Traumatismo, traducción, transferencia y otros trans(es)

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Ponemos palabras en el papel un poco al azar, animados por la asonancia, seducidos por el efecto producido o a producir: traumatismo, transferencia, traducción, transe, trascendencia. A partir de ahí quedan inscritas, no del todo sin historia ni sin intención deliberada, pero en una especie de hiato donde exigen cobrar sentido. Y desde entonces no hay descanso, quedan investidas por la exigencia de la conferencia como puntos de estimulación desde donde irradia la inquietud, si no la angustia: verdadero diablillo cuya energía hay que ligar antes de cualquier esperanza de hacerla fluir, obteniendo así un cierto placer. Tenemos ahí más que una imagen, más que un modelo: uno de esos micro-traumatismos renovados que acentúan, que relanzan nuestra actividad creadora.

En cambio el título propuesto para estas Jornadas -«Actualidad del traumatismo»- cuyo fraseo exacto no había retenido mi atención hasta hoy, no provocó en mí ese desfase ni esa amenaza de desbordamiento. Desearía situarme, en efecto, en una cierta actualidad, muy precisamente en la actualidad del movimiento psicoanalítico y de lo que se ve llevado a descubrir sobre sí mismo.

Los documentos sobre la historia del psicoanálisis se acumulan y no hay editor que no proponga consagrarles una o varias colecciones de obras: historia de los pacientes, especialmente los pacientes de Freud; historia de los documentos que conciernen a Freud; historia de los analistas y del movimiento psicoanalítico.

El expediente Schreber no deja de crecer: documentos minuciosamente recolectados sobre un padre a quien no estamos lejos de colmar de todos los males, genealogías que se remontan a hace siglos a la búsqueda del famoso asesinato del alma, traducción de textos inéditos…Desde ahora se convoca a «Congresos Schreber».

Los expedientes del «Hombre de los lobos» también se vuelven accesibles. Aquí, para hablar como Michel Shneider, la explotación es más ordenada, más controlada. Por lo demás, es el propio Hombre de los lobos quien de entrada fue conservado como una pieza: una pieza anatómica como parte de los archivos.

Los Archivos Freud, esa gran maquinaria concebida para custodiar todos los documentos de nuestra fabulosa historia, nos seducen con la esperanza de otros «trofeos». Pero cuando de pronto aparece un arqueólogo pirata, un saqueador de tumbas, un periodista (Karin Obholzer), entonces se produce el desconcierto en la tribu.

Perturbación y pánico, en los Archivos, con la apertura sin reservas de la correspondencia Freud-Fliess. De pronto un aventurero, un Avida Dollars, le saca provecho a aquello que los analistas «respetables» sólo habían podido obtener mostrando que tenían carta blanca. Después de presentarse ante nuestros Cerberos por una operación-seducción sin precedente, lo vemos divulgando, profanando, comentando sin precaución y, hay que decirlo, sin apenas competencia. El de Jeff Masson fue un coup de force a la vez publicitario y saludable. El saqueador de tumbas rompe objetos, destruye los estratos que a otros les toma años fotografiar y archivar, lo pone todo a la venta… por supuesto que a un alto precio. Sin embargo, sin él la historia oficial y hagiográfica –inaugurada por el propio Freud- seguiría teniendo lugar.

¿Qué ocurre con toda esta conmoción y sus resurgimientos? ¿Qué beneficio, qué progreso aporta al análisis, a su teoría y su práctica?

Dos debates fueron reactivados y causaron estragos, debates tan viejos como el propio freudismo y nunca resueltos: ¿Cuál es la parte respectiva del fantasma y/o de la realidad en la causalidad de la neurosis o, simplemente, del propio ser psíquico? ¿Cuál es la responsabilidad, incluso la culpabilidad, de los padres y/o de los niños en un destino por lo general poco envidiable?

Sin duda son debates conexos -uno supone al otro- donde las tomas de posición deberían ser, si no matizadas, al menos contextualizadas. Pero ahí están nuestros saqueadores de tumbas esgrimiendo sus fragmentos de estatuas y escribiéndose: «Apenas me atrevo a creerlo. Todo indica que Schliemann había exhumado esta Troya que consideramos legendaria». El primero de los ladrones de necrópolis es el propio Freud, y aquí habrán reconocido un fragmento de una carta a Fliess; carta tardía (21 de diciembre de 1899), muy posterior a la así llamada conversión al fantasma.

¿Fantasma o realidad?, ¿falso problema o verdadero debate? Verdadero problema mal formulado, por el «o» que impide cualquier articulación. Pero sobre todo un problema que debe transmutarse, si es cierto que para Freud -y más aún para quienes pretenden rehabilitar o, por el contrario, descalificar el traumatismo real- no está claro de qué realidad se trata.

Traumatismo físico – traumatismo psíquico – concepción traumática de la neurosis. Aquí tenemos tres entidades en derivación, es decir, a la vez en continuidad y en discontinuidad, con cambio de registro por metonimia y por metáfora. Lo que seguro las une es la noción de perforar. Tpαṽμα nos conduce a τιτpἁω o τιτpὡσҡω y a las raíces τpω, τop, tαp o τpα: perforar, agujerear, penetrar, donde la penetración sexual está explícitamente presente. Ello nos remite a las descripciones definitivas de Freud en «Más allá del principio de placer»: el trauma es efracción, efracción extensa y no limitada de una envoltura. Invasión que implica la necesidad de emplear todos los medios improvisados para bloquear al invasor, incluso antes de pensar en evacuarlo. La noción de efracción, en la herida, es tan esencial que Freud nunca asimila el cercenamiento, la castración, a un trauma en sí. Ahí falta un intermediario esencial: la castración solo es trauma en la medida en que deja librado al organismo, desde entonces sin escape, a la acumulación y a la efracción por la energía interna.

¿Qué organismo?, ¿limitado por qué envoltura?, ¿perforado por qué flecha o proyectil? Aquí entra en juego toda una serie de envolturas que actúan unas por relación a las otras: cuerpo, yo-cuerpo o yo-piel, aparato psíquico, yo…con coincidencias parciales que se producen o se pierden y donde tienen un rol capital los puntos de tangencia de esas envolturas, es decir las zonas de entrada y salida del cuerpo, las zonas erógenas. «El ojo es la ventana del alma», dice Leonardo: el mayor peligro se da cuando las ventanas, los puntos débiles, se superponen uno al otro. Hay, pues, una teoría (a la vez realidad y modelo) espacial-económica del trauma, una teoría perfectamente elaborada por Freud a la que no puedo volver aquí[1]. Y, de forma complementaria, hay una teoría temporal. Digo que son complementarias porque de ningún modo se excluyen en las formulaciones freudianas.

Quisiera ceñirme a este aspecto temporal que, como mínimo, está disimulado en la noción de traumatismo psíquico (o físico-psíquico) masivo. Podría decirse que aquí la repetición oculta el après-coup. Por el contrario, donde mejor se observa es en la concepción traumática de la neurosis. Una concepción nunca abandonada o siempre recuperada, wiederbelebt: «La vieja teoría del trauma, que por cierto se había edificado sobre impresiones obtenidas en la terapia psicoanalítica, recuperó de golpe su vigencia»; esta observación se encuentra en «De la historia de una neurosis infantil»[2] y quisiera retomar un momento esta problemática del Hombre de los lobos. Desde luego que no con la intención de «rehacer», una vez más y «mejor que otros», su análisis. Sobre esta formulación los remito al bello prefacio de Michel Schneider, que precisamente muestra cómo Sergueï Constantinovitch Pankajeff fue «rehecho» [a eté “refait”][3], en todos los sentidos del término, por Freud y la comunidad analítica. Rehecho: por sus análisis sucesivos; cogido en la trampa: por la coincidencia forzada y alienante de la teorización analítica con esa auto-simbolización que encontramos en el movimiento mismo de un análisis auténtico; cercado: por el término temporal autoritariamente fijado por Freud (Leclaire), quien hará del fin de su análisis un periodo «en que la resistencia desaparecía por momentos y el enfermo hacía la impresión de tener una lucidez que de ordinario solo se alcanza en estado hipnótico»[4]. (En este paréntesis de tiempo casi hipnótico nos conectamos tanto con los inicios del psicoanálisis como con lo que Ferenczi llama «transe»). Y luego, last but not least, la puesta en archivo, el hecho de ser convertido en pieza teórico-clínica, lo que, en mi opinión, no hace más que llevar al extremo el peligro latente de toda «comunicación clínica».

Sin entrar en detalle, me limitaré a interrogar algunos momentos del recorrido de Freud. Para hacerlo me basta una cronología rudimentaria: al año y medio, la escena originaria; a los cuatro años, el sueño que está en el origen de la fobia. En este lapso, recuerdos parciales de tinte sexual genital (la masturbación por la hermana) o genito-anal (la escena con Groucha), todo ello salpicado de amenazas de castración.

¿Recuerdos? ¿Reconstrucciones? ¿Recuerdos-cobertura? La cuestión sigue en pie: precisemos algunos elementos de respuesta. La escena originaria (observación del coito parental) es enteramente construida. Ello nos es confirmado por Freud y por la entrevista al Hombre de los lobos. Se trata de una construcción retroactiva durante el análisis a partir del sueño y sus asociaciones. Freud somete a «verificación» cada elemento terminal, cada punto nodal de las cadenas asociativas. Algunos son «rechazados» por el paciente en el sentido de que la interpretación no suscita nuevo material. Así ocurre con la hipótesis de una amenaza de castración formulada por el propio padre: se abandona por falta de fecundidad. En cambio otras sugerencias de Freud son «aceptadas», como aquéllas que provocan síntomas transitorios. Señalemos que desde entonces el «levantamiento de la angustia infantil» es abandonado, como meta del análisis, en beneficio de lo que no es más que una reconstrucción debidamente confirmada. El proceso de construcción[5], así como el propio término, están presentes mucho antes del artículo sobre las «Construcciones en el análisis».

Sin embargo, señalemos este punto importante: sabemos que todo el debate se centra en esa reconstrucción de la escena originaria y su mayor o menor realidad factual; pero al mismo tiempo toda la eficacia, todo el poder traumatógeno se sitúa fuera de la escena originaria, por lo tanto ¡fuera del debate!

¿Dónde está el traumatismo? Freud lo sitúa categóricamente en el sueño y en su efecto de après-coup: «el suceso que permite esta separación [de la historia del paciente en dos fases] no fue un trauma externo, sino un sueño del que despertó con angustia»[6]. Y también: «La activación de la imagen, que ahora puede ser comprendida merced al mayor desarrollo intelectual, opera como un suceso fresco, pero también como un nuevo trauma, una intervención ajena análoga a una seducción»[7]. El trauma, la efracción propiamente dicha, está en el sueño: en el momento del ataque interno.

¿Dónde está la seducción? Explícitamente, hay que reconocer su realidad factual en las escenas llamadas «intermedias», episodios con la hermana y con las empleadas domésticas. Pero lo cierto es que está más bien en la reactivación de escenas unas por relación a otras, relación que solo se comprende en el espacio temporal abierto entre la escena originaria y el sueño. Sin embargo, Freud nunca se atreverá a situar a la seducción en la propia escena originaria. Como si la seducción tuviera que seguir siendo una estructura aparte, al lado de las otras[8].

Es necesario volver a esta escena originaria con todos sus detalles concretos: volver a la necesidad que empuja a Freud a volver a ella. Todo el proceso del trauma, toda la teoría de la seducción se sitúa en un juego de après-coup, en una sucesión de traducciones (volveremos a esto). Ahora bien, Freud necesita que todo encuentre su punto de partida en lo percibido, en la imagen. Sabemos que la discusión entre la imagen realmente percibida y/o el fantasma originario es interminable. Pero sea como fuere, escena vivida o fantasma originario, se trata de una imagen sin fallas, de un puzle donde todas las piezas deben encajar. «Las diferentes piezas de este material encajaban perfectamente unas con otras»[9]. Y solo cuando el puzle se muestra imperfecto es que se va a buscar las piezas en la filogénesis, o al menos en el esquema que supuestamente proviene de ella.

Aquí aprovecho la ocasión para tomar mis distancias respecto a esa noción freudiana de fantasma originario, que desenterramos Pontalis y yo: ni su origen, ni su función, ni su situación tópica, ni su supuesta fijeza me parecen aceptables tal como las afirma Freud. Para tomar el ejemplo preciso del Hombre de los lobos y de la escena originaria, elementos evidentes me parecen corresponder al après-coup de la traducción sádico-anal, sin que sea necesario en absoluto postularlos en alguna imagen onto- o filogenética. Debemos añadir que, en el texto de Freud, esta cuestión está verdaderamente contaminada por el debate con Jung: digamos, con una fórmula, que el zurückphantasieren impide que se desarrolle el zurükkonstruiren.

Aquí resurge otra cuestión, otro debate, tal vez él también desviado por una polémica: la discusión con Adler. La cuestión es aquélla de la represión y sus causas. En el Hombre de los lobos la represión está ligada al sueño y al traumatismo. El sueño restaura la organización genital y, al mismo tiempo, la hace caer. En su lugar surge el síntoma fóbico. Pero aquí inevitablemente reaparece el debate presente en la correspondencia con Fliess, que persiste hasta «Pegan a un niño»: ¿qué es lo que se reprime y por qué? Cuestión que muy pronto se formula así: ¿es necesario «sexualizar» la teoría de la represión?[10] Freud oscilará sobre la respuesta durante mucho tiempo, tal vez siempre. Pero aquí, en el Hombre de los lobos, es claro: lo reprimido es la pasividad que conlleva el riesgo de un desbordamiento, de una destrucción del yo: «La actitud homosexual que se estableció en el curso del sueño era de tal intensidad que el yo del pequeño era incapaz de dominarla y se defendía de ella por un proceso de represión. La masculinidad narcisista del miembro viril… fue invocada para ayudar a realizar ese destino»[11]. Como pueden ver, el complejo de castración, la diferencia masculinidad-feminidad, solo viene al rescate para sellar la represión. Pero, por sí misma, ésta es un proceso destinado a dominar una pasividad (y no una feminidad) esencial. Recordemos eso que Freud afirma firmemente desde el comienzo: todo lo sexual comienza en una experiencia de pasividad, posición que no dejará de encontrar ecos o repercusiones, por ejemplo en el planteamiento sistemático de la histeria como lo que está detrás de la neurosis obsesiva.

La cuestión es saber si logra definir la pasividad, porque creo que ahí se enreda. ¿Se trata de la iniciativa del gesto? Pero entre el Hombre de los lobos y su hermana que le coge el miembro –o incluso entre violador y violado adultos- ¿quién tiene la «iniciativa»? ¿Se trata de la penetración? Pero entre la penetración sexual y la penetración traumatizante tal vez la coincidencia no es absoluta. Ello parece evidente; sin embargo, recordaré la perplejidad de Freud ante la lactancia de Leonardo: «parece contener más cosas que aún no comprendemos. En efecto, su rasgo más llamativo era que mudaba el mamar del pecho materno en un ser-amamantado, vale decir, en pasividad y, de este modo, en una situación de inequívoco carácter homosexual»[12]. Aquí la lengua alemana dispone de tres verbos que permiten un juego considerable: saugen, verbo activo: mamar; saügen, verbo activo factitivo: dar de lactar, amamantar; sesaügt wender, verbo pasivo: recibir el pecho, ser amamantado. Un juego que Freud no aprovecha porque permanece prisionero de un esquema de la pulsión sujeto-céntrica, donde quien es activo es necesariamente el lactante, «sujeto» de la pulsión oral. De ahí ese enigma de una pulsión activa y sin embargo «no penetrante». De ahí los rodeos para rencontrar, a partir de la «actividad» del lactante, la «pasividad» homosexual de Leonardo y, en primer lugar, su pasividad inscrita en el famoso recuerdo del pájaro. Para volver a encontrar esa actividad de la madre seductora, Freud debe pasar por un intermediario obligado: los «besos apasionados» que supuestamente dejó «caer» en la boca de su niño. Como si el saügen, el hecho de dar, de proponer, hasta de imponer el pecho, no fuese suficientemente activo y penetrante por sí mismo.

Sin embargo, la pura gramática no basta para orientarnos entre el saugen y el saügen. Para ofrecer una ilustración polémica, solo mencionaré que al tratar de aclarar esta cuestión de la pasividad –esencial en la seducción- para un público londinense, me encontré con una incomprensión masiva y tal vez irreductible: claro –me replicaron- en un ciclo de comportamiento madre-niño todo es interacción; la complementariedad y la reciprocidad son evidentes; cada uno es activo y pasivo a su manera, el niño tomando el pecho, la madre dándolo. En la interacción el puzle se completa perfectamente. En el límite, no tiene sentido hablar de pasividad…

Aquí me desviaré un poco a riesgo de redoblar la incomprensión por este pensamiento empirista, que nos invade con los pretextos perfectamente falaces de la clínica y la observación:

«Definición II: Digo que somos activos cuando, dentro o fuera de nosotros, ocurre algo cuya causa adecuada somos nosotros, es decir, cuando dentro o fuera de nosotros se desprende de nuestra naturaleza algo que, por sí mismo, puede conocerse clara y distintamente. Por el contrario, digo que somos pasivos cuando ocurre algo en nosotros o se desprende de nuestra naturaleza algo cuya causa no somos más que parcialmente».

«Proposición I. Nuestra alma es activa en ciertas cosas y pasiva en otras, a saber, en tanto que tiene ideas adecuadas es necesariamente activa en ciertas cosas; en tanto que tiene ideas inadecuadas es necesariamente pasiva en ciertas cosas»[13].

Citar a Spinoza (hubiera podido escoger a otros cartesianos) puede parecer provocador; sin embargo, el vocabulario del alma no es ni más ni menos espiritualista que en Freud; el recurso a las «ideas» adecuadas o inadecuadas no nos lleva necesariamente por la vía del intelectualismo, sino por la de los medios que el pequeño ser humano tiene a su disposición para intentar dominar lo que le llega del mundo adulto. La pasividad y la actividad no deben definirse ni por la iniciativa del gesto, ni por la penetración o por cualquier otro elemento comportamental. La pasividad se encuentra enteramente del lado de la falta de preparación para simbolizar lo que el otro nos hace experimentar[14]. Así, para diferenciar y articular el saugen y el saügen, se descalifican las nociones de interacción y de reciprocidad. El saugen es un montaje comportamental, del orden de la autoconservación. El saügen es sin duda un comportamiento, pero habitado por un mensaje «en sí mismo ignorado». El gesaügt werden es ese momento en el que «ocurre algo en nosotros cuya causa no somos más que parcialmente»[15], cuya causa adecuada intentamos en vano llegar a ser. La pasividad de la seducción, generadora del trauma interno, no es la pasividad gestual o comportamental. El niño que mira ávidamente la escena originaria es tan pasivo, en el sentido de Spinoza, como aquél que es masturbado por su madre, en la medida en que hay una inadecuación fundamental de su comprehensión frente al mensaje propuesto.

De modo que pasamos del puzle al enigma y a lo que llamo «trascendencia». Observen que ésta tiene una relación muy estrecha con lo que debemos definir como situación originaria de seducción. Con la seducción, con la teoría y los hechos de seducción, llego a ese segundo grupo de documentos que recibimos y eventualmente nos abruman: Cartas a Fliess, encuestas de Marianne Krüll o de Masson y, ya antes, de Schur. Documentos centrados, como por un epicentro, alrededor de lo que se ha querido bautizar –y lamentablemente este nombre de bautizo se conserva en la piel- «abandono» de la teoría de la seducción. El título del pequeño libro de Masson es The assault on truth. Freud´s suppression of the Seduction theory, traducido al francés por «Le reel escamoté. Le renoncement de Freud à la Théorie de la séduction»[16]. Detengámonos entre el título y su traducción, la cual tal vez corresponde mejor a lo que ocurrió y que no es necesariamente lo que quiere decir Masson… Porque para Masson y todos los otros, los hechos reales de seducción y la teoría de la seducción son una sola y misma cosa: la seducción sexual, en virtud de su realidad factual, sería un traumatismo contingente, patógeno, del que uno no se recupera… Hay que preguntarse qué es para Freud. Pero sobre todo hay que preguntarse a qué bebé tiró junto con el agua de la bañera. Hoy en día todo el mundo retoma la famosa carta del equinoccio de septiembre de 1897: «Ya no creo en mi neurótica…». Se puede considerar cómodamente a esta carta como una serie de argumentos que refutan una teoría. Así lo hace, por ejemplo, Marianne Krüll. Una carta de «falsificación», diría Popper. ¿La «falsificación» o «refutación» de 1897? ¿Por qué no? Ello al menos mostraría que el psicoanálisis está sujeto a refutaciones, cosa que no me molesta; pero con la importante condición de no considerar a la cura como un dispositivo experimental adecuado para tal refutación.

Sea como fuere, esta refutación de 1897 debe ponerse en duda tanto en lo que refuta (¿o rechaza?) verdaderamente, como en el valor –a menudo «estilo caldero»- de sus argumentos. ¿De qué se trata con ese regreso al periodo de 1897? (supuesto periodo: porque la evolución es más compleja, con retornos, etapas). Se proponen tres posibilidades, tres interpretaciones, tres opciones:

La opción de los revisionistas salvajes o de los «enamorados de lo real» -como decía Platón-, ésos que no descansan hasta que no queman los árboles. Si se les sigue en su ardiente discurso, los argumentos de Freud en 1897 serían de mala fe y estarían ligados a su resistencia a llevar a fondo el autoanálisis. Resistencia ante lo real infantil marcado, como bien se señala de paso, por la «perversión» del padre; resistencia ante lo real que también se interpondría en la relación actual con Fliess (bajo la doble figura de Emma Eckstein y de los hijos de Fliess…). Más allá del análisis del individuo Freud habría que retomar la pista de la investigación histórica, que sería el análisis mismo, en ese momento de rezongueo: sobre todo la actualización de los eventos de seducción, tomada en el sentido más concreto (los hechos de pedofilia adulta).

Diré francamente que aquélla es una vía innegable, inevitable, incluso si peca de una completa falta de cuestionamiento sobre lo que significa esa pedofilia y sobre la forma en que puede ser recibida. En cierta forma es la vía de Ferenczi; pero es también la de Freud, precisamente en el «Hombre de los lobos».

Sin embargo, sabemos que los recuerdos de esos hechos se remontan a escenas relativamente tardías, de suerte que, más allá de ese callejón sin salida mnemónico, se proponen dos senderos azarosos: el de la reconstrucción y el del transe. Dos vías siempre presentes que se ponen a prueba una y otra vez alternativamente o conjuntamente, precisamente desde la cura del Hombre de los lobos. Vías forzadas, tanto una como la otra, en la medida en que se llevan al extremo: ese extremo que, al final de «Construcciones en el análisis», se designa como la reactivación alucinatoria indeseable de restos metonímicos de escenas originarias.

Es solo a título de indicación que cito la segunda opción posible a propósito de la revisión de 1897. La fórmula clásica nos dice que abre la vía al reconocimiento de la realidad psíquica, de la vida fantasmática espontánea y del complejo de Edipo. Se habrá adivinado que este happy end no es de mi agrado. En el peor de los casos alimenta las hipótesis biológico-filogenéticas sobre el Edipo, que no dejarán de asediar al freudismo. En el mejor de los casos, dirige los intentos para una interpretación estructuralista o estructural-culturalista del Edipo, que fracasan en situar correctamente de qué lado se encuentra la castración y, más generalmente, la ley.

La tercera salida a partir de la revisión de 1897 será, si ustedes quieren, una profundización de la noción de seducción. Hablé de tres salidas. Aunque de hecho Freud (como lo dice respecto a otro tema –pero ¿no sería el mismo?-, el del Hombre de los lobos) «conservó las tres corrientes lado a lado». Su teoría, su libido, se vio fragmentada según tres vías: la que continúa rastreando el acontecimiento, la que se impone como norma mantener el análisis suspendido en el ámbito de la «realidad psíquica», y la que intenta elaborar la noción de seducción llevándola hacia lo esencial, especialmente hacia la seducción de base que estaría representada por los cuidados maternos.

Freud no podía ir más lejos. No podía profundizar más en la articulación original del acontecimiento y el fantasma, que constituía lo esencial de su teoría tal como la encontramos tanto en el Proyecto como en La etiología de la histeria o en el Cuento de Navidad. La verdadera teoría de la seducción articulaba el depósito de un primer real, de un primer acontecimiento, y la eficacia que adquiría al volverse reminiscencia, cuerpo extraño interno. Faltaba mostrar cuál era la naturaleza de ese primer depósito, de esos primeros trazos externos-internos, así como diferenciar ese real de lo que simplemente sería percibido objetivamente, de una simple imagen.

La carta 112 de Freud a Fliess[17], con fecha 6 de diciembre de 1896 –es decir en pleno periodo de desarrollo de la teoría de la seducción-, es tal vez lo que mejor indica el lugar que Freud dejó libre para la mutación que proponemos. Lo mejor que puedo hacer es comenzar citando alguno de los pasajes que comentan este primer esquema del aparato del alma:

« Tú sabes que trabajo con el supuesto de que nuestro mecanismo psíquico se ha generado por estratificación sucesiva, pues de tiempo en tiempo el material preexistente de huellas mnémicas experimenta un reordenamiento según nuevos nexos, una retranscripción [Umschrift]. Lo esencialmente nuevo en mi teoría es, entonces, la tesis de que la memoria no existe de manera simple, sino múltiple, está registrada en diversas variedades de signos…He ilustrado todo esto con el esquema siguiente…:

I                   II                   III

P                 Ps                    Ic                   Pc           Cc

               x x   ——–   x x ———–   x x ———– x x ——– x x   x

                 x                   x x                 x x                 x             x

«P son neuronas donde se generan las percepciones a que se anuda conciencia, pero que en sí no conservan huella alguna de lo acontecido. Es que conciencia y memoria se excluyen entre sí.

Ps (signos de percepción) es la primera transcripción de las percepciones, por completo insusceptible de conciencia y articulada según una asociación por simultaneidad.

Ic (inconciencia) es la segunda transcripción, ordenada según otros nexos, tal vez causales. Las huellas Ic quizá correspondan a recuerdos de conceptos, de igual modo inasequibles a la conciencia.

Prc (preconciencia) es la tercera retranscripción, ligada a representaciones-palabra, correspondiente a nuestro yo oficial. Desde esta Prc, las investiduras devienen conscientes de acuerdo con ciertas reglas, y por cierto que esta conciencia-pensar secundaria es de efecto posterior [nachträglich] en el orden del tiempo, probablemente anudada a la reanimación alucinatoria de representaciones-palabra…

Quiero destacar que las transcripciones que se siguen unas a otras constituyen la operación psíquica de épocas sucesivas de la vida. En la frontera entre dos de estas épocas tiene que producirse la traducción del material psíquico… Toda vez que la reescritura posterior falta, la excitación es tramitada según las leyes psicológicas que valían para el periodo psíquico anterior, y por los caminos de que entonces se disponía. Subsistirá así un anacronismo, en cierta provincia regirán todavía unos “fueros”; aparecen “relictos”.

La denegación [Versagung] de la traducción es aquello que clínicamente se llama “represión”»[18].

Antes de forzar nuestro cuño en este ensamblaje apretado, situemos el modelo en cuestión: se trata de un modelo a la vez genético (diacrónico) y tópico (sincrónico). En ese marco se sitúan consideraciones económicas y dinámicas también esenciales. Los sistemas en cuestión se suceden en el tiempo y se ordenan en el aparato. Es un modelo semiológico pero no un modelo lingüístico: los sistemas están formados por signos, por huellas de diferente naturaleza; los signos lingüísticos solo aparecen con la «tercera rescritura», la del preconsciente.

Es un modelo «traductivo»: el pasaje de un sistema a otro es una nueva inscripción según un código heterogéneo respecto a aquél que lo precede. La represión, la conservación en el inconsciente no es otra cosa que el fracaso, el obstáculo, el «rehusamiento» (Versagung) de la traducción.

En este modelo admirable todo el enigma (es una buena ocasión para mencionarlo) recae en la naturaleza del sistema Wz, sistema pre-inconsciente[19] que participa a la vez de la percepción (W) y del zeichen. Zeichen: ¿signo o indicio? En los sistemas siguientes es evidente: una traducción sólo puede operar a partir de signos que re-transcribe. Lengua de origen y lengua de llegada, cada sistema es a la vez los dos: punto de llegada para el que le precede, origen para el que le sigue. Pero con el primer sistema la situación es distinta: supuesto producto de la percepción, solo representa un índice objetivo de ésta; pero, por otra parte, ¿cómo podría proponerse para una traducción si no se presentara como signo? Y si se impone al niño como un a traducir, si debe intentar traducirse en una traducción originaria que no puede más que dejar un resto importante -ese fuero que va a caer en el inconsciente como representación-cosa- es solo porque quiere decir algo[20] (en todos los sentidos de esta expresión).

Ferenczi, con su noción de «confusión de lenguas», por un momento parece haber querido completar este modelo genial. Él ubica bien el diferencial, de donde surge todo el movimiento, en la oposición entre dos lenguas. Pero no llega a concebir que lo esencial del diferencial no se encuentra de entrada entre el niño y el adulto, sino, más originariamente, al interior del propio lenguaje adulto. Lo mejor que podría hacer es citar a Gantheret: «es absolutamente sorprendente que Ferenczi no haya dado un paso más en la dirección que había tomado. Nos dice que el lenguaje de la pasión, proferido por el adulto, hace irrupción en la ternura infantil. Pero, ¿cómo Ferenczi, que había insistido tanto en la cuestión del niño en el adulto, pudo en ese momento reducir el adulto… al adulto? Tal vez lo que le lleva a dar ese paso es el hecho de que todo se centraba demasiado realistamente en una escena de violación; pero se trata de un paso que seguramente no hubiese dado de haber permanecido en su intuición del lenguaje de los adultos: porque el lenguaje no puede traer consigo el atentado sin llevarse al mismo tiempo la inocencia; el momento sin la duración. Lo que el adulto impone al niño no solamente se desvía de la ternura infantil: es el desvío en sí mismo»[21].

Así, en lugar de la huella de percepción, del Wz, lo que se registra incluso antes de ser traducido por primera vez, lo que se registra pasivamente, lo que hay que situar, es un «mensaje cuya emisión y significado son ignorados por el propio emisor», un significante enigmático. Lo intraducible, lo reprimido que se depositará en cada estadio posterior, no es sino el eco, el residuo de eso intraducible inherente al propio mensaje. Lo que será traducido, transportado, transferido con más o menos restos -pero nunca sofocado-, es la trascendencia de la situación originaria, esa relación del niño con un adulto que no sabe lo que quiere decir.

Es en este sentido preciso que hablé de una «trascendencia de la transferencia». Como bien se ha señalado, la situación analítica está hecha de ausencia y de simbolización, de contención y de Versagung (negativa y estado de rehusamiento). De modo que es directamente una réplica, una reedición de la situación originaria. De eso no tenemos duda. También conocemos cada vez mejor el juego y la dosificación, a veces peligrosos, entre el trabajo analítico -trabajo de desligazón que, al menos en ciertos momentos, funciona según el principio de la pulsión de muerte- y la necesaria puesta en orden, la necesaria conservación de límites, incluso la prótesis temporal de un yo desfalleciente. El cuerpo del análisis, el encuadre o el setting, como decimos, solo desempeña su función de contención si está habitado por el cuerpo del analista. La atención, antes de ser «igualmente suspendida» es presencia activa, atención y hasta atenciones de un cuerpo. Por supuesto que aquí solo me refiero al análisis relativamente clásico (si lo hay…) de la neurosis. Es por eso que ante todo centraré mi atención en el otro aspecto, en lo que llamamos las frustraciones, los rehusamientos o, también, la neutralidad analítica.

Esto para decir brevemente que el análisis –según una fórmula que circula entre Pascal y Descartes- no valdría ni una hora de pena si fuese ese lugar neutro destinado a permitir que se vuelva a representar, que se agote y luego se deshaga, la secuencia indefinida de temores, represiones y traumatismos antiguos. A pesar de todo, a pesar nuestro hay en el análisis –incluso en el freudiano- la nostalgia de deshacer por la transferencia, deshaciendo la transferencia, lo que en otro tiempo ocurrió «en pleno», «in praesentia». La «anulación retroactiva», Ungeschehen machen, ¿no es el ideal absurdo que se manifiesta a través de términos como «falsa conexión», «repetición», «anacronismo», con los que, siguiendo a Freud, revestimos la transferencia con la esperanza loca e irrisoria de «liquidarla»?

Felizmente mi declaración no es solamente humorística. Porque lo que «no valdría ni una hora de pena» ya no puede producirse cuando lo que se aloja en el hueco del análisis no es un lleno que vendría como a disolverse ahí, sino que es otro hueco. En la trascendencia de la transferencia, la trascendencia de la situación originaria. 

Para decirlo rápidamente, yo distingo dos tipos de negativa del analista o de rehusamientos de la situación analítica[22]. En primer lugar el analista se rehúsa y se niega a plegar el plano de lo sexual sobre el plano de lo adaptativo. Este tipo de negativa es en suma la prolongación interna, la repetición en la cura misma, de lo que llamo la «cubeta» analítica. ¿«Negativa a intervenir en lo real»? Una tal formulación lamentablemente trae consigo todas las aporías de la categoría de lo real y, en el límite, lleva a interpretar solo en el nivel de un fantasma concebido como pura fantasmagoría subjetiva. En mi opinión la cubeta no implica que el acontecimiento real, al que apunta el discurso, no sea objeto eventual de interpretación. Se trata, pues, de otro tipo de negativa, aquélla que se refiere a toda intervención adaptativa: manipulación o consejo.

Pero el segundo tipo de negativa es incluso más esencial, es la negativa del saber. Aquí la fórmula de Lacan es capital pero debe ser trabajada: «el sujeto supuesto saber». El paciente se dirige al analista como a aquél que sabe: la causa de su sufrimiento…lo que quiere realmente…lo que es bueno para él. Lo que no deja de entrar en resonancia con la situación originaria: aquélla del padre-o-madre supuesto…? digamos «supuesto significar». Ahora bien, si el saber aparece o puede aparecer como lo que está en juego, si puede ser el objeto de una demanda imperativa, el deber del analista es rehusarlo. Rehusar el saber es renovar el traumatismo y la seducción originaria; traumatismo atenuado o violento, pero que es lo único que permite volver a poner en marcha el proceso de traducción y de simbolización.

Esto en cierto modo, esto se sitúa en las antípodas de Freud diciéndole a Hans que: «hacía mucho tiempo, antes que él viniera al mundo, yo sabía ya que llegaría un pequeño Hans, etc.». El que Freud, como pretende Lacan, haya sido aquél que sabía –y el único- ¿puede justificar las cosas, incluyendo el archivo del Hombre de los lobos? ¿Acaso Freud no sabía que no sabía? ¿Acaso no lo sabía lo suficiente como para rehusarse a saber? Rehusarse a saber me parece ser la regla, tal vez imposible pero fundamental, que se desprende de nuestro saber teórico.

Para mañana nos prometieron «Escuchar, ligar»[23]. Después de esta larga exposición, ese título me permite pasar naturalmente la posta. Ligar es un per, una perlaboración que tan solo pude ser una escucha, una escucha elaborativa pero siempre subordinada. Tal vez poética; pero no es poeta quien profesa y la chispa solo puede surgir entre dos polos. Es un per que viene a suplir en todo ser humano (que acude a análisis) las fallas, los desgarros, las monstruosidades irremediables del para-excitaciones interno[24].

La transferencia: seguramente es un trans, transporte y transmisión, pero sobre todo no es un transe. Es un trans para permitir un per que, necesariamente, desemboca en otro trans; pues el único destino real y realista que le veo a la transferencia es el de ser a su vez transferida[25]. No se trata -como en la historia siniestra de Jean de Veinard que le cuenta Freud a Ferenczi- de que la transferencia sea endosada a otro, cada vez con una pérdida, con una entropía, y ello hasta el último recorte (una concepción que Lacan no hubiera rechazado…). Se trata de que sea transportada a otro lugar, a otro lugar de trascendencia y para una nueva perlaboración-retranscripción.


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*«Traumatisme, traduction, transfert et autres trans(es)». Conferencia pronunciada el 8 de Diciembre de 1984 en las Conversaciones de Psicoanálisis en Vaucresson, organizadas por la Asociación Psicoanalítica de Francia. Publicada en Psychanalyse à l’Université, 1986, II, 41,p. 71-85 y en La révolution copernicienne inachevée, Paris, Aubier, 1992. Traducción : Deborah Golergant  

[1] Cf. especialmente, Problemáticas I. La angustia, Buenos Aires: Amorrortu, 1988, pp.172-222 Problemáticas III. La sublimación, Buenos Aires: Amorrortu, 1987, pp. 205-237.

[2] (1917), O.C. v. XVII, Buenos Aires, Amorrortu, p. 87.

[3]Corresponde a la expresión española: «le han dado el pego»: se dice de la persona de cuya confianza y credibilidad se abusa para obtener algún beneficio. N. de T.

[4] Op.cit, p.13.

[5] Ibid., p. 49-51.

[6] Ibid., p. 28, entre corchetes comentarios de Jean Laplanche.

[7] Ibid., p. 99.

[8] Y no, como tiendo a pensar, una estructura inherente a los otros «fantasmas originarios», sea la escena originaria o la castración.

[9] G.W XII, p. 125.

[10] Más adelante se comprenderá que mi posición implica distinguir los términos «sexualizar» (conectar a la sexualidad) y «sexuar» (conectar a la diferencia de sexos). El debate con Adler- y ya antes con Fliess- que encontramos en «Pegan a un niño» (O.C. v. XVII, pp.197-200) de hecho se refiere a una sexuación de la represión, que Freud rechaza con razón. Lo reprimido no puede ser definido universalmente ni como el sexo dominado (lo femenino en el hombre y lo masculino en la mujer), ni como, en cualquiera de los casos, la feminidad (en razón de la protesta viril… o del complejo de castración). Pero una vez excluida tal sexuación, hay que decir que la teoría de la represión no puede obviar la referencia a la sexualidad, en el sentido que le da Freud como aquello que desborda por todas partes a la sexuación. Más exactamente, en sus orígenes lo reprimido es inseparable de la sexualidad, eso fundamentalmente inconciliable: está sexualizado de entrada, aunque secundariamente podrá volverse sexuado con la aparición del complejo de castración.

[11] GW, XII, p. 146. Cursivas añadidas por Jean Laplanche.

[12] O.C v. XI, Amorrortu y Cf. Problemáticas III. La sublimación, op. cit., p.88-98

[13] Spinoza, Éthique, tomo I, Paris, Garnier, p. 245.

[14] La actividad, por su parte, solo puede ser definida negativamente, por relación a aquél que es pasivo. El activo absoluto, el adecuado a sí mismo y a sus acciones no es el adulto…sino «Dios».

[15] La famosa triada oral de Lewin: «comer, ser comido, dormir» debería ordenarse y reformularse según la misma secuencia.

[16] J. Masson, Le Réel escamoté, Paris, Aubier, 1984.

[17]Carta 52 según la antigua numeración, lo que indica la magnitud de la censura ejercida para la primera publicación.

[18] O.C v.I, Carta a Fliess del 6/12/1886, Buenos Aires, Amorrortu, pp. 274-276.

[19] Lo que muestra bien, una vez más, que el inconsciente no es lo que está primero, no es el fons et origo del que derivaría todo. (Cf. Problemáticas IV: El inconsciente y el ello, Amorrortu, 1987.

[20] En el original : il fait signe. N. de T.

[21] F. Gantheret, Incertitude d’Éros, Paris, Gallimard, 1984, p. 147.

[22] Cf. Problemáticas V. La cubeta. Trascendencia de la transferencia (1897), Buenos Aires, Amrorrotu, 1990.

[23] Conferencia de André Beetschen: «Écouter, lier»: l’analyste et le pare-excitations».

[24] Para-excitaciones interno tan naturalmente defectuoso… que Freud decía que no existía.

[25] Fórmula ya propuesta por Reich, aunque no sé si la entendía así; supongo que no.