Agresión sexual y transformación puberal, ¿una potenciación de la efracción traumática?

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Los efectos desorganizadores del trauma sexual[1] pueden manifestarse, de manera muy recurrente, en el « síndrome de repetición traumática ». Este síndrome pone de relieve, entre otras cosas, la reviviscencia bajo la forma de una invasión repetitiva de la escena de efracción, de una percepción, de una imagen[2] y de las sensaciones experimentadas por el sujeto en el momento de la fractura traumática. Aunque no se trata de un aspecto especifico de la adolescencia, me parece importante ilustrar este punto antes de desarrollarlo alrededor de la problemática adolescente. Es importante señalar que esto concierne tanto a las víctimas de violación adultas, adolescentes, como a las víctimas de otros tipos de agresiones. Ya trabajé esta similitud[3].

He propuesto la hipótesis[4] de un tiempo de latencia traumática entre la efracción y el despertar de la escena traumatizante que no ofrece las mismas posibilidades de metabolización que el tiempo y trabajo de latencia que sigue al complejo de Edipo, el surgimiento de la pubertad, los traumatismos estructurales o los acontecimientos de la vida. El sujeto se defiende como puede de la efracción traumática, pero cuando es tocada la carne, penetrada, aunque el sujeto haya alcanzado una cierta madurez, la « seducción » traumática no va a dejarse expulsar tan fácilmente de la conciencia. La represión es inoperante, reemplazada por una defensa « mutiladora » como el clivaje. No se trata de decir que no hay ningún procesamiento psíquico, sino de subrayar que ya no estamos en el registro de lo mismo ni en aquél del enigma, sino en el de lo idéntico y lo crudo[5]. El sujeto busca entonces una salida, de un destino traumatolítico, pero desgraciadamente muy a menudo sus intentos fracasan y vuelve a encontrarse en una espiral traumatófila.

Esta dinámica propia al traumatismo de la efracción, ¿se articula con el proceso de la adolescencia, o bien estamos ante dos registros, dos cuerpos extraños internos combinándose u oponiéndose? Ese otro cuerpo extraño interno no metabolizado[6], enquistado, puede atacar « por cuenta propia », o bien parasitar o potenciar el ataque de un cuerpo extraño interno[7] que sí responde al registro de lo reprimido, particularmente cuando el sujeto está viviendo la transformación puberal. Esto es lo que trataré de presentar con Juliette y Barbara.

Juliette y el « Highlander », una ilustración del síndrome de repetición traumática.

Se trata de una adolescente que ha sufrido agresiones sexuales por parte de su tío durante varios años, justo antes y después de la pubertad. Reservada, educada, siempre clásicamente vestida con traje y zapatos, aunque adolescente hace pensar en una pequeña niña modelo, con el pelo muy bien arreglado y todo perfectamente a juego. Seguramente no seductora e imagino que muy poco interesada por cuestiones relativas a la sexualidad. Parece esforzarse por mantener una expresión uniforme pero, aunque no la exprese, siento su cólera.

Durante mucho tiempo[8] vino acompañada por su madre, tercero tranquilizador que la disponía a confrontarse con el terapeuta. Sin embargo experimentaba grandes dificultades para hablar. Con su madre en la sala de espera, se encuentra a solas conmigo cara a cara. Sabe que viene a un centro especializado. Una de las características de estos centros es que las personas que vienen piensan que lo hacen para hablar de las agresiones que han sufrido. Por lo tanto nosotros no nos enteramos de tales sucesos al azar en el curso de una psicoterapia. Se trata de una situación bastante particular y el terapeuta debe transigir con esta particularidad como con la dificultad experimentada por una adolescente para hablar de su intimidad, sobre todo cuando sabe que lo sabemos…

Saber que « tiene » que hablar de « eso » es una de las cosas que hace tandolorosa la palabra. También siento que estar en contacto conmigo no le resulta fácil, por lo que la invito a hablar con precaución: un encuadre como el de la psicoterapia psicoanalítica lleva a explorar la intimidad psíquica del sujeto y eso es precisamente lo que duele. Además ¿« para que sirve hablar »?, me pregunta a menudo. El analista se encuentra entonces frente a su impotencia, como ella misma ha podido experimentarla. A pesar de todo tras varias semanas lo logra, despacio y en pequeñas dosis. Le digo que no se sienta obligada a hablar de lo que ha pasado con su tío, que puede hablar de lo que ella quiera. Una vez liberada de esa obligación a hablar, de esemandato, deja de mirarme con desconfianza. Como efecto paradójico del levantamiento del mandato se decide a hablar de esas agresiones, pues están todo el tiempo en sus pensamientos y en sus pesadillas.

En efecto, ha interiorizado al agresor (el tío), objeto interno inamovible que vuelve sin cesar a su mente. Puede ser el protagonista manifiesto de una pesadilla traumática o hacer intrusión en sus pensamientos durante el día mediante el recuerdo de las agresiones sufridas. En el curso de las sesiones se revela el impacto de esta interiorización, de este enquistamiento. Lo que le ha hecho sufrir se inscribe en esta dinámica del retorno de lo idéntico mencionada más arriba, a pesar de los intentos desesperados de Juliette por reducirlo a la impotencia, de rechazarlo buscando dejar de pensar, dejar de soñar. Intentos vanos. Logra hablar del modo en que el agresor es identificado en sus pesadillas: es él y no otro, y las imágenes de la pesadilla remiten a las escenas de agresión realmente vividas, sin transformación psíquica.

La psicoterapia sigue su curso y ella parece confiar cada vez más en mí, se permite hablar pero su discurso se ve entrecortado por accesos de cólera: quiere hacerle pagar por eso. Su cólera se alimenta de su impotencia, no logra derribarlo. La pequeña niña modelo se transforma entonces en un rostro de rabia y desesperación. Durante meses las sesiones tienen más o menos el mismo contenido; es agotador y en ocasiones yo también me siento impotente. Me sorprendo preguntándome lo mismo que ella: ¿para qué sirve hablar? La ambivalencia y la agresividad que sentía desde el principio toman cuerpo en la transferencia.

Se presentó una denuncia antes de su llegada al centro, pero aunque el procedimiento sigue su curso y ella ya no le ve, el tío está siempre muy presente en su mente. Hablar de esta invasión le lleva a recordar la insistencia de éste último y su poder sobre ella. Nunca pudo oponerle resistencia, como en sus pesadillas. En ellas revive las escenas de agresión de manera idéntica, primero intentando resistirse, debatiéndose con palabras y gestos, pero siempre en vano.

Sin embargo, a lo largo del proceso de psicoterapia los elementos del sueño irán modificándose. Cuando comienza a evocar su vergüenza y culpabilidad, surge y se impone una metáfora de la agresión. Una metáfora, es decir, un primer desplazamiento, pero con la misma recurrencia del combate. Así, durante todo un periodo y casi en cada sesión vuelve sobre su sueño del « Highlander »[9], como lo llama, en referencia a ese personaje de ciencia-ficción que soporta sin un rasguño heridas mortales de armas de fuego o arma blanca. Es imposible desembarazarse de él, siempre vuelve a la carga. La única forma es decapitarle. Una vez que le han cortado la cabeza, muere y quien se la ha cortado toma su energía.

Estas pesadillas, paradójicamente, me parecen indicar una recuperación de la simbolización; la repetición traumática todavía está presente pero se ha iniciado un tratamiento psíquico. La erotización de la transferencia permite ese desplazamiento, esa recuperación de la simbolización. En el curso de la psicoterapia se ha podido crear un espacio transicional, así como la permanencia de un refugio[10] y el hilo de su narración. Aparece la elaboración, la recuperación del dominio del cuerpo y del sueño. El agresor interiorizado sufre ahora los rayos más o menos eficaces de la víctima. Hasta que una noche éste se deshace en el sueño con la ayuda de la intervención de su madre, que le tiende la mano mientras ella marcha sobre la cabeza del Highlander que « explota como un globo ».

Este sueño se produjo después de que ganara el proceso judicial, lo que tuvo un impacto; pero no habría tenido más que una importancia relativa de no ser por la ternura de su madre. Pude constatar la permanente presencia de la madre y su acompañamiento en la realidad, siempre sosteniendo a su hija. El apoyo de su madre, quien incluso la acompañaba al centro, la animaba a « confrontarse » con el terapeuta, otra figura de intrusión que vuelve regularmente -de algún modo como el Highlander– pero que no agrede y permite retomar el hilo del sueño y del desplazamiento psíquico. Juliette pudo experimentar en la realidad el apoyo de su madre, muy lejos de la desmentida que vemos a menudo y que Ferenczi puso de relieve como un aspecto agravante del trauma.

Luchando contra la violación y la transformación del cuerpo, Barbara.

Barbara es una joven que está saliendo de la adolescencia. Se emancipa más o menos de sus padres yéndose a vivir con su novio. Durante el periodo en que acude al centro de psicotraumatología tiene 18-19 años.

Nacida en Europa del este, se presenta de punta en blanco, sus cabellos platino recogidos en trenzas y vestida con falda de vuelos. Trae el escote bien envuelto por una cazadora abrigada con cuellos de piel. Es como una muñeca, pero una muñeca en quien aflora el conflicto. Diríamos que es fría y distante si no sintiéramos el fuego de cólera y rabia en su interior. Viene al centro porque no soporta estar continuamente invadida por las imágenes de la agresión sexual que sufrió tres años atrás.

Después de algunas sesiones de psicoterapia, pide sentarse en el diván que hay a mi lado en lugar de la butaca que está enfrente. Piensa que así hay más espacio y se siente más cómoda, pero no se tumba sino que permanece sentada. Yo lo entiendo en un doble registro, de desafío e intento de guardar un cierto control.

Siempre a la defensiva, un día me (quitar) dijo que creía entender por qué sentía ciertas emociones en la psicoterapia. No sabe muy bien cómo decirlo, pero mi silencio le recuerda a su padre, a las cosas que no pasaban con él[11]. Pero aquí siente algo que no sentía con su padre: una escucha. Sus padres se separaron y aparentemente nunca constituyeron una pareja tranquila. Ella navega entre su madre y su padre, a quien ve de tanto en tanto cuando viene de su país.

Durante su infancia había querido y admirado mucho a su padre; convertido en alcohólico tras divorciarse de su madre, ahora le despreciaba. Se sintió feliz cuando, al intentar resultarle agradable e interesarle intelectualmente al padre de una de sus amigas, que era culto como su padre, éste mostró interés por ella.

Ese hombre le debió servir de sustituto paternal. Le gustaba pasar tiempo con él hasta que una noche se presenta en su cama y la empieza a « sobar ». Después, quedando ella perpleja, incapaz de reaccionar, la viola.

En sesión siento sus resistencias, sus dificultades para hablar. Aunque la seducción esté presente, se trata de una presencia paradójica que se notará mucho en ella. También hay represión; ella dice que lo sabe, que sabe hay cosas que no quiere decir porque no se siente preparada para profundizar. La problemática histérica se complica entonces por el hecho de haber sufrido una violación.

Desde de la violación, cada vez que un hombre la miraba caía presa de una rabia loca. Recuerdo una sesión en la que dijo haber insultado a un hombre que la miraba con « ojos concupiscentes » cuando llegaba al centro. Otra vez, según dijo, pegó a cuatro chicos que le habían hecho comentarios asquerosos. Dice que no se dio cuenta, que presa de una rabia loca se vio de pie con los chicos en el suelo o a la fuga. ¿Exageración? Está claro que su discurso y sus actitudes dejan efectivamente suponer la posibilidad de un acto violento de este tipo, un pasaje al acto sin toma de conciencia, desbordada por la reacción de violencia que habitualmente manifiesta contra su propio cuerpo. Siento en ella una dificultad para lidiar con dos cuerpos psíquicos, cuerpos extraños internos: el inconsciente reprimido y la escena traumática clivada. Su propio cuerpo le perturba tanto que lo utiliza para tratar de arreglar cuentas con una agresión siempre presente en su mente. Volveré más adelante sobre la cuestión del cuerpo.

Tiempo de latencia, ¿tiempo de après-coup?

Dice que durante la violación se desconectó, que no estaba allí (esta forma de clivaje traumático, descubierta por Sandor Ferenczi, se encuentra a menudo en este tipo de clínica y nos acerca también al « clivaje funcional » descrito por Gérard Bayle[12] : « sufrí aquello como si no hubiera estado allí »), ausencia que opera una disociación cuerpo-psique y que a veces se reencuentra posteriormente en el mutismo o en comportamientos de evitación. « Ausentarse del otro en respuesta a la experiencia de ser o haber sido negado. La importancia de esta negación es lo que contribuye particularmente en el proceso psíquico traumático »[13].

Al día siguiente sintió el dolor, físico y psíquico. Después dejó el recuerdo « a un lado » alrededor de un mes antes de que volviera y terminara por contárselo a sus amigas, las hijas del agresor.

Lo que designa como « dejar a un lado » destaca un importante aspecto de la clínica del traumatismo psíquico[14]: la desaparición de la sensación ligada al espanto y a la sideración[15] del momento de la efracción. Pero no hubo represión, no reprimimos fácilmente aquello que pertenece al registro de la efracción – más aún si ha quedado inscrito en la carne – cuando nos encontramos en una madurez psíquica post-edípica. No hay amnesia infantil, sino clivaje traumático; por lo tanto no hay après-coup en el sentido clásico del término.[16]

El proceso traumático resultante puede entonces consistir en perturbar el equilibrio psíquico volviendo inoperantes algunos mecanismos de defensa o esquivando la dinámica interna, cuando no la somete después de haberla arrasado. Durante este periodo de latencia « traumática » se construye un destino libidinal particular, como por ejemplo la fijación y la repetición de la escena traumática, la ausencia de desplazamiento libidinal. Hay en marcha un proceso, pero se trata de un proceso mortífero que no se sitúa en el registro del juego psíquico propio del principio de placer. Una primera lectura nos podría llevar a hipotetizar la acción de la pulsión de muerte. También podemos plantear otras hipótesis, como la de la acción de un cuerpo extraño interno, clivado[17]. Por supuesto es importante matizar las cosas según se haya tratado de un acto único o acumulativo, según la estructura del sujeto, su madurez y la calidad de sus relaciones con el entorno. Hay un enquistamiento de la imagen, de la percepción de la sensación experimentada después del clivaje traumático. Se trata de una batería defensiva de urgencia, y de eficacia restringida, para compensar la derrota de los habituales mecanismos de defensa secundarios.[18] No se trata de retorno, de re-presentación de percepciones que no adquirieron el estatus de representación. Sin embargo tampoco se trata solo de irrepresentable, puesto que las imágenes traumáticas, cuando el clivaje falla, sí se presentan en el nivel del preconsciente y en el de la conciencia.

Entre cuerpo adolescente y cuerpo violado, ¿alguna salvación posible? 

Sabemos de la importancia del cuerpo en la problemática adolescente, de sus transformaciones en la pubertad y la presión que ejercen psíquicamente[19]. Lo puberal, como metáfora subjetivante de la pubertad, parece estar afectado en Barbara.

En el trabajo con ella, poco a poco las sesiones traen asociaciones sobre la ambivalencia entre su deseo y su asco, siempre en lucha. Ese dejar a un lado, esa ruptura entre ella y su cuerpo tal vez no responde a la agresión, sino que ésta puede haberla potenciado. Vemos la expresión de un rechazo de la feminidad, de ese cuerpo que despierta el deseo y a la vez su propio deseo. Así, Barbara maltrata su cuerpo; puede tragarse tres o cuatro pizzas y luego seguir comiendo. Pasa de la bulimia a la anorexia, se induce el vómito. Dice no darse cuenta que su cuerpo tiene límites. Paradójicamente, solo el dolor del vómito le da la impresión de existir, como si el recurso al cuerpo y a la sensorialidad tuviera un papel para-excitador interno contra el retorno efractante de lo clivado. Esto hace pensar en las conductas paradójicas que llevan al sujeto al derrumbe a la vez que restituyen su sentimiento de existencia.

La presencia de estas problemáticas compulsivas se relaciona con un intento de procesar ese cuerpo extraño. Barbara trae problemáticas que encontramos a menudo en la adolescencia sin necesidad de que haya ocurrido una agresión sexual pero su deseo de regresión: « me gustaría no tener formas » – si bien puede relacionarse con lo que teorizamos como retorno al regazo materno, o como ilustración de la ambivalencia identificatoria y oral con la madre en las problemáticas anoréxico/bulímicas – en ella también está claramente unido a un deseo de volver a un tiempo anterior a la agresión realmente sufrida. Y no tener « formas » también significa no atraer esas miradas que desde la agresión la asquean.

Por lo demás, la ausencia del apoyo real de su madre en las pruebas tras la violación, relegándola a la desmentida que, como bien lo expuso Sandor Ferenczi[20], resulta tan destructiva en la clínica del traumatismo, puede remitirla tanto a sus problemáticas de conflicto reprimidas como a eventuales traumatismos arcaicos.

La sesión como cuerpo tercero para una recuperación del proceso de subjetivación.

Tal y como maltrata su cuerpo intentando transformarlo, ponerle el yugo, así también lo hace con su madre, su padre y el psicoterapeuta. Durante una sesión me dice que me maltrata. La sesión, el cuerpo de la sesión y el psicoterapeuta se sitúan en relación con ese cuerpo que ella trata de controlar, de derribar al mismo tiempo que lo invoca para sentirse viva. En sesión, de alguna manera reproduce un funcionamiento particular desde la violación: un intento de control con otro cuerpo: el de su novio. Él es negro, lo que, según dice, le hace pensar menos en lo sexual que una piel blanca. Y le obliga a afeitarse todo el cuerpo, no solo los órganos genitales. Además de su deseo de tener un cuerpo infantil, sin formas, obliga a su pareja a una regresión similar, lo objetaliza[21]. Solo de esta forma soporta los contactos sensuales con él. Como busca volver a antes de lo puberal, e incluso más allá, obliga también a su amigo a volverse un efebo diáfano. No se trata ya solo de su cuerpo sino que el cuerpo del otro también le recuerda al agresor, y no puede diferenciarlo de éste más que acentuando sus diferencias. Observamos la insistencia de la lucha contra la invasión de la agresión por medio del control del otro, en contraste con la pasividad y la sideración vividas durante la agresión. Pero también una contaminación del rechazo de la feminidad hacia un rechazo de la masculinidad en el otro, el compañero sexual. Potenciación entre rechazo de lo puberal, desmentida de la realidad de la transformación sexuada y búsqueda de control contra el destino y el retorno de la agresión sufrida. Ella se sitúa y se debate entre dos cuerpos extraños internos, interno/externo para el cuerpo transformado en la pubertad, como atrapada entre la espada y la pared.

La psicoterapia debe situarse respetando el conjunto de estas dinámicas, reconociendo que podrán o no articularse. De todas formas el trabajo terapéutico ayuda a que aquello psíquicamente clivado pueda recuperar el camino del juego psíquico a través de la dinámica y del trabajo de la transferencia, articulándose así con el registro del fantasma. Un cuerpo nuevo, aquél de la sesión en la dinámica transferencial, le permite al menos reapropiarse de algunas facetas de su vida y, también, asumir su propia seducción. En la clínica del traumatismo que acabamos de exponer, ante todo es necesario posibilitar el juego psíquico.

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* « Agression sexuelle et transformation pubertaire, une potentialisation de l’effraction traumatique ? ». In ADOLESCENCE, 2013/1, T.31 n° 1, pp. 77-86. Traducción: Lorenza Escardó.

[1] Tomo aquí como modelo el traumatismo resultante de la efracción del sistema de para-excitación descrito por Freud (1920), en Más allá del principio de placer, Amorrortu, O.C. XVIII.

[2] « Imagen traumática » según Fraçois Lebigot en 2005, Traiter les traumatismes psychiques, Paris, Dunod.

[3] Tovmassian L. T. (2012), Inceste sans latence, absence de tendresse, (principe de) latence hors-jeu. In : Tovmassian L. T., Bentata H. Et al. (2012), Le traumatisme dans tous ses éclats, Paris : In Press, pp.105-126.

[4] Ibid.

[5] Véase la diferencia que señala M´Uzan en 1969, De l´art à la mort, Paris, Gallimard; entre lo semejante y lo idéntico, lo semejante implica al menos un cambio, una elaboración psiconeurótica aunque sea ínfima, lo idéntico es pura repetición, más próxima a una sensorialidad sin transformación.

[6] Cuando la « seducción generalizada » (Laplanche J. (1987) Nouveaux fondements pour la psychanalyse, Paris, PUF. Trad. Española: Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1989.) deja su lugar a la seducción traumática, podemos salir del registro de lo reprimido y de la simbolización. Y a continuación la interiorización de un cuerpo extraño interno no integrado en el registro de las representaciones inconscientes.

[7] El inconsciente reprimido.

[8] La recibí, como a Bárbara en el Centro de psicotraumatología del que hablo un poco más abajo.

[9] En referencia a la película del mismo nombre, donde un ser inmortal no puede ser asesinado más que si le arrancamos la cabeza. (Película titulada en español como Los Inmortales o Highlander, el último inmortal, N. de T.).

[10] Entiendo por refugio El encuadre, el registro de lo maternal propio de las sesiones.

[11] Lo que podría reflejar tanto la carencia como la gran excitación sentida con el padre, pero sin que nada pasara.

[12] Bayle G. 1988. Traumatismes et clivages fonctionnels. In : Revue Française de Psychanalyse, Paris : PUF, 52, 1, pp. 1339-1356.

[13] Gortais J. 1995. Le viol : du déni d’altérité à l’exil du désir. In : Trauma et devenir psychique, dirigé par Maurice Dayan, Paris : P.U.F, pp 91-112.

[14] « …toute sensation disparaît, celle de la pression, de la blessure génitale, le savoir concernant la cause et les antécédents de la situation pénible ; toute la force psychique disponible est concentrée sur l’accomplissement de cette seule tâche : procurer de l’air aux poumons d’une façon ou d’une autre ». Ferenczi S.1932. Penser avec le corps, c’est comme l’hystérie. In : Journal clinique, Paris : Payot, 1985. p.49 « …cualquier sensación desaparece, la de presión, de lesión genital, el saber acerca de la causa y antecedentes de la situación dolorosa; toda la fuerza psíquica disponible se concentra en esta tarea simple: proporcionar aire a los pulmones de una u otra manera ». (Pensar el cuerpo, como en la histeria. Diario clínico. Editorial Conjeturales, 1984.)

[15] Ver; Barrois C. 1988. Les névroses traumatiques, Paris : Dunod ; Lebigot F. op.cit.

[16] Sin embargo, puede proponerse otro estilo de après-coup cuando se trata de manifestar lo vivido y uno se ve confrontado con la reacción del ambiente. Un “après-coup arcaico” que invoca las relaciones con los objetos primarios. Véase Green A. 1982. Après-coup, l’archaïque. Nouvelle Revue de Psychanalyse 26, Paris : PUF, pp. 225-253.

[17] Podemos relacionar la acción del clivaje con la hipótesis del « retorno de lo clivado » subrayada por René Roussillon, 1999, Agonie, clivage et symbolisation, Paris : PUF. También podemos retomar sus trabajos acerca de la diferenciación entre compulsión de repetición y pulsión de muerte, en : Roussillon R., 2001, Le plaisir et la répétition, Paris : PUF. Véase también el planteamiento de Claude Barrois, 2012, Le traumatisme dans tous ses éclats, sous la direction de Tovmassian L.T. et Bentata H., Paris, InPress, p.59. Sobre el problema de si, en la reviviscencia traumática, se trata o no de la acción de la pulsión de muerte: « Resulta aquí más bien de un intento, por todos los medios, de infiltración del yo clivado portador de mensajes de muerte. En lugar de pulsión de muerte, sería una pulsación imparable e invasora del otro portador de amenazas de muerte. Más que un conflicto, es una guerrilla interna. Las para-excitaciones, el yo-piel, son fisurados, mermados por el traumatismo ».

[18] Ver; Gutton P., 2004, « la repetición marca el deseo siempre en juego cuyo único fin es expresarse. Lo mismo es algo a elaborar/reelaborar, mientras que lo idéntico ignora el cambio, ubicándose –como hubiera dicho Freud- más acá del principio de placer; la repetición de lo idéntico está regida por el principio de inercia ». La cure sous traumatisme à l’adolescence. Cliniques Méditerranéennes, 69, pp. 187-207. In http://www.cairn.info/revue-cliniques-mediterraneennes-2004-1-page-187.htm

[19] Gutton P., 1991, Le pubertaire, Paris : PUF. Lo puberal, Paidos Iberica, 1993.

[20] Ferenczi S.1932. Confusion de langue entre les adultes et l’enfant, la langue de la tendresse et de la passion. In: OEuvres Complètes, Psychanalyse IV, Paris : Payot, 1982, pp. 125-138. Confusión de lengua entre los adultos y el niño. El lenguaje de la ternura y de la pasión. Psicoanálisis, Obras Completas, tomo IV: 1927-1933, Madrid: Espasa-Calpe. 1984.

[21] Aquí podemos plantear la hipótesis de un escenario perverso pero al servicio de una defensa regresiva. Anti traumática en un registro similar al propuesto por René Roussillon : « Narcissisme et « logiques » de la perversion » In : Jeammet N. Neau F. Roussillon R. 2004, Narcissisme et perversion, Paris : Dunod, p. 152, haciendo referencia a las « técnicas de intimidad » avanzadas por Masud Khan, 1981, Figures de la perversion, Paris : Gallimard.