El trauma y la genealogía de la pulsión de muerte

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El trauma y la compulsión de repetición

Habiendo establecido el modelo de la vesícula como una entidad homeostática doblemente limitada, armada con defensas que protegen su nivel de energía interna y su forma contra las incursiones excesivas de estímulos externos, Freud aborda la cuestión del trauma. La neurosis traumática común que involucra un evento exterior traumatizante, invocada brevemente en las secciones II y III a propósito de los sueños repetitivos, se sitúa ahora en términos de un modelo tópico específico. La idea de una “vasta ruptura” de la protección antiestímulo puede verse como un retorno a la raíz del significado de la palabra “trauma” (del griego: herida) y a “la vieja teoría del shock”, con su propuesta de un daño físico en los tejidos del sistema nervioso a nivel micro-anatómico. Éste era el modelo asociado con los neurólogos Thomsen y Oppenheim de Berlín, que, como vimos en el Capítulo 1[1], retaba a Charcot con su inclusión de los casos traumáticos bajo la rúbrica de histeria. Freud deja claro que, después de todo, lo que le interesa no es un organismo biológico sujeto a daños y lesiones histológicas, y que, en esta etapa de su exposición, la vesícula se ha convertido en un modelo del aparato psíquico: «nosotros buscamos comprender su efecto por la ruptura de la protección antiestímulo del órgano anímico y las tareas que ello plantea» (Ibid. 31).

Con la efracción de la protección antiestímulo por cantidades excesivas de excitación que sobrepasan su función de filtro, el sistema de la vesícula psíquica entra en crisis. Freud nos dice que el principio de placer, que normalmente actúa reduciendo los niveles intolerables de estímulos, deja de funcionar. En su lugar aparece el problema más urgente de «ligar psíquicamente los volúmenes de estímulo que penetraron violentamente a fin de conducirlos, después, a su tramitación» (30). Aquí no se especifican las relaciones entre domino, ligazón y evacuación, mientras Freud pasa a considerar la cuestión, relacionada pero diferente, del dolor. El dolor también involucra una efracción de la protección antiestímulo, pero restringida a un área delimitada. En respuesta a la invasión por una corriente de excitaciones externas, la mente reacciona reuniendo grandes cantidades de energía psíquica para bloquear la afluencia y ligarla «en el entorno del punto de intrusión»: «Se produce una enorme “contrainvestidura” en favor de la cual se empobrecen todos los otros sistemas psíquicos, de suerte que el resultado es una extensa parálisis o rebajamiento de cualquier otra operación psíquica». (Ibid). Cuanto mayor sea la reserva de energía, mayor será la capacidad de asumir y ligar lo que sea que haya efractado la protección antiestímulo. Sin embargo, el ejemplo del dolor como una ruptura localizada de la protección antiestímulo indica una contrainvestidura urgente de energía psíquica –“enorme contrainvestidura”- que no está disponible para la “vasta ruptura” del trauma.

En sus consideraciones sobre el trauma, Freud regresa a la idea psicológica de “terror” y de falta de preparación del sujeto para el peligro vital que lo toma por sorpresa, idea que en la sección II distinguió del miedo ante un peligro particular o de la expectativa ansiosa sin objeto específico. Traduce el terror a la energética de su modelo tópico, de manera que el trauma «tiene por condición la falta del apronte angustiado, [que] conlleva la sobreinvestidura de los sistemas que reciben primero el estímulo» (ibid. 31). Aunque la protección antiestímulo, equipada con su propio reservorio de energía ligada, estaría normalmente «en una buena situación para ligar los volúmenes de excitación sobrevinientes», como en el ejemplo del dolor, con la “vasta ruptura” de la protección antiestímulo, se pierde esta «última trinchera de la protección antiestímulo» (ibid.).

Aquí Freud vuelve nuevamente a la cuestión de los sueños repetitivos que hacen que el soñante reviva la situación traumática original, el momento en que el proyectil cayó en el refugio y mató al amigo del soñante pero dejó que éste sobreviva (o del accidente de coche o del tren que se sale de las vías). Está claro que estos sueños, de los que el soñante se despierta en un estado de terror renovado, no están regulados por el principio del cumplimiento de deseo de mociones inconscientes disfrazadas que, de otro modo, perturbarían el dormir. Eso implicaría el predominio del principio de placer, actuando para reducir la tensión y cualquier perturbación del estado de dormir. Freud afirma que los sueños repetitivos «contribuyen a otra tarea que debe resolverse antes de que el principio de placer pueda iniciar su imperio» (ibid., 31). Ofrece dos formulaciones distintas para la función de estos sueños de repetición traumática. La primera es la propuesta de que «estos sueños buscan recuperar el dominio sobre el estímulo por medio de un desarrollo de angustia cuya omisión causó la neurosis traumática» (ibid.). Ésta es –no solo a primera vista- una afirmación enigmática. ¿Cómo una angustia tardía (¿angustia nachträglich?) podría dominar el flujo excesivo de excitaciones que en un momento anterior paralizó las defensas del yo (para la vesícula psíquica sin duda se trata del yo asediado)? ¿Cómo trabaja el dominio retrospectivo? ¿De qué modo sería compatible con el estado de terror renovado en que se despierta el soñante una y otra vez?

Sin elaborar los términos de la primera proposición, Freud continúa con una distinción entre, por un lado, los sueños de angustia y los sueños de castigo, ambos con sus efectos perturbadores y negativos, y por otro lado los sueños traumáticos. Los primeros no contradicen el principio del cumplimiento de deseo, ya que precisamente lo que provoca la ansiedad o el castigo que los caracteriza es el cumplimiento del deseo prohibido en el sueño. Los sueños traumáticos, sin embargo, no pueden considerarse como impulsados por un cumplimiento de deseo sino que «obedecen a la compulsión de repetición» (ibid.,32), a pesar de que Freud admite que, en análisis, pueden apoyarse en el deseo consciente de sacar a la luz un material reprimido y olvidado. Esta revisión de la teoría del sueño lo lleva a especular que la protección del estado de dormir «mediante el cumplimiento de deseo de las mociones perturbadoras» (ibid) podría no ser la función original del sueño, pues implica el establecimiento previo del predominio del principio de placer. De modo que los sueños impulsados por la compulsión de repetición tendrían una tarea más fundamental, localizada no más allá del principio de placer sino antes que éste. Freud describe esta función primitiva de los sueños en los mismos términos que las medidas de crisis requeridas por los efectos destructivos del trauma: la de dominar y ligar el exceso de estímulos que ha invadido el aparato psíquico. Estos sueños «obedecen a la compulsión de repetición» pero «en interés de la ligazón psíquica de impresiones traumáticas»[2]. En su descripción anterior de las medidas de crisis del sistema añade: «ligar psíquicamente los volúmenes de estímulo […] a fin de conducirlos, después, a su tramitación» (Ibid., p. 29).

El trauma y la función de ligazón

En la cita anterior encontramos una especie de taquigrafía freudiana en el uso que hace Freud de la oposición entre ligazón y desligazón, del cual no da ninguna explicación ni por sí mismo ni en sus relaciones con conceptos adyacentes. Tenemos la ligazón y el dominio, que pueden aparecer virtualmente como sinónimos. Un dominio que se logra retrospectivamente, probablemente volviendo al recuerdo de algo que fue abrumador y que tal vez se trató de una experiencia aislada; dominio que se consigue mediante el desarrollo de una ansiedad tardía, entendida como una expectativa de peligro libre-flotante que habría permitido al sujeto traumatizado preparar sus defensas y no ser tomado por sorpresa. Y una ligazón que es prerrequisito necesario para el establecimiento del principio de placer, así como para la eliminación de las excitaciones que han inundado y paralizado al yo en sus operaciones defensivas. También se sugiere que la ligazón ya está involucrada en el propio establecimiento del aparato psíquico como sistema coherente, con sus propios límites y defensas externas y sus propios niveles de energía interna y de intercambios, que necesitan protegerse de la demolición destructiva potencialmente infligida por un ambiente de alta energía y sus intensidades. Volvemos, pues, a las dos topografías con sus lógicas opuestas, que encontrábamos al comienzo del «Proyecto» de 1895, solo que ahora lo fundador es el principio de ligazón (principio de constancia) en lugar de la descarga.

Más problemática es la afirmación de que las operaciones de rescate de la ligazón se logran a través de la compulsión de repetición. Mientras es intuitivamente plausible asumir que el objetivo del juego del Fort/da del pequeño Ernst es un dominio activo de la experiencia dolorosa, no está para nada claro que el dominio o la ligazón serían el objetivo o el efecto de la repetición traumática de sueños de un momento original del trauma, especialmente cuando se trata de una escena con varios elementos perceptivos –vista, sonido, momento de la sorpresa, fuerza violenta- de un evento amenazante para la vida. Esto es incluso más cierto cuando la repetición da lugar a un estado de terror repetido. La idea de aspirar a producir la advertencia o angustia-señal que había faltado la primera vez parece contradicha por el resultado final del terror repetido, a menos que uno acepte plantear un tipo distinto de repetición que tome como su punto de partida a la expectativa ansiosa, de modo que se pudieran prever el terror y la sorpresa violenta. Esto último, sin embargo, parecería más un entrenamiento o un método de adiestramiento que una compulsión. De hecho, Freud dice que «estos sueños buscan recuperar el dominio sobre el estímulo por medio de un desarrollo de la angustia» (Ibid., 31, cursivas añadidas), pero no considera su éxito o su verosimilitud. Parece más una fantasía, de la clase que describe Freud cuando habla del uso de la protección antiestímulo, orientada hacia el exterior, contra las pulsiones internas que fueron desmentidas y proyectadas fuera. Ésta es, desde luego, la fórmula para la producción de fobias de angustia, tan compulsivas como notablemente infructuosas al proteger al sujeto fóbico de la fuente interna de su miedo.

Luego está la fórmula repetida de la ligazón como prerrequisito para la eliminación o descarga de las excitaciones invasivas. Puede parecer enigmático que Freud introduce su distinción estándar entre «una investidura en libre fluir, que esfuerza en pos de su descarga y una investidura quiescente» (Ibid., 30). Ésta última es identificada con la energía ligada, dentro de un texto que defiende que la ligazón es condición para la descarga. ¿La ligazón y la descarga son excluyentes, o la primera es condición de la segunda? Freud no describe el proceso que incluye bajo el título de la ligazón. ¿Qué entendemos, pues, por ligazón, y por qué es necesaria? La entrada dedicada a este término en el gran diccionario psicoanalítico de Laplanche y Pontalis distingue tres concepciones de ligazón relacionadas. Una es la de «relación entre varios términos ligados, por ejemplo dentro una cadena asociativa» a lo largo de la cual puede fluir la energía; otra es prácticamente lo opuesto, «la idea de una fijación sobre un lugar de una cierta cantidad de energía que ya no puede fluir libremente»; y una tercera es «la idea de un conjunto en el que se mantiene una cierta cohesión, una forma definida por ciertos límites o fronteras»[3]. La primera y la tercera son, a pesar de todo, compatibles en el mantenimiento de un sistema homeostático, con un núcleo estable y capacidad para recibir inputs de estímulos y excitaciones, y con caminos diferenciados que permiten una descarga regulada de tensiones en lugar del exceso inmanejable de excitaciones que empujan, por el camino más corto, a una descarga extenuante, no regulada y masiva. Sin embargo, no queda claro exactamente cómo la producción repetida de la ansiedad tardía, ausente en el evento efractante original, podría lograr la ligazón y el dominio que pretende Freud.

La sección IV termina con otra descripción de una posible forma de ligazón que sería simultánea a la efracción, en este caso literal. Freud vuelve a tomar el intrigante ejemplo de un evento violento en el cual una herida física o lesión se mantiene en ausencia de un trauma psíquico correlativo. En efecto, sugiere que lo primero puede ser condición de lo segundo. Sostiene que la violencia y la agitación puramente mecánica del evento, que ocurre inesperadamente y en ausencia de toda preparación defensiva, liberaría una cantidad de excitación sexual no regulada y abrumadora. Sin embargo, la efracción simultánea en el límite corporal y la integridad física, «ligaría el exceso de excitación al reclamar una sobreinvestidura narcisista del órgano doliente » (Ibid., p.33). Lo que en general emerge del argumento de Freud es un énfasis en la ligazón como «una función del aparato anímico que, sin contradecir al principio de placer, es empero independiente de él y parece más originaria que el propósito de ganar placer y evitar el displacer» (31). Función que se ubica al mismo tiempo más allá y antes del principio de placer, la ligazón se manifiesta en respuesta al trauma como un intento de restaurar las condiciones para el funcionamiento del principio de placer, y en los sueños traumáticos, sostiene Freud, la ligazón se manifiesta precisamente en la compulsión de repetición.

De la compulsión de repetición al instinto de muerte

La propuesta de Freud de un «instinto de muerte» comienza en la tercera página de la sección V, después de un resumen de fenómenos ya discutidos y de las conexiones entre ellos, pero sin presentar ninguna nueva evidencia o análisis. Habiendo considerado al trauma como la consecuencia de eventos externos y su impacto en el aparato psíquico, Freud comienza con una estimación de las «perturbaciones económicas equiparables a las neurosis traumáticas», puestas en marcha por «las pulsiones del organismo» (Ibid, 34)[4]. Equipara estas Treibe –los representantes de todas esas fuerzas que provienen del interior del cuerpo y se transfieren al aparto anímico- con el «proceso libremente móvil que esfuerza en pos de la descarga» y obedece a las leyes del proceso primario, de la condensación y el desplazamiento, conocimiento que «proviene de nuestro estudio del trabajo del sueño» (Ibid.). Como sabemos, en el modelo del sueño y del trabajo del sueño se otorga un lugar central a la censura y a la función de la represión, entendiéndose la formación del sueño como el cumplimiento disfrazado de deseos infantiles reprimidos. Como se plantea en los textos de Metapsicología de 1915 («La represión» (1915) y «El inconsciente» (1915)), los procesos primarios característicos del inconsciente como sistema son el producto de los procesos que lo han formado: tanto de la represión primaria como de la secundaria. Así, es tanto más sorprendente encontrar que, en su alegato inicial, Freud afirma «la falta de una protección antiestímulo que resguarde al estrato cortical receptor de estímulos de las excitaciones de adentro» (Ibid.), cuando previamente se había esforzado en elaborar los límites entre el sistema inconsciente, el sistema preconsciente y el sistema percepción-conciencia, y la censura/represión de impulsos del interior que opera en esos límites.

Lo que ya parece estar ocurriendo en el pensamiento de Freud es un giro del inconsciente reprimido a algo como el ello primordial de la segunda tópica (El yo y el ello (1923)), que se concibe como abierto directamente al cuerpo y sus pulsiones. Esto es un correlato del colapso de las distinciones previas entre, por un lado, las pulsiones sexuales y, por otro, aquéllas funciones autoconservativas innatas pero débiles que son esencialmente instintos, es decir, heredados, específicos de cada especie, con objetos predeterminados y metas preformadas, que sirven a la supervivencia del organismo. Ahora ambas serán asimiladas y reagrupadas como las nuevas «pulsiones de vida». Freud había reconocido en 1915 que el psicoanálisis solo tenía un conocimiento sistemático de las pulsiones sexuales -y no de los instintos autoconservativos- y que solo a ellas se aplicaban las características de: una desviación, precisamente de la función instintiva, una contingencia y posibilidad de substitución del objeto, una capacidad de actuar unas en lugar de otras, la meta del “placer de órgano” inmediato y su susceptibilidad a las famosas “vicisitudes” de la represión, la sublimación, la transformación en lo contrario y la vuelta a la persona propia («Pulsiones y destinos de pulsión» (1915)). Si existe una obvia afinidad entre las pulsiones sexuales así concebidas y las características del inconsciente reprimido -con su atemporalidad, su ausencia de coordinación y de negación o de la ley de no-contradicción, y su funcionamiento regido por el proceso primario-, entonces también es obvio que existe una incompatibilidad radical entre un tal inconsciente y las funciones autoconservativas de todo organismo vivo, gobernado por la homeostasis y por el principio de constancia. El olvido de la marginalización de la represión en tanto creadora del sistema inconsciente y de sus características, y en tanto capa protectora contra las pulsiones sexuales (no tiene mucho sentido la concepción de un organismo que tenga una protección antiestímulo contra sus propios instintos autoconservativos), es claramente el signo de la reorganización radical en las cartas conceptuales de Freud.

Antes de pasar a la compulsión de repetición, Freud vuelve a señalar la necesidad de ligar la potencialmente traumática «excitación de las pulsiones que entra en operación en el proceso primario» (1920, 35), pero sin especificar ni la naturaleza de las “pulsiones” involucradas (sexuales o autoconservativas), ni el proceso de ligazón y sus representantes. Es tanto más sorprendente, pues, que Freud inmediatamente procede a ubicar la compulsión de repetición del lado de las “pulsiones” y del proceso primario, y no del lado del principio de ligazón fundador, que es donde previamente había ubicado su manifestación más pura en la repetición de sueños traumáticos y su lucha por el dominio de las excitaciones abrumadoras: «Las exteriorizaciones de una compulsión de repetición…muestran en alto grado un carácter pulsional y, donde se encuentran en oposición al principio de placer, “demoniaco”» (Ibid, 35). Ensaya sus ejemplos estándar de repetición: el juego de los niños, la transferencia clínica y, por extraño que parezca, los sueños no traumáticos, pues están formados por fantasías de deseo no ligadas basadas en la repetición de huellas mnémicas “primigenias” reprimidas (de modo que tales sueños se proponen como manifestaciones de términos hasta ahora incompatibles: repetición pero, en vez de ligazón, su opuesto, desligazón, y cumplimiento de deseo, por lo tanto lo opuesto al principio de placer). Sin embargo, extrañamente, no se menciona ni a las neurosis traumáticas y sus sueños repetitivos, ni a las neurosis de destino. Todo el párrafo parece aferrarse a ejemplos de repetición a voluntad: repetición del lado del principio de placer (sueños no-traumáticos y juego infantil) y también opuestos al principio de placer (otra vez el juego infantil y transferencias dolorosas). En lugar de que la compulsión de repetición sea un agente del principio fundador de ligazón, que aspira a un dominio retrospectivo a través de ansiedad tardía, ahora pasa a colocarse, sin ninguna explicación, en el lugar de lo desligado y de la presión pulsional a la descarga. Es como si, silenciosamente, se hubiese operado un giro conceptual y ahora la compulsión de repetición siguiera un camino muy distinto, que va en la dirección opuesta. El efecto es el de una amplificación retórica, donde la inestabilidad conceptual y la incoherencia radical dominan sobre el argumento y el análisis teóricamente consistente.

Planteando nuevamente su previa identificación de la compulsión de repetición con lo pulsional como cuestión evidente, Freud pregunta: « ¿de qué modo se entrama lo pulsional con la compulsión de repetición?». Aquí, como en las ocasiones anteriores donde se combinan los dos términos, Strachey aclara en una nota que con el término “instintivo” se refiere a “Triebhaft” [pulsional], para resaltar su sentido de urgencia cuando se compara con la traducción inglesa que escogió para Trieb: “instinto”. Y ciertamente el adjetivo que Freud repite dos veces, “demoniaco”, transmite ese sentido. Sin embargo, la respuesta de Freud a su propia pregunta es el movimiento inverso al de atribuir a la noción de Trieb el predicado de ser una repetición: más bien atribuye a la repetición el predicado de ser instintiva. La repetición (¿sigue teniendo sentido llamarla “compulsión”?) es ahora «un carácter universal de las pulsiones y quizá de toda vida orgánica en general» (p.36), y se nos ofrece una definición del propio término Pulsión/Trieb: «Una pulsión sería entonces un esfuerzo, inherente a lo orgánico vivo, de reproducción de un estado anterior…» (Ibid.). A pesar de la insistencia de Strachey en el término Trieb, con su desviación funcional, sus vicisitudes y su urgencia “demoniaca”, el trasplante repentino operado por Freud de esta entidad teórica desde el nivel específico de la vida psíquica humana hasta «la vida orgánica en general» indica más bien que, no solo a primera vista, lo que realmente está en juego es el concepto biológico de instinto/Instinkt (humano, animal, ¿vegetal?). El hecho de que ésta sea la intención de Freud –o al menos una de sus intenciones- es apoyado por su recurso posterior, en la sección VI, a los experimentos de laboratorio de Weismann, Maupas, Calkins y otros para establecer si la muerte es una propiedad del protozoo unicelular y, por lo tanto, natural e intrínseca, o si los protozoos, sin ninguna diferenciación entre célula germinal y soma, son inmortales, y la muerte más bien aparece en el nivel de los organismos multicelulares complejos. Si los protozoos están sujetos a la senectud, aunque sea prolongada, entonces el «estado anterior» que toda vida orgánica busca restaurar instintivamente es el estado inorgánico de materia inerte anterior a la aparición de la vida. «Si…todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico por razones internas… entonces “la meta de toda vida es la muerte” y… “lo inanimado existió antes que lo vivo”» (Ibid., 38).

Freud reconoce que «esta manera de concebir la pulsión nos suena extraña [porque] nos hemos habituado a ver en la pulsión el factor que esfuerza en el sentido del cambio y del desarrollo, y ahora nos vemos obligados a reconocer en ella justamente lo contrario». A esto contrario lo llama «la naturaleza conservadora del ser vivo» (36). Sin embargo, más que una propuesta biológica alternativa, y a pesar de la invocación del vuelo migratorio de los pájaros y de los patrones de producción de huevos en los peces, lo que Freud ofrece como respuesta a la cuestión de la relación entre la compulsión de repetición y lo pulsional es una transferencia directa de la formulación del proceso psíquico hacia el instinto (más Instinkt que Trieb, a pesar de que Freud conserva este último término), y no solo como un predicado sino como su propia definición. Así, en el párrafo inmediatamente siguiente habla de la «compulsión de repetición en el mundo orgánico» (37), como si la frase no necesitara ninguna explicación y la repetición orgánica fuese la misma cosa que la repetición psíquica. ¿Qué sentido puede tener un término psíquico como “compulsión”, con su referencia a un retorno de procesos inconscientes reprimidos, cuando se atribuye a los patrones de producción de huevos en los peces y a las migraciones de los pájaros? Freud procura otorgar alguna sustancia conceptual a esta transferencia de una fórmula verbal de un dominio a otro aludiendo a la teoría lamarckiana de la recapitulación, a menudo resumida por Freud en la ley biogenética de Haeckel según la cual “la ontogénesis reproduce la filogénesis”: el desarrollo del individuo recapitula los estadios del desarrollo de la especie (estrictamente hablando, de la phylum o subgrupo de la especie). Ubica, de paso, esta supuesta “compulsión de repetición orgánica” en «fenómenos de la herencia y en hechos de embriología» (Ibid). Sin embargo, tanto la tesis lamarckiana de que los caracteres adquiridos en una generación pueden transmitirse a las generaciones sucesivas, como la afirmación de que los estadios del desarrollo del embrión recapitulan los estadios de desarrollo anteriores de su phylum, ya habían sido sustancialmente desacreditadas por la biología y la zoología en la época en que Freud escribía, aunque él se haya negado a abandonarlas incluso en su texto final, Moisés y el monoteísmo (1939). Desacreditadas o no, es difícil decir que el contenido conceptual del lamarckismo sea realmente la base de la “compulsión de repetición orgánica” de Freud, o de su desarrollo extremo en tanto instinto de muerte que supuestamente hace que la vida orgánica retroceda hasta un estado pre-orgánico. Esta noción de una regresión de las formas de vida individual a un estado inorgánico, no es lo mismo que la transmisión de los caracteres adquiridos ni que la recapitulación de estadios anteriores en el desarrollo individual. La dirección de estos procesos lamarckianos va del pasado al futuro, y Lamarck propuso unas tendencias inherentes de evolución hacia una mayor complejidad. A pesar de que Sulloway afirma que el “psico-lamarckismo” de Freud y su invocación de la “ley biogenética” resolvían varios de sus problemas metapsicológicos, incluyendo nuestro problema de la naturaleza enigmática de la fijación-repetición traumática, el despliegue que hace Freud de la terminología lamarckiana en este punto parece poco más que una auto-justificativa façon de parler[5]. 

La Bio-traumatología de Freud

En realidad, el intento de Freud de incluir el proceso psíquico de la compulsión de repetición en una redefinición biológica de la pulsión, que sustentaría y explicaría tal repetición, tiene un efecto inverso paradójico. La especificidad del concepto biológico de instinto como mecanismo innato adaptativo y de supervivencia, con sus secuencias comportamentales y sus desencadenantes específicos, es abandonada por una “compulsión de repetición” simplificada y ambigua, en la que también se abandona la especificidad del proceso psíquico. En el fenómeno psíquico de la repetición-compulsión, lo que se repite es una configuración o Gestalt altamente específica, perceptiva y conmemorativa, en la cual se inviste el afecto original de terror así como una gama de emociones dolorosas y angustiantes que no han sido elaboradas. El poder de la fijación es desconcertante y la función de su repetición es ambigua, siendo descrita por Freud como lo que ayuda al yo en el dominio del exceso de afecto y excitación o, alternativamente, como reproducción del ataque original de afectos negativos y excesivos para el equilibrio y los recursos del yo, llevando a la debilitación, desmoralización e incluso, en casos extremos, al suicidio. Lo que se repite en el trauma es una formación altamente específica, el producto de una historia subjetiva particular con sus propios tropiezos y residuos (a pesar de sus sistemas de memoria adyacentes, el modelo de la vesícula no toma en cuenta la reactivación de escenas anteriores y sus inscripciones)[6]. La lógica del Nachträglichkeit, o del après-coup, con sus términos asociados de retranscripción y traducción, y por lo tanto la temporalidad específica del trauma -que ha sido un hilo central de este libro[7]– está notablemente ausente.

La compulsión de repetición primero fue formulada en 1914 en relación tanto a la transferencia clínica como a la resistencia que se manifiesta en la situación analítica. El epígrafe para el presente capítulo[8], tomado de la revisión de Freud de la teoría de la resistencia en 1926, invierte su posición previa para permitir una resistencia distinta a la del yo y el superyó, y específica del inconsciente. Ésta toma precisamente la forma de la compulsión de repetición, que se atribuye a «la atracción ejercida por los arquetipos inconscientes sobre el proceso pulsional reprimido» (1926, 144). Ya nos hemos referido a la noción de arquetipo (Vorbild) o plantilla, invocada por Freud en relación tanto a la transferencia clínica como a la transferencia erótica, que produce la “elección de objeto” adulto. En esta reformulación tardía, tenemos una forma de ligazón a una escena traumática inconsciente cuya carga afectiva tiene el poder de replicarse a sí misma incluso hasta la descomposición y la anulación del yo. Una forma de ligazón en el segundo sentido del término definido antes por Laplanche y Pontalis, es decir, una fijación en un punto de la carga de afecto donde el yo se encuentra atrapado y sobre cuya repetición no tiene ningún control. Hemos echado un vistazo[9] a un tal arquetipo inconsciente en el análisis detallado y de múltiples capas que hace Freud a propósito de las “fantasías de paliza”, especialmente las de la segunda fase -inconsciente y nunca recordada- en la cual la fijación a la escena del castigo de paliza, con su goce masturbatorio, ejerce una compulsión en la producción repetitiva de fantasías desde la niñez hasta la adultez, y en la que también puede notarse el fondo perverso, masoquista, de la estructuración edípica de la sexualidad.

En contraste, la así llamada repetición “orgánica” no repite nada de la historia del sujeto, e incluso la supuesta “muerte” o estado inorgánico que resulta de ella solo por descuido puede considerarse una repetición: el sujeto viviente nunca ha estado muerto antes, nunca ha sido “inorgánico”, simplemente aún no había nacido. En el nivel de la historia evolutiva, la “repetición” solo puede concebirse como mito de los orígenes, ni siquiera del phylum o de la especie sino de la “vida” –toda la vida orgánica- en sí misma. He aquí la “Just So” fábula freudiana:

«En algún momento, por una intervención de fuerzas que todavía nos resulta enteramente inimaginable, se suscitaron en la materia inanimada las propiedades de la vida…La tensión así generada en el material hasta entonces inanimado pugnó después por nivelarse; así nació la primera pulsión, la de regresar a lo inanimado» (1920, 38).

Tenemos aquí una “proto-vesícula” para la cual la vida misma es una intrusión traumática del exterior a ser cancelada por una descarga refleja de su tensión constitutiva. Como con la distancia más pequeña posible entre el input y la descarga, se trata menos de un fenómeno vital que de un arco reflejo mecánico, un anti-instinto no vital para el cual el orden vital en su más mínima manifestación es en sí mismo un trauma en espera de abreacción. La fábula freudiana es una reposición mítica del principio de inercia neuronal de los párrafos iniciales del «Proyecto» de 1985, una “traumatología” simplificada apenas disfrazada que pretende pasar como biología.

Lo que parece un recurso sistemático a la biología en realidad resulta ser una artimaña por la cual la propia biología es eliminada. De modo que los experimentos biológicos y los argumentos que derivan de ellos, repetidos en la sección VI, en cuanto a si la muerte de los protozoos por incapacidad para deshacerse suficientemente de sus propios deshechos puede o no pensarse como una muerte por causas internas, son descartados abruptamente por Freud con una afirmación que es poco más que una reafirmación de la hipótesis a ser confirmada o refutada:

«Las fuerzas pulsionales que quieren transportar la vida a la muerte podrían actuar también en [los protozoos] desde el comienzo…Pero aún si los protistas [sinónimo de protozoo- J.F] resultaran ser inmortales en el sentido de Weismann, su tesis de que la muerte es una adquisición tardía vale solo para las exteriorizaciones manifiestas de la muerte y no habilita a hacer supuesto alguno en cuanto a los procesos que esfuerzan hacia ella» (1920, 48).

Queda claro que para Freud nada biológico, sean experimentos o argumentos, haría imposible esa suposición, la cual no depende de ellos[10]. De manera similar, sus especulaciones a propósito del instinto de vida, aparentemente de carácter “biológico”, toman la formación de organismos pluricelulares como una síntesis de células individuales que impulsa la vida. En ese momento tiene lugar otra transferencia metafórica desde el registro psíquico:

«Siendo así, podría ensayarse transferir a la relación recíproca entre las células la teoría de la libido elaborada por el psicoanálisis…las pulsiones de vida o sexuales, activas en cada célula, son las que toman por objeto a las otras células, neutralizando en parte sus pulsiones de muerte…y manteniéndolas de ese modo en vida; al mismo tiempo otras células procuran lo mismo a las primeras… En cuanto a las células germinales, se comportarían de manera absolutamente “narcisista”» (1920, 49).

Dentro del caballo de Troya de la especulación biológica, la teoría de la libido –especialmente la teoría de la síntesis libidinal de las funciones instintivas autoconservativas y del yo constituido narcisistamente- es extrapolada al lugar de una teoría general de Eros como principio universal. El resultado final es una suerte de “meta-biología” cuya lógica en realidad es la de un dualismo psíquico transferido. Este dualismo se agencia entre una tendencia colonizadora por parte de “Su Majestad el Yo”, que tiende a una síntesis narcisista y a la inclusión de las funciones pragmáticas de vida, y una tendencia opuesta para la cual todo sistema vivo, formas de homeostasis y ligazón, son una obstrucción, un obstáculo que debe romperse y eliminarse, ya se trate del primer objeto centrado y totalizado del sujeto, el yo –como en el masoquismo- o del otro que recibe el regalo del amor narcisista del yo, como en el sadismo.

El “Extraño Quiasmo” de Freud

En la reorganización de su teoría instintiva/pulsional, Freud parece moverse de un dualismo al otro:

Autoconservación / instintos del yo         pulsiones sexuales/

Instintos de muerte                                 Eros/ instinto de vida

Asumiendo que la sexualidad permanece idéntica en ambos dualismos, cuando Freud redefine la pulsión como una “compulsión de repetición orgánica”, lo que intenta redefinir como instintos de muerte son, más bien de manera contra-intuitiva, los instintos de yo: «Las pulsiones yoicas provienen de la animación de la materia inanimada y quieren restablecer la condición de inanimado» (1920, 44). Su función autoconservativa es redefinida como el tortuoso camino del propio organismo hacia la muerte a través de desvíos adquiridos por la fuerza que con el tiempo le imponen las circunstancias externas, oponiéndose a cualquier terminación abrupta de la vida. En el segundo dualismo, las pulsiones sexuales se definen esencialmente en términos de una «fusión de dos células germinales» (Ibid), dejándose de lado toda la cuestión de la sexualidad infantil no-reproductiva, del componente pregenital de la pulsión.

Sin embargo, en la mitad del texto Freud se siente obligado a cambiar la ecuación de las pulsiones del yo y las pulsiones de muerte por el examen de la libido narcisista que inviste al yo, y con la que luego identifica a las funciones autoconservativas. Las pulsiones autoconservativas narcisistas también deben ser reconocidas como libidinales, punto en el cual el propio Freud admite el peligro de que su teoría dualista colapse para volver al monismo jungiano de una libido generalizada, a la que se estuvo oponiendo durante mucho tiempo. Si las pulsiones autoconservativas son entonces colocadas junto a las pulsiones de vida por su base libidinal compartida, Freud solo se queda con una x misteriosa, una “pulsión del yo” supuestamente aún no descubierta que actuaría como una variable para designar a las pulsiones de muerte, para las que sería un agente concreto que se opone a las pulsiones de vida. Más adelante, el sadismo y el masoquismo se proponen como candidatos, salvo que ellos también son libidinales y llevan a plantear que las pulsiones de muerte solo pueden manifestarse como tales en combinación con las pulsiones de vida. No obstante, lo que Freud quiere –y en textos posteriores seguirá afirmando- es una pulsión no libidinal puramente destructiva.

Jean Laplanche ha trazado un cierto patrón paradójico en la reubicación de la sexualidad dentro de cada uno de los dualismos freudianos. Éste, junto a una consistencia conceptual subyacente, permite una interpretación del equilibrio conceptual del campo teorético freudiano y de las anomalías que en él supone este planteamiento tardío de la pulsión de muerte, con sus argumentos fallidos, sus contradicciones internas, su evidencia experimental abandonada y sus valores opuestos atribuidos a un mismo término.

Laplanche señala lo que denomina “un extraño quiasmo” que estructura el campo freudiano y puede verse en la Figura 1.

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El diagrama dramatiza tanto la aparente anomalía por la cual la sexualidad se mueve desde el polo del proceso primario, la energía libre en la primera teoría, al polo del proceso secundario, la energía ligada y el yo en la segunda teoría, y la consistencia subyacente de la oposición entre ligazón y desligazón que organiza este par de opuestos. A éstos pueden sumarse otras oposiciones freudianas, como la presión hacia una descarga absoluta versus la homeostasis o el principio de constancia. En otro lugar[11] he planteado que el punto crucial del extraño quiasma freudiano, cuando la pulsión sexual se convierte en su opuesto -Eros- es en realidad, aunque Laplanche no lo nombre en su diagrama, el narcisismo primario en su forma más temprana, tal como Freud lo presenta en su artículo «Introducción del narcisismo» (1914 c). La sexualidad del primer dualismo es la pulsión parcial con sus objetos parciales, que busca el placer de órgano y presiona para el camino más corto posible hacia la descarga. Sujeta a todas las vicisitudes de la pulsión, constituye un peligro potencial en su obstinación con el yo y su custodia del principio de realidad, y solo difícilmente – a través de los procesos de represión, formación reactiva y sublimación- se ubica bajo el dominio de la función reproductiva. El Eros del segundo dualismo, en alianza con el yo y sus funciones autoconservativas -de las que toma el relevo-, es el agente de la síntesis libidinal. Es la forma limitante y ligadora la sexualidad, con su investidura del objeto total tanto en la forma del yo narcisistamente constituido como en la de sus otros objetos narcisistamente investidos.

Laplanche sostiene:

«Frente al peligro que amenaza con una victoria del Eros narcisista hegemónico, surge –tanto en la vida real como en el desarrollo del pensamiento freudiano- una necesidad imperiosa de reafirmar la pulsión en su forma más radical: en su forma “demoníaca”, que solo obedece al proceso primario y a la coacción de la fantasía»[12].

En un afinamiento posterior de su crítica a la formulación freudiana del segundo dualismo, Laplanche (1999) propone que, con la pulsión de muerte desprovista de su propia fuente de energía –un destrudo equiparable a la libido-, la oposición entre los principios de vida y de muerte es una entre dos regímenes diferentes de lo sexual, entre las “pulsiones sexuales de vida” y las “pulsiones sexuales de muerte”. Confrontado al predominio de Eros en su alianza con el yo, de la libido narcisista del yo y sus transferencias a objetos amados narcisistamente (de “Su Majestad el yo” a “Su Majestad el bebé), se afirma el aspecto desligado, desestabilizador y auto-destructivo de la pulsión –“Lucifer-Amor”[13]– aunque en la forma desplazada de una destructividad pura, supuestamente no libidinal.

Coda: Moisés y la Repetición

Dar cuenta del lugar de la compulsión de repetición en la exposición del texto final de Freud, así como en las varias repeticiones de su formación como texto, requeriría casi un libro por derecho propio, y de hecho ya se han escrito algunos[14]. Para el propósito del presente argumento, tal vez solo baste con reiterar el punto expuesto al comienzo del presente capítulo[15] respecto a la aparente no relación entre Más allá del principio de placer, de 1920, y Moisés y el monoteísmo, de 1939: a pesar de la posición central que ocupan el trauma y la compulsión de repetición en ambos textos, lo que sorprende es su silenciosa mutua exclusión. Freud no reconoce, y mucho menos toma como base, su transposición previa del interés por la repetición traumática –que encontramos en ambos textos- al campo de lo biológico, ni la supuesta nueva base de la compulsión de repetición en la pulsión de muerte. En contraposición, el Moisés más bien repasa en una elaboración detallada el modelo anterior de la repetición traumática, hasta el punto de que éste prácticamente incluye la segunda teoría pulsional de la neurosis en el modelo del trauma meticulosamente reconstruido. En particular, desplegando un esquema temporal en dos tiempos, trata el primer momento de la recepción de la experiencia traumática distinguiendo las tres características que lo definen –su receptividad temprana, su disponibilidad posterior solo en la forma de recuerdos-cobertura y su contenido de actos sexuales-agresivos y agravios narcisistas- y un segundo momento en el cual los efectos posteriores del trauma se especifican en formas positivas y negativas de repetición cuidadosamente distinguidas: repeticiones positivas en intentos de rememoración consciente, en repeticiones literales y en repeticiones transferenciales con otras personas; repeticiones negativas en forma de reacciones defensivas como evitación, inhibiciones y fobias. Todas estas repeticiones se consideran formas de fijación al trauma que ejercen un poder compulsivo cada vez más intenso y preponderante en la vida psíquica del sujeto[16]. Lo que sorprende, aquí, es la reconstrucción de toda una problemática conceptual en la que se especifican varios mecanismos y procesos que articulan el trauma y la compulsión de repetición de manera inteligible y sistemática. No hay necesidad de apelar a lo biológico o al orden vital, y las cuestiones de las dimensiones tópica y económica del trauma, los principios de placer y de constancia, la función de ligazón, y la protección antiestímulo y sus efracciones, brillan todas por su ausencia. Antes que la cuestión del espacio psíquico, lo central es la cuestión de la temporalidad psíquica del trauma. Tanto en lo que excluye como en lo que construye meticulosamente, Moisés y el monoteísmo anula silenciosa y sistemáticamente el texto que lo precede, incluso mientras reorienta nuevamente su matriz conceptual común. Las antítesis organizadoras y las tendencias contradictorias que constituyen el campo freudiano nunca fueron exhibidas tan deliberadamente, incluso geométricamente.

 

* Extracto del libro de John Fletcher: Freud and the Scene of Trauma, Fordham University Press, New York, 2013, capítulo 11 (secciones VI-X). Traducción: Deborah Golergant

[1] Véase el capítulo 1 del libro recién citado de J. Fletcher: «Charcot’s Hysteria: Trauma and the Hysterical Attack». N. de T.

[2] Freud S., «Más allá del principio de placer» (1920) O.C. v. XVIII, Buenos Aires, Amorrortu.

[3] Laplanche y Pontalis, Diccionario de psicoanálisis, Barcelona, Labor, 1983, p. 216.

[4] Freud continúa usando el término Trieb y no Instinkt para referirse al instinto de muerte (Todestrieb). Mientras que el problema terminológico en inglés ha sido la traducción de la Standard Edition de Trieb

por “instinto”, en este punto nos vemos frente al uso continuado de Freud del término Trieb para los instinto de vida y de muerte cuando se embarca en lo que parece una biologización absoluta del Trieb/pulsión, postulando fuerzas inherentes no solo a la biología humana sino a toda materia orgánica viva, y que buscan regresar a lo inorgánico, aunque, como veremos, el tema supone otras complicaciones.

[5] Sulloway, Freud: biologist of the mind, p. 393-415.

[6]En una breve nota introductoria a un volumen sobre el trauma de la guerra, Freud plantea la cuestión de que las neurosis traumáticas de guerra hayan sido posibles o fomentadas por “un conflicto en el yo” entre un “yo-paz” autoconservativo y lo que llama “su recién formado doble parásito”, el “yo-guerra”. Véase Freud, «Introduction to Psychoanalysis and the War Neuroses» (1919 d) SE 17, 209. Sin embargo, el conflicto es actual y no localizado en la historia del sujeto.

[7] Cf. J. Fletcher, op. cit. N. de T.

[8] Cf. J. Fletcher, op cit. p. 279: «Tras cancelar la resistencia yoica, es preciso superar todavía el poder de la compulsión de repetición, la atracción de los arquetipos inconscientes sobre el proceso pulsional reprimido» (S. Freud, Inhibición, síntoma y angustia (1926), OC. v. XX, Amorrortu, p. 144). N. de T.

[9] Cf. J. Fletcher, op.cit., p. 269-275. N. de T.

[10] «Al comienzo yo había sustentado solo de manera tentativa los puntos de vista desarrollados aquí sólo de manera tentativa las concepciones aquí desarrolladas, pero en el curso del tiempo han adquirido tal poder sobre mí que ya no puedo pensar de otro modo». Véase Freud, El malestar en la cultura (1930), OC v. XXI, Amorrortu, p. 115.

[11] John Fletcher, « “His Majesty the Ego”: From Freud to Laplanche», Sitegeist: A Journal of Psychoanalysis and Philosofy 4 (Spring, 2010): 67-69.

[12] Jean Laplanche, «La así llamada pulsión de muerte: una pulsión sexual», en Entre seducción e inspiración: el hombre, Buenos Aires, Amorrortu: 2001, p. 167.

[13] «Todo está cambiando y emergiendo, un infierno intelectual, capa tras capa; en el núcleo más oscuro, atisbos de los contornos de Lucifer-Amor», Carta a Fliess del 10 de julio de 1900. Véase Jeffrey Moussaiff Masson, trans. and ed. (1985), The Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhelm Fliess 1887-1904 (Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1985), 421

[14] Véase Yosef Hayim Yerushalmi, Freud’s Moses: Judaism Terminable and Interminable, New Haven, Conn.: Yale University Press, 1991; Richard J. Bernstein, Freud and the Legacy of Moses, Cambridge: Cambridge University Press, 1998.

[15] J. Fletcher, op. cit., p. 280-281.

[16] S. Freud, Moisés y la religión monoteísta (1939), O.C. v XXIII, Buenos Aires, Amorrortu.