Fragmentos

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Hélène Tessier[1]

Además de su universalmente reconocido servicio académico al psicoanálisis, la contribución que aporta Jean Laplanche transforma y reorienta el campo psicoanalítico en los niveles del discurso filosófico, epistemológico, científico, social e histórico. La teoría psicoanalítica de Laplanche, aunque dependiente del descubrimiento freudiano y construida sobre su teoría, es original y se sostiene por sí misma redefiniendo los conceptos psicoanalíticos. La teoría de Laplanche se aleja de la teoría freudiana tal como la encontramos cristalizada en los últimos trabajos de Freud (aquí me refiero, entre otras cosas, a la teoría filogenética, a la roca biológica (1937), a la diferencia de sexos como base del inconsciente sexual y al lugar central de los clásicos «complejos» del psicoanálisis -Edipo y castración- entendidos como contenidos a priori del inconsciente). La teoría de Laplanche se aleja, además, no solo del psicoanálisis anglo-americano clásico sino también de todas las corrientes contemporáneas del psicoanálisis post-freudiano. Por ejemplo difiere de las orientaciones kleiniana y winnicottiana así como de las escuelas relacional e intersubjetiva. Difiere de la teoría de Fonagy y, más generalmente, de las orientaciones que integran la teoría del apego al psicoanálisis.

Sin embargo, la teoría de Laplanche es poco conocida en tanto teoría psicoanalítica específica y original, bastante alejada de otras corrientes. E incluso menos conocidos son el carácter polémico de esta teoría y el hecho de que, en los temas centrales del origen y la definición del inconsciente, está desarrollada de un modo tal que llega a entrar en contradicción con otras posiciones. No obstante, una vez dentro del marco de pensamiento laplanchiano, su teoría parece difícil de conciliar con otras posiciones y nos vemos ante una necesidad de consistencia que hace que el eclecticismo nos resulte difícil de aceptar.

 

Amine Azar[2]

            ¿Dónde situar a Jean Laplanche?

Echemos un vistazo epistemológico al campo freudiano. De hecho, solo tenemos que retomar el aparato cuatrifocal de Bercherie (1988). Según éste, el pensamiento de Freud se desarrolló pasando de un modelo teórico a otro, sin que ninguno de ellos suplante al otro definitivamente. Señaló, en orden cronológico, los cuatro modelos siguientes:

-el modelo «histérico»

-el modelo «narcísico-psicótico»

-el modelo «melancólico»

-el modelo «obsesivo»

Las comillas son apropiadas, pero estas denominaciones relanzan la cuestión nosográfica a la que ya me he referido[3] Sin embargo, sirven como procedimiento práctico de clasificación de las corrientes que, en el campo freudiano, chocan unas contra otras y que son fruto de esta herencia cuátruple. Así, siguiendo a Bercherie, la ortodoxia americana procede del modelo «obsesivo», la ultra-ortodoxia kleiniana procede del modelo «melancólico», la anti-ortodoxia de la nebulosa Ferenczi procede del modelo «narcísico-psicótico» y la corriente lacaniana supuestamente procede del modelo «histérico».

¿Dónde ubicar a Laplanche en esta geografía? Recordemos, en primer lugar, que las tres épocas que intenté distinguir[4] en la evolución del pensamiento del Pr. Laplanche están sostenidas por un proyecto del que se nutren constantemente: la traducción de Freud del alemán al francés. Éste no es el lugar para hablar de ello, pero hacía falta evocarlo para poder indicar los dos aspectos inseparables de su práctica: la «cura», por un lado, y la totalidad del corpus freudiano, por otro.

Volvamos a la geografía de hace un momento. La disidencia de Laplanche no se ajusta a ninguna de las direcciones indicadas. Incluso si, en rigor, el pensamiento de Laplanche parece proceder del primer modelo freudiano –aquél que Bercherie denomina el modelo «histérico»- esta procedencia se revela muy distinta de la que observamos en el modelo lacaniano. Y no reconocerlo sería cometer la peor de las confusiones. Interrogado sobre este punto por Patrick Froté[5] (p. 180), Laplanche respondió del modo siguiente:

Entonces, ¿en qué corriente me ubico? Me avergüenza un poco decirlo. Me ubico en una corriente hiperfreudiana –volveré sobre esta cuestión de la «ortodoxia». Me ubico directamente arraigado en Freud y desde luego no en la corriente lacaniana, ni en la corriente «francesa», ni en la corriente kleiniana, incluso si soy capaz de someter a trabajo todos esos pensamientos. Me considero, pues, como intentando retomar la exigencia freudiana misma.

¿Qué podríamos añadir a esta declaración que no sea una vana paráfrasis? Justamente que el pensamiento de Laplanche está, por relación a todas las otras corrientes, en disidencia; o mejor aún, como me gusta decir, él es una disidencia. Yo también pienso que el lugar exacto de Laplanche en el campo freudiano se ubica, pues, en pleno centro del freudismo, en el corazón mismo, pero a condición de añadir que el freudismo es una disidencia per se.

 

Silvia Bleichmar[6]

Hace ya casi veinte años accedí, junto a una parte importante de mi generación, al descubrimiento inaugural de dos textos de Jean Laplanche: Vida y muerte en psicoanálisis y «El inconsciente, un estudio psicoanalítico», cuyas aperturas marcaron nuestro destino como psicoanalistas y abrieron las líneas que constituyen gran parte de nuestros desarrollos. Jóvenes aún para comprender en profundidad la dimensión en que nos precipitábamos, entusiastas para defender nuestra intuición de que había allí algo valioso, la impronta de la epistemología freudiana en ellos presente guió nuestra metodología de lectura y nos obligó a un ejercicio teórico-clínico que nos salvaguardó, no sin desgarramientos, de las recapturas lingüísticas o matemáticas a las cuales una parte de las tendencias dominantes del psicoanálisis contemporáneo parecía impulsarnos.

Si bien solo pudimos, en aquélla época, entender algunas pocas cuestiones: el realismo del inconsciente […]; la reinstauración del descubrimiento freudiano de una sexualidad constituida en forma exógena […]; la teoría del après-coup y, correlativo a ello, la función fundante del traumatismo en dos tiempos; la restitución del posicionamiento tópico del lenguaje en el aparato psíquico; cuestiones, todas ellas, capitales para el psicoanálisis: han cumplido su función no solo de ordenadores sino también de verdaderos «incitadores» en un encaminamiento que nos obligaba a un ejercicio de rigor que, paradójicamente, nos apartaba del dogmatismo, permitiéndonos aproximarnos con independencia y soltura a los textos psicoanalíticos; en primer lugar a Freud, y luego a otros autores.

 

Jean-Marc Dupeu[7]

Llego al examen del pensamiento de Jean Laplanche, hacia el cual mi deuda es considerable. En efecto, a partir de una relectura paciente y obstinada de la obra freudiana, este autor se vio llevado a rehabilitar una teoría «ampliada» de la seducción, mostrando que la consecuencia del abandono por Freud de su teoría fue precipitar su pensamiento en una deriva solipsista y ptolemaica. Sin embargo, también muestra que este famoso abandono de la seducción, en Freud, no es un adiós definitivo sino más bien una represión, cuyos retornos (y como remordimientos) no dejan de manifestarse durante toda la obra freudiana. Son esos retornos de lo reprimido del tema de la seducción los que intentará sistematizar, para fundar sobre las ruinas de la seducción «factual» lo que propone designar como una teoría de la seducción generalizada. Este trabajo, al que no es posible hacer justicia en unas pocas frases, lo conducirá a refundar una teoría de la situación analítica misma.

 

Jaqueline Lanouzière[8]

La renovación y la profundización de la teoría de la seducción que propone Jean Laplanche me incitaron a profundizar en el proyecto que indiqué más arriba, a saber: determinar y analizar el lugar del pecho en el proceso de seducción. Ubicación necesariamente fundamental, pues el pecho es el lugar real o imaginario de los primeros intercambios, de las primeras emociones y de los primeros conflictos del bebé dependiente de este órgano que se ofrece o se rehusa, en torno al cual, en su presencia o sus ausencias, se constituyen las primeras representaciones y se lleva a cabo el aprendizaje de la realidad. Alternancias de presencias y ausencias en las cuales puede verse el origen psíquico lejano de las categorías del espacio, del tiempo y de la causalidad. La renovación de la teoría de la seducción propuesta por Laplanche desde «Fantasma originario, fantasmas de los orígenes, origen del fantasma»[9], publicado con J-B. Pontalis –donde exhumaban conceptos y teorías de Freud abandonados o reprimidos- prolongado por ambos autores tres años más tarde, en 1967, por el artículo de cuatro páginas que consagran al concepto de «seducción» (escena de __, teoría de la __) en su Vocabulaire de la psychanalyse, debía ser continuado. Desde entonces Laplanche, ya individualmente, prosigue el trabajo de rehabilitación, de profundización y de generalización esbozado en 1964 y 1967. Una serie de obras –desde Vida y muerte en psicoanálisis hasta la más reciente Nuevos fundamentos para el psicoanálisis[10] (cuyo subtítulo es La seducción originaria), donde reagrupa y ordena sus elaboraciones sucesivas- permite seguir el curso de su reflexión. Rescatados definitivamente del olvido, el concepto y la teoría de la seducción fueron desde entonces objeto de numerosos trabajos[11].

 

Friedl Früh[12]

La teoría de la seducción generalizada de Jean Laplanche encuentra su origen en la teoría de la seducción de Freud, enfatizando su carácter generalizado. Ahora Laplanche insiste cada vez más en el hecho de que «el retorno de lo hereditario» en la teoría freudiana ocurre, con el abandono de la teoría de la seducción, en un momento en que Freud aún no dispone del concepto de sexualidad infantil, tal como lo desarrolló en los Tres ensayos de teoría sexual. Ese concepto, descrito en 1905, está en aquel entonces ligado al de après-coup. En el marco del desarrollo en dos tiempos de la sexualidad humana, la sexualidad infantil comporta un efecto traumático. Este efecto es universal, en la medida en que es traumático para todos y no estaría solo en la fuente de la formación de una neurosis. Como lo precisa Laplanche, el abandono de la teoría de la seducción tampoco implica un retorno a lo biológico, ya que todo proceso humano es indisociablemente psíquico y biológico, pero ciertamente sí un retorno a lo innato, a lo hereditario: «El factor biológico continúa siempre presente como la otra cara de lo psicológico. Por el contrario, esa reconquista de lo hereditario que Freud anuncia, el retorno del factor innato, recorre toda la historia del freudismo con algunas etapas de las que solo mencionaré tres: Los fantasmas originarios, Totem y tabú, Moisés y el monoteísmo» (Laplanche, 2006, «Trois acceptions de la notion d’inconscient», Psychiatrie française, vol. XXXVII, 3/06).

El concepto de sexualidad infantil, que con los Tres ensayos de teoría sexual universalizó la posición inicialmente perversa-polimorfa de lo humano, debe, según Laplanche, examinarse en el contexto de la situación antropológica fundamental. La relación asimétrica niño/adulto está en el origen de los mensajes comprometidos, por el inconsciente del adulto, dirigidos al niño. Pero la traducción que hace el niño de esos mensajes enigmáticos no se produce en un solo tiempo sino en dos tiempos. En el primer tiempo, el mensaje inscrito será ante todo sentido como cuerpo extraño, en el sentido de un ataque externo, ataque que debe ser integrado y dominado. A este respecto, el concepto de trauma y el concepto de pulsión sexual humana están indisociablemente ligados. En un número publicado en 2004 en la revista Psyché encontramos una presentación de la teoría de la seducción generalizada de Laplanche. Ahí se exponen los conceptos-claves esenciales de la teoría, especialmente aquéllos de situación antropológica fundamental, mensaje y traducción.

Aceptar el carácter hereditario del trauma y de «sus» fantasmas significaría efectivamente que el trauma que caracteriza a la sexualidad humana – que, aún ocurriendo de manera universal, no es menos inherente a las circunstancias individuales y a la historia singular- se vuelve un trauma universal y general, firmemente inscrito antes del nacimiento, grabado por la vía de la herencia genética y que crea realmente la pulsión sexual del ser humano.

Es por esta razón que quisiera que la relación entre trauma y pulsión no sea concebida como estableciéndose en los cambios del ambiente de la era glacial, tal como la describe Grubrich-Smitis, sino que sea encontrada en la situación adulto/niño, una situación efectivamente nueva y que, por lo tanto, genera una situación eficazmente traumática. Así se podría reencontrar la significación de la sexualidad infantil, concepto freudiano fundamental para la teoría psicoanalítica de la pulsión. Es a este concepto que Jean Laplanche, en su actividad y sus reflexiones de los últimos años sobre los textos freudianos, ha dado una forma cada vez más completa y elaborada.

 

Udo Hock[13]

Para responder al enigma del nacimiento de la sexualidad infantil, Jean Laplanche desplaza su observación desde las zonas erógenas –los labios que tocan los pechos, los dientes que los muerden- hacia la interfaz entre las personas en presencia: por un lado el infans, por el otro el adulto. En este contexto, «seducción» quiere decir que en el plano sexual hay una asimetría radical entre ellos. El adulto confronta al niño con su propia sexualidad inconsciente, frente a la cual éste ocupa una posición pasiva fundamental. Esa sexualidad inconsciente del adulto se comunica al niño en forma de mensajes enigmáticos que, aunque oponiéndose a sus intenciones conscientes, las comprometen. Ellos perturban una relación mutua que parece funcionar sin dificultad: la madre ofrece el pecho a su niño con la mejor intención y, pese a todo, el niño se pregunta «¿ qué quiere de mí este pecho?». En la medida en que, al mismo tiempo, la madre «dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su propia vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho»[14]. La respuesta del aficionado a las mujeres en La interpretación de los sueños –quien decía de la bella nodriza de su infancia: «Lamento no haber aprovechado entonces esa buena ocasión[15]»- simplemente oculta la incapacidad estructural del niño para traducir esos mensajes embebidos de sexualidad. Al no disponer de los códigos necesarios, inevitablemente fracasa en esa tarea. Jean Laplanche llama, con Freud, «represión» a este fracaso de traducción. En el movimiento de represión, como consecuencia de la imposibilidad de dominar ese mensaje, se forman esas fuentes de la pulsión que Laplanche aún llama objetos-fuente. Ellos son ante todo fuente de una excitación inagotable cuyo origen no hace referencia a un mítico sustrato corporal, como se sugiere en «Pulsiones y destinos de pulsión[16]», sino más bien a la situación del niño en tanto que está expuesto a los mensajes fantasmáticos de sus objetos primarios.

Una lectura atenta de los Tres ensayos puede mostrar hasta qué punto la teoría de la pulsión de Jean Laplanche se inscribe en la estricta continuidad del primer esbozo de esta obra[17], hasta qué punto ese texto es la fuente de una inagotable inspiración para la teorización de Jean Laplanche. Lean los Tres ensayos y reconocerán que la preocupación de Laplanche es salvar a los descubrimientos freudianos del olvido y protegerlos contra las interpretaciones modernas y apócrifas de Freud, que pretenden conservar su esencia cuando en realidad contribuyen a su represión.

 

José Carlos Calich[18]

En la perspectiva laplanchiana, el psiquismo, amenazado de desorganización por un estímulo no ligado –la implantación en el infante del mensaje comprometido por lo sexual del adulto- busca dominar y ligar el exceso de energía, y ello a través del movimiento traductivo.

Así, en un primer tiempo podemos suponer que el «sueño traumático» descrito por Freud no es una excepción; por el contrario, la actividad onírica consistiría precisamente en la búsqueda (más allá de la realización del deseo e incluso más allá del principio del placer) de significación de lo que fue implantado de manera traumática y que sigue manteniendo su efecto de exceso, tanto por el residuo no traducido como por los mensajes aún no traducidos. Dicho de otro modo, el intento de traducción del mensaje, que insiste y exige un trabajo psíquico (Arbeitsanforderung), estaría en el centro de la actividad onírica.

 

         Jacques Goldberg[19]

Para Laplanche no hay dos pulsiones: una pulsión de vida y una pulsión de muerte; hay solamente una pulsión: la pulsión sexual (pulsión sexual de vida y pulsión sexual de muerte)[20]. La pulsión sexual funciona según dos regímenes: el régimen de lo ligado (energía ligada) y el régimen de lo no-ligado (energía libre). La pulsión sexual de muerte es la pulsión que funciona según el régimen de lo no-ligado. De ahí su carácter «salvaje» e imposible de soportar.

Si adoptamos el punto de vista del objeto de la pulsión, J. Laplanche precisa que la pulsión sexual de vida es una pulsión de objeto (total en el sentido kleiniano) mientras que la pulsión sexual de muerte es una pulsión de «representación» o de «índice», o incluso de «significante»: «Sin duda es la pulsión sexual de muerte, nos dice, la que aporta la imagen más cercana de lo que llamamos proceso primario del ello, es decir el desplazamiento compulsivo e indefinido, las largas cadenas de asociaciones entre “objetos” reducidos a su aspecto de significante y buscando descarga por las vías más cortas, sin consideración por la supervivencia del objeto»[21].

El autor sugiere que, desde esta perspectiva, se puede reencontrar a los objetos «clivados» de Klein o a los objetos «unarios», el «significante» de Lacan. El objeto clivado está reducido a un aspecto parcelario, a la vez excitante y «peligroso», incluso «destructor»[22].

Sin entrar en el detalle de una argumentación minuciosa[23], aquello sobre lo que insiste particularmente Laplanche […], es el hecho de que no hay que confundir la pulsión de muerte con la agresividad. Asimilarlas, como ocurre por ejemplo en la elaboración kleiniana[24], es olvidar que, en su esencia misma, la pulsión de muerte es un movimiento «reflexivo» o «auto» antes de ser «proyectado» hacia «objetos» exteriores. Es el yo quien es atacado desde el interior por la pulsión de muerte. Los fantasmas son «cuerpos extraños internos». La agresividad, movimiento de «deflexión», es un tiempo segundo, es un momento defensivo.

 

Maria Teresa de Melo Carvalho y Paulo César de Carvalho Ribeiro[25] 

¿Qué deseo se realiza en la angustia? Cuestión que debemos continuar explorando, con Freud, si queremos demostrar la validez de la tesis de la realización de deseo para todo sueño. Para estudiar este tema, Laplanche retoma los análisis que hace Freud de dos sueños de angustia en el capítulo VII de la Traumdeutung: un sueño personal –el de «mi madre querida»- y el «sueño del hombre del hacha». El proceder de Freud, en esos análisis, nos deja entrever lo siguiente: debemos reconducir la angustia al deseo mismo o, más exactamente, a la libido liberada por la represión del deseo, y ello a pesar de la aparente evidencia de la explicación de la angustia del primer sueño como angustia de la muerte de la madre y del segundo como angustia de castración.

En el primer sueño la muerte es pregnante y aparentemente está en el origen de la angustia. Pero Freud no se detiene ahí y afirma muy claramente que «…la angustia puede ser reconducida, por medio de la represión, a un oscuro deseo manifiestamente sexual que, en el contenido visual del sueño, había encontrado su justa expresión»[26].

Las mismas consideraciones son válidas para el sueño del hombre del hacha, pues si la angustia puede ser fácilmente referida al contenido manifiesto del sueño y a las asociaciones del soñante que se presentan a continuación, éstas le conducen, sin embargo, al recuerdo del coito parental que habría presenciado. Ahora bien, Freud está firmemente convencido, por un lado, de que el hecho de ver el comercio sexual de los adultos impresiona a los niños y, por otro lado, de que ello es fuente de angustia. Piensa que la excitación sexual desborda las capacidades de dominio del niño y sobrepasa su poder de comprensión. Además, lo que podría ser comprendido es rechazado debido a la implicación de los padres (Ibid. 640/AE. Vol. 5, p. 575). Esta afirmación, que va en el mismo sentido que la teoría de la seducción generalizada, llevó a Laplanche a sostener que: «la verdadera violencia que crea la angustia sería esta violencia interna, esta violencia reprimida que ejerce sobre el sujeto su propia excitación sexual. Esta violencia es al mismo tiempo, desde luego, una violencia de origen externo, puesto que es aportada por los padres que la provocan al provocar la excitación. Y, en cierto sentido, puede decirse que el niño es pasivizado por relación a su excitación, que no puede dominar, así como es pasivizado por relación a la escena que le es impuesta por los padres» (Laplanche, 1981:112)[27].

[…]

Detrás del deseo edípico por la madre, que sería del orden de lo reprimido secundario, habría en el inconsciente mociones elementales incordinadas orientadas a la madre –o más generalmente a los padres- que sería más exacto designar por el término de objetos-fuente de la pulsión que por aquél de deseo. Dicho de otro modo, la forma en que Laplanche concibe los contenidos inconscientes nos permite dejar atrás la noción más general del deseo, con su positividad, para dar lugar a una dimensión verdaderamente dramática del deseo inconsciente, inextricablemente ligada a la angustia, su «resto inconciliable» (Laplanche, 1987:152)[28].

 

Luiz Carlos Tarelho[29]

Laplanche habla […] de «representación-cosa» y no de «representación de cosa». Con ello quiere señalar la pérdida de referencia[30]. Finalmente, es esta transformación extraña, operada por la represión, la que desemboca en la formación de una representación-cosa o, según otra expresión, en un significante-designificado, creando en el psiquismo ese campo particular de realidad llamado «realidad psíquica inconsciente».

En función de este proceso de designificación, Laplanche sostiene que la represión no es una manera particular de memorizar. Por el contrario, ella sucita un metabolismo, incluso una verdadera revolución, instaurando un nuevo modo de funcionamiento que posee sus propias leyes. La fijeza de las representaciones, la ausencia de negación y de contradicción y la ausencia de temporalización son elementos que caracterizan, según él, a lo inconsciente creado por la represión originaria[31]. Por esta misma designificación, las representaciones-cosas, es decir, los significantes designificados, van a encontrarse en el inconsciente uno junto a otro sin influirse mutuamente, sin tener una relación codificada. En otros términos, ellos no forman una segunda “cadena significante”. El distanciamiento respecto a la teoría lacaniana, no hace falta decirlo, es aquí más que evidente. Hay que decir igualmente que estas elaboraciones representan una posición contra la hipótesis planteada por Freud, y radicalizada por M. Klein, de un ello primordial de origen biológico y del carácter innato de la pulsión.

 

Luis Maia y Fernando de Andrade[32]

La ontología laplanchiana habla, pues, de un realismo del inconsciente, ciertamente no en el sentido de un empirismo ingenuo cuya intención sería «localizar» el inconsciente en la anatomía o la fisiología cerebral, sino en el sentido de que es la experiencia real de la seducción que, generalizada, caracteriza el origen, para nada mítico, del inconsciente de cada individuo.

Oponerse a un inconsciente estructurado es, entre otras cosas, presuponer que la seducción no tiene, más allá de sus premisas fundamentales, ninguna forma predeterminada y que cada inconsciente se constituye de manera singular. Porque el mensaje, ni total ni adecuadamente traducido, deja ahí su resto que desde entonces exige una traducción […]

Partir de una ontología realista es asumir que en el psiquismo humano existe una dimensión inconsciente tan importante, autónoma y singular como la dimensión consciente, con la cual forma un psiquismo complejo y conflictual, pero no bicéfalo. Es admitir que el inconsciente no es transindividual ni, menos aún, «un concepto científico, una ley o… una simple referencia»[33]. Sin dejar de impulsar la producción de teorías, es una realidad que no debe ser tratada de manera deóntica o dogmática, si lo que queremos es producir algo más que… nuevos mitos, dogmas e ideologías que seguramente son tranquilizadores, pero que no por ser convenientes resultan de algún modo productivos.

 

Nicholas Ray[34]

Para dar cuenta de la traducción psíquica, Laplanche postula que el ser humano es un animal hermeneuta, auto-teorizante, continuamente dedicado a poner en relato y a procesar la alteridad del otro y, eventualmente, la propia. Pero la operación de traducción no implica que el ser humano traduce de la nada. Ella se vuelve posible gracias a «estructuras narrativas, códigos y mitos propuestos al niño por el mundo social» (1998:241). Estos esquemas –en la medida en que provienen del mundo social- no son inocentes u objetivos sino que están ideológicamente marcados. «[Su] valor “conocimiento” es inexistente, observa Laplanche, mientras que su potencial de ligazón y de puesta en forma es innegable» (242). Su elaboración de la función de estos esquemas narrativos lleva a un reordenamiento crítico de varios de los componentes más sacrosantos de la teoría psicoanalítica. Lamenta que el psicoanálisis haya cometido constantemente el error de identificar como estructuras irreductibles o fantasías originarias lo que en realidad son «teorías sexuales infantiles» facilitadas por aquellos códigos ofrecidos por la cultura, cuya función es esencialmente defensiva. Según Laplanche, incluso estructuras como la castración y el Edipo deben ser, en consecuencia, reubicadas teóricamente. Lejos de ser fuente de angustia, representan esquemas de traducción que el pequeño ser humano necesita para dominar la angustia y para ligar los enigmas que, con ella, vienen inicialmente del mundo exterior y luego cada vez más del interior de su propio aparato psíquico.[35]

En su conferencia «Psychanalyse et biologie» (1997a)[36], Laplanche sugiere que tal vez el más omnipresente y permanente de los mitos y los códigos disponibles al ser humano en su tarea continua de auto-teorización es una bio-logía (bio-logie). No la ciencia biológica sino un conjunto de teorías ideológicamente producidas y cargadas sobre los seres vivos (vivants), que algunas veces el psicoanálisis ha cometido el error de confundir con la biología propiamente dicha. Uno de los aspectos más significativos de esta bio-teorización fundadora –ciertamente su aspecto más universal (138) -es su rol constitutivo al «forjar un mito de la animalidad» (139). En esta conexión, Laplanche insiste en la necesidad de distinguir entre «el animal» (l’animal) como entidad empírica y «la bestia» (la bête) como una formación totalmente ideológica que regula defensivamente la relación humana con el animal. […] Observa que lo que es atribuido a la bestia dentro del hombre (el componente taurino del minotauro; el lobo salvaje que todos llevamos dentro) tiene poco que ver con los animales biológicos invocados por estas atribuciones: «el lobo, el lobo real no es cruel ni con otros lobos, ni con sus víctimas, ni con el hombre»; su actitud hacia su presa –con raras excepciones, como Laplanche tiene el cuidado de añadir- está gobernada por una necesidad de auto-preservación y no por el disfrute sádico de la destrucción (1997ª:138-139)[37]. De modo que, paradójicamente, la categoría de la bestia, de lo bestial, emerge como la expresión desplazada de lo que es «propio» -con todas las precauciones indicadas arriba- del hombre: a saber, precisamente, el inconsciente y la pulsión sexual (141):

«A veces el hombre es una bestia [bête] […] depravada y sexual. A menudo es un Leviatán cruel; y con mayor frecuencia es ambas cosas. Pero esta referencia defensiva al animal es puramente ideológica: nos permite desprendernos de nuestro propio inconsciente atribuyéndolo a lo no-humano en nosotros, a lo supuestamente “pre-humano” que debería esconderse en lo más profundo de nuestro interior, cuando en realidad es el hombre quien ha creado en su interior esa parte no humana bestial, ese ello (1997ª:139)[38]».

 

Marta Rezende Cardoso[39]

La teoría desarrollada por Jean Laplanche se centra en la noción de enigma y se basa en la prioridad de la alteridad del otro y de lo sexual. Esta vía se revela como una dirección consecuente para tratar de superar las dificultades inherentes a la cuestión del superyó. Como el autor lo ha señalado, la prioridad del otro adulto en la génesis del mundo pulsional del niño debería al menos permitirnos retomar de un modo distinto la cuestión de lo exógeno y lo endógeno[40].

[…]

A propósito del superyó, Jean Laplanche se plantea la siguiente cuestión: «bloqueados entre los dos tiempos de la represión originaria, los imperativos del superyó pueden no estar reprimidos. ¿No habría que considerarlos, entonces, una suerte de enclaves psicóticos de toda personalidad?»[41]. Esta propuesta fue un punto de partida en la construcción de nuestras propias ideas[42].

Analizar al superyó a partir de este universo teórico nos permite afirmar su carácter extraño en la tópica. La categoría del mensaje y el modelo de la represión, ejes centrales de la teoría de la seducción generalizada, están así en la base de nuestras hipótesis.

Se trata de anclar la génesis del superyó en la represión originaria: mensajes no metabolizables permanecen bloqueados entre su primer y segundo tiempo; son mensajes que constituirán, por lo tanto, enclaves en la tópica. Ahí se encuentra para nosotros el fundamento de la formación del superyó.

 

Alberto Luchetti[43]

Al integrar la primera y la segunda tópica freudianas con la tópica del clivaje del yo – esbozada pero no explicitada en tanto tal en La escisión del yo en el proceso de defensa[44]– [Laplanche] muestra que, en lo que respecta a la traducción, hay mensajes que, inicialmente «implantados», encontrarán après-coup[45] una traducción que incrementará, en la vertiente de las representaciones y los afectos, las redes preconscientes y por lo tanto el yo, así como lo reprimido (por el inevitable residuo de traducción). Pero también hay mensajes «entrometidos» que, por el contrario, permanecen radicalmente refractarios a una traducción, y que continuarán perteneciendo a ese inconsciente «enclavado» compuesto por aquello que, por diversas razones (por ejemplo las características del propio mensaje), sigue sin ser sometido a ninguna traducción, permanece ahí en espera o bien resulta completamente intraducible. Si el destino de lo reprimido es, como sabemos, intentar constantemente retornar en los sueños, en los síntomas, etc., el destino de lo enclavado es permanecer en una actualidad constituida por manifestaciones somáticas, pasajes al acto o cuasi-alucinaciones que de algún modo se ubican «a flor de consciencia», es decir, siempre recuperable o lista a imponerse a la consciencia perceptiva, pero no a esa consciencia del pensamiento, claramente distinguida por Freud[46], tejida en la cadena asociativa de representaciones investidas de afectos, es decir, constituida por lazos entre las representaciones investidas afectivamente (preconsciente).

Lo que aquí nos interesa es que los mensajes superyoicos también forman parte de este inconsciente enclavado, en la medida en que son intraducibles y de ahí deriva, por lo tanto, su carácter de imperativos categóricos. Un prototipo de estos mensajes es aquél que se refiere al padre: «Así (como el padre) debes ser, […]. Así (como el padre) no tienes derecho a ser»[47]. Por un lado, la instancia que debería orientar en el espacio del lenguaje y ordenar el mundo interior no es, pues, un sistema de referencia coherente y bien ordenado: alberga en sí mismo «logolitos», ellos mismos contradictorios (o paradójicos): «Esto nos lleva a considerar al superyó como una instancia que, en los casos más extremos parece poner la propia legalidad de las leyes que dicta, la apariencia de la razón, la razón razonante, al servicio del proceso primario. De todos modos eres culpable, parece enunciar el superyó» como consecuencia de una «suerte de absoluto de la culpabilidad, imposible de resolver por alguna delimitación de lo prohibido y de lo permitido»[48]. Por otro lado, el carácter imperativo de esos «logolitos» parece en cierta medida derivar de su carácter intratable, intraducible, debido al cual permanecen intactos en el aparato psíquico, aunque dotados de «una estructura gramatical bien organizada»[49]. «A menudo he sostenido que el “imperativo categórico” es por naturaleza intraducible en otra cosa que sí mismo, imposible de metabolizar: tú debes porque debes (Kant) y es imposible dar cuenta de ello mediante alguna justificación»[50].

 

Maurizio Balsamo[51]

En la teoría de Jean Laplanche encontramos ciertos instrumentos para pensar la psicosis: el concepto de superyó como enclave psicótico; aquél de la intromisión, que marca -por relación a la implantación– la violencia de la inscripción de la realidad relacional; el rol de los mensajes parentales en el surgimiento de la relación “paradójica”; la ausencia de après-coup y por lo tanto de traducibilidad del mensaje; el rol del duelo imposible, tal como aparece en su tesis sobre Hölderlin, etc. Entre estos elementos una cuestión de capital importancia es ciertamente la que se refiere al estatuto de los mensajes parentales y a su (total o relativa) intraducibilidad cuando son retomados por el sujeto. Laplanche ha propuesto la hipótesis según la cual, en la problemática psicótica, los mensajes parentales pueden caracterizarse por una intraducibilidad que responde al hecho de estar “acompañados” por un código de traducción pregnante, que se impone hasta el punto de impedir su olvido. Más exactamente, escribe: «Es evidente que las características del mensaje tienen una enorme influencia en la capacidad de encontrar un modo de tratamiento del mensaje y, por lo tanto, justamente, en la capacidad o no de traducirlo. [Se puede imaginar] una cierta especificidad [del mensaje psicotizante] que hace de éste un mensaje finalmente acompañado por su propio código de traducción. No puede ser traducido porque su propio código es entregado con él. Un código hasta tal punto pregnante que no hay necesidad de ir más allá».

 

José Carlos Calich[52]

En la perspectiva laplanchiana, el psiquismo, amenazado de desorganización por un estímulo no ligado –la implantación en el infante del mensaje comprometido por lo sexual del adulto- busca dominar y ligar el exceso de energía, y ello a través del movimiento traductivo.

Así, en un primer tiempo podemos suponer que el «sueño traumático» descrito por Freud no es una excepción; por el contrario, la actividad onírica consistiría precisamente en la búsqueda (más allá de la realización del deseo e incluso más allá del principio del placer) de significación de lo que fue implantado de manera traumática y que sigue manteniendo su efecto de exceso, tanto por el residuo no traducido como por los mensajes aún no traducidos. Dicho de otro modo, el intento de traducción del mensaje, que insiste y exige un trabajo psíquico (Arbeitsanforderung), estaría en el centro de la actividad onírica.

 

Jean-Louis Brenôt[53]

Jean Laplanche nos propone, con este texto sobre las tres acepciones de la palabra inconsciente, un nuevo equilibrio de la metapsicología psicoanalítica. Ideas desarrolladas a lo largo de muchos años se encuentran aquí presentadas de una manera concisa, a lo que se añade una formulación que puede sorprender en lo que concierne a la modificación y a la complejización del concepto de inconsciente.

Las ideas son planteadas según modalidades que, evitando el dogmatismo, permiten introducir el debate […]

Además, junto a esta propuesta de debate, citaremos algunas palabras de Jean Laplanche: «he abierto una pista de investigación que no puedo explorar yo solo y que dejo a otros a cargo de continuar si se revela viable».

 

Jean-Daniel Savant[54]

La relación entre práctica y teoría psicoanalítica puede ser calificada de dialéctica. La práctica no es una simple aplicación de la metapsicología y la teoría no nace únicamente de la práctica. La idea de Popper según la cual una ciencia no se construye a partir de la confirmación repetida de una teoría (verificación) sino más bien por el hecho de que, en principio, ésta pueda ser refutada o criticada, constituye un progreso por relación a los empiristas que lo precedieron. Sin embargo, el concepto de lo sexual, la teoría traductiva del inconsciente y la situación antropológica fundamental no son directamente refutables por la práctica psicoanalítica. Por el contrario, sí podemos imaginar que alguien critique esos conceptos basándose en la experiencia de la práctica. Mi conclusión provisoria será modesta: considero que es difícil, sino imposible, validar o refutar la teoría de la seducción generalizada por la práctica psicoanalítica, como es difícil demostrar la validez de un elemento teórico del psicoanálisis en, y por, una situación práctica cualquiera. Al hablar de demostración, Christophe Dejours aporta una bella fórmula cuando escribe: «… suscribo la idea de que en psicoanálisis una teoría no se demuestra sino que se argumenta» (2001, p. 26). Basándome en mi experiencia práctica, simplemente diré que los conceptos de la teoría de la seducción generalizada me ayudan a pensar y por lo tanto a trabajar. Si ello no constituye una validación en el sentido de Popper, no deja de ser una de las cosas esenciales que se pueden esperar de una teoría. Retomo un argumento citado más arriba, a saber, la «necesidad» de una nueva teoría. En mi opinión la Teoría de la seducción generalizada es necesaria para pensar el psicoanálisis hoy en día de manera rigurosa.

 

*« Fragmentos», 19 extractos que resaltan la importancia y la especificidad del pensamiento de Jean Laplanche y que pueden leerse como homenajes en vida.

 

[1] En «Jean Laplanche in Rational Perspective : Translation as a basic anthropological situation in psychoanalysis», Canadian Journal of Psychoanalysis, 18 : 280-297. (Extracto, pp. 281-282).

[2] En «Réaménagements du nouveau paradigme psychanalytique de Jean Laplanche», Ashtaroût (sitio web), Cahier hors-série n2, Diciembre, 1999. (Extracto, pp 101-102).

[3] [Cf. supra en este mismo artículo. N. T.].

[4] [Cf. supra en este mismo artículo. N.T.].

[5] «Entretien avec Patrick Froté», en Patrick Froté, Cent ans après, Paris, Gallimard, «Connaissance de l’Inconscient» 1998, pp. 169-227.

[6] En Jean Laplanche, Problemáticas V. La cubeta. Trascendencia de la transferencia, Bs Aires: Amorrortu, 1990. Prólogo a la edición castellana. (Extracto, p. 13).

[7] En «Processus éducatif et processus psychanalytique: penser leurs articulations», La psychiatrie de l’enfant, 2001/2, Vol. 44, pp. 503-530.   Distribución electrónica Cairn.info (PUF), (Extracto, pp. 521-522).

[8] En Histoire secrète de la séduction sous le règne de Freud, PUF, 1991, (Extracto, pp. 16-17).

[9] J. Laplanche y J.B Pontalis, Les temps modernes, n. 215, 1964, p. 1133-1168.

[10] J. Laplanche, Vida y muerte en psicoanálisis (1970), Amorrortu, 1973; La pulsión et son objet-source, son destin dans la transfert, en La pulsión, pour quoi faire?, Coloquio del 12 de mayo de 1984, Paris, APF, Débats, Documents, Recherches, p. 9-24 ; Traumatisme, transfert, transcendance et autres trans(es), en Psychanalyse à l’Université, 1986, 11, n 41, p. 71-85 ; «De la théorie de la séduction restreinte à la théorie de la séduction généralisée», en De la séduction en psychanalyse, Etudes freudiennes, n 27, marzo de 1986, p. 7-25.

[11] Citaré de memoria: De la séduction en psychanalyse, op. cit, donde el lector encontrará numerosas referencias bibliográficas sobre el tema, entre ellas las comunicaciones de J. Laplanche, John Forrester, Jean-Luc Donnet, Olivier Flournoy, Jean-Pierre Bonhour, Claire Degoumois, Conrad Stein y Michèle Bertrand ; «Habemus papam», seguido por algunos fragmentos “extraviados” de cartas de Freud a Fliess de F. Gantheret, en Le mal, Nouvelle Revue de Psychanalyse, n 38, 1988, p. 47-72 ; El tomo LII, noviembre-diciembre de 1988, Traumatismes, en la Revue française de Psychanalyse.

[12] En «Le retour de l’héréditaire», Texto presentado en el Coloquio «Jean Laplanche», Lanzarote, 2008. (Extracto, pp. 4-5).

[13] En «Laplanche’s Trieb», Libres cahiers pour la psychanalyse, 2007/1, n 5, pp. 73-84. (Extracto, pp. 81-82).

[14] S. Freud (1905), Trois essais sur la théorie sexuelle, Gallimard, p. 166 [Tres ensayos de teoría sexual, OC, vol VII, Amorrortu].

[15] S. Freud (1900), L’interpretation du rêve, OCF, IV, p. 243 [La interpretación de los sueños, OCF, vol. V, Amorrortu].

[16] S. Freud, OCF, XIII, pp. 171-172 [OC, vol. XIV, Amorrortu].

[17] [La versión de 1905. N.T]

[18] En «Breve réflexion sur la métapsychologie des rêves à la lumière de la Théorie de la séduction généralisée», Journées Internationales Jean Laplanche : Travail de rêve- Travail du rêve, sous la direction de Jean-Louis Brenot. Intitut de France, Fondation Jean Laplanche, 2012, p.11-18. (Extracto: p. 13).

[19] En La culpabilité, axiome de la psychanalyse, PUF, 1985. (Extracto, pp. 129-130).

[20] «Pues para mí la pulsión de muerte no es un añadido a la teoría de la sexualidad, sino su profundización», en «¿Hay que quemar a Melanie Klein» in Psychanalyse à l’Université, t. 8, n.32, 1983, [En ALTER Revista de psicoanálisis, “Después de Freud”, n.6, 2010].

[21] Problématiques IV; Psy. Univ, n.16, p. 617.

[22] Problemáticas IV; Psy Univ, t.4, n.16, p. 616.

[23] Vida y muerte en psicoanálisis, Amorrortu, 1972.

[24] Desde luego con las reservas que se le imponen a Klein.

[25] En «Travail du rêve, traduction et temporalisation», Journées Internationales Jean Laplanche : Travail de rêve- Travail du rêve, sous la direction de Jean-Louis Brenot, Institut de France, Fondation Jean Laplanche, 2012, pp. 73-82. (Extracto, pp. 75-77).

[26] Freud, L´interpretation du rêve, in : Oeuvres Complètes, tomo IV, Paris, PUF, 2004, p.639. [AE, vol.5, 1979, p. 575].

[27] J. Laplanche, Problematiques I. L´angoisse, Paris, P.U.F., 1980, p. 353. [En Problematicas I. La angustia, Buenos Aires, Amorrortu, 1988].

[28] J. Laplanche, Problematiques V. Le baquet, transcendance du transfert, Paris, P.U.F., 1987, p. 152. [En Problematicas V. La cubeta. Trascendencia de la transferencia, Buenos Aires, Amorrortu, 1990].

[29] En Paranoia y teoría de la seducción generalizada (1999), Madrid: Síntesis, 2004, (Extracto, pp 131-132).

[30] Sobre el término «representación-cosa» hace la observación siguiente: «Lo que quiero decir con ello es que el elemento inconsciente no es una representación para referir a una cosa exterior de la que resultaría ser una huella, sino que el paso al estatuto inconsciente es correlativo de una pérdida de la referencia. La representación (o, en lenguaje más moderno y verdadero, el significante) al volverse inconsciente, pierde su estatuto de representación (de significante) para convertirse en una cosa que no representa (no significa) más que a sí misma», en «Court traité de l’inconscient» (1993), p. 74 [«Breve tratado del inconsciente» en Entre seducción e inspiración: el hombre, Amorrortu, 2001].

[31] Incluso llega a proponer una distinción esquemática entre dos niveles en el inconsciente: uno caracterizado por la desvinculación más completa, el de lo reprimido originario; y el otro caracterizado por las leyes del proceso primario (el desplazamiento y la condensación), el de lo reprimido secundario («Court traité de l’inconscient», op. cit, p. 88).

[32] En «Suggestion, l’autre côté de la séduction: pour la scientificité de la psychanalyse», Psychiatrie française, Vol. XXXVIII, 4/07, 2007. (Extracto, pp. 61-62).

[33] J. Laplanche, L’inconscient et le ça. Paris, PUF, 1981, p. 44 [El inconsciente y el ello, Amorrortu, 1987].

[34] En «Psychoanalysis and “The animal”: A Reading of the metapsychology of Jean Laplanche», Journal for critical animal studies, vol 10, n.1, 2012, pp 40-66. (Extracto: pp. 60-61).

[35] Para tomar el ejemplo del Edipo, Laplanche sostiene que la formulación clásica del complejo, que coloca al pequeño Edipo como fuente y agente de las pulsiones en cuestión, contiene una importante “falsa atribución” en lo que respecta a su origen, pues «el primero en enviar mensajes infiltrados de sexualidad es de hecho el padre-o-madre. El incestuoso es, potencialmente, el adulto» (Laplanche, «Castration et OEdipe comme codes et schémas narratifs» (2006ª), en Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, Puf, 2007, p. 297). En lugar de concebir al Edipo como un complejo de pulsiones libidinales (endógenas), Laplanche lo concibe, ante todo, como un «sistema de auto-teorización» -uno entre varios otros ofrecidos al individuo desde la infancia y desplegados hermenéuticamente por él como medio para ligar y sintetizar los estímulos enigmáticos del adulto por los que es interpelado. La falsa atribución que caracteriza al Edipo clásico es entonces, en realidad, la marca de una rudimentaria re-elaboración subjetiva e incluso de una sistematización narrativa por parte del individuo. Es la marca de un proceso hermenéutico en el cual la estimulación enigmática de la situación antropológica fundamental es reconfigurada y parcialmente dominada, disimulando la pasividad originaria del individuo a través de la asunción imaginaria del rol activo del “héroe”, del “sujeto” y ya no solo del “objeto” de deseo. La discusión de Laplanche a propósito de la teoría de la castración como un medio defensivo del niño para dominar la complejidad del género también es abordada en Laplanche (2006ª) y más detalladamente en «Le genre, le sexe, le sexual» (2003) en Sexual, 2007, op. cit). Una versión incipiente de estos argumentos, que han ocupado una posición central en el trabajo de Laplanche, puede encontrarse ya en uno de sus primeros textos, escrito con Pontalis (Laplanche y Pontalis, 1964).

[36] «Psychanalyse et biologie: réalités et idéologies», en Laplanche, Problématiques VII : Le fourvoiement biologisant de la sexualité chez Freud, Paris, PUF, 1993, 127-144.

[37] En esta y las siguientes páginas del mismo ensayo utilizo mi propia traducción.

[38] Op. cit.

[39] En «Le surmoi: vers une nouvelle approche», Filigrane, Printemps, 2002, pp. 146-159. (Extrtacto, p. 152).

[40] J. Laplanche, «Les forces en jeu dans le conflit psychique», Second International Conference : Jean Laplanche, On Psychic conflict. Londres/Canterbury, 1994, p. 18. [«Las fuerzas en juego en el conflicto psíquico», Entre seducción e inspiración: el hombre. Bs. Aires: Amorrortu, 2001].

[41]J. Laplanche, Nouveaux fondements pour la psychanalyse (1987), PUF, 1990, p. 129 [Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Bs. Aires : Amorrortu, 1989, p. 140].

[42] Para una profundización de este abordaje, véase : Rezende Cardoso, Surmoi et théorie de la séduction généralisée, thése de doctorat, Université Paris 7- Denis Diderot, Paris.

[43] En «Logolithes», Journées Internationales Jean Laplanche : Travail de rêve- Travail du rêve, sous la direction de Jean-Louis Brenot. Institut de France, Fondation Jean Laplanche, 2012, pp. 131-143. (Extracto: pp.141-142).

[44] De 1938 (O.C.F.-P., t. XX, pp. 221-224) [AE, vol. 23, 1980].

[45] Solamente cuando los nuevos códigos de traducción estén disponibles: como ocurre de manera paradigmática, en la pubertad, con la irrupción de la sexualidad instintiva.

[46] S. Freud (1899), L´interprétation des rêves, p. 347-348. En 1909, Freud añadía una nota: Recientemente he encontrado la única excepción a esta regla en un joven que sufría de representaciones obsesivas, mientras sus funciones intelectuales permanecían intactas y muy desarrolladas. Las palabras que aparecían en sus sueños no provenían de frases escuchadas o dichas por él, sino que correspondían al enunciado literal, no deformado, de sus pensamientos obsesivos, que en estado de vigilia no accedían a su consciencia más que en una forma modificada. [AE, vol.4, 1979, n.31, p. 310.] Para Isakower, se trata de un agregado significativo, en la medida en que daría cuenta del origen del Superyó.

[47] S. Freud (1922), Le moi et le ça, p. 278. [ AE, vol. 19, 1979, p. 36].

[48] J. Laplanche (1980), Problematiques I. L´angoisse, Paris, P.U.F., 1980, p. 353. [ Problematicas I. La angustia, Buenos Aires, Amorrortu, 1988.].

[49] Una característica que, como ya hemos dicho, Isakower atribuye al Superyó (O. Isakower, «On the Exceptional Position of the Auditory Sphere» Int. J. Psycho-Anal., 1939, 20, p. 348).

[50] J. Laplanche (2004), «Trois acceptions du mot “inconscient” dans le cadre de la théorie de la séduction généralisée», Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, Paris, P.U.F., 2007, p. 202. [En ALTER Revista de psicoanálisis, “Traducción y tópica psíquica”, n. 4, 2009].

[51] En «La question de la psychose et la théorie laplanchienne: perspectives et développements», Argument pour les «Journées Jean Laplanche», Roma, 2001, (Extracto, pp. 1-2).

[52] En «Breve réflexion sur la métapsychologie des rêves à la lumière de la Théorie de la séduction généralisée», Journées Internationales Jean Laplanche : Travail de rêve- Travail du rêve, sous la direction de Jean-Louis Brenot. Intitut de France, Fondation Jean Laplanche, 2012, p.11-18. (Extracto: p. 13).

[53] En «Destins des messages énigmatiques», Psychiatrie française, n 3/2006, pp. 26-33 (Extracto, p. 26).

[54] En «Où est passé le transfert en creux? Clinique et pratique comme épreuves de la validation-réfutation pour la TGS (Théorie de la Séduction Géneralisée) : intérêts et limites», Psychriatrie française, Vol XXXVIII, 4/07, 2007, (Extracto, pp. 132-133).

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