¿Hay que quemar a Melanie Klein?

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¿Por qué escogí este título que aparentemente nos hace volver a tiempos oscurantistas: los tiempos oscuros de la Inquisición,  en los que se quemaba a personas y obras? Ello no sin antes haber intentado que el poseído confesase una verdad que él mismo ignoraba: el diablo estaba dentro de él.

Comenzaré señalando hasta qué punto las imágenes de demonios, de brujas y de posesiones son corrientes no solo en la clínica sino también en la teoría psicoanalítica. Una tesis sobre Freud y el diablo (1), llevada a su conclusión por una de mis alumnas, mostraba recientemente hasta qué punto esas imagos son coextensivas al pensamiento freudiano y a su evolución. Seguramente una visión racionalista, emparentada a la llamada filosofía de las «Luces», es otro aspecto del pensamiento de Freud: ahí donde la razón se hace luz, los demonios nocturnos desaparecen por siempre: Afflavit et disipati sunt.

Pero en Freud no es menos fuerte el entusiasmo indefectible por el diablo, rebelde a cualquier intento de reducirlo a una ilusión. Hasta el punto que la propia metapsicología, el aspecto más teórico de la obra, es a veces  comparada con una bruja. También les recuerdo el espléndido homenaje fúnebre a Charcot (2). Ahí Freud muestra que el descubrimiento psicoanalítico estaba cerca a partir del momento en que las histéricas comenzaron a tomarse en serio. Esa histérica que llora debe tener razón. Incluso cuando dice ignorar  por qué llora. Había que suponer, pues, un clivaje de su conciencia. Pero, ¿cómo aceptar esa cosa extraña de saber sin saber? ¿Qué modelo encontrarle al clivaje? Bastaría con recordar, dice Freud, que durante siglos o milenios la humanidad le daba plenamente su lugar a esa división y a ese sufrimiento con el nombre de posesión. Charcot más los exorcistas, y todo el psicoanálisis ya está listo

Llevado a este punto, el diablo deviene casi un concepto, o un pre-concepto. Como la histérica, también el poseído y el exorcista deben tener en cierto modo razón. Y, evidentemente, es la alteridad absoluta del inconsciente, su extrañeza, lo que otorga una base a la idea de posesión, cuya forma apenas un poco más moderna será aquélla del «cuerpo extraño interno». En este fantasma de posesión –que es un avatar del fantasma de seducción-, Freud mismo no rechaza ocupar todos los lugares: el del exorcista, el del poseído, pero también el del diablo intrusivo.

Con este título, «¿Hay que quemar a Melanie Klein?», evidentemente lo que quisiera es rendir un gran homenaje a quien más de uno considera como la más grande creadora después de Freud. Es situarla en esa tradición resplandeciente (como se dice del gótico) que reconoce el carácter extraño, extranjero, hostil, angustiante de «nuestro mundo interno».

Se ha hablado, a propósito de Klein, de una «demoniología», y ello en un sentido peyorativo. La demoniología sería algo que se opone a la psicología al convertir nuestros fantasmas en entidades, en seres reales, atacantes, sádicos o terroríficos. Ya se había hablado del antropomorfismo de Freud para criticar la idea «pueril» (!) de que albergamos en nosotros a pequeños hombres que luchan entre sí. Y bien, los «objetos» kleinianos llevan ese realismo aún más al extremo y, en mi opinión, tanto el antropomorfismo como la demoniología nos indican la misma dirección fecunda, aquélla de la realidad psíquica.

¿Aún se quema a las brujas de nuestra época? En el medio psicoanalítico a veces no estamos lejos de ello. Otros han relatado ese ceremonial de exorcismo que continuaba en los sótanos de Londres durante el Blitzkrieg: se trataba de expulsar a Melanie Klein del movimiento psicoanalítico. Y la pasión puesta en ese ceremonial muestra que no se trataba en absoluto de la teoría, la conceptualización o la clínica. Actualmente, y en cierto modo lamentablemente, ya no se intenta quemar a Melanie Klein. Se la deja de lado, se la aísla. A veces se acepta su dogma, un poco como una receta. Quienes aíslan y marginan a Melanie Klein son aquéllos que mantienen un racionalismo estricto, aquéllos que desde hace mucho tiempo olvidaron la lección interpretativa de Freud; una lección que resuena siempre en los mismos términos: Melanie Klein debe tener en cierto modo razón.

Yo no me considero un defensor de la filosofía de las Luces, ni del racionalismo psicologizante que reina en una parte del mundo analítico. Pero tampoco soy un adepto del kleinismo, que como movimiento y como doctrina siempre suscitó mi desconfianza. Lo que caracteriza a ese movimiento es un verdadero proselitismo, la ausencia de cuestionamiento sobre los conceptos de base y, sobre todo, el retorno por otras vías a un hegemonismo; se trata de un nuevo intento de hacer del pensamiento psicoanalítico una explicación general, una psicología de conjunto: lo que, paradójicamente, me parece ser una forma de quitarle brillo al aporte kleiniano.

Aún más difícil sería que adhiera a la técnica inaugurada por Melanie Klein, técnica cuyo único mérito es volver a poner el acento en el fantasma- incluso en las interpretaciones de la defensa-, pero que me parece implicar un abandono casi total de la metodología freudiana de la interpretación. El bombardeo interpretativo es solo su aspecto más chocante. Lo que resulta evidente es la imposición de un sistema simbólico preestablecido, que desdeña todo el paso-a-paso del análisis freudiano. Éste último estaba destinado ante todo a dar su oportunidad y su audiencia al proceso primario; y es sorprendente que una teoría que se sitúa tan cerca de los procesos más profundos del inconsciente solo haya conseguido traducirse  en un método que nos hace volver al desciframiento más estereotipado de las palabras o los gestos significativos del paciente, sin tener en cuenta el movimiento asociativo, la referencia histórica e individual, o los miles de indicios que nos revelan si la interpretación está o no sobre la vía correcta.

Sin ser para nada un adepto, tampoco soy de los que, por el contrario, deciden que las brujas o los poseídos por el demonio deben ser encerrados en una especie de gueto ideológico, encierro que fácilmente permite olvidar lo que dicen como imposible de amoldar a la «medida de todas las cosas», es decir, a nuestro propio ego.

La defensa contra Klein, por anulación, no es más que un avatar de la defensa general contra el análisis y sus descubrimientos fundamentales. Freud formula esa defensa de una manera pintoresca al comienzo de La sexualidad en la etiología de las neurosis: «No será difícil poner en duda la originalidad de esta teoría cuando se haya renunciado a negar sus fundamentos» (3). En otros términos: es falso y, si es verdadero, no es nuevo. Reconocemos ahí, dirigido contra Freud y Klein, un avatar del famoso «argumento del caldero». Evidentemente, la bruja trae a la mente el caldero…

¿Cómo progresa el pensamiento analítico? Por repetición y ruptura, por banalización y reafirmación, por circularidad y profundización. Los momentos novedosos también son  retornos a la fuente. La profundización es reafirmación de una exigencia originaria. Aquí quisiera recordar dos de esos momentos de ruptura, tiempos «inspirados» del kleinismo.

El primero es el debate sobre el psicoanálisis de niños, que opone a Ana Freud y a Melanie Klein, la heredera según la carne, y en cierta forma según la letra, contra la heredera según el espíritu (4). Pondré en evidencia tres puntos capitales: la técnica del juego, el problema de la educación y aquél de la transferencia.

La técnica del juego: Melanie Klein no la inaugura en absoluto, pero la hace avanzar hasta su punto máximo, hasta su sistematización. Para ella el juego es un equivalente de pleno derecho de las asociaciones libres. La objeción de Ana Freud parece resaltar la evidencia: el juego del niño tiene una función y hasta más de una. Tiene un rol manifiesto en el desarrollo, en el progreso en la relación con el mundo, en el dominio de los afectos, etc. Ver ahí algo puramente simbólico, el equivalente de un discurso, sería un abuso injustificable. Quisiera hacer sentir hasta qué punto esta cuestión va más allá de un puro problema de técnica.

La esencia de la respuesta de Melanie Klein (que despejo más claramente de lo que lo hizo  ella misma) es que el juego en el análisis pasa a ser otra cosa que el juego observado objetivamente; se convierte en el equivalente de un discurso. Como el discurso del analizando, se presta a  movimientos de interpretación, de confirmación, de simbolización: en el análisis, el juego pasa a dirigirse al analista.

Aquí añadiré una conclusión según mis términos personales: es necesario reconocer el corte entre lo que pasa en el análisis y lo que queda fuera; es lo que nosotros llamamos la constitución de la «cubeta», que  solo puede producirse por exclusión de lo adaptativo, de lo funcional (invocado por A. Freud). El juego, dirían los lacanianos, es un lenguaje. Pero podemos dar vuelta a su argumento, que entonces no sería decisivo: no todo lenguaje tiene lugar en el contexto de la transferencia, no todo lenguaje es un lenguaje según el amor y el odio. De modo que hace falta establecer, en el seno del propio lenguaje, el mismo corte que en el juego. Sea como fuere, notemos esa poca fe en el análisis por parte de Ana Freud: ella no cree en la especificidad de la situación analítica, capaz de poner de cabeza tanto al juego como al lenguaje.

Nuestro segundo punto es la objeción educativa: Ana Freud está aterrada por el peligro de liberar las pulsiones. Se trata de una concepción muy mecanisista: las pulsiones se situarían del lado puramente biológico, las defensas y el superyo únicamente del lado social. Melanie Klein responde, en primer lugar, que ella nunca ha constatado una tal liberación de la maldad de las pulsiones, y ello a pesar de una técnica absolutamente no educativa. En cuanto al fondo de la cuestión, hace intervenir la noción de superyo precoz. El superyo, afirma, es una copia bastante pobre de las prohibiciones parentales. Su severidad puede ser contraria a la permisividad parental. Se trata de un punto que el propio Freud se ve obligado a aceptar en El malestar en la cultura.

Si ello es así, lo que se impone es una concepción mucho más dialéctica. No encontramos ahí, en un enfrentamiento absoluto, a lo pulsional y a lo educativo, al puro deseo y la pura ley. Las prohibiciones más feroces encuentran sus raíces en el ello. En el sadismo del ello. Pensar únicamente en términos de educación es olvidar que existe el riesgo de construir las prohibiciones sobre raíces pulsionales que uno se niega a analizar. Esto va a aclararse aún mejor con el tercer punto de discusión: la transferencia y su posibilidad.

La objeción de Ana Freud es a la vez hiperclásica –en cierto modo irrefutable- y completamente fuera de lugar. Su referencia es el análisis de adultos: ahí hace tiempo que los padres quedaron atrás; el Edipo está superado, como se dice,  de él solo queda el recuerdo. La transferencia sería una repetición de esa situación antigua. De manera que la concepción del proceso analítico es simple: lo esencial es desilusionar al adulto. «Usted se engaña porque me considera como su padre (o madre). Ello es anacrónico». Ahora bien, Ana Freud nos recuerda que, en el niño, la relación con los padres aún está ahí, es contemporánea. De donde se desprende esta doble objeción: la transferencia es imposible, pero,  si por excepción fuera posible,  sería una substitución efectiva, un verdadero robo del niño.

¿Cómo responde Melanie Klein? En primer lugar aporta una respuesta cronológica, genética, que no llega al fondo de la cuestión: cuando acepto en tratamiento a niños de dos años y medio o tres años –nos dice- lo esencial de su inconsciente ya está constituido, esa etapa ha quedado atrás. Aquello no va al fondo de la cuestión porque tan solo se corre en el tiempo el supuesto proceso del análisis de adultos: arcaísmo y desilusión.

Lo esencial  de la respuesta de M. Klein, tal como yo la interpreto, está absolutamente en otra parte: se trata de la afirmación del mundo interno, de las imagos primitivas.  Esas imagos no son el recuerdo de experiencias reales más antiguas; son el sedimento introyectado de esas experiencias, pero modificado por ese mismo proceso de introyección. «En ningún caso debemos identificar a los verdaderos objetos con aquéllos que los niños introyectan». Existe entre ambos un «contraste grotesco». Así, diremos nosotros, la introyección es fundación de un mundo interior, un proceso que no tiene nada que ver con una memorización. Vemos por qué la respuesta cronológica era insuficiente.

El problema esencial de la transferencia no se resume, pues, en una relación pasado/presente; se trata de la relación entre ese mundo interno y los nuevos vínculos que se instauran. En ese sentido, no hay que temer decir que la relación con los padres reales es ella misma una transferencia. Esa es la única forma de entender y de justificar el análisis de Hans: que Freud haya confiado el rol de analista al propio padre supone, en efecto, que una transferencia sobre el padre era posible.

Nuestra conclusión respecto a esta evolución del análisis de niños será doble: afirmación del mundo interno –poblado de demonios- que para nada es una copia mnésica de un mundo real anterior, aún si toma prestadas sus representaciones de ese mundo anterior. Y afirmación de que el análisis reitera, tanto en el niño como en el adulto, ese corte entre el mundo adaptativo y aquél regido por el amor y el odio.

Segundo trueno: se trata del gran descubrimiento inaugural, a la vez clínico y teórico, resumido al comienzo del famoso artículo de 1934, «Contribución a la psicogénesis de los estados maniaco-depresivos»:

«En mis escritos anteriores di cuenta de una fase de sadismo extremo, por la que pasan los niños en el transcurso de su primer año. Durante los primeros meses de su existencia el lactante dirige sus tendencias sádicas no solo contra el pecho sino también contra el interior del cuerpo de su madre; desea vaciarlo, devorar su contenido, destruirlo por todos los medios que el sadismo le ofrece» (5).

¿Qué es lo nuevo? ¿Cuál es el descubrimiento? ¡Cuidado! Tal vez ni la propia Klein ni los kleinianos sean los mejor ubicados para juzgarlo, para interpretar ese descubrimiento.

Después de todo, podría decirse, es Freud quien descubrió la pulsión de muerte. Observación banal: él añadió la pulsión de muerte a la sexualidad y es Melanie Klein quien otorgó toda su importancia a ese nuevo desarrollo.  Observación puramente exterior: el análisis progresaría por añadidos sucesivos a medida que se van explorando nuevos campos. Una tal concepción acumulativa ni siquiera es verdadera para las ciencias de la naturaleza. El movimiento científico es siempre profundización y, en psicoanálisis, esa profundización  no ocurre sin un retorno incesante a la exigencia originaria.

La pulsión de muerte de Freud y el sadismo infantil de Klein se encuentran en el nivel de la exigencia originaria, aunque tal vez no en la forma en que uno y otro creían. Porque, en mi opinión, la pulsión de muerte no es un añadido a la teoría de la sexualidad sino su profundización. Y, del mismo modo, la exploración kleiniana del sadismo es la profundización, la renovación del descubrimiento originario, aquél de los Tres ensayos. Hay que señalar que el sadismo es colocado por Klein en el origen, antes que el amor, exactamente como la sexualidad es colocada por Freud en el origen, antes que el amor de objeto. Los dos descubrimientos se escuchan del mismo modo: como escandalosos, controvertidos, ineluctables. En ambos casos se trata de algo violentamente negado, combatido por los adultos; es casi la única definición freudiana de la sexualidad infantil: lo que los adultos se niegan a ver con todas sus fuerzas. Y en efecto, se trata de algo poco visible mediante la observación objetiva. La sexualidad infantil es inferida, por Freud, sobre todo a partir del análisis de adultos. Se dirá que Melanie Klein se acerca más a los niños. Sea. Pero, exactamente como Freud, ella infiere a partir de los pacientes que analiza (niños de 3 a 5 años) unas conclusiones sobre el primer año. Poco importa que el intervalo cronológico se acorte: lo esencial no es el giro hacia el pasado… sino hacia lo originario.

Vayamos más lejos: ese doble «descubrimiento» contradice parcialmente la observación directa. Salvo en casos patológicos, ni la sexualidad infantil de Freud ni el sadismo originario de Klein son fenómenos patentes o, en todo caso, constantes del comportamiento del lactante. Son más bien fenómenos esporádicos, puntuales, lo que no disminuye en nada su importancia. Recordemos el horrible cuadro de destrucción, guerra, tortura, corrosión y explosión que Melanie Klein nos traza en el análisis de Richard. Es absolutamente ilusorio pretender que ese cuadro, encontrado en el análisis de un niño de diez años, es la copia real, mnésica, de lo que ocurrió en su vida cuando tenía uno o dos años. Sin insistir en esta discordancia entre el lactante observado y el mundo interior reencontrado por el análisis, notemos que la propia Klein supo verlo bien. Su artículo «Observando el comportamiento del lactante» propone una descripción muy diferente: un lactante más tranquilo, más risueño, a veces temporalmente rabioso. Pero no se trata del lactante «reencontrado» en el análisis, víctima constante de la más violenta lucha interna.

Detengámonos un instante. Parece como si quisiera destruir a Melanie Klein resaltando sus contradicciones. Pero mi meta es muy diferente: Mostrar, más allá de esas contradicciones, dónde coinciden las exigencias de Freud y de Klein, cómo se profundizan una a la otra. Esta exigencia es el reconocimiento del mundo inconsciente, que es algo absolutamente distinto que el calco olvidado de nuestra infancia. Es el reconocimiento de la verdad de la pulsión, más allá de las asimilaciones biologizantes que harían de ella una variación del instinto y de los comportamientos adaptativos (más aún cuando éstos son parcelarios, insuficientes, deficientes). La verdad de la pulsión, su constitución, tal como yo la veo, es inseparable de lo que llamo el tiempo «auto-»: el vuelco sobre sí, que es al mismo tiempo la constitución del objeto atacante interno.

Pensemos en los primeros descubrimientos de Freud sobre la sexualidad: ella es inseparable de la noción de cuerpo extraño interno, excitante desde el interior, «desencadenado» (entbunder) en el interior. Ese cuerpo extraño interno es lo que se deposita en el momento en que se pierde el objeto de la autoconservación. Pensemos en la teoría freudiana de la pulsión de muerte: también se trata de la prioridad del tiempo auto, tiempo de la autodestrucción o del masoquismo originario. Pensemos, en fin, en el mundo interior de Melanie Klein: también se trata de esa misma introyección del objeto perdido, en forma de objeto atacante, de perseguidor interno. Para Melanie Klein, al menos al comienzo de la vida psíquica, no existe simbolización de la ausencia. La ausencia del objeto de la satisfacción deposita en el sujeto a su doble clivado, atacante, malo. Cada vez que se aleja el objeto tranquilizador, lo que se interioriza es el objeto excitante.

Seguramente se me objetará esto: hace falta cierta temeridad para asimilar el objeto de la pulsión sexual al objeto mortífero de Melanie Klein. Sería muy largo justificar aquí mi postura. Pero lo cierto es que el carácter demoníaco, atacante, desestructurante de la sexualidad, es justo lo que encontramos en los orígenes del pensamiento freudiano. Ese aspecto escandaloso de la sexualidad es el que tiende a ocultarse sin cesar en la evolución del pensamiento psicoanalítico. De ahí sus resurgimientos cada vez más explícitos: la pulsión de muerte, que para mí debe ser llamada «pulsión sexual de muerte», y los objetos internos mortíferos de Klein.

Llegamos ahora a lo que podemos llamar el sistema kleiniano. Porque sin duda hay un sistema que funciona por juego de pares opuestos, permitiendo todas las mecánicas y todos los estereotipos. Esas dicotomías son las del interior y el exterior, la introyección y la proyección, lo bueno y lo malo, lo total y lo parcial, lo depresivo y lo paranoide y, finalmente, la del amor y el odio. Los adeptos corren el riesgo de utilizarlas mecánicamente, como  las piezas de esos juegos de construcción donde con  ayuda de un mínimo de elementos emparejados, de oposiciones binarias, se trataría de reconstruir el mundo. Aquí encontramos la tentación constructivista de los kleinianos, que nunca es otra cosa que una expresión del hegemonismo psicoanalítico. Nuevamente se trata de convertir al psicoanálisis en una psicología universal. Sin embargo, lo cierto es que esos pares de opuestos son mucho más interesantes que el uso dogmático que puede hacerse de ellos. Es necesario interpretarlos, hacerlos trabajar, mostrar que tras su carácter mecánico se juega una dialéctica.

Tomemos el par interiorización-proyección, tan a menudo utilizado de manera irreflexiva. Nuestra primera interrogación sería: cómo podemos pensarlo sin plantear previamente esta cuestión: ¿interior y exterior de qué?, ¿del organismo?, ¿del yo? Se plantea todo el problema de la constitución del yo como cerco, como límite. Es decir –luego volveremos a esto- que el juego paranoide de la introyección y la proyección solo puede ser correlativo de cierta constitución de una totalidad, o sea de un elemento esencial de la posición depresiva.

Pero sobre todo debería cuestionarse fundamentalmente la aparente simetría, el juego de ping-pong incesante en el que se ve capturada esta oposición en Klein: la proyección es siempre seguida por una introyección, y ello hasta el infinito. Lacan tuvo el mérito de plantear la objeción así: ¿no hay una asimetría absoluta entre lo que llamamos introyectar –poner dentro- y la  proyección? La idea del cuerpo extraño interno, presente en Freud desde el inicio, nos lleva a privilegiar la introyección como proceso constitutivo fundamental. La introyección debe entenderse a la luz del  proceso que nosotros describimos como traumatismo en dos tiempos o como seducción originaria. La introyección originaria no es la represión sino su primer tiempo. Es la introducción de significantes enigmáticos que, en un segundo tiempo, la represión aislará. Digo «significantes enigmáticos» para mostrar que el universo de significantes inconscientes de ningún modo es transmitido al niño «como un lenguaje».

Hemos hablado de la introyección a propósito del análisis de niños para indicar su carácter fundador en la constitución del mundo interno, pero también de la pulsión misma. La introyección es algo muy distinto de un mecanismo de defensa, incluso si secundariamente puede aparecer como mecanismo de defensa y, entonces sí, entrar en una cierta simetría con la proyección.

Ahora examinemos  la oposición «bueno»-«malo» que, de todas, es tal vez la menos elaborada por Klein. Sin duda los términos están entre comillas, pero lo que no se cuestiona es una cierta normatividad. Lo bueno debe triunfar sobre lo malo. Ahora bien, antes de enunciar así la meta de la cura, es necesario preguntarse si «bueno» y «malo» no implican un punto de vista unilateral. Melanie Klein nos dice que es «bueno» lo que lleva a la síntesis y que es «malo» lo que divide, lo que dispersa. Pero un punto de vista como ése no puede ser  sino el de un organismo de síntesis, es decir, el del propio «yo». Inversamente, lo que es malo para el yo, en definitiva, no puede ser otra cosa que la pulsión; la pulsión que, por definición, pone en peligro el equilibrio homeostático del yo.

Cotejemos un instante esta oposición «bueno»-«malo» con el problema de la «neutralidad benévola». ¿A qué bien apuntamos con la benevolencia analítica?, ¿buscamos únicamente el bien del yo? Sería indispensable, también aquí, un mínimo de pensamiento dialéctico para mostrar que «bueno» y «malo» no son simplemente los productos de un splitting absoluto, sino que también viran, el uno en el otro, según la posición del sujeto y su adherencia más o menos marcada a los objetivos del yo.

En una comprensión no reflexiva del kleinismo, la pareja total-parcial puede a su vez servir a una perspectiva puramente constructivista. Así ocurre cuando lo total y lo parcial son referidos únicamente a la oposición del cuerpo como totalidad frente a las partes del cuerpo. A partir de ahí se presenta como natural la idea de que lo total debe construirse a partir de lo parcial; una idea que, por lo demás, sería rechazada por cualquier psicología genética que esté fundada en la observación. Pero debemos ahondar en la cuestión: ¿no hay, también aquí, una profunda asimetría? La parte no es la parte del todo: ella corresponde a un registro distinto. Se trata de un elemento -casi siempre metonímico– tomado como signo, como indicio. Pero nada impide que un cuerpo en su conjunto pueda, también él, ser tomado como índice. E inversamente, una parte puede ser tomada como objeto total. Es lo que Klein supo ver bien al plantear que el pecho bueno, en tanto que bueno, es un objeto total; de tal suerte que el sentimiento hacia él puede ser de culpabilidad, el mismo que hacia la persona total de la madre.

Me queda poco tiempo para hablar de la última pareja de opuestos: paranoide-depresivo, pero señalaré que es, ciertamente, la pareja más fecunda en Klein. Fecunda por la idea de posición, que supera explícitamente cualquier reducción en términos de cronología. Fecunda por la complejidad de los elementos en juego, puesto que todas las parejas precedentes se reencuentran ahí. Fecunda porque Klein nunca dejó de poner en duda la oposición esquemática de lo paranoide y lo depresivo para hacer trabajar a uno por relación al otro. Cada vez más las dos posiciones aparecen como correlativas. A fin de cuentas la fase paranoide, el ataque por parte de lo parcial y lo malo, solo se concibe por relación a una totalidad –más o menos lograda- que recibe y contiene el ataque. Inversamente, la angustia puramente depresiva, aquélla de la pérdida del objeto, nunca se define como puro vacío, como pura pérdida. No existe simbolización de la ausencia que no tenga que enfrentar primero el retorno del objeto en forma de objeto malo. Así, como llega a decirlo Melanie Klein, la oposición de las angustias paranoide y depresiva termina siendo solo un concepto límite. Desde el punto de vista de su proceso, toda angustia es a la vez paranoide y depresiva. Sin embargo, habría que ir más lejos para mostrar que lo que las diferencia es el problema de la constitución o, más exactamente, del anclaje del sujeto. Anclaje relativo que caracteriza la fase depresiva y que solo de forma paradójica le permite tomar en cuenta la supervivencia del objeto. Anclaje que sólo se concibe como correlato del proceso de represión y de constitución del inconsciente.

¿Debemos, pues, quemar a Melanie Klein? Vuelvo a mi pregunta del comienzo. ¿Debemos incluso enterrarla para no verla volver una vez más, de manera incontrolable, como objeto malo?

Recordaré de paso lo que Hegel describe como una lucha a muerte de conciencias, como pura y simple exclusión de un deseo por otro. Lo que Hegel no vio es que no hay  lucha a muerte que no engendre el retorno de fantasmas. Sin embargo, lo que sí describió es la otra salida, la salida dialéctica: la lucha de conciencias vira en dialéctica del amo y el esclavo, y sabemos que finalmente es el esclavo quien, por su trabajo paciente, saldrá victorioso.

Así ocurre con Melanie Klein; más que desterrarla o exorcisarla, hagámosla trabajar, obliguemos a su pensamiento y a su obra a trabajar. Entonces comprenderemos que el trabajo de toda gran obra psicoanalítica coincide, se entrecruza, con el trabajo de otra obra.  Pienso que, más allá de todo eclecticismo,  nuestra época debería dedicarse a ese trabajo, a esa intersección paciente de exigencias. Sea cual fuere el punto de partida, todo trabajo de un pensamiento psicoanalítico se encuentra con el trabajo de otro pensamiento, a condición de que se trate de verdaderos pensamientos y de un verdadero trabajo. 

Pregunta: Quisiera preguntar al Dr. Laplanche qué diferencias encuentra entre la concepción de la pulsión de muerte en Freud y en Klein.

J.L: Pienso que la concepción de Freud es más profunda desde el punto de vista de la exigencia teórica, porque pone en primer plano lo que llamo el tiempo «auto-»; es decir, el hecho de que la pulsión de muerte actúa primero desde el interior y contra el  propio yo. Por el contrario, Melanie Klein desarrolla clínicamente el descubrimiento de Freud pero sin darse cuenta que era necesario partir del tiempo «auto-». Es solo en sus últimos textos, especialmente aquél sobre la angustia, que trata de acercarse  a la concepción freudiana, pero pienso que lo hace imperfectamente. Desde mi punto de vista, la articulación entre la pulsión de muerte de Freud y el pensamiento de Melanie Klein puede encontrarse a través de un  concepto como el de introyección primaria, es decir, un proceso que transforma los datos externos en unos objetos internos completamente diferentes y atacantes.

Pregunta: A propósito del mundo interno, ¿qué es lo que rige su destino?, ¿la introyección?, ¿la proyección?

J.L: Ciertamente, Melanie Klein parte de la idea de que la proyección es primaria. Y cuando esta idea aparece, la concepción correspondiente de la pulsión ya no puede satisfacernos; es decir, una pulsión que no estaría ligada a ningún objeto, que sería una pura fuerza biológica. Por mi parte, pienso que el único momento en que puede aparecer la pulsión es aquél en  que el objeto se cliva; no exactamente en el sentido de clivaje bueno-malo, sino porque, a partir del objeto de la autoconservación, se deposita un significante que está en relación metafórica o metonímica con él. Evidentemente, aquí no me refiero a un significante del lenguaje, y en esto me distingo absolutamente de Lacan. Si usted quiere, yo me inclino a unir la idea de introyección primaria con aquélla de seducción primaria. En Freud también encontramos, en el origen, esta noción de una suerte de depósito anterior a la represión; una suerte de interno-externo que deviene a la vez excitante y atacante para el yo. No sé si he respondido suficientemente: de todos modos, hacer trabajar a Melanie Klein es evidentemente hacerla sufrir, torturarla y, claro, ella no estaría de acuerdo con lo que digo aquí.

Notas

*Jean Laplanche, «Fault  il brûler Melanie Klein?», publicado en Psychanalyse à l’Université, 1983, 8, 32 y en Jean Laplanche, La révolution copernicienne inachevée, Aubier, 1992, pp. 213-226. Traducción: Deborah Golergant  [Revisada en noviembre de 2013].

1. L. de Urtubey, Paris, PUF, 1983.

2. «Charcot», en GW. I, p. 19-35.

3. GW, p. 491.

4. Cf. M. Klein, «Discussion du rapport d’Ana Freud», presentada en el Congreso Internacional de Psiquiatría, 1950. Trad. francés en Psychanalyse à l’Université, 1983, 8, p. 507- 510.

5. En Essais de psychanalyse, Paris, Payot 1967, p. 311.

 

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