La teoría de la seducción generalizada y el descentramiento del ser humano

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Resumen

Este ensayo tiene como objetivo presentar las principales contribuciones aportadas por el pensamiento de Jean Laplanche al psicoanálisis, tanto desde el punto de vista de la teoría como desde el de la técnica. Parte de la idea de que esas contribuciones no deben valorarse tanto por su trabajo de traducción y de gran estudioso del pensamiento freudiano, sino sobre todo por las nuevas perspectivas abiertas por su reflexión original. El eje tomado para esta presentación es el del movimiento dentro del cual él mismo desearía ser situado, que es el de haber contribuido a consolidar la revolución iniciada por Freud –pero inconclusa- en relación al descubrimiento del inconsciente y del descentramiento que representa. Siguiendo este norte, veremos cómo es llevado a rescatar la Teoría de la Seducción freudiana para reformularla y posibilitar su generalización. Ello porque, a su entender, la alteridad del inconsciente y el consecuente descentramiento al que da lugar, solo pueden sostenerse por la otra persona del proceso de seducción concebido como la situación antropológica fundamental. Esta presentación se cierra con una discusión de las contribuciones de Laplanche en el plano de la práctica, donde se destaca su preocupación por instrumentalizar la teoría de modo que pueda prevenir contra todo intento de imponer al método cualquier tipo de esquema pre-concebido de interpretación.

Palabras clave: Laplanche, teoría de la seducción, alteridad, método psicoanalítico.

Introducción

 Cuando se piensa en Laplanche, no es raro asociar su nombre al de uno de los más importantes estudiosos y conocedores de la obra freudiana de todos los tiempos. Y ello sin duda parece justificado al menos por dos razones: Primero, ciertamente, debido a la repercusión tanto del Diccionario de psicoanálisis (Laplanche y Pontalis 1967/1983), que aún hoy es tomado como referencia para los estudios en el área en varias partes del mundo, como de las Problemáticas (Laplanche, 1980a, 1980b, 1980c, 1981, 1987/1988a, 1988b, 1987a, 1987b, 1990) que, en la misma línea, profundizan la discusión en torno a los puntos neurálgicos del pensamiento freudiano que fueron subrayados en ese primer trabajo realizado junto con Pontalis. Segundo, porque, de hecho, aporta una nueva forma de abordar el pensamiento freudiano al reafirmar la indisociabilidad entre teoría y práctica.

A pesar de tener una formación en filosofía (y luego, por sugerencia de Lacan, en medicina), intuyó muy pronto  que no debía importar un método extranjero al dominio psicoanalítico para intentar elucidarlo. Es por eso que decidió utilizar el propio método psicoanalítico para hacer “hablar” a la obra freudiana y, de ese modo, revelar su esencia, mostrando no solo sus puntos fuertes sino también sus puntos débiles, contradicciones, incoherencias y aporías (Laplanche 1987/1989).

Así,  a partir de una postura inspirada en la asociación libre y en la atención flotante, lo vemos intentando recorrer la totalidad de la obra y de las teorizaciones para captar lo que destaca y, luego, tomar esos puntos nodales como pistas a ser seguidas y exploradas hasta sus puntos de anclaje. Un movimiento que se repite como en una secuencia espiral-helicoidal, retomando los mismos puntos bajo diferentes ópticas -iluminadas por las revelaciones acumuladas en ese recorrido analítico-; que pone en contacto a las diversas facetas de un pensamiento construido con avances y retrocesos, creación y destrucción, pasión y desilusión, revelación y ocultamiento (Scarfone, 1997). No obstante, si realmente queremos homenajearlo, no debemos enfocar su trabajo bajo este prisma de cuño más interpretativo sino a partir de las contribuciones originales a las que dan lugar sus reflexiones, tanto desde el punto de vista de la teoría psicoanalítica como desde el de la técnica. El objetivo de este texto es hacer una breve presentación/introducción de sus contribuciones en ese sentido.

La revolución copernicana

Su mayor legado al psicoanálisis – y ciertamente es bajo este prisma que a Laplanche le gustaría ser recordado- es haber contribuido en la consolidación de la revolución iniciada por Freud, y perseguida por Lacan, a propósito del descentramiento radical del hombre. Puesto que aquí no podemos rehacer todo su recorrido ni la relectura que propone de estos autores, nos limitaremos a indicar que lo esencial de la revolución operada por Freud (que Laplanche designa como copernicana, retomando la propia alusión de Freud a este autor), está ligada a la idea del inconsciente en su acepción más fuerte de Das Andere, es decir, la otra cosa en nosotros, lo extranjero, el cuerpo extraño interno que nos habita y nos constituye en tanto alteridad radical. En lo que respecta a Lacan, el desdoblamiento de esa revolución pasa por el papel atribuido al otro en la constitución del sujeto, pero Laplanche (1987/1989 y 1992/ 1996) piensa que su proyecto también termina por perder el rumbo en la medida en que ese otro concreto se disuelve progresivamente en la teorización lacaniana del gran Otro, es decir, en los meandros del lenguaje y de lo simbólico.

Al respecto vale la pena recordar que, según Laplanche (1992/1996), la originalidad de Freud no está tanto en la transformación que operó en la noción ya existente de inconsciente, que es elevada a la categoría de concepto a través de una teorización específica, sino sobre todo en la relación que establece desde el comienzo entre el inconsciente y la otra persona. Está claro que aquí nos referimos a la teoría de la seducción, que Laplanche (1992/1996) considera indispensable para sustentar la alteridad del inconsciente. Pero precisamente esa teoría fue dejada de lado por Freud, quien por varias razones no logró percibir que la originalidad de su descubrimiento -no el inconsciente en sí mismo sino su dimensión de alteridad- dependía de esa teorización. Como dice Laplanche:

Que la alteridad de la otra persona se desdibuje, que se la reintegre bajo la forma de mi fantasía del otro, de mi “fantasma de seducción”, y la alteridad del inconsciente correrá peligro (1992, p. XXIII/ 1996, p. 30, cursivas del autor)

¿Cuál fue, entonces, la salida que encontró Laplanche para retomar esa ruta en dirección a la consolidación de la revolución iniciada por Freud? Su proyecto fue retomar el camino originario de Freud, pues, desde su comprensión, “la otra-cosa (das Andere), que es el inconsciente, solo se sostiene en su alteridad radical por la otra-persona (der Andere), o sea por la seducción” (Laplanche, 1992, p.XXIII/ 1996, p.30,  cursivas del autor). Y ese reencauzamiento está guiado por el propio método psicoanalítico, pues no se trata solo de rescatar a la Teoría de la Seducción, despertándola de su sueño profundo y relanzándola como el gran eje en torno del cual serán pensados los conceptos; se trata también, y ante todo, de entender: por qué Frued se vio llevado a abandonarla, a reprimirla, cuáles son los puntos frágiles de esa teoría para poder corregirlos; cuál es su alcance, cómo su ausencia favoreció desvíos, contradicciones, desequilibrios en la reflexión freudiana, así como la construcción de falsos equilibrios; cómo fue ganando fuerza una visión más centrada (ptolemaica) del inconsciente y una versión más biologizante de la pulsión y de la sexualidad. En este contexto, se subraya la necesidad de reformular la teoría para superar los límites en los que se encontraba presa y para otorgarle un verdadero estatus de teoría, es decir, que tenga fuerza suficiente para explicar tanto la patología como la “normalidad” y que pueda servir como ancla del método y de la práctica, que,  evidentemente, trasciende los límites de la clínica.

El primer punto necesario para esta reformulación fue, pues, mostrar que la razón principal que llevó a Freud a abandonar esa teoría está ligada al hecho de haber quedado preso, en aquél momento, en un nivel de realidad muy restringido, que es el de lo factual, es decir el del abuso efectivamente cometido por un adulto perverso (en la mayoría de los casos el padre), de modo que la teoría se limitaba al dominio contingente de lo patológico. De ahí la explicación que da Freud a Fliess en la famosa carta 69 (1966/ 1989), según la cual detrás de una histeria sería necesario suponer siempre un padre perverso, comenzando por el suyo. Para Laplanche, con esa constatación no se trata de negar la existencia de ese tipo de seducción -que él llama seducción infantil- sino solo de recordar que ella pertenece a un nivel de realidad restringido, que es puntual y que no puede servir de base para sustentar una teoría.

Lo interesante es que, años más tarde, el propio Freud dará un gran paso en ese sentido, al identificar otro nivel de seducción presente en los cuidados aportados al niño. En ese contexto, al referirse a la seducción, Freud (1933/1989) habla de una realidad efectiva (Wirklichkeit), es decir, el placer despertado en el órgano sexual del niño, que le parece inevitable. Como dice Laplanche (1987/1989), “aquí ya no se trata exactamente de Realität, término que designa la realidad en sus aspectos más aconteciales, sino de efectividad (Wirklichkeit), realidad efectiva, categoría que nos lleva más allá de la contingencia y de la peripecia” (p. 123). Sin embargo, en ese momento la teoría ya había sido abandonada y Freud no consigue vislumbrar todas las implicaciones de ese segundo nivel de seducción -que Laplanche llama seducción precoz- en su carácter universal, como un dato fundamental de la experiencia humana que involucra a la sexualidad en general  (la erogenidad del cuerpo en su conjunto y también de las zonas oral y anal, más allá de la genital). De modo que, aunque este nuevo descubrimiento pudo servir de base para reconsiderar el abandono prematuro de la teoría, terminó quedando aislado y congelado, como en estado de espera, hasta ser redescubierto por el trabajo arqueológico de Laplanche para brindarle la merecida atención y el debido valor.

La situación antropológica fundamental

En ese sentido, la contribución de Laplanche no se limita a poner en evidencia esas dos reliquias importantes, aunque ocultas -en parte perdidas, en parte olvidadas, en parte renegadas- en los márgenes del andamiaje teórico freudiano. Pues, aunque este segundo nivel de realidad de la seducción precoz sea pasible de universalización, para él aún hace falta una base, es decir, un tercer nivel de realidad que es propio del dominio del psicoanálisis y, por lo tanto, el único capaz de servir como fundamento para los otros dos. Se trata del nivel de la fantasía inconsciente, que Freud solo consigue entrever en momentos muy puntuales y fuera del contexto de la teoría de la seducción. Este nivel, al que Laplanche (1987/1989) designa como originario, es el que rescata en su pleno derecho al inconsciente del adulto en la relación de seducción con el niño, y el que puede sustentar la alteridad del inconsciente. En su opinión, este tercer nivel de realidad propio de los fenómenos inconscientes es el único capaz de mostrar por qué la seducción posee un carácter universal e inevitable, constituyendo así un dato esencial e ineludible de la experiencia humana que propone llamar Situación Antropológica Fundamental (Laplanche, 2007). Esta situación, junto con ese tercer nivel de realidad al que pertenece, es el que permite superar la oposición entre el hecho concreto y la fantasía, entre lo real y lo mítico. Por lo tanto, permite superar las dificultades de la teoría haciendo posible su generalización.

De modo que aún es necesario preguntarse cómo concebir esa seducción originaria, que constituye la esencia de la Situación Antropológica Fundamental y en la que, en última instancia, se basa la teoría de la seducción generalizada. En primer lugar, se trata de un fenómeno de comunicación, basado en la categoría del mensaje entendida en su sentido más amplio, más allá del ámbito del lenguaje verbal. En segundo lugar, ocurre en la relación entre el adulto y el niño. En tercer lugar, supone una asimetría de base en la medida en que los mensajes  que el adulto dirige al niño están marcados por su inconsciente, mientras que el niño, al comienzo de la vida, está desprovisto tanto de un inconsciente reprimido como de los elementos simbólicos que le permitirían traducir esos mensajes, atravesados por el inconsciente del adulto.  Mensajes que, por lo mismo, son enigmáticos incluso para el propio adulto, quien también desconoce sus motivaciones inconscientes:

La situación antropológica fundamental confronta, en un diálogo simétrico/asimétrico, a un adulto que tiene un inconsciente sexual (esencialmente pregenital) y a un infans que aún no tiene constituido el  inconsciente, ni la oposición inconsciente/preconsciente. El inconsciente sexual del adulto es reactivado en la relación con el niño pequeño, el infans. Los mensajes del adulto, preconsciente-conscientes, son mensajes necesariamente «comprometidos» (en el sentido del retorno de lo reprimido) por la presencia de la «interferencia» inconsciente. Son, pues, mensajes enigmáticos, a la vez para el emisor, adulto, y para el receptor, niño (Laplanche, 2007/2009, cursivas del autor).

Esta asimetría presupuesta por Laplanche  es pensada a partir del par actividad/pasividad. El adulto se sitúa del lado de la actividad en la medida en que, no solo es el primero en  tomar la iniciativa al emitir los mensajes sino  que, también, es quien dispone del material inconsciente que vuelve a los mensajes enigmáticos (Laplanche 1987/1989, 1992/1996). Por su parte el niño pequeño – el infans–  no tiene otra opción que ubicarse de modo pasivo por relación a esos mensajes, pues, a pesar de ser el receptor, todavía no dispone ni de los recursos simbólicos ni de los medios físicos para hacerse cargo de ellos, en la medida en que su funcionamiento se encuentra limitado al plano auto-conservativo. Es importante insistir en el hecho de que esos mensajes no se limitan al lenguaje verbal, sobre todo en esa etapa inicial de la vida donde la comunicación se apoya fuertemente en otros medios.

Según el realismo defendido por Laplanche(1987/1989, p.134), el material inconsciente, que vuelve a los mensajes enigmáticos, está compuesto por “significantes designificados”. Ellos son fruto de la represión, que opera un corte en el mensaje excluyendo aquellos componentes que son irreductibles al trabajo de traducción/simbolización. Así, esos componentes pierden su capacidad de significación, pues, privados de sus contextos originales, no remiten a nada más que a sí mismos y se vuelven “representaciones-cosa”, es decir, significantes designificados. Estos dan origen al inconsciente y a la pulsión sexual puesto que, para Laplanche, son los objetos-fuente de la pulsión (Laplanche, 1987/1989, p.136). 

El modelo traductivo de la represión

En este modelo, directamente inspirado en la Carta 52 (Freud, 1966/ 1989), la represión originaria es concebida como un fracaso parcial de traducción a partir de la hipótesis del traumatismo en dos tiempos, que pretende integrar los puntos de vista traductivo, tópico y temporal. El primer tiempo es el de la inscripción del mensaje (proceso que Laplanche denomina “implantación”) en el yo-cuerpo del niño, en un momento en que aún no puede ser comprendido. Pero ese mensaje es un mensaje dirigido, es decir, destinado al niño, que justamente va a exigirle un trabajo de traducción/simbolización y que tiene que ver con el hecho de que todo ser humano es un ser auto-teorizante. Así, cuando el niño ya dispone de algún elemento simbólico para intentar realizar la traducción, el mensaje es reactivado pero con un agravante, pues ahora se vuelve un cuerpo extraño interno que necesita ser dominado  e integrado a cualquier precio. Por lo tanto,  al ser reactivado el mensaje -que se encuentra en estado de espera- necesita ser descompuesto para poder ser decodificado, interpretado y traducido.

En el caso normal-neurótico, el resultado de este proceso es doble. Por un lado tenemos la transcripción de la(s) parte(s) traducible(s) del mensaje, que da origen al preconsciente, donde se establece la parte más organizada e historizada, o el yo. Por otro lado, encontramos la exclusión de un resto del mensaje que no puede ser traducido, al menos en ese momento de la historia del sujeto, que va a constituir la base del inconsciente y de la pulsión sexual. Un inconsciente que nunca es una copia del inconsciente de los padres, en razón, como dice Laplanche:

del doble «metabolismo» que lo sexual  ha sufrido en ese proceso: deformación en el mensaje comprometido del adulto y, luego, en el niño receptor, trabajo de traducción que modifica completamente el mensaje implantado (Laplanche, 2007/2009, p. 4, comillas del autor).

De este modo, Laplanche rescata el papel instaurador de la represión originaria, en la medida en que ella es responsable de ese primer clivaje del aparato entre un yo y un ello, en el que se basa su dimensión tópica. Y es así como puede superarse la restricción a lo patológico de la teoría freudiana de la seducción, pues este modelo traductivo de la represión –en el cual el inconsciente surge a partir del resto no transcrito de los mensajes parentales- permite explicar tanto la continuidad presupuesta por Freud entre lo normal y lo patológico, como las especificidades individuales. Un modelo donde tanto el Edipo como cualquier esquema narrativo- sea más o menos mitológico o realista- pasa a ser concebido como estando del lado de lo represor y no de lo reprimido, como código de traducción ofrecido por el universo parental y cultural que viene a cubrir la necesidad del niño situado en esa posición forzada de pequeño hermeneuta, actividad de la que ya nunca podrá sustraerse (Laplanche, 2007/2009).

Más allá de esa relación normal-neurótico, el modelo traductivo desarrollado por Laplanche también se propone superar la dicotomía entre los modelos del aparato psíquico que privilegian, como punto de partida, o bien la neurosis, o bien la psicosis. Esta superación envuelve dos aspectos. El primero, el aspecto traductivo, opera con la idea de la existencia de significantes que no se prestan a ninguna recaptura activa por parte del niño en el proceso de traducción-simbolización, conduciendo a lo que Laplanche (2007/2009, p. 5) designa como “fracaso radical de la traducción”.  A diferencia del proceso de “implantación”, que da lugar a una recaptura activa y simbolizante, en este caso ocurre una “intromisión”, variante violenta de la implantación que atañe predominantemente a las funciones orales y anales del cuerpo erógeno, donde esa recaptura activa no tiene lugar pues  los mensajes son inmetabolizables (Laplanche, 1992/1996, p. 106). Son mensajes que producen una especie de corto circuito del proceso de simbolización y de diferenciación de las instancias, cuyo resultado es la formación de enclaves psicóticos dentro de la estructura del yo y del superyó.

Partiendo de esa hipótesis, desarrollamos un trabajo que apunta a establecer una relación estricta entre la paranoia y los mensajes paradójicos. Estos mensajes, al no prestarse a ese trabajo de descomposición-recomposición y al poseer el carácter de los  imperativos categóricos que dan origen al superyo, tienden a enquistarse como enclaves psicóticos en esta instancia (Tarelho, 1999 a y b). Más recientemente, Laplanche (2007/2009) incorporó la idea de un inconsciente enclavado donde se alojarían no solo los mensajes intraducibles, propios de los cuadros psicóticos, sino también los demás mensajes que se encuentran en estado de espera de traducción, pues la traducción se produce de acuerdo a la dinámica de los dos tiempos (del après-coup). Esta idea va en el sentido de una generalización de ese inconsciente enclavado a toda estructura psíquica, lo que, en su opinión, permitiría superar la dicotomía entre los modelos que toman como eje ya sea a la neurosis ya sea a la psicosis. Es lo que podemos calificar como el aspecto tópico de esta nueva perspectiva. Para Laplanche, ese modelo tópico común tanto a la neurosis como a la psicosis:

tiene el mérito mayor de proponer un marco de referencia para situar este doble problema: posibilidad de una nueva traducción de mensajes enclavados, especialmente en la psicoterapia de casos borderline o psicóticos y, a la inversa, posibilidad (aunque sea mínima) de una descompensación delirante en todo ser humano. (Laplanche, 2007/2009, p 8).

Del lado de la clínica

Para cerrar esta breve presentación del legado de Laplanche, deseamos  incluir también algunas consideraciones sobre su contribución a la clínica psicoanalítica. En la estela del pensamiento freudiano, y para subrayar la indisociabilidad entre teoría y práctica, Laplanche (1987/1989) nos recuerda que el psicoanálisis como teoría, es decir, como metapsicología, no se sustenta sin el método psicoanalítico. En este sentido, si su reflexión realmente contribuye a asegurar un cambio de paradigma (que acentúa la alteridad del inconsciente, el descentramiento del ser humano y la prioridad del otro en la constitución del psiquismo), ese cambio necesariamente se reflejará en la concepción de la clínica. Un cambio que no solo va en el sentido de recordar el método (basado en la asociación libre y la atención flotante y que, como ya subrayamos, es utilizado por Laplanche  incluso en su lectura de Freud), sino también en el sentido de entender mejor la relación entre el método y  lo que designa como situación, transferencia y proceso.

La situación (o setting) pasa a ser vista bajo el prisma de la seducción originaria, también entendida como Situación Antropológica Fundamental. Más allá del encuadre y de sus reglas más o menos contingentes, lo fundamental del setting es el hecho de que se instaure un lugar pulsional donde pueda ocurrir la reactivación de la relación originaria del sujeto con su enigma y con su portador, ya que el inconsciente está formado por significantes designificados  presentes en los mensajes parentales. Esto se ve favorecido por el hecho de que la asimetría presente en la situación analítica (caracterizada por la acogida, por la neutralidad y por el rehusamiento de saber del analista en relación no solo al enigma del paciente sino también al suyo) es similar a la asimetría de la seducción originaria. Por lo demás, Laplanche (1992/1996) insiste en el hecho de que el analista, cuya oferta de análisis es anterior a la demanda del analizando, no se encuentra ahí  solo como soporte de la transferencia, pues él mismo, con su enigma y ocupando el lugar de “supuesto saber”, termina provocando la transferencia y asumiendo la función de portador del enigma del analizando. Es en ese sentido que, para él, la transferencia no puede ser reducida a la idea de mera repetición de prototipos arcaicos. Se trata, ante todo, de una reapertura del enigma interno del paciente. Apertura que también ocurre mediante la relación con el enigma del analista, el cual, evidentemente, debe ser respetado y preservado.

Para que esta reapertura pueda ocurrir es necesario, además, que el paciente encuentre en ese espacio una garantía de que podrá lidiar con las angustias resultantes y mantener una cohesión psíquica suficiente. Esto tiene que ver con una función que Laplanche llama “garante de la constancia” (Laplanche, 1992/1996, p.181), algo parecido a la idea de continencia y que encuentra apoyo en la constancia de una presencia, de una acogida y de una atención flotante, sin perder de vista el mantenimiento de un encuadre. Una función que, dicho sea de paso, también contribuye a la reinstauración de la Situación Antropológica Fundamental. El hecho es que sin esa continencia, no solo sería imposible la reapertura del enigma sino que el propio método tampoco encontraría respaldo para su aplicación, pues, al ser analítico,  tiene como objetivo –al menos inmediatamente- la deconstrucción, la descomposición. En palabras de Laplanche: “Apunta a poner al descubierto elementos escondidos, inconscientes o próximos del inconsciente, o defensivos, en las verbalizaciones, los actos y la transferencia del analizando. En tanto  tal, el método psicoanalítico tiene un objetivo de desestructuración” (Laplanche, 2007, p. 270). Así, si el setting no asegura una cierta continuidad, una cierta constancia, ese trabajo de desligazón, muy próximo de la pulsión de muerte, se vuelve insoportable y, evidentemente, el contrapunto de ese movimiento, que es uno de retraducción, de simbolización, es decir, de elaboración, tampoco encontrará espacio para desenvolverse.

Aquí se sitúa lo que Laplanche designa como proceso, y es donde ciertamente encontramos su contribución más importante a la reflexión sobre el trabajo clínico. Pues, para él, la interpretación y la construcción constituyen la esencia misma del trabajo, en la medida en que están directamente relacionadas a la auto-simbolización del sujeto. Especialmente la construcción, entendida como verdadera reconstrucción  por el propio sujeto de su historia, de sus diferentes versiones, y que debe ser vista como  la coronación de este proceso de auto-simbolización y de auto-historización. Pero, para ello, el psicoanalista debe limitarse, por medio de la interpretación, a su tarea de detraducir, dejando de lado tanto  la teoría  (con todos los moldes interpretativos que eventualmente idealiza, como por ejemplo el Edipo) como sus propias construcciones personales, para dejar el trabajo de reconstrucción a cargo del analizando. En sus palabras: “La interpretación analítica consiste en deshacer una traducción existente, espontánea, eventualmente sintomática, para reencontrar, más acá de ella, lo que ella desea ardientemente traducir para permitir ahí, eventualmente, una traducción “mejor”, es decir, más completa, más englobante y menos represora …” (Laplanche, 1992, p. 270).

En suma, Laplanche piensa que el distanciamiento del analista por relación a las actividades de síntesis constituye el criterio con que puede evaluarse la diferencia entre psicoanálisis y psicoterapia. Así, podemos finalizar diciendo que con esta reflexión sobre la práctica del psicoanálisis -basada en la Teoría de la Seducción Generalizada y que intenta vacunar a la teoría contra cualquier tentación de imponer al método un esquema pre-concebido de interpretación (ya sea el del Edipo, la castración o cualquier estructura narrativa de orden cultural, situada del lado de la simbolización y no de lo reprimido)- vemos a Laplanche completar su periplo en ese viaje por el universo del inconsciente, dejándonos la sensación de haber contribuido decisivamente en la consolidación de la revolución copernicana iniciada por Freud al instrumentalizar el psicoanálisis para la reconquista de nuestro espacio interno, colonizado por el otro y transformado en tierra de nadie o en fueros, como decía Freud.

*Artículo escrito para el Jornal de Psicanálise del Instituto de Psicoanálisis  “Durval Marcondes” de la Sociedad Brasileña de Psicoanálisis de Sao Paolo (SBPSP) en homenaje póstumo a Jean Laplanche. Traducción: Deborah Golergant

 

Referencias 

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