La cuestión de la represión

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La cuestión de la represión, de lo reprimido, del inconsciente, ha sido planteada en la discusión sobre los Tres ensayos a propósito de lo normal y de lo patológico. En el comentario de P. Moliner, me parece que la frontera entre normalidad y perversión se presentaba más que incierta.  En el curso de la discusión algunos sugirieron que lo normal no podría buscarse en el nivel de los deseos sexuales normales o anormales, sino en el de su represión o su falta de represión. La represión estaría del lado de la normalidad pues podría concebirse como un mecanismo al servicio de la moral sexual. Ahí vemos aparecer al superyo, la censura y una concepción de la represión cercana al sentido común: la represión funcionaría como una bomba de expulsión en un cilindro, que devolvería al inconsciente los contenidos del pensamiento y los deseos incongruentes o indecentes.  De modo que, por un lado, sería como un superyo-pistón y, en el otro sentido, como una censura que se opondría al retorno de lo reprimido permitiendo a veces la descarga, por ejemplo en el sueño. Algo así como una censura-válvula. Se  trata de una concepción de la represión como brazo armado de la moral social interiorizada.

En la concepción freudiana no se trata de eso. No digo que esta idea no esté presente en su obra, incluida la metáfora termodinámica. Pero no es así como debemos entender la represión: la represión comienza mucho antes de que aparezca la menor conciencia moral, y el inconsciente reprimido es esencialmente infantil, sexual y pre-moral. Por lo demás, la represión no es en sí misma moral; es casi lo opuesto en la medida en que, lejos de ser antisexual, es lo que constituye lo sexual, el inconsciente, el deseo y todas sus excitaciones.

Para terminar esta primera discusión sobre la génesis de lo sexual señalaré un punto: en la teoría freudiana el deseo sexual no tiene sexo o, para decirlo de otro modo, lo sexual no es lo sexuado. El deseo sexual es polimorfo y, en sentido estricto, no tiene nada que ver con un supuesto sustrato fisiológico hormonal, sexuado como macho o hembra.

El instinto no tiene ningún derecho de expresión en el registro pulsional. Lo pulsional puede servirse potencialmente de cualquier objeto [faire feu de tout bois]. Lo sexual es asexuado, es pura búsqueda de excitación. No responde en absoluto a la biología ni a los instintos; la única cuestión relativa al cuerpo a la que es sensible es la anatomía, esa realidad extraordinaria que constituye la diferencia anatómica entre los sexos y entre adultos y niños. Pero ello nunca es más que un descubrimiento intrigante, algo que estimula la curiosidad, las preguntas, la interpretación o, más precisamente aún, la traducción que realiza el niño; con la precisión, sin embargo, de que dicha traducción jugará posteriormente un rol organizador y estructurante sobre toda la vida y la formación de la subjetividad.

Psíquicamente, entonces, la única diferencia que existe entre los sexos es la diferencia anatómica de sexos. En cuanto a lo sexual, necesariamente persiste como polimorfo, polivalente, asexuado y «salvaje», no por estar emparentado a lo natural, sino en el sentido de poder desplegarse por sí mismo, de su capacidad de excitación que puede llegar hasta el desenfreno con todas las formas excesivas, desbordantes y hasta mortíferas que pueden conocerse por la clínica.

La cuestion du refoulement» (Fragmento del artículo de Christophe Dejours, Psychanalyse et morale sexuelle, en S. Bateman,  La morale sexuelle, Actes du séminaire du CERSES-CNRS, volumen 2, Paris, 2001). Traducción: Deborah Golergant [La traducción de este texto ha sido revisada en noviembre de 2013].

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