el contenido del complejo de Edipo del cual les recuerdo, de la manera más sumaria (como Freud lo hace constantemente en sus textos), que, en el varón, es el conjunto de deseos o “mociones pulsionales” capturadas en el triángulo familiar, y que se reparte en dos constelaciones: la constelación directa –amor por la madre, rivalidad con el padre- pero también la constelación invertida, homosexual»3.

Ahora bien, si el período sexual de la primera infancia tiene como contenido esa sexualidad ordenada en/por el deseo y el amor de objeto, sea éste el padre o la madre, ¿en qué se queda, qué hacemos, para qué nos sirve la llamada sexualidad ampliada, es decir, la sexualidad infantil en cuanto fantasmática, autoerótica, no dirigida hacia un objeto exterior, sino al placer de órgano y no dirigida a la búsqueda de la descarga, sino a la búsqueda de la tensión o de la excitación, sexualidad que sin duda alguna constituye el gran descubrimiento freudiano y es auténticamente aquello de lo que se ocupa la clínica psicoanalítica, convocada –como sabemos por experiencia en el desempeño de la práctica analítica- para afrontar y elaborar en cada sujeto la sexualidad infantil, o sea, la sexualidad pulsional desligada, que no se deja integrar, por más que se pueda reprimir y sublimar?.

Pues bien, precisamente esa confusión, esa no delimitación entre sexualidad ordenada y sexualidad ampliada es lo que está en la base o es lo que ha dado origen al gran debate que este texto ha suscitado en el discurrir psicoanalítico sobre si el complejo de Edipo se va a reprimir o bien se va a sepultar.

Según J.Laplanche4, el problema planteado por Freud en este artículo consiste justamente en saber cuál es la suerte del complejo de Edipo en el varón, cómo finaliza. Y a continuación precisa que Freud emplea el término Untergang, término al que, dada su importancia conceptual, está dedicada la primera nota al pie de página de este texto freudiano escrito en la primeros meses de 1924. Una nota que es la más extensa de las doce notas que va a recibir este trabajo y en  la que aparece –según E.Jones- una discusión con Freud por parte de S.Ferenczi, al considerar éste que ese término es “demasiado fuerte” y a lo cual no sólo Freud respondió defendiendo un tanto ambiguamente ese término, sino que J.Strachey va a comentar que Freud ya había utilizado esa expresión en dos pasajes de El yo y el ello, sirviéndose en el primero de ellos de un vocablo, que es aún más fuerte, porque la palabra empleada ahí es Zertrümmerung, que significa literalmente “demolición”.

Para J.Laplanche el término Untergang (que al pie de la letra significa “debajo de la marcha”, por “unter”=debajo y “gang”=marcha, procedente del verbo “gehen”, que significa: marchar, ir, atravesar) es más fuerte que represión y con ello se pretende señalar por parte de Freud que aquí (es decir, con respecto al complejo de Edipo) se trata efectivamente de una desaparición y no sólo de una represión, al menos en los casos más favorables5.

Pero –a mi juicio- poner el acento (tal y como hemos visto hacer tanto en la mencionada nota a pie de página del texto freudiano, como en el comentario de J.Laplanche) en si un término es más fuerte que el otro y el más fuerte es el que corresponde emplear aquí, a la hora de hablar de cómo finaliza en el varón el complejo de Edipo, es caer en la trampa de establecer ahí una disyuntiva o de contraponer un término al otro, cuando cada término puede estar remitiendo a operaciones psíquicas distintas, dado que con la expresión “complejo de Edipo” en la obra de Freud se abarcan distintos tiempos de la primera infancia, si bien la no discriminación entre unos tiempos y otros llevó a Freud, en los años de elaboración de su segunda tópica, a hacer del Edipo algo inherente al llamado “ejercicio pulsional directo” o, mejor dicho, el núcleo privilegiado de lo inconsciente, confundiendo así lo originario con lo secundario o, más precisamente, lo pulsional desligado (véase: la sexualidad fragmentada, perversa y no finalizada) con lo pulsional ligado (véase: la sexualidad más organizada por los objetos de deseo y de amor).

Una idea que, por cierto, ya estaba siendo sugerida bien preclaramente por S.Bleichmar en su obra de 1993 La fundación de lo inconciente (Amorrortu, Buenos Aires, p.208-209) cuando señalaba que, al recolocar J.Laplanche con su teoría de la seducción generalizada u originaria el eje principal del psiquismo (o del ordenamiento psíquico) en la constitución del inconsciente (como consecuencia de no plantear el inconsciente como presente de entrada o “existente desde los orígenes”), la estructura del Edipo deja de ser un ordenador primario en el sujeto psíquico, quien está llamado ante todo a constituirse como “sujeto de inconsciente”6.

Es más, para el propio J.Laplanche –según su última precisión al respecto realizada en un trabajo de 2006, titulado “Trois acceptions du mot «inconscient» dans le cadre de la Théorie de la Séduction Généralisée7– la relación edípica (en contra de la opinión generalmente admitida, incluida la de Freud, quien hace de esa relación el núcleo mismo del inconsciente) debe ser situada no del lado de lo reprimido sino del lado de lo represor, no del lado de lo sexual primario sino de lo que lo viene a poner en orden y, en definitiva, a desexualizar en nombre de las leyes de la alianza y de la procreación. El mito de Edipo y la tragedia de Sófocles no nos hablan para nada del goce pulsional o de la búsqueda ciega de la excitación ( en el sentido originario de lo sexual en los Tres ensayos ).De hecho o en realidad, los grandes esquemas narrativos ( como son –según J.Laplanche- el “complejo de Edipo”, el “asesinato del padre” y el “complejo de castración”), que son trasmitidos y modificados por la cultura, aparecen para ayudar al pequeño sujeto humano a tratar, véase ligar y simbolizar o también traducir, los mensajes enigmáticos traumatizantes que proceden del otro adulto, una ligazón totalmente indispensable para el devenir psíquico del ser humano.

Así, pues, conviene tener muy en cuenta -a la hora de hacer el recorrido de este texto sobre “el sepultamiento del complejo de Edipo”- que Freud está confundiendo y no discrimina entre los distintos tiempos de la constitución psíquica, lo cual comporta el no distinguir entre lo que se opera o se establece desde/por la represión originaria (desde la cual o en cuyo momento se produce un sepultamiento, véase: el sepultamiento del autoerotismo, que remite –como afirma S.Bleichmar8– a «los fragmentos originarios de los vínculos primarios con los objetos, que son representaciones de los objetos primordiales que nunca fueron representación-palabra, que quedan en el inconsciente sepultadas por la represión originaria… y no pueden ser recuperadas por el preconsciente en sí mismas») y lo que opera desde o a partir del la represión secundaria.

Y es que Freud, tanto en este texto como a lo largo de toda su segunda tópica en general, se olvida –en el laborioso proceso de ir fundamentando su teorización- de su concepto metapsicológico de “represión originaria”, concepto que ha sido para Freud más bien una hipótesis “ad hoc” (esto es, nos dice para qué sirve, pero no dice cuáles son sus condiciones de constitución o el por qué se produce, con lo cual no están abiertas o reconocidas las posibilidades de que eso pueda no producirse), puesto que lo emplea especialmente y casi únicamente para dar cuenta de la represión secundaria (algo que por cierto volvió a hacer más tarde con la noción de narcisismo originario respecto del narcisismo secundario). El concepto de represión originaria para Freud, por tanto, es una mera hipótesis y no un concepto necesario para dar cuenta de la constitución del aparato psíquico.

Efectivamente se trata de una hipótesis requerida para mostrar que tiene que haber un lugar al que se expulse lo reprimido por/desde lo preconsciente, así como debe haber algo que atraiga desde lo inconsciente a las representaciones preconscientes. Lo cual se basa, en última instancia, en que Freud no se ve obligado a dar cuenta de cómo se constituye el aparato psíquico y cómo se establece lo inconsciente, porque da por supuesto que el sujeto humano dispone de entrada de un inconsciente, véase -más precisamente- de un “ello” predeterminado, que no necesita del proceso de la represión para constituirse como sujeto psíquico.

Esa idea capital, ese concepto fundamental de su teorización se quedó, entonces, sin ser explicitado, porque estaba siempre mantenida la constitución del inconsciente 1) de modo endógeno y no exógeno; así como 2) de modo natural o espontáneo y no por represión. De hecho, Freud sólo habla de la represión originaria en muy pocos escritos suyos, en concreto en La represión, en El inconciente y en Inhibición, síntoma y angustia, a los que hay que añadir una referencia muy somera en el apartado III de Análisis terminable e interminable.

Por otro lado, el propio discurrir del texto freudiano se ve obligado a reconocer –lo que se articula directamente con lo que acabo de exponer sobre la confusión en la que Freud está anclado- que «todavía no se ha aclarado a raíz de qué [el complejo de Edipo] se va a pique {al fundamento}» (p.181), si bien al instante va a circunscribir esa falta de esclarecimiento o ese posible cuestionamiento a lo que J.Laplanche denomina9 dos hipótesis abstractas o a priori, porque no toman en cuenta a la clínica.

La primera hipótesis respecto de esa desaparición o de ese “irse a pique” del complejo de Edipo es la de “la imposibilidad interna por razones de “fracaso” o por “la falta de satisfacción esperada”, pues «La niñita, que quiere considerarse la amada predilecta del padre, forzosamente tendrá que vivenciar alguna seria reprimenda de parte de él, y se verá arrojada de los cielos. El varoncito, que considera a la madre como su propiedad, hace la experiencia de que ella le quita amor y cuidados para entregárselos a un recién nacido»10 (p.181 al centro del primer párrafo).

La primera hipótesis es entonces –siguiendo las expresiones de J.Laplanche11-, que el Edipo desaparecerá simplemente por el hecho de que las aspiraciones edípicas son por naturaleza o por esencia incapaces de culminar en una realización. Pero seguidamente Laplanche va a señalar esto: «Destaco al mismo tiempo que Freud, en otros textos y muy frecuentemente, indica que la no-satisfacción nunca ha sido capaz de producir la desaparición ni tampoco la represión de una pulsión; que lo propio de una pulsión es su no realismo; que una pulsión puede repetirse indefinidamente y que su desaparición, como por extinción, es poco creíble»12.

La segunda hipótesis, más claramente apriorística o abstracta, es la de que el complejo de Edipo desaparecería por evolución endógena como un fenómeno que está programado internamente y su desaparición también lo estaría:   «Otra concepción dirá que el complejo de Edipo tiene que caer porque ha llegado el tiempo de su disolución, así como los dientes de leche se caen cuando salen los definitivos. Es verdad que el complejo de Edipo… es también un fenómeno determinado por la herencia, dispuesto por ella, que tiene que desvanecerse de acuerdo con el programa» (p.181-182).

Y a continuación Freud va a señalar lo siguiente: «Entonces, es bastante indiferente conocer las ocasiones a raíz de las cuales ello acontece, y aunque se las pueda averiguar» (p.182 al final del primer párrafo). Y es que cuando se recurre a lo predeterminado o lo preformado queda totalmente abortada cualquier indagación de la singularidad psíquica. De ahí que el propio Freud se vea obligado a llevarse la contraria en el párrafo que sigue inmediatamente:     «Empero sigue siendo interesante averiguar cómo se cumple el programa congénito y cómo ciertos daños accidentales sacan partido de la disposición» (p.182 al final del segundo párrafo).

Ahora bien, parece legítimo preguntarse y tratar de indagar en las razones que le llevan a Freud a contradecirse o, si se prefiere mejor, parece legítimo indagar en una cuestión que es capital. Con mayor precisión aún: ¿a qué puede ser debido que Freud tenga que recurrir, para dar cuenta de la desaparición del complejo de Edipo tal y como éste se manifiesta en la infancia con anterioridad al periodo de latencia, a una “imposibilidad interna” del propio complejo, que a su vez es achacada a algo tan pragmatista, como son “las dolorosas desilusiones acontecidas” (p.181, primer párrafo), sin articularlo para nada con el imperativo categórico del mandato superyoico?

A este respecto, y a mi juicio, se puede señalar que el “irse a pique” o “irse al fundamento” de lo que Freud denomina complejo de Edipo significa realmente quedar fijado o sepultado en el inconsciente. Y, para eso, es necesario que esté operando la represión originaria, gracias a la cual la represión secundaria podrá dar un estatuto de inconsciente a las representaciones edípicas. Mientras que, si no está operando la represión originaria o no está bien establecida13, lo inscripto, al no quedar fijado al inconsciente, obligará a una fijación del sujeto, quedando entonces éste fijado-sometido al traumatismo, que conlleva que su yo no se pueda adueñar de esas representaciones y que tampoco el inconsciente las pueda sepultar, de tal modo que será el sujeto con su maquinaria psíquica el que quede capturado por los indicios de esas inscripciones, viéndose constantemente atraído por los elementos que las reinvisten, dado que no están fijadas en el inconsciente y eso comporta siempre una caída del yo, que se ve atrapado poderosa o bien totalmente por ese elemento.

Así, pues, Freud tiene que recurrir a esa imposibilidad interna por no-satisfacción o por predeterminación filogenética, porque no contempla que el sepultamiento de lo llamado por él “complejo de Edipo” es efecto (y, por tanto, sólo es posible gracias a esa condición) de la represión que da origen al inconsciente y que por excelencia proviene de los aspectos narcisistas ligadores y represivos del otro adulto. Aspectos ligadores y represivos del otro que procura los cuidados de la crianza del sujeto infantil y que, a su vez, han comportado una estructuración progresiva del juego pulsional o del llamado “ejercicio pulsional directo”, algo que el propio complejo de Edipo lleva a cabo, pues el Edipo no es a ser colocado enteramente del lado del juego pulsional (que, en cuanto tal ejercicio, sucumbe en la normalidad a la represión general), sino que también debe ser situado del lado de lo que reprime, del lado de lo represor, tal y como aparece más claramente cuando se articula al Edipo con la castración en el sentido de que Edipo es consubstancial a la castración, en concordancia con lo definido y situado por Freud en este texto a lo largo de varios párrafos a partir del tercero de la página 182. Unos párrafos que le hicieron afirmar a J.Laplanche que «Es en el texto “La desaparición del complejo de Edipo” donde hayamos mejor anunciada esta relación con la castración»14. Veamos ahora de cerca y con todo detalle esta cuestión.

Tras las dos hipótesis abstractas sobre la desaparición del complejo de Edipo, Freud nos conduce –señala también el mismo J.Laplanche15– a lo concreto de la historia del ser humano, o sea, a aquello que, efectivamente, produce la desaparición del complejo de Edipo: «el desarrollo sexual del niño progresa hasta una fase en que los genitales ya han tomado sobre sí el papel rector… esta fase fálica, contemporánea a la del complejo de Edipo, no prosigue su desarrollo hasta la organización genital definitiva, sino que se hunde y es relevada por el período de latencia… Cuando el niño (varón) ha volcado su interés a los genitales, lo deja traslucir por su vasta ocupación manual en ellos, y después tiene que hacer la experiencia en que los adultos no están de acuerdo con ese obrar. Más o menos clara, más o menos brutal, sobreviene la amenaza de que se le arrebatará esta parte tan estimada por él» (p.182, tercero y cuarto párrafo).

Por consiguiente, para Freud es por el impacto de la amenaza de castración por lo que, en el niño varón, va a desaparecer el complejo de Edipo. De hecho lo va a afirmar con toda rotundidad en el párrafo siguiente: «la tesis es que la organización genital fálica del niño se va al fundamento a raíz de esta amenaza de castración» (p.183), así como en el segundo párrafo de la página 185: «el complejo de Edipo se va al fundamento a raíz de la amenaza de castración». Luego el niño varón renuncia a los deseos edípicos no por amor de objeto, sino por miedo o por amenaza. Como ha precisado J.Laplanche, la amenaza de castración recae sobre toda posibilidad de realización en el marco edípico, esto es, sobre sus dos modalidades, que son la directa y la invertida: «En ambos casos, la castración representa una amenaza vital. En el caso de la posición masculina (el Edipo directo), la castración es la consecuencia de esta posición masculina: si el niño pretende colocarse como rival del padre se expone a la castración. En el caso de la posición femenina, la castración llega más como presupuesto de la posición femenina que como consecuencia: para poder asumir la posición femenina, haría falta que el niño aceptara primero la precondición de haber sido castrado»16.

Ciertamente así parece entenderlo Freud quien lo señala y matiza de la siguiente manera: «El complejo de Edipo ofrecía al niño dos posibilidades de satisfacción, una activa y una pasiva. Pudo situarse de manera masculina17 en el lugar del padre y, como él mantener comercio con la madre, a raíz de lo cual el padre fue sentido pronto como un obstáculo; o quiso sustituir a la madre y hacerse amar por el padre, con lo cual la madre quedó sobrando… Ahora bien, la aceptación de la posibilidad de la castración, la intelección de que la mujer es castrada, puso fin a las dos posibilidades de satisfacción derivadas del complejo de Edipo. En efecto, ambas conllevaban la pérdida del pene; una, la masculina, en calidad de castigo, y la otra, la femenina, como premisa» (p.184, primer párrafo).

Ahora bien, ¿qué clase de renuncia es esa, que se produce por amenaza o por miedo, pero no por amor?, ¿se puede sostener estricta y realmente una renuncia de ese tipo?, o dicho más concretamente: ¿qué categoría de culpa puede sentirse a partir del miedo o de una amenaza?, ¿qué categoría de superyó se va a poder establecer así?  Como ha precisado S.Bleichmar, con esa profundidad teórico-clínica que caracteriza siempre su pensamiento, el complejo de castración no permite entender estrictamente la teoría de la culpa, en la medida en que ésta remite por excelencia a la presencia de un tercero (en el sentido de reconocerse culpable por haber hecho daño al otro en cuanto objeto de amor), es decir, remite al reconocimiento de la alteridad. En su obra Las paradojas de la sexualidad masculina lo señalaba del modo siguiente:  «el hacer girar toda la estructuración psíquica alrededor del eje de la asunción de la castración, concebida en el marco de la diferencia anatómica de los sexos, ha empobrecido el concepto de alteridad en razón de que todo el reconocimiento de la diferencia quedó abrochado a esta última. Las consecuencias son severas tanto para la clínica como para el reconocimiento del psicoanálisis en el campo más general de la producción de ideas del siglo XXI, ya que la estigmatización de la homosexualidad es el derivado directo de una teorización que considera que lo diferente es diferencia de sexos y no modos más generales de determinación de la elección amorosa [Silvia se refiere a que nadie elige de entrada ser ni heterosexual ni homosexual, ahí no hay elección, sino determinación, y lo que en todo caso tiene que decidir un sujeto es qué hace con su deseo, que no es intencional sino desubjetivado y que es la problemática con la que nos enfrentamos en el quehacer clínico]. Al reducir toda diferencia a la “Diferencia” (de sexos) y, luego, en un mismo movimiento, considerar a esta anulación de la “Diferencia” como efecto del desconocimiento de la castración, la homosexualidad queda del lado de la perversión y el narcisismo queda concebido como anobjetal, es decir, definido por la imposibilidad de diferenciar al objeto de amor como otro»18.

Pero es que, además y según S.Bleichmar, el complejo de castración tampoco explica la constitución del superyó, al quedar éste reducido solamente a la vertiente punitiva de la conciencia moral, que no contempla sino lo que no se debe hacer, y, por tanto, no está abierta a lo que el sujeto debe llegar a ser19, que es la otra vertiente del superyó, la del ideal del yo, que no se caracteriza por el hacer, sino por el ser, por el llegar a ser aquello que uno todavía no es, lo cual remite siempre a lo que no se es y no se tiene y, por tanto, al reconocimiento de la incompletud o de la falta ontológica, que no es equivalente a la falta del pene, sino a que el sujeto puede percibir su propia incompletud o reconocer que algo del otro él no posee.

Para S.Bleichmar «El emplazamiento de la castración no como vicisitud del desarrollo [que es como Freud la concibe: «el desarrollo sexual del niño progresa hasta una fase… Esta fase fálica… no prosigue su desarrollo…» p.182, tercer párrafo], sino como articulador que alude al reconocimiento de la incompletud ontológica tiene el mérito de des-sustancializar el deseo y, en particular, de arrancar los tiempos de la constitución psíquica de una genealogía de objetos adheridos a etapas o estadios genéticamente preformados. El “impasse” mayor que se arrastra es la regenitalización en psicoanálisis de todo lo que tan trabajosamente ha sido descripto como del orden de la pulsión parcial, al hacer pivotear toda la teoría y la práctica sobre el elemento “falo”, alrededor del cual se articulan todos los objetos de deseo. Si adecuadamente Lacan hizo entrar en crisis el concepto de pre-edípico, puesto que el Edipo no queda reducido al complejo, sino que es resituado como espacio de constitución psíquica; sin embargo la anulación de la diferencia entre las condiciones edípicas de determinación de la subjetividad y los movimientos por los cuales metabólicamente la cría humana se constituye en su interior ha dejado todo este proceso subordinado a la genitalidad –cómodamente subsumida bajo la premisa universal del falo-, arrasando con ello todo el concepto freudiano de sexualidad ampliada, que es de hecho pregenital en el niño aún cuando esté atravesada por la genitalidad del adulto»20.

Y es que la castración –conviene no olvidarlo- es una teoría sexual infantil a través de la cual el sujeto arma una defensa (de ahí que J.Laplanche categorice a la castración y a la lógica fálica, en cuyo sistema aquella se sostiene como «un código particularmente colonizador»21) para hacer frente a la incompletud ontológica, que remite a reconocer que hay algo en el propio cuerpo que no se estructura en completud, lo que pone en juego la posibilidad de reconocerse como no pleno, la posibilidad de que se necesita al otro o de reconocer que el otro tiene algo que uno mismo no tiene22. Todo lo cual abre o permite el reconocimiento de la alteridad, que es la base de todo intercambio posible, del auténtico intercambio con el otro, de la oblación, del agradecimiento, etc., pudiendo establecerse así una verdadera intersubjetividad o el pacto intersubjetivo.

Ahora bien, en la medida en que la castración –pensada como falta ontológica y no como falta del pene- remite al reconocimiento de rehusarse aspectos o elementos de uno mismo y, por tanto, al reconocimiento de la alteridad, en esa medida la función de la castración (función estructurante que comporta el despojar a la castración de sus aspectos moralistas o ideológicos, para hacerla circular metapsicológicamente) ya no entra realmente o no se establece en términos de diferencia anatómicaque está al servicio de poner en el otro esa carencia o de aceptarla para uno mismo (al estilo de la formulación freudiana:    «la niñita acepta la castración como un hecho consumado», p.186 al final del primer párrafo), pero idealizando a quien supuestamente no la tiene y así se mantiene la expectativa de una posible ausencia de castración-, puesto que dentro de la diferencia anatómica de los sexos, como es en la situación de la heterosexualidad, puede no haber un reconocimiento de la alteridad.

Freud, sin embargo, en la medida en que pone su acento en la amenaza (véase p.182, 183 y 185) o en el miedo («el varoncito tiene miedo a la posibilidad de su consumación», p.186), va a entender la castración esencialmente como falta de pene y como diferencia anatómica, haciendo de ésta la clave de todo el proceso, un proceso que, por otro lado y acertadamente en ese aspecto, va a ser pensado como estableciéndose por “après-coup”. En efecto, para Freud: «La observación que por fin quiebra la incredulidad del niño es la de los genitales femeninos… Pero con ello se ha vuelto representable la pérdida del propio pene, y la amenaza de castración obtiene su efecto con posterioridad {nachträglich}» (p.183, tercer párrafo).

Ahora bien, por más que pueda parecer muy acertado el plantear el proceso estableciéndose en “après-coup”, a continuación hay que plantearse el qué hay que entender por ese modo de establecimiento, cómo es entendido generalmente en el discurrir psicoanalítico y cómo lo entiende Freud, quien hace vascular toda la llamada segunda tópica y toda su segunda teoría psicopatológica alrededor del eje de la castración, perdiendo de vista que la castración sólo puede definirse en relación al yo, ya que para el inconsciente no hay parcial-total, no hay presencia-ausencia. Con lo cual hay derecho a interrogarse sobre si la teoría de la castración debe convertirse en el eje teórico y clínico de nuestra práctica psicoanalítica, cuando –de un lado- es un teoría que está connotada por el momento histórico e ideológico de su aparición o por lo que se significó en cierta época de la historia humana, que a lo mejor no responde a los modos de constitución de la subjetividad en el momento actual, y –de otro lado- resulta que la problemática de la castración, al poner en el centro el modo con el que el sujeto se posiciona narcisísticamente, pierde todo el orden de lo pulsional desligado o de la sexualidad anárquica no reductible a la genitalidad.

Empecemos por la cuestión del propio término “nachträglich” y de la dificultad de su traducción, que no sólo habla de la dificultad de una lengua, como puede ser la española, a la hora de traducir el vocablo alemán, sino también de la dificultad que la propia obra de Freud trasmite al plantear esa acción. Creo que, a ese respecto, puede precisarse que la idea de “efecto con posterioridad”(que es como se ha traducido en Amorrortu la expresión freudiana “nachträglich”) no es equivalente a “resignificación”, que es la traducción que ha hecho principalmente el lacanismo y que no deja de ser una traducción tergiversadora, pues el “nachträglichkeit” o el “a posteriori” no implica realmente significación, pues si la hubiera (esa significación) no habría síntoma. A lo que remite ese término freudiano –tal y como muestra el traumatismo constituido en lo psíquico siempre por dos momentos, uno anterior y otro posterior en el tiempo- es al ensamblaje entre elementos o momentos de vivencia, que no logran articular una significación clara, sino que se organizan bajo un modo faltante o deficitario.

Y es que, si se pudiera resignificar, no se produciría traumatismo. El traumatismo comporta siempre un ensamblaje entre elementos que no logran articular una significación, sino que se organizan bajo un modo fallido o faltante. Ese es el gran problema que conlleva lo traumático, ya que ahí lo posterior no resignifica lo anterior, sino que meramente lo ensambla o une y se produce algo nuevo. Pero tampoco se puede hablar de reactivación, porque eso conlleva que hay algo que está ya y se reactiva, cuando en realidad lo que pasa es que se produce entonces el síntoma y no es simplemente que sólo se desencadena. Es decir, lo que sucede es que en un segundo tiempo el primer tiempo es removido o activado por medio de un ensamblaje de acontecimientos y se constituye el síntoma (véase, por ejemplo, la fobia de Emma23, quien huye despavorida ante la risa de los dependientes de la tienda). No es, por tanto, que se signifique para Emma, cuando los dependientes se rieron, que el pastelero gozaba pellizcándola a través de sus vestidos, eso sólo se resignifica cuando Freud lo liga o conecta con el suceso del pastelero. La resignificación, pues, es la forma con la que se articula en la clínica dando una significación a lo traumático, que se mueve siempre en el marco de una simbolización faltante. Por lo demás y por último a este respecto, hay que tener en cuenta que la resignificación opera sobre cadenas significantes, nunca está operando en lo que son cadenas traumáticas, que imponen directamente sus efectos y son causales al modo de la actuación o del modo de operar del inconsciente.

En segundo lugar tenemos la articulación que hace Freud entre las experiencias de “el retiro del pecho materno”, “la separación del contenido de los intestinos” y “la observación de los genitales femeninos”, estableciendo entre ellas una continuidad significativa, como si se tratase de elementos semejantes cuando de hecho no lo son, y que, además, atribuye enteramente al sujeto infantil, al no hacer intervenir para nada en ese momento ni al emisor de la amenaza, ni al inconsciente o a los fantasmas inconscientes del emisor.

Efectivamente Freud –por un lado- establece una continuidad, tanto en el orden del tiempo (dando a entender así –tal y como ha señalado J.Laplanche24– «una concepción finalmente mecanicista del desarrollo temporal, cuyo síntoma es la traducción inglesa del Nachträglichkeit por acción diferida»), como en el orden de la significación, cuando se trata de unos momentos significativamente muy distintos en el proceso de la constitución de lo psíquico, ya que en las dos primeras experiencias lo que está en juego de manera predominante es el aniquilamiento del sujeto psíquico, dentro de la dialéctica vida-muerte, pues perder el amor de la madre equivale a ser expulsado de un universo de protección que comporta el des-auxilio total (véase el famoso Hilflosigkeit freudiano, traducido generalmente por “desvalimiento”), mientras que en la tercera experiencia, la de “la observación de los genitales femeninos”, lo que está en juego es el deterioro narcisista acompañado de una defensa, pues al descubrir la diferencia anatómica el niño varón lo va a teorizar (véase aquí la llamada por J.Laplanche “la teoría sexual de Hans y de Freud”) como castración femenina, lo que precipita una caída narcisista del objeto materno, caída que arrastra consigo la angustia de castración del propio niño y que inaugura el movimiento que lo lleva de la identificación a la elección amorosa de objeto.

No se debe, pues, establecer una continuidad significativa entre experiencias tan distintas. Es más, esa diferencia cualitativa existe ya entre las dos primeras, puesto que el retiro del pecho obedece exclusivamente a una decisión del otro mientras que el control de esfínteres implica una renuncia del sujeto mismo, por más que sea siempre una respuesta a una demanda del adulto. Y, en ese sentido, se puede decir –como afirma S.Bleichmar25– que «las renuncias pulsionales básicas, las que precipitan el sepultamiento del autoerotismo, son establecidas por el adulto que tiene a su cargo los cuidados precoces del niño, que ha sido tradicionalmente la mujer… Y estas prohibiciones fundamentales, fundantes de toda inserción en la cultura… se sostienen en el hecho de que el adulto a cargo de la crianza ha constituido la relación con el niño de modo mediado: su amor pasional por el niño, su devoción narcisística,  es atemperada por su propia prohibición interior, instaurada bajo la forma del superyo».

Pero es que –por otro lado- Freud en su descripción coloca en el sujeto infantil toda una capacidad de establecer una significación plena: «con ello se ha vuelto representable la pérdida del propio pene…» (p. 183 casi al final), no contemplando para nada que se trata de una “traducción”, en parte fallida o imperfecta, que el sujeto hace en función de lo que el adulto le ha trasmitido o de lo que J.Laplanche llama en función de «un a traducir originario, que no puede concebirse más que en el marco de una apertura de entrada del ser humano hacia el enigma del otro»26. La operación del sujeto infantil, por tanto, no puede ser desgajada del mensaje del otro adulto y, en ese sentido, no sólo no se produce una significación plena, sino que además la significación en cada caso va a estar en relación con el modo en que el otro ha trasmitido su mensaje, un mensaje de amenaza en este caso. Lo cual remite a la trasmisión de la ley, trasmisión que nunca es neutral, porque el legislador mismo está impregnado de fantasmas en el momento de la trasmisión de la ley o de la instauración de la norma.

No es de extrañar, entonces, que J.Laplanche se atreva a subrayar27 que el “après-coup” es un fenómeno que se produce en lo interpersonal y no en lo intrapersonal. Ahí, a su juicio, es donde está su especificidad y su posibilidad de invertir y de dar la vuelta a la flecha del tiempo, puesto que el “après-coup” no interviene de modo principal dentro del propio individuo en relación con la sucesión de las etapas de su vida, sino que opera en un inicio en la simultaneidad de un adulto y de un sujeto infantil, de tal modo que el mensaje enigmático del adulto (habitado por su propio inconsciente) constituye el “avant-coup” de este proceso, que instituye en el receptor un desequilibrio que le empuja necesariamente a traducir, en un segundo tiempo (que es el del “après-coup”) y de manera siempre imperfecta.

Por lo demás y a continuación de toda esta cuestión referida al “après-coup”, sobre la que nos habíamos detenido tratando de explicitar alguno de sus aspectos, Freud va a contraponer “el interés narcisista” al interés o investidura de los objetos, investidura a la que califica tanto de “amorosa” como de “libidinosa” (p.184 casi al final del primer párrafo), cuando esos adjetivos dan cuenta de dos modos contrapuestos (aunque coexistan normalmente) del funcionamiento de lo pulsional (ligado en el caso de lo “amoroso” y desligado en el caso de lo “libidinoso”).

En la teorización clásica y más extendida del pensamiento psicoanalítico se suelen contraponer lo narcisista y lo objetal, pero resulta que el narcisismo es la base que posibilita el amor objetal, pues sin narcisismo no hay posibilidad de amor o de trasvase (véase: investimiento) amoroso. Es cierto que determinado narcisismo (el del yo ideal, procedente de la adoración o idealización incondicional por parte de los padres28, ese que remite a la famosa expresión freudiana: «Su Majestad el bebé») puede ser un enorme obstáculo para el amor, pero sin él no hay trasvase amoroso, ya que es precisamente el amor por/hacia sí mismo, en tanto incorporación del amor del otro, lo que facilita la reciprocidad amorosa. Con lo cual ese tipo de narcisismo está atravesado por una paradoja, pues es imprescindible para la constitución de la relación amorosa con el otro y, al mismo tiempo, puede ser el grave obstáculo en la relación amorosa con el otro. Una paradoja que tiene que ver con que el narcisismo puede entrar en mera complementariedad y continuación o articulación con el autoerotismo29, que es siempre goce y no amor a sí mismo. Es decir, el autoerotismo es del orden de la pulsión desligada, del deseo acéfalo, ya que en realidad no se caracteriza específicamente por la relación con el cuerpo propio o con uno mismo, sino por la relación con un cuerpo desubjetivado, que es como una boca que chupa un dedo y no un sujeto chupando su dedo.

Pues bien, para Freud (p.184, segundo párrafo), en ese conflicto (entre el interés narcisista y el interés libidinoso) triunfa “el interés narcisista” sobre “las investiduras de objeto”, las cuales “son resignadas” gracias o por medio de la introyección de “la autoridad30 del padre”, de quien se toma “prestada su severidad”, configurándose así “el superyó” instancia que “perpetúa31 la prohibición del incesto” y “asegura al yo contra el retorno de la investidura libidinosa de objeto”. Pero es importante precisar a este respecto (tanto más cuanto que no aparece explicitado en la obra de Freud) que para que el objeto sea resignado o renunciado tiene que haber sido amado, pues es imposible que algo se inscriba psíquicamente sólo por temor o amenaza y, en ese sentido, no hay inscripción del superyó sin amor de objeto.

Dicho con otras palabras, recogidas de la obra de S.Bleichmar Las paradojas de la sexualidad masculina, «es imposible la producción de una identificación a un puro rival, a un puro obstáculo, sin enlace de amor a él. La identificación carente de amor sería imposible, y en esas corrientes tiernas y eróticas hacia el padre se revela la cuestión que liga al niño varón con la homosexualidad» (op.cit., p.31). Una cuestión capital que Freud elude aquí o pasa por alto, al plantear todo este proceso del “extrañamiento” o alejamiento del complejo de Edipo y de la formación del superyó en el varón de un modo un tanto mecanicista, esto es, como si se tratase de un desarrollo lineal que cae por su propio peso, cuando -como bien puntualiza S.Bleichmar en su texto recién citado- hay que interrogarse sobre «¿qué tipo de identificación debería realizar el varón antes del sepultamiento del Edipo, cuya culminación inaugura la posibilidad de identificarse al padre a través de la incorporación de las instancias que constituyen el superyó, para poder ejercer su potencia genital con el objeto de elección?» (op.cit., p.25), pues para la constitución de la masculinidad genital y de la potencia fálica en general no basta con tener a disposición «el atributo real, biológico, existente en su cuerpo…, sino que es necesario… que el pene se invista de potencia genital, la cual se recibe de otro hombre» (op.cit., p.29).

Y es que para pensar o dar cuenta de la constitución de la sexualidad masculina (constitución a plantear -siguiendo el desarrollo de la profunda investigación realizada al respecto por S.Bleichmar con su obra anteriormente indicada- como altamente conflictiva en contra del supuesto carácter activo de la masculinidad como originaria a partir de la presencia real del pene, supuesto o prejuicio, que sin duda ha estado obturando las preguntas a la teorización freudiana y a la teorización psicoanalítica en general) es muy importante «retomar seriamente la diferencia entre el objeto valorizado de la diferencia anatómica –que conlleva el investimiento fálico del pene- y su función genital como órgano de potencia que remite al ejercicio de esta masculinidad más allá del carácter biológico de su existencia anatómica, como objeto a ser ofrecido y no sólo a ser exhibido» (op.cit., p.26).

Por otro lado, también aquí entra en juego una interrogación importante, que surge de modo especial a partir del planteamiento realizado por M.Klein, en el sentido de pensar el superyó sólo en cuanto conciencia moral y no en cuanto ideal del yo a la vez. La interrogación es la siguiente: ¿cómo quedaría una instancia meramente punitiva que no ofreciera al mismo tiempo algún resarcimiento narcisístico? Un resarcimiento que sin embargo el ideal del yo siempre ofrece respecto de la pérdida del yo ideal, en cuyo marco el sujeto se siente él mismo ideal e idealizado respecto del objeto, dado el investimiento que el adulto hace del sujeto infantil tomado por “Su Majestad el bebé”. Efectivamente, el ideal del yo no se define por los modos con los cuales la conciencia moral dice qué es aquello que el sujeto debe ser, sino más bien por un traspaso narcisístico a lo que va a llegar a ser, a lo que va a lograr en cuanto está presente el otro como objeto de amor, al que ofrece el logro. Con lo cual tiene una función de sostenimiento del psiquismo en el amor, en el ser amado por los objetos internos, en la medida en que obtiene y les da algo. Lo que sin duda da sentido a la vida y al seguir viviendo.

Freud, por su parte, hace depender esas dos estructuras de la conciencia moral y del ideal del yo –estructuras que tienen un distinto origen, por más que tengan en común el carácter identificatorio y el de autoobservación respecto del yo- de la resolución del complejo de Edipo, cuando (como ya se ha señalado en la nota 31) la instauración del superyó no es meramente un residuo o un efecto de la renuncia edípica, ya que esa instauración está ya en relación con la renuncia al autoerotismo, que lleva a cabo la represión originaria, la cual ciertamente será sostenida y estabilizada tanto por el narcisismo yoico, como posteriormente por el superyó.

Y es que para Freud la constitución de la tópica psíquica se establece en general de un modo un tanto mecanicista, como corresponde a un planteamiento como es el suyo, que está conducido predominantemente por/desde una perspectiva no metapsicológica, sino evolutivo-madurativa. Una perspectiva que asoma claramente en todo el segundo párrafo de la página 184 abocado o dirigido a la idea con la que se concluye, que es la de que «Con ese proceso se inicia el periodo de latencia que viene a interrumpir el desarrollo sexual del niño». Y afirmo que todo el párrafo está dirigido a esa conclusión –que alude abiertamente a la idea de dos fases de la misma sexualidad y no al descubrimiento de dos sexualidades diferentes-, porque la frase anterior se mueve en la misma línea al afirmar que “las aspiraciones libidinosas… son mudadas en mociones tiernas”, es decir, lo sexual deja de ser sexual y se interrumpe temporalmente. Es más, la frase que antecede a esa penúltima que acabo de citar y que habla de que por introyección de la autoridad del padre “el yo se asegura [de nuevo de modo temporal] contra el retorno de la investidura libidinosa de objeto”, se mueve ciertamente en esa misma perspectiva.

Ante lo cual no es de extrañar esa ambigüedad manifestada por Freud respecto de la denominación o calificación de este proceso: por un lado, lo denomina de algún modo “represión” y digo de algún modo, porque parece que reserva con mayor propiedad ese término para las llamadas «represiones posteriores llevadas a cabo la mayoría de las veces con participación del superyó» (p.185 al inicio); y, por otro lado, considera que “es más que una represión”, o sea, no lo denomina propiamente “represión”, porque la represión está dialectizada con la subsistencia de lo reprimido en el ello, mientras que para él en este caso el Edipo como complejo desaparece por entero cuando predomina lo normal. Ante lo que cabe preguntarse: ¿de qué normalidad está hablando o pensando Freud? De nuevo por ahí reaparece la perspectiva de las dos fases en el sentido de que un desarrollo normal evolutivo-madurativo liquida el Edipo, mientras que, cuando es solamente una represión del complejo, estamos en lo patológico: «Si el yo no ha logrado efectivamente mucho más que una represión del complejo, éste subsistirá inconciente en el ello y más tarde exteriorizará su efecto patógeno» (p.185 al final del primer párrafo).

Hipótesis que parece verse confirmada con la tesis que defiende Freud en el siguiente párrafo “de que el complejo de Edipo se va al fundamento a raíz de la amenaza de castración”, entendida ahí como amenaza real impositiva que obliga “a interrumpir el desarrollo sexual del niño”. Si bien un cierto Freud, cuestionador de tanta perspectiva evolutivo-madurativa y bifásica, se va a parar esos pies tan psicologistas y abrir el horizonte a otra posible perspectiva cuando afirma a continuación: «Pero con ello no queda resuelto el problema; resta espacio para una especulación teórica que puede desechar el resultado obtenido o ponerlo bajo una nueva luz» (p.185, segundo párrafo).

Por lo demás, cuando Freud señala que «el proceso descrito es más que una represión; equivale, cuando se consuma idealmente a una destrucción y cancelación del complejo» (p.185, primer párrafo), cabe también preguntarse si es posible liquidar realmente el Edipo, porque ¿cómo se podría uno enamorar habiendo disuelto o liquidado el Edipo?, ¿cómo podría uno establecer una relación con un objeto de amor, si liquidara todos los objetos primarios con los que quedó enlazado? Se trata, entonces, más bien de una trasposición, de que el objeto primario pueda ser traspuesto a otro objeto o de no quedar adherido a los objetos primarios sin una trasposición; y no de una liquidación, porque ¿qué se puede elegir si no es algo, o sea, un objeto más o menos parecido a los objetos primarios? En toda elección tienen que estar las inscripciones que lo posibilitan.

Y, en ese sentido, se puede señalar que en la teorización freudiana la elección de objeto es planteada como efecto del sepultamiento del complejo de Edipo, cuando eso es cierto sólo relativamente, ya que si no hay trasposición de las representaciones o de los investimientos sobre el objeto es imposible libidinizarlo y desearlo eróticamente. Por lo cual hay que decir que el complejo de Edipo es la fuente motora de todo investimiento erógeno del objeto o, lo que es lo mismo, genera las condiciones libidinales de investimiento de otros objetos, porque ahí se ha conjuntado lo erótico con lo amoroso, que es lo que caracteriza al Edipo como complejo al combinarse la relación amorosa de objeto con el deseo erótico por el objeto.

Por eso, si no ha habido investimiento edípico es muy difícil que esa investidura se traslade a otro objeto, es muy difícil que se pueda investir a otro objeto. Y, en ese sentido, en la clínica hablamos muchas veces de una mala elaboración del Edipo, cuando lo que está en juego en múltiples casos es un fracaso o una falla de la constitución del investimiento libidinal del objeto primario –en cuyo caso el problema no está en liquidar o sepultar el Edipo sino en constituirle, en constituir ese investimiento libidinal del objeto primario no establecido, porque no se recibió esa investidura libidinal por parte del objeto-, constitución necesaria para que se pueda llevar  a cabo la renuncia.

Y, a este propósito de la renuncia, conviene tener presente que en Freud tenemos dos teorías de la llamada renuncia edípica, la una remite a la culpabilidad y al parricidio ligado a ella (y, entonces, en lugar de pecado original tenemos culpa originaria, la que conlleva el imperativo categórico, que se formula con un “esto no se hace”, no porque vaya a pasar algo, sino que “no se hace porque no se hace”); y la otra remite a la teoría de la castración, en la cual el sujeto renuncia al deseo edípico, porque puede ser castrado, esto es, por amenaza o por temor. Por tanto, en esta segunda teoría no está en juego el imperativo categórico, sino el imperativo hipotético, que dice: “si haces esto, te pasará tal cosa”. J.Laplanche ha intentado resolverlo esbozando32 la distinción entre la castración como sanción de la ley y la castración como ley misma, con lo que de algún modo trata de decir que el imperativo de la castración es también imperativo categórico, en el sentido de que todos modos serás castrado. Pero eso no es así en Freud, sino sólo a partir del concepto de castración ontológica que plantea Lacan, pues en la teoría freudiana el sujeto renuncia porque puede perder el pene, que es el objeto valorizado, y para conservar el pene renuncia al deseo edípico. Es decir, se trata de una moral pragmática y no trascendente.

Es cierto, no obstante, que junto a esta teorización freudiana hay otra (que está planteada inicialmente en su obra y que es la de la culpabilidad por el parricidio), que es más universal y más necesaria desde un punto de vista antropológico, por más que sea más absurda desde un punto de vista epistemológico. Pero también es cierto que la segunda teorización de Freud es la que se impone en su obra a partir de la segunda tópica. Esta segunda teoría es sin duda menos absurda, epistemológicamente hablando, pero no es fundante de la cultura y no es universal, porque deja afuera a la mitad al menos de la humanidad, pues si se renuncia por angustia de castración, ¿por qué razón renuncia, entonces, la mujer? Eso sigue siendo un problema conceptual importante, al que se añade algo que viene desmentido por los hechos y es el planteamiento, al que Freud se ve inevitablemente abocado en esta segunda teorización de la renuncia edípica, de un superyó inferior o menor en la mujer respecto del hombre.

Un problema que nos conduce a abordar ya directamente lo que Freud formula con la siguiente interrogación: «¿Cómo se consume el correspondiente desarrollo en la niña pequeña?» (p.185 al final del segundo párrafo). Una interrogación que lleva a cabo tras afirmar de nuevo su tesis canónica «de que el complejo de Edipo se va al fundamento a raíz de la amenaza de castración» y tras cuestionar de algún modo esa afirmación cuando dice: «con ello no queda resuelto el problema; resta espacio para una especulación teórica que puede desechar el resultado obtenido o ponerlo bajo una nueva luz» (p.185 al centro del segundo párrafo). Cuestionamiento un tanto extraño que, sin embargo, va a perder su extrañeza con la aclaración que recibe en el último párrafo del texto, al matizar lo siguiente: «Desde la publicación del interesante estudio de Otto Rank acerca del “trauma del nacimiento” [1924], por otra parte, ya no se puede admitir sin ulterior examen el resultado de esta pequeña indagación, a saber, que el complejo de Edipo del varoncito se va al fundamento a raíz de la angustia de castración» (p.187).

Pues bien, veamos cómo Freud aborda aquí el llamado por él desarrollo sexual de la niña. Como de costumbre comienza (y también terminará su descripción) echando mano de su muletilla de siempre: «Nuestro material se vuelve aquí mucho más oscuro y lagunoso» (p.185 al inicio del tercer párrafo). Afirmación que, después de nuestra33 investigación del texto Pegan a un niño, sabemos que no tiene mucho fundamento. A continuación habla de una similitud entre la niña y el varón: «También el sexo femenino desarrolla un complejo de Edipo, un superyó y un período de latencia». Es más, también va a atribuir a la niña “una organización fálica y un complejo de castración”, aunque no sabemos muy bien cómo eso opera en la niña. Pero al momento esa similitud con el varón se va a romper y la desigualdad («las cosas no pueden suceder de igual manera») aparece por el camino conocido, que en este caso recibe un acuñamiento especial al echar mano de una célebre frase-sentencia de Napoleón, la de «la anatomía es el destino», según la cual lo biológico impone el destino humano, o sea, la dirección de lo psíquico.

A propósito de esta famosa sentencia de Napoleón, J.Laplanche ha puesto de relieve34 que la traducción preferible del texto freudiano es la de «El destino es la anatomía», dado que el idioma alemán así lo permite y porque resulta más chocante. Y, según J.Laplanche, ese destino en Freud es que hay dos sexos separados por la diferencia de sexos. Con lo cual Freud se ha dejado llevar por la confusión entre anatomía y biología, lo que corresponde también a otros momentos de su obra en los que habla de la roca de lo biológico, haciendo de ese destino algo de orden biológico, da tal manera que muchos autores piensan que esta célebre frase refleja la afirmación del biologismo de Freud.

Ahora bien –continúa J.Laplanche-, la anatomía no es la biología y menos aún fisiología y determinismo hormonal. Dentro de la misma anatomía hay varios niveles, como son la anatomía científica, que puede ser puramente descriptiva o bien estructural a través del describir la función por medio de la anatomía del aparato genital; y la anatomía popular. Precisamente la anatomía que es un destino es la anatomía popular, que es por excelencia una anatomía perceptiva y por tanto puramente ilusoria. De hecho, para el ser humano a partir de su erguirse (es decir, de no andar a cuatro patas) hay una doble pérdida perceptiva, la pérdida de la percepción olfativa y la pérdida de la visión de los órganos genitales de la mujer. Lo que comporta -como apuntaba Freud- que para el ser humano la percepción de los órganos genitales ya no es más la percepción de dos órganos genitales, sino de uno solo. Con lo cual la diferencia de sexos deviene o se ha convertido en diferencia perceptible de sexo, que funciona como signo o como significante que ya no tiene nada que ver con la diferencia biológica y fisiológica macho/hembra. Y, en ese sentido, la contingencia del erguirse ha sido elevada al rango de un significante universal de la presencia-ausencia. Una lógica, la de la presencia y la ausencia, la del cero y del uno, que es la base o lo que constituye la lógica fálica.

Y es precisamente esa lógica fálica la que conduce a Freud a llevar a cabo una confusión entre el pene como órgano libidinal y la representación de ese órgano, pues el clítoris -al que Freud alude aquí tras evocar la frase de Napoleón («El clítoris de la niñita se comporta al comienzo en un todo como un pene, pero ella… percibe que es “demasiado corto”», p.185 al final)-, por más que sea un órgano que da mucho placer a la mujer, sin embargo no es un órgano valorizado por la mujer. Lo cual muestra que, a la valoración de un órgano por el placer que proporciona, se le tiene que sumar la valoración cultural para que ese órgano cumpla una función, que ya no sólo es placentera sino narcisística. De hecho, toda la masturbación infantil femenina es clitoridiana y sin embargo la mujer no tiene miedo de que le corten el clítoris por masturbarse. Sin duda que la masturbación femenina también ha sido coartada, pero nunca nadie le ha dicho a una niña te voy o te van a cortar el clítoris. En lugar de una amenaza lo que hay y ha habido es una significación que tiene que ver con la suciedad o con la moral, pero no del lado de la pérdida del órgano.

Pero volviendo a la cuestión de la desigualdad entre el varón y la niña que recogíamos del texto de Freud antes de toda esta precisión respecto de la célebre frase de Napoleón, hay que señalar que esa desigualdad en el texto freudiano no se sostiene mucho, porque al momento va a asomar y establecerse lo que es el supuesto y la determinación por parte de Freud de contar con un solo sexo de partida, el masculino, pues el clítoris va a ser considerado como una zona erógena masculina de base, ya que a cada instante se establece una relación y una comparación con el pene («El clítoris de la niñita se comporta al comienzo en un todo como un pene, pero ella… percibe que es demasiado corto… Durante un tiempo se consuela con la expectativa de que después, cuando crezca, ella tendrá un apéndice tan grande como el de un muchacho… lo explica mediante el supuesto de que una vez poseyó un miembro igualmente grande, y después lo perdió por castración. No parece extender esta inferencia de sí misma a otras mujeres, adultas, sino que atribuye a estas… un genital grande y completo, vale decir, masculino» (p.185-186), de acuerdo con la teoría sexual que el infante varón se monta defensivamente y de la que Freud hace participar también a la niña: «la niñita acepta la castración como un hecho consumado» (p.186 casi al final del primer párrafo). Algo que para nada nos confirma la clínica y que sólo es concebible desde la aceptación en la mujer del prejuicio ideológico machista, hoy insostenible, dada la fuerte destitución patriarcal presente en nuestras sociedades occidentales. En este sentido, el cambio de no tener o de tener algo pequeñito a tener algo diferente ha venido dado ciertamente por el discurso de la sociedad, que ha permitido que las niñas resignifiquen de un modo distinto el ser mujer y, así, cambiar los modos de organización en la constitución de la representación en la mujer.

Por otra parte y por lo que respecta a la idea freudiana de que el goce clitoridiano se vería relevado por el goce vaginal –lo que tiene que ver con la fórmula canónica que plantea la constitución de la feminidad a través de un cambio de zona-, hay que decir, por un lado, que se inscribe en la corriente dominante en la obra freudiana, según la cual la sexualidad está encaminada hacia la genitalidad reproductiva con el consiguiente abandono o integración de los componentes llamados pregenitales o, mejor, paragenitales; y, por otro lado, me parece bien importante señalar que «estamos ante un soporte anatómico del goce femenino que constituye un elemento pregnante del mismo, y cuya ausencia liquida toda posibilidad de placer genital en la mujer, como lo indican las ablaciones del clítoris practicadas en la circuncisión musulmana. Su permanencia a lo largo de la vida como lugar de excitabilidad demuestra que no estamos ante un pasaje de la masculinidad a la feminidad que supondría su abandono, sino de un complemento importante de la sexualidad femenina que jamás es reemplazado»35.

Con respecto, finalmente, al pasaje de desear tener un pene a desear un hijo del padre, pasaje que Freud aquí nos presenta bajo estas afirmaciones: «La renuncia al pene no se soportará sin un intento de resarcimiento. La muchacha se desliza… del pene al hijo; su complejo de Edipo culmina en el deseo, alimentado por mucho tiempo, de recibir como regalo un hijo del padre… Ambos deseos, el de poseer un pene y el de recibir un hijo, permanecen en lo inconciente, donde se conservan con fuerte investidura y contribuyen a preparar al ser femenino para su posterior papel sexual» (p.186, segundo párrafo); y pasaje que remite de nuevo a la fórmula canónica que plantea la constitución de la feminidad a través de un cambio de objeto, conviene precisar que, si bien es indudable que la mujer pasa de la dominancia del amor a la madre al deseo por el padre, sin embargo la idea de Freud (de que la mujer obtiene el pene a través de tener el hijo y del deseo del padre) falla en su base, porque no es que la mujer quiere un hijo porque quiere tener un pene, sino que lo quiere o desea porque está castrada ontológicamente, ya que es imposible desear tener un hijo si una mujer no siente que le falta algo.

En ese sentido, hay que salir de la idea de que el deseo de hombre y el deseo de hijo tienen que estar unidos, puesto que el deseo de la mujer por el hijo es independiente del deseo por el hombre, tal y como aparece claramente en los divorcios en donde vemos cómo se sostienen con independencia el amor por el hijo del amor por el padre o cómo el amor entre un hombre y una mujer puede terminar sin que termine el amor por los hijos. Del mismo modo que tampoco hay que confundir deseo de maternidad con heterosexualidad, ya que hay muchas mujeres casadas que no quieren tener hijos, mientras que hay muchas mujeres que, siendo lesbianas, quieren tener hijos. Y es que el deseo de hijo por parte del adulto no es solamente un deseo de darle un hijo a otro o de tener un hijo de otro, sino de prolongarse en alguien en términos de trascendencia y también para no morir de amor propio.

Y ya –para concluir definitivamente con este texto- podemos tomar en consideración la doble y de algún modo contrapuesta afirmación de Freud en el penúltimo párrafo de este trabajo cuando dice: «No tengo ninguna duda en que los vínculos causales y temporales aquí descritos entre complejo de Edipo, amedrentamiento sexual (amenaza de castración), formación del superyó e introducción del período de latencia son de naturaleza típica» y añade seguidamente: «pero no tengo el propósito de aseverar que este tipo es el único posible» (p.87 al inicio del primer párrafo).

A ese propósito se puede subrayar lo señalado con gran precisión por S.Bleichmar36 en el sentido de que, si bien para el varón el período de latencia cobra una gran importancia dado el enorme esfuerzo que conlleva el ejercicio de represión de la pasividad, sin embargo para la niña la latencia es relativa, ya que, aunque estas categorías sean discutibles, el varón deberá pasar de pasivo a activo, mientras que en la niña activo y pasivo se alternan. Lo cual tiene como consecuencia el que «la homosexualidad cobre en la mujer un carácter diverso al del hombre, pues puede pasar por períodos de homosexualidad elegida tanto amorosa como sexualmente, seguidos por un ingreso en la heterosexualidad o viceversa, sin el nivel de conflicto que se encuentra en el hombre. Más aún, la confesión de episodios transitorios de homosexualidad no cobra en la mujer un carácter tan dramático como en el hombre… En la mujer el padecimiento traumático de mayor calibre parecería estar constituido por la violación, es decir, por la intromisión contra su voluntad de algo en su cuerpo, y no por el carácter masculino o femenino de su portador»37.

En definitiva, merece la pena tener muy en cuenta que, si bien «la diferencia de sexos constituye indudablemente un enigma mayor en la constitución subjetiva, sería banal reducir los enigmas de la vida y de la muerte, del sexo y del goce, al único pivote que esa diferencia de sexos articula. Después de todo, tanto para el hombre como para la mujer, el enigma mayor lo constituye el cuerpo del otro, en su dimensión de opacidad inquietante, en su angustiante ajenidad»38.

Precisamente en el reconocimiento de la alteridad o en el tener que hacerse cargo de esa ajenidad, de la que el inconsciente singular es su máxima expresión, no sólo tenemos el fundamento de la ética, sino también el auténtico y el más loable objetivo de la labor psicoanalítica, ya que ahí está siempre la clave del devenir psíquico, tanto estructurante como desestructurante o patológico. 

 

Notas

Seminario impartido en Madrid y San Sebastián durante los años 2009 y 2010.

1 Castración. Simbolizaciones. Problemáticas II, Amorrortu, Buenos Aires, 1988, p.75.

2  Quizá resulte pertinente señalar que J.Laplanche no establece aquí diferencia alguna entre la ley de la castración y la amenaza de castración, cuando sin embargo es importante diferenciarlas, porque si bien la ley de la castración –que remite más específicamente a la castración ontológica constitutiva del psiquismo- atañe por igual a los dos sexos; la amenaza de la castración no interviene como tal en el caso de la mujer, sino sólo en el caso del varón, dado que el órgano libidinal no solamente es placentero (como sucede con el clítoris en la mujer), sino que además (y esa es la clave para la amenaza) está investido narcisísticamente.

3 Ibid., p.76.

4 Ibid., p.76.

5 Así lo confirma el propio Freud en su texto de 1925 Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómicas entre los sexos cuando afirma: «el complejo no es simplemente reprimido, zozobra formalmente bajo el choque de la amenaza de castración», más aún -precisa  poco después-: «En el caso normal –mejor dicho: en el caso ideal-, ya no subsiste tampoco en lo inconsciente ningún complejo de Edipo» (O.C., Amorrortu, v.XIX, p.275). Lo cual –por otra parte- plantea un grave problema, ya que, si es así, ¿cómo se puede tener o sentir entonces deseo erótico hacia la persona que se ama, cómo se puede libidinizar al objeto amoroso?

6 A entender no en el sentido de que haya un sujeto en el inconsciente, que es como algunos han entendido la frase de J.Lacan, sino en el sentido de escindir el inconsciente y la subjetividad, escisión que conlleva que la realidad del deseo inconsciente no es subordinable a la subjetividad, o sea a lo que el sujeto quiera o no quiera. Y frente al deseo el sujeto puede desconocerlo, reprimirlo, armar toda su vida como si eso nunca hubiera existido, pero lo que no puede hacer es destruirlo, ya que la realidad del deseo o la llamada  “realidad psíquica”  -tal y como es entendida en la metapsicología psicoanalítica- es de carácter indestructible.

7 Le concept d’înconscient selon Jean Laplanche, Revue Psychiatrie Française, Vol.XXXVII 3/06, Novembre 2006, p.20-23.

8  Clínica psicoanalítica y neogénesis, Amorrortu, Buenos, Aires, 2000, p.71.

9  Castración. Simbolizaciones. Problemáticas II, op.cit., p.76, último párrafo.

10 Como puede verse, en la teorización de Freud y en su teoría de la sexualidad infantil siempre está otro bebé, un hermanito, al que atiende o mira la madre y nunca se tiene en cuenta que la madre se acuesta con el padre. Es decir, en Freud lo que el sujeto infantil siente como exclusión es la fantasía de engendramiento de hermanos y no el intercambio amoroso-sexual entre los padres. Con lo cual, además, los hijos que no tuvieron hermanos nunca serían sustituidos.

11 Ibid., p.76-77.

12 Ibid., p.77.

13 El que no esté operando la represión originaria o el que no esté bien establecida remite siempre a la intervención del otro adulto que cuida al sujeto infantil, es decir, hay que relacionarlo con una ausencia de renuncia –por parte del otro adulto que proporciona los cuidados de la supervivencia- a lo pulsional desligado o, más concretamente, con su ausencia de rehusamiento al goce autoerótico del niño, ausencia que le impide llevar a cabo los cuidados de la crianza con el necesario respeto amoroso, que siempre conlleva tanto un reconocimiento de la propia incompletud ontológica, como un reconocimiento de la alteridad, que es la base de toda ética.

14 La angustia. Problemáticas I., Amorrortu, Buenos Aires, 1988, p.321.

15 Castración. Simbolizaciones. Problemáticas II., op.cit., p.77.

16 Ibid., p.77-78.

17 Al expresarse así Freud (“Pudo situarse de manera masculina en lugar del padre”), sin precisar ese posicionamiento, está dando a entender que –a su juicio- se trata de algo más o menos consubstancial a la identidad de género o al hecho de poseer el atributo real biológico, existente en el cuerpo del niño varón. Pero –como señala S.Bleichmar en Paradojas de la sexualidad masculina, Paidos, Buenos Aires, 2006, p.29-31- eso no es suficiente para constituir la masculinidad genital y la potencia fálica en general. Para ello es necesario que el pene sea investido de potencia genital, la cual se recibe de otro hombre, instaurándose así la angustia homosexual dominante en el hombre. Y a todo eso hay que sumarle la significación que el pene del hijo cobra o tiene para la madre.

18 op.cit., p.253-254.

19 Esos dos lados o momentos (el de lo que “no se debe hacer”, que remite a la conciencia moral, y el de “deber llegar a ser”, que remite al ideal del yo) tienen que converger o conectarse para el establecimiento del superyó. Del mismo modo que para constituirse el yo, como instancia intrapsíquica, se requiere la conexión entre represión originaria y narcisismo, que equivale a constituirse como objeto de amor del otro. Ahora bien, como esas convergencias o articulaciones no vienen preformadas ni nunca se producen de manera automática y necesaria, entonces la tópica psíquica está siempre en cierto riesgo, tanto de no constituirse estrictamente como de venirse abajo.

20 Paradojas de la sexualidad masculina, op.cit., p.251. (El subrayado es añadido).

21 La cubeta. Trascendencia de la transferencia. Problemáticas V, Amorrortu, Buenos Aires, 1990, p.139.

22  Por cierto que ese reconocer que no se tiene todo se asume en el pasaje del yo ideal al ideal del yo, al aspirar a ser lo que no se es, lo que no se tiene. Ideal del yo que es la otra vertiente fundante del superyó, en cuya constitución el amor o lo objetal (en cuanto amor de objeto y no en cuanto objeto de la pulsión) ocupa un lugar central, porque es imposible que algo se inscriba en el psiquismo sólo por temor o, lo que es lo mismo, es realmente imposible que se constituyan las premisas de la ética infantil y las que dan origen al superyó, sino es sobre la base del amor.

23 Ejemplo descrito por Freud en su Proyecto de Psicología de 1895, parte II [4], O.C., Amorrortu, v.I, p.400-403.

24 Problématiques VI. L’après-coup, QUADRIGE/PUF, Paris, 2006, p.168.

25 Paradojas de la sexualidad masculina, op.cit., p.23.

26 Problématiques VI. L’après-coup, op.cit., p.168.

27 Ibid., p.171.

28 Lo que corresponde a la pretensión del adulto de darle todo al niño maravilloso, en lugar de rehusarse el poder dar todo  y de reconocer que no se es todo para el otro, que es lo que facilita la salida del yo ideal. Y es que el adulto puede no ejercer la frustración en el sentido del rehusamiento al goce del niño, porque narcisísticamente no tolera quedar colocado en el lugar del que frustra o no permite. Y, en ese sentido, el pasaje del yo ideal al ideal del yo no va a poder ser llevado a cabo por muchos sujetos, al no haber contado con esa ayuda necesaria por parte del otro adulto. Bajo esas circunstancias, es decir, al no disponer de ese pasaje intrapsíquico, se verán obligados a oscilar siempre entre una cierta megalomanía o fuerte idealización de su persona y un gran desánimo depresivo.

29 Lo que para nada conlleva el que tengan que ser confundidos, por más que se trate de una confusión presente en la obra de Freud y que se ha mantenido de forma errónea y persistente en el discurrir psicoanalítico, originando graves consecuencias, tanto para el reconocimiento y la discriminación de los distintos tiempos en la estructuración de la tópica psíquica, como para el trabajo diferenciado, atento y cuidadoso en el quehacer de la práctica clínica.

30 Si es la autoridad, parece evidente que no es el padre como tal, sino el superyó de los progenitores. Lo cual plantea algo que ha sido de alguna manera elidido en el psicoanálisis y es que, cuando Freud  habla de “ambos progenitores”, está hablando del superyó parental introyectado, que se manifiesta a través de las acciones que los padres ejercen o de los modelos que trasmiten, en donde asoma por ejemplo el problema de dar consejos o el de prohibir y/o permitir, en donde si el adulto no se siente identificado con la norma o la norma le llega de afuera y no está reconocida internamente, entonces o se pauta o se impone a la fuerza. Lo que se conecta con el tema de la severidad del superyó: «La autoridad del padre, o de ambos progenitores, introyectada en el yo, forma ahí el núcleo del superyó que toma prestada del padre su severidad…» (p.184) ¿A qué se refiere Freud con severidad? Tenemos que mientras –por un lado- escribe el historial del caso Schreber y da cuenta de los efectos del padre de Schreber y de la pedagogía negra implantada en Alemania y Austria, -por otro lado- habla de la severidad del padre y no de la firmeza del padre en la aplicación de la ley, la cual no es lo mismo que la severidad, es más, la severidad suele ser la forma con la que aparece el fallo o la ausencia de la primera. La severidad linda con la crueldad y, en ese sentido, se puede decir que de algún modo en Freud están confundidas la ley y la autoridad, es decir, el hombre Freud está ahí oscilando entre las formas de la producción de subjetividad de su época y el intento de establecer una teoría más universal, porque si prestamos atención a sus historiales clínicos en todos ellos los padres fallan, algo que ha dado pie al lacanismo a plantear que el problema es la falla del padre, cuando lo que está fallando es su superyó y no el padre como tal.

31 Conviene prestar atención a esta expresión freudiana, porque “perpetuar” comporta el alargar o el dar una duración continuada a algo que ya está en juego o que está operando. Lo que permite conectarse con una de las ideas más defendidas por S.Bleichmar, la de que la ética precede a la instauración del superyó, en la medida en que la ética no es meramente algo residual o un efecto de la renuncia edípica, puesto que está ya en relación con las renuncias al llamado “goce primario” y a lo autoerótico.

32  Castración. Simbolizaciones. Problemáticas II., op.cit., p.78-81.

33 Puede consultarse a ese respecto, en esta misma Revista virtual, el seminario dedicado a ese texto freudiano.

34 En su artículo de 2003 «Le genre, le sexe, le sexual», recogido en su libro  Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, QUADRIGE/PUF, Paris, 2007, p.153-193.

35 Paradojas de la sexualidad masculina, op.cit., p.46-47.

36 Ibid., p.240-242.

37 Ibid., p.241.

38 Ibid., p.243