La feminidad originaria

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Dora

Dora ha tenido un sueño que cuenta a Freud:

«Hay un incendio en una casa. Mi padre está de pie delante de mi cama y me despierta. Me visto rápidamente. Mamá todavía quiere salvar su joyero, pero papá dice: “No quiero que mis dos hijos y yo terminemos carbonizados por un joyero”. Bajamos deprisa y, una vez fuera, me despierto» (1).

Ya ha tenido este sueño en otras ocasiones. La primera vez fue después de la escena del lago con el Señor K. El hombre que la había besado por sorpresa cuando tenía 14 años, esta vez había optado por una solución más atenta: declararse. Después del beso robado, Dora se escapó por la escalera. Después de la declaración, abofetea al S.K.

A partir del fragmento del sueño: «Mi padre está de pie delante de mi cama», las primeras asociaciones de la joven conducen al S.K. Al día siguiente del paseo por el lago se adormece en una de las habitaciones de la casa de los K., donde ella y su padre estaban hospedándose como invitados. Despertando bruscamente advierte al S.K. justo delante de ella: « ¿Qué hace usted ahí?». Él responde que nada le impediría entrar como quisiera en su habitación. Después del fracaso de la declaración se vuelve a las formas violentas, se vuelve a la efracción.

No es un mérito menor del inconsciente de Dora el tomar prestado del tesoro de las representaciones más clásicas su forma de simbolizar los órganos genitales o el acto sexual. Las habitaciones brutalmente abiertas suceden a las escaleras subidas rápidamente, antes de que lleguemos al joyero.

El S.K., que también entiende de símbolos, había regalado a Dora un precioso joyero. El recuerdo más antiguo que el elemento «joya» evoca para la niña son esas perlas en forma de gotas que su padre había regalado a su madre. Entonces ésta había rechazado un regalo que la pequeña Dora hubiera aceptado con gusto. Esta vez nos deslizamos de la fuente adolescente del sueño hacia el material infantil; del S.K. hacia el padre. Freud nota que éste, como todo sueño, se sostiene «sobre dos piernas, como se dice» (2). Una se apoya en lo actual, la otra en la infancia

Sigamos el proceso asociativo, esta vez a partir del «incendio». El sentido común opone agua y fuego como contrarios. El lenguaje de la sexualidad, a imagen del proceso primario, tiende más bien a confundirlos. Lo inflamado y lo mojado metaforizan ambos la excitación, especialmente la femenina. Si, como el S.K., el padre de la infancia también se mantenía al pie de la cama de la pequeña era con el objetivo de despertarla para prevenir la enuresis (o la masturbación subyacente), con el fin de evitar que mojara su joyero (3).

La enuresis pasará (el recuerdo también será reprimido), pero el fantasma subyacente seguirá exigiendo lo que le corresponde a través de un síntoma cercano y vía la identificación con el «catarro» de la madre: serán las flores blancas de la adolescencia.

Esta tensión, que conduce a Dora de lo actual a lo infantil, surge de manera ejemplar en la cura a modo de una actuación: tumbada en el diván, la joven ofrece a Freud el espectáculo de un juego para ella inconsciente. Manipula un pequeño monedero, lo abre e introduce el dedo, lo vuelve a cerrar, y así repetidas veces. «Aquél cuyos labios callan, se delata con la punta de los dedos» (4).

El segundo sueño, traído a la cura un poco más tarde, vendrá a confirmar ampliamente los contenidos inconscientes del primero. Será cuestión de bosques, de ninfas, de vestíbulo. Detrás de estas conocidas metáforas de órganos genitales femeninos, Freud sospecha la reciente lectura de un diccionario médico así como las lecciones de la Señora K., a quien Dora debe la iniciación «al misterio de su propia feminidad» (5).

¿Cómo comprender este fenómeno -la represión de un saber adquirido recientemente- sin referirnos a la atracción ejercida por lo reprimido? Los recientes descubrimientos anatómicos de la joven, cuando la madurez sexual  le permitiría una respuesta adaptada a la tensión de la excitación (por ejemplo: ceder al S.K., a quien ama sin saberlo), sólo caen bajo el peso de la represión porque entran en contacto con representaciones inconscientes de la sexualidad infantil.

Freud y la feminidad 

Ya sea que se trate de la simbólica de los órganos genitales femeninos, de fantasmas de efracción-penetración, de angustias asociadas a la representación del cuerpo interno (el episodio de gastralgia, la falsa apendicitis,  la leucorrea), o incluso de traducciones sintomáticas de la excitación, en el material clínico aportado por Dora a Freud  todo lleva a pensar en una feminidad precoz reprimida.

No falta nada, ni las representaciones propiamente genitales (como la habitación de los niños donde penetra el padre), ni su expresión regresiva, principalmente oral, en Dora la «chupeteadora».

En la obra de Freud, Dora no es una excepción. Hay otros textos clínicos (el análisis del Hombre de los lobos, Pegan a un niño) que hablan con fuerza a favor de la hipótesis de una feminidad precoz y de su represión. ¿Cómo entender que en los artículos que Freud dedicará tardíamente a la sexualidad femenina (6) no quede nada (o casi nada) de esta hipótesis impuesta por la clínica? Recordamos esa expresión que cita a menudo: «la niña es un niño» (7) y también lo esencial de la tesis que sostiene: la masculinidad originaria del niño cualquiera que sea su sexo anatómico.

Así, la feminidad es reducida a una elaboración psíquica tan tardía como secundaria, superestructura ateniense sobre fondo de civilización minoico-micénicaLa desaparición de la figura paterna va de la mano de esta construcción. El padre, más que ser elegido como objeto por la niña, surge como una bolla salvavidas en el momento del naufragio del primer vínculo con la madre. La primacía del falo, alrededor de la cual se articula esta teorización, es la primacía de un falo materno.

Tal vez la de Freud es más una tesis a ser escuchada, en el sentido psicoanalítico del término, que a ser comprendida. Al pronunciarse sobre la feminidad, Freud capta muy exactamente el movimiento de teorización del propio niño. Pero no de cualquier niño: del niño de la fase fálica, sea chico o chica, para quien decididamente no hay más que uno, que se tiene o no. No hay más que uno o, dicho de otro modo, no hay otro. La teoría freudiana, más que ser una teoría de la sexualidad femenina -que en sí misma no lo es- es una teoría del niño, una teoría sexual, fetichista en la circunstancia.

Feminidad y seducción

Como contrapunto de la tesis fálica, la obra de Freud -especialmente la clínica- vehiculiza una cripto-teoría donde la consideración de una feminidad precoz y su represión contradice los enunciados clásicos, ya se trate de la debilidad del superyó femenino o del valor iniciático de la envidia del pene. Esta otra concepción nunca es expuesta como tal, e intentar construirla supone ir más allá de las formulaciones freudianas.

Entre las razones que condenaron a esta representación de la feminidad precoz a algunas apariciones fragmentarias, el célebre abandono de la teoría de la seducción en 1897 ocupa un lugar nada desdeñable. El psicoanálisis nace en el contacto clínico con los histéricos: el niño seducido y el padre libidinal, la pasividad de uno y la intrusión del otro, lo sexual desligado, traumático y el fracaso del niño al elaborar aquello que lo ataca como una infección… aquí tenemos algunas piezas elementales tanto de la seducción como de la feminidad.

Al seguir el destino de la teoría de la seducción en la obra de Freud después de 1897, constatamos que no le falta similitud con el de esta otra feminidad que nosotros evocamos. Más que desaparecer, ambas se debilitan como teorías para resurgir de manera aislada o desplazada.

De modo que el abandono por Freud de la teoría de la seducción impidió tomar cuerpo a la hipótesis de una feminidad precoz. La recuperación y la renovación de esta misma teoría por Jean Laplanche nos invita a repensar sus términos.

 El niño de la seducción originaria es un niño sorprendido por la intrusión de la sexualidad adulta, mucho más allá de lo que su respuesta autoerótica le permite apaciguar. El niño es penetrado por efracción. La conjunción de las posiciones «seducida» y «femenina» encuentran, en este punto, su anclaje más arcaico: el niño seducido es un niño-cavidad, un niño-orificio. La efracción en el psiquesoma del niño causada por la sexualidad adulta (sexualidad diversificada, plenamente constituida y tanto más intrusiva por ser inconsciente para el propio adulto) se sostiene en una actividad, mezcla de amor/odio y cuidados, que transita por los puntos de intercambio del cuerpo, que son por excelencia los orificios (oral, anal, urogenital).

El tiempo cero, el momento inaugural de la vida psicosexual, se sitúa por relación al yo como una doble alteridad: la del adulto y la del inconsciente del adulto. La vida sexual no comienza por «yo introyecto» sino por «él implanta, él entromete» sin saber  lo que hace.

Nuestra propia hipótesis es que la feminidad precoz del niño (cualquiera que sea su sexo) presenta una afinidad privilegiada con la posición originaria de seducción. Entre «él entromete» y «yo soy penetrado(a) por el padre» (enunciado infantil de la posición femenina), el camino de elaboración pulsional es largo, jalonado por las ligazones de Eros y la actividad de simbolización. Pero no por ser largo está menos trazado.

J´appelle un chat un chat (8)

Al considerar así el encadenamiento de las posiciones seducida y femenina nos quedamos en un plano estructural: el ser-efractado del niño seducido anticipa y perfila el ser-penetrado de la feminidad. Todo esto aún no dice nada de la inscripción sexual del proceso y especialmente de la génesis de la erogenidad vaginal.

La seducción implica una modificación de la perspectiva por relación al punto de vista endogenético. Ya no se trata de la pregunta que separaba a Freud de Karen Horney: ¿hay un conocimiento precoz de la vagina? La prioridad del otro, del adulto en la psicogénesis de la psicosexualidad, vuelve caduca o por lo menos suspende esta interrogación, como también es cierto que, del lado del adulto, no se cuestiona la existencia de representaciones del interior femenino. Lo que por el contrario sí se cuestiona son las modalidades de implantación de las representaciones de la feminidad en el psiquesoma del niño por el inconsciente adulto. Ese padre evocado por Freud en Pegan a un niño, ese padre que «hace todo» para ganar el amor de su hija pequeña, ¿qué hace?, ¿qué dice? Pega azotes en el trasero desnudo. ¿Pero entonces? En lugar de retomar el artículo de Freud de 1919, tomaré otro ejemplo extraído de la repetición transferencial, lo que nos hace volver a Dora.

En la cura de ésta, la prioridad del otro se encuentra particularmente acentuada. Antes que Dora, está su padre. La enfermedad sexual (la sífilis) le lleva a consultar a Freud.  La mejora de su estado es lo que posteriormente le  lleva a mandarle a su hija. ¿Qué pide a Freud el padre de Dora? Algo parecido a lo que ya le había pedido al señor K. Con él, su intención implícita podría formularse así: yo me ocupo de su mujer y a cambio usted acompañe a mi hija. Con Freud, la demanda pasa a ser: cure a mi hija para que deje de perturbar mi relación con la señora K.

Mucho antes que Dora, es su padre quien efectúa la transferencia del señor K. sobre Freud. Y con tanto más éxito puesto que Freud, el inconsciente de Freud, no pide más que identificarse con el seductor.

Dora desconfía de los médicos. Teme que penetren su secreto. Es sólo bajo la «orden formal» de su padre que acepta visitar a Freud. La forma en que éste último racionaliza y legitima la exploración psicoanalítica parece incluso más efractante: «Yo simplemente reivindico los derechos del ginecólogo» ¡Ni más ni menos! También el ginecólogo se permite hacer sufrir a las mujeres y a las jóvenes «toda suerte de desnudeces» (9). Aquí estamos en el meollo de la cuestión, frente a la intrusión constitutiva de la feminidad y de lo que permanece inconsciente para el intruso mismo.

Podríamos continuar señalando las manifestaciones del inconsciente de Freud, desde la comparación entre psicoanálisis y ginecología hasta la denegación del poder de las palabras y de su fuerza excitante y seductora: «Suponer que unas conversaciones semejantes serían un medio suficiente para provocar la excitación y la satisfacción sexual sería  índice de una extraña y perversa lujuria» (10).

Pero lo mejor llegará cuando el inconsciente humorista, aficionado a los refranes y a las lenguas extranjeras, se vengue de las pretensiones desexualizantes de la racionalidad científica: «Yo llamo a los órganos y a los fenómenos por sus nombres técnicos y comunico esos nombres en caso de que no sean conocidos» (11) ¡Hasta ahí todo va bien! Nos quedamos con el sentido propio. Pero cuidado con los símbolos pues ellos están íntimamente relacionados con las operaciones del proceso primario. Por lo demás, ¿quién conoce mejor que Freud las metáforas de animales típicas del sexo femenino? ¿Acaso no las había inventariado en La interpretación de los sueños? Justo después de haber reclamado para el psicoanalista las desnudeces a las que el ginecólogo tiene derecho, y de defenderse contra todo espíritu de concupiscencia mediante el recurso al rigor en el uso de los términos, concluye, en francés como aparece en el texto: «J’ appelle un chat un chat»! (12)

La vagina es la cosa misma 

Freud, psicoanalista-ginecólogo, heredero transferencial de los seductores históricos de Dora, ilustra con su expresión la forma en que los significantes verbales de la sexualidad adulta inconsciente proceden a la implantación y, por lo tanto, a la constitución de la psicosexualidad infantil. Pero esa es solo una de las caras de los procesos que vuelven enigmática a la vagina. La otra cara es la de la excitación. Para que ese chat adquiera estatus de representante de la pulsión aún hace falta que deje su huella en la carne; y una huella muy fuerte, que necesita la represión de la representación. El anclaje del significante en lo somático, su disposición para una excitación, nos reenvía a la génesis de las zonas erógenas y, en el caso de la feminidad, al problema complejo de la erogenidad vaginal precoz.

Confrontado con la histeria de Dora y con la represión de lo infantil que  supone, Freud considera como un factor decisivo de la evolución neurótica «la aparición precoz de verdaderas sensaciones genitales» (13). Pero aún cuando la hipótesis de un «despertar prematuro del aparato genital femenino» (14) se reencuentra bajo su pluma aquí o más allá, su teoría de la feminidad sigue estando ampliamente dominada por la afirmación contraria del falicismo en la niña y de la inexistencia de una genitalidad femenina infantil: la vagina permanecería desconocida hasta la adolescencia, hasta la maduración fisiológica puberal. Llevada hasta sus últimas consecuencias, esta tesis implica que la vagina, al no tener un anclaje en lo infantil, escapa a la sexualidad en el sentido psicoanalítico del término, cayendo por completo del lado de la autoconservación, del instinto y no de la pulsión, del lado de la función de reproducción (15).

Toda zona de mucosas, escribe Freud en Tres ensayos (16), puede servir como zona erógena: exceptuando, entonces, ¡la mucosa vaginal! Lo extraño de esta declaración testimonia la forma en que la represión deja sentir sus efectos en la construcción teórica.

Dicho esto, la cuestión es difícil. La respuesta aportada por Melanie Klein, y con ella por Jones, se sitúa enteramente en el plano psíquico, en el nivel de una migración fantasmática de arriba hacia abajo, de la boca hacia la vagina, de la felación hacia el coito. Desde esta argumentación, el cuerpo -aquél de las zonas erógenas y de la excitación- casi no brilla más que por su ausencia.

Retomemos las cosas a partir de la coexcitación libidinal: «En un comienzo la actividad sexual se apuntala sobre una de las funciones que están al servicio de la conservación de la vida y sólo más tarde se independiza de ella» (17). Lo que resulta oscuro en el caso de la vagina es que, a diferencia de la boca, de la cavidad anal y también del pene, ella no tiene ninguna función autoconservativa en la infancia. Y hay que añadir que a diferencia del clítoris, que tampoco tiene un rol autoconservativo en la niña ni en la mujer adulta, la vagina queda generalmente fuera del alcance de los gestos del cuidado. Sin considerar hechos de seducción, la única coexcitación libidinal que podría implicar a la vagina es una co-coexcitación, vía la pared recto-vaginal. «Es posible que  en el organismo no ocurra nada de importancia que no preste su contribución a la excitación de la pulsión sexual», escribe Freud (18). Así, la cotidianidad del tránsito fecal y la conmoción conjunta de la pared en cuestión hubiera podido conducirle a algo más que a la teoría del simple desconocimiento. Al menos podría haberle llevado a la teoría de la confusión cloacal, a la que se aproximará sin llegar a extraer sus consecuencias (19). En un texto muy conocido, Lou Andréas Salomé señaló enfáticamente el parentesco, la complicidad de los procesos anales y genitales; no solamente en la infancia sino también en el estado de madurez sexual (20). Porque la estimulación anal, así como la estimulación genital femenina, inundan al yo-cuerpo interno, estando ambas en una relación estrecha con el ataque pulsional en tanto tal, con el ataque de la envoltura periférica interna del yo por lo sexual.

La confusión cloacal, la naturaleza interna de los procesos somáticos, la invisibilidad de los lugares excitados, todo ello contribuye a acentuar el carácter indomeñable de la feminidad precoz. Prueba de eso indomeñable es la radicalidad de la represión de la que es objeto la segunda fase del fantasma un niño es pegado, una segunda fase que se enuncia: yo soy pegado(a) por el padre y, más aún, soy penetrado(a) por él.

Para el niño la cloaca es una teoría del coito y del nacimiento. Una teoría que sin duda se acompaña de excitación en la identificación femenina anal. Pero para la niña la cloaca es a la vez teoría y zona erógena. Para la niña… y ¡para la mujer! En la mujer, escribe Lou Andreas-Salomé, la vagina es tan solo una parte arrendada de la cloaca, algo que Freud reprime con una constancia ejemplar cada vez que cita de memoria a su discípula. Al evocar el hecho de que la mujer goza igualmente cuando la penetración es anal, Françoise Dolto hizo temblar a la respetable asamblea del Congreso de Ámsterdam en 1960. Su declaración le valió esta observación de Lacan: «Eres caradura» [«Tu est culottée»]. No podría decirse mejor, pues la elección del significante evoca la cercanía y sus confusiones perdurables.

Sobre la base de la derivación cloacal, la erogenidad vaginal adquiere un estatuto autónomo a lo largo de un proceso de diferenciación que tal vez nunca se logra por completo. La «soltura» regresiva que encontramos en la clínica femenina es una muestra de ello.

En su alusión a la anatomía la teoría parece ubicarse entre dos extremos: o bien se la toma en cuenta y se impone como destino, o bien se la considera despreciable por relación a la indiscutible importancia del fantasma. Así se olvida lo que la anatomía debe a la historia del sujeto. Como lugar de penetración, la vagina es apropiada para retomar, para simbolizar la intromisión de la sexualidad adulta en el psiquesoma del niño (a riesgo de una cercanía excesiva). Con unos términos hegelianos apreciados por Jean Laplanche, podría decirse que la vagina es la cosa misma, el lugar repetitivo de la intrusión seductora originaria y, desde esta perspectiva, particularmente propicia para el mantenimiento del enigma. El ser-penetrado femenino tiene con la represión,  como puesta del otro en el interior, un parentesco que no se limita solo a las palabras. Tal vez la dificultad que tienen las pacientes mujeres para elaborar el material genital, su tendencia a sustituirlo por representaciones orales y anales,  encuentra ahí su motivo más arcaico.

Cuando Freud escribía en 1897 que «el elemento reprimido por excelencia es siempre el elemento femenino» (21), o cuando mucho más tarde hacía del «repudio de lo femenino» uno de los mayores obstáculos para el proceso analítico (22), se acercaba mucho a una articulación entre lo femenino y la alteridad, entre lo femenino y nuestro otro interno. Nuestra propia hipótesis tiende pues a conducirnos desde los orígenes de la sexualidad femenina hacia la feminidad de los orígenes de la psicosexualidad.

Acentuando la oposición entre los términos, podríamos formular la hipótesis de que para todo sujeto, hombre o mujer, el otro sexo es siempre el sexo femenino: por estar pre-inscrito en el psiquesoma del niño por la efracción seductora originaria del otro (del adulto) y porque en el ser-penetrado se repite el gesto y se mantiene el enigma.

En cambio el sexo masculino, con su simbolización fálica, es para todo sujeto el mismo, que se tiene o no. El falo es la primacía de un sexo y solo uno, sin otro que su propia ausencia.

Una hipótesis como ésta concuerda al menos con una constante de la reflexión freudiana sobre estas cuestiones: la disimetría de lo femenino y lo masculino. Pero, inversamente a su teoría, nuestra hipótesis conduce a ginocentrar la psicosexualidad.

(La hipótesis desarrollada en esta comunicación es el tema central de un libro que aparecerá en 1995: Aux origines féminines de la sexualité, «Biblioteque de psychanalyse» PUF, 1995. (23))

 

Notas

*  «L’originaire fémenité», en Colloque international de psychanalyse (1992), Jean Laplanche et collaborateurs, Puf, 1994. Traducción: Lorenza Escardó.  [La traducción de este texto ha sido revisada en noviembre de 2013].

1. Freud, Fragment d´une analyse d´hystérie (1905), Cinq psychanalyses, Paris, PUF, 1954, p.46. [Fragmento de análisis de un caso de histeria,  O. C., v. VII, p.57, Amorrortu.]

2. Ibid., p. 52; (en O. C., v. VII, p.63.)

3. Ibíd., p. 52; (O. C., v. VII, p.63.)

4. Ibíd., p. 57; p. 52; (O. C., v. VII., p. 68.)

5. C.f. Lacan, Intervention sur le transfert (1951), in Ecrits, Paris, Le Seuil, 1966, p.220.

6. Sobre la sexualidad femenina (1931), en O. C., v. XXI. La feminidad (1932), Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, en O. C., v. XXII.

7. La feminidad, op. cit.

8. [Se trata de una expresión que en español traducimos por  «llamo al pan pan y al vino vino». N. T.]

9. Fragment d´une analyse d´hystérieop. cit. p. 3. (O. C., v. VII, p.44.)

10. Ibíd. p. 34  (O. C., v. VII.)

11. Ibíd., p. 34. (O. C., v. VII, p.44.)

12. Ibíd., p. 34. (O. C., v. VII, p. 44).[ Chat (gato) en argot sirve para aludir a la vagina. N.T.]

13. Ibíd., p. 40 n. 2. (O. C., v. VII p. 51 n. 45.)

14. Quelques conséquences psychiques de la différencse anatomique entre les sexes (1925), in La vie sexuelleop. cit. p. 130.  [Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos. (1925), O. C., v. XIX, p. 259.]

15. W. Granoff y F. Perrier formulan la hipótesis siguiente, tan inverificable como coherente con la teoría fálica: «Que una niña, naturalmente niña, escape hipotéticamente a toda estructuración edípica, quizá no le impediría gozar al momento del celo. También engendraría un hijo y tendría leche para él» (Le désir et le féminin (1964), Paris, Aubier-Montaigne, 1979, p. 59-60).

16. Trois essais sur la théorie sexuelle (1905), Paris, Gallimard, 1987, p. 107-108.

17. Ibíd. p. 105. (O. C., v. VII.)

18. Ibíd. p. 138. (O. C., v. VII.)

19. La predisposición a la neurosis obsesiva (1913), O. C. v. XII., es uno de los textos donde Freud avanza más en el terreno de una derivación de la vagina a partir de la cloaca.

20. «Anal et sexuel» (1916), in L´amour du narcissisme, Paris, Gallimard, 1980, p. 107.

21. Manuscrit M, 25 mai 1897, in La naissance de la psychanalyse, Paris, PUF, 1956. [O. C., v. I, Amorrortu].

22. Análisis terminable e interminable (1937), O. C., v. XXIII, p.255.

23. Los orígenes femeninos de la sexualidad, Madrid, Síntesis: 2002.

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