La edición de 1915 de los “Tres ensayos de teoría sexual”

ver artículo en formato pdf

El texto freudiano de los Tres ensayos de teoría sexual, dadas las sucesivas aportaciones que recibe a lo largo de sus cinco ediciones, que se extienden desde 1905 hasta 1924, presenta como ningún otro la producción de Freud en su discurrir a través de movimientos sucesivos, en los que particularmente puede verse la evolución de la teoría freudiana en su movimiento de gestación de la sexualidad infantil y, a la vez, en sus cambios de giro al respecto, que le llevan a hacer coexistir y mantener en su teorización posiciones claramente contraictorias.

Pues bien, el giro que se produce en la edición de 1915 es realmente profundo, pues aparecen más de cincuenta revisiones que a veces comportan añadidos enteros de ciertas secciones, pero sobre todo porque se va a producir una nueva teorización sobre lo sexual infantil.

Para hacerse una idea más cabal de las razones de este gran giro, hay que tener en cuenta –en primer lugar- que la redacción de esta nueva edición en el otoño de 1914 es contemporánea de la escritura del análisis del Hombre de los lobos. Lo que implica que al menos en parte estuviera condicionada por este caso, en el que Freud, viéndose confrontado de modo muy particular con el papel seductor del otro como fuente u origen de lo sexual, sin embargo hará retroceder el rol de lo accidental sexual en la estructuración patológica. Es decir, ante un caso en el que todo habla a favor de una seducción (que, por cierto, Freud no deja de sacar a la luz) se va a imponer la primacía del fantasma, que da prioridad a la hipótesis de los fantasmas originarios, cuya emergencia es de orden endogenista. Con lo cual los escenarios prototípicos van a prevalecer sobre la experiencia, tal y como se desprende de la siguiente afirmación perteneciente a las conclusiones del caso: «Donde las vivencias no se adecuan al sistema hereditario, se llega a una refundición de ellas en la fantasía, cuya obra sería por cierto muy provechoso estudiar en detalle. Precisamente estos casos son aptos para probarnos la existencia autónoma del esquema. A menudo podemos observar que el esquema triunfa sobre el vivenciar individual»[1]. Una generalización que repercute sobre la visión del conflicto infantil, que va a ser situado en el marco  de un dualismo entre el vivenciar y el esquema: «Las contradicciones del vivenciar respecto del esquema parecen aportar una rica tela a los conflictos infantiles»[2].

Y  -en segundo lugar- merece la pena tomar en consideración que por ese mismo período de tiempo[3] se está gestando en Freud la producción de sus escritos metapsicológicos, cuya escritura se inicia alrededor del 15 de marzo de 1915. Se trata, por tanto, de un momento capital de la producción freudiana, a propósito de la cual E.Jones, comentando precisamente los trabajos de toda esa época, señala lo siguiente: «La observación más interesante, sin embargo, se refería a que finalmente había logrado la comprensión de la base fundamental de la sexualidad infantil»[4]. Al parecer, Jones se apoya, para poder sostener esa afirmación, en al carta de Freud a Abraham del 10 de julio de 1914, en la que le dice esto: «Tengo bosquejadas ciertas ideas sobre la organización originaria de los primeros momentos de la sexualidad humana; os los añadiré más tarde pues por el momento soy incapaz de hacer una síntesis»[5].

Pasando ya a precisar detalladamente y comentar esta edición de 1915, hay que decir que se caracteriza especialmente por tres añadidos de gran envergadura, que son el de “La investigación sexual infantil”, el referente a las organizaciones pregenitales, titulado “Fases de desarrollo de la organización sexual” y la reintroducción de la temática del narcisismo bajo el epígrafe de “La teoría de la libido”, que corresponde ya  al 3er ensayo, el de “Las metamorfosis de la pubertad”, mientras que las otras dos secciones están inmersas dentro del 2º ensayo, que lleva por nombre “La sexualidad infantil”.

Respecto del primer gran añadido hay que comenzar señalando que con anterioridad a este momento Freud –como ya quedó indicado- apenas se había ocupado de la psicosexualidad infantil como tal, o sea de la investigación de los niños que les lleva a construir ciertas teorías. De ahí que esta sección aporte algunos conceptos como son “la pulsión de saber”, “el enigma de la esfinge”, “el complejo de castración y la envidia del pene”, “las teorías del nacimiento”, “la concepción sádica del comercio sexual” y “el típico fracaso de la investigación sexual infantil”. De este modo, esta sección retoma y a la vez articula entre ellas unas nociones que habían ido gestándose en Sobre las teorías sexuales infantiles, en La novela familiar de los neuróticos, en el Análisis de la fobia de un niño de cinco años y en Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci.

La sección se inicia con un breve párrafo, que ha sido comentado en algunas ocasiones por J.Laplanche en el sentido de que es planteada una pulsión, la de saber, cuyos componentes no son únicamente sexuales, dado que Freud afirma esto: «La pulsión de saber no puede computarse entre los componentes pulsionales elementales ni subordinarse de manera exclusiva a la sexualidad», p.176-177. Además se añaden otros elementos como el del apoderamiento, sobre el cual Freud va a situar el apuntalamiento del sadomasoquismo, pero entendiendo siempre el apoderamiento como algo perteneciente a la autoconservación, pues la pulsión de apoderamiento para Freud es en principio no sexual. De ahí que resulte bastante poco riguroso afirmar que la pulsión de saber es una sublimación de la pulsión de apoderamiento, cuando justamente ésta no es sexual y por definición entonces no puede sublimarse.

De todos modos, conviene tener en cuenta que la referencia a una pulsión de apoderamiento acababa de ser hecha por Freud pocos párrafos antes para dar cuenta de la crueldad, proponiendo así una génesis del sadismo según el esquema del apuntalamiento más o menos en estos términos: el sadismo, como pulsión sexual, deriva de una pulsión o de una actividad no-sexual que consiste en extender su dominio sobre el objeto o en apoderarse de él. En las ediciones de 1905 y 1910 Freud lo planteaba de la manera siguiente: «las mociones crueles fluyen de fuentes en realidad independientes de la sexualidad» (p.175, nota 33), mientras que en la de 1915 se expresa de este modo: «Nos es lícito suponer que la moción cruel proviene de la pulsión de apoderamiento y emerge en la vida sexual en una época en que los genitales no han asumido aún el papel que desempeñarán después. Por tanto, gobierna una fase de la vida sexual que más adelante describiremos como organización pregenital», p.175.

Por otro lado, a la pulsión de saber[6] son vinculadas las teorías sexuales infantiles,   que son postuladas como una respuesta a las cuestiones impuestas por lo sexual, frente a lo cual son unos intentos de adaptación y comprensión: «la pulsión de saber de los niños recae, en forma insospechadamente precoz y con inesperada intensidad sobre los problemas sexuales, y aun quizás es despertada por estos», p.177. De este modo, esta sección de los Tres ensayos articula las teorías sexuales infantiles con el resto de la vida sexual infantil, algo que Freud no había podido hacer en su texto de 1908, en el que afirmaba: «Sé que no he obtenido un material completo ni he establecido un nexo sin lagunas con el resto de la vida infantil»[7].Así, pues, Freud ahora colma esa laguna planteando que –si bien lo que sacude al niño son unos intereses prácticos y, en ese sentido, de orden autoconservativo: «No son intereses teóricos sino prácticos los que ponen en marcha la actividad investigadora en el niño», p.177, sin embargo esos intereses se abren a una reflexión sobre lo sexual y se le imponen al niño al modo de enigmas, cuya base remite en Freud a lo que más tarde aparecerá bajo el nombre de Unheimliche (lo ominoso).

Ahora bien, lo que resulta significativo es que Freud sitúe esta actividad investigadora del niño solamente a partir de los tres años: «A la par que la vida sexual del niño alcanza su primer florecimiento, entre los tres y los cinco años, se inicia en él también aquella actividad que se adscribe a la pulsión de saber o de investigar», p.176. Eso nos indica que el niño para Freud, del mismo modo que está cerrado al objeto, está cerrado a un cuestionamiento sobre el mundo y, por más que en 1920 sitúe esa apertura al mundo a la edad de dos años en lugar de tres, no obstante eso está hablando de un solipsismo implícito de fondo y de que la génesis de lo psicosexual es presentada en un marco claramente pobre o restringido. De hecho, si es cierto que la introducción de la “pulsión de saber” para dar cuenta de la génesis de la psicosexualidad supone una gran innovación, sin embargo la forma de situar esta apertura hacia el mundo es digna de atención, porque es situada a partir del “apoderamiento”, una noción que estaba ya presente  en la edición de 1905, pero que en 1915 toma en la teoría una fuerza particular, en la medida en que  -en consonancia con la teoría del apuntalamiento, que comienza a tematizarse a la vez que extraviarse en los años 1910-1912, como subraya J.Laplanche[8]– el apoderamiento se convierte en el motor autoconservativo sobre el que se apoya lo sexual.

En efecto, el apoderamiento que constituye una noción muy materialista[9] en el sentido más físico del término, puesto que el niño que se apodera o domina el objeto es aquél que lo coge y lo agarra con sus manos para que no se le escape, le permite a Freud establecer unos vínculos entre lo sexual y lo vital y así plantear un modelo que permita la salida del niño de ese solipsismo en el que le ha colocado.

Así, pues, la pulsión de apoderamiento se inscribe en un intento de articulación entre el terreno de la autoconservación y el campo de lo sexual, intento significativo porque introduce de manera subrepticia un cierto pansexualismo en la teorización freudiana y porque la reaparición de la idea del apoderamiento da cuenta de las dificultades de Freud a recoger la exogénesis precoz y estructurante de lo sexual, tal y como había sido apuntada por el Dr.Josef K.Friedjung en las sesiones de los miércoles, tanto dando cuenta de las lagunas del sistema freudiano (en especial las fallas del apuntalamiento) como proponiendo un esquema más pertinente. Por tanto, la reaparición del “apoderamiento” corresponde a un intento de salvamento del sistema endogenista, que se perfila así como una respuesta a las alegaciones presentadas por algunos miembros de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, surgidas a raíz de las discusiones sobre el Edipo, que se habían iniciado en febrero de 1914 y se desarrollaron durante cuatro sesiones, la última de las cuales tuvo lugar el 20 de mayo de 1914.

De todos modos y para concluir con lo aportado por esta sección, se puede señalar que al abrir la teorización a lo psicosexual infantil se opera un cierto cambio en el reconocimiento de esta psicosexualidad, que va a comportar el que entre la psicosexualidad adulta y la somato-sexualidad infantil se establezca una mera diferencia cuantitativa y no cualitativa, como era hasta entonces. Algo que viene a confirmar la noción de “estadios pregenitales” infantiles, que van a ser planteados en la sección siguiente y que van a dar cuenta de una cierta lógica propia de cada estadio, lógica que habla de un objeto sexual infantil[10].

Los añadidos recogidos dentro de la sección “Fases de desarrollo de la organización sexual” van a girar en torno a la “organización pregenital”, a la “ambivalencia” y a la “elección de objeto en dos tiempos”. Esta sección, entonces, propone un escalonamiento del desarrollo en términos de períodos llamados oral y sádico-anal, escalonamiento que aporta la idea de un funcionamiento pulsional con su lógica distinta en cada estadio. En primer lugar, el estadio o la organización oral, que es reconocido aquí por primera vez y es descrito de la siguiente manera: «Una primera organización sexual pregenital es la oral o, si se prefiere, canibálica. La actividad sexual no se ha separado todavía de la nutrición, ni se han diferenciado opuestos dentro de ella. El objeto de una actividad es también el de la otra; la meta sexual consiste en la incorporación del objeto, el paradigma de lo que más tarde, en calidad de identificación, desempeñará un papel psíquico tan importante», p.180.

Esta descripción implica que la pulsión es pensada desde o por medio del modelo de lo biológico, modelo que no sólo impone la emergencia de lo pulsional desde lo endógeno[11], sino que además hace en definitiva equivalentes a lo somático y a lo representativo, puesto que esto último se obtiene “corporalmente” o “metiendo en el cuerpo”, que es en lo que consiste el incorporar, según la idea “mística” de que comiendo físicamente al otro se mete dentro su fuerza y poder[12].

Es cierto que Freud indica, por un lado, que se trata sólo de un paradigma y, por otro, que la identificación será algo que venga “más tarde”, pero la impronta del modelo planteado tiene ya sus consecuencias, porque a la hora de hablar de la identificación en Duelo y melancolía dirá lo siguiente: «En otro lugar [se está refiriendo a Pulsiones y destinos de pulsión, en donde incorporar es equivalente a devorar, en el sentido de que se trata de “una modalidad de amor compatible con la supresión de la existencia del objeto como algo separado” y eso pertenece a una etapa del desarrollo de las pulsiones sexuales, sin establecer diferencia alguna con las pulsiones de autoconservación] hemos consignado que la identificación es la etapa previa de la elección de objeto y es el primer modo, ambivalente en su expresión, como el yo distingue al objeto [Freud habla  aquí de la distinción del yo respecto del objeto, pero luego no logra dar cuenta de la paradoja presente en toda identificación, que es la transmisión simultánea de la similitud y de la diferencia respecto del objeto. Sobre lo cual hay que señalar que fue J. Lacan quien puso de relieve que la identificación no es para nada la reproducción de lo idéntico, sino lo que introduce una marca diferencial]. Querría incorporárselo, en verdad, por la vía de la devoración, de acuerdo con la fase oral o canibálica del desarrollo libidinal»[13]y en Psicología de las masas y análisis del yo va a defender igualmente que la identificación «se comporta como un retoño de la primera fase, oral, de la organización libidinal, en la que el objeto anhelado y apreciado se incorpora por devoración y así se aniquila como tal»[14].

Tenemos, en segundo lugar, la organización sádico-anal, en la que “son pesquisables la polaridad sexual y el objeto ajeno” y “ya se ha desplegado la división en opuestos, que atraviesa la vida sexual”, a la vez que “los pares de opuestos pulsionales están plasmados en un grado aproximadamente igual”, a lo que se llama ambivalencia, noción tematizada por E.Bleuler desde noviembre de 1910 en una alocución hecha en Berlín y en la que distinguía ambivalencia afectiva e intelectual.

Esta organización pregenital como la oral anterior, nos aclara Freud a continuación, son unas hipótesis sustentadas en el análisis de las neurosis, pero no nos precisa a qué neurosis se está refiriendo, si bien sabemos que no se trata realmente de neurosis, sino de situaciones psicopatológicas graves, a relacionar más con la problemática del desamparo originario (necesario dada la discontinuidad inevitable de los vínculos con los objetos primarios, pero que puede ser vivido bajo condiciones muy desestructurantes, como son las del maltrato, injuria y no respeto del sujeto infantil como otro distinto, en cuyo caso el desamparo conduce a incorporar al objeto  y aferrarse a él, prefiriendo un constante combate sadomasoquista con el objeto antes que renunciar al mismo y sentir una angustia intensísima de separación), que con la del duelo, porque en este último caso se parte de la pérdida del objeto, mientras que en la situación anteriormente descrita no se puede hablar estrictamente de pérdida, sino de persistencia o pervivencia del objeto dentro de sí y con unas determinadas características del mismo, que remiten a un funcionamiento unilateral, atacante y excitante, característico de la llamada pulsión parcial.

Por otra parte, esta sección nos presenta también la elección de objeto sexual durante la infancia,  cuando la tesis defendida en 1905 era que se trataba de algo que se llevaba a cabo durante la pubertad: «ya en la niñez se consuma una elección de objeto como la que hemos supuesto característica de la fase de desarrollo de la pubertad», p.181. Y sobre esa elección de objeto nos dice que “se realiza en dos tiempos”, separados por el período de latencia  “a consecuencia del desarrollo de la represión”. Ahora bien, al describir la situación de ese modo, en el que uno de los momentos es bien tardío y acontece tras un período de latencia, que sólo tiene que ver con el propio sujeto, necesariamente pierde fuerza la emergencia del objeto (fantasmático) a raíz de la seducción parental.  Pero es que, además, también de esta manera se suprime el aspecto estructurante de la relación primaria con la madre, al no ver en ella más que una función excitadora en correspondencia con “las viejas aspiraciones sexuales de las pulsiones parciales infantiles”. Es decir, Freud cierra las pistas que los debates vieneses le habían obligado a tomar en consideración y, en ausencia de esas pistas, es cierto que el Edipo comienza poco a poco a tomar más cabida en su texto, pero se produce bajo la condición de que Freud se va a olvidar más y más de señalar la naturaleza parental del objeto.

Por otra parte, esa cuestión de las dos oleadas o de los dos tiempos, por medio de cuya idea Ferud y el pensamiento psicoanalítico postfreudiano ha descrito siempre la sexualidad humana en cuanto específica por ese motivo, ha ocultado o no ha dejado ver algo fundamental, y es que lo que descubre el trabajo psicoanalítico es la existencia de dos sexualidades diferentes (una pulsional y otra instintivo-genital) y no dos tiempos de la misma sexualidad, siendo además la sexualidad pulsional la que es objeto específico de la investigación psicoanalítica.

En definitiva, y para concluir con estas dos secciones enteramente agregadas en 1915, tenemos que –si bien se estructura el campo de la sexualidad infantil, en el sentido de que la sexualidad del niño deja de tener un prototipo orgánico para convertirse en una psicosexualidad, o sea, una sexualidad vinculada al fantasma y al inconsciente- sin embargo esa psicosexualidad se piensa más y más desde un modelo endogenista, en el que el entorno es cada vez más autoconservativo y menos sexual.

La otra gran aportación introducida en esta edición de 1915 recibe el título de “La teoría de la libido” y aparece como la sección tercera del 3er ensayo. Se trata de una sección inspirada en las ideas planteadas en Introducción del narcisismo, de cuyo texto no sólo se hace una simplificación, sino que se lleva a cabo un olvido o un cierre de las ideas más ricas allí expuestas.

Tras precisar que la libido “es una fuerza susceptible de variaciones cuantitativas”, pero que también tiene “un carácter cualitativo”, que se diferencia de otros procesos “por un quimismo particular” y que esa excitación sexual emerge “por todos los órganos del cuerpo”, nos presenta la idea  de que el representante psíquico de la libido se llama “libido yoica” o “libido narcisista”, que «se nos aparece como el gran reservorio desde el cual son emitidas las investiduras de objeto y al cual vuelven a replegarse» (p.199) y que se opone a la “libido de objeto”.

Pero lo que llama poderosamente la atención es que Freud deje de lado tan flagrantemente lo que acababa de conceptualizar en su Introducción del narcisismo, tras un largo recorrido de profundización que ya se perfilaba en su texto de finales de 1910 Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente, esto es, el que el narcisismo es el momento de emergencia del yo que hay que situar entre el autoerotismo y la elección de objeto. Mientras que aquí nos describe la investidura libidinal narcisista del yo «como el estado originario realizado en la primera infancia, que es sólo ocultado por los envíos posteriores de la libido, pero se conserva en el fondo tras ellos», p.199.Lo cual comporta un modelo, que es el del narcisismo originario de entrada, y que por cierto va a ser el que se imponga más y más a partir de 1917 (aunque ya asomaba también en Pulsiones y destinos de pulsión), con su consecuencia correspondiente que es la de la confusión entre autoerotismo y narcisismo, puesto que el autoerotismo (que había sido objeto de discusión detallada en el segundo de los Tres ensayos) pasa a ser el modo de funcionamiento de un narcisismo primario anobjetal.

Como subraya F.Rexand[15] en su extensa y precisa tesis doctoral , se trata de una auténtica inflexión que se observa cuando se sigue con detalle la evolución de los postulados que organizan la teoría, ya que ésta se encauza por un modelo que exige el cierre (véase el modelo del endogenismo y del solipsismo) en lugar de la apertura que se había suscitado especialmente durante los debates sobre el Edipo y hasta postulado conceptualmente (véase la idea del narcisismo parental como origen del narcisismo infantil, pero también la idea de que el orden pulsional no está presente desde el inicio de la vida del individuo, sino que tiene que establecerse a lo largo de una génesis y de una secuencia, que la investigación psicoanalítica descubre y en la cual el narcisismo se constituye en un segundo tiempo, correspondiente al de la unificación de las pulsiones parciales en torno al yo en cuanto objeto).

Pero es que, además, este añadido supone una cierta ruptura con la lógica de los Tres ensayos, en la medida en que el papel y la importancia del yo había sido algo no tenido en cuenta en los ensayos anteriores, y aquí aparece inesperada y en cierto modo subrepticiamente. Una aparición que hay que relacionar con la equivalencia o confusión, presente con gran frecuencia en la obra freudiana, entre el yo de las pulsiones del yo, es decir, el yo del individuo u organismo psicobiológico, y el yo del narcisismo, que es concebido y entendido como objeto de amor. Confusión que le conduce a utilizar como sinónimos los términos “pulsiones del yo” (que son de autoconservación y por tanto no son pulsiones “stricto sensu”) y “libido del yo” (que corresponde a lo estrictamente pulsional). Lo cual a su vez va a servir de base para que Freud se deslice por una pendiente, en la que el aspecto “demoníaco” de la pulsión sexual quede cada vez más descartado, pues en la representación de lo sexual durante estos años se va a insistir de modo especial sobre lo ligado a expensas de la sexualidad desligada.

La importancia de esta dirección en la que se comprometía la teoría sexual freudiana ha sido claramente subrayada por J.Laplanche desde su obra Vida y muerte en psicoanálisis, en donde se nos muestra cómo en la medida en que lo pulsional ligado (en torno al yo y al objeto) aplastaba más y más a lo desligado pulsional (lo que Freud llamaba en el inicio de su obra la sexualidad “demoníaca”), esto último tuvo que resurgir e imponerse como una exigencia del pensamiento freudiano en su teoría sexual a través del término “pulsión de muerte”, si bien en esta reaparición lo sexual desligado ya no tiene la misma frescura conceptual, pues la pulsión de muerte va a ser concebida bajo una perspectiva mucho más instintivista, como correspondía al enfoque que iba tomando la teorización freudiana, pues –mientras que parte del grupo de los vieneses había intentado salvaguardar la apertura hacia lo sexual materno, que Sadger había sabido poner de relieve, y el propio texto de Introducción del narcisismo había recogido ciertos aspectos de esa apertura hacia el otro significativo- esta revisión de los Tres ensayos  nos muestra al Freud que sigue el camino del narcisismo originario.

Otros agregados de importancia en esta edición son unos añadidos que exploran cuestiones que no habían sido suficientemente bien abordadas en ediciones anteriores y que giran en torno a la homosexualidad, al sadismo y al masoquismo.

La cuestión de la homosexualidad, si bien es tratada en cada edición, en esta de 1915 será objeto de una atención especial, pues Freud va a suprimir y a añadir elementos que modifican de modo sustancial las pistas anteriores. Desde 1910 una nota, suprimida en 1915, indicaba que los homosexuales analizados por Freud (y los de Sadger) eran «individuos cuya actividad sexual se hallaba en general menoscabada, y su residuo se manifestaba como inversión», p.132 (nota 13). Pero, además, también fue retirada del texto otra aportación de 1910, que había sido recogida a raíz de lo abordado en el texto sobre Leonardo y que señalaba el que «Debería trazarse una neta distinción conceptual entre diferentes casos de inversión según que se haya invertido el carácter sexual del  objeto o el del sujeto», p.132 (nota 13).

Pues bien, en 1915 esa línea de la distinción entre el objeto y el sujeto fue abandonada dando paso a la concepción según la cual «todos los hombres son capaces de elegir un objeto de su mismo sexo, y aún lo han consumado en el inconsciente», p.132 (nota 13). Una afirmación basada de algún modo en los postulados del Leonardo, en donde se señala en un momento crucial de la obra que el amor hacia la madre va a ser reprimido y entonces el varón se va a identificar con la madre, tomándose a sí mismo como el modelo a semejanza del cual escoge sus nuevos objetos de amor. De ese planteamiento se deducía una secuencia en cuatro tiempos, convertidos ya en clásicos, para dar cuenta de la elección homosexual de objeto.

Ahora bien, si en ese texto Freud va a insistir sobre todo en la biografía de Leonardo, o sea, en sus datos históricos y por tanto contingentes, aquí en este agregado y en esta nota de la p.132 nos dice: «La conducta sexual definitiva se decide sólo tras la pubertad, y es el resultado de una serie de factores que todavía no podemos abarcar en su conjunto, y de naturaleza en parte constitucional, en parte accidental», Con lo cual lo contingente e histórico pierde preponderancia en la medida en que tiene que compartir la causalidad con lo constitucional, que una vez más va a ser resaltado poco después: «En todos los tipos de invertidos es posible comprobar el predominio de constituciones arcaicas y de mecanismos psíquicos primitivos», p.132-133 (nota 13).

De todos modos, es cierto que el papel del otro en la organización singular de lo sexual es recogido al describir la intervención de lo accidental, del que Freud aquí nos señala dos elementos particulares: la frustración (véase “amedrentamiento sexual temprano”) y la falta o ausencia de un padre fuerte. Elementos que están en continuidad con lo explorado en el Leonardo y en el caso Schreber y en los cuales puede verse que la actividad seductora de la madre (tan presente en el Leonardo) ha quedado desplazada hacia el papel del padre como polo de articulación, lo que conlleva que se borre el papel de la madre en cuanto seductor y organizador de lo pulsional.

Pero también fueron retrabajadas en esta edición de 1915 las cuestiones del sadismo y del masoquismo. Freud, partiendo de la vinculación entre esas dos “perversiones” hechas por Kraff-Ebing, había aportado en 1905 que una de las raíces del sadismo se encontraba en el componente agresivo de la pulsión sexual, componente que se había hecho autónomo, mientras que había planteado el masoquismo diciendo que “proviene de la sobreestimación sexual como consecuencia psíquica necesaria de la elección de un objeto sexual”. Pero como el problema, al igual que en la cuestión de la homosexualidad, parecía más complejo, Freud en 1915 va a suprimir esas afirmaciones y en su lugar plantea lo siguiente: el concepto de sadismo corresponde, en sentido estricto o en cuanto perversión al  «sometimiento y el maltrato infligidos al objeto sexual como condición exclusiva de la satisfacción» (p.143-144), en cambio para el masoquismo la satisfacción está puesta en el «hecho de padecer un dolor físico o anímico infligido por el objeto sexual», p.144.

De esta manera Freud rompe con la perspectiva defendida en 1905, que ponía el acento en “la sobreestimación sexual”, y pasa a colocar la génesis del masoquismo en la vuelta hacia el propio sujeto del sadismo. Una precisión que anuncia ya la postura que  va a defender en Pulsiones y destinos de pulsión, descrita así: «La satisfacción se obtiene, también en el masoquismo, por el camino del sadismo originario… no parece haber un masoquismo originario que no se engendre del sadismo»[16]. Claramente en este último texto la postura de Freud es más radical que la mantenida en la edición de 1915 de los Tres ensayos, en donde utiliza unos términos más suaves, como “puede dudarse de” y “quizá de manera regular”, y en donde parece dejar entreabierta la puerta que lleva a la idea del masoquismo erógeno o primario a través de esa referencia a la “originaria actitud sexual pasiva”[17].

De todos modos, esta génesis del masoquismo propuesta en la edición de 1915 retoma, tal y como J.Laplanche ha señalado en Vida y muerte en psicoanálisis[18] el esquema del apuntalamiento con sus dos aspectos fundamentales, que son el de la génesis marginal de la sexualidad y el de emergencia de la sexualidad en el tiempo del retorno sobre sí mismo, y que comporta el que la pulsión sexual aparece a partir de actividades no sexuales o instintivas y el que el momento constitutivo de la sexualidad es el tiempo de vuelta sobre sí mismo. En este marco debe ser situada la frase de Freud: «A menudo puede reconocerse que el masoquismo no es otra cosa que una prosecución del sadismo vuelto hacia la persona propia, la cual en un principio hace las veces del objeto sexual», p.144.

Ahora bien, según subraya J.Laplanche, en ese retorno o vuelta se produce un cierto deslizamiento falaz, porque la actividad que se vuelve sobre el sujeto no es la misma que la dirigida hacia el objeto exterior, ya que la actividad dirigida hacia el objeto vital era “no-sexual”, siendo solamente sexual la de la vuelta hacia la propia persona y de ahí que el masoquismo sea, sexualmente hablando, primario. Por lo que Freud, cuando designa a ese primer momento como sádico, lo hace de manera impropia o no pertinente, puesto que es un momento no-sexual. Es más, repite esa designación impropia una y otra vez cuando habla, en el último párrafo de la p.144, del “componente agresivo de la libido”, para dar cuenta de esa “agresión mezclada con la pulsión sexual”, que hace remontar a los “apetitos canibálicos”, que describe también como “apoderamiento” y que, en definitiva, es planteado como esa “otra gran necesidad ontogenéticamente más antigua”.

De esta manera, puede afirmarse que el apuntalamiento[19] fue claramente tematizado durante 1915, pues pasó a convertirse en la tercera característica (aunque será enunciada como la primera) de la sexualidad infantil: «Esta nace apuntalándose en una de las funciones corporales importantes para la vida» (p.165), frase que –como indica la nota 18 de la p.165- fue agregada en 1915, precisándose además que en las ediciones anteriores hablaba Freud de dos características en lugar de tres. Es más, en las ediciones anteriores el apuntalamiento estaba restringido a la analidad, tal y como aparece en esta formulación: «La zona anal, a semejanza de la zona de los labios, es apta por su posición para proporcionar un apuntalamiento de la sexualidad en otras funciones corporales», p.168.

En esta misma línea, hay que decir que durante 1915 el concepto de pulsión va a recibir unas formulaciones más precisas, pues en lugar del párrafo que se iniciaba en las ediciones anteriores con «Además de una pulsión no sexual en sí misma» (p.153, nota 49), Freud nos habla de la pulsión como una “agencia representante psíquica de una fuente de estímulos intrasomática”, que introduce la idea de concepto límite entre lo psíquico y lo somático. Y, por otra parte, son añadidas tres puntualizaciones, esto es, que la pulsión no posee en sí misma cualidad alguna; que sus propiedades específicas están relacionadas con sus fines y sus fuentes somáticas; y que su fuente “es un proceso excitador en el interior de un órgano, y su meta inmediata consiste en cancelar ese estímulo de órgano”. Claro que el centro de ese párrafo está en la frase: «Así, pulsión es uno de los conceptos del deslinde de lo anímico respecto de lo corporal» (p.153), que si ciertamente da cuenta de un modelo para la pulsión menos sexual-orgánico,  lo que permite abrirse a un esquema más psicosexual y desmarcar mejor el autoerotismo del funcionamiento corporal (al menos en relación con las ediciones anteriores de los Tres ensayos), sin embargo no deja de estar bien presente la idea de la delegación de lo somático en lo psíquico, con lo que eso comporta de rechazo del origen exógeno de la pulsión, así como una exigencia implícita de que lo pulsional emerge espontánea y naturalmente a partir del desarrollo fisiológico o corporal.

Existen también otros agregados en esta edición de 1915, que son menos importantes en la medida en que se trata de consecuencias de los añadidos recogidos anteriormente. Los más relevantes en ese aspecto giran en torno a la masturbación, a la relación entre lo accidental y lo constitucional y al papel de lo filogenético en la teoría.

Con respecto al primer tema, hay un párrafo en la sección cuarta del segundo ensayo, que trata del papel excitante del contenido intestinal y del tratamiento que ese contenido recibe por parte del sujeto infantil en el sentido de ser una parte del propio cuerpo, de ser considerado como un regalo y de establecer la conexión simbólica entre cacas y niño. Se trata de un añadido a situar en la línea de un reconocimiento de la fase sádico-anal y de un trabajo sobre la noción de objeto parcial.

Aspectos a relacionar con el hecho de que esta edición de 1915 es ya posterior a los debates sobre el onanismo, que habían tenido lugar en la Sociedad Psicoanalítica de Viena entre 1911 y 1912  durante nueve sesiones, debates que permitieron a Freud salir al paso de las dificultades teóricas, presentes en las ediciones anteriores, sobre las fases de la actividad sexual infantil. Lo que puede captarse claramente  -por un lado-  en el hecho de que durante 1915 aparecen bien delimitadas las fases de la masturbación infantil: «La primera corresponde al período de lactancia, la segunda al breve florecimiento de la práctica sexual hacia el cuarto año de vida, y sólo la tercera responde al onanismo de la pubertad, el tenerse en único que suele cuenta» (p.171), mientras que antes se afirmaba «Durante los años de la niñez (aún no ha sido posible establecer generalizaciones en cuanto a la cronología), vuelve la excitación sexual de la primera infancia», p.171 (nota 28). Y –por otro lado- también en la precisión aportada en la nota 26 de la p.171 en la que, a raíz de una frase que viene de la página anterior y en la que se afirma que “mediante el onanismo del lactante, al que casi ningún individuo escapa, se establece el futuro primado de esta zona erógena para la actividad sexual”, se detalla que en las ediciones anteriores se hablaba de que habría en ello un “propósito de la naturaleza”, pero que  -dada la “índole teleológica” de ese planteamiento, fuertemente criticado por Rudolf Reitler durante los debates sobre el tema en la Sociedad Psicoanalítica de Viena- Freud se comprometió a cambiar esa formulación poco afortunada.

Y, por último sobre ese tema de la masturbación, hay que señalar la vinculación entre ésta y la conciencia de culpa, puesta de relieve por E.Bleuler, que Freud recoge aunque matizando que ese hecho «aguarda todavía un esclarecimiento analítico exhaustivo», p.172 (nota 29). Y es que las diferencias entre Bleuler y Freud al respecto eran importantes, aunque sólo sea porque Bleuler en ese punto atacaba la noción de sexualidad infantil, no restringida a lo genital sino ampliada, que Freud defendía.

Por lo que respecta al tema de la articulación entre lo accidental y lo constitucional, hay que dirigirse al capítulo titulado “Lo vivenciado accidentalmente” del Resumen. Frente a lo que se afirmaba en 1905: «Pero nadie con alguna penetración pondrá en duda que en esa cooperación de factores hay lugar también para las influencias modificadoras de lo vivenciado accidentalmente en la infancia y después», ahora en 1915 lo accidental va a ser integrado en una proporción por igual con los factores constitucionales a través de la noción de “serie etiológica” (expresión sustituída en 1920 por la de “serie complementaria”): «No es fácil apreciar en su recíproca proporción la eficacia de los factores constitucionales y accidentales… En ningún caso debería olvidarse que existe entre ambos una relación de cooperación y no de exclusión. El factor constitucional tiene que aguardar a que ciertas vivencias lo pongan en vigor; el accidental necesita apuntalarse en la constitución para volverse eficaz», p.219. Consideración que le conduce a Freud a precisar más adelante que «La serie etiológica única se descompone, pues, en dos, que cabe llamar la predisposicional y la definitiva. En la primera, constitución y vivencias infantiles accidentales cooperan como lo hacen, en la segunda, la predisposición y las vivencias traumáticas posteriores», p.219.

Por tanto, cuando parece que la idea de lo accidental toma cuerpo, la noción de la constitución particular toma la delantera. Lo que habla de una cierta posición ambigua por parte de Freud, tal y como aparece reflejada en el Prefacio de esta edición, en donde -por un lado- da la “prioridad a los factores accidentales” colocando los “disposicionales en el trasfondo”, pues «Lo disposicional sólo sale a la luz tras él, como algo despertado por el vivenciar, pero cuya apreciación rebasa con mucho el campo de trabajo del psicoanálisis[20]», p.118. Y –por otro- en el párrafo siguiente va a afirmar lo contrario cuando dice: «La ontogénesis puede considerarse como una repetición de la filogénesis, en la medida en que ésta no es modificada por un vivenciar más reciente. Por detrás del proceso ontogenético se hace notar la disposición filogenética», p.118.

Precisamente el Prefacio de esta edición de 1915 se caracteriza por su referencia a la filogénesis (el tercer tema apuntado en estos últimos añadidos), que da cuenta de la orientación de esta edición hacia una óptica filogenética, óptica que asoma  abiertamente en el capítulo del Resumen, denominado “Factores temporales”, que fue añadido por entero en 1915 y en el que se afirma lo siguiente: «La secuencia en que son activadas las diversas mociones pulsionales, y el lapso durante el cual pueden exteriorizarse hasta sufrir la influencia de otra moción pulsional que acaba de emerger o de una represión típica, parecen filogenéticamente establecidos», p.220. Y es llamativo que esta afirmación se lleve a cabo por parte de Freud tras un párrafo en el que habla de “la precocidad sexual”, dado que tras el niño precoz está siempre el niño seducido. Lo que indica que, cuando se vislumbra en el horizonte la seducción, Freud se ve obligado a taponar esa vía y echar mano de lo que la viene a obturar por entero, como es la filogénesis con toda su carga endogenista correspondiente. Y es que estamos a poco tiempo de distancia de la aparición de Totem y tabú, cuya fuerte influencia se deja sentir en la teorización freudiana en distintos momentos de esta edición de 1915, como  por ejemplo cuando Freud, hablando de que la pulsión sexual tiene que “luchar contra ciertos poderes anímicos”, va a afirmar lo siguiente: «en estos poderes que ponen un dique al desarrollo sexual –asco, vergüenza y moral- es preciso ver también un sedimento histórico de las inhibiciones externas que la pulsión sexual experimentó en la psicogénesis de la humanidad», p. 137 (nota 36).

Está claro, pues, que la idea de la filogénesis impone su sello, tanto más fuertemente cuanto que de ese modo queda bien circunscrita para Freud la seducción, pues el valor que tienen para él los elementos excitantes procedentes de la relación más precoz con el objeto materno (que se desprendían de su estudio sobre Leonardo da Vinci) es el de despertar una sexualidad trasmitida constitucionalmente por vía filogenética.

Ahora bien, esta línea que predomina en 1915 será confirmada por las ediciones de 1920 y de 1924, con lo cual la perspectiva filogenética se impone como una solución o salida a diferentes cuestiones que se le van planteando a la teoría, apareciendo entonces como una estructura organizadora que sirve de modelo para dar cuenta del origen y del desarrollo de lo sexual. Pero si es cierto que la respuesta por medio de la filogénesis fue una solución frente a un cuestionamiento múltiple y variado, sin embargo hay que señalar que esa solución emerge en el momento en el que el rol precoz de la madre se presentaba claramente como una actividad excitadora. Y ante eso en la teorización se va a operar un paso que conduce, de dar una posible explicación a partir de lo sexual arcaico de tipo ontogenético, a explicar las cosas a partir de la filogénesis.

De todos modos, también hay que tener en cuenta que en esta edición de 1915 aparece por primera vez la referencia a lo sexual ligado a través de la introducción del narcisismo, que propone en la teoría un nuevo modo de funcionamiento de lo sexual. Y, en ese sentido, frente al aspecto “demoníaco” de la sexualidad, que era el único contemplado en el primero de los Tres ensayos, aquí toma cuerpo la sexualidad ligada, con lo cual la identificación de lo sexual resulta más compleja y al mismo tiempo va surgiendo una concepción más estructural del funcionamiento de lo sexual, que permite romper con una cierta temporalización ficticia, de la que era dependiente hasta ese momento la teoría freudiana.

El texto freudiano de los Tres ensayos de teoría sexual, dadas las sucesivas aportaciones que recibe a lo largo de sus cinco ediciones, que se extienden desde 1905 hasta 1924, presenta como ningún otro la producción de Freud en su discurrir a través de movimientos sucesivos, en los que particularmente puede verse la evolución de la teoría freudiana en su movimiento de gestación de la sexualidad infantil y, a la vez, en sus cambios de giro al respecto, que le llevan a hacer coexistir y mantener en su teorización posiciones claramente contraictorias.

Pues bien, el giro que se produce en la edición de 1915 es realmente profundo, pues aparecen más de cincuenta revisiones que a veces comportan añadidos enteros de ciertas secciones, pero sobre todo porque se va a producir una nueva teorización sobre lo sexual infantil.

Para hacerse una idea más cabal de las razones de este gran giro, hay que tener en cuenta –en primer lugar- que la redacción de esta nueva edición en el otoño de 1914 es contemporánea de la escritura del análisis del Hombre de los lobos. Lo que implica que al menos en parte estuviera condicionada por este caso, en el que Freud, viéndose confrontado de modo muy particular con el papel seductor del otro como fuente u origen de lo sexual, sin embargo hará retroceder el rol de lo accidental sexual en la estructuración patológica. Es decir, ante un caso en el que todo habla a favor de una seducción (que, por cierto, Freud no deja de sacar a la luz) se va a imponer la primacía del fantasma, que da prioridad a la hipótesis de los fantasmas originarios, cuya emergencia es de orden endogenista. Con lo cual los escenarios prototípicos van a prevalecer sobre la experiencia, tal y como se desprende de la siguiente afirmación perteneciente a las conclusiones del caso: «Donde las vivencias no se adecuan al sistema hereditario, se llega a una refundición de ellas en la fantasía, cuya obra sería por cierto muy provechoso estudiar en detalle. Precisamente estos casos son aptos para probarnos la existencia autónoma del esquema. A menudo podemos observar que el esquema triunfa sobre el vivenciar individual»[1]. Una generalización que repercute sobre la visión del conflicto infantil, que va a ser situado en el marco  de un dualismo entre el vivenciar y el esquema: «Las contradicciones del vivenciar respecto del esquema parecen aportar una rica tela a los conflictos infantiles»[2].

Y  -en segundo lugar- merece la pena tomar en consideración que por ese mismo período de tiempo[3] se está gestando en Freud la producción de sus escritos metapsicológicos, cuya escritura se inicia alrededor del 15 de marzo de 1915. Se trata, por tanto, de un momento capital de la producción freudiana, a propósito de la cual E.Jones, comentando precisamente los trabajos de toda esa época, señala lo siguiente: «La observación más interesante, sin embargo, se refería a que finalmente había logrado la comprensión de la base fundamental de la sexualidad infantil»[4]. Al parecer, Jones se apoya, para poder sostener esa afirmación, en al carta de Freud a Abraham del 10 de julio de 1914, en la que le dice esto: «Tengo bosquejadas ciertas ideas sobre la organización originaria de los primeros momentos de la sexualidad humana; os los añadiré más tarde pues por el momento soy incapaz de hacer una síntesis»[5].

Pasando ya a precisar detalladamente y comentar esta edición de 1915, hay que decir que se caracteriza especialmente por tres añadidos de gran envergadura, que son el de “La investigación sexual infantil”, el referente a las organizaciones pregenitales, titulado “Fases de desarrollo de la organización sexual” y la reintroducción de la temática del narcisismo bajo el epígrafe de “La teoría de la libido”, que corresponde ya  al 3er ensayo, el de “Las metamorfosis de la pubertad”, mientras que las otras dos secciones están inmersas dentro del 2º ensayo, que lleva por nombre “La sexualidad infantil”.

Respecto del primer gran añadido hay que comenzar señalando que con anterioridad a este momento Freud –como ya quedó indicado- apenas se había ocupado de la psicosexualidad infantil como tal, o sea de la investigación de los niños que les lleva a construir ciertas teorías. De ahí que esta sección aporte algunos conceptos como son “la pulsión de saber”, “el enigma de la esfinge”, “el complejo de castración y la envidia del pene”, “las teorías del nacimiento”, “la concepción sádica del comercio sexual” y “el típico fracaso de la investigación sexual infantil”. De este modo, esta sección retoma y a la vez articula entre ellas unas nociones que habían ido gestándose en Sobre las teorías sexuales infantiles, en La novela familiar de los neuróticos, en el Análisis de la fobia de un niño de cinco años y en Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci.

La sección se inicia con un breve párrafo, que ha sido comentado en algunas ocasiones por J.Laplanche en el sentido de que es planteada una pulsión, la de saber, cuyos componentes no son únicamente sexuales, dado que Freud afirma esto: «La pulsión de saber no puede computarse entre los componentes pulsionales elementales ni subordinarse de manera exclusiva a la sexualidad», p.176-177. Además se añaden otros elementos como el del apoderamiento, sobre el cual Freud va a situar el apuntalamiento del sadomasoquismo, pero entendiendo siempre el apoderamiento como algo perteneciente a la autoconservación, pues la pulsión de apoderamiento para Freud es en principio no sexual. De ahí que resulte bastante poco riguroso afirmar que la pulsión de saber es una sublimación de la pulsión de apoderamiento, cuando justamente ésta no es sexual y por definición entonces no puede sublimarse.

De todos modos, conviene tener en cuenta que la referencia a una pulsión de apoderamiento acababa de ser hecha por Freud pocos párrafos antes para dar cuenta de la crueldad, proponiendo así una génesis del sadismo según el esquema del apuntalamiento más o menos en estos términos: el sadismo, como pulsión sexual, deriva de una pulsión o de una actividad no-sexual que consiste en extender su dominio sobre el objeto o en apoderarse de él. En las ediciones de 1905 y 1910 Freud lo planteaba de la manera siguiente: «las mociones crueles fluyen de fuentes en realidad independientes de la sexualidad» (p.175, nota 33), mientras que en la de 1915 se expresa de este modo: «Nos es lícito suponer que la moción cruel proviene de la pulsión de apoderamiento y emerge en la vida sexual en una época en que los genitales no han asumido aún el papel que desempeñarán después. Por tanto, gobierna una fase de la vida sexual que más adelante describiremos como organización pregenital», p.175.

Por otro lado, a la pulsión de saber[6] son vinculadas las teorías sexuales infantiles,   que son postuladas como una respuesta a las cuestiones impuestas por lo sexual, frente a lo cual son unos intentos de adaptación y comprensión: «la pulsión de saber de los niños recae, en forma insospechadamente precoz y con inesperada intensidad sobre los problemas sexuales, y aun quizás es despertada por estos», p.177. De este modo, esta sección de los Tres ensayos articula las teorías sexuales infantiles con el resto de la vida sexual infantil, algo que Freud no había podido hacer en su texto de 1908, en el que afirmaba: «Sé que no he obtenido un material completo ni he establecido un nexo sin lagunas con el resto de la vida infantil»[7].Así, pues, Freud ahora colma esa laguna planteando que –si bien lo que sacude al niño son unos intereses prácticos y, en ese sentido, de orden autoconservativo: «No son intereses teóricos sino prácticos los que ponen en marcha la actividad investigadora en el niño», p.177, sin embargo esos intereses se abren a una reflexión sobre lo sexual y se le imponen al niño al modo de enigmas, cuya base remite en Freud a lo que más tarde aparecerá bajo el nombre de Unheimliche (lo ominoso).

Ahora bien, lo que resulta significativo es que Freud sitúe esta actividad investigadora del niño solamente a partir de los tres años: «A la par que la vida sexual del niño alcanza su primer florecimiento, entre los tres y los cinco años, se inicia en él también aquella actividad que se adscribe a la pulsión de saber o de investigar», p.176. Eso nos indica que el niño para Freud, del mismo modo que está cerrado al objeto, está cerrado a un cuestionamiento sobre el mundo y, por más que en 1920 sitúe esa apertura al mundo a la edad de dos años en lugar de tres, no obstante eso está hablando de un solipsismo implícito de fondo y de que la génesis de lo psicosexual es presentada en un marco claramente pobre o restringido. De hecho, si es cierto que la introducción de la “pulsión de saber” para dar cuenta de la génesis de la psicosexualidad supone una gran innovación, sin embargo la forma de situar esta apertura hacia el mundo es digna de atención, porque es situada a partir del “apoderamiento”, una noción que estaba ya presente  en la edición de 1905, pero que en 1915 toma en la teoría una fuerza particular, en la medida en que  -en consonancia con la teoría del apuntalamiento, que comienza a tematizarse a la vez que extraviarse en los años 1910-1912, como subraya J.Laplanche[8]– el apoderamiento se convierte en el motor autoconservativo sobre el que se apoya lo sexual.

En efecto, el apoderamiento que constituye una noción muy materialista[9] en el sentido más físico del término, puesto que el niño que se apodera o domina el objeto es aquél que lo coge y lo agarra con sus manos para que no se le escape, le permite a Freud establecer unos vínculos entre lo sexual y lo vital y así plantear un modelo que permita la salida del niño de ese solipsismo en el que le ha colocado.

Así, pues, la pulsión de apoderamiento se inscribe en un intento de articulación entre el terreno de la autoconservación y el campo de lo sexual, intento significativo porque introduce de manera subrepticia un cierto pansexualismo en la teorización freudiana y porque la reaparición de la idea del apoderamiento da cuenta de las dificultades de Freud a recoger la exogénesis precoz y estructurante de lo sexual, tal y como había sido apuntada por el Dr.Josef K.Friedjung en las sesiones de los miércoles, tanto dando cuenta de las lagunas del sistema freudiano (en especial las fallas del apuntalamiento) como proponiendo un esquema más pertinente. Por tanto, la reaparición del “apoderamiento” corresponde a un intento de salvamento del sistema endogenista, que se perfila así como una respuesta a las alegaciones presentadas por algunos miembros de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, surgidas a raíz de las discusiones sobre el Edipo, que se habían iniciado en febrero de 1914 y se desarrollaron durante cuatro sesiones, la última de las cuales tuvo lugar el 20 de mayo de 1914.

De todos modos y para concluir con lo aportado por esta sección, se puede señalar que al abrir la teorización a lo psicosexual infantil se opera un cierto cambio en el reconocimiento de esta psicosexualidad, que va a comportar el que entre la psicosexualidad adulta y la somato-sexualidad infantil se establezca una mera diferencia cuantitativa y no cualitativa, como era hasta entonces. Algo que viene a confirmar la noción de “estadios pregenitales” infantiles, que van a ser planteados en la sección siguiente y que van a dar cuenta de una cierta lógica propia de cada estadio, lógica que habla de un objeto sexual infantil[10].

Los añadidos recogidos dentro de la sección “Fases de desarrollo de la organización sexual” van a girar en torno a la “organización pregenital”, a la “ambivalencia” y a la “elección de objeto en dos tiempos”. Esta sección, entonces, propone un escalonamiento del desarrollo en términos de períodos llamados oral y sádico-anal, escalonamiento que aporta la idea de un funcionamiento pulsional con su lógica distinta en cada estadio. En primer lugar, el estadio o la organización oral, que es reconocido aquí por primera vez y es descrito de la siguiente manera: «Una primera organización sexual pregenital es la oral o, si se prefiere, canibálica. La actividad sexual no se ha separado todavía de la nutrición, ni se han diferenciado opuestos dentro de ella. El objeto de una actividad es también el de la otra; la meta sexual consiste en la incorporación del objeto, el paradigma de lo que más tarde, en calidad de identificación, desempeñará un papel psíquico tan importante», p.180.

Esta descripción implica que la pulsión es pensada desde o por medio del modelo de lo biológico, modelo que no sólo impone la emergencia de lo pulsional desde lo endógeno[11], sino que además hace en definitiva equivalentes a lo somático y a lo representativo, puesto que esto último se obtiene “corporalmente” o “metiendo en el cuerpo”, que es en lo que consiste el incorporar, según la idea “mística” de que comiendo físicamente al otro se mete dentro su fuerza y poder[12].

Es cierto que Freud indica, por un lado, que se trata sólo de un paradigma y, por otro, que la identificación será algo que venga “más tarde”, pero la impronta del modelo planteado tiene ya sus consecuencias, porque a la hora de hablar de la identificación en Duelo y melancolía dirá lo siguiente: «En otro lugar [se está refiriendo a Pulsiones y destinos de pulsión, en donde incorporar es equivalente a devorar, en el sentido de que se trata de “una modalidad de amor compatible con la supresión de la existencia del objeto como algo separado” y eso pertenece a una etapa del desarrollo de las pulsiones sexuales, sin establecer diferencia alguna con las pulsiones de autoconservación] hemos consignado que la identificación es la etapa previa de la elección de objeto y es el primer modo, ambivalente en su expresión, como el yo distingue al objeto [Freud habla  aquí de la distinción del yo respecto del objeto, pero luego no logra dar cuenta de la paradoja presente en toda identificación, que es la transmisión simultánea de la similitud y de la diferencia respecto del objeto. Sobre lo cual hay que señalar que fue J. Lacan quien puso de relieve que la identificación no es para nada la reproducción de lo idéntico, sino lo que introduce una marca diferencial]. Querría incorporárselo, en verdad, por la vía de la devoración, de acuerdo con la fase oral o canibálica del desarrollo libidinal»[13]y en Psicología de las masas y análisis del yo va a defender igualmente que la identificación «se comporta como un retoño de la primera fase, oral, de la organización libidinal, en la que el objeto anhelado y apreciado se incorpora por devoración y así se aniquila como tal»[14].

Tenemos, en segundo lugar, la organización sádico-anal, en la que “son pesquisables la polaridad sexual y el objeto ajeno” y “ya se ha desplegado la división en opuestos, que atraviesa la vida sexual”, a la vez que “los pares de opuestos pulsionales están plasmados en un grado aproximadamente igual”, a lo que se llama ambivalencia, noción tematizada por E.Bleuler desde noviembre de 1910 en una alocución hecha en Berlín y en la que distinguía ambivalencia afectiva e intelectual.

Esta organización pregenital como la oral anterior, nos aclara Freud a continuación, son unas hipótesis sustentadas en el análisis de las neurosis, pero no nos precisa a qué neurosis se está refiriendo, si bien sabemos que no se trata realmente de neurosis, sino de situaciones psicopatológicas graves, a relacionar más con la problemática del desamparo originario (necesario dada la discontinuidad inevitable de los vínculos con los objetos primarios, pero que puede ser vivido bajo condiciones muy desestructurantes, como son las del maltrato, injuria y no respeto del sujeto infantil como otro distinto, en cuyo caso el desamparo conduce a incorporar al objeto  y aferrarse a él, prefiriendo un constante combate sadomasoquista con el objeto antes que renunciar al mismo y sentir una angustia intensísima de separación), que con la del duelo, porque en este último caso se parte de la pérdida del objeto, mientras que en la situación anteriormente descrita no se puede hablar estrictamente de pérdida, sino de persistencia o pervivencia del objeto dentro de sí y con unas determinadas características del mismo, que remiten a un funcionamiento unilateral, atacante y excitante, característico de la llamada pulsión parcial.

Por otra parte, esta sección nos presenta también la elección de objeto sexual durante la infancia,  cuando la tesis defendida en 1905 era que se trataba de algo que se llevaba a cabo durante la pubertad: «ya en la niñez se consuma una elección de objeto como la que hemos supuesto característica de la fase de desarrollo de la pubertad», p.181. Y sobre esa elección de objeto nos dice que “se realiza en dos tiempos”, separados por el período de latencia  “a consecuencia del desarrollo de la represión”. Ahora bien, al describir la situación de ese modo, en el que uno de los momentos es bien tardío y acontece tras un período de latencia, que sólo tiene que ver con el propio sujeto, necesariamente pierde fuerza la emergencia del objeto (fantasmático) a raíz de la seducción parental.  Pero es que, además, también de esta manera se suprime el aspecto estructurante de la relación primaria con la madre, al no ver en ella más que una función excitadora en correspondencia con “las viejas aspiraciones sexuales de las pulsiones parciales infantiles”. Es decir, Freud cierra las pistas que los debates vieneses le habían obligado a tomar en consideración y, en ausencia de esas pistas, es cierto que el Edipo comienza poco a poco a tomar más cabida en su texto, pero se produce bajo la condición de que Freud se va a olvidar más y más de señalar la naturaleza parental del objeto.

Por otra parte, esa cuestión de las dos oleadas o de los dos tiempos, por medio de cuya idea Ferud y el pensamiento psicoanalítico postfreudiano ha descrito siempre la sexualidad humana en cuanto específica por ese motivo, ha ocultado o no ha dejado ver algo fundamental, y es que lo que descubre el trabajo psicoanalítico es la existencia de dos sexualidades diferentes (una pulsional y otra instintivo-genital) y no dos tiempos de la misma sexualidad, siendo además la sexualidad pulsional la que es objeto específico de la investigación psicoanalítica.

En definitiva, y para concluir con estas dos secciones enteramente agregadas en 1915, tenemos que –si bien se estructura el campo de la sexualidad infantil, en el sentido de que la sexualidad del niño deja de tener un prototipo orgánico para convertirse en una psicosexualidad, o sea, una sexualidad vinculada al fantasma y al inconsciente- sin embargo esa psicosexualidad se piensa más y más desde un modelo endogenista, en el que el entorno es cada vez más autoconservativo y menos sexual.

La otra gran aportación introducida en esta edición de 1915 recibe el título de “La teoría de la libido” y aparece como la sección tercera del 3er ensayo. Se trata de una sección inspirada en las ideas planteadas en Introducción del narcisismo, de cuyo texto no sólo se hace una simplificación, sino que se lleva a cabo un olvido o un cierre de las ideas más ricas allí expuestas.

Tras precisar que la libido “es una fuerza susceptible de variaciones cuantitativas”, pero que también tiene “un carácter cualitativo”, que se diferencia de otros procesos “por un quimismo particular” y que esa excitación sexual emerge “por todos los órganos del cuerpo”, nos presenta la idea  de que el representante psíquico de la libido se llama “libido yoica” o “libido narcisista”, que «se nos aparece como el gran reservorio desde el cual son emitidas las investiduras de objeto y al cual vuelven a replegarse» (p.199) y que se opone a la “libido de objeto”.

Pero lo que llama poderosamente la atención es que Freud deje de lado tan flagrantemente lo que acababa de conceptualizar en su Introducción del narcisismo, tras un largo recorrido de profundización que ya se perfilaba en su texto de finales de 1910 Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente, esto es, el que el narcisismo es el momento de emergencia del yo que hay que situar entre el autoerotismo y la elección de objeto. Mientras que aquí nos describe la investidura libidinal narcisista del yo «como el estado originario realizado en la primera infancia, que es sólo ocultado por los envíos posteriores de la libido, pero se conserva en el fondo tras ellos», p.199.Lo cual comporta un modelo, que es el del narcisismo originario de entrada, y que por cierto va a ser el que se imponga más y más a partir de 1917 (aunque ya asomaba también en Pulsiones y destinos de pulsión), con su consecuencia correspondiente que es la de la confusión entre autoerotismo y narcisismo, puesto que el autoerotismo (que había sido objeto de discusión detallada en el segundo de los Tres ensayos) pasa a ser el modo de funcionamiento de un narcisismo primario anobjetal.

Como subraya F.Rexand[15] en su extensa y precisa tesis doctoral , se trata de una auténtica inflexión que se observa cuando se sigue con detalle la evolución de los postulados que organizan la teoría, ya que ésta se encauza por un modelo que exige el cierre (véase el modelo del endogenismo y del solipsismo) en lugar de la apertura que se había suscitado especialmente durante los debates sobre el Edipo y hasta postulado conceptualmente (véase la idea del narcisismo parental como origen del narcisismo infantil, pero también la idea de que el orden pulsional no está presente desde el inicio de la vida del individuo, sino que tiene que establecerse a lo largo de una génesis y de una secuencia, que la investigación psicoanalítica descubre y en la cual el narcisismo se constituye en un segundo tiempo, correspondiente al de la unificación de las pulsiones parciales en torno al yo en cuanto objeto).

Pero es que, además, este añadido supone una cierta ruptura con la lógica de los Tres ensayos, en la medida en que el papel y la importancia del yo había sido algo no tenido en cuenta en los ensayos anteriores, y aquí aparece inesperada y en cierto modo subrepticiamente. Una aparición que hay que relacionar con la equivalencia o confusión, presente con gran frecuencia en la obra freudiana, entre el yo de las pulsiones del yo, es decir, el yo del individuo u organismo psicobiológico, y el yo del narcisismo, que es concebido y entendido como objeto de amor. Confusión que le conduce a utilizar como sinónimos los términos “pulsiones del yo” (que son de autoconservación y por tanto no son pulsiones “stricto sensu”) y “libido del yo” (que corresponde a lo estrictamente pulsional). Lo cual a su vez va a servir de base para que Freud se deslice por una pendiente, en la que el aspecto “demoníaco” de la pulsión sexual quede cada vez más descartado, pues en la representación de lo sexual durante estos años se va a insistir de modo especial sobre lo ligado a expensas de la sexualidad desligada.

La importancia de esta dirección en la que se comprometía la teoría sexual freudiana ha sido claramente subrayada por J.Laplanche desde su obra Vida y muerte en psicoanálisis, en donde se nos muestra cómo en la medida en que lo pulsional ligado (en torno al yo y al objeto) aplastaba más y más a lo desligado pulsional (lo que Freud llamaba en el inicio de su obra la sexualidad “demoníaca”), esto último tuvo que resurgir e imponerse como una exigencia del pensamiento freudiano en su teoría sexual a través del término “pulsión de muerte”, si bien en esta reaparición lo sexual desligado ya no tiene la misma frescura conceptual, pues la pulsión de muerte va a ser concebida bajo una perspectiva mucho más instintivista, como correspondía al enfoque que iba tomando la teorización freudiana, pues –mientras que parte del grupo de los vieneses había intentado salvaguardar la apertura hacia lo sexual materno, que Sadger había sabido poner de relieve, y el propio texto de Introducción del narcisismo había recogido ciertos aspectos de esa apertura hacia el otro significativo- esta revisión de los Tres ensayos  nos muestra al Freud que sigue el camino del narcisismo originario.

Otros agregados de importancia en esta edición son unos añadidos que exploran cuestiones que no habían sido suficientemente bien abordadas en ediciones anteriores y que giran en torno a la homosexualidad, al sadismo y al masoquismo.

La cuestión de la homosexualidad, si bien es tratada en cada edición, en esta de 1915 será objeto de una atención especial, pues Freud va a suprimir y a añadir elementos que modifican de modo sustancial las pistas anteriores. Desde 1910 una nota, suprimida en 1915, indicaba que los homosexuales analizados por Freud (y los de Sadger) eran «individuos cuya actividad sexual se hallaba en general menoscabada, y su residuo se manifestaba como inversión», p.132 (nota 13). Pero, además, también fue retirada del texto otra aportación de 1910, que había sido recogida a raíz de lo abordado en el texto sobre Leonardo y que señalaba el que «Debería trazarse una neta distinción conceptual entre diferentes casos de inversión según que se haya invertido el carácter sexual del  objeto o el del sujeto», p.132 (nota 13).

Pues bien, en 1915 esa línea de la distinción entre el objeto y el sujeto fue abandonada dando paso a la concepción según la cual «todos los hombres son capaces de elegir un objeto de su mismo sexo, y aún lo han consumado en el inconsciente», p.132 (nota 13). Una afirmación basada de algún modo en los postulados del Leonardo, en donde se señala en un momento crucial de la obra que el amor hacia la madre va a ser reprimido y entonces el varón se va a identificar con la madre, tomándose a sí mismo como el modelo a semejanza del cual escoge sus nuevos objetos de amor. De ese planteamiento se deducía una secuencia en cuatro tiempos, convertidos ya en clásicos, para dar cuenta de la elección homosexual de objeto.

Ahora bien, si en ese texto Freud va a insistir sobre todo en la biografía de Leonardo, o sea, en sus datos históricos y por tanto contingentes, aquí en este agregado y en esta nota de la p.132 nos dice: «La conducta sexual definitiva se decide sólo tras la pubertad, y es el resultado de una serie de factores que todavía no podemos abarcar en su conjunto, y de naturaleza en parte constitucional, en parte accidental», Con lo cual lo contingente e histórico pierde preponderancia en la medida en que tiene que compartir la causalidad con lo constitucional, que una vez más va a ser resaltado poco después: «En todos los tipos de invertidos es posible comprobar el predominio de constituciones arcaicas y de mecanismos psíquicos primitivos», p.132-133 (nota 13).

De todos modos, es cierto que el papel del otro en la organización singular de lo sexual es recogido al describir la intervención de lo accidental, del que Freud aquí nos señala dos elementos particulares: la frustración (véase “amedrentamiento sexual temprano”) y la falta o ausencia de un padre fuerte. Elementos que están en continuidad con lo explorado en el Leonardo y en el caso Schreber y en los cuales puede verse que la actividad seductora de la madre (tan presente en el Leonardo) ha quedado desplazada hacia el papel del padre como polo de articulación, lo que conlleva que se borre el papel de la madre en cuanto seductor y organizador de lo pulsional.

Pero también fueron retrabajadas en esta edición de 1915 las cuestiones del sadismo y del masoquismo. Freud, partiendo de la vinculación entre esas dos “perversiones” hechas por Kraff-Ebing, había aportado en 1905 que una de las raíces del sadismo se encontraba en el componente agresivo de la pulsión sexual, componente que se había hecho autónomo, mientras que había planteado el masoquismo diciendo que “proviene de la sobreestimación sexual como consecuencia psíquica necesaria de la elección de un objeto sexual”. Pero como el problema, al igual que en la cuestión de la homosexualidad, parecía más complejo, Freud en 1915 va a suprimir esas afirmaciones y en su lugar plantea lo siguiente: el concepto de sadismo corresponde, en sentido estricto o en cuanto perversión al  «sometimiento y el maltrato infligidos al objeto sexual como condición exclusiva de la satisfacción» (p.143-144), en cambio para el masoquismo la satisfacción está puesta en el «hecho de padecer un dolor físico o anímico infligido por el objeto sexual», p.144.

De esta manera Freud rompe con la perspectiva defendida en 1905, que ponía el acento en “la sobreestimación sexual”, y pasa a colocar la génesis del masoquismo en la vuelta hacia el propio sujeto del sadismo. Una precisión que anuncia ya la postura que  va a defender en Pulsiones y destinos de pulsión, descrita así: «La satisfacción se obtiene, también en el masoquismo, por el camino del sadismo originario… no parece haber un masoquismo originario que no se engendre del sadismo»[16]. Claramente en este último texto la postura de Freud es más radical que la mantenida en la edición de 1915 de los Tres ensayos, en donde utiliza unos términos más suaves, como “puede dudarse de” y “quizá de manera regular”, y en donde parece dejar entreabierta la puerta que lleva a la idea del masoquismo erógeno o primario a través de esa referencia a la “originaria actitud sexual pasiva”[17].

De todos modos, esta génesis del masoquismo propuesta en la edición de 1915 retoma, tal y como J.Laplanche ha señalado en Vida y muerte en psicoanálisis[18] el esquema del apuntalamiento con sus dos aspectos fundamentales, que son el de la génesis marginal de la sexualidad y el de emergencia de la sexualidad en el tiempo del retorno sobre sí mismo, y que comporta el que la pulsión sexual aparece a partir de actividades no sexuales o instintivas y el que el momento constitutivo de la sexualidad es el tiempo de vuelta sobre sí mismo. En este marco debe ser situada la frase de Freud: «A menudo puede reconocerse que el masoquismo no es otra cosa que una prosecución del sadismo vuelto hacia la persona propia, la cual en un principio hace las veces del objeto sexual», p.144.

Ahora bien, según subraya J.Laplanche, en ese retorno o vuelta se produce un cierto deslizamiento falaz, porque la actividad que se vuelve sobre el sujeto no es la misma que la dirigida hacia el objeto exterior, ya que la actividad dirigida hacia el objeto vital era “no-sexual”, siendo solamente sexual la de la vuelta hacia la propia persona y de ahí que el masoquismo sea, sexualmente hablando, primario. Por lo que Freud, cuando designa a ese primer momento como sádico, lo hace de manera impropia o no pertinente, puesto que es un momento no-sexual. Es más, repite esa designación impropia una y otra vez cuando habla, en el último párrafo de la p.144, del “componente agresivo de la libido”, para dar cuenta de esa “agresión mezclada con la pulsión sexual”, que hace remontar a los “apetitos canibálicos”, que describe también como “apoderamiento” y que, en definitiva, es planteado como esa “otra gran necesidad ontogenéticamente más antigua”.

De esta manera, puede afirmarse que el apuntalamiento[19] fue claramente tematizado durante 1915, pues pasó a convertirse en la tercera característica (aunque será enunciada como la primera) de la sexualidad infantil: «Esta nace apuntalándose en una de las funciones corporales importantes para la vida» (p.165), frase que –como indica la nota 18 de la p.165- fue agregada en 1915, precisándose además que en las ediciones anteriores hablaba Freud de dos características en lugar de tres. Es más, en las ediciones anteriores el apuntalamiento estaba restringido a la analidad, tal y como aparece en esta formulación: «La zona anal, a semejanza de la zona de los labios, es apta por su posición para proporcionar un apuntalamiento de la sexualidad en otras funciones corporales», p.168.

En esta misma línea, hay que decir que durante 1915 el concepto de pulsión va a recibir unas formulaciones más precisas, pues en lugar del párrafo que se iniciaba en las ediciones anteriores con «Además de una pulsión no sexual en sí misma» (p.153, nota 49), Freud nos habla de la pulsión como una “agencia representante psíquica de una fuente de estímulos intrasomática”, que introduce la idea de concepto límite entre lo psíquico y lo somático. Y, por otra parte, son añadidas tres puntualizaciones, esto es, que la pulsión no posee en sí misma cualidad alguna; que sus propiedades específicas están relacionadas con sus fines y sus fuentes somáticas; y que su fuente “es un proceso excitador en el interior de un órgano, y su meta inmediata consiste en cancelar ese estímulo de órgano”. Claro que el centro de ese párrafo está en la frase: «Así, pulsión es uno de los conceptos del deslinde de lo anímico respecto de lo corporal» (p.153), que si ciertamente da cuenta de un modelo para la pulsión menos sexual-orgánico,  lo que permite abrirse a un esquema más psicosexual y desmarcar mejor el autoerotismo del funcionamiento corporal (al menos en relación con las ediciones anteriores de los Tres ensayos), sin embargo no deja de estar bien presente la idea de la delegación de lo somático en lo psíquico, con lo que eso comporta de rechazo del origen exógeno de la pulsión, así como una exigencia implícita de que lo pulsional emerge espontánea y naturalmente a partir del desarrollo fisiológico o corporal.

Existen también otros agregados en esta edición de 1915, que son menos importantes en la medida en que se trata de consecuencias de los añadidos recogidos anteriormente. Los más relevantes en ese aspecto giran en torno a la masturbación, a la relación entre lo accidental y lo constitucional y al papel de lo filogenético en la teoría.

Con respecto al primer tema, hay un párrafo en la sección cuarta del segundo ensayo, que trata del papel excitante del contenido intestinal y del tratamiento que ese contenido recibe por parte del sujeto infantil en el sentido de ser una parte del propio cuerpo, de ser considerado como un regalo y de establecer la conexión simbólica entre cacas y niño. Se trata de un añadido a situar en la línea de un reconocimiento de la fase sádico-anal y de un trabajo sobre la noción de objeto parcial.

Aspectos a relacionar con el hecho de que esta edición de 1915 es ya posterior a los debates sobre el onanismo, que habían tenido lugar en la Sociedad Psicoanalítica de Viena entre 1911 y 1912  durante nueve sesiones, debates que permitieron a Freud salir al paso de las dificultades teóricas, presentes en las ediciones anteriores, sobre las fases de la actividad sexual infantil. Lo que puede captarse claramente  -por un lado-  en el hecho de que durante 1915 aparecen bien delimitadas las fases de la masturbación infantil: «La primera corresponde al período de lactancia, la segunda al breve florecimiento de la práctica sexual hacia el cuarto año de vida, y sólo la tercera responde al onanismo de la pubertad, el tenerse en único que suele cuenta» (p.171), mientras que antes se afirmaba «Durante los años de la niñez (aún no ha sido posible establecer generalizaciones en cuanto a la cronología), vuelve la excitación sexual de la primera infancia», p.171 (nota 28). Y –por otro lado- también en la precisión aportada en la nota 26 de la p.171 en la que, a raíz de una frase que viene de la página anterior y en la que se afirma que “mediante el onanismo del lactante, al que casi ningún individuo escapa, se establece el futuro primado de esta zona erógena para la actividad sexual”, se detalla que en las ediciones anteriores se hablaba de que habría en ello un “propósito de la naturaleza”, pero que  -dada la “índole teleológica” de ese planteamiento, fuertemente criticado por Rudolf Reitler durante los debates sobre el tema en la Sociedad Psicoanalítica de Viena- Freud se comprometió a cambiar esa formulación poco afortunada.

Y, por último sobre ese tema de la masturbación, hay que señalar la vinculación entre ésta y la conciencia de culpa, puesta de relieve por E.Bleuler, que Freud recoge aunque matizando que ese hecho «aguarda todavía un esclarecimiento analítico exhaustivo», p.172 (nota 29). Y es que las diferencias entre Bleuler y Freud al respecto eran importantes, aunque sólo sea porque Bleuler en ese punto atacaba la noción de sexualidad infantil, no restringida a lo genital sino ampliada, que Freud defendía.

Por lo que respecta al tema de la articulación entre lo accidental y lo constitucional, hay que dirigirse al capítulo titulado “Lo vivenciado accidentalmente” del Resumen. Frente a lo que se afirmaba en 1905: «Pero nadie con alguna penetración pondrá en duda que en esa cooperación de factores hay lugar también para las influencias modificadoras de lo vivenciado accidentalmente en la infancia y después», ahora en 1915 lo accidental va a ser integrado en una proporción por igual con los factores constitucionales a través de la noción de “serie etiológica” (expresión sustituída en 1920 por la de “serie complementaria”): «No es fácil apreciar en su recíproca proporción la eficacia de los factores constitucionales y accidentales… En ningún caso debería olvidarse que existe entre ambos una relación de cooperación y no de exclusión. El factor constitucional tiene que aguardar a que ciertas vivencias lo pongan en vigor; el accidental necesita apuntalarse en la constitución para volverse eficaz», p.219. Consideración que le conduce a Freud a precisar más adelante que «La serie etiológica única se descompone, pues, en dos, que cabe llamar la predisposicional y la definitiva. En la primera, constitución y vivencias infantiles accidentales cooperan como lo hacen, en la segunda, la predisposición y las vivencias traumáticas posteriores», p.219.

Por tanto, cuando parece que la idea de lo accidental toma cuerpo, la noción de la constitución particular toma la delantera. Lo que habla de una cierta posición ambigua por parte de Freud, tal y como aparece reflejada en el Prefacio de esta edición, en donde -por un lado- da la “prioridad a los factores accidentales” colocando los “disposicionales en el trasfondo”, pues «Lo disposicional sólo sale a la luz tras él, como algo despertado por el vivenciar, pero cuya apreciación rebasa con mucho el campo de trabajo del psicoanálisis[20]», p.118. Y –por otro- en el párrafo siguiente va a afirmar lo contrario cuando dice: «La ontogénesis puede considerarse como una repetición de la filogénesis, en la medida en que ésta no es modificada por un vivenciar más reciente. Por detrás del proceso ontogenético se hace notar la disposición filogenética», p.118.

Precisamente el Prefacio de esta edición de 1915 se caracteriza por su referencia a la filogénesis (el tercer tema apuntado en estos últimos añadidos), que da cuenta de la orientación de esta edición hacia una óptica filogenética, óptica que asoma  abiertamente en el capítulo del Resumen, denominado “Factores temporales”, que fue añadido por entero en 1915 y en el que se afirma lo siguiente: «La secuencia en que son activadas las diversas mociones pulsionales, y el lapso durante el cual pueden exteriorizarse hasta sufrir la influencia de otra moción pulsional que acaba de emerger o de una represión típica, parecen filogenéticamente establecidos», p.220. Y es llamativo que esta afirmación se lleve a cabo por parte de Freud tras un párrafo en el que habla de “la precocidad sexual”, dado que tras el niño precoz está siempre el niño seducido. Lo que indica que, cuando se vislumbra en el horizonte la seducción, Freud se ve obligado a taponar esa vía y echar mano de lo que la viene a obturar por entero, como es la filogénesis con toda su carga endogenista correspondiente. Y es que estamos a poco tiempo de distancia de la aparición de Totem y tabú, cuya fuerte influencia se deja sentir en la teorización freudiana en distintos momentos de esta edición de 1915, como  por ejemplo cuando Freud, hablando de que la pulsión sexual tiene que “luchar contra ciertos poderes anímicos”, va a afirmar lo siguiente: «en estos poderes que ponen un dique al desarrollo sexual –asco, vergüenza y moral- es preciso ver también un sedimento histórico de las inhibiciones externas que la pulsión sexual experimentó en la psicogénesis de la humanidad», p. 137 (nota 36).

Está claro, pues, que la idea de la filogénesis impone su sello, tanto más fuertemente cuanto que de ese modo queda bien circunscrita para Freud la seducción, pues el valor que tienen para él los elementos excitantes procedentes de la relación más precoz con el objeto materno (que se desprendían de su estudio sobre Leonardo da Vinci) es el de despertar una sexualidad trasmitida constitucionalmente por vía filogenética.

Ahora bien, esta línea que predomina en 1915 será confirmada por las ediciones de 1920 y de 1924, con lo cual la perspectiva filogenética se impone como una solución o salida a diferentes cuestiones que se le van planteando a la teoría, apareciendo entonces como una estructura organizadora que sirve de modelo para dar cuenta del origen y del desarrollo de lo sexual. Pero si es cierto que la respuesta por medio de la filogénesis fue una solución frente a un cuestionamiento múltiple y variado, sin embargo hay que señalar que esa solución emerge en el momento en el que el rol precoz de la madre se presentaba claramente como una actividad excitadora. Y ante eso en la teorización se va a operar un paso que conduce, de dar una posible explicación a partir de lo sexual arcaico de tipo ontogenético, a explicar las cosas a partir de la filogénesis.

De todos modos, también hay que tener en cuenta que en esta edición de 1915 aparece por primera vez la referencia a lo sexual ligado a través de la introducción del narcisismo, que propone en la teoría un nuevo modo de funcionamiento de lo sexual. Y, en ese sentido, frente al aspecto “demoníaco” de la sexualidad, que era el único contemplado en el primero de los Tres ensayos, aquí toma cuerpo la sexualidad ligada, con lo cual la identificación de lo sexual resulta más compleja y al mismo tiempo va surgiendo una concepción más estructural del funcionamiento de lo sexual, que permite romper con una cierta temporalización ficticia, de la que era dependiente hasta ese momento la teoría freudiana.


[1] Cf. O.C. Amorrortu, v.XVII, p. 108-109.

[2] Cf. Tres ensayos de teoría sexual, O.C. v.VII, p.109.

[3] Un período bien difícil para Freud, según aparece relatado de modo preciso en la Correspondencia con K. Abraham, porque sus hijos aparecen comprometidos en la primera guerra mundial, que daba comienzo por entonces, y porque se veía asediado por varios problemas vinculados con las relaciones interpersonales en la institución psicoanalítica.

[4] Cf. Vida y obra de Sigmund Freud, 2,  p. 198. La versión francesa de esa  frase es la siguiente: « Mais de toutes les observations relatées par Freud, la plus digne d’exciter notre curiosité est celle où il declare avoir enfin acquis une certain notion du fondement primaire de la sexualité infantile », cf. La vie et l’oeuvre de Sigmund Freud, 2, p. 196.

[5] Cf. Sigmund Freud-Karl Abraham. Correspondance 1907-1926, p. 187. La traducción está hecha por mí sobre la versión francesa.

[6] Sobre este tema de la pulsión de saber, que sitúa lo sexual en los orígenes de la cognición, se ha detenido con frecuencia S. Bleichmar, desde sus primeros trabajos y en particular en los cap. 10 y 11 de su obra Clínica psicoanalítica y neogénesis, señalando que si bien –por un lado- el objeto de la pulsión debe ser planteado como un prerrequisito para la inteligencia, porque produce vida psíquica y saca al sujeto de la naturaleza y de la autoconservación como “estúpida existencia”, según la expresión de Lacan; por otro lado, el objeto de la pulsión no destina, no conduce al conocimiento del mundo ni a la inteligencia en el sentido productivo y, en esa línea, es poco coherente hablar de pulsión epistemofílica o de saber en relación con el objeto de la pulsión, pues la pulsión como tal no busca conocer ningún objeto externo, ya que el objetivo de la pulsión es la reproducción satisfactoria de lo idéntico y tiene su base en el funcionamiento alucinatorio. De ahí precisamente que termine operando en el devenir psíquico como modo de autodestrucción y no de autopreservación y que, por tanto, entre en contradicción con la autoconservación y con la vida.

[7] Cf. Sobre las teorías sexuales infantiles, O.C., v. IX, p. 198.

[8] Cf. El extravío biologizante de la sexualidad en Freud, p. 42.

[9] Cf. el artículo de F. Ganthéret  “De l’emprise à la pulsion d’emprise”, NRP, 24, 1981, p.103-116.

[10] Por más que, por otra parte, la idea misma de “estadios” habla de un desarrollo programado y con un fin, a la vez que establece una continuidad entre sexualidad infantil y sexualidad adulta. Y es que plantear la sexualidad infantil como “pregenital” comporta el teorizarla en continuidad con la sexualidad genital, cuando la sexualidad infantil no es orgásmica, no es genital, sino polimorfa y pulsional desligada, de tal modo que su carácter central es el de ser no resoluble, y se constituye como sexualidad masoquista, ya que la tensión busca formas de resolución que conducen a buscar la excitación o, por ejemplo, a darse golpes.

[11] Modelo que, por cierto, no tiene en cuenta la contradicción que supone el hecho de que aquello que viene a desnaturalizar el instinto, proceda igualmente de lo innato instintivo.

[12] Lo que, por otra parte, está en consonancia con la idea defendida siempre por Freud desde el Proyecto, en el sentido de que la representación proviene de, o reproduce, una percepción. Planteamiento que habla de una continuidad entre la percepción (de orden somático) y la representación (de orden psíquico), cuando la representación o bien procede de la variable cualitativa que el otro con su exceso pulsional introduce al procurar los cuidados vitales, o bien su estatuto se reduce al de una simbolización evolutiva-madurativa, en definitiva adaptativa, y no tan diferente del simbolismo presente en tantas especies animales.

[13] Cf. O.C., v. XIV, p. 247.

[14] Cf. O.C., v. XVIII, p. 99. A este propósito, hay que tener en cuenta que en la descripción freudiana están propiamente confundidas o sin separar la nutrición y la actividad pulsional, así como tampoco hay una clara distinción entre la actividad psicobiológica y la actividad representativa, que sólo puede pensarse con rigor desde las inscripciones implantadas por el otro y sobre cuyo suelo se va a ir estableciendo tanto el aparato psíquico como el sujeto, tanto el orden intrapsíquico como la subjetividad cultural e histórica. Es decir, para poder pensar la estructuración de la tópica psíquica de manera precisa y salir así del “impasse” que supone concebir los orígenes de lo psíquico desde lo endógeno, desde el solipsismo del propio sujeto o como un epifenómeno de lo biológico, se requiere no sólo salir de la confusión o mezcla entre lo biológico y lo psíquico, sino tomar realmente en consideración que “en el ser humano lo sexual de origen intersubjetivo, y por consiguiente lo pulsional, lo sexual adquirido viene, algo completamente extraño, antes que lo innato. La pulsión viene antes que el instinto, el fantasma antes de la función; y cuando el instinto sexual llega, la silla ya está ocupada”(cf. Jean Laplanche, “Pulsion et instinct”, Adolescence, 18, 2, p.664). Dicho con otras palabras, los cuidados corporales no son “stricto sensu” del orden autoconservativo, ya que vehiculan sexualidad o dinámica pulsional, tanto la inconciente-desligada, como la narcisista-ligada, vehiculación gracias a la cual se va a poder instaurar tanto la pulsión como la ligazón de lo pulsional, implantadas por el otro que cuida. Y es que en el mundo humano la pura crianza autoconservativa produce seres no humanos.

[15] Cf. L’evolution de la théorie freudienne du sexuel infantile entre 1905 et 1915 à partir des Minutes de la Socièté psychanalytique de Vienne et des Trois essais sur la théorie sexuelle, t.II p. 669.

[16] Cf. O.C., v. XIV, p. 123.

[17] Actitud que ha sido puesta de relieve especialmente por los trabajos de J. André acerca de una originaria pasividad pulsional, que se contrapone a la tesis oficial de Freud en el sentido de una originaria masculinidad libidinal del sujeto infantil. Por cierto que esa pasividad originaria en el orden pulsional es generalmente mal entendida, amén de no reconocida o rechazada, precisamente por mezclar el orden pulsional con el orden autoconservativo, confundiendo entonces pasividad pulsional con inercia o con ausencia absoluta de actividad. Cuando se trata simplemente de la situación a la que se ve sometido de entrada todo infante al tener que recibir del otro adulto los cuidados de la crianza, cuidados que están atravesados enteramente por la sexualidad inconciente del adulto y, por tanto, por un exceso de orden pulsional, que conlleva realmente la parasitación del cuerpo infantil por parte de la dinámica pulsional del adulto, ante la cual el infante se ve inerte y la única vía de salida será, tras esa situación originaria de pasividad (pulsionalmente hablando, puesto que en un inicio o antes del encuentro con el otro adulto el infante es sólo un organismo psicobiológico y, por tanto, no cabe en él actividad pulsional alguna), la del autoerotismo, que le convertirá en un ser pulsional.

[18] Cf. su capítulo 5 “Agresividad y sadomasoquismo”, en particular las pp.119-121.

[19] Tal y como es concebido por Freud, es decir, de una forma lacunaria y para nada basada en la implantación pulsional por parte del adulto que cuida y que es quien se apoya en los cuidados de supervivencia para introducir subrepticiamente su pasión o exceso de orden pulsional.

[20] Esa expresión de Freud, la del “campo de trabajo del psicoanálisis”, habla o da cuenta de un intento de delimitar el objeto de estudio del psicoanálisis, situando aquí claramente ese campo en el terreno del vivenciar o de lo accidental, versus lo disposicional, así como poco después en ese mismo prefacio va a poner de relieve que su investigación psicoanalítica trata de colocarse en abierta independencia respecto de la investigación biológica.

Bibliografía

Bleichmar, S. (2000): Clínica psicoanalítica y neogénesis, Buenos Aires, Amorrortu.

Freud, S. (1895): Proyecto de psicología, en Obras Completas (O.C.), v.I, p.325-446, Buenos Aires, Amorrortu.

_______  (1905): Tres ensayos de teoría sexualO.C., v.VII, p. 111- 222.

________ (1908): Sobre las teorías sexuales infantilesO.C., v. IX, p. 185-201.

________ (1909): Análisis de la fobia de un niño de cinco añosO.C., v. X, p.3-18.

________ (1910): Un recuerdo infantil de Leonardo Da VinciO.C., v.XI, p. 55-127.

________ (1911): Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamenteO.C., v.XII, p. 3-76.

________(1914[1918]): De la historia de una neurosis infantilO.C., v.XVII, p.3-111.

________ (1914): Introducción del narcisismoO.C., v.XIV, p. 67-98.

________ (1915): Pulsiones y destinos de pulsiónO.C., v. XIV, p. 107-134.

________ (1917): Duelo y melancolíaO.C., v. XIV, p. 237-255.

________ (1921): Psicología de las masas y análisis del yoO.C., v. XVIII, p. 65-136.

Freud, S.-Abraham, K. ( 1907-1926): Correspondance, París, Gallimard, 1969.

Ganthèret, Fr. (1981) : « Del’emprise à la pulsion d’emprise », Nouvelle revue de psychanalyse, París, Gallimard, n 24, p. 103-116.

Jones, E. (1955) : La vie et l’oeuvre de Sigmund Freud, París, PUF, 1961.

_______ (1955): Vida y obra de Sigmund Freud, Buenos Aires, Horme-Paidós, 1989.

Laplanche, J. (1970): Vida y muerte en psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1973.

__________ (1992-1993): El extravío biologizante de la sexualidad en Freud, Buenos Aires, Amorrortu, 1998.

Rexand, F. (1997): L’évolution de a théorie freudienne du sexuel infantile entre 1905 et 1915 à partir des Minutes de la Socièté psychanalytique de Vienne et des Trois essais sur la théorie sexuelle, Thèse du Doctoraten Psychopathologie fondamentale et Psychanalyse, Université de Paris VII, p1-784.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *