Homenaje a Jean Laplanche

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Era un día de debate con Daniel Widlöcher, organizado por el Laboratoire de Psychopathologie et Psychanalyse que entonces dirigía Jean Laplanche. Widlöcher sugirió que existen tres deseos, tres fuentes  en el devenir-psicoanalista: el deseo de curar, fuente médica, el deseo de comprender el funcionamiento psíquico, fuente psicológica, y el deseo de conocer al ser humano, fuente filosófica. Widlöcher precisa que el segundo de esos deseos, aquél del psicólogo, guiaba desde el comienzo su propio recorrido. Jean Laplanche añade, sin dudarlo un segundo, que el deseo que estaba en el origen del psicoanalista en que él se había convertido era el tercero, el deseo filosófico. Un siglo antes, Freud escribía a Fliess una idea casi idéntica: «Cuando era joven no tenía otro anhelo (Sehnsucht) que el del conocimiento filosófico, y actualmente estoy a punto de realizarlo al pasar de la medicina a la psicología» (Carta del 2 de abril de 1986).

 Más que cualquier otra noción, y tanto más cuanto que es conclusiva de la obra de Laplanche, la noción de situación antropológica fundamental señala esta profunda complicidad entre la interrogación filosófica y la experiencia psicoanalítica. «Antropológica»: palabra que Kant utiliza mucho antes que Lévi-Strauss. Aunque esta noción es tardía, lo que ella recubre atraviesa la obra desde sus primeros pasos. El ser humano nace en estado de Hilflosigkeit, de «desayuda», traduce Laplanche; en la incapacidad de ayudarse a sí mismo, en un estado objetivo de desamparo, dependiendo completamente del ambiente humano para garantizar, en primer lugar, su supervivencia, pero también su desarrollo y su salud. De ahí que Jean Laplanche nunca haya dejado de mostrarse interesado por el registro de lo que Freud llamaba «auto-conservación» y para el cual, en nuestros días, la palabra «apego» resulta más apropiada. Es cierto que el dominio del psicoanalista no es exactamente ése,  aquél infante es más bien el que observa el psicólogo: más que el infante, lo infantil es «el infante» del psicoanálisis. El programa genético, los montajes instintivos –ésos que hacen que la boca del lactante busque el pezón- constituyen un equipamiento que provee al recién nacido de una capacidad de adaptación a sus propias necesidades, lo que no contradice en nada el hecho de que la dependencia del ambiente humano, en primer lugar de la madre, coloca al pequeño en una situación de pasividad casi trascendental, a pesar de toda la actividad que, por lo demás, pueda desplegar. Sin embargo, al subrayar la precocidad de las competencias del neo-nato -capaz de diferenciar las voces que escucha y de volverse en dirección de la que «prefiere»- al describir la complejidad de las primeras interacciones, la psicología del apego parece seguir una pista inversa respecto a aquélla de la pasividad. Lo que no impide que esa apertura inmediata del niño hacia el mundo, esa relación espontánea que establece con el objeto, lo coloque tanto más a la merced de lo que el mundo le dirige. El bebé de Freud conservaba su propia vida principalmente de un modo auto; aquél que proponen las teorías del apego es inter. Ya Winnicott escribía que «El bebé no existe… solo». Pero para que esta antropología general y mamífera llegue a ser fundamental, es decir, fundadora de lo humano en lo que lo diferencia del mundo animal más próximo, aún hace falta añadir una dimensión que la psicología del apego no puede sino ignorar, en la medida en que escapa a sus posibilidades de observación. ¿Cómo el adulto, por lo general la madre, podría evitar que sus gestos de cuidado se mezclen con algo completamente distinto, esa parte de sí mismo que desconoce y que actúa a sus espaldas: el inconsciente? La situación antropológica fundamental es la reunión asimétrica de un adulto dotado de un inconsciente  a la vez sexual e irreductible  -una alteridad que constituye un cuerpo extraño interno- y de un infans completamente orientado a la satisfacción de sus  necesidades elementales (hambre, sed, calor, ternura…). Malentendido originario, confusión de lenguas que Ferenczi había descrito en términos de pasión y de ternura. El inconsciente del adulto, de la madre, se inmiscuye comprometiendo la totalidad de sus mensajes (no solamente lenguajeros) dirigidos al neo-nato. El bebé anoréxico sabe bien, a su manera, que sería más peligroso para él beber la leche materna, a pesar de su cualidad nutritiva, que rechazar un alimento demasiado humano, cargado de angustia, de odio o de excitación excesiva.  Para él es más peligroso (psíquicamente) incorporar que correr el riesgo vital de la huelga de hambre.

  La teoría de Jean Laplanche se despliega en este espacio a la vez empírico y originario. Sostiene la prioridad del otro adulto  en la constitución del sujeto humano y, en el adulto, de ése otro que es el inconsciente. El bebé no tiene un inconsciente innato, los fantasmas llamados originarios nacen de una situación tan humana como inevitable, y no de algún tipo de herencia. Todo lo que constituye la originalidad del psiquismo humano es resultado de una psicogénesis. Lo que no significa negar la existencia del instinto –incluido el instinto sexual tal y como se manifiesta en la pubertad- sino, por el contrario, señalar que la especificidad del ser humano proviene de la descualificación instintiva a la que no escapa ningún instinto: hambre, sed, agresividad… y desde luego sexualidad, tan indiferente como es a veces a la meta del coito, sin hablar de la reproducción. Mensaje (enigmático), traducción, apreès-coup, son algunos de los conceptos claves del edificio laplanchiano. Entre estas nociones, la de seducción ocupa un lugar privilegiado: conecta la obra de Laplanche con el paradigma de la histeria y, por supuesto, con el descubrimiento freudiano.

 Jean Laplanche ha comentado ampliamente el abandono por Freud de su neurótica. Más que el abandono de una etiología de la histeria es el de la prioridad del otro -del inconsciente del otro-, de la cual esta primera teoría freudiana constituía la promesa. El «lamento» es tanto mayor cuanto que Freud percibía la fecundidad de un modelo general de la seducción. Más de una vez escuché a Jean Laplanche «irritarse» por la «competencia» de Freud: no porque lo haya dicho todo, sino porque casi no hay ninguna pista explorada por sus sucesores que él no haya abierto primero. Para ser muy breve, si Freud deja de lado al padre perverso de la adolescente histérica es solo para descubrir mejor a la madre seductora de la primera infancia. Este pasaje del padre a la madre se acompaña de un desplazamiento: si la madre  obsequia a su niño con sentimientos provenientes de su propia vida sexual y amorosa, si lo trata como un «juguete erótico», lo hace sin proponérselo, inconscientemente, protegida por su propia represión, de un modo muy diferente al del padre perverso de las neuróticas. Freud evoca una madre genérica, primera seductora que, para serlo, no necesita hacer nada más que cuidar y amar «normalmente» a su hijo. El resto lo hace el inconsciente de la madre, su infantil, que viene a mezclarse en los intercambios y a «desadaptarlos» sin que ella lo sepa, sexualizando el conjunto de la relación. Pero Freud se detiene ahí… afortunadamente para Laplanche, quien propone una teoría general del psiquismo humano a partir de lo que Freud solo llegó a esbozar. La teoría freudiana del inconsciente no deja de ser ampliamente endógena, y la acentuación del innatismo con la llegada del ello no cambia en nada las cosas, todo lo contrario.

¿Qué decir, a partir de todo esto, de la experiencia psicoanalítica? Esta vez le toca a Laplanche abrir una pista que ha dejado a otros a cargo de explorar. Se buscaría en vano bajo su pluma la restitución de un momento de cura. Sin embargo la teoría de la cura, la teoría del psico-análisis, aún cuando no es objeto explícito de su elaboración, es siempre al menos su telón de fondo. El volumen V de las Problemáticas, La cubeta. Trascendencia de la transferencia (PUF, 1987)[2], afronta directamente el enigma de la situación analítica y constituye, a propósito de la transferencia, una de las contribuciones más importantes del psicoanálisis desde Freud. La pista progresivamente abierta por Jean Laplanche, desde esta obra hasta sus últimos textos, consiste en preguntarse por lo que conecta y articula la experiencia de la transferencia y la situación antropológica fundamental. En el fondo –aquí interpreto, más que citar a Laplanche-  todo ocurre como si aquello que Freud abandonaba en  la teoría (la seducción) lo rencontraba en la práctica, al inventar un dispositivo que sigue siendo el nuestro a pesar de todas las transformaciones posteriores, incluidas las que hacen pasar a Freud de una tópica a otra y que, notablemente, no produjeron ningún reajuste de la situación práctica. La asimetría de la situación analítica reproduce aquélla de la situación antropológica fundamental, reúne de forma análoga a adulto e infans y se somete a la prioridad del otro, a la que ninguno de los dos escapa, y  eso es lo que contra-transferencia quiere decir.

Desplegar la fecundidad de una tal hipótesis, ponerla a prueba, supone confrontarla a la realidad de las situaciones clínicas, cosa que Laplanche no llevó a cabo. Entre las múltiples cuestiones está especialmente la del choque entre un dispositivo que nace y se inventa al contacto de la histeria, con formas psicopatológicas que están muy alejadas de ella. ¿Qué decir, por ejemplo, de esos pacientes para los que el psicoanálisis no fue inventado, todo lo que recubre el registro borderline? El que muchas veces ellos puedan beneficiarse   de la dinámica de la cura incluso más que los neuróticos no deja de plantear interrogantes.

No es el momento de desarrollar estas cuestiones. Algunas semanas después de la muerte de Laplanche, es tiempo más bien  de  captar  la medida de la fuerza de su obra. A diferencia de todos aquellos psicoanalistas refugiados prudentemente en la oscuridad o en lo incomprensible, Jean Laplanche se arriesga en todo momento a ser comprendido y, por lo tanto, a ser criticado, debatido, otra forma de fidelidad a Freud. Es fácil darse cuenta de la continuidad entre la obra de Laplanche y la de Lacan, aquél a quien debemos la fórmula «El deseo es el deseo del Otro».  Pero más de una vez Laplanche observó  y lamentó que hay algo en el estilo de Lacan que hace que la obra se resista al trabajo, que no se deje someter al trabajo.

Uno de mis viejos maestros en filosofía, Martial Guéroult, decía que un buen libro es aquél que continúa leyéndose 50 años después de su aparición. ¿Se leerá a Laplanche dentro de 50 años? Apuesto a que sí, especialmente porque su obra está repleta de cuestiones que tan solo se han llegado a plantear. Una obra abierta que se puede descubrir sin estar condenado a adherir a ella o a rechazarla. Una pequeña vuelta al mundo psicoanalítico actual permite rápidamente constatar que la discusión ha comenzado.

 


[1] Jacques André, «Hommage à Jean Laplanche», Le Carnet PSY, Julio-Agosto 2012/6, n° 164. Traducción: Deborah Golergant.

[2] Amorrortu, 1990. N.T.

 

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