El género en la teoría sexual

Presentación

«Género» es un concepto que aparece tardíamente en la teoría psicoanalítica. Stoller[1] lo introduce recién en 1968 y nos dice que se trata de un atributo que nos es asignado, lo que implica que el sexo biológico no determina nuestra identidad de género. Sin embargo, Stoller no llega al punto de excluir definitivamente a la biología como factor constitutivo de la identidad de género sino que opta por una fórmula mixta: la asignación, por un lado, y la biología, por otro[2]. Excluir a la biología como factor constitutivo de la identidad de género supone abandonar la posición esencialista, que caracteriza la forma de abordar la cuestión incluso desde la perspectiva de los estudios de género. Según esta posición, el sexo biológico estaría en la base del género, pudiendo ser  esta “realidad” o bien aceptada como tal o bien repudiada, destruida, subvertida… Pero, ¿cómo entender la relación entre sexo y género desde el psicoanálisis? O, en palabras de C. Dejours, «¿qué significación conviene darle a la diferencia de sexos en la teoría sexual»? (Cf. «Por una teoría psicoanalítica de la diferencia de sexos»). Este segundo número de ALTER reúne textos que aportan  unas bases sólidas para pensar este tema.

Una de las propuestas novedosas que nos presenta Laplanche en su artículo  (Cf. «El género, el sexo, lo sexual») es que, en el curso de la historia individual y la constitución de la identidad, el género es anterior al sexo: el género no viene a simbolizar o a interpretar la realidad anatómica del sexo sino que, por el contrario, ésta última –la diferencia sexual anatómica- le sirve al niño para simbolizar après-coup la realidad cultural del género, que le es  transmitida y hasta impuesta desde el nacimiento en la relación con sus objetos significativos. La identidad de género comienza a constituirse antes de que se descubra la diferencia de sexos. El niño distingue entre individuos pertenecientes a los géneros femenino y masculino –por sus comportamientos, costumbres, tono de voz, etc.- y llega a considerarse como integrante de uno de esos dos grupos antes de percibir la diferencia anatómica de sexos. De modo que podría decirse que cuando descubre esa diferencia –alrededor de los tres años- lo que percibe es ya una interpretación favorecida por la cultura: el niño ve un solo órgano sexual,  que en el caso de las niñas está ausente. La “teoría de la castración” sería el correlato de esa percepción, diríamos ilusoria, de la diferencia anatómica de sexos. Esta teoría es, desde la perspectiva que aquí presentamos, una simbolización de la diferencia de géneros, según la cual los individuos que pertenecen al género femenino recibieron un castigo –la castración- mientras que los que pertenecen al género masculino  no lo han recibido aún, aunque la amenaza del castigo persiste para ellos. Se trata, a fin de cuentas, de una teoría sexual infantil (Cf. el artículo de J. André), a pesar del estatuto metapsicológico que pretende darle Freud[3] cuando habla, por ejemplo, de la “roca biológica”, confundiendo, por lo demás, «anatomía» y «biología».

De modo que un punto importante en la elaboración de Laplanche será insistir en la necesidad de la  distinción entre, por un lado,  la anatomía (y concretamente la  percepción de la anatomía), y por otro lado la biología. Ahora bien, si nos ubicamos en el terreno de ésta última, es legítimo preguntarse si acaso las hormonas sexuales no son un factor importante en la constitución de nuestra identidad de género. La respuesta es clara: si bien es cierto que existe una impregnación hormonal peri-natal,  ésta se interrumpe rápidamente para reaparecer recién en la pubertad, y no tiene ninguna influencia en la constitución del género. En este punto Laplanche  coincide, además, con Stoller: no hay ninguna evidencia científica de una determinación hormonal del “cerebro”  que se traduciría en un “psiquismo” macho o hembra (Cf. «El género y Stoller»).

Así, parece inevitable otorgar toda su importancia a la idea de «asignación»: para poder identificarse con algún género, antes el niño debe ser identificado (por los adultos cercanos) como perteneciente a ese género. Pero esta «identificación primaria» -que es la asignación del género- no está libre de conflicto y, a diferencia de Stoller, Laplanche insiste en este aspecto conflictivo. Según él, el proceso de asignación de género se lleva a cabo a través de lo que llama mensajes enigmáticos: mensajes comprometidos -cargados de significaciones inconscientes- que el niño debe traducir o comprender après-coup pero que son enigmáticos también, y en primer lugar, para el adulto que los propone. De modo que el proceso está “interferido” por las fantasías inconscientes de sus protagonistas adultos, sobre todo las que están relacionadas con la constitución de su propia identidad de género. El sexo, la percepción del sexo y su interpretación, es lo que ayudará al niño a  traducir o a dar sentido a esos mensajes enigmáticos recibidos desde el origen, que difieren según cada caso particular.

Desde esta perspectiva, no es difícil advertir que la tipicidad de la traducción en cuestión –la teoría de la castración-  es favorecida por el mundo cultural, y que lo era en la época de Freud mucho más que hoy en día. ¿Es posible que  nuestra cultura esté dejando de favorecer esa interpretación de la diferencia de géneros? ¿Es la in-diferencia de los sexos una ficción o un desafío? (Cf. el artículo de C. Dejours). Laplanche muestra que, «apenas es adquirida, la diferencia masculino/femenino está destinada a problematizarse, a contaminarse rápidamente», lo que le hace señalar la precariedad de esa «lógica binaria» en la que se sostiene la teoría de la castración (Cf. «El género lingüístico»). Se trata de una lógica que permite pensar la diferencia  en términos de la  presencia o la ausencia de un único atributo:  existiría sólo un sexo (el masculino), que puede estar o no presente.

Pero los artículos presentados en este número también nos permiten recordar que, incluso si en un futuro nuestra forma de simbolizar el género llegara a transformarse radicalmente, el psicoanálisis conservaría plenamente su capacidad de aportar una teoría coherente para la comprensión del ser humano, pues el inconsciente –que no conoce la oposición ni la negación- es indiferente a la realidad cultural de la diferencia de género. Lo que tal vez dejaría de tener sentido es seguir ubicando a los complejos de Edipo y castración en el núcleo del inconsciente -o considerarlos pilares del edificio psicoanalítico- pues la contingencia de los relatos que los sostienen, su estatuto secundario y dependiente del contexto histórico-social, se volvería cada vez más evidente.

¿Habría que lamentar que estas herramientas culturales de simbolización estén perdiendo vigencia o estén dejando de ser eficaces? Muchas veces escuchamos que se intenta relacionar a estos cambios recientes –relativos a la flexibilización de las diferencias de género y de la identidad de género- con un desmoronamiento de la Ley.  Si la cuestión fuese tan simple tal vez podríamos pensar que nuestra cultura está retrocediendo, que los mencionados cambios únicamente llevarían al desorden, la desestructuración y el caos, tanto a nivel social como a nivel psíquico. Sin embargo, por otro lado sabemos que las transformaciones importantes casi siempre generan, al comienzo, incertidumbre y cierta desorganización, siendo necesario que pase un tiempo para que se vuelva a alcanzar un orden, para que se recomponga una estructura distinta. Parafraseando a Laplanche[4]: no se puede pretender construir un orden nuevo, menos rígido, más auténtico o menos sujeto al inconsciente,  sin tener que asumir –duelo incluido-  la destrucción del anterior.

Deborah Golergant
Directora Editorial

Notas

[1] Sex and gender. On the development of masculinity and femininity, Science House, 1968.

[2] Laplanche («El género y Stoller») muestra lo ambigua y confusa que resulta la posición de Stoller respecto a la biología.

[3] Cf. Algunas consecuencias psíquicas de las diferencias anatómicas entre los sexos (1925), O.C. v. XIX o Análisis terminable e interminable (1937), O.C. v. XXIII.

[4] Cf. por ejemplo en «Temporalidad y traducción», «El tiempo y el otro» o «El psicoanálisis entre determinismo y hermenéutica», en La prioridad del otro en psicoanálisis, Bs. Aires, Amorrortu, 1996.