Algunas notas traductivas dirigidas a Jean Laplanche

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El «restablecimiento de Freud» vía la teoría de la seducción generalizada, la refutabilidad virtual de esta teoría y el reajuste que conlleva de la noción de inconsciente, permiten al fin confrontar un modelo psicoanalítico estable a los de otras disciplinas, pertenezcan éstas a las ciencias humanas o a las de la naturaleza. Por un lado, la noción de traducción (con sus connotaciones etimológicas de travesía [traverseé] (1)) parece aportar una conexión posible entre las aproximaciones neurocientífica y metapsicológica; por el otro, la insistencia en la situación antropológica fundamental (un niño aún sin inconsciente confrontado a un adulto que es presa del suyo), permite situar los envites cruciales en un nivel más fundamental que el del Edipo: así como lo adquirido precede a lo innato (convocado en la pubertad por el reloj biológico), puede decirse que lo sexuado polariza a lo sexual, que lógicamente aparece antes. En este nivel intervienen tanto el código genético de la diferencia de los sexos, como su relevo por la codificación cultural del género. Aunque no es posible saber qué mensajes comprometidos envía una madre al amamantar a su bebé, antiguas estadísticas francesas señalan que prefiere dar el pecho a un niño que a una niña, que los niños son destetados más tarde que las niñas y se benefician de succiones más largas y más frecuentes. Por otro lado, si desde el punto de vista del beneficiario no es fácil reconstruir la forma en que interviene la «asistencia de traducción», no es difícil constatar que la cultura ofrece una caja de herramientas bastante diferente al pequeño cuya niñera ya no se atreve  a llevar a los cuartos de baño públicos (desde el «caso Dutroux»), y al futuro Luis XIII, cuyas nodrizas se divertían acariciándolo hasta transformarlo en «pont levis» (2) (diario d’Héroard, médico del rey).

El enriquecimiento de la teoría de la seducción generalizada por la adopción de la nueva tópica propuesta por Christophe Dejours (introducción del inconsciente «amential» al lado del inconsciente sexual reprimido), aporta una nueva luz sobre la clínica de las somatizaciones y de los actos impulsivos, y extiende al funcionamiento psíquico normal unos mecanismos descubiertos primero gracias a su inflación patológica (clivaje y desmentida) (3). También es la ocasión de una precisión semántica de Jean Laplanche, quien prefiere la denominación de inconsciente «enclavado»: el término «inconsciente amential», escribe Laplanche, (…) supone que la represión-traducción es un proceso de mentalización que no sufre el inconsciente psicótico. Supone, pues, que los mensajes del otro no son mentales sino que deben llegar a serlo. Me resulta difícil hacer mía una tal oposición alma/cuerpo, mente/soma. Esta nota a pie de página no es anodina. Lleva a precisar que esta teoría clara y rotunda del realismo del inconsciente se expresa, no obstante –y sin duda inevitablemente- en términos metafóricos, que corresponden a lugares ficticios aunque se trate de procesos reales. La palabra «traducción» es ella misma metafórica e implica un movimiento, un proceso, una transformación. La palabra «tópica» es una metáfora espacial que cuadra perfectamente con un enclave (y hasta con un «purgatorio»). En el plano funcional, una y otra cuadran bien con el término «mentalización». ¿Tal vez habría que conservar ambos? Tal vez, incluso, se podría desplazar la mirada para traducirlos a términos familiares a la psicología científica.

Los mensajes del otro -si adoptamos el punto de vista de ese otro- son evidentemente mentales y están lastrados por su inconsciente. Pero desde el punto de vista del niño, ¿no se trata precisamente de procesos de mentalización in statu nascendi? La trampa de la palabra «traducción», si uno se descuida, es que lleva a pensar que el niño traduce en su propia lengua lo que el otro le envía, cuando en realidad se trata de la construcción misma de esa lengua -bajo el dominio del otro- a través de un proceso esencialmente individual, pero con ayuda de la caja de herramientas cultural. Por un lado, un mensaje comprometido más o menos invasivo emitido por el adulto; por el otro, lo que primero es sentido como simple excitación (estimulación impuesta desde afuera que viene a lastrar los cuidados y que, sin duda, es difícil distinguir de las estimulaciones internas que acompañan a la necesidad), para adquirir progresivamente el estatuto de señal y finalmente integrarse en un universo de signos. Desde esta perspectiva, el resto «intraducido» de la operación no es otra cosa que una parte del ex-citante inicial, convertido al final del trayecto en in-citante (excitante interiorizado), es decir, foco pulsional. Hay que añadir que no  por haber escapado a la integración traductiva, este resto –verdadero cuerpo extraño interno– es no significante. Se le puede postular algo como una forma: así, los residuos no mentalizados de excitación ligados a cuidados alimenticios probablemente no están configurados del mismo modo que los que tienen por objeto a los esfínteres. Podemos suponer que son susceptibles de entrar repentinamente en resonancia –más acá de toda representación- bajo el impulso de formas similares encontradas en el ambiente exterior (véase los actos regresivos de niños próximos a la «edad de la razón» pero invitados al cumpleaños de un «pequeño»…).

La psicología experimental, para convocarla un instante, está muy interesada en la sensación. Gustav Theodor Fechner (un contemporáneo de Freud, fundador de la psicofísica) constata que «la sensación crece como el logaritmo de la excitación». Pero más allá de un cierto umbral de intensidad, toda excitación se indiferencia en el dolor. Avanzando un paso más, ciertas excitaciones –que implican la capacidad sensorial de discriminación correspondiente- pueden volverse «estímulos» que producen automáticamente alguna reacción. Cada una de ellas puede ser  llamada «señal» (por ejemplo, apenas es percibido tal estímulo –sea condicionado o incondicionado- producirá una reacción de salivación). Así, mi perro pavloviano, si es capaz de identificar el color rojo, podrá agitarse y ladrar ante la sola visión de un color asociado a su pelota favorita. Yendo un poco más lejos, si es un buen perro skinneriano podrá aprender a ir a buscarla. Aún más ¡podrá detenerse ante una luz roja! Pero, cualesquiera que sean sus aptitudes perceptivas –que implican un cierto reconocimiento de la situación- y cualquiera que sea la calidad de la enseñanza dispensada, es poco probable que el semáforo rojo le haga «signo» suficientemente como para que, a la manera de las Gardes Rouges, se pregunte si es oportuno detenerse ante el rojo, considerando la idea de progreso ligada a ese color. Tanto una señal como un signo pueden producir una reacción, pero entre un signo y el comportamiento que le sigue se extiende una escena imaginaria potencialmente tan vasta como la cultura interiorizada por quien captó el signo. Reflexivo por definición, el espíritu individual se expande tan lejos como la red socio-cultural de la cual emerge, observa el filósofo George Herbert Mead (Mind, self and society, 1934). Mi perro no es un pequeño burgués. Todo hace pensar que su conciencia perceptiva no es lo bastante reflexiva como para que pueda representarse a sí mismo al  volante junto al Gran Timonel… Para él la luz sigue siendo una señal idéntica a sí misma, a pesar de la Gran Revolución Cultural.

La capacidad de mentalización, de representación, de reflexión, de simbolización, es una competencia virtual que probablemente solo se desarrolla bajo el efecto de la necesidad. En un primer tiempo, el niño es estimulado por los mensajes del adulto sin poder sustraerse a ellos. Además es invadido por sus propias señales biológicas sin poderlo remediar. Por una clara intuición, Freud señala el desamparo originario – Hilflosigkeit– del recién nacido. Laplanche insiste en traducir «desayuda», «desprotección». El niño es incapaz de escapar tanto a lo que le excita desde dentro, como a lo que le invade desde fuera. Durante mucho tiempo no tiene ninguna influencia directa sobre el mundo. Es necesario suponer que, para escapar de la situación dolorosa, posee una competencia específica: la de refugiarse en sí mismo, en una retirada que le permite representarse lo que ocurre antes de experimentar al otro de frente. En efecto, cualquiera que sea su  disposición, el otro no es tan sólo paz y tranquilidad. Según la teoría de la seducción originaria, su modo es intrusivo: en el mejor de los casos procede por «implantación»; en el peor, por «intromisión». Varias respuestas patológicas conocidas, que en caso de grave mutilación incluso pueden llegar a la anestesia total, dan prueba de la capacidad autodefensiva de ausentarse en sí (4). Desde una perspectiva psicoanalítica, las aberraciones más espectaculares a menudo no hacen más que señalar modos de funcionamiento generales. Parece que diversos cuadros clínicos testimonian retrospectivamente la violencia originaria a la que estuvo expuesto todo niño: así, las puestas en escena sadomasoquistas pueden llevar la intrusión y la excitación hasta los confines de lo soportable, en una modalidad de toma de control  que algunas veces imita el nursing.

A partir de lo anterior, es posible definir el proceso originario de traducción como una travesía que -gracias a la capacidad de retirarse en sí, por no poder simplemente retirarse- transforma la señal en signo, pero no sin dejar un resto de excitación sensorial. Sin dejar de centellar enigmáticamente en mí, ese saldo encarna la mutación de un excitante en in-citante. Dicho de otro modo, el dolor que me invade por entero puede focalizarse convenientemente alrededor de la representación del médico sin por eso anular la huella sensible del pinchazo. Desprovista en sí misma de sentido (pura señal dolorosa) pero asociada a una representación significativa (la imagen del profesional), esta zona dolorosa puede inscribirse metonímicamente en una red de significaciones virtualmente ilimitada. En cambio, la cicatriz ligada a un dolor fulgurante al punto de haber anulado toda otra percepción no podrá remitir más que a ese mismo dolor. En tanto que huella, esa cicatriz tiene no obstante una forma que la vuelve accesible a cierta construcción retrospectiva de sentido.

Capaz de transformar la señal en signo, la mentalización sería como una interfaz entre los aspectos biológico y psicológico de una misma realidad –el cuerpo– que sería particularmente inconveniente oponer al espíritu. De hecho, las distinciones espíritu/cuerpo, psique/soma (5) no son operativas más que dentro de la ficción pragmática del «organismo», introducida por la medicina experimental de Claude Bernard después de haber sido gestada por el «animal-máquina» de Descartes. Desde esta perspectiva, la traducción no es el pasaje de un sentido a otro, sino una producción individual de sentido bajo el inesquivable aguijón del otro. Hay que observar que, aquí, «sentido» se declina en todos los sentidos del término: sensorialidad, direccionalidad, significatividad. En la nueva tópica, lo que escapó al proceso traductivo (por oposición a lo que constituye el resto activo y reprimido) es peligrosamente excitable y se ve enclavado, a falta de un mejor sistema de protección. Yo hablaría más gustosamente de «inconsciente amential» y de «elementos enclavados». Más bien elementos que significantes, pues, al no pertenecer a ningún sistema de signos y representaciones, al no inscribirse en ningún andamiaje fantasmático, son susceptibles de reaccionar en todo momento –sin mediación ni medida- a las señales provenientes del exterior.

 Respuesta de Jean Laplanche a Francis Martens 

El texto enviado por Francis Martens no falta a su habitual vivacidad de espíritu. Es una especie de «Post-it»: Recuerda, Jean Laplanche, la cuestión de lo «enclavado» o de lo «amential» no está resuelta.

No me opongo en absoluto a dejar abierta esa problemática. Para mí «enclavado» supone la idea de que el mensaje adulto subsiste «verbatim» en estado de huella. Pero su texto, que será sometido a traducción, no deja de ser un «a traducir», ya mentalizado por el adulto emisor. «Amential» supone que se trata, más que de mensajes, de estímulos (incluso escenas) que son inscritos, y que es necesario un tiempo de «mentalización».

¿Es esa mentalización idéntica al  primer intento de traducción? Pero «mentalizar» (de lo no-mental, de lo puramente factual) no es traducir.

Yo me quedo en mi exégesis de Freud, «escenas registradas que sólo son comprendidas más tarde». «Registradas» quiere decir que, a la vez que son inscritas (como una cinta de vídeo), no comprendidas, están listas a ser reactivadas. ¿Hay que suponer, entre el tiempo de la inscripción y el del intento de traducción, un tiempo intermedio de «mentalización»? ¿En qué consistiría? ¿No correríamos el riesgo de alejar al otro de su mensaje, y al mensaje de quien lo recibe, volviendo a una visión «ptolemaica»,«por procuración»: aquélla de una instancia encargada de dar sentido a lo que no lo tiene? La idea de una atribución retrospectiva de sentido a lo que no lo tiene – que puede considerarse, por ejemplo, post-heideggeriana-, no podría resurgir aquí: mi trabajo siempre ha apuntado a mostrar que sólo habría «resignificación» o, mejor, traducción, de lo que viene del otro ya con un sentido, como mensaje (Cf. Problématiques VI, L’aprés-coup, Paris, 2006).

 Recientemente me ha sorprendido esta idea de Levovici: «El objeto es investido antes de ser percibido». Cualquiera que sea nuestra distancia teórica, yo reformularía esa frase diciendo que «Ningún X puede ser percibido si no forma parte de un mensaje». Ej: si le alcanzo una sonaja a un bebé en su cuna, ese objeto sólo puede ser percibido por relación al contexto del mensaje que le transmito.

Una percepción pura o un puro estímulo son abstracciones, al menos cuando hablamos del ser humano. A partir de ahí, Freud queda atrapado en su modelo del arco reflejo: en un extremo, el estímulo; en el otro, la acción motriz. De hecho, en el marco del capítulo VII, donde Freud expone por primera vez su metapsicología, debería retomarse el esquema de partida sustituyendo «percepción» por «mensaje» y «motricidad» por «traducción». Ello, desde luego, para el ser humano, y tal vez para ciertos «homeotérmicos» bien dotados.

Algunos bemoles a todo esto: la noción de amential –si entiendo bien, la reducción del mensaje a una señal- ¿no tendría que repensarse según los casos clínicos? «Amential» diríamos del pedófilo, del asesino o del violador en serie. Quiero decir que ellos mismos rechazan la idea de una mentalización asociada a su acto. ¿Es ello una razón suficiente para apoyar su opinión y considerarlos seres a-humanos, «predadores», «monstruos»? ¡Nos toca hacerles mentir!

No estoy de acuerdo, pues, con abandonar la «traducción» por la «mentalización». La noción de mentalización debe ser aclarada. Si entiendo bien a los especialistas en psicosomática de la École de Paris, se podría llegar a decir que el pensamiento operatorio, «no mentalizado», no forma parte del aparato psíquico… todo esto permanece abierto a largas discusiones, pero conservando la claridad.

También diré unas palabras  sobre el pasaje de la señal al signo. Cómo no recordar la fecunda ambigüedad del término freudiano Wahrnehungszeichen: la traducción vacilante para Zeichen entre indicio y signo (que «hace signo» [qui «fait signe» (6)]). El «indicio (o señal) de percepción»  se vuelve «signo de percepción» y, por lo tanto, apto para la traducción.

En el marco del modelo propuesto, tal vez podríamos representarnos las cosas así: lo que entra en el Ics. enclavado, sea por implantación o por intromisión, es un mensaje comprometido (en grados variables) por lo sexual. Ese mensaje permanece enclavado, a título de «registrado pero no comprendido» (Freud), un poco como un mensaje-cosa, reducido al significante. Bien podría decirse que cuando es retomado por el proceso de traducción, es rementalizado. La traducción es una rementalización que, por ejemplo, hace pasar el mensaje «mentalizado» de Freud, desde un estado puramente significante, «designificado»  -aquél del texto alemán impreso-  a una rementalización en francés. ¿Diríamos que hay ahí signo (del emisor)?, ¿señal (en el Ics. enclavado?), ¿signo (en el Pcs.)?

Finalmente, me da gusto constatar que usted está de acuerdo en distinguir (como Luchetti y yo mismo) el retorno de lo reprimido de la erupción al exterior del inconsciente amential o enclavado. Y que atribuye los «actos impulsivos» procedentes del inconsciente enclavado a «formas similares encontradas en el ambiente exterior».

 

                                                                                                                                J.L.

Notas

Francis Martens, «Quelques remarques traductives adressées à Jean Laplanche», en Psychiatrie Française, vol. XXXVII, «Le concept d’inconscient selon Jean Laplanche», nº 3, 2006, pp. 131-135. Traducción: Deborah Golergant [La traducción de este texto ha sido revisada en julio de 2013].

1. [También significa cruce: traversée de voie = cruce de vías, N. deT.]

2. [Se trata de la puerta que puede alzarse o bajarse para formar un puente sobre la zanja llena de agua que protege un castillo. N.de T.]

3. Christophe Dejours, Le corps d’abord, Paris: Payot, 2001.

4. Las cosmogonías (mitos que dan cuenta del nacimiento del mundo) tal vez no son más que «psicogonías» implícitas (alegorías gráficas del nacimiento del psiquismo y del pensamiento, relatadas en forma de creación del mundo). En el relato bíblico de la Génesis, crear equivale a «separar»: el acto creador de Dios (expresado por el verbo bará) es en realidad un acto de separación-diferenciación. La Génesis (o mejor: Bereshit, es decir, al comienzo) nos invita al espectáculo gráfico de esta puesta en forma. Pero ciertas sagas han tenido la audacia de preguntarse qué pudo haber pasado en la etapa precedente, en el seno de la perfección eterna de Dios mismo (en-sof), para que ese acto fuera posible. Así, Isaac Luria (uno de los pilares de la mística judía, 1534-1572) postula, en el seno de la plenitud divina, un acto de autocontracción en un punto de su propia infinitud –llamado «tsimtsum»-  capaz de dejar lugar al curso de la historia, incluyendo –añadirán ciertos cabalistas- a la emergencia misma del mal. Dios, ironizaba Voltaire, creó al hombre a su imagen y semejanza, y el hombre le ha correspondido bien.

5. ¿Dónde ha quedado, pues, el germen?

6. [Esta expresión, «faire signe», es traducida por «avisar», y «faire des signes» por «hablar por señas» (Diccionario Laurousse, 2003). Creemos que tales traducciones no dan cuenta del sentido de esta frase, que Laplanche utiliza para aludir a una intención de comunicar por parte del emisor, que es captada por el receptor aún cuando el sentido del mensaje permanece oscuro. Hasta encontrar una mejor opción, hemos decidido traducir literalmente «signe qui fait signe» por «signo que hace signo». N. de T.]

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