Tres acepciones de la palabra «inconsciente» en el marco de la teoría de la seducción generalizada

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I-1.  La teoría de la seducción generalizada encuentra sus orígenes en la teoría de la seducción de Freud, generalizándola. La teoría freudiana de los años 1896-1897 daba cuenta perfectamente de la noción de represión, pero en los límites de una situación contingente, restringida. Se limitaba al dominio de la psicopatología. Para emplear una fórmula rápida: «a hija neurótica, padre perverso». A Freud le faltaban diversos elementos para reformularla, generalizándola, en lugar de abandonarla en la famosa carta del 21 de septiembre de 1897. Le falta la noción de perversidad polimorfa y la de sexualidad generalizada, tal como va a describirla en los Tres ensayos en 1905. Le falta la noción de comunicación precoz y de mensaje. Le falta, incluso,  haber teorizado a fondo la noción de traducción como resorte de la represión. El modelo de la traducción es coherente con la concepción del ser humano como ser de lenguaje y de comunicación; viene a sustituir felizmente a los esquemas mecánicos utilizados en la teoría clásica de la represión.

 I-2. La teoría de la seducción generalizada quiere dar cuenta de la génesis del aparato psíquico sexual del ser humano a partir de la relación interhumana, y no a partir de orígenes biológicos. El aparato psíquico del ser humano está, ante todo, consagrado a la pulsión, a la pulsión sexual (de vida y de muerte). Los montajes instintuales somáticos no son negados, pero no encuentran su lugar en los orígenes de la sexualidad infantil, ni en la génesis del inconsciente reprimido.

I-3. La seducción no es una relación contingente, patológica –aunque a veces puede serlo-, episódica. Se funda en una situación a la que ningún ser humano puede escapar, que llamo situación antropológica fundamental. Esta situación es la relación adulto-niño pequeño, adulto-infans.

Un adulto que tiene un inconsciente tal como fue descubierto por el psicoanálisis, un inconsciente sexual formado esencialmente por residuos infantiles, un inconsciente perverso en el sentido de los Tres ensayos. Un niño que no tiene activadores hormonales de la sexualidad y que, al comienzo, no tiene fantasmas sexuales. La idea de una sexualidad infantil endógena ha sido criticada a fondo, y no solamente por mí; pero tales críticas no podrían llegar a negar la sexualidad infantil en general, ni a englobarla en una teoría de límites vagos.

 I-4. ¿Cómo situar aquí los aportes de la psicología moderna de los primeros años? Hay mucho por añadir gracias a la observación reciente. Especialmente está el desarrollo considerable a propósito de lo que, en otro tiempo, Freud llamaba autoconservación. Ahora bien, la autoconservación freudiana reaparece con el «apego» y con todos los desarrollos y las observaciones alrededor de este tema. Sobre una base genética instintual, evidente, se desarrolla muy pronto, incluso de entrada, un diálogo o una comunicación adulto-infans. La vieja teoría de la «simbiosis» se desvanece gracias a la observación de relaciones precoces organizadas, diferenciadas, recíprocas, donde el no-yo se distingue de entrada de las posesiones personales.

Pero lo que les falta a la teoría y a las observaciones del apego es tomar en consideración la asimetría en el plano sexual. Lo que falta es insistir en el hecho de que el diálogo adulto-infans, aún siendo totalmente recíproco, está sin embargo parasitado por otra cosa. El mensaje está interferido. Del lado del adulto, en un sentido unilateral, hay una intervención del inconsciente. Digamos, incluso, del inconsciente infantil del adulto, en la medida en que la situación adulto-infans reactiva sus pulsiones inconscientes infantiles.

I-5. Para acentuar las cosas, planteemos la cuestión: ¿por qué hablar del adulto y de la situación antropológica fundamental? ¿Por qué no hablar de la situación  familiar, o incluso edípica, fundamental? Es porque la relación adulto-infans sobrepasa en su generalidad, en su universalidad, a la relación padres-niño. Puede haber situación antropológica fundamental entre un niño sin familia y un ambiente de crecimiento que para nada incluya categorías familiares. En esta situación antropológica fundamental los términos importantes son: «comunicación» y «mensaje», añadiendo esta idea sobre la que quisiera insistir: cuando hablamos de mensajes del adulto no nos referimos a mensajes inconscientes. Todo mensaje se produce en un plano consciente-preconsciente; cuando yo hablo de mensaje enigmático, hablo de un mensaje «comprometido» por el inconsciente. Carácter, pues, comprometido del mensaje, y ello inicialmente en un solo sentido, aún cuando pronto se establece una reciprocidad también en el plano sexual. En fin, lo que cuenta en esta situación es lo que el receptor hace a partir de ella, es decir, precisamente, el intento de traducción y el necesario fracaso de ese intento.

 I-6. Añadamos a esto una observación sobre la cuestión de la opción biológica. La teoría de la seducción generalizada y la situación antropológica fundamental en absoluto implican una toma de posición contra la biología. En nuestra opinión, todo proceso humano es indisociablemente biológico y psíquico. Ni siquiera el razonamiento matemático más abstracto puede concebirse sin un correlato corporal biológico. Cuando Freud abandona la teoría de la seducción, en la famosa carta del equinoccio de 1897, no dice «regreso a lo biológico»,  sino «regreso a lo innato, a lo hereditario». De ningún modo afirma que el factor biológico reconquista su lugar, pues no hay nada que reconquistar: lo biológico permanece siempre presente como la otra cara de lo psicológico. Por el contrario, esa reconquista por lo hereditario que Freud anuncia, el retorno del factor innato, recorre toda la historia del freudismo con algunas etapas de las que sólo mencionaré tres: Los fantasmas originarios, Tótem y tabú, Moisés y el monoteísmo.

Para volver a lo «biológico», se trata de algo que puede ser tanto adquirido como innato. Lo que criticamos es, pues, la primacía de lo hereditario en lo que respecta a la sexualidad infantil. Digo bien:  sexualidad e infantil, entendiendo así que hay, ciertamente, algo de hereditario y de innato en lo que no es sexual (la autoconservación) e igualmente en la sexualidad que no es infantil (la sexualidad gonádica adolescente). En mi opinión existe una diferencia fundamental entre la pulsión sexual de la infancia y lo que resurge en el momento de la adolescencia, es decir, en efecto, la aparición del instinto sexual. El instinto sexual alcanza entonces a la pulsión de origen intersubjetivo, que se desarrolló de manera autónoma durante varios años, y entre ambos surge un grave problema de coherencia y de cohesión.

Lo que también criticamos es la noción de un ello primordial en el origen de la vida psíquica, una idea que va directamente en contra de la novedad que implica la noción de pulsión como proceso sexual no adaptado (en el hombre) a una meta preestablecida. Si la noción de ello conserva un sentido,  es  por caracterizar al inconsciente reprimido que, por su alteridad, deviene verdaderamente «algo en nosotros», un «cuerpo extraño interno», un «ello».

Represión originaria, traducción, constitución del inconsciente y del aparato psíquico en su aspecto normal y neurótico (1)

II-1. La situación antropológica fundamental confronta, en un diálogo simétrico/asimétrico, a un adulto que tiene un inconsciente sexual (esencialmente pregenital) y a un infans que aún no tiene constituido el  inconsciente, ni la oposición inconsciente/preconsciente. El inconsciente sexual del adulto es reactivado en la relación con el niño pequeño, el infans. Los mensajes del adulto, preconsciente-conscientes, son mensajes necesariamente «comprometidos» (en el sentido del retorno de lo reprimido) por la presencia de la «interferencia» inconsciente. Son, pues, mensajes enigmáticos, a la vez para el emisor, adulto, y para el receptor, niño.

Mientras que en un diálogo normal (verbal o no verbal) existe un código común y no hay necesidad de traducción (o bien ella es instantánea), en la comunicación originaria el mensaje del adulto no puede ser captado en su totalidad contradictoria. En él se mezclan, por ejemplo, en el modelo típico de la lactancia, amor y odio, apaciguamiento y excitación, leche y pecho, pecho «continente» y pecho excitado sexualmente, etc.

Los «códigos» innatos o adquiridos que el niño tiene a su disposición son, pues, insuficientes para hacer frente a ese mensaje enigmático. El niño debe echar mano de un nuevo código, a la vez improvisado por él y recurriendo a esquemas proporcionados por el ambiente cultural.

 II-2. La traducción del mensaje enigmático del adulto no se hace de una sola vez sino en dos tiempos. El esquema en dos tiempos es el  mismo que el del traumatismo: en el primer tiempo el mensaje está simplemente inscrito, o implantado, sin ser comprendido. Está como conservado bajo la fina capa de la conciencia, o «bajo la piel». En un segundo tiempo el mensaje es reavivado. Entonces actúa como un cuerpo extraño interno que es necesario integrar, dominar a cualquier precio.

Se trata, dice Freud, « […] de un tipo particular de experiencias sumamente importantes  que se sitúan en los primeros tiempos de la infancia y que, en su momento, fueron vividas sin comprensión, pero que après coup encuentran comprensión e interpretación » (2).

II-3. La traducción o intento de traducción tiene por función fundar, en el aparato psíquico, un nivel preconsciente. El preconsciente –esencialmente el yo- corresponde a la forma en que el sujeto se constituye, se representa su historia. La traducción de los mensajes del otro adulto es, en lo esencial, una historización, más o menos coherente.

Pero siendo el mensaje comprometido e incoherente, estando situado sobre dos planos incompatibles, la traducción es siempre imperfecta, deja de lado restos. Esos restos son los que constituyen, por oposición al yo preconsciente, el inconsciente en sentido propio, en el sentido freudiano del término. Es evidente que el inconsciente está marcado por lo sexual, pues encuentra su origen en el compromiso del mensaje del adulto por lo sexual. Pero de ningún modo es la copia del inconsciente del adulto, en razón del doble «metabolismo» que lo sexual  ha sufrido en ese proceso: deformación en el mensaje comprometido del adulto y, luego, en el niño receptor, trabajo de traducción que modifica completamente el mensaje implantado.

II-4. Las características típicas que el propio Freud señala para el inconsciente son las consecuencias directas de su origen en la represión:

Ausencia de temporalidad, por ser lo que, en el proceso de represión, escapa a la constitución de ese dominio de lo temporal que es el surgimiento y el enriquecimiento de la personalidad  preconsciente. Ausencia de coordinación y de negación, pues es precisamente lo que escapa a la coordinación indispensable al proceso de traducción.

El realismo del Inconciente, que corresponde a lo que Freud llamaba «realidad psíquica», es tachado como escandaloso por un gran número de interpretaciones modernas. Ese realismo responde a la idea de que el inconsciente no es un segundo sentido, subyacente al sentido preconsciente y «oficial» propuesto por el sujeto. Por el contrario, el inconsciente es lo que ha escapado a esa puesta en sentido que yo designo como traducción. No es del dominio del sentido sino que está constituido por significantes privados de su contexto original, por lo tanto ampliamente desprovistos de sentido y muy poco coordinados entre sí.

Para decirlo en pocas palabras, el inconsciente reprimido está en el origen de las pulsiones, pulsiones sexuales de vida y de muerte, pulsiones que pueden considerarse –invirtiendo la famosa formulación de Freud- como la «exigencia de trabajo» impuesta al cuerpo por su relación con los significantes inconscientes reprimidos. 

El aspecto psicótico y borderline. El fracaso radical de la traducción. Lo no-traducido enclavado 

 III-1. El fracaso parcial de la traducción da cuenta del inconsciente «clásico», neurótico-normal. A su lado conviene reconocer la existencia de un fracaso radical. Nada es traducido; el mensaje original, implantado o entrometido (3), permanece tal cual en el aparato psíquico. Constituye lo que podríamos llamar «el inconsciente enclavado» (4).

¿Cuáles son las características y las causas de un tal inconsciente?

III-2.  El  inconsciente enclavado  no es  correlativo de  un preconsciente. En el psicótico la  historización  es escasa o  nula.  El  inconsciente  enclavado permanece,  si se puede decir, «a flor de  consciencia».  Es  mantenido  por  una fina capa de defensa consciente que funciona según un modo aparentemente lógico,  «operatorio». La  modalidad principal de  esta  defensa no es la represión/traducción sino la desmentida (Verleugnung). A menudo constatamos que la defensa (el razonamiento consciente) es como el reflejo invertido de lo que es desmentido. Sólo los separa el «signo de la negación». 

III-3. Entre los mensajes intraducidos que constituyen este inconsciente, destacamos especialmente a los mensajes superyoicos. A menudo he sostenido que el «imperativo categórico» es, por naturaleza, intraducible en otra cosa que sí mismo, imposible de metabolizar: «tú debes porque debes» (Kant) y ninguna justificación puede dar cuenta de ello.           

III-4. ¿Cuáles son las condiciones, las causas de un tal fracaso radical de la traducción?

Ellas son probablemente múltiples. Aquí he abierto una pista de investigación que no puedo explorar yo solo y que dejo a otros el cuidado de continuar, si se revela viable.

El fracaso de la traducción puede saldarse especialmente en una transmisión intergeneracional tal cual, sin ninguna metabolización. Habría que retomar la cuestión de lo «intergeneracional» preguntándonos cuáles son sus condiciones desde el punto de vista de la comunicación, desde el punto de vista de la estructura misma del mensaje, o desde el punto de vista del receptor de esa transmisión. Muchos ya se han inclinado en esa dirección. Se ha propuesto la pista y el marco teórico, muy especialmente para psiquiatras confrontados cada vez más, me parece, a estos problemas. ¿Hay mensaje cuando éste no está ya comprometido sino habitado sin distancia por el inconsciente? ¿Es eso siquiera posible? ¿Hay mensaje cuando éste vehiculiza e impone su código, de modo que impone una traducción que no es otra cosa que el mensaje mismo? ¿Tal vez, incluso, cuando el mensaje es paradójico? ¿Cuál es el uso posible de la noción de paradoja cuando se la  utiliza con rigor?

Un libro como el de Tarelho, Paranoïa et théorie de la séduction généralisée (5), abre vías interesantes en este sentido. ¿Cómo el hombre puede verse «poseído» por mensajes que fracasa en traducir? En mi opinión se trata de una interrogación mayor planteada a la psicopatología psicoanalítica. 

Hacia una teoría unificada del aparato del alma

IV-1. El modelo freudiano del aparato del alma es un modelo neurótico-normal. Un gran número de teóricos, que en su práctica se ven confrontados cada vez más con casos que se salen ampliamente de ese modelo (casos límite-psicosis-psicopatías-perversiones), han dejado de lado la concepción freudiana, fundada en la represión y el inconsciente,  por estar reservada a un  número muy reducido de casos. Han construido entonces, al lado del edificio freudiano, otros modelos, sin intentar conservar la unidad del pensamiento freudiano. Más aún, esos modelos son casi siempre desexualizados y apenas recurren a la noción de inconsciente. Es como si, en otro registro, frente a dos aspectos diferentes del mundo, se propusieran dos cosmologías perfectamente distintas y sin comunicación entre sí. 

 IV-2. ¿Cómo así la teoría de la seducción generalizada permite proponer una visión unitaria que englobe a los modelos, supuestamente separados, neurótico/normal y psicótico/borderline?

a) Refiriéndolos a una misma base común: la situación antropológica fundamental y la hipótesis traductiva.

b) Recordando que el estado de  no traducido, el inconsciente enclavado, no corresponde exclusivamente a un fracaso radical de la traducción.  En efecto, hay que recordar que, en el modelo neurótico, el proceso traductivo se produce siempre en dos tiempos, siendo el primero el de una latencia del mensaje del otro en estado de no traducido, en espera, verdadero estado de inscripción «sub-consciente», aún sin haber «encontrado comprensión e interpretación» (Freud).  Existiría, pues, no sólo en el niño sino en todo ser humano, una suerte de stock de mensajes intraducidos: algunos prácticamente imposibles de traducir, otros en espera provisional de traducción. Traducción que solo puede venir a engranarse por una reactualización, una reactivación. El inconsciente que llamamos enclavado puede ser, pues, un lugar de estancamiento  pero también un lugar de espera, una suerte de «purgatorio» de mensajes en espera.

IV-3. En este punto conviene recordar lo que Freud describe en su artículo sobre el clivaje del yo, la existencia lado a lado,  en el mismo individuo, de dos mecanismos: mecanismo neurótico de la represión y mecanismo perverso o psicótico de la desmentida.

Lo que Freud describe como estando presente sólo en ciertos individuos, nosotros proponemos, siguiendo a Christophe Dejours, generalizarlo a todo ser humano (6).

El psiquismo de todo ser humano comprendería, pues, dos partes, ignorantes la una de la otra pero no sin pasajes de la una a la otra. El límite entre las dos partes es fluctuante de un individuo a otro y, según el momento de la vida, en un mismo individuo. El límite del clivaje, límite vertical por relación a la barrera «horizontal» de la represión, no es una barra de conflicto sino, como en Freud, la separación  de  dos «procesos de defensa». Más  aún, ese límite puede ser franqueado, por ejemplo cuando se engrana un nuevo proceso de traducción.

En el caso neurótico/normal la parte A es mucho más amplia que la parte B; en el caso no-neurótico ocurre a la inversa. Pero, como señala Dejours, en ciertas circunstancias la parte derecha puede llegar a imponerse: «ningún sujeto está totalmente a salvo de la somatización o del delirio, aún cuando ciertas estructuras estén mejor protegidas que otras» (p. 95).

 IV-4. En la represión, y específicamente en la represión originaria, los mensajes del otro, que tan sólo provienen de la realidad del ser humano –la realidad del otro– a) en un primer tiempo vienen a inscribirse en el inconsciente enclavado, o subconsciente. b) Luego son retomados, traducidos y, desde entonces, repartidos entre una traducción preconsciente y unos restos inconscientes.

 IV-5. Una vez constituidas las dos partes, A y B, ¿cómo conciliar la idea de un «doble desconocimiento» (Dejours, p. 98) entre esas dos partes separadas por la línea del clivaje, con la posibilidad de un fenómeno de comunicación, de vasos comunicantes entre ambas partes? Remitimos aquí a los ricos desarrollos de Christophe Dejours, quien se apoya (p. 97) en lo que llama la «zona de sensibilidad del inconsciente» y, sobre todo, en los mecanismos de perlaboración por el sueño (7).

Volviendo a nuestro modelo tópico común a la neurosis y a la psicosis, digamos que tiene el mérito mayor de proponer un marco de referencia para situar este doble problema: posibilidad de una nueva traducción de mensajes enclavados, especialmente en la psicoterapia de casos borderline o psicóticos y, a la inversa, posibilidad (aunque sea mínima) de una descompensación delirante en todo ser humano.

Notemos además, en otro dominio, que la cura clásica de las neurosis, por su acción capital de detraducción, tiene por efecto enriquecer temporalmente el stock de mensajes a retraducir, a resimbolizar. Lo que se interpreta debería, pues, volver a pasar por la parte B del esquema antes de ser reintegrado en un preconsciente más rico.

Traducción y neocódigo. Lo mito-simbólico 

V-1. Confrontado a mensajes comprometidos por el inconsciente del adulto –por lo tanto a mensajes enigmáticos, intraducibles mediante los simples códigos relacionales que tiene a su disposición (códigos «autoconservativos»)-, el infans debe echar mano de nuevos códigos. Pero no los inventa de la nada. Gracias a su ambiente cultural general (y no sólo familiar), desde muy pronto tiene a su alcance códigos, esquemas narrativos preformados. Se podría hablar de una verdadera «asistencia de traducción» propuesta por la cultura ambiente (8).

 V-2. Es aquí donde interviene  lo que llamaremos  el universo de lo «mito-simbólico», que incluye tanto a aquellos códigos (clásicos) del «complejo de Edipo», la «muerte del padre» o el «complejo de castración», como esquemas narrativos más modernos, en parte emparentados a los precedentes pero en parte novedosos.

El error del psicoanálisis,  por relación a lo «mito-simbólico»,  es doble:

a) Querer incluir entre las verdades que efectivamente ha descubierto, que son verdades «metapsicológicas» (concernientes al aparato del alma y a la situación intersubjetiva adulto-niño), a los esquemas de narración más o menos contingentes que, en una situación cultural dada, sirven al hombre para ordenar, para historizar su destino. Es el caso, en primer lugar, del «complejo de Edipo», que por muy general que sea (con sus numerosas variantes) no es una característica del hombre universal, no está necesariamente presente en la situación antropológica fundamental.

b) Haber querido, más o menos explícitamente, indexar los mitos en la evolución “psicosexual” del individuo. Por lo general se mencionan a la vez, como «formaciones del inconsciente», el síntoma, el acto fallido, la agudeza, etc… y… el mito.

Ahora bien, los mitos no son una producción ni tampoco una copia de la evolución individual. Forman parte del universo cultural, donde pueden observarse, describirse y eventualmente explicarse.

 Sin embargo, el psicoanálisis no debe bajar la guardia cuando se trata de dar cuenta de la intervención de lo «mito-simbólico» en la constitución del aparato psíquico humano, y más precisamente en el marco del modelo traductivo, donde esta idea es un resorte fundamental. 

 V-3. Con los etnólogos se puso de manifiesto desde hace décadas la descripción y la teorización de mitos, principalmente a partir del pensamiento de Claude Lévi-Strauss. La noción de código se vuelve cada vez más pregnante. El mito actúa proponiendo un código, o tal vez una pluralidad de códigos. Ellos son convertibles unos en otros a partir de esquemas lógicos simples (9). Cada uno puede considerarse como legible a partir de otros pero, en sí mismo, sin esa lectura, permanece opaco. El sentido es latente y no es posible decir que, finalmente, algún mito revela el sentido final, último.

Puede hacerse a los etnólogos, en particular a quienes estudian los mitos, dos objeciones capitales:

a) Ostentan la ambición de llamarse «antropólogos» cuando, casi siempre, se limitan a sectores muy particulares de la condición humana –especialmente las sociedades llamadas «primitivas»-, dejando de lado a las sociedades contemporáneas y sus propios mitos bien específicos (10).

b) Por otra parte, se limitan al universo adulto sin interrogarse nunca por la forma como el pensamiento mito-simbólico es comunicado o propuesto al niño, incluso al infans.

 V-4. Los etnólogos más cercanos al psicoanálisis por lo general sólo retienen de éste los aspectos que les conviene. No el método asociativo-disociativo, que tiene por campo de aplicación la cura psicoanalítica individual, sino los aspectos más próximos al simbolismo, siendo éste concebido como de naturaleza finalmente universal. Es en este sentido restringido que están listos a  hablar de «inconsciente» cuando descubren una legibilidad propia a los mitos, utilizando eventualmente «claves» psicoanalíticas; pero se trata de una  «lectura» que se obtiene sin tener que vencer una censura ni una represión, y apelando únicamente a recursos intelectuales.

En esto se acercan a la forma en que el propio Freud describe el dominio del simbolismo y el mito. Un dominio donde sería legítimo leer «a libro abierto», ya que no hay ninguna necesidad del método analítico para acceder a él.

Una tal concepción del psicoanálisis no está tan alejada de la Vulgata que desde entonces se impone en relación al «inconsciente»: se trataría de un sentido oculto, universal o transindividual, al que podríamos acceder sin esfuerzo con sólo estar  un poco enterados. El Edipo y la castración proliferan en los escritos, tanto en los de divulgación como en obras que se pretenden más especializadas. El «realismo del inconsciente», tal como nos parece encontrarlo en Freud, ha cedido lugar a la legibilidad universal de algunos grandes esquemas míticos de comprensión.

En Freud, sin embargo, el «método simbólico» en ningún caso viene a sustituir al método asociativo individual: viene a complementarlo. Que esta «complementariedad» no nos satisface personalmente, y que podemos proponer otro modo de articulación entre ambos, es lo que vamos a desarrollar a continuación.

V-5. Lejos de nosotros la idea de rechazar la noción de un implícito (que tal vez otros llamarían «inconsciente») en el dominio de lo mito-simbólico. Los mitos se interpretan unos por otros, lo mismo que los símbolos (11). Se trata de una reversibilidad universal, como a veces parece pensarlo Lévi-Strauss –en cuyo caso no podría hablarse de una interpretación última- o bien, el conjunto de mitos permite poner al descubierto estructuras generales, estructuras de puesta en orden que se refieren, por ejemplo, a la oposición continente/contenido ( «La potière jalouse»), a la noción de «terceridad», etc.

De todos modos, la concepción del inconsciente reprimido individual, tal como yo la sostengo, para nada excluye el tener que tomar en consideración, a su lado, a la noción de implícito: la que tantos autores sustituyen indebidamente al inconsciente freudiano. Sea cual fuere la concepción que se tenga de la superposición de diferentes códigos en un escenario mítico,  sea que se admita o no una jerarquía de esos niveles, no es menos cierto que conviene hacer su lugar no a otro inconsciente sino a otra especie de latencia,  ésa que encontramos especialmente en las producciones culturales colectivas. Esa latencia es del orden de lo implícito; el movimiento de su lectura es aquél de la explicitación (Auslegung): un trabajo que no exige tener que vencer resistencias.

V-6. En todo caso, lo que para nosotros es decisivo es la forma en que esas estructuras narrativas colectivas –cualquiera que sea su nivel de generalidad o, al contrario, sus aspectos concretos y hasta episódicos- se inscriben en el esquema del aparato psíquico.

En contra de la opinión tan generalmente admitida, que es también la de Freud cuando ve en la relación edípica el «núcleo» mismo del inconsciente, debemos situar esas estructuras no del lado de lo reprimido sino del lado de lo represor;  no del lado de lo sexual primario sino de lo que viene a ponerlo en orden y finalmente a desexualizarlo, en nombre de leyes de alianza, de procreación, etc. Nada menos sexual (en el sentido original de los Tres ensayos) que el mito de Edipo y la tragedia de Sófocles. Nada que se refiera menos al goce sexual, para no hablar de la búsqueda de excitación.

Los grandes esquemas narrativos, transmitidos y luego modificados por la cultura, vienen a ayudar al pequeño sujeto humano a tratar, es decir a ligar y a simbolizar, o también a traducir, los mensajes enigmáticos traumatizantes que recibe del otro adulto. Una ligazón evidentemente indispensable para el devenir humano del hombre. 

Para concluir

Referirse a la situación antropológica fundamental es, en primer lugar, tomar en consideración el mensaje enigmático del otro y su traducción. 

A partir de ahí, la palabra «inconsciente» puede encontrar tres acepciones, que corresponden a tres elementos referidos a un mismo esquema del aparato del alma.

1) El inconsciente en sentido propio, freudiano, no puede ser otra cosa que lo reprimido, es decir, en nuestros términos, el residuo de la traducción siempre imperfecta del mensaje. A él va a oponerse un yo preconsciente, que es el dominio donde se constituye, historizándose, una personalidad que mantiene al inconsciente bajo presión, a la vez que se ve infiltrada por él.

2) El inconsciente enclavado puede incluso ser llamado subconsciente, puesto que sólo se mantiene latente por la fina capa de la consciencia. Constituido por mensajes no traducidos, puede ser considerado –aunque inexactamente- como coextensivo de una parte psicótica del ser humano. Un examen más completo nos permite distinguir ahí –al lado de lo que verdaderamente ha sufrido un fracaso de traducción y que sería verdaderamente inasimilado, prepsicótico- elementos de mensajes aún no traducidos, en espera de traducción, y tal vez también mensajes detraducidos, en espera de una nueva traducción. Sería, pues, tanto una zona de estancamiento como una zona de pasaje, de tránsito.

 3) Por último, el pseudo-inconsciente de lo mito-simbólico no encuentra su lugar en el interior del aparato psíquico. Se lo puede considerar implícito y, hablando con propiedad, más bien estructural que colectivo. Su función psíquica debe distinguirse de su ser y de su génesis histórico-social. Esta función, capital para el pequeño ser humano, es la de proporcionarle precozmente una «asistencia de traducción» para no dejarlo en estado de desayuda frente a la tarea de contener, de simbolizar, de «tratar» los mensajes adultos que no cesan de acosarlo, la tarea de historizarse gracias a ellos y contra ellos.

Notas

Jean Laplanche, «Trois acceptions du mot «inconscient» dans le cadre de la théorie de la séduction généralisée», Paris-2003. Publicado en Psychiatrie Française, vol XXXVII, «Le concept d’inconscient selon Jean Laplanche», 3/06, 2006, p. 9-25  y en Jean Laplanche, Sexual. La sexualité élargie au sens freudien (2000-2006), PUF, 2007. Traducción: Deborah Golergant  [La traducción de este texto ha sido revisada en octubre de 2013].

1. Para toda esta parte, véase mi «Court traité de l’inconscient», en Entre séduction et inspiration: l’homme, p.67-114 [«Breve tratado del inconsciente», en Entre seducción e inspiración: el hombre, p. 61-97].

2. Freud, Erinnern Wiederholen und Durcharbeiten, GW, X, p. 129.

3. Cf. «Implantation, intromission», en La revolution copernicienne inachevée, Aubier, 1992. [«Implantación, intromisión», en La prioridad del otro en psicoanálisis, Amorrortu, 1996.].

4. Christophe Dejours propone el término «inconsciente amential», que me es difícil aceptar pues supone que la represión-traducción es un proceso de mentalización que no sufre el inconsciente psicótico. Supone, pues, que los mensajes del otro no son mentales sino que deben llegar a serlo. Me resulta difícil hacer mía una tal oposición alma/cuerpo, mente/soma.

5. Paris: Puf, 1999 [Paranoia y teoría de la seducción generalizada, Madrid: Síntesis, 2004].

6. Cf. C. Dejours, Le corps d’abord, Paris: Payot, 2001, p. 39-117. [El capítulo IV de este libro, La troisième topique, pp.79-118, se encuentra traducido al español en este mismo número de Alter, N. de T.].

7. Por mi parte, junto con otros y después,  ya había intentado poner de relieve esta función creadora del sueño, considerándolo no sólo como expresión sino también como «crisol» del inconsciente. Crisol de perlaboración y de neocreación del inconsciente sexual (Problématiques V, p. 197-210) [Problemáticas V, p. 201-213]. Véase también este mismo propósito en mi artículo «Faut il réécrire le chapitre VII?» [En Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, op. cit, p.51-78].

8. La idea de «asistencia de traducción» ha sido propuesta y desarrollada por Francis Martens (Lanzarote, agosto de 2003).

9. Cf. Claude Lévi-Strauss, La pensée sauvage (1962). La potière jalouse (1985).

10. Mitos modernos como el del «proletariado» o, más cerca de nosotros, el de la «star», no tienen nada que envidiar en complejidad y en eficacia a la «gesta de Asdruval».

11. Lacan observa que nada se opone, en el sueño, a que un pene en el contenido manifiesto remita a un paraguas en el contenido latente, tanto como lo inverso (Ecrits, p. 709).

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