Traumatismo, memoria y fantasma: la realidad psíquica

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Resumen

Frente al encendido debate, especialmente en los Estados Unidos, sobre la posibilidad de establecer la realidad de los eventos traumáticos por la vía de la psicoterapia o del psicoanálisis, el autor insiste en un uso riguroso de los términos. La teoría freudiana, aquí centrada en torno al concepto de realidad psíquica, no podría entregarse al apoyo incondicional de ninguna de las partes en presencia («recovered memories» y «false memories»).Se trata más bien de plantear la originalidad del concepto de realidad psíquica, que se distingue a la vez de la realidad acontencial y de la pura imaginación. El autor señala la aproximación específicamente psicoanalítica del acceso a la memoria y se sirve de ella para criticar tanto la noción de «recuerdos recuperados» como la de «falsos recuerdos», reafirmando lo que sería una ética fundamental del psicoanálisis y de toda psicoterapia que pretenda inspirarse en él.

 

¿Qué es la realidad psíquica? ¿La memoria es una facultad fiable? En el psicoanálisis o en la psicoterapia psicoanalítica, ¿reconstruimos el pasado tal y como ocurrió, o hacemos una reconstrucción que solo tiene sentido para el sujeto al que le concierne? En el límite estas preguntas pueden recibir una respuesta insolente del tipo «no es necesario saberlo». Pero eso sería minimizar el hecho de que las cuestiones de palabras pueden tener consecuencias. Si hay un lugar donde las concepciones presentadas de esa manera sumaria adquieren un peso enorme es ante un tribunal. Hacía falta la deriva hiperlitigante de la sociedad y la cultura norteamericanas para plantear concretamente su importancia. En los Estados Unidos hoy hay gente en prisión o en libertad según la respuesta que estuvo dispuesto a aceptar un juez o un jurado a esas cuestiones aparentemente muy abstractas.

El debate de los «recovered memories» (recuerdos recuperados) por oposición a los «false memories» (falsos recuerdos) plantea una alternativa ante la cual, como analistas, no tenemos ningún deseo de tomar posición. Sin embargo, puesto que los defensores de ambas posiciones se refieren a Freud ya sea para culparlo o para invocarlo como apoyo, es necesario intervenir si uno no quiere ser identificado, a su pesar, con alguna de las dos posiciones.

Tomar posición en el debate pasa por examinar sus términos. Lo que destaca de este examen es, en primer lugar, el positivismo de las posiciones que se enfrentan: más patente en el caso de los recuerdos recuperados, que no serían más que la reproducción de un registro que hasta entonces se había mantenido escondido pero intacto; más sutil en el caso de los falsos recuerdos, aunque el razonamiento es el mismo: o bien ocurrió algo concreto, o bien no ocurrió nada porque se trata tan solo de un fantasma. Para unos, el recuerdo es el garante de una verdad objetiva; para los otros, es considerado falso y de valor nulo, sin preguntarse de qué puede ser índice, incluso en tanto fenómeno social.

Aquí sería necesario hacer un rodeo y reflexionar: todos deseamos que algo ocurra, la psique necesita que algo le llegue del exterior como para poder ponerle un rostro a lo que le llega, disfrazado, de su interior, y que llamaremos deseo o pulsión (poco importa por ahora). Así, al comienzo los terapeutas de las «recovered memories» tienen la mejor parte: ¿qué paciente no se presenta esperando que el análisis o la terapia le descubra un día que «algo ocurrió», y ése algo generalmente es imaginado como un acontecimiento único, la clave de todo, el denominador común de todo lo que constituye su sufrimiento. La terapia, así fantasmáticamente concebida, ya está arrojada en la modalidad de la transferencia y el analista ya es un sujeto supuesto saber: yo supongo que el terapeuta sabe o que, en todo caso, sabrá cómo arreglárselas para saber lo que me pasó a mí, que fui abandonado por la suerte en una oscura circunstancia. Ese paciente no quiere saber nada de la promesa de Freud de transformar, a través del psicoanálisis, el sufrimiento neurótico en sufrimiento ordinario.

Sobre el fondo de esta disposición, común a todo paciente, de descubrir el elemento clave, bastará que una corriente ideológica o terapéutica se empeñe en proponer la búsqueda efectiva de ese o esos evento(s), y no hay ninguna duda de que serán encontrados los casos apropiados y las historias requeridas.

Muy bien, pero al criticar esta forma de ver las cosas no debemos olvidar que esa necesidad de que algo ocurra, de que algo haya ocurrido, no puede ser ignorada sin otra forma de causa. Freud decía que el neurótico en cierta forma debe tener razón; proponía que incluso el núcleo psicótico poseía un núcleo de verdad histórica. ¿Cuál es, pues, el núcleo de verdad imaginable para el movimiento de las «recovered memories»? Intentemos ver cuál es la posible contribución del psicoanálisis a esta cuestión. En primer lugar, pensemos que el psicoanálisis no es la instrucción de un proceso judicial, no tiene por objetivo establecer hechos objetivos: aquí solo podemos evocar el famoso debate entre los defensores de la reconstrucción del pasado y los defensores de la construcción de una historia. En el debate que continua actualmente entre los defensores de una verdad narrativa, cercana a la hermenéutica, y los defensores de una reconstrucción histórica fiel, es perfectamente posible sostener una tercera posición que delimite un espacio específico del psicoanálisis[1].

El método psicoanalítico nos exige colocar en suspenso, entre paréntesis, la cuestión de saber si lo que nos dice un paciente es o no verdadero, en el sentido de la verdad objetiva.

Pero el psicoanálisis tampoco trabaja sobre la base de un libre arbitrio total, de una libertad absoluta de la imaginación. La propia imaginación, sus productos tal como son comunicados en sesión, deben ser diseccionados, interrogados, analizados; y ese análisis apunta a sacar a la luz los fantasmas inconscientes. De modo que hace falta distinguir claramente entre la actividad de la fantasía que puede proporcionar al análisis puntos de partida, y la producción seguida de la represión de fantasmas que, según los términos de Freud, se comportarán en la psique como una realidad tan consistente como la realidad material: aquí nos referimos a la realidad psíquica. Ésta constituye el objeto específico de la investigación psicoanalítica, es un tercer tipo de realidad entre la realidad material y la de los fenómenos psicológicos[2].

Se podría objetar, con razón, que poner en suspenso la realidad objetiva no fue siempre la actitud adoptada por Freud. En efecto, sabemos que en 1896, en su conferencia «Sobre la etiología de la histeria»[3], Freud creyó haber descubierto las «fuentes del Nilo» de esta neurosis, o sea los abusos sexuales reales de los que todas sus pacientes, según creía, habían sido víctimas. Así mismo, en la parte teórica de los Estudios sobre la histeria, la memoria inconsciente es descrita como un «archivo mantenido en perfecto orden»[4].

Pero su súbito cambio de opinión del 21 de septiembre de 1897 muestra hasta qué punto las cosas son más complicadas. Sabemos que esta fecha es aquélla en que Freud comunica a su confidente Wilhelm Fliess el abandono de la teoría de la seducción, que había propuesto con entusiasmo el año anterior. Son muchas las razones que lo llevaron a esa revisión, siendo la principal, para lo que aquí nos interesa, que no disponía de un criterio de veracidad en el inconsciente, donde hechos reales y fantasmas tienen el mismo peso.

La nueva posición de Freud se entendió de diversas maneras. Para unos, el abandono de la teoría de la seducción infantil es simplemente el signo de una cobardía, de un arribismo de Freud, de su deseo de complacer a sus colegas escépticos[5]. Pero si ese fuera el caso, no se entiende por qué Freud sólo le anunció su cambio de opinión a su amigo Fliess, y por qué fue necesario esperar ocho largos años para que su nueva teoría aparezca públicamente en sus escritos. Para otros, se trata de la partida de nacimiento de la sexualidad infantil, que desde entonces Freud pudo descubrir al dejar de estar obnubilado por la idea de un niño inocente víctima de un adulto perverso. Pero parece que entonces se olvida que la sexualidad infantil no fue descubierta por Freud, pues ya había sido observada por pediatras y otros médicos. La contribución de Freud fue mostrar la medida de la importancia de la sexualidad infantil en la constitución psíquica de cada uno.

Me parece esencial destacar el hecho siguiente: lo que Freud le explica a su amigo Fliess en la carta donde le comunica su abandono de la teoría de la seducción infantil, no es que tal seducción no existe o que no tiene consecuencias; Freud únicamente constata que en el inconsciente no hay un criterio que permita distinguir el hecho real del fantasma, y ello en el sentido de que el fantasma puede adquirir tanta convicción como el hecho realmente ocurrido. Volvemos, pues, a la casilla de partida: el método analítico en ningún caso puede pretender establecer los hechos «objetivos».

Aquí no entraré en el debate entre los defensores de la reconstrucción de un pasado histórico y los de la construcción de una verdad narrativa. Intentaré utilizar sus elementos más útiles para la cuestión que nos concierne hoy.

Los recuerdos recuperados (recovered memories)

Esta concepción es comparable al trabajo de Freud antes del famoso giro de septiembre de 1897; en el texto «Sobre la etiología de la histeria» puede leerse cómo procedía. Se le puede ver a la espera de respuestas precisas de sus pacientes, rechazando algunas de ellas e incitándolas a buscar mejor hasta quedar satisfecho, es decir, hasta que la paciente «encuentra» lo que Freud deseaba verla encontrar. La técnica de colocar la mano sobre la frente de los pacientes para facilitar el trabajo de la memoria era, tal vez, la forma de sugestión más teatral que así operaba, pero había otras más sutiles.

Sin embargo, el trabajo de auto-análisis que realizó Freud, ayudado por su relación transferencial con Fliess pero también poderosamente motivado por el duelo que siguió a la muerte de su padre, lo condujo a darse cuenta de que no disponía de ningún criterio fiable para distinguir la fantasía del recuerdo. Eso no lo llevaba a negar que hayan ocurrido abusos sexuales en la infancia sino, únicamente, a constatar que no podía pretender plantearlo con seguridad en cada caso individual. Lo cierto es que se revelaba que esto no era tan importante desde el punto de vista psicopatológico: el fantasma puede ser igualmente patógeno.

Pero hay algo más: el concepto de recuerdo-pantalla, expuesto dos años más tarde, radicaliza el escepticismo a propósito de los recuerdos, incluso de aquéllos que se presentan como los más fiables. De hecho, durante esos años ocurre una verdadera revolución en la concepción freudiana del funcionamiento psíquico, revolución que trae consigo una forma totalmente novedosa de concebir el funcionamiento de la memoria y que, en nuestra época –dominada por la investigación en neurociencias- se revela de una modernidad extraordinaria[6]. Esta concepción puede observarse desde diciembre de 1896, en una carta designada comúnmente en los escritos psicoanalíticos como la «carta 52» (que hoy ha pasado a ser la «carta 92»[7]). La fecha es importante, pues sitúa esta concepción a medio camino entre su presentación de la teoría de la seducción infantil (mayo de 1896) y su abandono (septiembre de 1897). De modo que puede notarse un movimiento en el pensamiento de Freud que no responde a un solo tipo de motivos: en efecto, a los motivos clínicos, extraídos de su propio análisis tanto o más que del de sus pacientes, se añade este ajuste teórico del funcionamiento de la memoria que encontramos en la carta 52.

¿Qué revela, en definitiva, el recuerdo-pantalla y su análisis por Freud? «Nuestros recuerdos de la infancia nos muestran los primeros años de vida no como fueron, sino como han aparecido en tiempos posteriores de despertar. En estos tiempos del despertar los recuerdos no afloraron, como se suele decir, sino que en ese momento fueron formados; y una serie de motivos, a los que es ajeno el propósito de la fidelidad histórico-vivencial, han influido sobre esa formación así como sobre la selección de los recuerdos»[8]. Dicho de otro modo, no tenemos recuerdos provenientes del pasado, sino que formamos recuerdos a propósito del pasado.

Lo que tiene de esencial esta concepción es que el recuerdo no es el objeto final de la búsqueda; el recuerdo es más bien un vehículo que los deseos inconscientes toman prestado de manera «oportunista». Este vehículo puede estar formado por escenas absolutamente anodinas, insignificantes. Y hay que notar que este mecanismo de préstamo de materiales absolutamente banales también puede encontrarse en la teoría del sueño y luego, más tarde, en la teoría de la transferencia. Así puede sopesarse la importancia que tiene esta comprensión para el conjunto de la teoría psicoanalítica.

Evidentemente, con esta noción de formación a posteriori de los recuerdos emerge una sospecha sistemática en lo que respecta a la fiabilidad de los recuerdos, de todos los recuerdos. La memoria no es un simple almacén donde se encontrarían documentos que estarían ahí conservados tal cual. Es un sistema vivo, constantemente modificado, donde se producen retranscripciones sucesivas. Ahí se encuentra lo esencial de la carta 52, que citaré brevemente a partir de la traducción inglesa, más reciente y más completa: «…Tú sabes que trabajo con el supuesto de que nuestro mecanismo psíquico se ha generado por estratificación sucesiva, pues de tiempo en tiempo el material preexistente de huellas mnémicas experimenta un reordenamiento según nuevos nexos, una retranscripción [Umschrift]. Lo esencialmente nuevo en mi teoría es, entonces, la tesis de que la memoria no preexiste de manera simple, sino múltiple, está registrada en diversas variedades de signos. En su momento (afasia) he afirmado un reordenamiento semejante para las vías que llegan desde la periferia [del cuerpo a la corteza cerebral]. Yo no sé cuántas de estas transcripciones existen. Por lo menos tres, probablemente más» (Aquí sigue un pequeño esquema que muestra la serie de retranscripciones entre percepciones, signo de percepción, retranscripción en el sistema inconsciente, luego en el preconsciente, etc.). Poco después añade: «Quiero destacar que las transcripciones que se siguen unas a otras constituyen la operación psíquica de épocas sucesivas de la vida. En la frontera entre dos de estas épocas tiene que producirse la traducción del material psíquico. Y me explico las peculiaridades de las psiconeurosis por el hecho de no producirse la traducción para ciertos materiales, lo cual tiene algunas consecuencias»[9]

Vemos, pues, la solidaridad teórico-clínica de las ideas de Freud en esta época. Esta concepción de la memoria es una contribución esencial, casi siempre ignorada incluso en los ambientes psicoanalíticos. Ignorada al menos en cuanto a sus importantes consecuencias para problemas como los que hoy nos ocupan.

Se adivinará que con una tal teoría de la memoria, Freud y los psicoanalistas que le siguen en esta vía no pueden adherir al modelo de las personalidades múltiples, concebidas como guardianes de recuerdos supuestamente fieles al pasado pero que habrían sido «reprimidos». En efecto, hay que notar que la concepción de la memoria que acabamos de esbozar transforma de manera importante el concepto mismo de represión. Ésta ya no puede ser el simple almacenaje de un stock de recuerdos fuera del alcance de la consciencia. Freud indica de paso que la represión es precisamente el «fracaso de la traducción», la no retranscripción de ciertos datos de la memoria. El material reprimido ya no puede concebirse como una materia conservada intacta en alguna parte y de la que se espera que resurja tal cual. Se trata de un material que, al no haber sido retranscrito, es decir llevado a una simbolización más evolucionada, quedará sometido a un destino muy diferente.

«Toda vez que la reescritura posterior falta, continúa diciendo Freud, la excitación es tramitada según las leyes psicológicas que valían para el periodo psíquico anterior, y por los caminos de que entonces se disponía. Subsistirá así un anacronismo…»[10]

En esta precisión de Freud puede verse claramente la alusión al trabajo de procesos primarios que van a operar sobre el resto no retranscrito. La elaboración psíquica que se produce a partir de ese resto es lo que constituirá el material reprimido: no un recuerdo en sí, sino una huella a partir de la cual se constituirán escenarios fantasmáticos cuyo efecto sobre los «recuerdos» posteriores seguirá consideraciones muy distintas a la del cuidado de la verdad histórica, como decía Freud a propósito de los recuerdos-pantalla.

Ciertamente habría que precisar que la concepción de las «personalidades múltiples», que algunos podrían encontrar parecida a la teoría freudiana anterior a 1897, es más bien la recuperación integral de la teoría de Janet y de otros psiquiatras pre-psicoanalíticos o no psicoanalíticos, que postulaban la disociación mental como mecanismo fundamental de la patología neurótica. A lo que Freud opuso la teoría del conflicto intrapsíquico. En un estudio minucioso de la cuestión, Ian Hacking[11] señala que, antes de la llegada de Freud, la figura dominante en los Estados Unidos era la de Morton Prince, que retomaba las teorías disociativas de Janet. Observa que los diagnósticos y los artículos científicos sobre la doble personalidad o a la personalidad múltiple disminuían paralelamente al avance de las ideas psicoanalíticas. Claro que este no es un argumento válido a favor de una posición o contra la otra, pero la plasticidad de los diagnósticos al menos da que pensar. Hay que notar que la teoría del conflicto psíquico, conflicto interno incluso cuando ha habido traumatismo, se inclina del lado de una posición en la que el paciente es considerado como sujeto de su propia historia, mientras que la teoría de la disociación psíquica ligada a un evento traumático desplaza la responsabilidad hacia el exterior. El contexto ideológico actual en Norteamérica, tal como lo describe Pascal Bruckner en La tentación de la inocencia[12], no parece ajeno a la proliferación de casos de patologías donde los pacientes son considerados a priori víctimas de la intervención ajena. Entendámonos bien: no se trata de negar que hay víctimas y victimización entre nuestros pacientes, sino de cuidarnos del efecto poderosamente sugestivo del contexto ideológico.

Los falsos recuerdos (false memory syndrome)

Aparentemente haríamos bien en enrolar a Freud, versión posterior a 1897, en el campo del «false memory syndrome». Pero nos desanimaríamos rápidamente al darnos cuenta de que, incluso después de haber planteado que no existe criterio de realidad en el inconsciente, Freud aún busca la confirmación por terceras personas de recuerdos evocados en ciertos análisis, siendo el más célebre aquél del Hombre de los lobos. Aquí las cosas se complican singularmente: en efecto, a propósito del mismo caso, Freud al mismo tiempo afirmará la preponderancia de los fantasmas sobre los acontecimientos «reales» y, por otro lado, buscará corroborar en la historia realmente acontecida lo que su célebre paciente evoca en el curso de su análisis.

En defensa de Freud, reconozcamos que esas dos actitudes no son tan contradictorias como parecen. En efecto, Freud afirma que el fantasma toma la delantera cuando la experiencia personal del niño es insuficiente para permitir captar el sentido de lo que se observa. En esto es consecuente con las hipótesis de la carta 52 (el modelo traductivo). La preponderancia del fantasma no anula, pues, el hecho de que algo haya sido percibido. La diferencia esencial con la teoría de los «recovered memories», lo reitero, es que eso «recuperado» en la memoria no necesariamente es lo que fue percibido: entre ambos momentos se ha constituido el fantasma.

Contra Freud, sin embargo, hay que cuestionar su forma de explicar la presencia de esos fantasmas que toman el relevo cuando el niño no es capaz de formarse una teoría adecuada de lo que observa. En efecto, Freud invocaba un innatismo de esos fantasmas, una transmisión filogenética de contenidos psíquicos originarios. Según esta concepción, las caricias inocentes por parte de un padre-o-madre en el curso de los cuidados ordinarios del niño podrían despertar los fantasmas innatos de éste y llevarlo a una interpretación desviada de lo que realmente ocurrió.

Aquí Jean Laplanche[13] interviene para criticar a Freud, sorprendiéndose de su forma extraordinariamente ingenua de olvidar que los adultos que cuidan al niño tienen, ellos también, un inconsciente, una sexualidad reprimida. Por eso es imposible postular una transparencia total por parte del adulto y una interpretación «torcida» por parte del niño. Laplanche hace suyo y desarrolla el modelo de las inscripciones múltiples y de las traducciones sucesivas, pero incluyendo en él a los mensajes enigmáticos que emanan del mundo de los adultos. Así, si la investigación de Freud sobre la validez de los recuerdos del Hombre de los lobos está condenada al impase en lo que respecta a su capacidad de «probar» que tal o cual acontecimiento ocurrió, ello se explica en parte por el hecho siguiente: el niño efectivamente percibe signos que vienen del mundo adulto y no cuenta con los instrumentos necesarios para su plena traducción, traducción necesaria para que se integren en el yo. Esos mensajes, dice Laplanche, están «comprometidos», en el doble sentido de «contaminados» por el inconsciente del adulto –por sus deseos no reconocidos- y de «atenuados» por el hecho de que la represión en el adulto actúa de modo que esos deseos inconscientes no se transmiten tal cual sino que se manifiestan bajo su forma inhibida. En cualquier caso, de todos modos hay seducción por parte de los adultos, incluso si ellos no son sus autores deliberados. Ésa es la «seducción generalizada», que responde a la diferencia y al desfase inherente entre el universo del adulto y el del niño. Pero aquí se impone una distinción:

1) La seducción generalizada, digamos «normal» -en todo caso inevitable- del niño por el adulto da cuenta de la diferenciación de las instancias psíquicas. Freud nos decía que los restos no traducidos son tratados según la manera más antigua; de modo que los procesos psíquicos no serán los mismos en todos los lugares de este aparato que debe tratar los mensajes emitidos por el otro. Más que por su diferenciación tópica, el inconsciente se distingue, sobre todo, por los procesos de pensamiento que le son propios (procesos primarios).

2) Al lado de este proceso normal que llamaremos, siguiendo a Laplanche[14], «implantación» de la sexualidad inconsciente, existe otro mecanismo que sí es esencialmente patógeno. Este mecanismo, llamado «intromisión», es la versión violenta de la implantación. Aquí la seducción no es la acción del adulto implicado en los cuidados ordinarios del niño, sino de un adulto intrusivo o francamente perverso. Lejos de conducir a la diferenciación psíquica, este proceso más bien paraliza esta diferenciación. En la psique del niño se constituye un enclave no metabolizable, no traducible. Este enclave no pertenece, propiamente hablando, a lo reprimido, pues el proceso de traducción/represión no tiene lugar. Yo he sugerido que, en este caso, el mensaje del otro no es solamente enigmático para el niño, sino que está afectado por una prohibición de traducir[15] Puesto que aquí no cuento con suficiente espacio para profundizar en este tema, me contentaré con mencionar que interviene también lo que Piera Aulagnier[16] llama el «compromiso identificatorio» entre el adulto y el niño, compromiso que no deja de evocar lo que Paul Lefevbre[17] llamó el «pacto fáustico». La vía final común a todo esto es que algo permanece como cuerpo extraño inasimilable, intratable.

Esta distinción implantación/intromisión me parece esencial para nuestra discusión de hoy: con la intromisión tenemos a un sujeto enfrentado a un traumatismo que no permite un trabajo de traducción/represión. ¿No sería éste el sujeto capaz de formar «personalidades múltiples» y de restituir algún día, tal cual, los eventos que prueban esa intrusión violenta que evocamos? Mi respuesta será que «no», por varias razones. En primer lugar, hablar de una no-diferenciación psíquica es también hablar de un funcionamiento empobrecido del aparato psíquico. En veinte años de práctica nunca he encontrado personalidades múltiples; pero sí he tratado a personas víctimas de abusos sexuales en la infancia. Desde el punto de vista de los recuerdos, esas personas evocaban sin dificultad las escenas de seducción ocurridas pero, por lo demás, lo que los caracterizaba era diversos grados de parálisis psíquica: carencia, más o menos grave según el caso, de la producción fantasmática y onírica. La profusión de «personalidades» secundarias que se alega a propósito de los trastornos disociativos me parece indicar, más bien, la existencia de un aparato psíquico bastante diferenciado. Hay una razón adicional para mi objeción. Contrariamente a Freud, Ferenczi continuó interesándose por el traumatismo efectivo, es decir, por las víctimas de abusos diversos en la infancia. Postuló como mecanismo central de este traumatismo y de sus consecuencias psicopatológicas a la identificación con el agresor, mecanismo que no negarían los defensores de los «recovered memories». Este mecanismo –cuyo nombre fue retomado por Ana Freud sin darle el crédito a Ferenzci y con un sentido muy distinto- obliga a las víctimas a «someterse automáticamente a la voluntad del agresor, a adivinar su menor deseo, a obedecer olvidándose totalmente de sí mismos»[18]. A través de este mecanismo, el agresor se vuelve interno. Esos pacientes presentan una gran docilidad hacia su terapeuta, están al acecho de sus deseos y buscan complacerle. Así, nos encontramos con una paradoja: el mismo texto de Ferenczi que parece apoyar la teoría de la disociación de la personalidad que resulta de esos traumatismos, justifica que guardemos un sano escepticismo frente a las producciones de los pacientes en el curso del tratamiento, dada la gran docilidad de las víctimas identificadas inconscientemente con su agresor. Por eso mismo, las múltiples disociaciones que se pretende inevitablemente encontrar, en realidad pueden tener un origen iatrogénico, es decir, ser inducidas por el terapeuta que cree en ellas, incluso cuando esto ocurre de buena fe. Como lo señala Lewis Kirshner[19] al referirse a este mismo texto de Ferenczi, el paciente ha perdido la confianza en la credibilidad de sus propios sentidos; al faltarle el sentido de su propia verdad, tiende a dirigirse hacia el analista o el terapeuta como autoridad última.

Sin dejar de ser fuertemente escéptico en cuanto a la utilidad y la validez de la teoría de los trastornos disociativos de la identidad, no podría ubicarme sin reservas en el campo del «false memorie syndrome». En efecto, al rechazar el modelo de las personalidades múltiples aún no hemos explicado la popularidad del fenómeno en su conjunto. Pero si, como lo pretende Ferenczi, uno de los efectos del abuso por parte del adulto es suscitar en su víctima una gran docilidad -docilidad que ésta repetirá frente a su terapeuta- la conclusión es que de hecho no se puede excluir con certeza, ni tampoco probar, la naturaleza de la causa a partir de las consecuencias. La cuestión debe ser examinada en cada caso particular, sin olvidar el hecho de que en la coyuntura ideológica y social actual existe la «tentación de la inocencia». Dicho esto, es verdad que se pueden añadir algunas otras consideraciones, las cuales no dejarán de tener consecuencias en el manejo de ese «caso por caso».

Tanto si la «causa» invocada se refiere al hecho percibido o a la elaboración fantasmática, la teoría de la seducción generalizada –sea con el mecanismo «normal» de la implantación o con el traumatismo paralizante de la intromisión- nos indica que en cualquier caso el otro está necesariamente implicado en la realidad psíquica del sujeto. Pero lejos de autorizar, por parte del terapeuta, una actitud semejante a la de un juez de instrucción que acumula pruebas contra «X», esta misma teoría debería ante todo recordar al terapeuta que, en la transferencia, él ocupa el lugar de ese otro. Que su labor es justamente no repetir, en la relación con su paciente, la intrusión atribuida a esos primeros otros que él quisiera poder inculpar. No por hacerlo en nombre del bien dejaría de arrebatarle a su paciente su condición de sujeto. El paciente cuya historia es autentificada por su terapeuta, ¿no se vuelve dependiente de la palabra de ese terapeuta ubicado en posición de detentor de criterios de verdad? A pesar de los impases y las contradicciones que pueden encontrarse en su obra, Freud siempre sostuvo que el psicoanalista debía rehusarse a hacer las veces de «salvador de almas», es decir, debía rehusarse a saber cuál sería el bien de su paciente. La neutralidad benévola nunca fue y no es, sobre todo en el caso considerado aquí, un simple saber-hacer; tiene implicaciones éticas extremadamente graves. Si un examen atento de los argumentos a favor de la disociación de la personalidad comporta sus propios contra-argumentos (cf. la docilidad y la sumisión, la gran sugestionabilidad de ésos mismos que podrían alimentar la teoría), ello implica que es de suma importancia que el terapeuta mantenga esa neutralidad benévola. Dicho claramente, que recuerde que él también tiene un inconsciente, deseos inconscientes a los que sus pacientes no dejan de ser sensibles y a los que desean responder.

Suponiendo al absurdo que, después de todo, sea posible abrir un proceso contra un adulto abusivo a partir de datos de la terapia, se abriría entonces un nuevo debate: ¿en qué sería terapéutico para el paciente ensañarse en la realidad (vía procedimientos judiciales o de otra forma) con su agresor de antaño? El objetivo de la terapia ¿no es permitir que todo paciente reconozca y asuma lo mejor posible sus propios deseos, su propia posición de sujeto, en suma: que tome las riendas de su propia vida en una incertidumbre fundamental[20], sin complacencia pero sin ilusión respecto al hecho de que nunca podrá alcanzar la verdad última?

Termino con esta pequeña historia. Contra el joven Philip Halsmann, acusado del asesinato de su padre, el proceso judicial había invocado -como argumento de apoyo a la acusación-, el «complejo de Edipo» de este joven y sus correspondientes deseos homicidas. La defensa se opuso radicalmente. Más tarde se pidió su punto de vista a Freud, quien avaló la objeción de la defensa. Pidió que primero se pruebe la culpabilidad del joven por los procedimientos de investigación habituales. Éstas fueron sus palabras:

«Si se hubiese demostrado objetivamente que Philip Halsmann mató a su padre, tendríase, en efecto, el derecho de invocar el complejo de Edipo para motivar una acción incomprensible de otro modo. Dado que tal prueba, empero, no ha sido producida, la mención del complejo de Edipo solo puede inducir a confusión […] precisamente por su existencia universal, el complejo de Edipo no se presta para derivar conclusiones sobre la culpabilidad»[21].

Mutatis mutandis, el mismo razonamiento puede aplicarse a la cuestión del traumatismo: teniendo en cuenta la universalidad de la seducción y la centralidad del fantasma, no tendría sentido apoyarse en lo que emerge en terapia para probar la materialidad de los hechos invocados. Pero, a la inversa, así como todo portador de un complejo de Edipo puede, en ocasiones, convertirse en parricida, también la seducción generalizada puede ceder lugar a la seducción perversa, lo que muy a menudo efectivamente ocurre (¡cada caso es un exceso!). Es sólo que la prueba no podría ser aportada por el proceso terapéutico.

 

*«Traumatisme, mémoire et fantasme: la réalité psychique», Santé mentale au Québec, vol. 21, n° 1, 1996, p. 163-176, en http://id.erudit.org/iderudit/032385ar. Traducción: Deborah Golergant

[1] Laplanche, J. (1992), «La interpretación entre determinismo y hermenéutica: un nuevo planteo de la cuestión», en La prioridad del otro en psicoanálisis, Amorrortu, 1996, p.153

2 Laplanche, J., Pontalis, J-B. (1967), Diccionario de psicoanálisis, Labor,1983.

3 Freud S., «La etiología de la histeria» (1986), OC, v.III, Amorrortu.

4 Freud S., «Estudios sobre la histeria» (1985), O.C, v.II, Amorrortu.

[5] Masson, J. M., The Assault on Truth, Freud’s Suppression of the Seduction Theory, Farrar, Strauss and Giroux, New York, 1984.

[6] Edelman, G., Bright Air, Brilliant Fire: On the Matter of Mind, Basic Books, New York, Traduction française: Biologie de la conscience, Éd. Odile-Jacob, Paris, 1992.

[7] Actualmente la «carta 112». N. de T.

[8] Freud, S., «Sobre los recuerdos encubridores» (1899), en O.C. v. III, Amorrortu.

[9] Freud, S., Carta a Fliess del 6-XII-96, en O.C v. I, Buenos Aires, Amorrortu, 2007, pp. 274-276.

[10] Ibid.

[11] Hacking, L., «Rewriting the Soul, Multiple Personality and the Science of Memory», Princeton University Press, Princeton, 1995.

12Bruckner, P., «La tentation de l’innocence», Grasset, Paris, Grasset, 1995.

[13] Nuevos fundamentos para el psicoanálisis (1987), Buenos Aires, Amorrortu, 1989.

[14] «Implantación, intromisión» (1990), en La prioridad del otro en psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1998.

[15] Scarfone, D., «Ma mère, ce n’est pas elle, De la séduction à la négation», in J. Laplanche et al., Colloque international de psychanalyse, Paris, PUF, 1994, pp 97-106.

16Aulagnier, P.,«Les deux principes du fonctionnement identificatoire: permanence et changement», en Un interprète en quête de sens, Paris, Ramsay,1986, pp. 411-422.

17Levfebre, P., «The psychoanalysis of a patient with ulcerative colitis», International Journal of Psycho-Analysis; 69, 43-53, 1988.

[18]Ferenczi, «Confusión de lenguas entre los adultos y el niño», Barcelona, Espasa Calpe, 1982, p.162.

[19]Kirschner, «Concepts of psychic reality in psychoanalysis, as illustrated by the disagreement between Freud and Ferenczi», International Journal of Psycho-Analysis, 74, 2,219-230, 1993.

[20] Scarfone, «An uncertainty principle and the benefits of doubt», Canadian Journal of Psychoanalysis. Revue canadienne de psychanalyse, 4,1, 29-47, 1996.

[21] Freud, S., «La peritación forense en el proceso Halsmann» (1930), en B.N. VIII. 3072/3. S.E. XXI, 251/3.